CAPÍTULO 6
—¡Este no es momento para decir estupideces acerca de ejecuciones! — exclamó Link, a la vez con dignidad y pasión.
Harl lo miró parpadeando a la luz de las estrellas.
—¿Qué es lo que pasa, Link? ¿Qué hace usted fuera de la casa? Ese individuo escapó, pero todavía...
—¡Pero todavía estoy yo, sí! — repuso Link —. ¡Pero ahora no se puede perder tiempo en eso! ¡Consiga unos cuantos hombres montados! ¡Tenemos que capturar a Thistlethwaite!
—No sabemos dónde fue — objetó Harl.
—¡Yo sí! — le respondió Link —. ¡Ha ido al navío! ¡Por lo menos, ha ido a recoger unos pantalones! ¡Entonces irá a ver al Viejo Addison! ¡Los uffts le llevarán! ¡Concertará un trato comercial con él! ¡Un negocio! ¡Un cambalache!
Resultaba un momento y un lugar absurdos para discutir. Los hombres con antorchas iluminaban una parte pequeña de la calle. Habían venido a ayudar a su compañero, momentáneamente enterrado bajo los gritones uffts. Link fue el primero en conseguirlo. Luego Harl. Ahora Link, con los puños crispados, se enfrentaba a Harl en una especie de apasionada frustración.
—¿No lo comprende?— preguntó con firmeza —. ¡Estuvo en Sord Tres el año pasado! ¡Llegó a un acuerdo con el Viejo Addison entonces! ¡Ha traído todo un cargamento de género sin duplicar para cambiarlo al Viejo Addison por duplicadores! ¿No lo comprende?
Harl frunció el entrecejo.
—¡Pero eso sería... eso no sería educado! — opuso —. ¡Eso sería...! ¡Sput, Link! ¡Eso sería... negociar!
Utilizó el vocablo como si fuese el único que se podía emplear en la consulta estrictamente particular con un médico, como si fuese un eufemismo de algo indescriptible.
—¡Eso es exactamente lo que es! —jadeó Link— ¡Un negocio! ¡Y un mal negocio, en verdad! ¡Venderá el contenido de su nave al Viejo Addison que le pagará con duplicadores! ¡Y los duplicadores...!
—¡Sput! — Harl agitó las manos. Bramó — ¡Que salga todo el mundo! ¡Una gran dificultad! ¡Todo el mundo fuera! ¡Todo el mundo con lanzas!
Los hombres salieron de las casas. Algunos de ellos llevaban camisas como la que dejó de emplear Link. Parecían complacidos con su nueva indumentaria. Puesto que el artículo duplicado era relativamente nuevo, las réplicas tenían todas las cualidades de las camisas nuevas, aunque la materia prima del tejido entrañaba que brevemente tuvo las propiedades de las anticuadas muestras de la que fue duplicada y que no habían sido nuevas desde antes de que se olvidase el arte de tejer. Los que portaban nuevas camisas salieron de las casas al oír las órdenes de Harl.
—¡Que monte todo el mundo! — rugió Harl —. Iremos hasta el navío que bajó hoy. ¡Lo que hay en él caerá en poder del Viejo Addison si no llegamos primero! ¡Tomad las lanzas! ¡En marcha! ¡Los uffts han ido ya demasiado lejos!
Hubo confusión. Aparecieron más hombres y corrieron a obedecer. Algunos de ellos regresaron montando unicornios. Otros los conducían de la brida. Los tres animales que se veían rodeados y cuyas suaves patas fueron mordidas por los uffts, regresaron cojeando al poblado. Los dos jinetes habían logrado dominar sus monturas y luego capturaron al animal sin jinete.
—¡Un unicornio para Link! — rugió Harl, en lo que evidentemente consideraba órdenes militares —. ¡Proporcionarle una lanza!
—¡Alto! — contestó ceñudo Link —. ¡Esa arma anonadadora que arrebataron a Thistlethwaite! ¡Usted la llevaba! ¡La portaré yo, Harl! ¡Sé cómo utilizarla!
—No tuve tiempo de averiguar su utilidad —dijo Harl, asintiendo. Luego bramó —: ¡Traed ese chisme tan raro que llevaba el patilludo esta mañana! ¡Dádselo a Link!
La confusión se acrecentó. Desde que vio por primera vez a Harl, cabalgando hasta el navío con cinco hombres montados en unicornios siguiéndolo, Link había hecho innumerables conjeturas acerca del sistema social y económico en Sord Tres. La mayor parte de ellas estaban equivocadas. Sin embargo, había logrado adivinar el sistema de seguridad social, comprendiendo que la organización en las Haciendas era un resurgimiento o reinvención del sistema feudal, en el que un Hacendado era responsable de alimentar y vestir a sus siervos y a cambio tenía una cantidad indefinida de poder. Harl tenía ese poder, con toda seguridad, suficiente para ordenar ahorcar a los forasteros y desconocidos.
Perd también resultaba claro que, fuese o no feudal el sistema, no estaba intencionado, ni predispuesto para tiempo de guerra. Harl quedaba al mando, pero nadie más tenía graduación secundaria. No había suboficiales, ni clases de tropa. Harl aullaba y ladraba órdenes para conseguir una tropa de hombres montados, haciendo que se reuniesen. De manera confusa y desordenada, se agruparon. Llevaban lanzas y dagas largas. Harl daba órdenes adicionales y cualquiera que las oía las obedecía más o menos al pie de la letra. Con una gran confusión, el grupo de hombres armados y montados se preparó para salir y emprender viaje a la luz de la luna.
Precisamente cuando estaba a punto de dar la orden de marcha, la voz de Thana llegó del edificio, que era residencia del Hacendado.
—¡Harl! ¡Harl! ¡Si os vais ahora, la cena se enfriará!
—¡Que se enfríe! — repuso Harl —. ¡Tenemos que alcanzar al tipo de las patillas!
Rugió a sus seguidores la orden de marcha y emprendieron el desfile formando una desperdigada columna tras él. Alguien confusamente buscó y encontró a Link, cabalgando junto a Harl, y logró entregarle la pistola anonadora que era la única arma que había a bordo del Glamorgan. Link la palpó en la oscuridad.
—Parece estar en orden de funcionamiento — dijo a Harl —. Gracias.
—¿Qué es...?— entonces Harl vio el arma. La luz de las estrellas eran moderadamente brillante, pero resultaba posible advertir detalles de cualquier cosa, bien del grupo armado o del panorama —. Oh. Tiene usted eso. Yo trataba de imaginar para qué servía, pero no tuve tiempo. ¿Cuál es su utilidad, Link?
—Dejar sin sentido a un hombre o a un animal — contestó con sequedad Link —. Dispara una carga eléctrica. Pero se puede ajustar de modo que la carga eléctrica no le mate, sino que sólo le escueza o le moleste hasta el grado que uno desee.
—¿Eléctrico?— preguntó Harl —. ¡Qué interesante! ¿Tiene mucho alcance?
—Depende — respondió Link.
—Hmm. Uf, Link, ¿cómo descubrió que ese tipo patilludo había hecho un trato con el Viejo Addison?
—Me lo dijeron los uffts — respondió Link ceñudo —. El Viejo Addison va a pagarles tres mil botellas de cerveza si le entregan a Thistlethwaite. Es un contrato escrito. ¡Thistlethwaite no hubiese prometido nada si no supiese cuál era su valor para el Viejo Addison!
—Han estropeado una buena ejecución al no decírmelo — dijo en tono de reproche —. Escapó. ¿Pero cómo sabe usted que se encamina hacia el navío?
—¡Ya se lo expliqué! — contestó Link —. Quiere unos pantalones. Quiere una camisa. Necesita ropas. ¡Desea ir vestido corno un comerciante cuando arregle el negocio con el Viejo Addison!
Harl meditó.
—Parece lógico — admitió —. ¡Muy lógico!
—Se me ofreció un trato para hacerme escapar también — contestó sombrío Link —. ¡Los uffts querían cinco mil botellas de cerveza por llevarme a la Hacienda del Viejo Addison!
—No le sería simpático — anunció Harl con sagacidad —. Apenas tiene más modales que un ufft. Cualquiera que sea educado, como usted, no puede llevarse bien con él, Link. Usted demostró sentido común al quedarse conmigo.
—¡Para que me ahorquen! — exclamó con amargura Link —. Pero...
—¡Alto! — exclamó Harl con asombro —. ¿No e admiraron la camisa suya? ¿Y no la acepté como regalo? Yo podría regalar algo a un hombre al que iba a ahorcar, Link. ¡Eso sería educado! ¡Pero no puedo aceptar un regalo y luego colgarle! ¡Eso sería deshonroso! — hizo una pausa para continuar después con tono ofendido —. ¡He oído decir que el Viejo Addison hace cosas así, pero jamás se me ocurrió que alguien sospechase de mí!
Link agitó la mano impaciente. Era notable el descubrimiento de que los planes para su ejecución habían cambiado, aunque eso importaba muy poco según su manera de pensar. Ahora se interesaba por la prevención del desastre mucho más importante que la suerte que pudiese correr su persona.
—Dudo que podamos pasar a través de la ciudad ufft — dijo —. Será mejor que la circundemos. Sufriremos un retraso y Thistlethwaite tiene prisa por ajustar su negocio con el Viejo Addison. Viajará a toda marcha.
Harl se aclaró la garganta y bramó hacia los cielos. La cabalgata de feos unicornios que le seguía cambió de dirección para seguirle.
El grupo montado se componía probablemente de cincuenta hombres y animales fuertes. En la escasa luminosidad de las estrellas resultaba una visión sorprendente. Los hombres marchaban en grupitos de dos o tres o de media docena, a pasos cuya andadura semejaba la de un camello, por velocidad y por torpeza. Los unicornios oscilaban a cada zancada. Sus cuernos desmadejados y carnosos iban de lado a lado. Link, al mirar atrás y observar la falta total de disciplina, sintió una enorme exasperación.
No le gustaba la situación en que se encontraba, aun cuando la ejecución inmediata ya no estuviese incluida. En toda su vida anterior había sido descuidado e inquieto, interesándose sólo por conocer las cosas que eran nuevas o excitantes, y en ocasiones porque entrañaban algo de tumulto. Eso era una cosa normal a cualquiera que tuviese su edad. Pero ahora tenía una responsabilidad de importancia intolerable. El futuro y muchísimos millones humanos dependería de lo que hiciese, pero no recibiría muestras de agradecimiento por sus esfuerzos. Iba contra la naturaleza entera de Link el dedicarse a una tarea tediosa y comprometida como ésta. Si conseguía triunfar nunca se sabría. De hecho, era una condición del éxito que jamás se supiese en ninguna parte fuera de Sord Tres. ¡Y tampoco se comprendería aquí!
Por lo menos una hora después de haber partido un alto y agudo clamor se alzó, muy distante.
—Son los uffts — dijo Harl —. Algo ha pasado y están todos felices y excitados.
—Se trata de Thistlethwaite —contestó Link—. Ha llegado hasta la nave. Probablemente ha distribuido algunos regalos entre los uffts.
La cabalgada continuó. El débil y agudo clamor continuó.
—Oh, Link — exclamó Harl, con un tono a la vez exhaustivo y deprimido —. Se me ha ocurrido algo que quizá hiciese felices a los uffts. Si como usted dijo, él ha hecho regalos a los uffts, quizá son cosas no duplicadas. No podrían utilizarlas, puesto que tienen cascos en vez de manos. Pero saben que nosotros, los humanos, se las compraremos. Les gusta comerciar. Disfrutan haciendo que los humanos paguen demasiado. Les hace sentirse listos y superiores. ¡Puede que se hayan preparado ya una gran cantidad de dificultades, para nosotros, los humanos! ¡Una gran cantidad!
La larga e irregular fila de hombres y animales siguió a través de la oscuridad. Harl continuó hablando con tono infeliz.
—Los uffts estaban tratando de hacerme pagarles por el informe de dónde se encontraba un yacimiento de mineral de hierro. Imagínese lo que me harán pagar por algo que sea original, no duplicado. Si ese tipo está regalándoles toda esa clase de objetos, los uffts se crecerán. Quizás ellos se sientan tan felices. ¡Yo no!
Link no respondió. Hubiese sido razonable para Thistlethwaite sentir que tenía que dar muestras de su cargamento para asegurarse su trato con el Viejo Addison y luego hacer que un convoy de hombres y animales viniese para descargar el Glamorgan y llevarse de allí su cargamento de manera especial. Si abría los compartimentos de carga para conseguir muestras, los uffts pedirían que se les entregasen como regalo. O simplemente se apoderarían de ellas.
—Y — continuó Harl como si echase chispas mientras hablaba—, cuando tienen algo, piden cincuenta botellas de cerveza y no traen ni verduras ni desperdicios, hasta que no se las han acabado. Y si no trabajan, ¿cómo se les va a poder pagar? ¡Traerán cuchillos y ropa y exigirán cerveza! ¡Y si no la tengo, se llevarán el material a otra Hacienda!
—Entonces probablemente tendrá usted que pagar.
—Sin materias verdes, no puedo — exclamó Harl con amargura.
Hubo una adición al débil y alegre clamor que quedaba más allá del horizonte. Link comenzó a descontar cualquier posibilidad de éxito en esta expedición. Si Harl tenía razón, Thistlethwaite había llegado al navío, había conseguido más ropas y probablemente les entregó en lugar de una caja de cervezas objetos tales como espejitos, cosméticos, cacerolas, hechos de otros metales distintos al hierro, bisutería, aparatos eléctricos pequeños, linternas, plumas, lápices y tejidos sintéticos. Ninguna de estas cosas podría duplicarse en Sord Tres, porque los minerales requeridos eran materias crudas que se habían olvidado, si es que llegaron a conocerse jamás.
Y todo esto colocaría a Harl en una mala situación, sin duda. Cada Hacendado necesitaría tratar con el Viejo Addison para que diese tales muestras, que él suministraría a sus servidores o parecería menos que un superior feudal deseable. Pero para Link el hecho terrible era que Thistlethwaite debía haber llegado al navío antes que él lo hubo previsto. Si sospechaba que se le perseguía, no perdería tiempo. Seguiría adelante. Y si seguía adelante...
Y ahora, en frente, se oyeron pequeños y peculiares sonidos. Necesitó Link unos segundos para comprender que eran los cascos de los uffts sobre peldaños de metal y suelos metálicos, el estrépito viniendo de una abierta portezuela de salida.
—Harl — dijo Link en tono bajo —. Quizá Thistlethwaite esté todavía en la nave. ¡Hay muchos uffts trasteando por aquí! ¿Puede usted conseguir que sus hombres...?
Pero Harl no esperó tal consejo, como lo hubiera hecho un alto jefe si su subordinado le hablase la víspera de la batalla. Alzó la voz:
—¡Ahí están, muchachos! — bramó —. ¡Vamos a por ellos! ¡Capturad al.patilludo! ¡Si no lo conseguimos dominar, no habrá ejecución esta noche!
Rugiendo de manera impresionante, espoleó su torpe montura hacia adelante. Se vio seguido por todo su ejército indisciplinado. Fue una carga furiosa, frenética y completamente confusa. Link y Harl la condujeron, claro, culminaron la natural elevación del terreno y vieron la forma alta del Glamorgan recortándose contra las estrellas.
Hubo un frenético agitarse de lo que parecieron ser hordas de uffts, apiñadas en torno a la portezuela de salida y, en enjambre, entrando y saliendo. Una luz dentro del ojo de buey proyectaba al exterior un inadecuado resplandor y a tan tenue iluminación formas rotundas, cerdunas, se veían luchando y forcejeando por entrar en la nave, si estaban fuera, o por salir si sucedía que estuvieran dentro. Link, vio, en el resplandor de esa luz que iluminaba, cosas metálicas. Evidentemente los uffts se estaban sirviendo de los contenidos de un compartimento de carga. Sacaban cuantos objetos pequeños podían transportar.
Harl volvió a bramar y sus seguidores, evidentemente, gritaron a su espalda y toda la masa marchó descendiendo por la colina hacia la congregación de uffts. Los unicornios aparentemente estaban dotados de una buena visión nocturna, porque ninguno de ellos cayó al tropezar con los peñascos que salpicaban la ladera.
La carga fue descubierta. Gritos y chillidos de alarma salieron de los uffts. No fue tanto tumulto, sin embargo, como el que eran capaces de hacer tan pequeñas criaturas. Los que llevaban botes y sartenes de aluminio, o utensilios de cocina, o herramientas pequeñas u otros objetos, que transportaban en su boca o simplemente arrastraban en la oscuridad, no podían gritar puesto que al hacerlo dejarían caer su botín. Link vio a uno de ellos con una sartén especialmente grande saltar a una hondonada, perderla, volverla a recoger y correr diez pasos para luego tropezar y una nueva caída antes de que encontrase una manera de sujetar el objeto de manera adecuada y continuar su loco galope.
Los otros uffts se desparramaron. Pero había peñascos aquí. Tras ellos lanzaron sus gritos de desafío:
— ¡Abajo los hombres! ¡Vivan los uffts!
Insultaron a los humanos que iban montando los unicornios. Hasta ahora el combate concernía, sin embargo, a la carga contra la espacionave, pero carecía en absoluto de ambiente. Los uffts del exterior o bien huían con lo que habían capturado y apretaban entre sus dientes, o se desparramaban para insultar a los hombres desde sus escondites entre las piedras y rocas de los alrededores. Pero había muchos más dentro de la nave. Salieron en un torrente de forcejeante intensidad. Los jinetes no trataron de detenerles. Parecían satisfechos, incluso complacidos consigo mismos por el pánico que dominaba a los uffts. Se apiñaron en torno a la portezuela de salida, pero permitieron pasar a los uffts en su huida.
—¿Qué haremos ahora?— preguntó Harl.
—Ver si Thistlethwaite está dentro — contestó Link con sequedad. Preparo el arma anonadadora. No hubo esfuerzo por parte de ninguno de los jinetes en utilizar sus lanzas contra los uffts. Link podía comprenderlo. Los uffts hablaban. Y un hombre puede matar a un animal peligroso, incluso molesto, pero sería insensato utilizar un arma mortífera en una criatura que aparentemente es incapaz de nada más peligroso que de morder la pata de un unicornio, o de romper las ropas de un hombre enterrado bajo un montón de los de su raza. Un hombre simplemente no pensaría en matar a un individuo que habla y que sólo puede dañarle de palabra.
Harl giró saltando de la silla y penetró dentro de la nave. Link le vio subir por la escalera metálica del interior. Hubo un frenético grito y algo cayó por los escalones con un repiquetear de cacharros metálicos. Un ufft salió rodando por la puerta y se lanzó hacia el horizonte, bramando.
Hubo más gritos.
— ¡Abajo los asesinos de los viajeros interestelares! — gritó un ufft invisible desde algún lugar próximo —. ¡Los hombres tienen manos! ¡Vergüenza! ¡Vergüenza! ¡Vergüenza! — gritó otro.
Luego se les unió un coro:
— ¡Hombres, idos a casa! ¡Hombres, idos a casa! ¡Hombres, idos a casa! ¡Hombres, idos a casa!
Los hombres de los unicornios parecieron intranquilizarse. Estaban agrupados en torno a la portezuela de salida de la nave. Había muchos uffts ocultos en las proximidades. Formaban una especie de bando que dominaba los insultos. A veces sus gritos adquirían un tono rítmico, continuado, como, por ejemplo, decían: «¡Hombres, idos a casa!» Entonces también se oía a veces un clamor frenético hasta que alguna voz especialmente estridente comenzaba otra frase más atractiva en su contenido insultante. Hubo golpes dentro de la nave. Harl bramaba en alguna parte. Más golpes. Los gritos de abuso se hicieron más y más fuertes. En apariencia los uffts sin carga alguna habían dejado de huir cuando se vieron libres de toda persecución. El torrente de insultos se hizo ensordecedor. En el mismo límite de la luz, que salía del ojo de buey, se podían distinguir cuerpos redondos, corriendo entre las peñas mientras gritaban sus epítetos.
Los jinetes se agitaron aprensivos. Las tácticas militares de los uffts, si así podían llamarse, consistían en gritos inflamatorios de efecto moral y en la mordedura de las patas de los unicornios como ataque directo. La situación corría en círculos y habían preparado ya el ataque sobre tres unicornios, como ocurriese en la calle del poblado. Los jinetes aquí, a la luz de las estrellas, se mantenían inmóviles porque Harl estaba dentro de la nave. Pero mostrarían su, perturbación ante la perspectiva de otro ataque semblante contra sus monturas. Es más, se oyeron gritos sanguinarios y encorajinadores desde la otra.parte de la colina, como si un grupo bélico de la ciudad ufft estuviese en camino para reforzar a sus semejantes que armaban tumulto en torno a la nave.
Pisadas. Dos pares de pisadas. Harl salió por la escotilla, muy furioso, siguiéndole un entristecido servidor.
—Este tipo es el que dejé para que vigilase la nave en su favor, Link — dijo Harl echando chispas —. El patilludo llegó con una multitud de uffts. No tenía ropas y dijo a este tipo que estaba en dificultades y necesitaba vestirse. Mi servidor creyó que era educado permitir que un hombre se vistiera, así que le permitió el paso. Y luego el patilludo le golpeó por detrás con algo, y lo encerró en una cabina y dejó entrar a los uffts.
—Mala cosa, pero... — empezó a decir con sequedad Link.
—Será mejor que nos pongamos en marcha — dijo Harl colérico —. No lo hemos encontrado. Debió escapar antes de que llegáramos. Abrió alguna puerta allá arriba, dice este tipo, y le oyó maldecir a los uffts porque se estaban llevando cuanto podían aferrar con sus dientes. Después escuchó algún ruido.
Un ufft saltó sobre un peñasco y se lanzó hacia los intranquilos y piafantes unicornios. No tuvo valor para conseguir su propósito. Dio media vuelta. Pero otros uffts efectuaron similares maniobras. Al poco se encontrarían debajo de las patas de los cuadrúpedos, mordiendo los pies de los animales y los pondrían en estampida.
—Será mejor que nos pongamos en marcha —repitió Harl—. Se muestran muy nerviosos.
—No — exclamó Link, ceñudo —. ¡Aguarde un momento!
Hizo girar la pistola anonadadora a su alrededor. Abrió la abertura del cono de fuego. Ajustó el mando de la intensidad de la descarga. Alzó el arma. Los gritos eran en verdad ensordecedores.
— ¡Granujas! ¡Villanos! — bramaban las corretonas y nerviosas criaturitas.
Link oprimió el gatillo. El arma emitió un ruido seco. Las cargas eléctricas se desprendieron de ella, esparciéndose. El arma, alcanzaría un centenar de metros en la más amplia dispersión de su fuego. Dentro del espacio en forma de cono afectaba a cualquier carne que no estuviese protegida por metal y formaría una fuerte y dolorosa descarga eléctrica, aunque totalmente inofensiva. Para hombres que nada sabían de electricidad eso resultaría sorprendente. Para los uffts no tendría paralelo y les parecería totalmente horripilante. Lanzaron gritos.
Link tornó a disparar, a otra zona de la oscuridad. Los chillidos de terror ufftiano llegaron hasta las estrellas.
— ¡Asesinos! — gritaron las voces uffts —. ¡Asesinos! ¡Nos estáis matando!
Link apuntó a las voces y volvió a disparar. Dos veces.
Los uffts en torno a la espacionave huyeron de allí, lanzando un griterío histérico en el que las quejas de que los afectados habían sido asesinados quedaron únicamente apagadas por los gritos más altos indicando o pretendiendo indicar que para todos los efectos las víctimas habían muerto.
—¡Sput! — exclamó asombrado —. ¿Qué está usted haciendo, Link? ¿No estará matándoles? ¡Les necesito para que me traigan material verde!
—Vivirán — contestó Link —. Espere aquí. Quiero ver lo que hizo Thistlethwaite. ¡De cualquier forma no intentó elevar la espacionave y conducirla a la Hacienda del Viejo Addison!
Entró. Subió por la escalera. Vio la puerta de un compartimento de carga. Había sido sellada herméticamente. Ahora estaba cerrada. Pero soldada a sus goznes. Thistlethwaite había utilizado un soplete de oxígeno. Una segunda puerta de carga. También cerrada. La tercera estaba abierta. Aparentemente era el compartimento del que había salido el pillaje, el botín de los uffts. Parecía vacía. La puerta de la sala de máquinas estaba también soldada y la del compartimento de la lancha espacial. La sala de control también sellada para la entrada de cualquiera sin por lo menos un cortafríos, aunque preferiblemente un soplete. Y había desaparecido el soplete de oxígeno.
Link tornó a bajar las escaleras, murmurando. Thistlethwaite había hecho al Glamorgan inútil para cualquiera que no poseyese un cortafríos o un soplete de oxígeno. Harl no podía apoderarse de los materiales que Thistlethwaite planeaba cambiar por duplicadores. El Viejo Addison podía...
En el antaño acolchado espacio de carga —miró en su interior sin ninguna esperanza— encontró una lata de plástico llena de judías, volcada en el suelo. La recogió. Era demasiado grande para que las mandíbulas de los uffts la aferraran.
Volvió a descender a la puerta de salida, apagando precavidamente las luces que Thistlethwaite había dejado encendidas. Se sentía profunda y salvajemente desencantado. Estaba casi en la portezuela de salida cuando se le ocurrió una idea. Volvió a entrar y tocó la soldadura del fondo de una de las puertas. Se quemó los dedos. Thistlethwaite hacía poco rato que se había marchado. No podría estar lejos.
Link volvió a encender las luces y efectuó un registro. El único objeto suelto que quedaba era una lata abierta de material para soldaduras, para taponar filtraciones de aire tales como las que el Glamorgan tenía costumbre de desarrollar. Era una pasta negra y pegajosa e incluso un ufft no la hubiese querido. Link sí.
Volvió a salir otra vez al aire libre. Dijo con sequedad:
—Sujete esto, Harl.
Entregó el recipiente de judías y se puso a trabajar en la aleta de aterrizaje en la que estaba la puerta de salida. Tenía sólo el quebradizo pincel utilizado para aplicar el producto soldador y sólo este producto que aplicar con él. La luz que recibía era de las estrellas. Pero cuando terminó leyó las irregulares letras del mensaje con cierta satisfacción. El texto decía:
THISTLETHWAITE:
LOS HACENDADOS ENCANTADOS CON LA PRUEBA DE LAS ARMAS PARA HACER QUE LOS UFFTS TRABAJEN SIN COBRAR. CONDUCE TU BANDA A UNA EMBOSCADA COMO SE PLANEO PARA EL USO EN GRAN ESCALA DEL ARMA. TEN CUIDADO. CON LINK. ES PRO UFFT Y EN SECRETO SIMPATIZA CON LOS UFFT.
—¿Qué es lo que hace usted, Link?-preguntó Harl —. Todos los uffts han huido, gritando. ¿Qué hace usted? ¿Y para qué es ese escrito?
—Este escrito — contestó Link —, es para acabar con el problema Thistlethwaite en Sord Tres. Quizás usted no se dé cuenta de que existe tal problema, Harl, pero hay que cuidarse de él. Y lo que yo hice fue utilizar una pistola anonadadora con la máxima dispersión y mínima potencia. Voy a pedirle, Harl, que vuelva a la Hacienda de inmediato a través de la ciudad ufft. Si tratan de oponerse les daré una ración más de lo que acaban de recibir. Creo que el efecto psicológico será saludable.
Harl meditó. Sus seguidores no parecían un cuerpo muy militar bajo la luz de las estrellas.
—Bue-e-e-no — contestó Harl —. No estoy seguro de lo que significan esas palabras, Link, pero pensaba que tendríamos un viaje muy difícil para regresar a casa, con los uffts mordiendo las patas de los unicornios todo el camino. Pero usted dice que no nos pasará nada, ¿verdad?
—Sí — contestó Link —. Digo que no les pasará nada. Lo garantizo.
—Entonces lo intentaremos — anunció con tono pesado Harl —. Oh... ¿Qué es eso que me ha dado usted para que guardase?
—Es un regalo de invitado para Thana — dijo Link.
Harl soltó un bramido.
—¡Vámonos, amigos! ¡Volvemos a casa! ¡Pasaremos por la ciudad ufft! Hay un chisme con un máximo de dispersión y un mínimo de potencia que apartará de nuestro paso a los uffts y deseamos utilizarlo un poco más con ellos.
La cabalgata se lanzó a otro largo y pesado viaje bajo las estrellas. Pasó algún tiempo antes de que los unicornios llegasen a la ciudad ufft. No estaba en silencio, aunque reinaba la oscuridad. Había agudos balbuceos por todas partes. Las historias agitadas de los uffts que experimentaron la pistola anonadadora estaban siendo discutidos por los uffts que no la experimentaron. Los que recibieron las descargas no podían describirlas y los que no lo habían hecho tampoco podía creerles. Las discusiones tendían a alcanzar una creciente acritud. Luego hubo los gritos de los hombres que estaban a punto de pasar por la ciudad. Los que no habían recibido descarga salieron valientemente a ponerse al paso, o al menos a hacerlo tan desagradable como pudieran.
Link dejó que la congregación de inquietos y vituperantes uffts se hiciese grande y próxima.
— ¡Asesinos! ¡Criminales! — Eran los epítetos más suaves arrojados contra los hombres. Uno de los uffts gritó —: ¡El mundo se enterará de esta matanza!
Otro continuó en el mismo sentido:
— ¡Sabrán cuántos de nuestros camaradas asesinasteis esta noche!
Los unicornios siguieron su marcha hacia adelante, con aquella andadura suya tan ondulante y peculiar. Las voces encontraron una palabra más sencilla:
¡Asesinos! — gritaban desde la oscuridad ¡Asesinos! ¡Asesinos!
En la actualidad, y Link lo sabía, ningún ufft en toda la ciudad hubiese podido encontrar un lugar en su piel que fuese más colorado que el resto, sin tener que esperar a la mañana siguiente.
Pero ahora... al poco, hubo un galopar enorme, arremolinado, enloquecido y una frenética barrera de gritos de uffts ante la cabalgata. Si los animales continuaban sus patas sufrirían. Recibirían mordiscos. Si daban media vuelta, los uffts cobrarían el coraje suficiente para seguirlos y acordonarlos, para caer sobre ellos y morderles también las patas.
Harl dio la orden de alto. La cabalgata se quedó inmóvil. Link dirigió a la creciente congregación de insultonas criaturas dos disparos más de la pistola anonadadora. Los individuos sufrieron el equivalente de picaduras de abeja durante la fracción de un segundo. Gritaron y huyeron.
El resto del viaje a través de la ciudad transcurrió sin accidentes, excepto que muy ocasionalmente algunos bravísimos uffts gritaban insultos desde un poco más de un kilómetro de distancia y luego se alejaban todavía más de la irregular fila de hombres y monturas.
Entonces se vieron en los kilómetros ondulados que quedaban más allá, dónde aparecían por entre la oscuridad debilísimas y escasas luces. Y luego, al poco, las casas del pueblo asomaron por ambos lados.
Thana salió a recibir a Harl y a Link, pero se la veía apenada porque su cena hubiera de recalentarse ahora y tuviese por tal motivo una calidad inferior. Cenaron. Link obsequió a Thana con la lata de plástico de judías. Harl preguntó qué eran. Cuando Link se lo dijo, contestó distraído:
—He oído decir que hay una Hacienda, más allá de la del Viejo Addison, que tiene judías. Pero jamás las probé. Duplicaremos unas cuantas y las tomaremos para desayunar. ¿De acuerdo?
Y Link fue acomodado a una sala de huéspedes, con una luz consistente en una mecha flotando en un plato de aceite. Durmió como un tronco, hasta una hora después de salir el sol. Luego le despertó el sonido de gritos. Desde la ventana no podía ver nada, así que se vistió y bajó con indiferencia a verlo desde la calle.
Había muchos aldeanos en el exterior, mirando a lo lejos. De vez en cuando gritaban dándose ánimos. Link vio qué era el objeto de esos gritos.
Una figurita pequeña y peluda, castamente envuelta en un mantel a cuadros rojos que le rodeaba la cintura, corría enloquecida hacia la Hacienda. La figura pertenecía a Thistlethwaite. El mantel a cuadros rojos que antaño estaba colocado en el comedor del Glamorgan. Thistlethwaite corrió como un ciervo y tras él venían los uffts bramando insultos y tratando de morderle los talones.
Llegó a la seguridad y los uffts se retiraron, gritando como la más suave de las acusaciones las palabras:
— ¡Traidor! ¡Asesino!
Pero de vez en cuando uno lanzaba un agudo chillido diciéndole:
— ¡Agente provocador!