CAPÍTULO 3
El piloto hizo un examen bajo la trampa en el suelo, con la ayuda de una lámpara y los dos espejos, para ver el contenido del tren de aterrizaje, que no podía alcanzar con ningún instrumento. Joe oyó su informe por radio al aeropuerto.
—Es una granada —dijo fríamente—, y necesitaron tiempo para colocarla tal y como está. En mi opinión, el avión fue saboteado cuando llevaron a cabo la última reparación y se dispuso que el detonador fuera colocado en algún otro lugar y en otro momento. Hemos estado volando durante dos semanas con la granada en el emplazamiento del tren de aterrizaje. Estaba oculta. Hoy, en el aeropuerto en donde nos han revisado el aparato en busca de daños, un hombre de pelo claro se las ingenió para tirar de una cuerdita, que sabía dónde se encontraba, y probablemente deshizo un nudo corredizo. La granada rodó hasta ocupar una posición nueva, y ahora, en cuanto descienda el tren de aterrizaje, explotará. Pueden ustedes imaginarse la situación.
Era un excelente sistema de sabotaje. Si un aparato saltaba en pedazos dos semanas después de haber sido reparado, nadie supondría que la bomba había sido instalada con tanta anticipación para ser preparada más tarde. Un hombre que se limitara a tirar de una cuerdita para poner en marcha el dispositivo detonante, no llamaría tampoco la atención. Era posible que estuvieran volando actualmente docenas de aviones que llevaban en el tren de aterrizaje su propia destrucción.
El piloto habló ante el micrófono.
—Probablemente... —empezó a decir, pero calló—. Muy bien, señor.
Se volvió y miró al copiloto, que fijaba la vista en el hueco, con expresión salvaje. El avión continuó volando en círculos, sin pasar de las esquinas más alejadas de la pista de aterrizaje que se encontraba bajo ellos.
—Estamos autorizados para saltar —dijo brevemente—. Ya saben dónde están los paracaídas. Pero hay una probabilidad de aterrizar sobre el vientre sin que explote la granada, y voy a intentarlo.
El copiloto sacudió la cabeza.
—Voy a darle a él un paracaídas —dijo, indicando a Joe—. ¡Pero si tú aterrizas con el avión, yo también! Pregunta si es necesario que arrojemos la carga antes de aterrizar.
El piloto volvió a levantar su micrófono, habló y escuchó:
—Nos autorizan a arrojar lastre para aligerar el avión.
—¡No arrojarán mis cajas! —gritó Joe—. ¡Voy a quedarme aquí para asegurarme que no lo hacen! ¡Si ustedes pueden tratar de aterrizar con este aparato, yo también puedo hacerlo!
El copiloto se puso en pie y lo miró con el ceño fruncido.
—Arrojaré todo lo que sea posible. ¿Quiere usted ayudarme?
Joe lo siguió y atravesaron la puerta que conducía al compartimiento de carga.
Era considerablemente amplio el espacio y hacía un frío muy fuerte. Las cajas procedentes de la factoría Kenmore eran las más pesadas de cuantas había sobre el transporte, pero había otras. El copiloto se abrió paso hasta la parte de proa y tiró de una palanca. En el extremo posterior del compartimiento de carga se abrieron unas grandes puertas curvas e inmediatamente se oyó el ruido de los motores con tal intensidad que era imposible hacerse oír y mantener una conversación. El copiloto sacó un montón de papeles coloreados y miró la caja de embalaje más próxima, hizo esmeradamente una marca en una hoja y comenzó a empujarla hacia las puertas.
No era una operación sencilla en absoluto, puesto que tan cerca del suelo el aparato tenía tendencia a bambolearse y, además, el aire estaba agitado. Empujar una gran caja a través de una puerta, de tal modo que cayera a trescientos pies más abajo sobre la arena del desierto, no era un trabajo carente de peligro. Pero Joe le ayudó. Lograron que la caja llegara hasta la puerta y la impulsaron hacia afuera. El copiloto se asió del marco de la puerta y observó cómo aterrizaba; luego, escogió otra caja y la relacionó. En seguida, otra. Con la ayuda de Joe, las llevaron hasta la puerta y las arrojaron. El aeroplano continuó trazando círculos. El desierto, visto desde las puertas corredizas, parecía quedar atrás, reaparecía y volvía a quedar a popa. Joe y el copiloto trabajaban furiosamente, pero el copiloto verificaba cuidadosamente todos los materiales antes de arrojarlos al vacío. Luego, llegó el turno a un bulto y el copiloto llevó a Joe a un lado, dándole una explicación que no pudo oír. Empujaron y lanzaron otros objetos de carga.
Deliberadamente se arrojaba la carga para que se destruyera. En una caja bordeada de cinta metálica, una pieza mecánica era visible a través del embalaje. Una caja marcada Instrumentos. Frágil. Todo ello fue consignado en un pedazo de papel de colores. Una pequeña dínamo. Caja tras caja. Una marcada Correspondencia, llena probablemente de impresos para los cronometradores.
Supuestamente, ese era el contenido. Pero no fue así.
La arrojaron al vacío, mientras el aparato continuaba bramando, y, repentinamente, a medio camino hacia el suelo, explotó la caja. Posiblemente, un detonador de tiempo había llegado al instante preciso fijado para la destrucción en ese momento. O quizá la pérdida de presión al caer habría hecho funcionar el detonador.
El copiloto habló furiosamente sobre el ruido ensordecedor de los motores. Vengativamente, marcó el papel en donde figuraba la caja que había explotado. En seguida, volvieron al trabajo. Funcionaban bien como equipo. En pocos minutos, todo había sido arrojado, con excepción de las cuatro cajas que contenían los giróscopos. El copiloto las miró obstinadamente. Joe cerró los puños. Por fin, las puertas corredizas fueron cerradas y de nuevo fue posible hacerse oír.
—El aparato está descargado —informó en cuanto llegó a la cabina—. Aclara que fue una caja la que explotó.
El piloto señaló el número de remisión y la descripción de la caja que había sido en realidad una bomba suplementaria. Alguien había gastado demasiados esfuerzos e ingenio para asegurarse que los giróscopos no llegarían a la plataforma espacial. Era posible, incluso, imaginar que varias facciones habían saboteado simultáneamente el avión de transporte. Parecía que varios enemigos de la plataforma habían trabajado, cada uno por su lado, aunque disponiendo todos ellos de la misma información con respecto a la carga que transportaba el aparato.
—Ahora voy a arrojar el combustible —dijo el piloto por el micrófono—. Trataré de aterrizar sobre el vientre.
El avión voló en línea recta con más ligereza, balanceándose un poco. Pero cuando se arroja el combustible, es preciso disminuir la velocidad a no más de ciento setenta y cinco nudos, volando al mismo nivel. Luego, se supone que uno debe volar todavía cinco minutos en posición de desagüe después de haber arrojado el combustible..., aun así queda en el tanque suficiente cantidad para cuarenta y cinco minutos de vuelo.
El avión giró y puso la proa en dirección al campo de aterrizaje que ahora se encontraba a gran distancia. Descendió cada vez más, hasta que pareció que iba a chocar con las irregularidades más pequeñas del terreno. A tan baja altura, la sensación de velocidad era muy grande.
El copiloto volvió nuevamente al compartimiento de carga y volvió trayendo una brazada de paracaídas que arrojó al suelo.
—Por si explota la granada —dijo amargamente.
Joe le ayudó, y en los pocos minutos que pasaron antes que Bootstrap apareciera en lontananza, llenaron el suelo de la cabina con paracaídas recogidos, especialmente alrededor de los asientos de los pilotos. Y había un buen montón sobre el lugar exacto donde estaba la granada. Los suaves paracaídas absorberían la explosión más fácilmente que un material de mayor dureza, pero existía la posibilidad que no explotara.
—¡Agárrense fuerte! —dijo el piloto.
Las partes plegadizas de las alas estaban bajadas, de modo que disminuían un poco la velocidad del aparato descargado. Llegaron al borde de la pista del campo de aterrizaje volando a una altura menor a la de un hombre. Joe se aferró convulsivamente con las manos a una agarradera. Vio un coche de primeros auxilios que comenzaba a correr al lado de la pista y un vehículo contra incendios que se dirigía hacia la línea que seguía el aeroplano.
Un metro y medio sobre la superficie del suelo, un metro. El piloto tiraba hacia atrás de la palanca de mando. Su cara estaba contraída y mostraba una expresión dura y severa. La cola descendió y se arrastró por el suelo, para en seguida, saltar. El aparato se inclinó, resbaló y giró a medias locamente; el mundo pareció haber llegado a su fin. Golpes, ruidos, chirridos de metal rasgado. Los tropiezos y rechinidos fueron ahogados por un rugido.
Joe se liberó de donde había sido arrojado. Encontró al piloto, que se levantaba con dificultad, y fue hacia él para ayudarle. El copiloto se les unió y de repente se encontraron fuera del aparato y corriendo a toda la velocidad que podían desarrollar sus piernas.
El bramido se convirtió en rugido. Se produjo una explosión y, en seguida, otra. Las llamas brotaron por todas partes. Los tres hombres corrieron a tropezones, al tiempo que el copiloto maldecía.
—¡Nos hemos escapado de una buena! —dijo, jadeando—. Ese fuego...
Joe oyó tras él estampidos y crujidos cada vez más fuertes. Algo explotó violentamente. Pensó que debía estar ya suficientemente lejos.
Se volvió a mirar. Un despojo ennegrecido estaba envuelto en un fuego devorador. Las llamas eran monstruosas. Parecían elevarse hasta el cielo; llamas más violentas de lo que hubiera podido producir el combustible para cuarenta y cinco minutos de vuelo. Mientras Joe lo observaba, algo saltó en pedazos y las llamas crepitaron todavía con mayor furia. En esas condiciones, a una temperatura tan elevada, los delicados ajustes de los giróscopos se torcerían y estropearían, aunque el aterrizaje forzoso no los hubiera roto. Joe masculló rabiosamente.
El aparato era ahora un esqueleto incompleto y retorcido, lamido por las llamas. El vehículo de primeros auxilios se detuvo junto a él con un chirrido.
—¿Hay alguien herido? ¿Quedó alguien allí?
Joe sacudió la cabeza, incapacitado para hablar por la ira. El camión empezó a echar espuma por sus boquetes. Los tanques contenían agua tratada con detergentes, de modo que se separaba en gotas finísimas cuando era pulverizado bajo una presión de ciento ochenta y dos kilos. Empapó el despojo de avión, arrojando una cantidad que hubiera bastado para ahogar a un hombre. Ningún fuego hubiera podido arder bajo un diluvio semejante. En pocos segundos, aparentemente, sólo quedaba una niebla blanca de vapor y humo, de substancias que se consumían sin llamas, que se fue desvaneciendo.
Varias motos corrieron estruendosamente a través del campo de aterrizaje. Un automóvil negro que les seguía, se acercó al vehículo de primeros auxilios, se detuvo un momento y, luego, fue rápidamente hacia donde estaba Joe. La salvaje furia lo abandonaba, sólo para caer en la desesperación más negra y enfermiza. No era culpa suya lo que había sucedido, pero era suya la responsabilidad de los giróscopos y que éstos llegaran bien a su destino. Su obligación no era permanecer irreprochable. Tenía que conducir los giróscopos hasta la plataforma y colocarlos sobre ella.
Y no lo había hecho.
El automóvil negro frenó y se detuvo. Dentro iba el mayor Holt. Joe, que lo había visto seis meses antes, se asombró. En tan corto tiempo, parecía haber envejecido mucho. El mayor miró severamente a los pilotos.
—Arrojaron ustedes el combustible. ¿Qué es lo que está ardiendo ahora?
Joe dijo pesadamente:
—Arrojamos todo, excepto los giróscopos pilotos, que no arden. ¡Fueron embalados en la fábrica!
Repentinamente, el copiloto produjo un gruñido incoherente y rabioso.
—¡Ya entiendo! —dijo roncamente—. Ya sé...
—¿Qué? —preguntó el mayor, interrumpiendo.
—Colocaron la granada cuando efectuaron la reparación más importante —dijo el copiloto, demasiado enfurecido para maldecir—. Pero además..., además..., ¡puse en funcionamiento los extintores de incendios un momento antes de abandonar el avión! ¡Para inundar todo de CO2! ¡Pero no era CO2! ¡Eso es lo que arde!
El mayor Holt volvió la cabeza. Alguien se materializó a su lado. Dijo, con dureza:
—Tome los extintores de incendios, séllelos y envíelos a los laboratorios.
—Sí, mayor.
Un hombre fue corriendo hacia el despojo. El mayor Holt dijo fríamente:
—Esto es nuevo. Debimos haberlo previsto. Háganse atender y vayan después al servicio de seguridad de la semiesfera.
El piloto y el copiloto giraron sobre sus talones y se alejaron. Joe había comenzado a seguirlos cuando oyó la voz de Sally.
—¡Joe! ¡Ven con nosotros, por favor!
Joe no la había visto, pero estaba en el automóvil, pálida y con ojos atemorizados muy abiertos.
—Estoy bien —dijo Joe con rudeza—. Quiero examinar esas cajas.
El mayor Holt dijo rápidamente:
—Están bajo vigilancia. Deben ser fotografiadas y sufrir otras formalidades antes que puedan ser tocadas. Además, deseo que me hagas un informe. ¡Vamos!
Joe miró. Las motos estaban abandonadas y había ya una guardia armada alrededor del despojo humeante, vigilando a los hombres del vehículo contra incendios mientras éstos buscaban algún probable recrudecimiento de las llamas. Era necesario que nadie más estuviera cerca del lugar del accidente. Unas figuras se desplazaban hacia el borde del campo de aterrizaje. Habían tratado de aproximarse al lugar del accidente, pero los guardianes ejecutaban su trabajo. Nadie podía aproximarse y los espectadores tuvieron que retroceder.
—¡Por favor, Joe! —dijo Sally, con voz trémula.
Joe penetró en el coche pesadamente, y en cuanto se acomodó, el vehículo se puso en movimiento. Atravesaron velozmente el aeródromo y pasaron por la puerta de entrada. Las sirenas del vehículo ululaban mientras se dirigían hacia la ciudad. Bruscamente, dieron vuelta a la izquierda. En pocos segundos, se encontraban sobre una autopista amplia y blanca. Dejaron atrás la ciudad y se internaron por el desierto.
Pero éste no estaba completamente vacío. Lejos, muy lejos, media esfera se elevaba hacia el cielo, resaltando contra el horizonte. El automóvil corría para guarecerse en ella. Las ruedas chirriaban. Joe miró la construcción y se avergonzó, porque era allí donde la plataforma estaba esperando los giróscopos pilotos, entre otras cosas, y él no había podido llevarlos.
Sally se humedeció los labios. Sacó un pequeño estuche y lo abrió. Contenía vendas y varios frasquitos.
—Tengo aquí un botiquín de primeros auxilios, Joe —dijo, insegura—. ¡Tienes quemaduras! ¡Déjame curarte siquiera las más graves!
Joe se miró. Una de las mangas de su chaqueta estaba completamente carbonizada, su cabello estaba en parte chamuscado y una de las piernas de su pantalón mostraba señales de haber ardido alrededor del tobillo. Al ubicar sus quemaduras, le comenzaron a doler.
El mayor Holt la observó, mientras ella extendía una capa de ungüento sobre la piel chamuscada, sin mostrar ninguna emoción en absoluto.
—Cuéntame lo que pasó —ordenó—; todo.
No parecía tener mucha utilidad, pero Joe le refirió todo, mientras el coche continuaba su camino. La gran semiesfera daba la impresión de ser cada vez mayor, pero no parecía acercarse. Sally continuaba curándole las heridas. Alcanzaron un convoy, hicieron sonar el claxon y lo rebasaron. Más tarde, se cruzaron con otro convoy de vehículos que se dirigían hacia Bootstrap. Continuaron.
Joe terminó su relato tristemente.
—Los pilotos hicieron todo lo humanamente posible, señor; incluso relacionaron las cajas que arrojaron. Señalamos una que explotó.
—Esas eran las órdenes que tenían —dijo el mayor Holt, sin darle importancia—. En todo caso ahora sabemos algo más. Es probable que los pilotos tengan razón al suponer que el aparato fue saboteado durante las reparaciones y la granada se preparó más tarde. Voy a investigar todo inmediatamente y vamos a tratar de reconstruir los hechos tal y como debieron suceder. Le dije a mi secretaria que enviara una orden de arresto contra el hombre que, según dices, puso en marcha el mecanismo de la granada sobre ese avión y..., hmmm..., ese CO2...
—Eso no lo comprendí —dijo Joe, entristecido.
—Los aeroplanos tienen sistemas de alarma contra incendios y botellas de CO2 para combatir el fuego —dijo el mayor—. Cuando se declara un incendio durante un vuelo, se enciende una luz roja en el tablero de instrumentos, mostrando dónde está el fuego. El piloto tira de una palanca y el CO2 inunda el compartimiento afectado, apagando el fuego. En este caso, puesto que iban a realizar un aterrizaje forzoso, el piloto obedeció las órdenes para esos casos e inundó todos los compartimientos con CO2, pero no era CO2, era otra cosa.
—¡Oh, no! —dijo Sally horrorizada.
—Las botellas de CO2 estaban llenas de una sustancia inflamable o de gas explosivo —dijo su padre, sin prestarle atención—. En lugar de imposibilitar un incendio, lo provocó. ¡De ahora en adelante tendremos que tener cuidado con esa nueva artimaña!
Joe estaba demasiado abatido para dar cabida a sentimientos que no fueran una amarga tristeza y un odio mucho más amargo contra aquellos que estaban dispuestos a cometer toda clase de crímenes (y ya habían cometido muchos) al intentar la destrucción de la plataforma.
El edificio que la albergaba se elevaba contra el cielo. Parecía monstruoso e increíble. Joe sintió deseos de llorar cuando el automóvil se detuvo ante un edificio angular de tres pisos. Desde el aire, ese edificio tan grande se veía como una brizna. Se bajaron del vehículo. Un centinela saludó cuando el mayor Holt abrió la marcha hacia el interior. Joe y Sally lo siguieron. El mayor señaló a Joe con el dedo pulgar y se dirigió a un hombre uniformado.
—Consígale ropas, pida una conferencia de larga distancia con la compañía de aparatos de precisión Kenmore y déjele hablar; luego, tráigalo de nuevo a mi presencia.
Dicho esto, desapareció. Sally trató de sonreírle a Joe. Estaba todavía muy pálida.
—Mi padre es así, Joe. Tiene buen fondo, pero no es cordial. Me encontraba en su oficina cuando llegó el informe del sabotaje de tu aeroplano y salimos inmediatamente en dirección de Bootstrap; estábamos en camino cuando oímos la primera explosión. Yo..., creí que era tu avión, sabía que tú estabas a bordo y fue... muy desagradable, Joe.
Había estado terriblemente asustada y, al recordarlo, se sobresaltó. Joe estuvo tentado de hundirle el pulgar en las costillas para darle ánimos, pero, de pronto, comprendió que ya no sería lo apropiado y se contentó con decir:
—Estoy muy bien.
Siguió al hombre uniformado. Comenzó a quitarse sus andrajosas y chamuscadas ropas. El sargento le trajo otras y se las puso. Estaba cambiando de bolsillos sus cosas personales, cuando el sargento regresó.
—La compañía Kenmore en línea, señor.
Joe fue al teléfono. En el camino, descubrió que las sacudidas que había soportado le habían producido numerosos dolores en distintos lugares.
Habló con su padre.
Tiempo después comprendió que había sido una conversación curiosa. Se sentía culpable porque le había sucedido algo a un trabajo que había costado ocho meses y que él escoltaba hasta su destino. Le explicó eso a su padre, pero éste no pareció darle importancia. No tanta como era debido; en lugar de eso, le hizo muchas preguntas ansiosas sobre él mismo. ¿Estaba herido? ¿Dónde? ¿Era grave? Joe estaba extrañadísimo al ver que su padre se preocupaba mucho más por esas cosas que por los giróscopos pilotos, pero respondió a todas las preguntas y le explicó cuál era la situación exacta y cierta esperanza remota que trataba de conservar. Su padre le dio consejos.
Sally lo estaba esperando nuevamente cuando salió. Lo condujo a la oficina de su padre y lo presentó a su secretaria, una mujer extraordinariamente común, de expresión triste. Joe le explicó cuidadosamente que era preciso que entrara en contacto con el jefe Bender, que trabajaba en la plataforma. Era uno de los pocos especialistas que había abandonado la fábrica de los Kenmore para irse a trabajar a otro lado. Entre Joe y el jefe debían estimar los daños y las posibilidades de reparación.
El mayor Holt escuchaba. Era un oficial militar, abrumado y cansado, de carácter brusco. Joe había conocido a Sally y, por consiguiente, también a su padre durante toda la vida, pero el mayor Holt no era un hombre cualquiera con quien uno podría desahogarse. Dijo algo y su entristecida secretaria escribió un salvoconducto para Joe. Luego dio órdenes por teléfono y preguntó varias cosas.
Sally dijo:
—¡Ya sé! Voy a llevarlo conmigo, ya conozco el camino.
La expresión del rostro de su padre no cambió, se limitó a incluir a Sally en las órdenes que dio por teléfono. Luego, dijo brevemente:
—El aparato estará vigilado y lo apartaremos tan pronto como sea posible. Entonces, podrás examinar las cajas. Voy a dar la autorización para que puedas hacerlo.
Su secretaria buscó en un cajón del escritorio los impresos de órdenes, los llenó y se los tendió al mayor para que los firmara. Sally tiró a Joe del brazo y se lo llevó.
Una vez fuera, dijo ella:
—No merece la pena de discutir con él, Joe. Tiene un trabajo terrible y siempre está pensando en eso. Por suerte, tiene a la pobre señorita Ross, su secretaria, como sabes, que se limita a escuchar lo que él dice que debe hacerse, y lo escribe. A veces, pasa días enteros sin hablarle a ella directamente. ¡Pero las cosas están muy mal! Es como una guerra sin enemigos con quien pelear, sólo espías. ¡Y qué cosas hacen! Incluso, se sabe que, en una ocasión, colocaron una bomba sobre un camión que ellos mismos habían hecho que tuviera un accidente, para que todo aquel que tratara de ayudar muriera. ¡Es preciso hacer algo, sea lo que sea, o, de lo contrario!...
Lo condujo a una oficina que tenía una puerta que daba directamente al interior de la semiesfera. A pesar de su amargura, sentía una gran impaciencia por ver el interior. Pero antes, Sally tuvo que identificarlo como el Joe Kenmore que figuraba en las órdenes de su padre, le tomaron las huellas digitales y le hicieron permanecer de pie ante un aparato de rayos X. Luego, ella lo condujo a través de la puerta y se encontraron en la edificación donde la plataforma espacial estaba siendo construida.
Era una enorme caverna de envoltura metálica y rejillas en forma de telarañas, llena de ruidos. Necesitó varios segundos para relacionar todo lo que veía y oía. El edificio tenía, en su centro, una altura de cuarenta pisos y estaba totalmente limpio, sin una sola columna o interrupción. Había lámparas de arco encendidas en sus extremos y bandas de cristal en lo alto, que permitían la entrada de una luz insuficiente. Todo ello hacía resonar la infinidad de ruidos diversos y sus ecos.
Estaban utilizando pistolas de remachar. Además, había camiones que circulaban por el interior y el sonido extraño y duro de los sopletes soldadores. Pero el resplandor de los sopletes se veía solamente como fuegos fatuos, color blanco azulado, espectrales, contra la enormidad de lo que estaban construyendo.
No se veía con claridad la plataforma espacial, que estaba todavía incompleta. Parecía verse a través de la niebla; daba la impresión de algo fantástico, debido en parte a los andamiajes que la cubrían. Pero Joe la contempló con tal emoción que le hizo olvidar su sentimiento de vergüenza.
Era algo gigantesco, tenía las dimensiones de un transatlántico de forma un tanto extraña. Obscurecidas en parte por la armazón de frágil apariencia, había planchas brillantes metálicas, de blindaje, que formaban curvas prominentes y que ascendían con irregularidad, siguiendo normas peculiares. Sobre éstas estaban los miembros de la armazón, que brillaban también bajo la luz de múltiples lámparas de arco y que se elevaban hasta el techo de la inmensa caverna. La plataforma era magnífica y enorme y estaba alojada en una semiesfera metálica hueca que podría haberse tomado por el firmamento mismo, tal era su magnitud. La plataforma en sí no tendría más de treinta pisos de altura, pero los hombres que trabajaban en la parte superior parecían motas de polvo. En el lado más alejado de la edificación, sobre el suelo, había hombres que también trabajaban y parecían puntos en movimiento. Joe no alcanzaba a ver sus piernas cuando caminaban. ¡Tanto la semiesfera como la plataforma eran monstruosas!
Joe sintió los ojos de Sally clavados en él. Parecía estar orgullosa, en cierto modo, y él aspiró una profunda bocanada de aire en silencio.
Sally dijo:
—Vamos.
Caminaron, atravesando hectáreas de terreno pavimentado de relucientes planchas de madera, hacia el objeto que iba a dar el primer paso verdadero a las estrellas. Conforme se acercaban al centro de la enorme sala, un gigantesco camión-remolque de dieciséis ruedas retrocedía, saliendo de una gran abertura bajo el andamiaje. Dio la vuelta con dificultad, rodeó con cuidado los andamios y se dirigió hacia una de las salidas laterales del edificio. Una sección del muro se levantó, doblándose hacia adentro como una cartera, y el camión de dieciséis ruedas salió con su remolque al aire libre, donde brillaba el Sol. Otros cuatro camiones lo siguieron. Al mismo tiempo, otros entraron. La sección del muro se cerró.
En el aire flotaban los olores característicos de motores, de metal al rojo y de chispas eléctricas. Había ese indescriptible sonido que hace que un hombre pueda sentirse nostálgico y que se encuentra solamente en las grandes construcciones metálicas, donde se produce una atmósfera que no existe en ninguna otra parte. Joe caminaba casi como un sonámbulo, con Sally, silenciosa y satisfecha, a su lado. Bajo los andamiajes, que parecían velos convertidos después en enrejados, vio varias aberturas.
Se encaminaron hacia uno de esos túneles. La masa de la plataforma se levantaba sobre ellos amenazadoramente. Los camiones circulaban por todas partes, entre el laberinto de las columnas de andamiaje. Varias jaulas de transporte cargadas esperaban ser subidas por los elevadores. Las tenazas de las grúas descendían, se cerraban fuertemente sobre las jaulas y las elevaban, hasta que se perdían de vista. Había un motor diesel funcionando en alguna parte. Un hombre se puso en pie, miró hacia arriba, agitó los brazos y el diesel ajustó su marcha a sus señales. Luego, varias jaulas vacías descendieron sobre la plataforma de un camión que esperaba, haciendo ruidos secos y metálicos. Alguien soltó los ganchos, el camión se puso en marcha y se fue.
Sally habló con un hombre preocupado, en mangas de camisa y con una placa sobre la manga, cerca del hombro. Examinó con cuidado los pases que llevaba ella, utilizando una lámpara de mano para verlos mejor. Luego, los condujo al lado de un elevador. El ruido allí era muy fuerte. Una pistola de remachar repiqueteaba en algún sitio y las planchas metálicas de la plataforma parecían repetir cada estampido. Los ecos eran fuertes y la barahúnda fue para Joe algo infinitamente agradable. El hombre del brazal vociferó en un teléfono y una jaula de elevador descendió. Joe y Sally entraron. Joe abrazó con fuerza a Sally por el hombro y el elevador salió disparado hacia arriba.
La enormidad del edificio y de la plataforma se hizo todavía más aparente mientras el elevador ascendía rápidamente. El suelo pareció extenderse, dejaron atrás la telaraña de vigas de andamiaje y pudieron ver que en las paredes laterales estaban siendo construidas algunas cosas. Joe vio una vagoneta de carga que se desplazaba más allá de los enigmáticos objetos. Era una vagoneta de no más de un metro veinte centímetros de altura, con ruedas de doce pulgadas, que arrastraba varias planchas metálicas planas con los bordes torcidos hacia arriba. Se deslizaban como sobre un tobogán. Sobre las planchas iba una carga misteriosa y la vagoneta se detuvo junto a unos tubos de acero que estaban siendo unidos entre sí, comenzando a descargar cosas de las planchas...
El elevador frenó bruscamente, haciendo que Sally se sobresaltara un poco y, entonces, se detuvo.
Allí, a veinte pisos de altura, una multitud de soldadores trabajaban sobre la cubierta de la plataforma. El blindaje, curvado hacia el interior, era un espacio amplio y deslustrado, paralelo al suelo. Más allá, había una gran brecha, donde las placas del blindaje no habían sido colocadas todavía, y los miembros de la armazón se elevaban todavía un largo trecho. La brecha, supuso Joe, podría ser más tarde la puerta de una recámara intermedia de presión. La superficie plana era seguramente para que se detuvieran por medio de imanes los cohetes-transporte que, procedentes de la Tierra, llevarían abastecimientos y reemplazantes a la tripulación de la plataforma, o combustible, que sería almacenado para su uso eventual por un navío espacial de exploración. Sí; un cohete atracaría aquí y luego avanzaría hacia el umbral de la puerta.
El equipo de soldadores estaba compuesto por media docena de hombres que deberían haber estado trabajando, pero dos, después de haber arrojado al suelo sus herramientas, se peleaban a golpes salvajemente. Uno de ellos era alto y flaco, de cara angulosa y una expresión de furia intolerable. El otro era rechoncho, de tez obscura y mirada de desesperación. Un tercer hombre estaba dejando su soplete en el suelo, después de haberlo apagado cuidadosamente, con el propósito de intervenir. Otro hombre contemplaba la escena asombrado, con la boca abierta, y otro más trepaba por una escalera, procedente del nivel inferior del andamiaje.
Joe puso la mano de Sally sobre la palanca vertical del elevador, disponiéndose instintivamente a entrar en acción.
El larguirucho lanzó un terrible puñetazo que dio en el blanco y el gordo resintió el golpe. Joe vio su cara claramente durante un instante. No era la cara de un hombre enfurecido. Su mirada era la de un hombre angustiado y desesperado.
De pronto, el hombre alto resbaló y perdió el equilibrio. El puño del hombre rechoncho golpeó. El flaco retrocedió tambaleándose y Sally gritó, temblorosa. El hombre alto se balanceaba sobre el borde del espacio plano. A sus espaldas, el blindaje se curvaba hacia abajo y bajo él había un abismo de veinte pisos, entre el laberinto de tubos de acero de los andamiajes. Si daba otro paso atrás, entraría inexorablemente en una pendiente, en la cual no podría detenerse.
Dio el paso. La expresión del hombre rechoncho reflejó el horror. El hombre alto temblaba convulsivamente. No podía detenerse, y lo sabía. Retrocedería hasta pasar por encima del borde redondeado. Luego, caería. Aunque llegara a tocar el andamiaje, éste no lo detendría. Solamente alteraría el curso de la caída: su cuerpo, en vez de caer en línea recta, giraría locamente y caería, rebotaría y seguiría cayendo antes de estrellarse veinte pisos más abajo. Era horrible ver al hombre flaco que, tambaleante, retrocedía lentamente hacia la muerte.
Entonces, saltó Joe.