CAPÍTULO 2
El Glamorgan siguió perforando el espacio. No el espacio normal, claro. En la clase ordinaria de espacio entre soles y planetas y sistemas solares generalmente un navío se ve estrictamente limitado al 98 y pico por 100 de la velocidad de la luz, porque la masa aumenta con la velocidad y la inercia se incrementa con la masa. Pero en un campo de superimpulsión las propiedades del espacio son modificadas. El efecto de la tensión electrostática sobre los aislantes es absolutamente anormal. Y la inercia, en lugar de multiplicarse con la gran velocidad, se convierte tan indetectable como en la velocidad cero. De hecho, la teoría dice que un navío no tiene velocidad en un campo de superimpulsión. La velocidad es el propio campo. El navío es transportado. Cabalga, por así decirlo.
Pero no había por qué meditar en tales abstracciones a bordo del Glamorgan. El efecto de superimpulsión era el mismo como si la nave perforase el espacio a muchas veces la velocidad de la luz. Con toda evidencia, la luz de delante era transportada ascendiéndola una gran cantidad de octavas, en algo tan distinto de la luz como lo es la radiación de onda larga respecto al calor. Esta radiación se veía refractada hacia el exterior del navío por el campo de superimpulsión y, por tanto, quedaba sin efecto sobre los instrumentos o personas. La luz de detrás se quedaba allí. La luz de los lados era también refractada hacia el exterior y se le alejaba. El Glamorgan flotaba tranquilo en un centro tensional del espacio, sin movimiento, insustancial, y tratar de comprenderlo podría producir jaqueca, pero apenas algo que fuese más útil o sensible.
Pero, sin embargo, aunque el Glamorgan en superimpulsión alcanzaba los fines de la velocidad sin necesidad de ella misma, la relación humana entre Link y Thistlethwaite era menos sencilla. El hombrecillo patilludo se mostraba apasionado cerca de su empresa. Link había deducido su ultrasecreto destino y Thistlethwaite estaba molesto por aquella hazaña. Incluso cuando Link le mostró cómo averiguó la existencia de Sord Tres como objetivo de su viaje, Thistlethwaite no se ablandó. Apretó los labios con fuerza. Se negó a dar más detalles acerca de lo que pensaba hacer cuando llegaran a Sord Tres. Link sabía que sólo hasta que tocase en tierra allí, en una lancha espacial, con su compañero y abandonase el planeta llevando una valiosa carga, Thistlethwaite no volvería a ser el mismo individuo alegre y confiado... pero todo dependía de que Link pudiese llevarle I destino apetecido.
A veces, en diversos momentos, sentía dudas. Entonces Link se censuraba a sí mismo por intentarlo. No obstante, Thistlethwaite había elegido al Glamorgan... como navío propio y había llegado hasta Trent con él. Pero había otras ocasiones en que no parecía que la nave pudiese llegar a ningún otro planeta. El libro de a bordo tenía una cantidad incontable de emergencias anotadas en sus páginas mientras el Glamorgan estaba en servicio.
Tenía filtraciones de aire. No intentaron mantenerle la presión interna hasta lo normal de 147 libras. Se quedaron en once, porque perderían menos aire con la presión más baja. Aún así, el hecho de que el Glamorgan tuviera escapes era una sola de sus singularidades. También olía mal. Su sistema de aire estaba remendado y sus generadores sucios y en momentos raros emitía sonidos irregulares sin motivo alguno que ellos pudiesen descubrir. El sistema de presión de agua en ocasiones funcionaba y otras no. La unidad de refrigeración a veces se ponía en marcha cuando no debiera hacerlo y otras no lo hacía cuando lo debiera. Era prudente sondear el termostato varias veces al día, para impedir que las mercancías congeladas se estropearan.
El generador de campo de superimpulsión también era cosa de pesadilla. Link no entendía el procedimiento, pero sabía que un campo no debería mantenerse en resistencia mediante capas externas manuales efectuadas en algunas de las bobinas, con las conexiones apretadas para que hiciese un buen contacto en vez de soldadas, pudiendo por esta razón soltarse en caso de emergencia. Pero se decía que casi todo en la nave era una emergencia. Link ya llegaba a sentir un gran respeto por Thistlethwaite porque mantenía en funcionamiento todo aquel cacharro. Pero estaba algo abrumado ante la idea de que alguien deliberadamente arriesgase la vida viajando en él.
Por último comprendió que la cosa estribaba en que Thistlethwaite era un excéntrico. La galaxia estaba llena de chiflados, cada uno de los cuales tiene misteriosa formación secreta sobre riqueza ilimitada que se puede encontrar en planetas externos inexistentes que contornean soles raras veces visitados, o en las profundidades de los satélites acuosos de las Cefeidas. Pero los chiflados sólo hablan. Su ambición es ser envidiados como hombres misteriosos y de vasto conocimiento. Nunca tratarán actualmente de encontrar los tesoros que pretenden conocer. Si les ofreces proporcionarle un navío y tripulación para cosechar las riquezas que describe con tanto detalle, te pondrá condiciones imposibles. No quiere arriesgarse a que sus sueños se destrocen al tratar de convertirlos en realidad.
Pero Thistlethwaite no era así. Era un chiflado, pero de clase particular. Y por su descripción de la riqueza que les aguardaba, Link consideró que debía estar mal de la chaveta. No había tal tesoro en la galaxia. Pero sí que había estado en Sord Tres y ganó algo de dinero... lo bastante para comprar el Glamorgan y su cargamento... y ahora intentaba regresar. Había contado con Link por necesidad, ya que el Glamorgan tenía que despegar de Trent cuando lo hizo, o no remontaría el vuelo en absoluto. Así que Thistlethwaite no estaba loco. ¡Pero sí era un excéntrico!
Echando chispas, pero resuelto, el hombrecillo trató galantemente de mantener en funcionamiento la nave hasta que su proyecto quedase completo. Desde el principio cuatro compartimentos, además del muelle de lanchas de salvamento, quedaron sellados a causa de que no podían conservar el hermeticismo. Un quinto compartimento perdía media libra de aire cada hora. Thistlethwaite trabajó en ello, rociando de espuma especial las junturas y uniones hasta que descubrió dónde desaparecía primero esa espuma jabonosa. Luego se afanó en aplicar parches. Esto no era el acto de un chiflado que sólo quiere le admiren, se mostraba consistente con la mentalidad extraviada que correría los riesgos más absurdos por llevar a cabo un propósito. Además, cuando después de días de trabajo aún no podía rebajar la pérdida de aire a menos de media libra por día, selló también aquel compartimento. El Glamorgan había sido un cacharro incapaz de nada práctico últimamente. Ahora desplegaba características para hacer que un hombre razonablemente paciente se desplomara y gritara.
Link se ofreció ayudarle en el proceso de sellado. Thistlethwaite le repuso:
—¡Métete en tus asuntos y yo me cuidaré de los míos! —su tono era ácido —. Eres muy listo resolviendo problemas que yo deseo conservar para mí.
—Sólo descubrí cuál era nuestro destino —respondió Link—. No averigüé por qué...
—Para enriquecerte — saltó Thistlethwaite —. ¡Ese es el porqué! ¡Yo quiero hacerme rico! Pasé la vida siendo pobre. ¡Ahora quiero tener dinero! ¡Mi primer socio lo consiguió y no pudo aguardar para disfrutarlo! Yo he esperado. No voy a decirle a nadie nada. Sé lo que haré. Tengo talento para el negocio. Jamás tu oportunidad de emplearlo. No tenía capital. Ahora voy a hacerme rico y realizaré cosas que siempre quise efectuar.
Link hizo unas cuantas preguntas más y el hombrecillo se volvió bruscamente sobre él.
—¡Gobernar el navío en su interior es cosa mía, como lo es tuya el rumbo! ¡Déjame estar! No quiero arriesgarme a que sepas lo que yo sé. ¡No deseo correr el riesgo de que calcules que te resultaría más beneficioso engañarme que jugar limpio!
En cierto modo esto significaba agudeza. Hay hombres que con toda naturalidad y sencillamente creen que el camino hacia el beneficio en cualquier empresa estriba en traicionar a sus asociados. El patilludo precisamente formaba parte de este grupo. No estaba seguro de que si Link era uno de los posibles traidores o no. Por eso mantuvo la boca cerrada.
—Eventualmente — dijo Link —, voy a tener que salir de superimpulsión para repasar el rumbo. ¿Estás de acuerdo?
—¡Eso es cosa tuya! —bramó Thistlethwaite—. ¡Ocúpate de tus asuntos y yo lo haré de los míos!
Desapareció, husmeando por el interior de la nave, repasando la presión de aire, pasando largos periodos en la sala de máquinas y volviendo con bastante frecuencia en silencio y secretamente por la escalera a la sala de control para mirar a Link con inveterado recelo.
Eso molestó a Link. Así que cuando decidió que debía romper la superimpulsión para verificar su posición, un asunto dudoso considerando los límites de su conocimiento, no lo notificó a Thistlethwaite. Simplemente cortó la superimpulsión.
Ocurriría meramente un instante de intolerable vértigo y de intensas náuseas y luego la sensación de una caída espiral hacia lo infinito, pero nada más. Esas sensaciones se produjeron. Pero al empezar hubo también un frenético rugido en la sala de máquinas. Y las luces disminuyeron de potencia. Thistlethwaite aulló con furia y se dejó caer a un infierno de arcos azules y de aislamiento chamuscado. En aquella atmósfera increíble de pesadilla tocó algo con un bastón o barra. Se agarró violentamente de una cuerda. Hizo girar una rueda con rapidez. Y los cortocircuitos se anularon. El antiguo sistema de aire acondicionado de la nave empezó a luchar contra el humo y los malos olores.
Necesitó dos días para efectuar reparaciones, durante los cuales no dirigió ni una sílaba a Link. Pero Link, por su parte, tenía trabajo. Efectuaba observaciones y comprobaba los datos con el Practical Astrogator sin cesar. Luego utilizó el computador para que estas observaciones tuvieran significado. Fielmente redactó la nota sobre estos ejercicios en el diario de a bordo. Le ayudaba a pasar el tiempo. Pero cuando la determinación de la posición de la nave por tres métodos distintos dio el mismo resultado, llegó a la sorprendente conclusión de que el Glamorgan estaba actualmente en el buen rumbo.
Se hallaba componiendo un tributo a sí mismo por la hazaña cuando Thistlethwaite entró brioso en la sala de control.
—Arreglé lo que estropeaste — dijo con amargura —. Ya podemos proseguir. Pero la próxima vez que hagas algo, espera a preguntármelo y yo te diré si puedes. Pudiste habernos destrozado.
Link abrió la boca para preguntar cómo podría estar más destrozado el Glamorgan de lo que lo estaba ahora, pero se contuvo. Concertó con Thistlethwaite bajar a la sala de máquinas. Gritó escaleras abajo. Thistlethwaite bramó su respuesta. Link volvió a repasar la dirección del navío, miró de reojo el cronómetro y colocó la superimpulsión.
No pasó nada, excepto el vértigo, la náusea y la sensación de caer en espiral hacia la nada. El Glamorgan volvía a estar en superimpulsión. El hombrecillo entró, frotándose las manos.
—Ese es el modo — dijo con truculencia —, de manejar esta nave.
Link garrapateó un memorándum del instante en que el Glamorgan había entrado en superimpulsión.
—Dentro de dos días, cuatro horas, treinta y tres minutos y veinte segundos — observó —, tendremos que salir de nuevo. Estaremos en alguna parte cerca de Sord, para entonces.
—Sí — repuso receloso Thistlethwaite —, sino tratas de echar sobre mí algo molesto... ya sabes a lo que me refiero.
Link se encogió de hombros. Había empezado a preguntarse últimamente por qué efectuaba este viaje tan misterioso. En parte tenía un buen motivo. La cárcel. Pero ahora comenzaba a mostrarse inquieto. Llevaba el cinturón monedero cerca de su piel y en él guardaba unos pequeños cristales. Había gente que asesinaría entusiasmada por robárselos. Otros le pagarían enormes sumas por adquirirlos. Lo malo era que no tenía idea específica de lo que deseaba hacer con una gran fortuna. Con pequeñas sumas, sí. Podría relajarse. Pero con fortunas... Sintió necesidad de afrontar lo inesperado. Incluso lo excitante.
Pasó un día y definitivamente la impaciencia le dominó. Estaba aburrido. Ni siquiera podía pensar en nada que escribir en el diario de a bordo. No mucho tiempo atrás hubo una chica con la que se sintió romántico. Intentó pensar sentimentalmente en ella. Fracasó. Hacía meses que no la había visto y probablemente se habría casado ya con cualquier otro hombre. El pensamiento no le molestó. Era enojoso que no le molestase. Buscó interés y excitación en los acontecimientos y meditó que se encaminaba hacia un planeta que no había establecido contacto auténtico con el resto de la Galaxia en doscientos años y que luego prometió disparar contra cualquiera que tomase tierra. Era sólo aquel un navío coladero, cuya maquinaria se estropeaba frecuentemente y en cualquier momento podría arder.
En una palabra, Link estaba aburrido.
Pasó el segundo día. Cuatro horas, treinta y tres minutos restaban. Intentó esperar acontecimientos interesantes. No tenía motivos para anticiparlos. Si Thistlethwaite tenía razón, sólo habrían relaciones comerciales en tierra y al poco un intento de llegar a alguna otra parte en el Glamorgan y después...
El patilludo bajó a la sala de máquinas y bramó que todo estaba en su sitio. Link se sentó junto al tablero de control, apoyado en sus codos, de un humor de puro escepticismo. No creía que nada en particular iba a ocurrir. En especial no creía en la historia de Thistlethwaite sobre fabulosa riqueza. Nada había tan valioso como lo que describiese Thistlethwaite. Tales cosas de momento no existen. Pero ya que había llegado tan lejos...
Dos minutos. Un minuto veinte segundos. Veinte segundos. Diez... cinco... cuatro... tres... dos... ¡Uno!
Desconectó el interruptor de superimpulsión. Se produjeron las acostumbradas sensaciones de caída turbadora, vértigo y náuseas. Luego el Glamorgan flotó en el espacio normal y allí había un sol no irrazonablemente lejos y todo el cielo estaba cubierto de estrellas. Link se sentía incluso pesimista acerca de la identidad del sol, pero un espectrofoto lo identificó. Era en verdad Sord. Había planetas. Uno. Dos. Tres. El tercero tenía casquetes polares; parecía que dos terceras partes de su superficie estaban formadas por agua y en general encajaba con la descripción del Directorio. Podía... haber una posibilidad... de que estuviera habitado.
Un tedioso largo tiempo después el Glamorgan flotaba en órbita en torno al tercer planeta a partir del sol. Masas de tierra moteada aparecieron por abajo. Había mares y más masas terrestres.
Thistlethwaite aguardaba en silencio. No podía haber ninguna comunicación con tierra, aun cuando ésta estuviese preparada para comunicarse. El sistema de comunicación del Glamorgan no funcionaba. Link aguardaba a que el hombrecillo identificase su destino. Cuando lo citara, probablemente habría dificultades.
—No hay mapas — dijo Thistlethwaite con amargura en la segunda órbita —. Pedí al Viejo Addison un mapa pero apenas sabía lo que quise decirle. ¡Jamás se molestaron en construirlos! Pero la Hacienda del Viejo Addison está cerca del mar. Cerca de una bahía, con montañas no muy lejanas.
Link no sintió alivio. No es fácil encontrar una señal terrestre de tamaño limitado en un mundo grande desde un navío que circunda el espacio, careciendo de mapas o tan siquiera de un comunicador que funcione. Pero en el cuarto circuito orbital las nubes que primero escondían cierto lugar se habían apartado. Thistlethwaite señaló.
—¡Ahí es! — exclamó, frunciendo el ceño como para cubrir sus propias dudas —. ¡Ahí es! ¡Baja un poco más!
Link aspiró profundamente. Las maniobras para que un navío entre en un espaciopuerto normal son precedidas por la comunicación, proporcionándosele desde el suelo las coordenadas, entrando en posición y aguardando. Luego la rejilla de aterrizaje extiende sus campos de fuerza y deja que el navío descienda. Esto es sencillo, cómodo y seguro. Pero aquí no había rejilla de aterrizaje. Aquí no había información. Y Link carecía también de experiencia.
Efectuó una órbita extra para fijar el indicado punto de aterrizaje en su mente y tratar de reducir la velocidad relativa de su navío y la superficie planetaria. En la séptima órbita del planeta hizo girar la nave de manera que viajase de popa para utilizar así la energía de sus cohetes como freno. Thistlethwaite permaneció en la sala de control, para contemplarlo todo. Agitadamente se masticaba hebras de sus propias patillas.
El navío tocó la atmósfera. Hubo un silbido alrededor que se convirtió en aullido, como si el antiguo casco protestase ante su propia destrucción. Luego hubo golpes y rebotes. Placas sueltas que vibraron en sus remaches y en las soldaduras que todavía permanecían aguantando.
Algo se libertó y golpeó atronador contra otras placas antes de perderse locamente en la nada. Empezó la vibración. Se convirtió en un temblor profundamente ominoso de toda la nave. Link accionó la palanca de los cohetes y la vibración cesó para aumentar cuando las emergencias abajo bramaron. Les dio potencia, y más, hasta que la deceleración hizo difícil resistirla. Luego, pero muy luego, la vibración pareció disminuir muy poquito.
La nave descendió en un viento huracanado de su propio movimiento. Ruidos increíbles sonaban en todas partes. El agujero producido por la plancha que se desgajó desarrolló un tono de órgano que creció con el volumen de un pequeño terremoto terrestre.
La nave siguió adelante. Enfrente estaba el mar azul. Más cerca, las montañas. Había un aspecto arenoso en la superficie del suelo. Las nubes envolvieron el navío que salió por debajo de ellas, bramando, y Link dio a los cohetes más poder de frenado. Pero el suelo todavía parecía ascender a intolerable velocidad. Hizo oscilar el navío hasta que los cohetes no lo soportaron, sino que sólo servían de freno.
Entonces realmente descendió, oscilando. Luchó contra él, aprendiendo a aterrizar mediante la práctica, pero sin tener siquiera una idea clara de cómo realizarlo. Dos veces trató de reprimir su descenso a costa de no insistir en su movimiento hacia la línea de la playa que no parecía tan lejana. Se inició en él la esperanza. Se concentró en conjuntar la velocidad con el panorama huidizo.
Lo consiguió. La nave se volvió casi imperceptiblemente con respecto a los hitos terrestres que podía ver. Algo que tenía un vago parecido con un pueblo apareció, muy abajo, pero no pudo fijarse. El navío de pronto se tambaleó, a menos de dos mil metros de altura. Luego Link, sudoroso, empezó la última etapa del descenso.
Thistlethwaite protestó agitado.
—¡Vi un pueblo! ¡Desciende! ¡Bajemos ahora!
Link cortó los cohetes; la nave empezó a caer como una piedra y de nuevo conectó los cohetes, para volverlos a cortar.
El Glamorgan tomó tierra con un estrépito tremendo. Osciló a un lado y otro, emitiendo unos terribles ruidos de rechinar. Se reafirmó. Se detuvo.
Link se secó la frente. Thistlethwaite dijo acusador:
—¡Pero aquí no es donde debimos aterrizar! ¡Tuvimos que haber bajado junto a ese pueblo! ¡Y ni siquiera es el que yo deseo visitar!
—Pues aquí es donde aterrizamos — repuso Link —, y hemos tenido suerte. ¡No sabes la suerte que hemos tenido!
Se dirigió a un ojo de buey para mirar fuera. La nave había aterrizado en una especie de hondonada, liberalmente salpicada de peñascos de diversas formas y tamaños. Altozanos arenosos, con escasa vegetación en sus laderas, aparecían por todas partes. A pesar de la posición erguida del navío, Link no podía ver por encima de las colinas un verdadero horizonte.
—Iré hasta ese poblado que vimos al bajar — anunció Thistlethwaite con aire importante —, y trataré de enviar un mensaje a mis amigos. Luego nos dedicaremos al negocio. Y jamás ha habido negocio como éste en toda la historia, desde que los hombres dejaron de utilizar arcos y flechas. Quédate aquí y cuida de la nave.
Tomó la única arma del navío, una pistola anonadadora de tamaño grande, se la colgó del hombro. Le daba un aire piratesco. Se puso un sombrero.
—Bueno. ¡Vigila la nave hasta que vuelva!
Bajó las escaleras. Link le vio descender por todos los pisos hasta llegar a la portezuela de salida en una de las aletas de aterrizaje. Desde la sala de control vio a Thistlethwaite dar grandes zancadas hasta lo alto de la colina más próxima, mirar exhaustivamente desde allí y luego alejarse con aires de grandeza y una compostura que indicaba confianza. Desapareció de la vista más allá de la cresta de la colina.
Link descendió también hasta la portezuela de salida. El aire era fresco y notablemente agradable para respirar. Notó que había llegado el momento de que ocurriese algo interesante. Esto no lo parecía. Aquí existía un panorama vulgar de aterrizaje, un cielo corriente y un aburrimiento normal. Se sentó en el alfeizar de la abertura de la portezuela de salida y aguardó sin expectación a que ocurriese algo interesante.
Al poco oyó diminutos chasquidos metálicos. Dos animalitos, muy semejantes a cerdos en tamaño y apariencia, aparecieron trotando a la vista. Sus cascos eran lo que emitían los sonidos metálicos. Vieron al navío y se detuvieron, contemplándolo con fijeza. No parecían peligrosos.
—Hola, vosotros — dijo Link en tono amistoso.
Las pequeñas criaturas desaparecieron al instante. Se lanzaron tras los peñascos, para ocultarse. Link se encogió de hombros. Miró a su alrededor. Al cabo de un poquito vio cómo un ojo asomaba para mirarle detrás de un peñasco. Pertenecía a uno de esos animales como cerdos. Link se movió con brusquedad y el ojo se desvaneció.
Una voz habló, salida aparentemente de la nada. Era desdeñosa.
—¿Nervioso, eh? ¿Asustado?
—Me sentí sorprendido — dijo Link con suavidad —, pero yo no diría que estoy asustado. ¿Por qué tenía que estarlo?
La voz murmuró sardónica:
—¡Uh!
De nuevo silencio. Quietud. Una espesísima vegetación que parecía haber existido allá donde el Glamorgan descendió sobre sus cohetes. Aquellos desparramados pedazos de zona vegetal habían sido convertidos en cenizas por las llamas, pero en el borde de la zona quemada unos cuantos fragmentos, todavía convertidos en brasas, emitían hebras de humo hacia el cielo, que se disipaban por el viento que descendía de las cumbres. En la cresta de la colina en sí un diminuto diablo arenisco giró durante un momento en forma de torbellino y se disipó.
La voz dijo brusca y desdeñosamente:
—¡Ahí estás en la puerta! ¿De dónde has venido?
Link contestó placentero:
—De Trent.
—¿Qué es eso?— preguntó la voz con viveza.
—Un planeta... un mundo como éste — explicó Link.
La voz dijo:
—¡Uh! — hubo una gran pausa. Por fin la voz preguntó —: ¿Por qué?
Link no tenía idea de qué o quién era su invisible interrogador, pero el tono de la pregunta indicaba desdén. Experimentó por su parte que lo más adecuado era mostrarse digno e impresionante. Dijo:
—Eso es algo que sólo debo explicar ante las adecuadas autoridades. El propósito de mi compañero y mío, sin embargo, es por entero admirable. Puedo decir que en un próximo futuro es probable que el aniversario de nuestro aterrizaje sea celebrado como fiesta nacional en todo el planeta.
Después de pronunciar esa afirmación, se sintió admirado. Cualquier cosa se podía deducir de sus palabras, sin embargo éstas nada significaban.
De nuevo el silencio. Luego la voz que dijo quisquillosa:
—¿Celebrada por los uffts?
Aquí Link cometió un ligero pero natural error. La palabra «uffts» que le era desconocida le sonaba mucho a "nosotros" y la tomó por esta última. Dijo profundamente:
—Yo diría que es una deducción razonable.
Mortífero silencio una vez más. Duró un largo rato. Luego la misma voz habló con viveza.
—Alguien viene.
Entonces le llegó el sonido de algo que se escurría detrás de los peñascos. Se percibieron los chasquidos metálicos. Hubo como fogonazos de piel de un rosado blancuzco. Luego las dos criaturas cerdunas aparecieron a la vista, galopando frenéticas desde la cresta de la colina sobre la que surgieron la primera vez. Se disiparon más allá de ella. Link volvió a hablar, pero no hubo respuesta.
Durante largo rato el silencio se extendió sobre la hondonada en la que había posado el Glamorgan. Link habló repetidas veces... con aire indiferente, con seriedad. El silencio parecía casi ominoso. Empezó a darse cuenta de que Thistlethwaite llevaba fuera largo rato. Ya había pasado más de una hora. Debería estar de vuelta.
No vino. Link estaba muy interesado cuando, al cabo de otra media hora, un desfile de improbable importancia vino descendiendo calmoso por la cresta de una colina, compuesto por Thistlethwaite en vanguardia y seguido por los animales como cerdos. Los miembros del desfile contemplaron interesados el navío y continuaron su marcha a un paso tranquilo, sin prisas. Había una docena de hombres, montados en grandes animales con patas y cascos que hubieran sido llamados unicornios, ya que desde el centro de su frente sobresalían flexibles y agudos apéndices en forma de cuerno. Los apéndices parecían desanimados, decaídos. La expresión facial de los animales que los llevaban era de completo cretinismo.
Esa fue la primera impresión. La segunda resultó menos agradable. El jefe de los jinetes llevaba el sombrero de Thistlethwaite... le venía pequeño... y tenía colgada al hombro el arma de Thistlethwaite. Otro jinete llevaba la camisa de Thistlethwaite y un tercero los pantalones del patilludo. Un cuarto lucía sus zapatos, como si fuesen un ornamento, colgando de la silla de montar. Pero de Thistlethwaite mismo no había ni señal.
Todos los recién llegados llevaban largas lanzas, picas, puñales y en su cinto grandes dagas metidas en fundas ornamentadas, con un tamaño de la mitad de una espada normal.
La cabalgata parecía tranquila pero prosiguiendo ominosamente hacia el Glamorgan. Se detuvo, sus miembros mirando a Link con expresión cuyo significado exacto no era fácil decidir. Pero Thistlethwaite se había alejado del navío con la única arma a bordo, un rifle anonadador. El jefe de este grupo lo llevaba, pero sin dar la menor señal de estar familiarizado con él. Link consideró que probablemente podía entrar dentro de la nave y cerrar la portezuela antes de que le pudiese ocurrir nada drástico. También debería descubrir qué le había pasado a Thistlethwaite. Así que dijo:
—¿Cómo están? Hace buen día, ¿verdad?