V. El artículo aparecido en «Le Figaro»

Racimo

C erré los ojos mientras esperaba el amanecer. Pensaba en aquel artículo que había enviado hacía ya tiempo a Le Figaro. Incluso había corregido las pruebas. Todas las mañanas esperaba encontrarlo al abrir el periódico. Tras varios días había dejado de esperar y me preguntaba si es que todos se rechazaban así. Al poco oí que se levantaba todo el mundo. Mamá no tardaría en entrar en mi habitación, pues yo no dormía ya más que de día y se me daban las buenas noches después del correo. Volví a abrir los ojos, había amanecido. Entraron en mi habitación. Pronto entró también mamá. Nunca había necesidad de dudar cuando se quería comprender ío que hacía. Igual que durante toda su vida, ni una sola vez pensó en sí misma, y como el único fin de sus acciones más insignificantes, y las de más importancia, ha sido nuestro bien —y desde el instante en que caí enfermo y fue necesario renunciar a mi bienestar, ha sido mi placer y mi consuelo— era bastante fácil con aquella clave que poseía yo desde el primer día, adivinar sus intenciones por sus gestos y saber la finalidad de sus intenciones. Cuando vi, una vez que me hubo dado los buenos días, que su rostro adoptaba un aire distraído, de indiferencia, mientras dejaba con descuido Le Figaro junto a mí —pero tan cerca que no podía hacer ni un movimiento sin verlo— cuando, en cuanto lo hizo, la vi salir precipitadamente de la alcoba como un anarquista que hubiese colocado una bomba, y detener en el pasillo con una violencia desacostumbrada a mi vieja criada, que entraba precisamente en ese instante, y que no comprendía qué cosa extraordinaria podía suceder en la habitación a lo que no pudiese ella asistir, comprendí inmediatamente lo que mamá había querido ocultarme, a saber, que el artículo había aparecido, que no me había dicho nada sobre él para no desflorar mi sorpresa, y que no quería que hubiese allí nadie que pudiera turbar mi alegría con su presencia, obligándome por respeto humano a disimularla. Mamá jamás ha dejado así el correo, de manera tan negligente, junto a mí, sin que hubiese un artículo mío o sobre mí, o sobre alguien a quien yo quisiera, bien fuese una página de Jammes o de Boylesve, que para mí son un encanto, o bien una carta de alguna pluma querida.

Abrí el periódico. Vaya, precisamente un artículo sobre el mismo tema que el mío. No, es demasiado, precisamente las mismas palabras… me quejaré… y siguen las mismas palabras, mi firma… es mi artículo. Pero durante un segundo mi pensamiento arrastrado por la velocidad adquirida, y acaso un tanto fatigado ya en aquella época, continúa creyendo que no es él, como los viejos cuando continúan un movimiento iniciado; pero en seguida vuelvo a esta idea: es mi artículo.

Cojo entonces esta hoja, que es a la vez una y diez mil merced a una multiplicación misteriosa, dejándola igual y sin desposeer de ella a nadie, que se entrega a todos los vendedores que la piden, y bajo el cielo rojo que se alza sobre París, húmeda de niebla y tinta, la traen junto con el café con leche a quienes acaban de levantarse. Lo que tengo en mi mano no es sólo mi mismo pensamiento, es también millares de atenciones despiertas recibiendo ese pensamiento. Y para darme cuenta del fenómeno que ocurre, es preciso que salga de mí mismo, que por un instante sea yo uno cualquiera de los diez mil lectores a los que se acaba de descorrer las cortinas y en cuyo espíritu tempranamente despierto va a elevarse mi pensamiento durante una aurora indecible, que me colma de más esperanza y fe que la que veo en este momento en el cielo. Entonces tomo el periódico como si no supiese que existe un artículo mío; aparto a propósito la vista del lugar en donde aparecen mis frases, tratando de imaginar qué es lo más probable que suceda, e inclinando la probabilidad del lado que a mí me parece, como el que espera deja un intervalo entre minuto y minuto para no pasar del uno al otro demasiado aprisa. Siento en mi cara la mueca de indiferencia del lector no prevenido, luego mis ojos caen sobre mi artículo, en medio, y comienzo. Cada palabra me trae la imagen que pretendía evocar. En cada frase, desde la primera palabra, se dibuja previamente la idea que yo quería expresar; pero mi frase me la brinda más abundante, más detallada, enriquecida, pues aunque autor, soy no obstante lector, en puro estado de receptividad, y el esfuerzo en que me hallaba cuando escribía era más fecundo, y a la misma idea que vuelve a surgir en mí en ese momento añadí entonces prolongaciones simétricas, en las que no pensaba en el momento de iniciar la frase, y que me maravillan por su ingenio. Realmente, me parece imposible que las diez mil personas que en este momento leen el artículo no sientan por mí la admiración que siento en este momento por mí mismo. Y su admiración tapona las pequeñas fisuras que existen en la mía. Si pusiese mi artículo frente a frente a lo que hubiera querido decir, como desgraciadamente me sucederá luego, es probable que le encontrase un tartamudeo afásico junto a una frase deliciosa y fluida, que apenas pudiese hacer comprender a la persona dotada de la mejor voluntad lo que antes de tomar la pluma me había creído yo capaz de hacer. Este sentimiento lo percibo al escribir, al releerme, y lo tendré dentro de una hora; pero en este instante no vierto en mi pensamiento con tal lentitud cada frase, sino en los miles y miles de pensamientos de lectores despiertos, a quienes acaba de traerse Le Figaro.

En el esfuerzo que hago para ser uno de ellos, me despojo de las intenciones que albergaba, procuro tener un pensamiento desnudo, preparado para leer cualquier cosa, y que vienen a asaltar, encantar, llenar de la idea de mi talento, a hacerme preferir sin vacilación alguna a todos los demás escritores, esa imagen encantadora, esa idea singular, ese rasgo de agudeza, esa visión profunda, esa expresión elocuente, que no dejan de sucederse. Por encima de todos esos cerebros que se despiertan, la idea de mi gloria alzándose sobre cada espíritu me aparece más roja que la aurora inmensa que se vuelve rosada en cada ventana. Si una palabra me parece mala, ¡oh!, no se darán cuenta; y al fin y al cabo no es tan mala como todo eso, no están tan bien acostumbrados. El sentimiento de mi impotencia, que es la tristeza de mi vida, se torna, ahora que me apoyo en la materia de diez mil admiraciones que imagino, un sentimiento de fuerza jubilosa. Abandono mi triste impresión sobre mí mismo, vivo en las palabras de elogio, mi pensamiento se acomoda paso a paso a la medida de la admiración particular que imagino en cada uno, a esos elogios que pronto recibiré, y en los que me descargaré del doloroso deber de juzgarme.

Pero, hay, en el instante mismo en que me beneficio de ya no tener que juzgarme a mí mismo, soy yo quien me juzgo. Esas imágenes que veo bajo mis palabras las veo porque he querido ponerlas allí, no están en ellas. Pero si incluso logré incorporar algunas a la frase, para verlas y apreciarlas sería preciso que el lector las abergara en su espíritu y las amara. Al releer algunas frases bien construidas, me digo: Sí, en estas palabras existe este pensamiento, esta imagen, estoy tranquilo, mi papel ha concluido, cada cual no tiene que hacer nada más que encararse coa estas palabras, y lo encontrarán, el periódico les trae ese tesoro de imágenes y de ideas. Como si las ideas estuviesen sobre el papel, de forma que los ojos no tuviesen más que abrirse para leerlas y hacerlas entrar en un espíritu en donde no estuviesen ya. A todo lo que las mías pueden aspirar es a suscitar otras parecidas en los espíritus que las poseen ya por su cuenta. A los otros, en quienes mis palabras no encontrarán nada que despertar, ¡qué idea absurda despiertan de mí! ¿Qué es lo que podrán decirles esas palabras que significan cosas, no sólo que jamás comprenderán, sino que no pueden acudir a su espíritu? Entonces, cuando leen esas palabras, ¿qué es lo que ven? Y así es como todos aquellos de mis lectores que conozco me dirán: «Su artículo no es muy bueno, que digamos», «Muy malo», «Hace usted mal en escribir», mientras yo, pensando que llevan razón, queriendo ser de su opinión, intento leer mi artículo desde su punto de vista. Pero de la misma forma que ellos no han podido adoptar el mío, yo no puedo adoptar el suyo. Desde la primera palabra las atractivas imágenes surgen en mí, sin parcialidad, me maravillan una tras otra, y me parece que no hay nada que hacer, que ya está hecho, en el periódico, que no puede hacerse más que acogerlas, que si pusiesen cuidado, si yo se lo dijese, serían de mi mismo parecer.

Me gustaría imaginar que estas ideas maravillosas pe-8 netran en este instante en todos los cerebros, pero en seguida pienso en todas las personas que no leen Le Figaro, que quizá no lo leen hoy, que están a punto de salir de caza, o no lo han abierto. Y además, quienes lo lean, ¿leerán mi artículo? ¡Ay!, los que me conocen lo leerán si ven mi firma. Pero ¿llegarán a verla? Me llenaba de alborozo aparecer en primera página, pero en realidad creo que hay personas que no leen más que a partir de la segunda. Es cierto que para leer la segunda, hay que abrir el periódico, y mi firma está precisamente en el centro de la primera página. Sin embargo, me parece que cuando se va a volver la segunda página, sólo se ve de la primera las columnas de la derecha. Hago una prueba, yo soy ahora el señor interesado en ver quién había en casa de Mme. de Fitz-James, cojo Le Figaro con la idea de no leer nada de la primera página. Ya está, veo perfectamente las dos últimas columnas, pero de Marcel Proust, ¡como si no hubiese nada! A pesar de todo, incluso si no se interesa uno más que por la segunda página, se debe mirar quién ha escrito el primer artículo. De ahora en adelante me prometo mirarlo siempre, como un amante celoso, para asegurarme de que su amada no le engaña, no le engaña más. Pero ¡ay!, bien sé yo que mi atención no moverá a los demás, que porque de ahora en adelante lo haga yo así, porque yo mire la primera página, esto no me permitirá convencerme de que los demás hacen lo mismo. Muy al contrario, no creo que la realidad pueda parecerse tanto a mi deseo, como cuando esperaba una carta de mi amada, la escribía con el pensamiento tal como yo hubiera querido recibirla. Luego, sabiendo que no era posible, que no podía ser tanta la casualidad, como para que ella me escriba exactamente lo que yo imaginaba, dejé de imaginar, para no eliminar de lo posible lo que yo había imaginado, para que ella pueda escribirme aquella carta. Incluso si un azar hubiese hecho que ella me escribiese, no habría experimentado placer, habría creído estar leyendo una carta escrita por mí. Por desgracia, una vez pasado el primer amor, conocemos tan bien todas las frases que pueden proporcionar placer en el amor, que ninguna, incluso la más deseada, nos trae nada ajeno a nosotros. Basta que se escriban con palabras que son tanto palabras nuestras como de nuestra amada, con pensamientos que podemos crear nosotros tanto como ella, para que leyéndolas no salgamos de nosotros, y para que exista poca diferencia para nosotros entre haberlas deseado y haberlas recibido, puesto que la realización utiliza el mismo lenguaje que el deseo.

He hecho que me compre algunos ejemplares de Le Figaro; he dicho que era para darlos a algunos amigos, lo que es cierto. Pero son sobre todo para percibir por el tacto la encarnación de mi pensamiento en esos miles de hojas húmedas, para poseer un periódico más que otra persona habría podido tener si hubiera acudido en el instante mismo que mi criado a comprarlo al quiosco, y para imaginarme, ante otro ejemplar, que soy un nuevo lector. También, como nuevo lector, llego a mi artículo como si no lo hubiese leído, tengo una buena disposición completamente virgen, pero en realidad las impresiones del segundo lector no son muy diferentes y son tan personales como las del primero. En el fondo sé muy bien que muchos no comprenderán nada del artículo, y personas que conozco muy bien. Mas, incluso respecto a éstos, tengo la agradable impresión de ocupar hoy sus pensamientos, si no con los míos, a los que no ven aparecer, al menos con mi nombre, con mi personalidad, con el mérito que atribuyen a cualquiera que haya podido escribir tantas cosas que no comprenden en absoluto. Hay una persona a quien esto le formará de mí la idea que yo deseo tanto que tenga; este artículo que no comprenderá representa por su solo hecho un elogio explícito que oirá de mí. Desgraciadamente, el elogio de alguien a quien ella no ama no encandilará su corazón, lo mismo que las palabras llenas de ideas que no están en ella no cautivarán su espíritu.

Veamos, iba a besar a mamá antes de acostarme y dormirme y a preguntarle qué pensaba del artículo, y ya me sentía impaciente, no pudiendo comprobar por experiencia si los diez mil lectores de Le Figaro lo habrían leído y apreciado, ni realizar algunos sondeos entre las personas que conocía. Era el día de mamá, quizá le hablarían de ello.

Antes de ir a decirle adiós, fui a cerrar las cortinas. Ahora, bajo el cielo rosa se notaba que el sol se había forjado y que por su propia elasticidad iba a aparecer. Aquel cielo rosado me hacía sentir un gran deseo de viajar, pues lo había visto con frecuencia por la ventanilla del vagón, tras una noche de insomnio, no como aquí, en la sofocación de las cosas encerradas e inmovilizadas sobre mí, sino inmerso en el movimiento, arrastrado, como los peces que durmiendo flotan e incluso se desplazan, envueltos en aguas susurrantes. Así había velado o dormido yo, arrullado por los ruidos del tren que el oído empareja dos a dos, cuatro a cuatro, en su fantasía, como los tañidos de las campanas, conforme a un ritmo que se imagina escuchar, que parece precipitar una campana sobre la otra, y así sucesivamente, hasta que lo reemplazaba por otro al que las campanas, o los ruidos del tren, obedecen con la misma docilidad. Fue después de noches como ésa cuando, mientras el tren me lanzaba a toda velocidad en pos de los países deseados, advertía por el cristal de la ventanilla el cielo rosa por encima de los bosques. Cuando la vía doblaba, lo sustituía un cielo nocturno de estrellas alzado sobre un pueblo cuyas calles aún estaban llenas de la luz azulada de la noche. Entonces corría a la otra portezuela, por donde el hermoso cielo rosa brillaba cada vez más sobre los bosques, e iba de este modo de ventana en ventana para no perderlo, volviéndolo a ver, según los cambios de dirección del tren, por la ventana de la derecha cuando lo había perdido en la ventana de la izquierda. Entonces se promete uno viajar sin fin. Y ahora volvía a mí aquel deseo; hubiera querido volver a encontrar ante ese mismo cielo aquella garganta agreste del Jura, y la casilla del guarda que no conoce más que la vía que tuerce a su lado.

Pero no es esto todo lo que yo hubiera querido ver. El tren se paró allí, y cuando fui a la ventana por donde penetraba un vaho neblinoso de carbón, una muchacha de dieciséis años, alta y sonrosada pasaba ofreciendo café con leche humeante. El deseo abstracto de la belleza es insulso, pues la imagina según lo que conocemos y nos muestra el universo ya hecho y terminado ante nosotros. Pero una nueva y guapa muchacha nos trae precisamente algo que no imaginábamos; no es la belleza, algo común a las demás, sino una persona, algo particular y concreto que no es otra cosa, así como algo de individual, que existe, aquella con quien querríamos confundir nuestra vida. Le grité, «café con leche»; no me oyó; yo veía cómo se alejaba aquella vida en la que yo no contaba en absoluto, sus ojos que no me conocían, ay, sus pensamientos en los que yo no me hallaba; la llamé, ella me oyó, se volvió, sonrió, vino, y mientras bebía yo el café con leche, mientras el tren se aprestaba a arrancar, clavé mi mirada en sus ojos: no me esquivaban, clavándose también en los míos con una cierta sorpresa, pero en la que mi deseo creía descubrir simpatía. Cuánto hubiera deseado conocer su vida, viajar con ella, retener conmigo, ya que no su cuerpo, su atención al menos, su tiempo, su amistad, sus costumbres. Había que darse prisa, iba a salir el tren. Me digo: volveré mañana. Y ahora, después de transcurridos dos años, me doy cuenta de que volveré allí, que intentaré albergarme entre la vecindad, y temprano, bajo el cielo rosado, por encima de la garganta agreste, besar a la muchacha pelirroja que me ofrece café con leche. Otro lleva su amante y apaga en ella, cuando el tren vuelve a partir, el deseo de las muchachas del país que ha encontrado. Pero esto es una abdicación, una renuncia a conocer lo que el país nos da, a ir al fondo de la realidad. Quienes buscan en la realidad este o aquel placer, pueden olvidar, besando a su amante, a la muchacha que les daba sonriendo el café con leche. Viendo otra hermosa catedral pueden aplacar su deseo de contemplar las torres de la catedral de Amiens. Para mí, la realidad es individual, lo que yo busco no es el disfrute con una mujer, son esas mujeres, no es una hermosa catedral, es la catedral de Amiens, el lugar en donde se halla encadenada al suelo, no su equivalente, su duplicado, sino ella, con el esfuerzo por conseguirla, con la atmósfera que allí existe, bajo los mismos rayos de sol que descienden sobre nosotros, ella y yo. Y suele ocurrir que se ensamblan dos deseos, y consiste éste en volver a Chartres al cabo de dos años, y, después de haber visto el porche de la iglesia, subir a la torre con la hija del sacristán.

Nos hallábamos ahora a plena luz del día, y veía en aquella tierra esos destellos fantásticos de oro que indican a quienes abren sus ventanas que no hace mucho que el sol se ha alzado, y que hacen estremecerse a los enormes girasoles del jardín, el parque en pendiente y en la lejanía el Loira inmóvil, en esa polvareda de oro que no volverán a ver hasta la hora de acostarse, pero que no poseerá entonces esa belleza de esperanza que les obliga a apresurarse a bajar por el camino todavía silencioso.