Capítulo VI

Eran las nueve de la noche cuando Lockley había matado al puercoespín, y las diez cuando Jill se había retirado a dormir entre las raíces del corpulento árbol. Poco después de medianoche, Lockley había sido despertado por la mofeta que había puesto en fuga al animal de presa a unas cien yardas escasas del improvisado campamento. Pero en el intermedio había ocurrido otro acontecimiento de gran trascendencia.

Algo había salido del parque nacional de Boulder Lake. Todos los seres humanos habían huido de allí. Lo habían abandonado a los seres del espacio. Pero algo había salido de allí.

Claro está, nadie lo había visto. Nadie podía acercársele, lo cual quedó inmediatamente demostrado. Ningún ser humano podía resistirlo a una distancia de siete millas. Evidentemente, era una especie de vehículo, porque proyectaba el rayo del terror hacia el frente y a los lados, y cuando se halló fuera del territorio del parque, lo proyectó también hacia atrás. Los hombres que habían sufrido el menor contacto con aquellos rayos de terror y angustia, se apresuraban a apartarse para evitarlos. Así, cuando algo salió del parque y comenzó a esparcir los temidos rayos, todo el mundo se apartó, dejando el campo libre a los invasores.

Su avance pudo ser seguido, a medida que llegaban las informaciones, en un mapa desplegado en el puesto de mando militar de la zona. Los comunicados describían el desarrollo de un rayo de fuerza increíble que había construido como una bolsa en la línea circular del cordón militar. La bolsa, que no era más que la línea del cordón replegándose, se había convertido en un semicírculo de varias millas de radio. Continuaban retrocediendo, y en el mapa aparecía como un seudópodo empujado por una enorme ameba. Era la zona de efectividad de un arma desconocida en la tierra... la zona donde los seres humanos no podían permanecer.

Con deliberación, el objeto móvil e invisible se separó del similar y mayor arma de batalla que era su hogar y su lugar de nacimiento. Se movía con gran lentitud hacia el pequeño poblado de Maplewood, a veinte millas lejos del parque.

Los «jeeps» y las motocicletas iban huyendo ante su avance, situándose fuera del alcance de los rayos del terror. Se aseguraban de que todas las granjas y lugares habitados quedaban desiertos antes de que los rayos del terror pudiesen engullirlos. Atravesaron el pueblo de Maplewood y frenéticamente se llevaron todo lo que estaba con vida, personas y animales. Luego se dedicaron a limpiar toda la región.

El aparato invisible continuó avanzando desde el parque. En lo alto se oía como un sordo zumbido, pero se trataba de aviones provistos de bombas trazando círculos sobre la zona ocupada por los monstruos. En dichos aviones había hombres que deseaban descender en picado y destruir aquella zona invadida. Pero el Pentágono había cursado órdenes tajantes. Mientras los invasores no matasen a nadie, no debían ser atacados. El gobierno poseía diversas razones para desear establecer un contacto amistoso con una raza capaz de viajar por las estrellas. Pero existía aún un motivo más poderoso. Los monstruos todavía no habían comenzado a asesinar, pero se sospechaba que poseían un terrible poder destructor. Por tanto, se había ordenado con firmeza que no fuese empleado ningún cohete o bomba atómica, a menos que los invasores desencadenasen el rompimiento de las hostilidades. Sus cautivos — la dotación del helicóptero — podría ser liberada si los monstruos y los seres humanos colaboraban amistosamente. ¡Por lo tanto... nada de provocaciones!

El objeto que nadie veía avanzaba cómodamente por el terreno comprendido entre el parque y Maplewood. En el centro de aquella zona había algo que engendraba el rayo del terror y probablemente llevaba pasajeros. Fuese lo que fuese, iba avanzando y en Maplewood y más allá de siete millas en cada dirección, los soldados estaban atentos a sus movimientos. Los artilleros tenían los cañones preparados para disparar contra el objeto, si conseguían obtener las coordenadas de tiro y el permiso para entrar en acción. Los aviones estaban listos para soltar sus bombas si llegaban a ordenárselo. Y a no muchas millas de distancia había cohetes dispuestos a demostrar su puntería y capacidad devastadora, a una sola voz de mando. Pero no ocurrió nada. Ni siquiera se permitió a los aviones lanzar una bengala. Podía ser tomada como un acto de hostilidad.

El vehículo invisible se quedó en Maplewood dos horas. Al término de ese plazo retrocedió deliberadamente hacia el parque. Abandonó el pueblo sin haber tocado nada, salvo unos curiosos robos efectuados en unos almacenes y tiendas de aparatos electrodomésticos, y uno o dos garajes. Parecía como si, sumamente curiosos, los monstruos del lago hubiesen salido del parque sólo para averiguar los descubrimientos efectuados por los humanos. Continuó lenta y deliberadamente su marcha hacia el parque. Los humanos regresaron cautelosamente hacia la zona que antes habían abandonado. No muchos, sólo los suficientes para estar seguros de que el objeto había regresado efectivamente al lugar del que había salido. Los soldados estaban ya retornando a la recién abandonada población de Maplewood cuando el vehículo invisible alteró el alcance y la orientación de su arma contra la población. Se hallaba entonces a menos de siete millas en su camino de vuelta hacia Boulder Lake. Los militares se habían ya felicitado por lo que habían aprendido. Los proyectores de rayos del lago poseían sólo un alcance de siete millas, pero aquel objeto móvil y no identificado aún, llevaba un armamento de menos alcance. Según esto, los hombres y animales fuera de un radio de siete millas se hallaban a salvo. Lo cual era una buena noticia.

Y entonces el objeto móvil hizo algo. El rayo del terror que era proyectado en todas direcciones dobló su intensidad. Los soldados que acababan de regresar a Maplewood olieron la «peste» y vieron brillantes y cegadoras luces. Un estruendo los ensordeció. Cayeron con todos sus músculos rígidos y paralizados. Durante cinco minutos el arma móvil de los invasores mantuvo paralizados a todos los seres vivientes dentro de un radio de quince millas. Luego, durante treinta segundos paralizó a los situados en un radio de treinta millas. Y durante un infante convulsionó a los hombres y animales que se hallaban mucho más lejos todavía. Y todas estas víctimas del rayo del terror sintieron, a partir de entonces, un invencible horror hacia el rayo invisible.

El objeto móvil que nadie había podido vislumbrar regresó al parque. Y entonces los hombres pudieron volver a los mismos sitios que antes habían sido evacuados.

Parecía que nada había cambiado, pero en realidad todo había sido modificado. Si los invasores poseían armamento móvil, la victoria sobre ellos no podría obtenerse con una sola bomba atómica lanzada sobre Boulder Lake. Podía haber docenas de armas móviles diseminadas por toda la zona del parque. Cualquier ataque atómico necesitaría multiplicar su violencia para asegurar el resultado. En vez de una bomba, se necesitarían cincuenta. Habría que destruir todo el parque y las montañas adyacentes. Y la radiactividad de tantas bombas, pondría en peligro a la nación entera.

Los invasores gozaban de una situación invulnerable. Mientras se estaba demostrando esta situación, Jill dormía pesadamente entre las raíces del árbol y Lockley dormitaba a pocos pasos de distancia. Creía que con ello protegía mejor a la joven.

Se despertó al alba, y casi en el mismo instante lo hizo Jill. Le sonrió y trató de levantarse. Tenía todo el cuerpo dolorido debido a la forzada postura adoptada durante la noche. Pero era un nuevo día y tenían desayuno. El puercoespín guisado la noche antes.

—Me siento bastante más animada que ayer — dijo Jill, royendo uno de los huesecitos.

—Es un error — replicó Lockley —. Si se empieza con malos presagios, el día mejora a medida que aquéllos no se cumplen. Pero empezar con animación sólo sirve para desesperarse a medida que las esperanzas se van desvaneciendo.

—¿Tienes malos presagios? — quiso saber la joven.

—Decididamente, sí.

Era verdad. Aun sin saber nada de la demostración de terror efectuada la noche antes por los invasores, sabía como actuaba el rayo de aquéllos, aunque no podía imaginar cómo lo generaban. Y tampoco podía figurarse ninguna defensa contra el mismo. Pero si Jill se había despertado animada no había motivo para frustrarle aquel pequeño placer. Ya podría desesperarse más tarde, comenzando por la prueba de la muerte de Vale.

—Deberíamos escuchar las noticias — sugirió ella —. Uno o dos presagios pueden venirse al suelo si lo hacemos.

La principal noticia fue, naturalmente, el examen llevado a cabo por los seres del espacio en la pequeña ciudad de Maplewood y su regreso al parque. Había informes de unas huellas en nada parecidas a las de ningún ser vivo de la tierra. Había un comunicado muy optimista de los científicos que se ocupan del problema del rayo del terror. Alguien había efectuado unos cálculos mediante los cuales se obtendría una imitación del rayo del terror Una vez conseguido, sería fácil encontrar la manera de neutralizarlo.

Lockley emitió un gruñido. El Wutor se mostró entusiasmado con el descubrimiento realizado por los científicos. Casi no se refirió al hecho de que los seres humanos hubiesen tenido que evacuar un espacio mucho más amplio que al principio. Había una declaración de un importante funcionario asegurando que era una tontería preocuparse por la falta de alimentos. Lockley volvió a gruñir cuando finalizó la emisión.

—La idea de que todo lo que se imita puede ser contrarrestado es una tontería — comentó, amargado —. Nosotros podemos imitar los sonidos y en cambio no hay forma de aniquilarlos.

Jill había ya comido una parte sustanciosa del puercoespín mientras escuchaba las noticias. No era un desayuno muy satisfactorio, pero se sentía intensamente animada después de dos días de extenuación.

—Pero tal vez esto no hará ninguna falta — observó — cuando usted cuente lo que sabe. No es probable que nadie fuera del parque haya podido estudiar y probar los rayos tan atentamente como usted.

Echaron a andar. Lockley tenía la ventaja de conocer perfectamente todo el parque, gracias a sus mediciones. Sabía casi exactamente dónde se encontraban. Y asimismo sabía, con un estrecho margen de error, por dónde se hallaba el rayo de los invasores. Aunque había roto el reloj, el sol le orientaba como si fuese una brújula, y podía mantener razonablemente una línea recta hacia el lindero del parque.

Poco después comenzaron una hondonada con curvas bastante continuas y pronunciadas que les conducían hacia su destino, sin exigirles ningún ascenso. Fue en esta zona donde se vieron de repente frente a un gran oso pardo. Se hallaba sólo a cien pies de distancia. Los contempló inquisitivamente, levantando el hocico para captar su olor.

Lockley se agachó y cogió una piedra. La arrojó. Chocó contra las rocas del suelo. El oso dejó escapar un sordo gruñido y se alejó lentamente.

—Yo no me habría atrevido a hacer esto — confesó Jill.

—Era un oso macho — le explicó Lockley —. De haber sido una hembra con sus oseznos tampoco lo habría intentado.

Continuaron la marcha. A media mañana Lockley encontró unas setas. Eran insípidas y sólo su agudo apetito las hizo comestibles, pero se llenó los bolsillos con ellas. Algo después encontraron unas fresas, y mientras las recogían y se las comían, el joven dio una conferencia sobre las plantas silvestres comestibles de los montes. Jill le escuchaba con aparente interés. Cuando dejaron el arbusto de las fresas torcieron a la izquierda para evitar una empinada ladera. Y de pronto, Lockley se detuvo en seco. En el mismo instante Jill se asió de su brazo. Palideció.

Dieron media vuelta y echaron a correr.

A un centenar de yardas, Lockley aflojó el paso. Se pararon. Al cabo de un momento, el joven consiguió sonreír.

—Un reflejo condicionado — comentó —. Olemos algo y corremos. Pero creo que se trata del familiar rayo del terror que cruza las carreteras para evitar que los humanos las utilicen. Si se tratase de un proyector portátil, no estaríamos ya hablando aquí.

Jill jadeó, aliviada en parte.

—Hay algo que debería intentar — continuó Lockley —. Debí probarlo ayer cuando rompí el reloj.

Retrocedió hacia el lugar donde habían olido aquella desagradable y nauseabunda peste.

—¡Tenga cuidado! — le recomendó Jill.

Asintió. Sacó el muelle en espiral de su bolsillo. Se adelantó con toda precaución hasta el sitio donde el olor comenzaba a dejarse sentir. Manteniéndose algo apartado, arrojó un extremo del muelle hacia allí, sujetando el otro extremo. Volvió a recuperarlo y repitió la operación. Se movió hacia un lado. De nuevo balanceó el muelle. Atrás y adelante. Luego volvió a retirarlo y rodeó su mano izquierda y la muñeca con varias vueltas del muelle. Volvió a avanzar.

Regresó sin ningún cambio en su expresión.

—Nada — anunció —. Actúa en cierto modo. Lo mismo que una antena; por esto el muelle capta mejor el rayo que mi mano. Pero intenté construir una jaula Faraday. Detendría casi toda la radiación electromagnética, pero no estos rayos. La atraviesan como los electrones a través de la rejilla de una radio.

Devolvió el muelle a su bolsillo.

—Bueno — hizo una mueca —, continuemos. Tenía cierta esperanza, pero me consuela pensar que tipos más listos que yo tampoco han averiguado nada todavía.

Reanudaron la marcha una vez más. Esta vez no eligieron un camino fácil, sino que ascendieron por un? loma de varios centenares de pies hasta llegar a la cumbre donde iniciaron el descenso al otro lado.

—Descubrí una cosa, si es que significa algo — dijo Lockley, en la cima de la loma —. El rayo se diluye en los bordes, pero se trata de una filtración, no de una difusión. Se parece mucho a la luz de un foco. De noche se distingue la luz de un foco porque las motas de polvo diseminan cierta parte del mismo. Pero la mayor parte de la luz va en línea recta. Este rayo obra igual. Es difícil imaginar un límite a su alcance.

Emprendió el descenso, seguido de Jill. Cuando llevaban cubiertas más de dos millas, dijo la joven:

—Usted dijo que ya sabía cómo actuaba. Los rayos de la radio y el radar no tienen estos efectos. ¿Cómo son los de estos rayos?

—Se cambia en corriente de alta frecuencia cuando incide sobre alguna superficie. Pero la alta frecuencia no penetra en la carne ni el metal, sólo en su superficie. Así, cuando un rayo hiere a un hombre sólo engendra alta frecuencia en su piel. Éste engendra corrientes contrarias por debajo, estimulando a los nervios sensoriales de nuestros ojos, oídos, olfato y piel. Cada nervio suministra su propia clase de sensación. Si pasa una corriente por su lengua, sentirá un sabor. Una corriente en sus ojos, provocará haces de luz. Por tanto, este rayo hace que nuestros nervios informen de cuanto son capaces de informar, verdadero o no, y por esto quedamos ciegos o sordos. Entonces, los nervios de los músculos les comunican que deben contraerse y éstos obedecen. Entonces, quedamos paralizados.

—¿Y si existe una forma de generar la alta frecuencia en la piel humana — preguntó Jill —, no hay nada para contrarrestarlo?

—Nada — contestó Lockley lastimosamente.

—Tal vez usted podría descubrir un medio para impedir esta generación de alta frecuencia.

Él se encogió de hombros. Jill frunció el ceño. No había olvidado a Vale, pero le debía cierta gratitud a Lockley. Femenina lente, empezaba a pagarle su deuda apremiándole para que hiciese algo considerado como imposible.

—¡Al menos — agregó —, no puede ser un rayo de la muerte!

Lockley la miró.

—Está equivocada — replicó fríamente —. Puede serlo.

Jill volvió a fruncir el ceño. No por esta declaración sino porque no había conseguido distraerle de sus tristes reflexiones. También ella tenía motivos para sentirse triste. Pero sin darse cuenta cabal de ello, Jill había comenzado a sentir una gran confianza en Lockley. Era tranquilizador que supiese encontrar comida, y aún más que fuese capaz de ahuyentar a un oso. Claro que todo ello no era razón bastante para creer que pudiera inventar algo para contrarrestar el arma al parecer invencible de los invasores. Y aunque lograse animarle para luchar contra los monstruos, ello no seria más que una forma de demostrar también su lealtad hacia Vale. Lo creía firmemente.

A última hora de la tarde, dijo Lockley:

—Otras cuatro o cinco millas y podremos salir del parque, encontrándonos en una carretera que espero no se halle también bloqueada por el rayo del terror. Seguramente hallaremos alguna granja donde podamos conseguir una comida decente.

—¡Huevos fritos! — exclamó Jill.

—Probablemente.

Continuaron andando. Tres millas. Cuatro. Cinco. Cinco y media. Bajaron una pendiente no muy pronunciada y llegaron a un camino de piso muy endurecido con señales de rodadas y un cartel urgiendo a los conductores a mostrarse precavidos. Había unos sembrados y una fila de postes de teléfono con hijos en perfecto estado.

—Iremos hacia el oeste — anunció Lockley —. Por allá tiene que haber una granja.

—Y gente — exclamó Jill —. ¡Tengo una facha horrible!

Él la contempló con aprobación.

—No. Está muy bien. Estupenda.

Era agradable que pareciese decirlo convencido.

—Tal vez — dijo ella, instantáneamente — podré saber algo de... de...

—Vale — terminó Lockley —. Pero no se desanime si no averiguamos nada. Puede haber huido o haber sido liberado sin que nadie lo sepa.

—¡Liberado! — gritó ella, sorprendida —. Esto es algo que no había pensado. Seguramente, habrá intentado hacerles comprender que los humanos somos inteligentes y que deben mostrarse amistosos con nosotros. Esto debió ser lo primero en que pensó Vale. Y a lo mejor pueden haberlo dejado en libertad para que empiece a preparar el terreno.

—Sí — dijo el joven, pero su tono carecía de expresión.

Otra milla, ahora ya por el camino endurecido. Parecía raro andar sobre aquella superficie dura después de haber atravesado tantas millas por diferentes clases de terreno. Era la hora del ocaso del sol. Había una granja bastante apartada del camino, escasamente visible más allá de un campo de maíz. La casa parecía abandonada. Pero se hallaba en muy buen estado. Por algún lado había unas gallinas, pero se intuía el vacío.

Lockley llamó. Volvió a llamar. Fue a la puerta y estaba a punto de golpearla cuando la hoja se abrió.

—Evacuada — dijo —. ¿Se ha dado cuenta de que hay una línea telefónica tendida de aquí al camino?

Buscó por todas las habitaciones. Encontró el teléfono. Levantó el receptor y oyó el zumbido del tono. Intentó hablar con la telefonista de servicio. No hubo respuesta. Buscó una guía telefónica y marcó otro número. Fue marcando varios números. El «sheriff». El capellán. El médico. Un garaje. Otra vez la telefonista. Un almacén... Los teléfonos repiqueteaban en los lugares marcados, pero no contestaba nadie.

—Buscaré en las ponedoras de las gallinas — anunció Jill. Regresó con unos cuantos huevos.

—Las gallinas tenían hambre — declaró la joven —. Les he echado algo de grano y he dejado abierta la puerta del gallinero. Me pregunto si también las debió alcanzar el rayo.

—Sí.

Lockley encendió la lumbre y Jill cocinó los huevos que pertenecían a gente desconocida que poseía aquella granja y la había evacuado, obedeciendo las órdenes recibidas. Se sentían incómodos, moviéndose libremente por la casa de unos desconocidos. Les parecía estar abusando de unos invisibles anfitriones.

—Debo lavar los platos — dijo Jill, cuando hubieron terminado.

—No — arguyó Lockley —. Vámonos. Tenemos que encontrar a los soldados, o un teléfono que funcione.

—De todas formas, no sé mucho de lavar platos — se disculpó la joven.

Lockley dejó un billete de banco sobre la mesa de la cocina, con un cuchillo encima para sujetarlo. Cerraron la puerta de la casa. Habían comido algo más, aparte de los huevos, y la sensación que experimentaban era admirable. Volvieron a encontrarse en el camino.

—Creo que debemos ir hacia el oeste — dijo Lockley —. Han bloqueado la carretera por el este con el rayo del terror.

El sol había ya traspuesto el horizonte, pero todavía se veía un ligero resplandor en el firmamento. Divisaron la luna nueva prácticamente oculta por la claridad crepuscular. Echaron a andar por un camino civilizado, con una alambrada a un lado y al otro la fila de los postes telefónicos.

—Me parece que ya estamos a salvo — dijo Jill —. Todo parece tranquilizador en torno nuestro.

—Pero será mejor que mantengamos el olfato alerta — la advirtió el joven —. Sabemos que un rayo puede llegar hasta aquí y que probablemente, no, ciertamente atraviesa este camino. Debe haber más de uno.

—¡Oh!, sí — asintió Jill. Luego agregó, siguiendo el hilo de sus pensamientos —. Supongo que le nombrarán algo así como embajador ante nuestro gobierno para que entable las negociaciones de amistad. ¡Sí, les habrá convencido!

Volvía a pensar en Vale. Lockley no dijo nada.

La noche había caído ya. Sobre sus cabezas brillaban miríadas de estrellas. Divisaron los hilos de teléfono combados entre los postes contiguos. Pasaron por una portalada abierta donde otro cable telefónico conducía a otra granja. Pero si no tenía que haber nadie al otro extremo, no valía la pena intentar telefonear.

Oyeron un ruido a sus espaldas. Se contemplaron mutuamente a la pálida luz de las estrellas. El estruendo se fue acercando.

—¡No... no puede ser! — exclamó Jill, maravillada.

—Es un motor — asintió él. No podía sentirse aún aliviado —. Parece un camión. No sé si...

Se sentía angustiado. Pero era absurdo. Sólo los seres humanos podían emplear camiones con motor.

Vieron un tenue resplandor. Iba acercándose a medida que aumentaba el rugido del motor. Decididamente se trataba de un camión. Se escuchaban, además, esos extraños ruidos que hacen siempre los camiones, aparte del motor.

Llegó a la curva que acababan de doblar. Los faros comenzaron a barrer los maizales que crecían a los lados del camino. Primero apareció un faro. Luego el otro. Un enorme camión con remolque avanzaba hacia ellos. Jill levantó la mano para que se detuviese. La luz brilló sobre su figura.

Rechinaron los frenos. La poderosa combinación de camión y remolque, frenó casi en seco. Un hombre se asomó.

—¿Eh, qué están haciendo aquí? — preguntó, con asombro —. ¡Todo el mundo se ha largado! ¿No han oído que todos los habitantes de la zona deben marcharse a veinte millas lejos del parque? ¡Hay unos monstruos allí!

¡Unos tipos de Marte u otro planeta! ¡Se comen a las personas!

A la luz de las estrellas, Lockley reconoció la marca familiar del Control de la Vida Salvaje. Oyó como Jill, temblorosa la voz, explicaba que había estado en el campamento, quedándose rezagada, y cómo ella y Lockley habían conseguido salir del parque.

—Necesitamos un teléfono — añadió —. Tenemos que proporcionarle al Ejército cierta información. Es muy importante — entonces tragó saliva —. Y me gustaría saber si ha oído usted algo de un tal Vale. Fue hecho prisionero por esos monstruos, ¿No saben si lo han dejado libre?

El chófer titubeó.

—No, señorita — dijo al fin —. No sé nada de él. Pero me cuidaré de ustedes dos. ¡Deben estar agotados! Jud, pasa al remolque y haz un poco de sitio para esos dos amigos en el asiento delantero — añadió, a guisa de explicación —: Hay cajas y material en el fondo, señorita. Ustedes suban aquí conmigo.

Se abrió la portezuela de la cabina. Por la misma salió un tipo bajito. Silenciosamente, se dirigió al remolque y saltó a su interior. Jill trepó por la abierta portezuela. Lockley la siguió. Todavía se sentía intranquilo sin saber por qué, pero juzgó que era ya una costumbre, adoptada los días pasados.

—Estamos transportando material para el ejército — explicó el conductor cuando Lockley cerró la puerta de la cabina —. Están siguiendo el rastro del rayo del terror, y nos lo van avisando por radio, para que podamos evitarlo. No hemos tenido la menor molestia.

¡Nunca me figuré que tendría que jugar al escondite con los marcianos! ¿Qué clase de tipos son?

Puso en marcha el motor. Camión y remolque comenzaron a rodar por el camino. Lockley estaba irritado consigo mismo por no poder calmarse y sentirse a salvo, como los acontecimientos parecían demostrar.

Más adelante se preguntó por qué no había utilizado su cerebro en aquel asunto como había hecho con otros durante los pasados días.

Pero no lo hizo.