X. Sainte-Beuve y Baudelaire
U n poeta que no te gusta más que a medias y a propósito de quien se ha convenido que Sainte-Beuve, que estaba muy vinculado a él, dio muestra de la mayor clarividencia, de la admiración más profética es Baudelaire. Pero si Sainte-Beuve, sensible a la admiración, la deferencia, la amabilidad de Baudelaire, que unas veces le enviaba versos, y otras alajú, y le escribía sobre Joseph Delorme, sobre Les Consolations, sobre sus Lundis, las cartas más entusiastas, le dirigía cartas afectuosas, no respondió jamás a los ruegos reiterados de Baudelaire de escribir ni siquiera un artículo sobre él. El mayor poeta del siglo XIX, que era además su amigo, no figura en los Lundis, en donde tantos condes Daru, Altons Shée y otros contaron con el suyo. Al menos, sólo figura accesoriamente. Una vez, con ocasión del proceso de Baudelaire, Baudelaire imploró una carta de Sainte-Beuve defendiéndole: Sainte-Beuve consideró que sus vínculos con el régimen imperial se lo impedían, y se contentó con redactar con carácter anónimo un plan de defensa que el abogado estaba autorizado a utilizar, pero sin nombrar a Sainte-Beuve, y en el que decía que Béranger había sido tan audaz como Baudelaire, añadiendo: «Lejos de mi intención disminuir en nada la gloria de un ilustre poeta (no se trata de Baudelaire sino de Béranger), de un poeta nacional querido de todos, que el emperador ha creído digno de funerales públicos, etc…».
Pero había dirigido una carta a Baudelaire sobre Les Fleurs du Mal que fue reproducida en las Causeries du Lundi, haciendo constar, sin duda para restar importancia al alcance del elogio, que aquella carta se había escrito con la idea de acudir en ayuda de la defensa. Empieza por agradecer a Baudelaire su dedicatoria, pero no llega a decidirse a pronunciar una palabra de elogio, proclama que esas composiciones, que ya había leído, producen reunidas «un efecto muy diferente», que evidentemente aquello es triste, penoso, pero que Baudelaire bien lo sabe y sigue así toda una página, sin que un solo adjetivo deje adivinar si Sainte Beuve aprecia el libro. Unicamente nos indica que Baudelaire quiere mucho a Sainte-Beuve y que Sainte-Beuve conoce las virtudes de Baudelaire. Finalmente, hacia la mitad de la segunda página, se lanza, surge una apreciación (y esto en una carta de agradecimiento y dirigida a alguien que lo ha tratado con tanta delicadeza y deferencia): «Haciéndolo con sutileza (primera apreciación, pero que puede tomarse para bien o para mal), con refinamiento, con un talento singular (se trata del primer elogio, si sel trata de uno, no hay que ser exigente pues será casi el único), y una soltura casi preciosa en la expresión, hablando (subrayado por Sainte-Beuve) o petrarquizando sobre lo horrible…», y paternalmente añade: «Usted ha debido sufrir mucho, hijo mío». Siguen algunas críticas, luego muchos elogios referidos sólo a dos composiciones: el soneto Tristesse de la lune (que parece de un inglés contemporáneo de la juventud de Shakespeare, y A celle qui est trop sage, del que dice: ¿Por qué no está esta composición en latín, o mejor aún en griego?" Olvido que un poco más arriba le había hablado de su «delicadeza de ejecución». Y como le gustan las metáforas prolongadas, concluye de esta manera: «Pero no se trata una vez más de elogios a alguien que se quiere…» y acaba de enviarles Les Fleurs du Mal, cuando se ha pasado la vida haciéndoselos a tantos escritores sin talento…
Pero eso no es todo. Desde que Sainte-Beuve supo que se pensaba publicar esta carta pidió que se la devolvieran, probablemente para ver si no se le había ido de la mano en los elogios (por lo demás esto no es más que una suposición mía). En todo caso, al incluirla en las Causeries du lundi, se creyó obligado a hacerla preceder, y para decirlo con franqueza, a templarla aún más, por un pequeño preámbulo en donde dice que esta carta la había escrito «con la idea de salir en ayuda de la defensa». Y así es cómo en ese preámbulo habla de Les Fleurs du Mal, aunque esta vez, cuando ya no se dirige a «su amigo» el poeta, pudiera no tener por qué regañarlo y dar paso al elogio: «El poeta Baudelaire… había pasado años extrayendo de cualquier tema y de cualquier flor (eso quiere decir escribiendo Les Fleurs du Mal, un jugo venenoso, e incluso, fuerza es decirlo, muy agradablemente venenoso. Por otra parte, era (¡siempre lo mismo!), un hombre de talento (!), bastante amable en sus buenos momentos (en efecto, le escribía: “Necesito verlo tanto como Anteo tocar la tierra”) y con una gran capacidad de afecto (es ciertamente todo lo que tiene que decir sobre el autor de Les Fleurs du Mal. Ya nos ha dicho Sainte-Beuve también que Stendhal era modesto, y Flaubert un buen muchacho). Cuando publicó este conjunto titulado Fleurs du Mal (»Sé que hace usted versos, ¿no se ha sentido usted tentado nunca a presentar una pequeña selección?«, decía un hombre de mundo a Mme. de Noailles), no sólo interesó a la crítica, también intervino la justicia, como si realmente hubiese peligro en esas malicias envueltas y enmascaradas en rimas elegantes…». Luego las líneas con apariencia de excusar (al menos, ésa es mi impresión), en razón del servicio que pudieran prestar al acusado, los elogios de la carta. Notemos de paso que las «malicias envueltas» no ligan mucho con el «Usted ha debido sufrir mucho, mi querido hijo». Con Sainte-Beuve, cuántas veces está uno tentado de exclamar: qué bicho, qué viejo canalla… Otra vez (y bien puede ser, porque Sainte-Beuve había sido atacado públicamente por los amigos de Baudelaire porque no tuvo el valor de declarar en su favor a la vez que d'Aurevilly, etc., ante la audiencia) con motivo de las elecciones a la Academia, Sainte-Beuve hizo un artículo sobre las diversas candidaturas. Baudelaire era candidato. Sainte-Beuve, a quien por lo demás le gustaba dar lecciones de literatura a sus colegas de la Academia, igual que le gustaba dar lecciones de liberalismo a sus colegas del Senado, ya que si bien seguía perteneciendo a su ambiente, le era muy superior y tenía veleidades, accesos, pruritos de arte nuevo, de anticlericalismo y de revolución, Sainte-Beuve habló en términos encantadores y breves de Les Fleurs du Mal; «ese hotelito que se ha construido el poeta en los confines del Kamtchatka literario, lo llamo yo la «Locura Baudelaire» (siempre «palabras», palabras que los hombres de talento pueden citar riendo con sarcasmo: a eso llama la «Locura Baudelaire». Sólo que el género de charlatanes que citaban eso durante la cena podían hacerlo cuando el chiste se refería a Chateaubriand o| a Royer-Collard. No sabían quién era Baudelaire). Y acabó con estas palabras inauditas: lo cierto es que Baudelaire «gana cuando se le ve, pues cuando se esperaba ver entrar a un hombre extraño, excéntrico, se halla uno en presencia de un candidato, cortés, respetuoso, ejemplar, un muchacho atento, de fino hablar, y completamente clásico en las jornias». No puedo creer que al escribir las palabras muchacho atento, gana cuando se le ve, clásico en las formas, Sainte-Beuve no haya condescendido con esa especie de histeria del lenguaje que le llevaba a encontrar por momentos un placer irresistible en hablar como un burgués que no sabe escribir, a decir de Madame Bovary: «El comienzo es muy acertado».
Pero siempre el mismo procedimiento: algunos elogios «de amigo» a Flaubert, los Goncourt, Baudelaire, y decir que por lo demás son en particular los hombres más delicados, los amigos más firmes y lo mismo en el artículo retrospectivo sobre Stendhal («más seguro en su proceder»). Y después de haber aconsejado a Baudelaire que retirara su candidatura, cuando éste siguió su consejo y escribió su carta de renuncia, Sainte-Beuve lo felicita y consuela de la manera siguiente: «Cuando se leyó (en la sesión de la Academia) su última frase de agradecimiento, concebido en términos tan modestos y corteses, se dijo en alta voz: Muy bien. De esta forma ha dado usted una buena impresión. ¿No vale eso nada?». ¿No valía nada haber producido la impresión de un hombre modesto, de un «muchacho atento» a de Sacy y a Viennet? ¿No valía nada por parte de Sainte-Beuve, gran amigo de Baudelaire, haber dado consejos a su abogado, a condición de que no se citara su nombre, haber rechazado todo artículo sobre Les Fleurs du Mal, incluso sobre las traducciones de Poe, pero haber dicho por fin que la «Locura Baudelaire» era un hotelito encantador, etc.?
Sainte-Beuve consideraba que todo eso ya era mucho. Y lo que es más terrible —y que sirve para reforzar lo que yo afirmaba— con todo lo extraño que pueda parecer, Baudelaire era de la misma opinión. Cuando sus amigos se indignan ante el abandono de Sainte-Beuve en el momento del proceso y dejan traslucir su descontento en la prensa, Baudelaire se descompone, y escribe carta tras carta a Sainte-Beuve para convencerle de que no ha tenido participación alguna en esos ataques, escribe a Malassis y a Asselineau: «Dése usted cuenta, pues, hasta qué punto esta cuestión puede resultarme desagradable… Babou sabe bien que estoy vinculado con tío Beuve, que aprecio en mucho su amistad, y que me preocupo reservar mi opinión cuando es contraria a la suya, etc. Babou parece querer defenderme contra alguien que me ha hecho una gran cantidad de favores» (?). Escribe a Sainte-Beuve que lejos de haber sido el inspirador de ese artículo, había intentado cojivencer al autor «de que usted (Sainte-Beuve) hacía siempre lo que debiese y pudiese hacer. Hace todavía poco que hablaba a Malassis de esta gran amistad que me honra, etc.».
De suponer que Baudelaire no fuera sincero entonces y que fue por política por lo que trató consideradamente a Sainte-Beuve, dejándole creer que pensaba que había procedido bien, con eso volvemos siempre a lo mismo, eso prueba la importancia que Baudelaire atribuía a un artículo de Sainte-Beuve (que por lo demás no pudo obtener), y en defecto del artículo a unas cuantas frases de elogio que acabará por concederle. ¡Y qué frases! Pero por muy pobres que nos parezcan, encantan a Baudelaire. Después del artículo «gana cuando se le ve, es un muchacho atento, locura Baudelaire, etc.», escribe a Sainte-Beuve: «¡Todavía le debo otro favor! ¿Cuándo acabará esto? ¿Y cómo agradecérselo? Unas palabras, querido amigo, para describirle el género especial de placer que me ha procurado Ud… En cuanto a lo que usted denomina mi Kamtchatka, si recibiese yo tan a menudo estímulos tan vigorosos como ése, creo que tendría fuerza suficiente para construir una inmensa Siberia, etc. Cuando veo sü actividad, su vitalidad, me siento avergonzado (¡de su impotencia literaria!). ¿Es preciso en este instante que yo, el enamorado incorregible de los Rayons jaunes y de Volupté, de Sainte-Beuve poeta y novelista, elogie al periodista? ¿Cómo ha conseguido llegar a esa sublimidad formal, etc., he vuelto a encontrar ahí toda su elocuencia en la conversación, etc.». Y para acabar: «Poulet-Malassis arde en deseos de confeccionar un folleto con su artículo admirable». No limita su reconocimiento a una carta, escribe un artículo sin firma en la Revue anecdotique sobre el artículo de Sainte-Beuve: «El artículo es una obra maestra de buen humor, de vivacidad, de prudencia, de sensatez y de ironía. Quienes tienen el honor de conocer íntimamente al autor de Joseph Delorme, etc.». Sainte-Beuve da las gracias al director, diciendo al final, siempre con su gusto por alterar el sentido de las palabras: «Saludo y respeto al anónimo benévolo». Pero no estando seguro Baudelaire de que Sainte-Beuve lo haya reconocido, le escribe para decirle que el artículo es suyo.
Todo lo cual viene en apoyo de lo que te decía, que el hombre que comparte su cuerpo con un gran genio tiene poca relación con él, pues es a él a quien sus íntimos conocen, y que por lo tanto es absurdo juzgar, como hace Sainte-Beuve, al poeta por el hombre, o por el decir de sus amigos. En cuanto al hombre mismo, no es más que un hombre y puede ignorar perfectamente lo que quiere el poeta que vive en él. Y acaso sea mejor así. Es nuestro razonamiento quien, separando de la obra del poeta su grandeza, dice: es un rey, y lo ve rey, y querría que se comportara como un rey. Pero el poeta no debe en modo alguno verse de esta forma, para que la realidad que él describe siga siendo objetiva y no piense en sí mismo. Por eso se ve a sí mismo como un pobre hombre a quien le halagaría mucho ser invitado a la casa de un duque y obtener premios de la Academia. Y si esta humildad es la condición de su sinceridad y de su obra, que sea bendita.
¿Se equivocaba Baudelaire hasta tal punto respecto a sí mismo? Quizá no, teóricamente. Pero si su modestia, su deferencia eran una artimaña no se equivocaba menos en el terreno práctico sobre sí mismo, ya que él, que había escrito Le balcon, Le Voyage, Les Sept Vieillards, se consideraba en una esfera en la que un asiento en la Academia, un artículo de Seinte-Beuve eran mucho para él. Y se puede decir que son los mejores, los más inteligentes, los que son así, los que bajan pronto de la esfera en que escriben. Les Fleurs du Mal, Le Rouge et le Noir, l'Education sentimentale —y de lo que podemos darnos cuenta, nosotros que no conocemos más que los libros, es decir, los genios a quienes la falsa imagen del hombre no viene a turbar, a qué altura se sitúa por encima de aquella desde la que se escribieron los lundis , Carmen e Indiana)— para aceptar con deferencia, por cálculo, por delicadeza de carácter, o por amistad, la falsa superiosidad de un Sainte-Beuve, de un Mérimée, o de una George Sand. Este dualismo tan natural tiene algo muy turbador. Ver a Baudelaire desencarnado, respetuoso con Sainte-Beuve, y luego a otros intrigar por la Legión de Honor, a Vigny que acaba de escribir Les destinées mendigando propaganda en un periódico (no me acuerdo con exactitud, pero no creo equivocarme).
Como el cielo de la teología católica, que se compone de varios cielos superpuestos, nuestra persona, y la apariencia que le da nuestro cuerpo con su cabeza que circunscribe nuestro pensamiento a una pequeña bola, nuestra persona moral se compone de varias personas superpuestas. Esto es quizá más notable todavía en el caso de los poetas, que cuentan con un cielo más, un cielo intermediario entre el cielo de su genio y el de su inteligencia, de su bondad, de su sensibilidad periodística, su prosa. Cuando Musset escribe sus Contes se siente todavía por momentos en ése no sé qué el tremolar, lo sedoso, lo pronto a volar de alas que nunca se alzarán. Es por lo demás lo que se ha dicho aún mejor:
Méme quand l'oiseau marche, on sent qu'il a des ailes.
(Incluso cuando el pájaro camina, se nota que tiene alas).
Un poeta que escribe en prosa (excepto naturalmente cuando hace de ella poesía como Baudelaire en sus Petits poèmes, y Musset en su teatro), cuando escribe Musset sus Contes, sus ensayos de crítica, sus discursos de Academia, es alguien que ha prescindido de su talento, que ha dejado de extraer de él formas que proceden de un mundo sobrenatural y exclusivamente personal y que sin embargo recuerda, nos lo hace recordar. A veces ante un desarrollo, pensamos en versos célebres, invisibles, ausentes, pero cuya forma vaga, indecisa, parece transparentarse tras afirmaciones que, sin embargo, podría ser de todo el mundo y les da una especie de gracia y de majestad, de referencia conmovedora. El poeta ya ha huido, pero todavía se precibe su reflejo tras las nubes. En el hombre, en el hombre de la vida, de las fiestas, de la ambición, ya no queda nada, y es a aquél a quien Sainte-Beuve pretende pedir la esencia del otro, de la que no ha conservado nada.
Comprendo que no te guste Baudelaire más que a medias. Has hallado en sus cartas, como en las de Stendhal, cosas crueles sobre su familia, y cruel se muestra él en su poesía, cruel con una sensibilidad infinita, aún más sorprendente por su dureza que por los sufrimientos de que se burla, que presenta con esa impasibilidad, notándose que los ha sentido en lo más profundo de su sensibilidad. Es cierto que en un poema sublime como Les petites vieilles no hay un solo sufrimiento suyo del que no se dé cuenta. No se trata sólo de sus inmensos dolores:
Ces yeux sont des puits faits d'un millier de larmes…
Toutes auraient pu faire un fleuve avec leurs pleurs,
(Esos ojos son pozos llenos de mil lágrimas…
Juntas habrían formado un río con su llanto),
está en sus cuerpos, se estremece con sus inquietudes, tiembla con su debilidad:
Flagellés par les bises iniques,
Frémissant au frocas roulant des omnibus…,
Se traînent, comme font les animaux blessés,
(Flageladas por los cierzos inicuos,
Temblando por el traqueteo rodante de los ómnibus,
Se arrastran, como animales heridos,)
Pero la belleza descriptiva y característica del cuadro no la lleva a retroceder ante ningún detalle cruel:
Ou dansent, sans vouloir danser, pauvres sonnettes…
Celle-là, droite encoré, fière et sentant la regle…
(O bailan, sin quererlo, pobres cascabeles…
Aquélla, erguida todavía, orgullosa y oliendo a menstruación…)
Avez-vous observé que maints cercueils de vieilles
Sont presque aussi petits que celui d'un enfant?
La Mort savante met dans ces bières pareilles
Un symbole d'un goût bizarre et captivant…
(¿Habéis reparado en que muchos ataúdes de viejas
Son casi tan pequeños como el de un niño?
La sabia Muerte pone en esas cajas parejas
El símbolo de un gusto extraño y emotivo…).
A moins que méditant sur la géométrie
Je ne cherce, à l'aspect de ces membres discords,
Combien de fois il faut que l'ouvrier varie
La forme de la boite où l'on met tous ces corps
(A menos que meditando sobre la geometría
Me pregunte, por el aspecto de esos miembros dispares,
Cuántas veces es preciso que el obrero varíe
La forma del cajón donde se colocan todos esos cuerpos).
Y sobre todo:
Mais moi, moi qui de loin tendrement vous surveille,
L'oeil inquiet, fixé sur vos pas incertains,
(Y yo, yo que con ternura vigilo a lo lejos,
La mirada inquieta, clavada en vuestros pasos inciertos)
Tout comme si j'étais votre père, ô merveille
Je goûte à votre insu des plaisirs clandestins.
(Como si fuese vuestro padre, ¡oh, cielos
Gozo de placeres clandestinos sin vosotras saberlo.)
Y esto es lo que hace que gustar de Baudelaire —como diría Sainte-Beuve, del que me niego a asumir por mi cuenta y riesgo esta fórmula como tan a menudo había estado tentado de hacerlo, para despojar a este proyecto de artículo de todo juego de ingenio, aunque aquí no se trata de un diletantismo, sino de una observación que yo he hecho, en que los nombres me vienen a la memoria o a los labios, y se me impone en este momento— querer a Baudelaire, quiere decir para mí quererlo con locura en sus poemas tan tristes y humanos, no es por fuerza signo de una gran sensibilidad. Ofreció de esas visiones que, en el fondo, le habían hecho daño, bien seguro estoy, un cuadro tan vigoroso, pero del que se halla tan ausente toda expresión de sensibilidad, que espíritus puramente irónicos y enamorados del color, corazones verdaderamente duros, pueden deleitarse. El verso sobre estas Petites vieilles:
Débris d'humanité pour l'éternité mûrs
(Residuos de humanidad maduros para la eternidad.)
es un verso sublime y que a los grandes talentos, a los grandes corazones, les gusta citar. Pero cuántas veces lo he oído citar, y apreciado plenamente, en una mujer de una inteligencia extrema, y a la vez la más inhumana, la más despojada de bondad y que se divertía, mezclándolo con ingeniosas y atroces ofensas, en lanzarlo como una predicción de muerte próxima al paso de tales ancianas que detestaba. Sentir todos los dolores pero ser lo bastante dueño de sí como para no negarse a miramos de frente… poder soportar el dolor que una maldad provoca artificialmente (incluso llega a olvidarse cuando se recita, la crueldad del delicioso verso:
Le violon frémit comme un coeur qu'on afflige,
(El violín tiembla como un corazón al que se aflige,)
¡oh!, esa congoja de un corazón al que se daña; hace poco no era más que el estremecimiento de los nervios de las viejas por el traqueteo rodante de los ómnibus).
Quizás esta subordinación de la sensibilidad a la verdad, a la expresión, sea en el fondo una muestra de talento, de la fuerza del arte superior a la piedad individual. Pero hay algo más extraño que esto en el caso de Baudelaire. En las expresiones más sublimes que ha dado de ciertos sentimientos parece que haya trazado una pintura exterior de su forma, sin simpatizar con ellos. Uno de los versos más admirables sobre la caridad, uno de esos versos inmensos y desplegados de Baudelaire es:
Pour que tu puisses faire à Jésus, quand il passe,
Un tapis triomphal avec ta charité.
(Para que puedas hacerle a Jesús, cuando pase,
Una alfombra triunfal con tu caridad.)
Pero hay algo menos caritativo (voluntariamente, pero eso en nada modifica el hecho) que el sentimiento en donde esto se dice:
Un Ange furieux fond du ciel comme un aigle,
Du mécréant saisit à plein poing les cheveux,
Et dit, le secouant: "Tu connaîtras la règle
(Car je suis ton bon Ange, entends-tu?). Je le veux
Sache qu'il faut aimer, sans faire la grimace,
Le pauvre, le méchant, le tortu, l'hébété,
Pour que tu puisses jaire a Jésus, quand il passe,
Un tapis triomphal aver ta charité."
(Un ángel furioso se precipita del cielo como un águila,
Agarra a puñados el cabello del impío
Y dice, sacudiéndolo, "¡No desconocerás la regla!
(Pues soy tu Ángel de la Guarda, ¿entiendes?) ¡Y lo quiero!
Has de saber que hay que amar sin hacer remilgos
Al pobre, al malo, al errado, al incapaz,
Para que puedas hacerle a Jesús, cuando pase,
Una alfombra triunfal con tu caridad.)
En efecto, comprende lo que existe en esas virtudes, pero parece alejar la esencia de sus versos. Lo que existe mayormente en esos versos de las Viejecitas es la abnegación :
Toutes m'enivrent, Mais parmi ces étres frêles
II en est qui, faisant de la douleur un miel,
Ont dit au Dévouement qui leur prêtait ses ailes:
«Hippogriffe puissant, mène-moi jusqu'au ciel»
(¡Me embriagan! Pero entre esos seres endebles
Hay quienes, convirtiendo el dolor en miel,
Dicen a la Abnegación que les prestaba sus alas:
«¡Hipogrifo poderoso, condúceme hasta el cielo!»).
Parece que eterniza con la fuerza extraordinaria, inaudita del verbo (cien veces más vigoroso, a pesar de todo lo que se dice, que el de Hugo), un sentimiento que se esfuerza en no sentir en el momento en que lo nombra, en que lo pinta más que lo expresa. Halla todos los dolores, todas las dulzuras, esas formas inauditas, extraídas de su mundo espiritual y que nunca se encontrarán en ningún otro, formas de un planeta en el que sólo él habitaba, y que en nada se parecía a lo que conocemos. A cada categoría de personas aplica caliente y suave, llena de licor y de perfume, una de esas grandes formas, de esas talegas que podrían contener una botella o un jamón, pero si él lo dice con labios estruendosos como el trueno, se diría que se esfuerza por no decirlo más que con los labios, aunque se note que lo ha sufrido todo, que lo ha comprendido todo, que él es la sensibilidad más estremecedora, la más profunda inteligencia.
L'une, par sa patrie au malheur exercée,
L'autre, que son époux surchargea de douleurs,
L'autre, par son enfant Madone transpercée,
Toutes auraient pu jaire un fleuve avec leurs pleurs!
(La una, por su patria en la desgracia ejercitada
La otra, que su esposo abrumó de dolores
La otra, por su hijo Madona traspasada,
Todas podrían haber formado un río con sus lágrimas)
Ejercitada es admirable, abrumada es admirable, traspasada es admirable. Cada uno coloca sobre la idea una de esas bellas formas sombrías, fulgurantes, sustanciales.
L'une, par sa patrie au malheur exercée…
De estas bellas formas de arte, descubiertas por él, de las que te hablaba y que colocan sus grandes formas cálidas y coloreadas sobre los hechos que enumera, algunas son en efecto formas de arte que aluden a la patria de los antiguos.
L'une, par sa patrie au malheur exercée…
Les uns joyeux de fuir una patrie infame…
C'est la bourse du pauvre et sa patrie antique.
La una, por su patria en la desgracia ejercitada…
Los unos dichosos de huir de una patria infame…
Es el caudal del pobre y su antigua patria.
Igual sucede con las bellas formas sobre la familia: «o otros el horror de su cuna», que entran pronto en la categoría de las formas bíblicas y de todas esas imágenes que son el vigor vehemente a una obra como Bénédiction en donde todo aparece agrandado por esta dignidad artística:
Dans le pain et le vin destinés à sa bouche
lis mêlent de la cendre avec d'impurs crachats;
Avec hypocrisie ils jettent ce qu'il touche,
lis s'accusent d'avoir mis leurs pieds dans ses pas.
Sa femme va criant sur les places publiques…
Je ferai le métier des idoles antiques…
(Con el pan y el vino destinados a su boca
Mezclan ceniza e impuros esputos
Con hipocresía tiran lo que él toca,
Se acusan de haber seguido sus pasos,
Su mujer grita por las plazas públicas…
Sustituiré a los ídolos antiguos…)
Ah!, que n'ai-je mis bas tout un noeud de vipères,
Plutôt que de nourrir cette dérision!
(¡Ay! ¡Por qué no habré dado a luz una camada de víboras,
Antes que alimentar a esta irrisión!)
Junto a versos racinianos tan frecuentes en Baudelaire:
Tous ceux qu'il veut aimer l'observent avec crainte.
(Todos los que quiere amar le observan con temor.)
(los grandes versos floridos «como ostensorios» que son la gloria de sus poemas:
Elle-même prépare au fond de la Géhenne
Les bûchers consacrés aux crimes maternels
(Ella misma prepara al fondo de la Gehena
Las piras consagradas a los crímenes maternos).
y los otros componentes del talento de Baudelaire, que tanto me gustaría enumerar si tuviera tiempo. Pero en esta obra le dominan ya las imágenes de la teología católica.
Des trônes, des vertus, des Dominations.
Je sais que la douleur est la noblesse unique
Où ne mordront jamais la terre et les enfers,
Et qu'il faut pour tresser ma couronne mystique
Imposer tous les temps et tous les univers.
(Tronos, virtudes, Dominaciones.
Sé que el dolor es la única nobleza
En que no harán jamás mella la tierra ni los infiernos
Y que para trenzar mi corona mística es preciso
Someter a todos los tiempos y a todos los universos).
Imagen nada irónica del dolor, como eran aquéllas de la abnegación y la caridad que ya he citado, pero también muy impasible, más bella de forma, de alusión a obras de arte de la Edad Media católica, más pictórica que emocionada.
No hablo de los versos sobre la Madona, puesto que ahí reside precisamente el juego de adoptar todas esas formas católicas. Pero en seguida estas imágenes maravillosas:
Je traîne des serpents qui mordent mes souliers
(Arrastro serpientes que muerden mis zapatos).
esta palabra zapato que a él le gusta tanto
Que tu es belle dans tes pieds sans souliers, ô fille de prince
(Qué bella estás con tus pies descalzos, oh, hija de príncipe).
El infiel deja sus zapatos al pie de la iglesia «y esas serpientes bajo los pies como bajo los pies de Jesús», incalcabis aspidem «andarás sobre el áspid». Pero poco a poco, descuidando las que son demasiado conocidas (y que quizá son las más esenciales), me parece que podría empezar, forma por forma, a evocarte ese mundo del pensamiento de Baudelaire, ese país de su genio, del que cada poema no es más que un fragmento, y que desde el momento en que se lo lee, vuelve a unirse a los demás fragmentos que conocíamos, como en un salón, en un cuadro que todavía no habíamos visto, cierta montaña antigua al crepúsculo y en la que aparece un poeta con semblante de mujer seguido de dos o tres musas, es decir, un cuadro de la vida antigua conocido en forma natural, siendo estas musas personas que existieron, que se paseaban durante la noche de dos en dos o de tres en tres con un poeta, etc., todo ello en un momento, en una hora determinada, en lo efímero que presta algo de real a la leyenda inmortal, reconocéis un fragmento del país de Gustave Moreau. Para ello necesitarías todos estos puertos, no sólo un puerto lleno de velas y de mástiles, y aquellos donde navios nadando en el oro y en los destellos abren sus enormes brazos para abarcar la gloria de un cielo puro «en donde tremola el calor eterno», sino también los que sólo son pórticos.
Que les soleils marins baignaient de mille feux
(Que los soles marinos bañaban con mil fuegos).
El «pórtico abierto sobre cielos desconocidos». Los cocoteros de África, pálidos como fantasmas.
Les cocotiers absents de la superbe Afrique
Derrière la muraille immense du brouillard…
Des cocotiers absents les fantômes épars.
(Los cocoteros ausentes del África soberbia
Detrás de la muralla inmensa de la bruma…
Los fantasmas dispersos de los cocoteros ausentes).
La noche, en cuanto se ilumina, y en donde el sol pone
Ses beaux reflets de cierge
Sur la nappe frugale et les rideaux de serge
(Sus bellos reflejos de cirio
Sobre el mantel frugal y las cortinas de sarga).
hasta el momento en que se torna «de rosa y azul místico», y con esos dejes musicales que lo acompañan siempre y le han permitido crear la más deliciosa exaltación, quizás, desde la Sinfonía Heroica de Beethoven:
Ces concerts riches de cuivre
Dont nos soldáis parfois inondent nos jardins
Et qui par ces soirs d'or où l'on se sent revivre
Versent quelque héroïsme au coeur des citadins.
Le son de la trompette est si délicieux
Dans ces soirs de celestes vendanges…
(Estos concietos tan metálicos
Con que a veces nuestros soldados inundan nuestros jardines
Y que en estas noches de oro en donde se siente renacer
Vierten algún heroísmo en el corazón de los ciudadanos.
El sonido de la trompeta es tan delicioso
En estas noches de celestes vendimias…).
El vino, no sólo en todas las obras divinas en donde se lo canta desde el momento en que madura
… sur la colline en flamme
(…sobre la colina en llamas).
hasta el momento en que el «pecho caliente» del trabajador le ofrece una «dulce tumba», sino en todos sitios por donde él, y cualquier elixir, cualquier ambrosía vegetal (otra de sus preparaciones personales y deliciosas) entra secretamente en la formación de la imagen, como cuando dice de la muerte que
… nous monte et nous enivre,
Et nous donne le coeur de marcher jusqu'au soir.
(…nos eleva y embriaga.
Y nos da el valor de andar hasta la noche).
Los horizontes azules en donde se suspenden velas blancas
Brick ou frégate dont les formes au loin
Frissonnent dans l'azur
(Brick o fragata cuyas formas a lo lejos
Tremolan en el azur).
Y la negra, y el gato, como en un cuadro de Manet… Por lo demás, ¿hay algo que no haya pintado? He dejado de lado los trópicos por ser un aspecto demasiado conocido de su genio, o cuando menos demasiado conocido por nosotros dos, puesto que me ha costado tanto esfuerzo habituarte a La Chevelure, pero ¿no ha pintado también el sol en su infierno polar como «un bloque rojo y helado»? Si ha escrito sobre el claro de luna versos que son como esa piedra que, como bajo el cristal, en una vaina de sílex, contiene el cabujón del que se saca el ópalo y que es como un claro de luna que desciende sobre el mar y por el que, como un hilo de distinta esencia de violeta o de oro se filtra una irisación semejante al rayo de sol de Baudelaire, pintó de forma muy distinta a la luna, como una medalla nueva, y si he omitido el otoño cuyos versos te sabes como yo de memoria, hay versos muy distintos y divinos sobre la primavera:
Le printemps vaporeux fuira vers l'horizon
Le printemps adorable a perdu son odeur…
(La primavera vaporosa huirá al horizonte
La primavera adorable ha perdido su olor…).
Y por lo demás ¿pueden contarse esas formas, cuando no habló nunca de nada (y habló con todo su sentimiento) que no haya expresado por un símbolo, y siempre tan material, tan llamativo, tan poco abstracto, con las palabras de mayor vigor, más usuales, más dignificadas?
Bâton des exilés, lampe des inventeurs,…
Toi qui fais au proscrit ce regard calme et haut
Qui damme tout un peuple autour d'un échafaud…
(Báculo de los exiliados, faro de los inventores…
Tú que confieres al proscrito esa mirada tranquila y elevada
Que condena a todo un pueblo junto a un patíbulo…).
y sobre la muerte:
C'est l'auberge fameuse, inscrite sur le livre
Où l'on pourra manger, et dormir, et s'asseoir;
…………………………………………………
Et qui refait le lit des gens pauvres et nus;
C'est la gloire des dieux, c'est le grenier mystique,
C'est le portique ouvert sur les Cieux inconnus!…
(Es el albergue famoso, inscrito en el libro
En donde se podrá comer, y dormir, y sentarse;
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Y que rehace la cama de los pobres y desnudos;
Es la gloria de los dioses, es el granero místico,
¡Es el pórtico abierto a los cielos desconocidos!…).
y sobre la pipa:
Je fume comme la chaumine…
(Echo humo como el chamizo…).
Y todas sus mujeres, y sus primaveras y su olor, y sus mañanas con el polvo de los vertederos, y sus ciudades planeadas como hormigueros, y sus «voces» que prometen mundos, las que hablan en la biblioteca, y las que hablan frente al navio, las que dicen: que la tierra es un pastel lleno de dulzura y las que dicen: aquí es donde se vendimian
Les fruits miraculeux dont votre coeur a faim.
(Los frutos milagrosos que ansia vuestro corazón).
Acuérdate de que todos los colores verdaderos, modernos, poéticos, los ha encontrado él, no muy cargados pero deliciosos, sobre todo las rosas, con azul, oro o verde:
Vous êtes un beau ciel d'automne, clair et rose…
Et les soirs au balcon, violés de vapeurs roses
(Eres un bello cielo de otoño, claro y rosa…
Y las noches en el balcón, veladas por vapores rosas).
y todas las noches en las que aparece el rosa.
Y en este universo todavía otro aún más interno, contenido en los perfumes, pero no acabaríamos nunca y si tomásemos no importa qué obra suya (no digo ya sus grandes obras sublimes que te gustan tanto como a mí, Le Balcon, Le Voyage), sino obras secundarias, te quedarías estupefacta al descubrir cada tres o cuatro versos un verso célebre, no del todo baudeleriano, del que quizá no sabías dónde estaba (junto a versos más baudelerianos, acaso, y divinos):
Beaux écrins sans joyaux, médaillons sans relique
(Bellos estuches sin joyas, medallones sin reliquia).
parece un verso modelo, por lo general y nuevo, de otros jnil versos congéneres pero que nunca se han hecho tan bien, y en ningún género, versos como:
Et les grande ciels qui font rever d'éternité
(Y los grandes cielos que llevan a soñar con la eternidad).
que podrías creer de Hugo, como:
Et tes yeux attirants comme ceux d'un portrait
(Y tus ojos atrayentes como los de un retrato).
que podrías suponer de Gautier, como:
O toi que j'eusse aimé, o toi qui le savais
(Oh, tú que habría amado, Oh tú que lo sabías).
que podrías creer de Sully Prudhomme, como:
Tous ceux qu'il veut aimer l'observent avec crainte
(Todos aquéllos a quienes quiere amar le observan con temor).
que podrías creer de Racine, como:
Oh charme du néant jollement attifé
(Oh encanto de la nada locamente adornado).
que podrías creer de Mallarmé, como tantos otros que podrías creer de Sainte-Beuve, de Gérard de Nerval, que tantos vínculo tiene con él, que era más tierno, que también tiene problemas de familia (¡Oh, Stendhal, Baudelaire, Gérard!), pero en donde se muestra tan tierno, que es un neurótico como él, y que como él ha escrito los más bellos versos, que se habrán de volver a utilizar en seguida, y como él perezoso, con primores de ejecución en el detalle, pero con inseguridad en el plan. Es tan curioso, esos poemas de Baudelaire, con sus grandes versos, que su genio llevado por el movimiento del hemistiquio anterior se apresta a henchir a lo largo de todo su majestuoso curso y que dan así la idea más sublime de la riqueza, de la elocuencia y de lo ilimitado de un genio:
Et dont les yeux aurient fait pleuvoir les aumônes (tournant).
Sans la méchancete qui brillait dans leurs yeux
… Ce petit fleuve,
Triste et pauvre miroir oü jadis resplendit (tournant).
L’immense majesté de vos douleurs de veuve…
(Y cuyos ojos habrían hecho llover las limosnas (variación).
Sin la maldad que brillaba en sus ojos
Ese riachuelo,
Triste y pobre espejo en donde en otro tiempo resplandecía (variación).
La inmensa majestad de vuestros dolores de viuda…).
y cien ejemplos más. En ocasiones, sin que el verso siguiente sea sublime existe sin embargo esa admirable aminoración de la velocidad del hemistiquio que va a lanzar el carro a la carrera del verso siguiente, este ascenso del trapecio que asciende todavía más alto, lentamente, sin gran impulso, para lanzar mejor:
Nul oeil ne distinguait (pour mieux lancer sa pensée). Du même enfer venu (tournant).
(Ninguna mirada distinguía (para mejor lanzar la idea). Llegado del mismo infierno (variación).)
Y el final de esas composiciones, bruscamente detenidas, cortadas las alas, como si no tuviera fuerza para proseguir, aquél que hacía volar su carro desde el penúltimo verso hasta la inmensa arena. Fin de Andromaque:
Aux captifs, aux vaincus, à bien d'autres encor…
(A los cautivos, a los vencidos, a muchos otros también…).
Fin del Voyage:
Au fond de l'lnconnu pour trouver du nouveau…
(Al fondo de lo Desconocido para encontrar algo nuevo…).
Fin de los Sept Vieillards:
Et mon âme dansait, dansait, vielle gabare
Sans mâts, sur une mer monstrueuse et sans bords.
(Y mi alma bailaba, bailaba, vieja gabarra
Sin mástiles, sobre una mar monstruosa y sin fin).
Es cierto que algunas repeticiones de Baudelaire parecen un antojo y apenas si pueden tomarse por un ripio.
Desgraciadamente tuvo que llegar el día en que le sobrevino lo que él había denominado el castigo del orgullo:
Sa raison s'en alla.
L'éclat de ce soleil d'un crêpe se voila.
Tout les chaos roula dans cette intelligence,
Temple autrefois vivant, plein d'ordre et d'opulence,
Sous les plafonds duquel tant de pompe avait lui.
Le silence et la nuit s'installérent en lui,
Comme dans un caveau dont la clef est perdue.
Des lors il fut semblable aux bêtes de la rue
Et quand il s'en allait sans rien voir, à travers
Les champs, sans distinguer les étés des hivers,
Sale, inutile et laid comme une chose usée,
II faisait des enfants la joie et la risée?
(Su razón lo dejó,
El fulgor de aquel sol fue velado por un crespón,
Templo otras veces vivo, lleno de orden y opulencia,
Todo el caos invadió aquella inteligencia,
Bajo cuyos techos tanta pompa había resplandecido.
El silencio y la noche se instalaron en él,
Como en una cripta de la que se ha perdido la llave.
Desde entonces fue semejante a los animales callejeros
Y cuando se iba sin ver nada, atravesando
Los campos, sin distinguir los veranos de los inviernos,
Sucio, inútil y feo como una cosa usada,
Era para los niños alegría y diversión).
Entonces ya no podía él, que sólo unos días antes había capturado momentáneamente el verbo más poderoso que hubiera estallado en labios humanos, pronunciar más que estas palabras «nom, crémon», y viéndose en un espejo que una amiga (una de esas amigas bárbaras que creen hacerte un favor obligándote a «cuidarte» y que no temen tender un espejo a un rostro moribundo que se ignora y que con sus ojos casi cerrados imagina un rostro de vida) le había traído para que se peinara, no reconociéndose, ¡saludó!
Pienso en todas estas cosas, y como él dice en muchas otras todavía, y no puedo creer que haya sido con todo un gran crítico, aquél que, habiendo hablado tan copiosamente de tantos imbéciles, bien dispuesto por lo demás hacia Baudelaire, siempre interesado en su producción, que pretendía además cercana a la suya (Joseph Delorme son Les Fleurs du Mal anticipadas), escribió sobre él sólo algunas líneas en donde fuera de un rasgo de ingenio («Kamtchatka literario» y «locura Baudelaire»), no hay más que lo que se puede aplicar también a tantos conductores de cotillón: «Muchacho atento, gana cuando se le conoce, cortés, causa buena impresión».
Sin embargo, sigue siendo uno de los que, debido a su maravillosa inteligencia, lo han comprendido mejor. Él, que luchó toda su vida contra la miseria y la calumnia, cuando murió, se lo presentaron tanto a su madre como un loco y un perverso que quedó estupefacta y encantada con una carta de Sainte-Beuve que le hablaba de su hijo como de un hombre inteligente y bueno. El pobre Baudelaire hubo de enfrentarse toda su vida al desprecio de todos. Pero
Les vastes éclairs de son esprit lucide
Luí dérobaient l'aspect des peuples furieux.
(Los amplios resplandores de su espíritu lúcido
Le ocultaban el aspecto de los pueblos furiosos).
Furiosos hasta el último momento: cuando estaba ya paralizado, en aquel lecho de dolor al que la negra, que había sido su única pasión, iba a acosarle con sus peticiones de dinero, era preciso que las pobres palabras de impaciencia contra el mal, pronunciadas torpemente por su boca afásica, pareciesen impiedades y blasfemias a la superiora del convento donde lo acogieron y que tuvo que abandonar. Pero como Gérard, jugaba con el viento, hablaba con las nubes, se emocionaba cantando del camino de la cruz. Como Gérard, que pidió que se dijera a sus padres que era inteligente. (Comprobar). Fue en esta época de su vida durante la que Baudelaire tenía esos largos cabellos blancos que le daban el aspecto, decía, «de un académico (¡en el extranjero!)». En este último retrato muestra sobre todo un fantástico parecido con Hugo, Vigny y Leconte de Lisie, como si los cuatro no fuesen más que copias algo diferentes del mismo rostro, del rostro de ese gran poeta que no es en el fondo más que uno, desde el principio de los tiempos, cuya vida intermitente, tan larga como la de la humanidad, sufrió en este siglo sus horas atormentadas y crueles y que nosotros llamamos vida de Baudelaire, sus horas laboriosas y serenas, que llamamos vida de Hugo, sus horas errabundas e inocentes, que llamamos vida de Gérard, y quizá de Francis Jammes, sus extravíos y depresiones frente a objetivos de ambición ajenos a la verdad, que llamamos vida de Chateaubriand y de Balzac, sus extravíos y ascensión por encima de la verdad, que llamamos segunda parte de la vida de Tolstoi, como de Racine, de Pascal, de Ruskin, y acaso de Maeterlinck.