XIII
El 5 de marzo de 1518 Carlos V tomó una decisión que marcaría el resto de la vida de Juana de Castilla: puso al frente de la Casa de su madre al marqués de Denia, don Bernardo de Sandoval y Rojas. Era, a su juicio, el mejor hombre para tan difícil cargo, por su lealtad y por su firmeza. Y lo era, sin duda, para aquella misión de tener a buen recaudo a la Reina; quizá no lo fuera tanto para paliar las penosas caídas depresivas de doña Juana.
Porque lo cierto es que con la visita de sus hijos, Carlos y Leonor, y después de la alarma sufrida por la desaparición de su hija Catalina, doña Juana entró en unos frenéticos deseos de incorporarse a la vida activa:
La Reina, nuestra señora —informaba el marqués de Denia a Carlos V—, me ha hablado muchas veces. Hame dicho que quiere salir fuera y que yo saque a S. A…[127]
Pero Denia no estaba allí para animar a la Reina a una vida cada vez más activa, que le permitiera normalizar su existencia. Todo lo contrario:
Yo le he respondido, todas las veces que en esto me ha hablado —sigue Denia—, que el tiempo es con poca salud y que por esto S. A. no debe salir, que cuando sea tiempo ya lo haré saber a S. A…
«El tiempo con poca salud». ¿Con qué quería asustar Denia a la Reina? Evidentemente, con la gran amenaza que sufrían las gentes de aquellos tiempos: la peste.
Porque la gravedad de la peste era que, además de su extrema virulencia, no se sabía bien cómo combatirla.
Este es un punto que es preciso aclarar debidamente, para comprender el alcance de la argucia empleada por Denia.
De la peste solo se sabía entonces su terrible mortandad, que era altamente contagiosa, por lo que únicamente se empleaban, para combatirla, el aislamiento y el prender fuego a los enseres de las personas afectadas.
Por otra parte, con el título genérico de peste se aludía a diversas enfermedades, de la que la más frecuente era la peste bubónica; pero se desconocía que en su contagio intervenía de forma decisiva el binomio rata-pulga. Ya era entonces muy abundante en las ciudades, e incluso en las villas y en los núcleos rurales, la rata negra —el Rattus rattus—. Y compañera inseparable de la rata negra lo era un tipo de pulga particular al que los hombres de ciencia han puesto un nombre que pudiera parecer de princesa egipcia: la Xenopsylla cheopis; una pulga muy particular, porque cuando perdía su sufrido huésped ratuno buscaba como sustituto a los humanos. Ahora bien, la rata negra portaba endémicamente precisamente al bacilo causante de la peste bubónica: el Yersinia pestis también conocido como Pasteurella pestis, en honor de su descubridor, el célebre científico francés Pasteur. De esa forma, al chupar la sangre contagiada de la rata negra, la pulga (aquella Xenopsylla cheopis) hacía de puente, contagiando con sus picaduras al humano (hombre, mujer, niño o anciano) sobre el que saltaba. Y para aquellos mortales asaltos apenas si había forma de defenderse entonces, con la escasa higiene de la época, entre otras razones porque se desconocía que la pulga era la gran enemiga, con la que se convivía como con una compañera molesta, pero inevitable, como podía serlo el calor o el frío.
Y así se introducía el mal, y así se propagaba velozmente. Y claro es que el hambre, que tanto afligía a grandes capas de la población, preparaba bien el terreno, al debilitar los organismos, haciéndolos más vulnerables[128].
De ahí el formidable avance de la peste, que golpea a la sociedad renacentista, heredera aquí de los males medievales. Por lo tanto, toda alusión a la peste bloqueaba a las gentes, las dejaba atemorizadas, como maniatadas. De modo que esa era la fuerza del argumento empleado por Denia ante doña Juana:
… el tiempo es con poca salud…
Aun así, la Reina trató de recuperar su protagonismo, ordenando al Marqués que llamara a los personajes más destacados de la alta nobleza:
Hame dicho asimismo S. A. que haga venir aquí algunos Grandes…
¿Qué pretendía doña Juana? Su deseo es evidente: contar con el apoyo de los Grandes para recuperar su libertad. El mismo Marqués nos lo dice:
… porque se quiere quexar de la manera cómo la tienen y para saber de sus cosas…
¿Y cómo se enfrenta el Marqués con ese nuevo problema? Apelando a la sombra del rey don Fernando, el padre de la Reina, como si aún viviera, porque sabía que eso era una de las pocas cosas que imponían respeto a doña Juana:
Yo dixe a S. A. que en esto no harían nada los Grandes, porque el Rey Católico y ellos con todo el Reino ordenaron la manera que con S. A. se tiene…
Pero doña Juana insistía, y con tan apretadas razones, que hacen dudar a Denia sobre su locura; unas dudas que nos alcanzan a nosotros mismos:
Todavía está en salir y en llamar Grandes, y díceme a mí buenas palabras para atraerme a esto, que me espanta cómo lo dice quien está como S. A…,
En Denia apunta un sentimiento de culpabilidad. Pero se repone al punto, para asegurar a su señor que no por ello dejaría de cumplir con lo que tenía ordenado:
… y aunque no es sin trabaxo de la Marquesa y mío remediar y excusar estas cosas y otras, V. A. esté sin cuidado que, con ayuda de Nuestro Señor, no se hará otra cosa que no sea en vuestro servicio…[129]
Constreñida a su insufrible encierro, Juana tendría momentos de desesperación, con arrebatos de furia sobre sus sirvientas[130], que alternaría con adulaciones al marqués de Denia, en un intento claro de seducirle para que la dejara en libertad. No en vano era una mujer joven y era la Reina, dos poderosas razones que en un momento dado parece que hacen flaquear al marqués de Denia, su guardián:
… entonces S. A. se vino hacia mí y díxome que no era ella tan descomedida que a mí me había de hacer mal, que por buena fe no pensaba sino en tratarme como si fuese su hermano, y no quería sino salirse conmigo…[131]
La plática no fue corta; durante más de cinco horas Denia tiene que oír a la Reina y ha de escuchar más de una cosa peregrina, que no se atreve a repetir a Carlos V. Y todo se lo escribe de su mano «por ser de la calidad que es».
¿Qué fue aquello que Denia no se atreve a repetir al Rey? Quizá que doña Juana rechazaba la doble titulación regia, conforme aquella réplica que había dado a un servidor de palacio que le había anunciado la llegada de Carlos V («la llegada del Rey»): ella era la única reina de Castilla, que no el Príncipe, su hijo. Y por eso el Marqués apela a una argucia para presionar a la Reina: que lo que se hacía era por orden de Fernando el Católico, pero no como cosa pasada, sino como si Fernando aún siguiera vivo. Aquí la prueba del engaño es manifiesta, pues el propio Marqués la confiesa:
Yo he dicho a la Reina, nuestra señora, que el Rey, mi señor, su padre, es vivo, porque todo lo que se hace que no es en tanto contentamiento de S. A., digo que lo manda y ordena así el Rey, porque con el acatamiento que le tiene, pásalo mejor que lo pasaría si supiese que es muerto…[132]
Pero ¿cómo podía un padre tratar así a su hija y tenerla cautiva? Esa sería la pregunta que se haría doña Juana, que apremia a Denia para que escribiera a Fernando el Católico,
… porque no puede sufrir la vida que tiene, que ha tiempo que la tiene encerrada aquí y como presa, que aunque como hija le haya de acatar, que mire es razón que sea mejor tratada, y que sería razón que estuviese en parte donde pudiese saber de sus cosas…
¿Tuvo alguna oportunidad doña Juana de rebelarse, acudiendo a la poderosa alta nobleza? Sí, si la creemos a ella, que «hartos Grandes» se lo habían pedido[133]. Y quizá por eso mismo Carlos V extremó las medidas de precaución y las órdenes más tajantes de mantenerla aislada, de forma que Denia debería velar por la salud de su madre, pero en ningún caso la permitiría salir del palacio, y mucho menos hablar con ningún miembro de la alta nobleza. Y todo lo que le escribiera sobre doña Juana debía hacerlo mandando los despachos por correo seguro.
Evidentemente, el aislamiento de doña Juana en Tordesillas, tal como había sido montado por Fernando el Católico, es mantenido por Carlos V como si se tratara, y sin duda lo era, de una grave cuestión de Estado. Ahora bien, podía saltar una fuerza mayor: que la amenaza de peste fuera verdadera. Solo en ese caso, y cuando la necesidad fuese extrema, se la podía sacar a otro lugar seguro.
Y ahora es el mismo Carlos V el que habla:
En lo de la salida de la Reina, mi señora desa [Villa], en caso de necesidad, yo espero en Nuestro Señor que ahí ternéis salud; y porque no podría haber mudanza, por pequeña que fuese, sin grandes inconvenientes en nuestro servicio, querría que la estada en esa Villa fuese todo el tiempo que se sufriese e pudiese estar sin mucho peligro, y por esto os he encomendado y encomiendo tanto la guarda desa Villa; pero en caso de necesidad, y a no poderse hacer más, paréceme que debéis llevar a la Reina, mi señora, al monasterio de San Pablo de la Moraleja…
Y como no sería cosa de consentirla que sacase otra vez el cuerpo muerto de Felipe el Hermoso, habría que engañarla, preparando un ataúd similar, «y díganle que allí va, y llévenlo en sus andas, como se acostumbra»[134].
Todo hacía prever, pues, que la situación de doña Juana en Tordesillas no iba a mejorar bajo el mandato de su hijo; que lo que había dispuesto Fernando el Católico, para que su gobierno de Castilla no se interfiriese con posibles intrigas de quienes quisiesen valerse de la Reina y manejarla para sus intereses particulares, no se modificaría.
Pero pronto los acontecimientos que se estaban desarrollando en Castilla cambiarían ese panorama, dando a doña Juana una última oportunidad de conseguir su libertad.
Pues estaba incubándose aquella grave rebelión que conocemos con el nombre de las Comunidades de Castilla.
¡Las Comunidades de Castilla! He ahí un tema soberbio, sobre el que se han volcado los ensayistas más brillantes, como Azaña o Marañón, y los historiadores más ilustres, como Maravall, Joseph Pérez o Gutiérrez Nieto, y que yo mismo procuré estudiar con cierto detalle.
A través de esos trabajos se ha podido conocer lo más destacado de la documentación de la época, recogida en los grandes Archivos nacionales, y en particular en el de Simancas; quizá quedara por examinar lo que deparaban los Archivos locales de las ciudades más afectadas, lo que me llevó a mí a rastrearlo, tomando como modelo la ciudad de Zamora[135].
Como es bien sabido, uno de los momentos cenitales de aquella sublevación fue la toma de Tordesillas por los comuneros y su contacto con doña Juana. Pero para entender todo su alcance, será preciso tener en cuenta los rasgos generales del alzamiento.
Y en primer lugar, su furia inicial y su rápida propagación, conmoviendo los cimientos de aquella sociedad tan fuertemente jerarquizada, hasta el punto de que pareciera adelantarse en dos siglos y medio a las grandes conmociones políticas y sociales del siglo XVIII.
En segundo lugar, el subrayar que bastase una escaramuza, como fue la librada a la vista de Villalar, para que la rebelión se apagase, quedando tan solo el rescoldo de Toledo, donde todavía resistirían los comuneros durante diez meses, hasta verse sometidos al dominio imperial.
En tercer lugar, que se viera en aquel conflicto como aliados a la Corona y a la alta nobleza, contra lo que parecía el signo de los tiempos.
En cuarto lugar, que el alzamiento comenzara como una insurrección de las ciudades y villas más destacadas de las dos mesetas castellanas, con un doble carácter xenófobo y constitucionalista; eran las ciudades que controlaban las Cortes de Castilla y que se consideraban orilladas por el nuevo poder representado por Carlos V, y ofendidas por la entrega del país en manos de los ministros flamencos del Emperador. Pero a ese movimiento urbano pronto le salió un incómodo aliado: el campesinado de las zonas de señorío, contagiado de ese espíritu de rebelión, y que se alzaría contra sus señores. Y eso cuando la rebelión urbana, controlada en un principio por el patriciado, iba cayendo en manos populares, complicando la inicial rebelión política con otra social.
En quinto lugar, la falta de un verdadero caudillo del movimiento que supiera forjar el instrumento armado necesario para que la revolución triunfase.
Revisemos algunos de esos supuestos.
En primer lugar, la furia inicial y la rápida propagación del alzamiento por las dos mesetas. ¿Qué lo favoreció? Aquí bien se podía recordar la frase popular: llovía sobre mojado. Pues todo lo que estaba ocurriendo en Castilla, a partir de la llegada de Carlos V, no hacía sino recordar lo que había pasado once años antes, durante el breve reinado de Felipe el Hermoso: que el poder estuviese en manos de un extranjero que ni siquiera conocía la lengua, y que este se dejase gobernar por sus consejeros flamencos, los cuales parecían entrar a saco en el país, como si se tratase de un fantástico botín. Y esto ocurriendo en la nación que tenía a orgullo haberse puesto a la cabeza del poderío mundial de la época.
Por lo tanto, eso quería decir que la crisis política abierta con la muerte de Isabel la Católica seguía en pie, y que el mal recuerdo dejado por Felipe el Hermoso se renovaba ahora a la llegada de su hijo Carlos.
Esa mala impresión, ese ambiente tenso, ese temor a un futuro puesto en manos otra vez de un príncipe extranjero y de su equipo de consejeros flamencos, pronto se convirtió en profundo malestar, sobre todo cuando se vio que el arzobispado de Toledo, que aún parecía recordar a la figura del gran Cisneros, era dado a un adolescente de los Países Bajos un jovencillo de diecisiete años cuya única virtud era ser sobrino del todopoderoso Chièvres, el valido de Carlos V.
Un malestar agudizado en 1519, ante la noticia de que Carlos había sido elegido Emperador; nueva mal acogida en Castilla, porque se temía, y pronto se vio que era un temor con fundamento, que el joven Rey, ya convertido en el emperador Carlos V, iba a posponer las cosas de España, y que el dinero y las energías hispanas, y muy en particular las de Castilla, iban a consumirse en pro de otros intereses. De forma que cuando Carlos V convocó Cortes en Castilla en 1520, antes de que pasara el tradicional plazo de los tres años, para solicitar unos servicios —nombre, como es bien sabido, que se daba al impuesto pagado por los pecheros—, servicios que habían de ser destinados precisamente a costear el viaje imperial a Alemania, el descontento se tradujo en una fuerte oposición que se manifestó en el seno de aquellas Cortes castellanas; y el hecho de que se celebraran en Galicia, contra toda costumbre, alteró más los ánimos.
En otro lugar hemos comentado ampliamente los resultados de aquellas Cortes de 1520, con las sucesivas votaciones promovidas por la Corona, ante la insistente negativa de la mayoría de sus procuradores a conceder los servicios solicitados por Carlos V[136]. Y cuando al final, trasladadas las Cortes de Santiago a La Coruña, el poder regio obtuvo una victoria por una mínima mayoría, tras de constantes presiones sobre aquellos procuradores, Castilla se alzó en armas contra el Emperador.
Fue la primera Toledo, acaso la ciudad castellana más agraviada por el nuevo Rey. Y hasta tal punto que Carlos V, al que llegó la noticia del alzamiento antes de embarcarse para su destino imperial, estuvo dudando si suspender su viaje, para sofocar la rebelión, o dejarlo todo en manos del Gobernador nombrado para representarle en su ausencia, que era el cardenal Adriano de Utrecht; otro grave error, sin duda, pues ese nombramiento se había hecho público después de la solemne promesa imperial de no dar más cargos en el Reino a extranjeros.
Un alzamiento toledano que pronto se extendió a la mayoría de las ciudades de las dos mesetas castellanas, sobre todo después de que el ejército real quisiera castigar a los segovianos haciéndose con la artillería sita en Medina del Campo; y como los medinenses se negaran a entregarla, alegando que no podían consentir que con aquellos cañones de Medina se bombardeara a sus hermanos segovianos, la réplica del ejército regio fue el incendio de la próspera ciudad de los tratos de mercaderes.
Y ese incendio fue el que se propagó rápidamente por toda Castilla. Pronto Toledo y Madrid, Segovia y Ávila, Salamanca y Zamora, León y Toro, y hasta las mismas Valladolid y Burgos, se alzaron contra Carlos y sus ministros.
Pero fue también entonces cuando se vio la fragilidad del movimiento urbano, al carecer de un auténtico instrumento armado que impusiera sus principios; no pudiendo organizar las ciudades levantadas más que milicias mal armadas, y lo que era peor, sin la debida vertebración ni sentido táctico alguno; de forma que sus éxitos iniciales fueron más bien el resultado del vacío de poder dejado por Carlos V en su ausencia de España. Aquellas milicias carecían de caballería y, por supuesto, tampoco contaban con artillería; sus voluntarios no mantenían la debida disciplina propia de un ejército, entrando y saliendo de las filas a su antojo; y lo que era peor, en ningún momento se plantearon un claro sistema operativo, salvo en el avance sobre Tordesillas. Pero incluso en ese caso no acabarían sabiendo mantenerla en su poder, ni intentar recuperarla, después de haberla perdido.
Organizada una Junta Santa de las ciudades comuneras para canalizar el alzamiento, tampoco dicha Junta mostró tener las ideas claras en el terreno militar. Y así, después de dar el mando a Padilla, vacila y lo sustituye por Girón, un miembro de la alta nobleza cuya fidelidad a la Junta comunera resultaría más que dudosa.
Pero no seguiremos adelantando la evolución de los acontecimientos. Algo más importante para nuestro relato se nos ofrece: la entrada de las milicias comuneras en el escenario de Tordesillas y la presentación ante la reina doña Juana de los cabecillas Padilla, Bravo y Maldonado.
Porque en esos momentos iniciales del alzamiento comunero, constituida ya la Junta Santa de Ávila, las miradas de los rebeldes se dirigieron pronto a Tordesillas. Eso lo tenían muy claro: si habían de oponerse al mal gobierno de Carlos V era preciso no derrocar la Monarquía —cosa que en aquellos tiempos nadie pensaba, ni por asomo—, sino contraponer al mal príncipe la estampa del buen príncipe. Y dado que el infante don Fernando ya había salido de España —hábil medida que había tomado Carlos—, no cabía otra salida que apoyarse en doña Juana, de cuya locura muchos dudaban, y que era la regia cautiva de Tordesillas. De forma que el valor que adquiría la figura de la desventurada Reina era tan evidente, que hacia Tordesillas se dirigieron todas las miradas de los comuneros. Y como el espíritu de rebelión se generalizaba por toda Castilla, pronto afectó a la propia Villa.
No tenía nada de extraño: a mitad de camino entre Toro y Valladolid, en esa línea del Duero prácticamente toda ella levantada contra el Rey, desde Soria hasta Zamora, Tordesillas no podía ser la excepción. Y de ese modo, incluso antes de que las milicias comuneras que acaudillaba Padilla se presentasen ante la Villa, los vecinos de Tordesillas se pusieron en armas el 24 de agosto de 1520, adelantándose unos días así a la llegada de Padilla y sus hombres.
La comunidad de Tordesillas envió una comisión a palacio, exigiendo una entrevista con doña Juana. El propio Corregidor de la Villa fue recibido. Y la Reina mostró algunos signos de reacción: recordando el nombre de varios consejeros de la época de su padre Fernando el Católico, pidió verlos; entre ellos estaba el licenciado Polanco y un antiguo profesor de la Universidad de Salamanca, de ella bien conocido: el doctor Diego Ramírez de Villaescusa, que había sido su capellán en su primera etapa de condesa de Flandes y que posteriormente tendría un papel de primer orden en la vida universitaria salmantina, como fundador del famoso Colegio Mayor de Cuenca.
Diego Ramírez de Villaescusa había acompañado a la Reina en aquellas jornadas suyas por las tierras de Castilla, a raíz de la muerte de Felipe el Hermoso; pero en 1514 el rey Fernando le había apartado del cortejo de doña Juana, acaso por recelar que estaba adquiriendo demasiado predicamento cerca del ánimo de su hija, dándole un retiro honroso: la presidencia de la Chancillería de Valladolid. Era, por lo tanto, todo un personaje el que la Reina llamaba a su lado.
Pero esas entrevistas, si esperanzadoras para los que confiaban en una reacción de doña Juana que permitiese oponer un gobierno nacional al de Carlos V, no acabaron resolviendo nada, porque fue imposible sacar a la Reina de su apatía, en especial, de su apartamiento de la política.
Algo que también comprobarían pronto los jefes comuneros.
El 29 de agosto de 1520 Padilla entraba en Tordesillas. Acompañado de Juan Bravo, el jefe de las milicias segovianas, y del madrileño Francisco Zapata, se presentó ante la Reina.
Juan de Padilla ante Juana de Castilla. Es un momento histórico que todos perciben. Padilla no era un amotinado cualquiera. Era miembro destacado del patriciado urbano de Toledo, y por su matrimonio con María Pacheco, la hija del conde de Tendilla, el primer capitán general de Granada, estaba emparentado con la alta nobleza castellana. Y la Reina lo recibe con buen talante. Oye el largo discurso que ante ella hace el comunero toledano, mostrando los agravios del Reino por el desastroso gobierno de su hijo, mal aconsejado por sus ministros flamencos. Padilla hace saber a doña Juana que la Santa Junta montada en Ávila para salvar al Reino le mandaba ante ella para liberarla de su cautiverio y para que volviera a tener en su mano todo el poder regio. Y así estaban allí para oírla y para obedecerla,
… e si manda V. A. que estemos aquí en su servicio…
Momento cargado de emoción, de sentido político, de valor histórico. La revolución comunera llegaba hasta el trono.
Un trono ocupado por aquella mujer tan acorralada. Se comprende que Juana recibiera a los cabecillas comuneros con alivio. En principio, portaban un aire de libertad que parecía acabar con su odioso confinamiento. Ahora todo dependía de doña Juana, al igual que cuando había llegado a Tordesillas la noticia de la muerte de su padre, Fernando el Católico.
Pero no igual del todo, porque ahora y por primera vez parecía que un amplio sector de la sociedad estaba pidiendo a gritos la vuelta de la Reina a la normalidad, ofreciéndole todo su apoyo. Pero ¿sería capaz doña Juana de vencer tantos años de apartamiento de la vida activa? ¿Podría barrer tantos fantasmas acumulados? ¿Lograría volver por sus fueros de Reina y señora de Castilla, y aun de España entera, ella, la hija de la gloriosa Isabel la Católica, ella que era la auténtica reina propietaria de la corona?
De momento, la respuesta que dio a los cabecillas comuneros les permitió albergar algunas esperanzas:
Sí, sí —se le oyó repetir—, estad aquí a mi servicio y avisadme de todo e castigad a los malos, que en verdad yo os tengo mucha obligación.
A lo cual Padilla contestó resueltamente:
Ansi se hará como V. M. lo manda[137].
¡La Reina había dado órdenes! ¡La Reina había aprobado lo hecho por los comuneros! Es más: los había tomado bajo su servicio.
Todo parecía ganado. Con tal apoyo, nadie podría dudar en Castilla acerca de quiénes eran los verdaderos defensores del Reino y de sus usos y libertades, y de quiénes eran los usurpadores; de quiénes eran los leales y quiénes los traidores; ni tampoco sobre dónde estaba la legalidad y dónde la tiranía. De forma que los cabecillas comuneros pudieron comunicar jubilosamente a la Junta Santa:
Creemos haber echado buen fundamento para la paz e sosiego e buena gobernación destos Reinos…
Y dadas esas circunstancias, ¿no sería lo correcto que la Junta comunera se trasladase a Tordesillas, cabe la Reina? En una segunda entrevista, mantenida con doña Juana el 1 de septiembre, Padilla se lo planteó, obteniendo su asentimiento. Incluso dio indicios la Reina de estar dispuesta a asumir el poder regio, con todo lo que aquello suponía:
Vengan aquí —se le oyó decir—, que yo huelgo dello y de comunicar con ellos lo que conviene a mis Reinos[138].
Era una orden verbal, y sin duda no era poco, en especial para los testigos del acto; pero ¿sería suficiente, de cara a todo el Reino? ¿No sería mejor que la Reina ratificase sus palabras con una orden escrita y firmada de su mano? Eso sí que hubiera sido un paso decisivo, algo más sólido que oponer a los que seguían defendiendo el gobierno del príncipe Carlos. Y Padilla, consciente de la importancia de aquel gesto, animado con los avances conseguidos, confiando en lograrlo, así se lo pidió.
Sería en vano. A partir de ese momento Juana de Castilla, vacilando ante la responsabilidad que se abría ante ella, volvió a encerrarse en su anterior apatía. Lo más que se conseguiría sería que aceptase que un escribano tomara nota de sus órdenes:
Que luego viniese un escribano antella para escribir y dar fe cómo ella mandaba a los de la Junta que estaban en Ávila que vengan a Tordesillas[139].
Cumpliendo ese mandato, la Junta Santa comunera hacía su entrada en Tordesillas el 20 de septiembre de 1520.
Durante dos meses y medio, la Junta comunera trataría de gobernar el Reino apoyándose en doña Juana, echando de palacio al odiado carcelero, al marqués de Denia.
Dos meses y medio de libertad: un sueño demasiado breve para una vida tan dilatada.