Odio racial
En realidad, Lovecraft siempre fue racista. Pero en su juventud ese racismo no supera el que está de recibo en la clase social a la que pertenece: la vieja burguesía, protestante y puritana, de Nueva Inglaterra. En este sentido también es, por supuesto, reaccionario. Pone las nociones de orden y tradición por encima de las de libertad y progreso en todos los terrenos, ya se trate de la técnica de versificación o de los vestidos de las jovencitas. Lo cual no tiene nada de original o excéntrico. Simplemente, es muy de la vieja escuela. Le parece evidente que los protestantes anglosajones están, por naturaleza, destinados al primer puesto en el orden social; hacia las demás razas (que de todos modos conoce bien poco, y no tiene la más mínima intención de conocer), sólo siente un desprecio benévolo y lejano. Que cada cual se quede en su sitio, que se evite cualquier innovación irreflexiva, y todo irá bien.
El desprecio no es un sentimiento muy productivo, literariamente hablando; más bien incitaría a un silencio de buen tono. Pero Lovecraft se verá obligado a vivir en Nueva York; allí conocerá el odio, el asco y el miedo, mucho más fértiles. Y será en Nueva York donde sus opiniones racistas se transformarán en una auténtica neurosis racial. Siendo pobre, deberá vivir en los mismos barrios que esos inmigrantes «obscenos, repelentes, de pesadilla». Se codeará con ellos en la calle, en los parques públicos. En el metro lo empujarán «mulatos grasientos y burlones», «negros horribles parecidos a enormes chimpancés». Los volverá a encontrar en las colas para conseguir empleo, y comprobará, horrorizado, que su porte aristocrático y su refinada educación, teñida de «conservadurismo equilibrado», no le reportan ventaja alguna. Valores como éstos no son moneda en curso en Babilonia; es el reino de la astucia y de la fuerza bruta, de los «judíos con cara de rata» y los «monstruosos mestizos que andan dando saltitos y se contonean de modo ridículo».
Así que ya no se trata del racismo bien educado de los WASP[5], sino del odio brutal del animal que ha caído en una trampa, que se ve obligado a compartir la jaula con animales de especies diferentes y temibles. Sin embargo, su hipocresía y su buena educación aguantarán hasta el final; como escribe a su tía, «no es propio de las personas de nuestra clase hacerse notar mediante palabras o actos desconsiderados». Según el testimonio de sus allegados, cuando se cruza con representantes de otras razas, Lovecraft aprieta los dientes, palidece un poco; pero conserva la calma. Sólo da libre curso a su exasperación en sus cartas… antes de hacerlo en los relatos. Una exasperación que poco a poco se transforma en fobia. Su visión, alimentada por el odio, llega al extremo de una franca paranoia y más allá, hasta el completo desequilibrio de la mirada que anuncia los desórdenes verbales de los «grandes textos». Por ejemplo, leamos cómo cuenta a Belknap Long una visita al Lower East Side, y cómo describe a su población de inmigrantes:
Las cosas orgánicas que rondaban por esa espantosa cloaca no podrían calificarse de humanas, ni siquiera torturándose la imaginación. Eran monstruosos, nebulosos bosquejos del pitecántropo y la ameba, toscamente modelados en alguna arcilla hedionda y viscosa producto de la corrupción de la tierra. Reptaban y supuraban por las calles grasientas, entrando y saliendo por puertas y ventanas de una forma que recordaba a una invasión de gusanos, o a desagradables criaturas surgidas de las profundidades del mar. Esas cosas —o la sustancia degenerada en gelatinosa fermentación de la que estaban hechas— parecían rezumar, infiltrarse y fluir a través de las grietas abiertas de aquellas horribles casas, y pensé en una hilera de tinas ciclópeas y malsanas, llenas hasta el borde de ignominias gangrenosas, a punto de rebosar para inundar el mundo entero en un cataclismo leproso de podredumbre semilíquida.
De esta pesadilla de infección malsana no conservo el recuerdo de ningún rostro vivo. El grotesco individuo se perdía en la devastación colectiva; sólo quedaban en la retina los vagos y fantasmagóricos contornos del alma mórbida de la desintegración y de la decadencia… una máscara amarillenta que ríe burlona mientras una ácida y pegajosa bilis supura de sus ojos, orejas, nariz y boca, con un burbujeo anormal de úlceras monstruosas e increíbles…
Indiscutiblemente, es un párrafo del gran Lovecraft. ¿Qué raza pudo provocar estos excesos? Ni él mismo está muy seguro; en algún lugar habla de «italo-semitas-mongoloides». Las realidades étnicas en juego tienden a desvanecerse; en cualquier caso los aborrece a todos, y ya no está en condiciones de entrar en detalles.
Esta visión alucinada es la raíz y el origen de las descripciones de entidades de pesadilla que pueblan el ciclo de Cthulhu. Es el odio racial lo que provoca en Lovecraft ese estado de trance poético donde se supera a sí mismo en el latido rítmico y enloquecido de las frases malditas; es el odio lo que ilumina sus últimos grandes textos con un resplandor horripilante y cataclísmico. El vínculo se ve muy claramente en El horror de Red Hook.
A medida que se prolonga la estancia forzada de Lovecraft en Nueva York, su repulsión y su terror aumentan hasta alcanzar proporciones alarmantes. Como escribe a Belknap Long, «no se puede hablar con calma del problema mongoloide de Nueva York». Más adelante, en la misma carta, declara: «Espero que esto acabe en guerra; pero no antes de que nuestras mentes hayan sido completamente liberadas de las trabas humanitarias de la superstición siria que impuso Constantino. Así que mostremos nuestra fuerza física como hombres y como arios, y llevemos a cabo una deportación científica en masa a la que nadie pueda sustraerse y de la que nadie pueda regresar». En otra carta, haciendo las veces de siniestro precursor, recomienda la utilización del gas cianógeno.
El regreso a Providence no arreglará nada. Antes de su estancia en Nueva York, ni siquiera sospechaba que las criaturas extranjeras pudieran infiltrarse en las calles de ese pueblecito encantador; en cierto modo, se cruzaba con ellas sin verlas. Pero ahora, su mirada ha ganado en dolorosa agudeza; y hasta en los barrios que tanto amaba encuentra los primeros estigmas de esa «lepra»: «Saliendo de diversas aberturas y arrastrándose por los angostos senderos se ven formas imprecisas que empero pertenecen a la vida orgánica…».
Sin embargo, poco a poco, retirarse del mundo logra su efecto. Evitando cualquier contacto visual con las razas extranjeras, consigue calmarse ligeramente; y flaquea su admiración por Hitler. Al principio lo consideraba «una fuerza elemental llamada a regenerar la cultura europea»; luego piensa que es «un payaso honesto»; y, finalmente, reconoce que «aunque sus objetivos sean fundamentalmente sanos, el absurdo extremismo de su política actual amenaza con llevar a resultados desastrosos y en contradicción con los principios de los que partía».
Al mismo tiempo, los llamamientos a la masacre son cada vez menos frecuentes. Como escribe en una carta, «o los ocultamos, o los matamos»; y poco a poco llega a pensar que es preferible la primera solución, sobre todo después de una visita al Sur, a casa del escritor Robert Barlow, donde observa, maravillado, que el mantenimiento de una estricta segregación racial puede permitir que un norteamericano blanco y culto se sienta a gusto en medio de un alto índice de población negra. Por supuesto, escribe a su tía, «en las estaciones balnearias del Sur no permiten a los negros ir a la playa. ¿Se imagina a personas sensibles bañándose al lado de una horda de grasientos chimpancés?».
A menudo se ha subestimado la importancia del odio racial en la creación de Lovecraft. Sólo Francis Lacassin ha tenido el valor de considerar el asunto con honestidad en su prefacio a las Cartas. Allí escribe: «La fuerza fría de los mitos de Cthulhu surge de la delectación sádica con la que Lovecraft entrega a la persecución de criaturas llegadas de las estrellas a unos seres humanos castigados por su semejanza con la chusma neoyorquina que lo había humillado». Esta observación me parece extraordinariamente profunda, aunque falsa. Lo indiscutible es que Lovecraft, como se dice de los boxeadores, «tiene el odio metido en el cuerpo». Pero hay que precisar que, en sus relatos, el papel de víctima suele desempeñarlo un profesor universitario anglosajón, culto, reservado y bien educado. De hecho, más bien un hombre como él. En cuanto a los verdugos, a los servidores de cultos innombrables, casi siempre son mestizos, mulatos, hombres de sangre sucia «de la especie más baja». En el universo de Lovecraft, la crueldad no es un refinamiento intelectual; es una pulsión bestial, que se asocia a la perfección con la más lóbrega estupidez. Y los individuos corteses, refinados, de maneras delicadas… son las víctimas ideales.
Ya vemos que la pasión central que anima su obra no es de tipo sádico sino, sobre todo, masoquista; lo que por otra parte sólo sirve para subrayar su peligrosa profundidad. Como señaló Antonin Artaud, la crueldad para con el prójimo sólo produce resultados artísticos mediocres; la crueldad hacia uno mismo es mucho más interesante.
Cierto es que HPL manifiesta una admiración ocasional por «las grandes bestias rubias y nórdicas», los «vikingos locos, asesinos de celtas», etc. Pero se trata, precisamente, de una admiración amarga; se siente muy lejos de esos personajes y nunca pensará, al contrario de Howard, en incluirlos en su obra. Al joven Belknap Long, que se burla amablemente de su admiración por «las grandes bestias rubias de presa», le contesta con admirable franqueza: «Tiene toda la razón al decir que son los débiles quienes admiran a los fuertes. Es exactamente mi caso». Sabe muy bien que en ningún Walhalla heroico de batallas y conquistas hay lugar para él, salvo, como de costumbre, el lugar del vencido. Está impregnado hasta los tuétanos de su fracaso, de su predisposición total, innata y fundamental al fracaso. Y en su universo literario tampoco habrá otro lugar para él que el de la víctima.