IV. La Condesa
V ivíamos en un apartamento de la segunda planta, en el ala de una de esas antiguas mansiones de las que ya quedan pocas en París, en donde el patio principal se hallaba —bien por el acometedor oleaje de la democracia, bien por la supervivencia de oficios reunidos bajo la protección del señor— tan atestado de tendezuelas como los accesos a una catedral que todavía no ha «degradado» la estética moderna, comenzando en lo que era «conserjería», por un tenderete de zapatero rodeado de una franja de lilas, y ocupado por el conserje, que remendaba el calzado, criaba gallinas y conejos, mientras que al fondo del patio habitaba con toda naturalidad, merced a un alquiler reciente, pero, según me parecía, por privilegio inmemorial, la «condesa» que siempre había en aquella época en las pequeñas «mansiones al fondo del patio» y que, cuando salía en su gran calesa tirada por dos caballos, bajos los lirios de su sombrero que parecían los que había en el alféizar de la ventana del conserje-zapatero-sastre, sin detenerse y para demostrar que no era altiva, regalaba sonrisas y pequeños saludos con la mano indistintamente al aguador, a mis padres y a los niños del conserje…
Luego, apagado el último rodar de su calesa, se cerraba la puerta cochera, mientras que muy lentamente, al paso de caballos enormes, con un lacayo cuyo sombrero alcanzaba la altura de los primeros pisos, la calesa larga como la fachada de las casas iba de casa en casa, santificaba las calles insensibles con un perfume aristocrático, se detenía para echar cartas, hacía venir a los proveedores para hablarles desde el coche, cruzándose con amigas que iban a una matinal a la que habían sido invitadas, o de la que venían. Pero la calesa utilizaba una calle como atajo, la condesa quería dar primero una vuelta al Bois, y no iría a la matinal más que una vez de vuelta, cuando ya no hubiese nadie y se llamase en el patio a los últimos coches. Sabía decir tan bien a una anfitriona estrechándole las manos con sus guantes de Suecia, con los codos pegados al cuerpo y palpando su talle para admirar su tocado y como un escultor que presenta su estatua, como una costurera que prueba una blusa, con esa seriedad que tan bien cuadraba a sus ojos dulces y su voz grave: «Verdaderamente, no ha sido posible venir antes, con toda mi voluntad», y lanzando una linda mirada violeta sobre la serie de impedimentos que habían surgido, y sobre los que se callaba como persona bien educada, a quien no le gustaba hablar de sí misma.
Al estar situado nuestro apartamento en un segundo patio, daba sobre el de la condesa. Cuando pienso hoy en la condesa me doy cuenta que tenía una especie de atractivo, pero bastaba conversar con ella para que se disipara, sin tener ella sobre el particular ni la menor conciencia. Era una de esas personas que tienen una lamparita mágica cuya luz no conocerán nunca. Y cuando se las trata, cuando se les habla, se vuelve uno como ellas, ya no se ve la luz misteriosa, el pequeño atractivo, el mínimo color, y pierden toda poesía. Es necesario dejar de conocerlas, volverlas a ver de repente en el pasado, como cuando no se las conocía, para que vuelva a prender la lucecilla, para que se produzca la sensación de poesía. Parece que así ocurre con los objetos, los países, los pesares, los amores. Quienes los poseen no perciben su poesía. No ilumina más que a lo lejos. Esto es lo que torna la vida tan decepcionante a quienes poseen la facultad de ver la lucecilla poética. Si pensamos en las personas que hemos tenido deseos de conocer, nos vemos obligados a confesar que había entonces un algo hermoso y desconocido que hemos intentado conocer, y que desapareció en aquel instante. Volvemos a verlo como el retrato de alguien a quien después no hemos conocido nunca, y con el que nuestro amigo X… no tiene ciertamente nada que ver. Rostros de aquellos a quienes hemos conocido después, os eclipsasteis entonces. Toda nuestra vida transcurre como si se tratara de ocultar con la ayuda de la costumbre esas grandes pinturas de desconocidos que nos había proporcionado el valor de deshacer todos los torpes retoques que tapan la fisionomía original, vemos aparecer el rostro de quienes no conocíamos todavía, el rostro que había grabado la primera impresión, y sentimos que jamás los hemos conocido… Amigo inteligente, es decir, como todos, con quien hablo cada día, ¿qué tienes del joven veloz, con los ojos demasiado abiertos que salen de las órbitas, que veía pasar rápidamente por los pasillos del teatro, como un héroe de Burne-Jones o un ángel de Mantegna?
Por lo demás, incluso en el amor cambia para nosotros con la misma rapidez el rostro de la mujer. Un rostro que nos place es un rostro que hemos creado con tal mirada, con tal sector de la mejilla, tal gesto de la nariz, es una de las mil personas que se podrían extraer de una persona. Y muy pronto la persona tendrá para nosotros otro rostro. [Tan pronto es su] palidez plomiza y sus hombros que parecen esbozar un encogimiento desdeñoso. Ahora es un dulce rostro visto de frente, casi tímido, en que la oposición entre mejillas blancas y cabellos negros no desempeña ningún papel. Cuántas personas sucesivas son para nosotros una persona, ¡cuán lejos está aquélla que fue para nosotros el primer día! La otra tarde, acompañando a la condesa de una velada a esta casa en la que ella vive todavía y en la que yo ya no vivo desde hace tantos años, dándole un beso de despedida, apartaba su rostro del mío para intentar verla como algo lejano a mí, como una imagen, como yo la veía antaño, cuando se detenía en la calle para hablar a la lechera. Habría querido volver a hallar la armonía que ligaba la mirada violeta, la nariz pura, la boca desdeñosa, el largo talle, el aire triste, y conservando en mis ojos el pasado reencontrado, acercar mis labios y besar lo que yo hubiera querido besar entonces. Pero, ay, los rostros que besamos, los países que habitamos, los muertos mismos por los que guardamos luto, no contienen ya nada de lo que nos hace desear amarlos, vivir, temer el perderlos. Al suprimir el arte esta verdad tan preciosa de las impresiones de la imaginación, pretendiendo parecerse a la vida, suprime la única cosa de valor. Y en cambio, si la describe, otorga valor a las cosas más vulgares; podría otorgárselo al esnobismo, si en vez de captar lo que representa en sociedad, es decir, nada, como el amor, el viaje, el dolor materializados, tratase de reencontrarlo en el color irreal —el único real— que el deseo de los jóvenes esnobs proyecta sobre la condesa de ojos violeta, que en los domingos estivales sale en su victoria.
Naturalmente, la primera vez que vi a la condesa y que me enamoré de ella no vi en su rostro más que algo tan huidizo y fugitivo como lo que escoge arbitrariamente un dibujante cuando vemos un «perfil perdido». Pero me estaba destinada aquella especie de línea serpentina que unía un mínimo de la mirada con la inflexión de la nariz y un mohín de un ángulo de la boca y que omitía todo lo demás; y cuando la encontraba en el patio o en la calle, al mismo tiempo, bajo distinto tocado, en su rostro cuya mayor parte me seguía siendo desconocida, tenía a la vez la impresión de ver a alguien que no conocía, y al mismo tiempo sentía un fuerte latido de mi corazón, porque bajo el disfraz del sombrero de acianos y del rostro desconocido había sentido la posibilidad del perfil serpentino y el ángulo de la boca que el otro día tenía dibujado el mohín. Algunas veces, permanecía horas acechándola sin verla, y de repente allí estaba, veía la pequeña línea ondulante que terminaba en los ojos violeta. Pero inmediatamente ese primer rostro arbitrario que es para nosotros una persona, al presentar siempre el mismo perfil, al exhibir siempre el mismo ligero enarcamiento de las cejas, la misma sonrisa presta a asomar en los ojos, el mismo inicio de mohín en el único ángulo de la boca que se ve —y todo eso tan arbitrariamente perfilado en el rostro y en la sucesión de expresiones posibles, tan parcial, tan momentáneo, tan inmutable, como si se tratara de un dibujo que plasmara una expresión y que ya no puede cambiar— eso es para nosotros la persona, los primeros días. Y luego es otra expresión, otro rostro, los siguientes días: a la oposición del negro de los cabellos y la palidez de la mejilla que la configuraban casi por entero al principio, luego ya no le prestamos ninguna atención. Y ya no encontramos la alegría de un ojo burlón, sino la dulzura de una mirada tímida.
El amor que me inspiraba agrandaba la idea de lo que de raro había en su nobleza, su hotelito al fondo de nuestro patio se me antojaba inaccesible y se habría dicho que una ley de la naturaleza impedía a todo plebeyo como yo penetrar nunca en su casa lo mismo que volar entre las nubes, y no me habría sorprendido excesivamente. Me hallaba en la época feliz en que no se conoce la vida, en que los seres y las cosas no los hemos clasificado en categorías vulgares, sino que los nombres los diferencian, les imponen algo de su particularidad. Yo era un poco como nuestra Frangoise, que creía que entre el título de marquesa de la suegra de la condesa y la especie de mirador llamado marquesina que había encima del apartamento de aquella señora existía un vínculo misterioso, y que ninguna otra especie de persona, salvo una marquesa, podía tener aquella especie de mirador.
En ocasiones, pensando en ella y diciéndome que no tenía la suerte de verla aquel día, bajaba tranquilamente la calle, cuando de repente, en el instante en que pasaba delante de la lechería, rae sentía turbado como puede sentirse un pajarillo que hubiese visto una serpiente. Cerca del mostrador, en el rostro de una persona que hablaba con la lechera mientras elegía un queso cremoso, había visto templar y ondularse una pequeña línea serpentina por encima de los dos ojos violetas fascinantes. Al día siguiente, pensando que había de volver a la lechería, me apostaba durante horas en la esquina de la calle, pero no la veía, y ya me volvía afligido cuando al cruzar la calle me veía obligado a ponerme a salvo de un coche a punto de aplastarme. Y veía bajo un sombrero desconocido, en otro rostro, la pequeña serpiente adormecida y los ojos que como ella apenas parecían violeta, pero que yo reconocía perfectamente, y sentía cómo se me encogía el corazón antes de reconocerlos. Cada vez que la veía, palidecía, vacilaba, hubiera querido postrarme, ella me encontraba «bien educado». En Salambó aparece una serpiente que encarna el genio de una familia. De la misma forma me parecía que aquella corta línea serpentina reaparecía en su hermana, sus sobrinos. Me parecía que si hubiese podido conocerlos habría disfrutado en ellos algo de esa esencia que ella era. Parecían diferenes esbozos dibujados conforme a un mismo rostro común a toda la raza.
Cuando al doblar una calle reconocía al venir hacia mí las patillas rubias de su mayordomo que conversaba con ella, que la veía desayunar, que era como uno más de sus amigos, recibía una triple herida en el corazón, como si también hubiera estado enamorado de él.
Esas mañanas, esos días, no eran más que una especie de hileras de perlas que la ligaban a los placeres más elegantes de entonces; con traje azul tras aquel paseo, comía en casa de la duquesa de Mortagne; al cabo del día, cuando se manda encender las luces para recibir, iba a casa de la princesa de Aleriouvres, de Mme. de Bruyvres, y tras la cena, cuando su coche la esperaba y ella hacía entrar en él la vibración opalina de su seda, su mirada y sus perlas, iba a casa de la duquesa de Rouen o la condesa de Dreux. Luego, cuando esas mismas personas se convirtieron para mí en aburridas, a cuya casa ya no quería ir, y vi que a ella le sucedía lo mismo, su vida perdió parte de su misterio, y a veces prefería quedarse a hablar conmigo, en vez de que fuésemos a aquellas fiestas en donde me figuraba entonces que ella debía ser sólo ella misma, no siendo el resto de lo que yo veía más que una especie de bastidor en donde nada puede sospecharse de la belleza de la obra y del genio de la actriz. Algunas veces el razonamiento extrajo luego de ella, de su vida, verdades que, al explicarlas, parecen significar lo mismo que mis sueños: ella es particular, no ve más que a gentes de antiguo linaje. No eran más que palabras.