VII

Desde el punto de vista dariano, que era también el de los pieles-azules, la sentencia de culpabilidad de Calhoun y de su condena a muerte eran bastante razonables. Maril protestó enérgicamente y su testimonio coincidió con la declaración de Calhoun en todos los puntos, pero según la opinión de cualquier piel-azul, ambas declaraciones eran condenatorias.

Calhoun se había llevado al espacio a cuatro astronautas. Ellos eran los únicos pilotos espaciales semiexpertos que poseía Dará. Todavía no se les podía considerar como hombres plenamente capacitados para su profesión. Calhoun mismo pidió verles y sugirió salir al vacío para allí instruirles en los métodos modernos de conducción de naves espaciales.

Hasta allí nada había de reprobable. Calhoun propuso convertirlos en pilotos más competentes; más capaces de conducir una nave a Orede, por ejemplo, para atacar a las ingentes hordas de ganado allí existentes. Pero luego había conducido a Weald su navío médico, cosa inobjetable por parte alguna.

Y antes de la llegada a Weald engañó a los cuatro aprendices de piloto, dándoles a beber café drogado. También destruyó los letales cultivos bacteriológicos que los pilotos tenían orden de dejar caer sobre Weald. Luego hizo partir por separado a los cuatro estudiantes, según declaraban Maril y él, en enormes navíos atiborrados de grano. Pero nadie, de ninguna manera, creía en la existencia de tales naves.

Nadie creía que aquellos silos flotantes estuvieran tan a mano. Lo único que sabían es que los únicos cuatro pilotos algo expertos que poseía Dará habían sido llevados no se sabe dónde y, según Calhoun, expulsados del navío médico tras haberlos drogado.

De haber recibido los cuatro pilotos las lecciones correspondientes y prometidas, de haberles ayudado o por lo menos permitido sembrar la plaga en Weald y de haberles permitido regresar a Dará, preparados y dispuestos a transmitir sus conocimientos a otros hombres, enseñándoles a manejar las naves espaciales que ahora se construían febrilmente en lugares ocultos del planeta, entonces Dará tendría una remota posibilidad de sobrevivir.

Pero una batalla en el espacio con pilotos sólo parcialmente adiestrados, sería cuanto menos algo azaroso. Mas, sin pilotos entrenados, es decir, careciendo de ellos en absoluto, no sería azaroso, sino que sería algo sin esperanza alguna de éxito. Por tanto, Calhoun, según su propia historia, parecía haber aniquilado toda posibilidad de defensa para Dará, dejando a sus habitantes inermes ante una segura matanza masiva a base de bombas lanzadas por Weald.

Era esto último lo que impedía que alguien creyese en tales objetos maravillosos y propios de cuento de hadas, como los navíos repletos de grano. Calhoun había aniquilado las débiles esperanzas de resistencia de Dará. Weald tenía naves y podía construir o comprar otras más antes que Dará pudiese fabricar apenas una parte de las que necesitaba para su defensa.

Cosa igualmente importante, Weald poseía abundantes y expertos pilotos espaciales para tripular muchas naves, y para adiestrar a otros pilotos o aspirantes. De haber estado desesperados luchando contra la plaga, habrían retrasado la partida de cualquier flota encaminada a exterminar la vida en Dará. Dará habría ganado tiempo para, por lo menos, construir naves con las que salir al paso del enemigo y destruirle antes de que llegase al objetivo.

Pero Calhoun lo había hecho imposible. Si decía la verdad y Weald ya poseía una flota de enormes navíos a los que sólo era preciso descargar del grano y dotarlos de cañones y tripulantes, entonces Dará estaba perdido. Pero si no había dicho esa verdad, Dará estaba igualmente perdido por el acto de Calhoun al privarle de los únicos cuatro pilotos. Por tanto, por todos conceptos, Calhoun debía morir.

Su ejecución tendría lugar en el espacio abierto sito ante la torre de aterrizaje, con las cámaras de televisión transmitiendo el acto a todos los pieles-azules del planeta. Hombres medio depauperados por el hambre, con retazos de azul-grisáceo en diversos lugares de su piel, le condujeron al centro del mayor espacio libre a nivel del suelo que no era cultivado desesperadamente. Sus expresiones demostraban odio. La amargura y el furor rodeaban a Calhoun como una muralla. A la mayor parte de los darianos les habría gustado ver cómo le mataban de manera apropiada a su atroz crimen, aunque ninguna de las muertes concebibles les satisfaría por completo.

Así que el asunto se trataba fríamente y de manera casi comercial, no quedando nada excepto dar la orden de fuego, cuando los altavoces de la torre de control lo congelaron todo. Uno de los navíos granero de Weald acababa de salir de superimpulsión y su piloto pedía, triunfante, coordenadas para el aterrizaje. La torre de control conectó aquella llamada al circuito de altavoces para que las emisoras que radiaban el acto la retransmitiesen a todo el planeta.

—¡Llamada a tierra! —gritaba en son de triunfo el primero de los pilotos estudiantes a quienes adiestró Calhoun—. ¡Llamada a tierra! ¡El piloto Franz en nave capturada, solicita coordenadas para aterrizar! ¡El propósito del aterrizaje es hacer entrega de dos millones de hectolitros de grano arrebatados al enemigo!

Al principio, nadie se atrevía a creerlo. Pero por las pantallas se pudo divisar al piloto: era persona conocida. ¡Ningún piel-azul viviría lo suficiente para ser utilizado como engaño por los hombres de Weald! A poco, el navío gigante, en su segundo viaje a Dará —el primero tuvo lugar una generación antes, cuando se produjo la acción wealdiana de amenaza de destrucción— apareció como una puntita de alfiler destacándose en el firmamento. Bajó y bajó, y a los pocos instantes apuntó hacia el centro del entramado, en donde Calhoun permanecía ordenadamente en pie, sobre el lugar en que iba a ser ejecutado.

La dotación de la torre de control de aterrizaje condujo a la nave hacia un lado, y sólo entonces Calhoun comenzó a dirigirse con paso indiferente hacia el navío médico posado junto al muro metálico de la torre.

La gran nave tocó el suelo y su puerta de salida giró abriéndose, y el estudiante piloto apareció sonriente y con las manos llevando el grano a puñados. Se reunió allí, al instante, una vocinglera multitud que no cesaba de lanzar a los cuatro vientos sus vítores; la misma multitud que apenas minutos antes clamaba pidiendo la cabeza de Calhoun y esperaba ver cómo el cuerpo del miembro del Servicio Médico se desintegraba en medio de una atroz llamarada.

Ya no odiaban a Calhoun, pero, no obstante, tuvo que luchar para conseguir llegar al navío médico. Los ciudadanos de Dará le rodeaban, exultantes de admiración. Voceaban alabanzas y le gritaban al oído sus vítores hasta dejarlo medio sordo, y casi le dejaron desnudo al arrancarle pedazos de su atuendo para guardarlos como recuerdo, al palmearle la espalda, al tocarle henchidos de admiración, deseosos de mostrar su gratitud y afecto..., quienes momentos antes estaban sedientos de su sangre.

Dos horas después del primer navío aterrizó el segundo. Dará se sintió enloquecer de alegría nuevamente. Todavía cuatro horas más tarde llegó el tercero. El cuarto tomó tierra al día siguiente.

Cuando Calhoun se enfrentó con el jefe ejecutivo y el gabinete de Dará por segunda vez, su tono y modales fueron muy secos.

—Ahora me gustaría que me proporcionaran a unos cuantos astronautas más para enseñarles los métodos modernos —dijo con rudeza—. Creo que podemos atacar a la flota granero wealdiana una vez más, y comenzar a colocar los cimientos de una flota defensiva. Insisto, sin embargo, en que no debe ser utilizada para el combate. ¡Tenemos que considerar sensatamente la situación! Después de todo, cuatro naves cargadas de grano no pueden acabar con el hambre. Serán de una gran ayuda, pero son sólo el principio de lo que se necesita para una población planetaria.

—¿Con cuánto grano podemos contar? —preguntó un hombre con una mancha azul que le cubría toda la barbilla.

Calhoun se lo dijo.

—¿Cuánto tiempo pasará antes de que Weald pueda tener una flota sobre nuestras cabezas, dejándonos caer bombas nucleares? —preguntó otro, ceñudo.

Calhoun le dio el plazo aproximado.

—Creo que podemos impedir que nos bombardeen si conseguimos la flota de naves granero y unos cuantos astronautas capacitados —añadió, después de dar el dato solicitado.

—¿Cómo?

Se los contó. No era posible narrar con detalle lo que él consideraba comportamiento sensato. Sólo un programa emocional podía ser presentado y aprobado al instante. Todo plan de acción que sea en verdad inteligente, tiene que ser aceptado a bocaditos. Aún así, los militares gruñeron hostiles.

—Nos sobran elementos pesados —dijo uno—. Si utilizamos el cerebro, tendremos más bombas de las que pueda soñar Weald. ¡Podremos convertir a todo aquel planeta en una masa de humeantes cenizas!

—Lo que indudablemente daría a ustedes una cierta satisfacción, pero ni un gramo de provisiones —le respondió acremente Calhoun—. Y son más importantes los alimentos que la satisfacción moral. Ahora voy a partir de nuevo hacia Weald; necesito que alguien construya para mi nave un dispositivo de emergencia, y necesitaré los cuatro pilotos que adiestré y a veinte candidatos más. ¡Y me gustaría que nos proporcionaran raciones alimenticias decentes! El último viaje trajimos ocho millones de hectolitros de grano; no habrá inconveniente en disponer alimento adecuado para veinte hombres y para pocos días.

Se tardó algún tiempo en construir el mecanismo especial, pero el navío médico zarpó al cabo de dos días. El mecanismo en cuestión era simplemente algo que previniese a la nave de un desastre como el que tuvo lugar en la nave minera de Orede. En esencia, consistía en un tanque de oxígeno líquido, albergado en el espacio dejado por las mercancías que le habían confiscado. Cuando se obligaba a pasar el aire de la nave a través de dicho tanque se producía primero una especie de humedad neblinosa y luego salía CO2 congelado. Entonces, el aire que fluía por encima del oxígeno líquido reemplazaba al CO2 por elementos respirables más útiles. Después, la humedad se restablecía en el ambiente cuando el aire se recalentaba de nuevo.

Mientras hubiese oxígeno, se podría tener aire fresco respirable y purificado para cualquier cantidad de hombres. El equipo normal del navío médico bastaba para diez personas, todo lo más. Pero con el mecanismo ideado por Calhoun, en el largo viaje a Weald no faltaría aire para cuatro veces aquella cantidad.

Maril se quedó en Dará cuando el Navío Médico despegó. Murgatroyd protestó agudamente cuando la divisó en el exterior momentos antes de cerrarse las escotillas.

—¡Jiii! —dijo indignado—. ¡Jiii! ¡Jiii!

—No —le respondió Calhoun—. Vamos ya bastante atestados. La veremos más tarde, a nuestro regreso.

Hizo una seña con la cabeza a uno de los primeros estudiantes de piloto, que se apresuró a establecer contacto con la torre de control y con la mayor eficiencia supervisó las operaciones de despegue. Los otros tres compañeros suyos en el primer viaje dieron las explicaciones pertinentes al grupo de novatos que se les había asignado. Calhoun permaneció por allí rondando, escuchando y asegurándose que los instructores no cometieran ninguna equivocación.

Se sentía algo raro actuando como supervisor de un instituto espacial de navegación. No le gustaba. Además de él, otros veinticuatro hombres atestaban el pequeño interior del navío médico. Todos se obstruían mutuamente. Siempre había alguien comiendo, siempre había alguien durmiendo y no era necesario recurrir al funcionamiento de la cinta magnetofónica para evitar que la nave estuviera intolerablemente silenciosa. Pero el sistema de aire funcionaba lo bastante bien, excepto una vez que falló la maquinaria recalentadora y el aire interior se enfrió demasiado antes de que se pudiera reparar la avería.

El viaje a Weald, en esta ocasión, duró siete días a causa del programa de adiestramiento. Calhoun se mordía las uñas por tal retraso. Pero era necesario que cada uno de los estudiantes hiciera sus pruebas de astronavegación con el sol de Weald como punto de referencia, y computara distancias, y se practicara en las maniobras requeridas. Calhoun, entre tanto, esperaba con ansiedad que los preparativos guerreros en Weald no se hicieran con demasiada rapidez.

Esperaba, sin embargo, que a falta de noticias directas de Dará, los oficiales wealdianos siguieran el curso normal de la política. Ellos habían proclamado que el navío de Orede fue atacado desde Dará. No obstante, se especializarían en medidas defensivas antes de lanzarse al ataque. Primero conseguirían naves patrulleras que localizasen la aproximación de cualquier enemigo, antes de dedicarse a construir una flota destinada a la destrucción de todos los pieles-azules. Era necesario seguir tal rumbo en sus proyectos para satisfacer así las exigencias públicas de defensa del planeta.

Calhoun tenía razón. El navío médico se aproximó finalmente a Weald bajo su propio control. En su anterior viaje había hecho las necesarias mediciones de brillantez, así que las volvió a utilizar. Podrían no ser lo suficientemente exactas, porque alguna mancha solar bastaría para alterar el cálculo en cuanto menos dos cifras decimales. Pero la primera salida de la superimpulsión tuvo lugar lo suficientemente cerca del sistema wealdiano como para permitir que Calhoun localizara sus planetas poniendo al máximo el telescopio electrónico. Apuntó hacia Weald, contando, claro, con la influencia aparente del movimiento de su imagen debido a la limitada velocidad de la luz. Trató de que los saltos de la superimpulsión fueran lo más breves posibles, para salir dentro de aquel sistema solar en una zona interior a la de vigilancia asignada a cualquier patrulla.

Aquello fue suerte pura. Y continuó. Había franqueado la pantalla formada por las naves de vigilancia marchando en indetectable superimpulsión. Por fin se halló a una hora de marcha, a la velocidad de sistema solar, de la flota granero. Al principio no hubo alarma. Como es lógico, los radares localizaron al navío médico como un objeto diminuto en el espacio, pero nadie le prestó atención. No se encaminaba a Weald. Probablemente le creyeron una nave de las de su propia vigilancia; tales equivocaciones son bastante frecuentes.

De nuevo sacó Calhoun trajes espaciales procedentes de uno de los armarios. Los cuatro primeros estudiantes, los veteranos, salieron, acompañando cada uno a un neófito y atándose todos con cuerdas. Calentaron el interior de cuatro de las naves, preparándolas para el viaje interestelar. Poco más tarde eran ocho los navíos dispuestos para partir, cada uno de ellos tripulado por un nuevo piloto, asustado pero resuelto, que aprovechaba el tiempo familiarizándose con los controles. Después fueron dieciséis. Más tarde, veinte. Luego veintitrés.

Un navío policía salió de Weald a toda velocidad. Iría armado, claro. Subía, subía los más de sesenta mil kilómetros que les separaban del planeta. Calhoun masculló un juramento. No podía llamar a sus discípulos y decirles lo que ocurría; la nave policía estaría a la escucha. Tampoco podía confiar en que aquellos jóvenes inexpertos actuaran de manera racional si percibían la llegada de la nave policía, y ésta intentaba rutinariamente abordar a cualquiera de ellos.

Entonces sintió el soplo de la inspiración. Llamó a Murgatroyd, lo colocó delante del micrófono y ajustó la emisora para transmitir sólo la voz. Aquello era muy familiar para Murgatroyd. Había visto a menudo cómo Calhoun lo utilizaba.

—¡Jiii! —gritó Murgatroyd—. ¡Jiii! ¡Jiii!

Del altavoz salió una voz airada.

—¿Qué es eso?

—Jiii —repitió Murgatroyd con deleite.

El comunicador le hablaba a él. Murgatroyd adoraba tres cosas, por este orden: primera, Calhoun; segunda, el café. Tercera, el pretender conversar como un ser humano.

—¡Identifíquese inmediatamente! —dijo el locutor con tono explosivo.

—¡Jiii-jiii-jiii! —repetía Murgatroyd. Se retorcía de placer y añadía, cambiando de tono—: ¡Jiii!

Los altavoces bramaban.

—¡Llamando a tierra! ¡Llamando a tierra! ¡Escuchen esto! ¡Alguien que no es humano me habla por la radio! Escuchen y díganme, ¿qué puedo hacer?

Murgatroyd se interpuso, exclamando:

—¡Jiii!

Entonces Calhoun condujo despacio su navío médico lejos de la irregular formación de navíos granero aún inmóviles. Era muy improbable que la nave policía llevara telescopio electrónico. Lo más seguro es que sólo poseyera un radar de eco, y así podría únicamente determinar que un objeto de clase desconocida movíase por su propio impulso en el espacio. Calhoun aceleró el navío médico; eso sería la prueba final. Las naves granero estaban entre Weald y su sol. Incluso los telescopios electrónicos del suelo —y dichos telescopios no eran más que aparatos ópticos con amplificación electrónica— no podrían obtener una buena imagen de la nave a través de la atmósfera directamente iluminada por los rayos solares.

—¿Jiii? —preguntaba solícito Murgatroyd—. ¿Jiii-jiii-jiii?

—¿Son los pieles-azules? —inquiría temblorosa la voz de la nave policía—. ¡Tierra! ¡Tierra! ¿Son los pieles-azules?

Una voz gruesa, autoritaria, entró en liza a un volumen mayor.

—¡Eso no es ninguna voz humana! —dijo con aspereza—. Acérquense al navío y envíennos su imagen. No disparen a menos que lo vean dirigirse hacia el suelo.

La nave policía describió un círculo y se dirigió hacia el navío médico. Estaba aún muy lejos de él.

—Jiii-jiii —repetía animoso Murgatroyd.

Calhoun cambió el rumbo del navío médico. La nave policía hizo lo propio también. Calhoun la dejó acercarse más, pero sólo un poco. Con esas maniobras se apartaba cada vez más de los navíos granero.

Apuntó hacia ellos su telescopio electrónico. Vio una figura en traje espacial al exterior de una de las naves, pero bien atada y segura, sin embargo. No era difícil deducir que alguien había tratado de regresar al navío médico, para hacer un informe o recibir órdenes, encontrándose con que éste se había marchado. Volvería dentro y conectaría su emisora de radio.

—¡Jiii! —dijo Murgatroyd.

La voz gruesa estalló.

—¡Oigan! ¡Éste es un mundo ocupado por seres humanos! ¡Si vienen en son de paz, corten sus motores y dejen que se les aproxime nuestra nave policía!

Murgatroyd replicó en un tono interesado pero dudoso. La potente voz siguió atronando. Otra voz de mayor autoridad la reemplazó. Murgatroyd estaba extasiado al tener tanta gente deseando hablar con él. Entonces pronunció lo que prácticamente era todo un discurso. La última de las voces hablaba suave y de manera persuasiva.

—Jiii-jiii-jiii-jiii —decía Murgatroyd.

Uno de los navíos graneros destelló y dejó de estar donde antes estuviera. Acababa de entrar en superimpulsión. Otro. Y otro. De repente empezaron a desvanecerse de dos en dos y de tres en tres.

—Jiii —exclamó Murgatroyd, con una nota de culminación.

El último navío granero desapareció.

—¡Llamando a la nave policía! —dijo Calhoun con sequedad—. Éste es el navío médico Aesclipus Veinte. Estuve aquí hace un par de semanas. Han estado ustedes hablando con mi tormal, Murgatroyd.

Una pausa. Una pausa absoluta. Luego un estallido de profundas y salvajes intemperancias.

—Ya estuve en Dará —dijo Calhoun.

Se produjo un silencio de muerte.

—Hay hambre en Dará —anunció Calhoun de manera deliberada—. Así que las naves granero que tenían ustedes en órbita han pasado a poder de los darianos que se las llevaron a su planeta para alimentarse a sí mismos y a sus familias, los pieles-azules si prefieren llamarlos así. Se estaban muriendo de hambre y no les hacía mucha gracia, cosa natural.

La exclamación que se oyó es impublicable. Luego, la primera de las voces dijo con acritud:

—¡Está bien! ¡El Servicio Médico se enterará de su intromisión!

—Sí —contestó Calhoun—. Yo mismo presentaré el informe. Tengo un mensaje para ustedes: Dará está dispuesto a pagar cada onza de grano y cada nave granero. Lo pagarán en metales pesados... iridio, uranio, etc.

La voz suave medió, irritada.

—¡Como si fuéramos a permitir que aterrizara aquí nada procedente de Dará!

—¡Ah! Pero hay posibilidad de esterilizarlo todo. Empezando con los metales, el uranio se funde a 1150° centígrados, el tungsteno a 3370° y el iridio a 2350°. Ustedes podrían cargar esos metales, fundirlos en el espacio y luego remolcarlos hasta aquí. ¡Y se puede en la actualidad esterilizar muchas clases de otras materias!

La voz suave estaba furiosa.

—¡Daré parte de esto! ¡Usted se la cargará por su manera de obrar!

—Como estoy seguro de que cuanto digo está siendo grabado —dijo placenteramente Calhoun—, lo único que añadiré es que mi sugerencia es del todo práctica para Weald. Ustedes, los wealdianos, pueden aterrizar en Dará, tomar cuanto crean prudente, como pago al daño hecho por los pieles-azules, claro, y volver a sus naves sin el menor peligro de transportar consigo gérmenes contagiosos. Si tienen la amabilidad de asegurarse una clara grabación de cuanto les diga...

Describió clara y específicamente, con palabras exactas, cómo podía equiparse un hombre para caminar por cualquier área de posible contagio, hacer lo que considerara necesario en plan de saqueo —aunque Calhoun no empleó precisamente esa palabra— y luego volver con sus compañeros sin el menor riesgo de llevar encima los gérmenes o virus de la infección. Les proporcionó los detalles exactos.

—Mi radar me informa que tienen ustedes cuatro naves convergiendo hacia mí para desintegrarme en el espacio —dijo después—. Me voy.

El navío médico desapareció del espacio normal y entró en esa infinita área en la que aparecía diluido, haciendo improbable las constantes físicas por sus extrañas características, plenas de salvaje anormalidad. Porque hay un pequeño detalle: la velocidad de la luz en el espacio comprendido por la superimpulsión todavía no había sido medida. Era demasiado alta. Otra razón: un navío en superimpulsión podía viajar a muchísimas veces la velocidad de 300.000 kilómetros por segundo.

El navío médico hizo eso precisamente. No había nadie a bordo excepto Calhoun y Murgatroyd. Reinaba un amistoso silencio con sólo los ruiditos de la pequeña ambientación dados por la cinta magnetofónica, y de los que uno apenas hacía el menor caso.

Calhoun disfrutaba al haber recuperado su intimidad. Durante siete días tuvo a otros veinticuatro seres humanos atestando el reducido espacio de las dos cabinas de a bordo, no dejando nunca más de un metro entre un individuo y otro. No era necesario ser un petimetre para ansiar poder estar solo alguna vez.

Murgatroyd se lamía las patillas pensativo.

—Espero que la cosa salga bien —dijo Calhoun—. Pero pueden acordarse, cuando estén sobre Dará, de que yo soy el responsable de que les hayan robado treinta millones de hectolitros de grano. Quizá... es una posibilidad, me escucharán y actuarán sensatamente. Después de todo, hay tan sólo un modo de acabar con el hambre. Y no consiste en repartir treinta millones de hectolitros de comida entre todo un planeta. Y, tampoco, dejando caer miles de bombas atómicas.

Marchando directo, sin pausas para que se ejercitara nadie, el navío médico llegaría a Dará en poco más de cinco días. Calhoun decidió aprovechar ese tiempo para relajarse y descansar. Como principio, se obsequiaría a sí mismo con una verdadera y opípara comida, la primera desde que aterrizara inicialmente en Dará. Luego, al poco, no tuvo más remedio que sentarse a consumir una ración doble de la comida dariana, nada apetecible por cierto. Pero es que en la nave no tenía otros comestibles.

Sin embargo, más tarde, tuvo unos momentos de placer al ver lo que ocurría en el universo normal, no comprendido dentro de la superimpulsión. Soles llameantes y cometas que se cruzaban en su camino, nubes que se formaban y que se disolvían en lluvia, y toda clase de fenómenos meteorológicos contemplados a la ultravelocidad de la superimpulsión, por medio de aparatos especiales que le permitían asomarse al espacio raudo que pasaba junto a la nave, pero sin verse afectados por él. Pensó también que en Weald reinaría el más puro de los pánicos.

La desaparición de las naves granero no se cargaría en el haber de sólo veinticuatro hombres. Se sospecharía de una flota dariana, y con las sospechas vendría el terror, y con el terror la crisis gubernamental. Luego habría el frenético impulso de tomar cualquier nave que partiera para el espacio, y la agitada improvisación de una flota espacial.

Pero además de eso, los técnicos en la guerra biológica defensiva examinarían las instrucciones de Calhoun referentes al equipo con el que los hombres armados podrían aterrizar en un planeta atacado por la plaga y luego salir de él tranquilamente y sin peligro. Los altos jefes militares y del Gobierno llegarían a la conclusión, eminentemente lógica y cuerda, que aunque Calhoun no tomara medidas activas en contra de los pieles-azules, como ciudadano sensato de la Galaxia estaría de parte de la ley, el orden, la propiedad y la justicia... es decir, del lado de Weald. Por tanto, construirían los trajes anticontagio de acuerdo con las instrucciones de Calhoun y los probarían a conciencia. Funcionarían de manera admirable.

En Dará, mientras Calhoun viajaba con placidez de regreso, el grano se repartía diligentemente y todos los habitantes del planeta veían casi dobladas sus raciones de cereales. Todavía el suministro no era suficiente, pero el alivio era mayúsculo. Se experimentaba una gratitud considerable hacia Calhoun, que como siempre incluía un anticipo por los favores posteriores que él les tenía que hacer. Maril fue varias veces entrevistada, por ser la persona que mejor le conocía, y la muchacha contribuyó a elevar su reputación de hombre ecuánime. Todo esto es lo que ocurría en Dará...

No. Ocurría algo más. Una cosa muy curiosa, también. Se habían extendido unos suaves síntomas que nadie podía catalogar como enfermedad. Duraban unas pocas horas. Una persona se notaba ligeramente febril, la temperatura le llegaba a 39° centígrados y bebía más agua que de costumbre. Luego su temperatura volvía a la normalidad, y se olvidaba de la indisposición. Siempre han habido epidemias benignas. Rara vez se registraban en el historial médico individual o general, porque escasísimas personas recurrían al doctor. Ese mismo fue el caso de aquella.

Calhoun consideró el porvenir inmediato. La flota de naves granero llegaría y descargaría, y volvería a partir hacia Orede; en esta ocasión harían una infinita carnicería de las hordas de ganado salvaje y traerían cantidades increíbles de carne fresca congelada. Casi todo el mundo volvería a probar la carne, lo que sería muy de agradecer.

Luego, las industrias de Dará trabajarían en los pedidos del Gobierno. Una asombrosa cantidad de materias fisionables se vería convertida en bombas —concesión hecha por Calhoun— y las fábricas de plásticos confeccionarían un número apabullante de trajes dobles de dicho material, al estilo de los atuendos espaciales, pero con dobles paredes. Y enormes cargamentos de lingotes de metales pesados serían llevados a la capital del planeta, donde habría algunos cañones y otros materiales de menor cuantía.

Quizá alguien se llevara anticipadamente alguna de esas mercancías menores, pero era harto improbable que eso ocurriese. Nadie excepto Calhoun, sin embargo, habría puesto aquellos géneros juntos y esperado con urgencia a que las cosas salieran bien. Sólo él podía prever un resultado prometedor. En efecto, en el navío médico marchando por el espacio en su cuarto día de viaje, Calhoun pensaba en un posible perfeccionamiento que se podía efectuar en el conjunto total de todos aquellos acontecimientos, cuando se mezclaran unos con otros.

Regresó a Dará. Maril visitó el navío médico; Murgatroyd la saludó con entusiasmo.

—Algo extraño ha ocurrido —dijo Maril, muy preocupada—. Ya le dije a usted que algunas veces las manchas azules desaparecían en los niños, y luego ni ellos ni sus hijos volvían a tenerlas.

—Sí —respondió Calhoun—, recuerdo que me lo dijo.

—Y usted se acordó de un grupo de virus de Tralee. Entonces afirmó usted que sólo tenían efectividad en las personas que padecían de mala condición física, pero que entonces podían pasar de madre a hijo, hasta que algunas veces desaparecían.

Calhoun parpadeó.

—¿Y bien?

—Korvan —dijo Maril con el máximo cuidado— ha hecho pública la teoría de que eso mismo ocurre con las manchas azules de los darianos. Cree que la gente que casi murió en la epidemia adquirió el virus, y al sobrevivir lo transmitió de manera que los pieles-azules siguieron siéndolo al cabo de pocas generaciones.

—Interesante —dijo Calhoun con indiferencia.

—Pero cuando fuimos a Weald —prosiguió Maril con mayor cuidado todavía— usted trabajaba en no sé qué cultivos biológicos. Escribió varias cosas en el diario de a bordo. Se dio a sí mismo una inyección, ¿recuerda? Y otra a Murgatroyd. ¿No anotó su temperatura y la de Murgatroyd? —se humedeció los labios—. ¿No dijo también que si la infección se pasaba de uno a otro de nosotros dos es que la enfermedad cultivada sería muy contagiosa?

—Eso es muy largo para discutirlo ahora —interrumpió Calhoun—. ¿A dónde pretende usted llegar?

—A eso voy —repuso Maril—. Miles de personas están viendo cómo sus lunares de pigmento se desvanecen. No sólo los niños, sino también los adultos. Y Korvan ha descubierto que esto sucede tras un día febril y en el que se siente mucha sed, para luego encontrarse perfectamente bien. Usted ensayó algo que le puso en ese estado de fiebre y sed. A mí también me pasó, en la nave. Korvan cree que ha habido una epidemia de algo que está borrando las manchas azules de cuantos pillan esa benigna enfermedad. Siempre hay plagas de escasa importancia de las que nadie se da cuenta. Korvan ha encontrado la prueba de que la frase piel-azul no tardará en perder todo su significado.

—¡Asombroso! —exclamó Calhoun.

—¿Es cosa suya? —preguntó Maril—. ¿Inició usted esa inofensiva epidemia que aniquila al virus que nos convertía en pieles-azules?

—¿Cómo puede pensar tal cosa, Maril? —dijo Calhoun, con fingido asombro.

—Porque estuve aquí —contestó Maril, para proseguir en tono casi desesperado—: ¡Sé que usted lo hizo! Pero la cuestión es: ¿va a proclamarlo? Cuando la gente descubra que ya no hay pieles-azules, cuando se entere de que esas marcas infamantes han desaparecido para siempre, ¿les dirá usted por qué?

—Naturalmente que no —repuso Calhoun—. ¿Por qué iba a decir...? —le detuvo, sospechando la verdad—. ¿Acaso Korvan...?

—Él cree que la hipótesis se le ha ocurrido a él —dijo Maril—. Ha encontrado la prueba. Está muy orgulloso. Si usted va a hablar, tendré que decirle a Korvan cómo se le ha podido ocurrir tal hipótesis. Entonces, Korvan se enfadará y se sentirá avergonzado.

Calhoun meditó unos instantes mientras la miraba con fijeza.

—Como haya ocurrido no importa —dijo, por último—. La idea de que alguien lo ha hecho deliberadamente sería conturbadora también. No debiera propagarse. Parece que lo mejor para Korvan es que sí haya descubierto lo que ocurre con el pigmento azul de la piel humana. Pero que no averigüe el por qué.

Ella leyó en su rostro con atención.

—Usted no hace esto como un favor hacia mí —decidió—. Lo que pasa es que lo prefiere así.

Siguió mirándole largo rato, hasta que Calhoun le guiñó un ojo. Entonces la muchacha asintió y se fue.

Una hora después, llegó la noticia de que la flota espacial wealdiana viajaba por el espacio en dirección a Dará.