Capítulo II
El automóvil era de tipo corriente; uno de esos vehículos que consumen menos esencia y ofrecen menos comodidades que los modelos normales. Asimismo, para la economía del combustible, desarrollaba poca velocidad. Pero Lockley lo envió rodando por la carretera con la máxima rapidez posible.
La carretera seguía un amplio valle, cuyo suelo lo constituía un prado. Luego corría por entre unos abruptos acantilados, y cruzaba algunos puentes de cemento por encima de riachuelos no muy anchos ni profundos. Una vez se internó por lo que casi parecía un túnel, y el poderoso ruido del motor pareció multiplicarse cien veces entre aquellos muros tan cercanos.
No vio a ningún otro coche durante el recorrido por aquella carretera. Dos veces avistó venados. Continuamente, las bandadas de pájaros que picoteaban en el camino, se dispersaban al paso del auto. Una vez, observó cierto movimiento por el rabillo del ojo, pero cuando miró con más atención no descubrió nada. Probablemente se trataba de un puma huyendo ante el automóvil. Al cabo de cinco millas vio un camión vacío que se alejaba de Boulder Lake y el campamento en dirección al mundo civilizado.
Los dos vehículos se cruzaron, combinando los ruidos de sus motores. El camión no llevaba prisa. Iba traqueteando al tiempo que su mercancía se iba balanceando en la enorme caja del coche. Su conductor y el ayudante no debían hallarse enterados de nada de lo ocurrido. Probablemente se habían detenido en algún parador a tomar un bocadillo, mientras el camión permanecía en la carretera.
Lockley continuó otras diez millas. Las curvas de que se hallaba repleta la carretera le obligaban a acortar la marcha. Gruñía cada vez que el coche iba perdiendo velocidad cuando ascendía una cuesta, especialmente en las muy prolongadas. Divisó un oso en una ladera, deteniéndose en su exploración de un arbusto de fresas para contemplar el paso del coche. Vio otro venado. Y una vez un animal más pequeño, probablemente un coyote, se zambulló entre unas matas, permaneciendo oculto mientras el auto estuvo a la vista.
Más millas de carretera desierta. Y luego, un tramo muy largo y muy recto. De repente, vio una serie de vehículos viniendo en dirección contraria en el momento de emprender una curva. No iban en fila india, como suele hacerse en los viajes, sino que atestaban todo el ancho del camino. La carretera estaba bloqueada por toda clase de vehículos que se alejaban del lago, no a marcha moderada sino a una endiablada velocidad.
Se precipitaron contra Lockley. Grandes y pequeños camiones; autos de turismo entre ellos; unas cuantas motocicletas que corrían arrimadas a las cunetas. Parecían apretarse todos los coches entre sí, produciendo un fragoroso estruendo. El escape de los gases enrarecían la atmósfera. Al divisar a Lockley comenzaron a tocar frenéticamente los claxons.
Lockley se apartó de la carretera, desviándose hasta traspasar la cuneta. Se paró. La masa de vehículos se abalanzó hacia él y pasó rauda. Había más de lo que había juzgado al principio. Había excavadoras, remolques, transportadores de tierra, coches descapotables, camiones-tanques, algún que otro sedán y, en resumen, una colección completa de toda la gama de vehículos que ruedan con gasolina y gas-oil.
Cada uno de ellos iba repleto de personal. Los camiones llevaban todas las puertas abiertas, y los obreros se hallaban embutidos en su interior. Los coches de turismo parecían reventar por culpa de cuantos viajaban en ellos, apretados, sudorosos. El tráfico llenaba por completo la carretera de cuneta a cuneta. Pasó como en tromba, entre un estrépito ensordecedor y una nube de gases.
Desaparecieron a gran velocidad en otra curva. Pero a continuación comenzaron a desfilar los coches más viejos, menos atestados, y después los vehículos más espaciosos, sin tanta prisa. De todos modos, procuraban adelantarse entre sí, como temiendo quedarse rezagados.
Un auto pasó por la izquierda. En su interior iban cinco individuos. El conductor frenó y habló en dirección al auto de Lockley.
—¡No siga adelante! ¡Han ordenado que nos larguemos todos! ¡Todo el mundo tiene que irse de Boulder Lake! Cuando pueda, dé media vuelta y síganos!
Tras haber avisado a Lockley, volvió la vista hacia atrás, intentando volver a poner en marcha el coche. Lockley saltó del auto y se acercó.
—¿Están refiriéndose a lo que ha caído del cielo? — preguntó —. Había una chica en el campamento. Jill Holmes. Escribía artículos para una revista. ¿Saben si alguien la ha recogido?
El individuo que le había avisado continuó mirando en busca de una brecha en la que poder encajar su coche. La carretera no se hallaba ya tan atestada como antes, pero aún resultaba imposible internarse en la corriente del tráfico sin chocar. Luego, giró la cabeza, mirando directamente a Lockley.
—¡Atiza! Alguien me dijo que la buscase. Yo estaba recogiendo hombres y cargándolos donde podía. ¡Me olvidé!
—No se había marchado de allí cuando nosotros nos largamos — agregó uno de los que iban en el asiento —. La vi. Pero pensé que podría coger otro coche.
—¡Esa jovencita no nos ha pasado! — rugió el del volante —. A menos que se halle en alguno de atrás...
Lockley apretó los dientes. Comenzó a espiar a cada uno de los autos que se acercaban. Una chica entre aquellos fugitivos tenía que ir sentada en la cabina de un camión, o junto al chofer de un turismo, y aún en uno de estos últimos él podría verla, incluso en los asientos de atrás.
—Si no la veo — dijo con sequedad — me dirigiré al campamento y veré si todavía está allí. El chofer pareció aliviado.
—Si se ha quedado atrás es culpa suya. Y si usted va a buscarla, tenga mucho cuidado. Ha habido una explosión esta mañana. Tres tipos fueron a ver lo ocurrido. No regresaron. Otros dos marcharon en su busca, y algo les golpeó por el camino. Olieron algo peor que basura podrida. Luego se vieron paralizados, como por un cable de alta tensión. Vieron extraños colores y oyeron sonidos muy raros, sin que pudiesen mover ni un solo dedo. Su coche se averió. Luego pudieron moverse, salieron del auto y regresaron... a todo correr. Acababan de llegar al campamento cuando se recibieron por radio órdenes de despejar toda la zona del lago. Si va en busca de esa joven tenga cuidado — añadió agudamente —: Vaya, ahí tenemos una oportunidad de continuar el viaje. ¡Hasta la vista!
Había una brecha en el tráfico, que estaba ya disminuyendo. El chofer desvió de nuevo el coche hacia la carretera. Luego aceleró a su máxima velocidad. Otro coche que seguía detrás frenó casi en seco evitando el encontronazo. Después, el tráfico continuó su ruta. Pero empezaba a disminuir. Principalmente se trataba de coches particulares, propiedad de los funcionarios.
De pronto, dejó de verse ningún coche a lo largo de la recta. Lockley miró hacia atrás y reemprendió su marcha hacia el lugar de donde los demás huían. A sus espaldas escuchó el alejamiento de los coches fugitivos. Apretó su acelerador y arrancó.
Se había producido una explosión en el lago, según aquel chófer. Esto estaba comprobado. Tres hombres habían ido a investigar lo ocurrido. Esto era razonable. No habían vuelto. Considerando lo comunicado por Vale, casi era inevitable. Luego, otros dos hombres habían bajado en busca de los tres primeros y... ¡esto sí era nuevo! Un olor peor que el de la basura podrida! Parálisis en un vehículo, el cual había quedado averiado. Y durante la parálisis habían vislumbrado extraños colores y escuchado ruidos inauditos. Lockley no se atrevía a imaginar ninguna hipótesis. Pero los hombres habían estado paralizados cierto tiempo, y habían, en cambio, experimentado algunas sensaciones. Luego habían huido hacia el campamento, temiendo evidentemente que volviese a asaltarles la parálisis. Su relato debía haber erizado el cabello de todos sus oyentes, porque al llegar la orden de evacuación, todos se habían apresurado a obedecer con una presteza que lindaba con el pánico. Pero aparentemente no había sucedido nada más.
Los primeros tres hombres seguían desaparecidos... o al menos no se había mencionado su regreso. O les habían matado o estaban cautivos, a juzgar por el relato de Vale y su propia azarosa experiencia. Vale también debía estar muerto o prisionero, aunque a Lockley todavía le parecía muy extraño haber podido seguir oyendo la comunicación del aparato del joven, después de la irrupción de los seres del otro mundo. Vale había sido capturado o asesinado. Los tres hombres desaparecidos seguramente habían corrido la misma suerte. Los otros dos habían sido paralizados, pero no asesinados ni hechos prisioneros. Simplemente, les habían retenido hasta que, por un oscuro motivo, habían sido liberados y habían podido huir.
El coche atravesó un puente y efectuó un viraje. Había una profunda garganta y la carretera corría por encima. Luego venía un terreno ondulante donde las curvas se multiplicaban.
Pasó otro auto, queriendo alcanzar a los anteriores. En las siguientes diez millas quizás pasaron una docena más. Habrían arrancado más tarde, y por esto iban más rezagados que el grupo principal. Jill no iba en ellos. Otro coche aún apareció mucho más despacio, produciendo un enorme ruido. Su chófer hacía todo cuanto podía para seguir adelante.
El sentido común le dijo a Lockley que el relato de Vale había sido completamente comprobado. Había habido un aterrizaje a cargo de unos seres espaciales. La muerte o captura de los tres sujetos que habían ido a investigar la causa de la explosión parecía bastante natural: los extraños ocupantes de la nave espacial deseaban estudiar los habitantes del mundo en que habían caído.
La parálisis y libertad subsiguiente de los otros dos indicaba que los extraños seres ya se hallaban satisfechos con los tres ejemplares humanos que poseían para estudiar la raza. Tenían, además, a Vale. No intentaban ocultar su llegada, que por otra parte habría sido imposible. Pero era bastante plausible que deseasen informarse con respecto al mundo en que habían desembarcado, y cuando juzgasen que ya sabían bastante emprenderían la acción que juzgasen más oportuna.
Todo ello era perfectamente razonable, pero había otra posibilidad. La otra explicación posible era... considerándolo todo, más probable. Y parecía ofrecer aspectos aún más aterradores.
Apretó el acelerador. Jill Holmes. La había visto cuatro veces estaba comprometida con Vale. Parecía extremadamente probable que no hubiese dejado el campamento junto con los obreros. Si Lockley no hubiese estado obsesionado con la joven, habría intentado asegurarse de que ella se hallaba allí, antes de correr ciegamente en su busca. Pero si se hallaba aún en el campamento, corría un grave peligro.
Ya hacía un buen rato que no veía ningún vehículo del campamento. Pero se veía una curva muy pronunciada al frente. Lockley tomó el viraje frenéticamente. Se oyó un motor, y un coche se presentó en dirección contraria, alejado del borde de la calzada. Rozó el pequeño coche que Lockley conducía. El auto saltó con violencia y dio dos o tres vueltas sobre su eje. Fue a parar a una zanja, parándose con el parabrisas roto y los parachoques destrozados, aunque el motor seguía funcionando. Lockley había frenado por instinto.
El otro coche siguió corriendo sin detenerse. Lockley permaneció un momento inmóvil, aturdido por la rapidez del choque. Luego reaccionó. Salió del auto. Debido a su pequeño tamaño, pensó que podría volver a ponerlo en la carretera, usando unas ramas como palancas. Pero aquello le costaría varias horas, y se hallaba irrazonablemente convencido de que a Jill la habían dejado en el campamento.
Faltaban unas cinco millas hasta Boulder Lake, y casi la misma distancia hasta el campamento. Le llevaría menos tiempo continuar a pie hasta el campamento que intentar llevar el coche a la calzada. El tiempo era esencial, y fuesen de la raza que fuesen los ocupantes del vehículo del espacio, estarían enterados del objeto de una carretera. Localizarían mucho antes un coche o un caminante en una calzada que a pie por entre los árboles.
Echó a andar. Se encaminó hacia la vecindad del lugar descrito por Vale, en el que un objeto había descendido del cielo. Iba hacia allí por el temor de Jill. Le pareció que lo mejor hubiese sido ir arrastrándose, pero necesitaba desesperadamente hacer uso de la mayor velocidad posible.
Caminó a campo traviesa en dirección al campamento. Todo el resto del universo no parecía haberse enterado de la aparición de algo extraordinario. Los pájaros piaban y los insectos zumbaban a su alrededor, y las hojas de los árboles susurraban quedamente, agitadas por la suave brisa. Un conejo corrió hacia unas matas ante la presencia del hombre. Pero no había indicios de que unos seres extraños se moviesen en las proximidades del joven. Reflexionó que iba en busca de una muchacha a la que apenas conocía, y que seguramente no necesitaría su ayuda.
En otras partes del mundo las cosas no seguían un ritmo tan tranquilo. A aquella hora había ya tropas en movimiento en largos convoyes de camiones que transportaban el personal. Había destacamentos de cohetes dirigidos que se aprestaban a la defensa contra un probable ataque. Todos los aviones militares de la costa habían despegado, siendo alimentados mediante aeroplanos-cisterna, dispuestos a emprender cualquier acción ofensiva o defensiva, si llegaba el caso. Se habían difundido las instrucciones radiadas al campamento, y todo el mundo sabía que el parque nacional de Boulder Lake había sido evacuado para evitar el contacto con los seres extraterráqueos. Se sabía que dichos seres se habían apoderado de tres hombres, o los habían asesinado por de porte. Había informes respecto a la parálisis sufrida por otros dos, y se hablaba de rayos de la muerte y gases venenosos. Se describían como indescriptibles, según «concepciones artísticas», en la televisión y los periódicos. Según las circunstancias, aquellos seres semejaban lagartos o babosas. Se les pintaba como aves carnívoras y octópodas. Los dibujantes se aprovechaban de la falta de fotografías. Pintaban a los seres espaciales llevando a cabo acciones agresivas, o atacando a Vale y llevándoselo consigo. Se afirmaba que lo habían hecho con miras a la vivisección. Ninguna de las ideas de los dibujantes eran plausibles, en el sentido biológico. Aquellas criaturas habían sido descritas incluso como lanzando rayos caloríficos contra los seres humanos, los cuales se convertían dramáticamente en humo cuando los rayos los alcanzaban. Naturalmente, también había dibujos de mujeres que eran apresadas por los seres del espacio. Según era sabido, sólo había una mujer en el campamento, pero este inconveniente no había molestado a los dibujantes en lo más mínimo.
Los Estados Unidos se vieron apresados en una corriente de pánico. Pero la mayoría de los habitantes continuaron desempeñando normalmente sus tareas, siguiendo su rutina habitual, y los trenes llegaron todos a tiempo.
El público de los Estados Unidos estaba ya acostumbrado a las noticias falaces de los periódicos y la radio. Inconscientemente, las relegaban a la misma categoría que las películas de miedo, que algún día podían llegar a ser verdad, pero todavía no lo eran. Esta historia parecía más amedrentadora que la mayoría, pero todavía se aceptaba como un entretenimiento más o menos curioso. Así, gran parte de los Estados Unidos se estremecía con cierto mal disimulado placer a cada nueva noticia y a medida que iban apareciendo descripciones del aterrizaje de los monstruos inteligentes, aguardando con ansiedad la revelación de la verdad. Lo cierto era que la mayoría de los habitantes de la nación no creían en el aterrizaje. Era como la amenaza rusa. Podía ocurrir y tal vez llegaría a ser efectiva, pero todavía no se había materializado con respecto a Norteamérica.
Una declaración oficial ayudó a llevar la tranquilidad al ánimo del público. El Departamento de Defensa publicó un boletín: un objeto había caído del espacio dentro del Boulder Lake, Colorado. Aparentemente se trataba de un enorme meteorito. Cuando, antes de la caída, las estaciones de radar habían informado, las autoridades de la defensa habían aprovechado aquella oportunidad para efectuar unas pruebas de emergencia ante una grave alarma. Las pruebas habían desencadenado todo un programa de entrenamiento y una serie de medidas defensivas, ensayándolas contra el ataque de otro; posibles enemigos. Una vez caído el meteorito, las maniobras de defensa continuaban como una brillante prueba de la habilidad defensiva de las fuerzas combinadas de la nación. Sin embargo, se proseguía la investigación respecto al objeto y su aterrizaje.
Lockley siguió subiendo y bajando colinas, contorneando las peñas diseminadas por toda la región. Se movía por un paisaje que no parecía hallarse fuera de lo normal. El sol resplandecía en lo alto. Las nubes, esparcidas ya, sólo ocupaban un tercio del firmamento. Todos los ruidos de la naturaleza seguían su rítmico compás. Por fin llegó a una nueva calzada atravesada en su camino. Había una excavadora abandonada, bastante nueva y en perfecto orden, oliendo a gas-oil y aceite. Continuó su marcha por el bosque. Se hallaba ya en el campamento. Había barracones Quonset y estructuras prefabricadas. Calzadas de greda y cables que enlazaban los distintos edificios. Un cobertizo alargado lleno de mesas y bancos bajo su techumbre. Era un comedor. No había nadie a la vista. Sin embargo, todos los equipos continuaban en su sitio. Otro barracón mostraba una serie de tuberías que surgían por el tejado, y de las mismas aún salía humo. Había un edificio que debía ser una cantina. Había todo lo que podía necesitar un poblado en miniatura, aunque todo era temporal. Pero no había movimiento, ni ruido, ni la menor señal de vida, excepto el humo que se elevaba de las chimeneas de la cocina. Lockley fue bajando por el campamento. Todo estaba en silencio. No había signos de vida. Miró inquieto a su alrededor. Naturalmente, era inútil mirar en los dormitorios, pero se encaminó al comedor. Todavía habían sobre la mesa platos y vasos, la mayoría sucios. Y unas cuantas moscas. No muchas. En la cocina vio las ahumadas paredes y comida enlatada. Los fogones seguían funcionando. Lockley distinguió la llama azulada del gas butano. Continuó su búsqueda. La puerta de la cantina estaba abierta. Allí los hombres podían comprar lo que quisiesen, pero ahora no había ni compradores ni vendedores.
El silencio y la desolación del lugar era resultado de menos de una hora atrás. Y le pareció que no conduciría a ningún fin práctico llamar en voz alta a Jill. Lockley estaba trastornado por aquel silencio sobre un sol tan resplandeciente. Era estremecedor. Los hombres no se habían trasladado de campamento. Simplemente, se habían marchado dejándose todo el equipo. No se habían llevado nada. Y no había señales de Jill. Pensó que seguramente la joven habría estado esperando la llegada de Vale al campamento, ya que con toda seguridad su primer pensamiento habría sido velar por su seguridad. Sí, habría esperado que Vale acudiese a rescatarla. Pero Vale o estaba muerto o prisionero de los seres que habían llegado con el objeto caído del cielo. Tenía que seguir buscando a Jill.
Lockley dirigió la mirada hacia los montes en cuyas laderas Vale había estado midiendo la línea de la base entre su puesto y el de Lockley. El puesto no podía divisarse desde el campamento, pero el joven buscaba una diminuta figura que pudiera ser Jill, trepando valientemente para avisar a Vale de unos sucesos que éste había sabido antes que nadie.
Entonces, Lockley oyó un leve ruido. Era débil, con un ritmo irregular. Tenía la cadencia de una conversación. Su pulso se aceleró de repente. En aquel barracón se veía el mástil de la emisora de onda corta que comunicaba con el mundo exterior. Lockley corrió hacia allá. Sus pasos resonaron fuertemente en el silencioso campamento, ahogando el sonido hacia el que se dirigía.
Se detuvo en la puerta. Oyó la voz de Jill exclamando con angustia:
—¡Pero estoy segura que habría venido a buscarme! — una pausa —. No queda nadie ya, y yo... — otra pausa —. ¡Estaba en el monte! ¡Al menos, un helicóptero podría...!
—¡Jill! — gritó Lockley. Oyó un jadeo.
—Alguien llama. Un momento — dijo la joven. Acudió al umbral. Al ver a Lockley mostró su desencanto.
—He venido para ver si estabas sin novedad — balbució él, con torpeza —. ¿Hablabas con alguien de fuera?
—Sí. ¿Sabes tú algo?
—Temo que sí — asintió Lockley —. Pero ahora lo más importante es salir de aquí. Les diré que nos marchamos, ¿de acuerdo?
Ella se apartó a un lado. Lockley se dirigió a la emisora que parecía casi un teléfono ordinario aunque se hallaba conectado a una caja con discos numerados y clavijas. Había un radio de bolsillo, un transistor, sobre la emisora. Lockley cogió el micrófono. Se identificó. Añadió que había querido cerciorarse de que Jill se hallaba fuera de peligro y que había visto una densa masa de vehículos en la carretera, evacuando a todos los empleados en la obra. Luego agregó:
—Tengo un coche a cuatro millas de aquí. Está en una zanja, pero probablemente podré sacarlo. Sería más seguro para la señorita Holmes si ustedes enviasen un helicóptero a recogerla.
La respuesta fue dada en tono militar. Parecía proceder de un civil autoritario, que no sabía nada de nada.
—Corto — dijo Lockley, secamente, soltando el micrófono. Cogió el transistor y se lo metió en un bolsillo. Podía ser de utilidad.
—Dicen que intente sacar mi coche de la zanja — le dijo a Jill, enojado —. Supongo que no poseen helicópteros disponibles. Claro que si estos seres extraños andan por los alrededores, es mejor que no se sobrevuele la zona del aterrizaje, a fin de no encolerizarles. Al menos, no antes de que estemos dispuestos a emprender una acción eficaz. Vámonos. Tenemos que salir de aquí.
—Pero estoy esperando... — la joven parecía angustiada —. Quiso que me marchase ayer. Casi nos peleamos por ello. Seguramente vendrá a ver si estoy bien...
—Tengo malas noticias — la atajó Lockley. Luego le describió, lo más delicadamente que pudo, su última conversación con Vale. Era la que había terminado con una serie de jadeos y cloqueos, transmitidos por el receptor, hasta que el aparato debió ser arrojado al suelo. No mencionó el extraño hecho de que el instrumento hubiese seguido perfectamente apuntado mientras ocurría toda la tremenda e invisible escena. No había la menor explicación para ello. Lo que le había contado ya era bastante estremecedor. La joven se puso mortalmente pálida, mirando fijamente a Lockley.
—Pero... pero... — tuvo que tragar —. Tal vez esté herido y no... muerto. Puede estar vivo y necesitar ayuda. Si hay seres espaciales en alguna parte, quizá lo han dejado por muerto y sólo se halle inconsciente... Puede venir a buscarme... Iré... iré... a asegurarme de que está...
—No es probable — replicó el joven tras cierta vacilación —. No, no es probable que lo hayan dejado herido. Pero si usted lo cree conveniente, yo iré a investigar. En primer lugar, puedo trepar más de prisa. Mi coche se halla metido en una zanja. Vaya usted y espéreme junto a él. Al menos se halla lejos del lago y allí estará más segura. Yo iré en busca de Vale.
Le explicó con todo detalle cómo podría encontrar el auto. Debía atravesar una colina que se alzaba a la salida del campamento y descender por el lado opuesto. Se hallaba al sur de una excavadora abandonada. Fuera de vista.
La joven volvió a tragar.
—Si... si Vale necesita ayuda — dijo al cabo —, yo podría serle más útil que usted. Pero me esperaré donde empieza el bosque. Puedo ocultarme en caso necesario, y... y tal vez usted pueda precisar de mis servicios.
Lockley comprendió que la joven estaba pensando que tal vez Vale estuviese herido y pudiese desear verla. Le dio el ansiado permiso. Ambos cruzaron el campamento. Él le entregó el transistor para que pudiese captar las noticias. Cuando la joven se halló fuera de su vista, por entre el bosque, Lockley se desvió hacia la falda de la montaña donde Vale había tenido su puesto de observación. Se trataba de un muro perteneciente a un cráter viejo de un millón de años, por el que tuvo que trepar. Procuró no correr riesgos inútiles. Mientras subía se movió a plena vista. Si la gente de la cápsula espacial estaba observando, se fijarían en él y no en Jill. Si emprendían alguna acción, sería contra él y no contra Jill. Sin saber por qué, se creía mejor dotado que la joven para defenderse.
Siguió subiendo. El mundo volvía a estar normal como de ordinario. A cada lado había picos montañosos. Originalmente, habían sido volcanes casi todos. Comenzó a escalar, rodeado de montañas de más de quinientos pies. El cielo estaba purísimo. Ascendió mil pies. Dos. Tres. Por entre los picos podía divisar el lugar, a treinta millas de distancia, donde había estado él al rayar el día.
Siguió su ascenso hacia la parte posterior del flanco de la montaña. Desde allí no podía ver el Boulder Lake. Por otro lado, ninguna persona situada en el lago podía verle a él. Sólo un grupo de exploración que también podría descubrir a Jill, sería capaz de verle, como un punto que se movía por el monte.
Llegó al plano en que se encontraba el puesto de Vale. Comenzó a moverse con cautela en torno a las masas rocosas. El viento soplaba por su lado, zumbándole en los oídos. Una vez desalojó un pedrusco, que rodó ladera abajo, alborotando el ambiente.
Vio el lugar en que Vale debía haber estado cuando observó la caída del objeto. Halló el colchón neumático del joven y las cenizas de su fogata. También encontró el agrimensor. Había sido aplastado por una piedra enorme que habían lanzado contra el aparato intencionadamente, pero antes había sido desplazado. No se hallaba cerca del punto de observación desde el cual debía realizar las mediciones por pulgadas sobre distancias de muchas millas.
No había otra señal de lo que había ocurrido en el lugar. Las cenizas del fuego no habían sido esparcidas. El colchón neumático de Vale presentaba su aspecto corriente, como si nadie hubiese dormido en él. Lockley inspeccionó el saliente rocoso palmo a palmo. No había manchas rojas que pudiesen indicar sangre. Nada...
No. En un trecho de tierra entre dos piedras había una huella. No era una huella normal. La había hecho una pezuña, pero no de caballo ni de burro. Tampoco se trataba de un sendero ovejero. No era la huella de ningún animal conocido en la tierra. Pero estaba impresa. Lockley reflexionó si la criatura que la había hecho cloquearía, o si rugiría. Ambas cosas parecían igualmente improbables.
Atisbo con precaución hacia el lago que se hallaba casi a media milla más abajo. El agua estaba diáfanamente azul. Sólo reflejaba la pared del cráter y el panorama más allá de la zona donde la lava volcánica había caído. Nada se movía por allí. No había ningún aparato visible en la playa, como había dicho Vale. Pero algo había sucedido en el lago. Los árboles al borde del mismo estaban tronchados y caídos. Masas de malezas habían sido arrancadas de la tierra. Había ramajes rotos a diez yardas del lago, y agujeros donde antes sólo había habido una tierra suave. Una enorme ola habíase desbordado por la orilla circular del lago. Había irrumpido como una marejada de muchos pies de altura hacia la playa. Era una evidencia sumamente convincente de que algo enorme y pesado había caído desde el cielo.
Pero Lockley no observó ningún movimiento ni novedad alguna en el paisaje circundante. No oyó nada que no fuese un sonido completamente normal.
Y entonces olió algo.
Era un hedor horrible, como de reptil. Era el olor de la jungla, a muerte y podredumbre. Más aún, era peor que el hedor de la descomposición.
Echó a andar para alejarse de allí. Y entonces la luz le cegó. Cerrar los párpados no le sirvió de nada. Había toda clase de colores, intolerablemente chillones, que relampagueaban adoptando toda clase de formas y combinaciones, sucediéndose unas a otras en fracciones de segundo. Sólo podía ver aquella luz. Luego, captó el sonido. Era ronco. Cacofónico. Era un tumulto desorganizado en el que las notas musicales y los desacordes, lamentos y chillidos se combinaban hasta lo inverosímil. Y entonces sintió todo el horror de su situación al comprobar que no podía moverse. Cada pulgada de su cuerpo estaba rígida. Sintiose invadido por una mortal angustia. Le parecía estar sosteniendo una alambrada de alta tensión.
Sabía que había caído al suelo. Estaba cegado por la luz y ensordecido por el tumulto, y su olfato estaba lleno del nauseabundo hedor de la jungla y la descomposición. Estas sensaciones le duraron años, al parecer.
Y de repente, todas las impresiones cesaron como por ensalmo. Pero siguió sin poder ver; sus pupilas todavía estaban deslumbradas por los juegos de luces y colores. No podía oír nada. Había quedado sordo por los ruidos extraños que habían atronado sus oídos. Se movió y se dio cuenta, pero no sentía nada. Sus manos y todo su cuerpo estaba como embotado.
Luego sintió que la posición de sus brazos y piernas iba cambiando. Luchó, ciego, sordo y sin sentir nada. Sabía que estaba preso a algo, y que no podía ya moverse.
Y después, gradualmente, muy despacio, recobró los sentidos. Oyó los cloqueos. Al principio eran débiles, mientras sus agotados tímpanos apenas podían registrar los sonidos. Comenzó a recuperar el sentido del tacto, aunque sólo podía palpar pelaje a su alrededor.
Le estaban levantando. Le pareció que se trataba más de garras que de dedos los que le asían. Quedose de pie, balanceándose. Había perdido el sentido del equilibrio, sin darse cuenta. Fue recuperándolo muy lentamente. Pero no veía nada. Unas manos como zarpas, o unas zarpas como manos, le estaban empujando. Sintió que le giraban y le empujaban. Se tambaleó. Dio un traspiés por la necesidad de mantenerse erguido. Los empujones y golpes continuaron. Sintió que le conducían hacia alguna parte. Se dio cuenta de que sus brazos habían perdido su utilidad porque se hallaban atados con cuerdas o correas.
Entumecido, respondió a los empujones. No podía rebelarse. Comenzó a descender. Le guiaban hacia abajo. Le guiaban sin gentileza, pero también sin brutalidad.
Esperaba la recuperación de la vista, pero no llegaba.
Y fue entonces cuando comprendió la verdad: le habían vendado los ojos.
A su alrededor podía oír aquel cloqueo. Empezó a descender desvalidamente la montaña, rodeado y guiado y a veces empujado por unos seres invisibles.