XII

Fernando el Católico tuvo sus dudas a la hora de redactar su Testamento. ¿A quién dejaría sus Reinos de la Corona de Aragón? ¿A Carlos, el nieto varón mayor y que ya era el heredero de la Corona de Castilla? ¿O al otro nieto, al que llevaba su nombre y se había criado a su lado? ¿Al que había nacido en Gante, o al que lo había hecho en Alcalá de Henares? Si se hubiera dejado llevar de sus sentimientos, la elección no hubiera tenido dudas, y así se reflejó en una primera redacción del documento. Pero sus consejeros le hicieron ver lo peligroso de aquella decisión, al enfrentar a los dos hermanos, iniciando una disputa que podía fácilmente acabar en una guerra civil; aparte de que de esa manera se destruía aquella obra política de la unidad de España, que había sido el gran proyecto de los Reyes Católicos.

Un consejo que era dudoso que Fernando deseara, dado que últimamente había dado muestras de desvío hacia esa unidad hispana, en especial por su boda con Germana de Foix y con la cláusula de que los hijos que hubiera de aquel matrimonio serían los herederos de la Corona aragonesa. Al final, sin embargo, prevaleció la razón de Estado, y Carlos fue el designado.

Ahora bien, dado que Juana era la Reina propietaria de las dos Coronas, y dado su desvío hacia las tareas políticas, era urgente que Carlos, que ya había cumplido los dieciséis años, asumiera pronto sus deberes como el nuevo Gobernador, sucediendo a Fernando el Católico. Y Cisneros, como Regente en su ausencia, se dispuso a que así fuera proclamado.

Fue entonces cuando se produjo lo que para algunos autores —y en particular, Joseph Pérez— constituyó un auténtico golpe de Estado. Pues Carlos, asesorado por los consejeros que con él estaban en Bruselas —y no solo los flamencos, como Chièvres, sino también los españoles, como don Juan Manuel—, mandó órdenes estrictas a Cisneros para que no se le diese tal título de Gobernador.

Carlos quería más. Impaciente por ocupar el trono de España, exigió que se le proclamase Rey, no desplazando a su madre —al menos, en la fórmula del título—, sino acompañándola, yendo los dos juntos, en los documentos oficiales, Juana y Carlos, la madre y el hijo, ambos con título regio.

Tal fue la orden mandada desde Bruselas el 21 de marzo de 1516.

Era una fórmula insólita. Jamás se había visto algo semejante. Ya había sido innovadora la solución a que habían llegado los Reyes Católicos, en la Concordia de Segovia, pero al menos ellos eran marido y mujer. Ahora el hijo, con ese título regio en vida de su madre, era evidente que quería el poder sin cortapisa alguna; lo cual, en una Monarquía autoritaria como la que entonces existía, era algo a tener en cuenta.

Esa era la orden que llegó a Castilla. Al principio, Cisneros se resistió a aceptarla, como demasiado innovadora y como de dudosa legalidad; pero ante la firmeza de Carlos, acabó sometiéndose, acaso por su sentido de servidor fiel de la Monarquía, acaso porque acabara convencido de que era, en efecto, la mejor fórmula para evitar posibles conjuras a favor del infante don Fernando —pues no era lo mismo, evidentemente, conspirar contra un Gobernador que contra un Rey—, acaso también porque viera que de ese modo quedaba resuelto aquel problema de «poner a buen recaudo» a la Reina doña Juana.

Y de ese modo, Cisneros acabó siendo el más firme defensor de aplicar la fórmula marcada por el futuro Carlos V. Convocó al Consejo Real en su residencia-palacio de Madrid, así como a los miembros más destacados de la alta nobleza y les notificó las órdenes que habían llegado de Flandes. Y, sin que ello le cogiera por sorpresa, encontró en casi todos una fuerte resistencia: eso era ir contra las leyes del Reino y nada semejante había ocurrido jamás.

Cisneros había tenido la precaución de montar un fuerte contingente armado en la plaza a la que daban los balcones de su palacio, y así pudo mostrar sus poderes, con una frase que ya se haría legendaria; advirtiendo a los presentes que no les pedía consejo, no habiendo sido llamados para eso, sino que se limitaba simplemente a informarles de lo que iba a ocurrir: la inmediata proclamación en Madrid de Carlos como Rey de Castilla, conjuntamente con su madre doña Juana.

De ese modo el octogenario Cisneros demostró que no había perdido con los años la firmeza de carácter que siempre había tenido. Y así mandó al punto al Corregidor de Madrid —que lo era entonces don Pedro Correa— que

… luego hiciese alzar pendones, en la forma acostumbrada, por el Rey don Carlos, nuestro señor…[117]

Pero, bien por prudencia política, para no aparecer ante la opinión pública con el odioso papel del hijo que atropellaba desde el primer momento los mejores derechos de la madre, bien por auténtico respeto filial, o ya por ambas razones, como es lo más probable, Carlos V ordenó que a su título se le antepusiera siempre el de doña Juana.

Y de ese modo, los documentos regios fueron encabezados desde entonces de la siguiente forma, verdaderamente innovadora:

Doña Juana e Don Carlos, su hijo, reina y rey de Castilla, de León, de Aragón…[118]

Más tarde, cuando a partir de 1519 Carlos asume el título imperial, la fórmula cambiaría ligeramente, dando preeminencia a la dignidad del Imperio, pero conservando la marcada para los reinos hispanos. Así, la titulación quedaría definitivamente de este modo:

Don Carlos, por la divina clemencia Emperador siempre augusto, rey de Alemania, doña Juana, su madre y el mismo don Carlos, por la misma gracia reyes de Castilla, de León, de Aragón…[119]

Evidentemente, era un golpe de Estado[120], en cuanto a que fue una orden impuesta desde arriba, sin tener en cuenta los tradicionales requisitos que en materia sucesoria debían tenerse, como era la consulta previa a las Cortes de Castilla; pero acabó imponiéndose como la más adecuada para salir al paso de la difícil situación provocada por la incapacidad de doña Juana.

En definitiva, de ese modo y con esos títulos, Carlos se pondría en camino para España.

Parecería natural que Carlos V precipitara aquel viaje, que tanto suponía para su futuro, y que tratase de asegurar cuanto antes el dominio de sus nuevos Reinos, para él desconocidos. Sin embargo, no fue así. Al contrario, pasarían casi dos años antes de que lo efectuase.

¿A qué se debió tal espera?

Para mí influyó en el ánimo del futuro Emperador el hecho de la impresionante aparición en el escenario político de un personaje de primer orden: Francisco I de Francia. El nuevo monarca galo, a poco de ascender al trono, inició una aventura italiana, irrumpiendo con tal fuerza sobre la Lombardía que en 1515 se había apoderado del ducado de Milán, tras una brillante victoria en los campos de Marignano. Ante tal empuje Carlos V y sus consejeros pudieron temer que los Países Bajos quedasen demasiado a merced de tan ambicioso vecino. En suma, que era bueno llegar a un entendimiento con el Rey francés, antes de emprender el viaje a España.

Así surgió el Tratado de Noyon, firmado en 1516, por el que la Corte de Bruselas hacía hartas concesiones a la de París: tributo anual de 100.000 ducados, como compensación del dominio sobre el reino de Nápoles, revisión del caso navarro, que había de quedar a un arbitraje en manos de terceros, y futura boda de Carlos con una princesa francesa; acaso demasiado, pero al menos era la vía diplomática para asegurar un paso pacífico a España.

Tales negociaciones diplomáticas en 1516 y las naturales complicaciones de un viaje marítimo de aquella envergadura, con la necesidad siempre de esperar los vientos favorables, hizo que el paso a España no se realizase hasta entrado el mes de septiembre de 1517. El 4 embarcaba en Flesinga la flota, acompañando a Carlos su hermana mayor Leonor, que entonces contaba diecinueve años, y lo más granado de su Corte flamenca, junto con el grupo de españoles que había sabido buscar la protección del nuevo poder. El 5 la flota izaba velas, y después de doce días azarosos, en los que no faltó algún peligro serio, al fin avistaron las costas de España; pero no las santanderinas, para desembarcar en Laredo, que era el objetivo, sino ante otras escarpadas y desconocidas para los pilotos de la flota regia: eran las asturianas, en Tazones, pequeña aldea de pescadores cercana a Villaviciosa. A poco, Carlos V hacía su entrada en la hermosa villa astur, que con razón se puede preciar de ser el primer burgo carolino de las Españas y desde donde Carlos firmaría sus primeras cartas en tierra hispana como la mandada a los Consellers de Barcelona, cuyo tenor es el que se sigue:

El Rey:

Amados y fieles nuestros: Por vuestro contentamiento vos facemos saber que hoy, día de la data desta, con ayuda de Dios nuestro Señor, hauemos llegado muy bueno, sano y alegre, con toda nuestra armada, a este puerto de Villaviciosa de Asturias. Luego prouehed que en las iglesias y monesterios dessa ciudad se fagan muchas gracias a Dios por ello.

Data en Villaviciosa de Asturias a XVIII de Setiembre del año Mil DXVII…[121]

Era el encuentro de Carlos V con España.

No vamos a tratar aquí sobre el curioso recibimiento que la comitiva regia tuvo en Asturias y su lento caminar hacia Torrelavega, para encontrar un paso más accesible hacia la meseta; es algo que está en todas las historias sobre Carlos V y que nosotros hemos tratado con cierto detalle en nuestra biografía sobre Carlos V[122]. Pero sí es preciso indicar, por la importancia que tiene, en relación con doña Juana, que el primer objetivo de Carlos V no sería en este caso el de su entrada triunfal en Valladolid, o el de su encuentro con el regente Cisneros, sino el de ir a visitar a su madre, en su retiro de Tordesillas.

No se trataría de un gesto calculado para atraerse a la opinión pública, aunque resulte evidente que en ello había algo más que un sentimiento filial; Carlos, aconsejado aquí por Chièvres, va a buscar el consentimiento materno para su gobierno personal de España.

Eso es cierto, y lo podremos comprobar a través de los documentos que poseemos sobre su primera visita a Tordesillas; pero también lo es que ambos, su hermana Leonor y él mismo, estaban deseando volver a ver a la madre de la que hacía tantos años que se habían visto separados. En realidad, quitando los dos primeros años, de los que no podía tener recuerdo alguno, Carlos había convivido con la madre solo desde mayo de 1504, fecha en la que Juana regresaba de España tras ser reconocida como Princesa de Asturias, hasta enero de 1506, en la que Felipe y Juana dejaron definitivamente los Países Bajos, convertidos en Reyes de Castilla.

Solo veinte meses, cuando el Príncipe era un niño, y de eso hacía once años.

Veinte meses con la madre, de los cuatro a los cinco años.

Demasiado poco, en tan temprana edad.

Para Carlos, como para su hermana Leonor, la visita tenía otra doble carga familiar y emotiva: rendir homenaje a la memoria del padre fallecido, cuyo cuerpo insepulto seguía en la iglesia del convento de Santa Clara, y conocer a sus otros dos hermanos, Fernando y Catalina, los que habían nacido en España, y en particular en aquella visita de Tordesillas, a la hermana pequeña, a la infanta Catalina, por ser la que vivía con doña Juana. En ese sentido, los problemas suscitados por los dos hermanos eran muy distintos: Fernando suponía un peligro político, dada la existencia de un partido que aspiraba a verlo como el heredero de la Corona en España; mientras que Catalina era la inocente criatura víctima de una conflictiva situación familiar, como la que afligía a doña Juana.

A su vez, aquel encuentro podemos verlo desde la otra perspectiva, desde la que tenían los que residían en Tordesillas. Pues las instrucciones que les llegaban eran claras: tanto Carlos como Leonor no iban a realizar una mera visita de compromiso, sino que estarían varios días conviviendo con su madre y con su hermana. Por lo tanto, era preciso poner aquel viejo caserón en orden y engalanar en lo posible las cámaras donde dormirían los dos jóvenes príncipes y las otras piezas que habían de utilizar, en particular la que había de servir de refectorio. Y así, pronto fueron llegando al palacio tapices, brocados y muebles para hacerlo más habitable, dado que ya había entrado el mes de noviembre y el frío se hacía notar en la meseta castellana.

El 4 de noviembre Carlos y Leonor entraban en Tordesillas. Cuando pasados los años Carlos V redacta sus Memorias, en el verano de 1550, aunque estaban sobre todo destinadas a revivir sus jornadas de soldado, recuerda sin embargo aquellos momentos; eso sí, con los lacónicos términos propios de un diario castrense. Escuetamente nos dirá el Emperador, hablando en tercera persona:

Continuando su camino hasta Tordesillas, fue a besar las manos a la Reina, su madre…[123]

Esto es, Carlos recuerda aquella visita no como un acto político, sino como un gesto de reverencia filial. No sería la única visita que haría a su madre. De hecho, tenemos registradas muchas más, como tendremos ocasión de comprobar; pero a buen seguro que fue la más emotiva.

Por el cronista flamenco Laurent Vital sabemos bien lo que entonces ocurrió, a lo largo de los siete días que Carlos y Leonor convivieron con su madre doña Juana y con su hermana Catalina. Y también resalta el protagonismo del privado de Carlos, el señor de Chièvres.

Precisamente fue Chièvres el primero en reverenciar a la Reina. Tuvo la suerte de poder emplear su propia lengua francesa, dado el perfecto conocimiento que de ella tenía Juana, y eso es algo que debe destacarse. Así pudo preparar con más facilidad aquel encuentro que si hubiera tenido que acudir a un intérprete, por otra parte difícil de encontrar en la Tordesillas del Quinientos.

Chièvres habló a doña Juana de sus dos hijos mayores que habían venido de los Países Bajos, de cuánto deseaban ofrecerle sus respetos, y que para ello pedían su licencia.

Era afrontar un primer problema: ¿Recordaría la Reina aquellos hijos que había dejado en Flandes hacía tantos años? ¿Querría verlos y abrazarlos? ¿Cuál sería su estado de ánimo?

Mostrando su lado bueno, como si estuviera lejos de aquellas fases de aguda depresión que tanto la afligían, Juana ordenó que entraran sus hijos y, pasando del protocolo regio, los abrazó, saliendo de su aislamiento. Y Carlos, pronunciando su primer discurso desde que estaba en Castilla, le expresó su alegría al verla con tan buena salud y haciéndole protestas de sumisión filial.

Pero al principio hubo un momento de confusión, pues Juana no salía de su asombro al ver aquellos príncipes tan crecidos. Y se le escapó la pregunta dubitativa:

Pero, ¿sois mis hijos?

Mas poco después, admitiéndolo ya sin mayores dificultades, les mandó retirarse a descansar, dadas las fatigas del viaje, como hubiera hecho cualquier otra madre en tales circunstancias.

Y así quedó otra vez Chièvres a solas con la Reina. Fue entonces cuando el hábil cortesano aprovechó la ocasión para plantear a Juana la cuestión más delicada: puesto que Dios le había dado tantos Reinos, cuyo gobierno era tan arduo y difícil, ¿por qué no descansaba, dejándolos en manos de su hijo, que tan bien dotado estaba para ello?

A lo que la Reina, si hemos de creer al cronista —y todo parece que se corresponde con la realidad de los hechos—, accedió de buena gana, dada la invencible repugnancia que tenía a los temas de Estado[124].

Era un reconocimiento, por parte de la Reina propietaria, de algo que ya se había producido de hecho, pero para Carlos y para sus problemas de conciencia, algo muy importante, pues así se despejaban todas las dudas en cuanto a la licitud de asumir el gobierno regio en vida de su madre.

Pero pronto surgió otra cuestión, a la vista de su hermana pequeña Catalina. ¿Cómo podían dejarla en aquella situación? Pues el contraste entre los dos hermanos venidos de Flandes y aquella niña de once años olvidada en Tordesillas, no podía ser más penoso.

Aquí el relato del cronista deja al desnudo la cruda realidad. Catalina iba vestida con un sencillo jubón y una chaquetilla de cuero, que más se parecía a una rústica zamarra, y con un pañuelo anudado a la cabeza, como si fuera una aldeana. La servían dos viejas camareras, pues la Reina seguía sin querer mujeres jóvenes a su lado, y recluida en aquella habitación interior a la que solo se tenía acceso a través de la cámara de la madre; de forma que antes parecía una pobre cautiva que una regalada princesa.

Y es cuando el cronista flamenco nos cuenta cuáles eran las distracciones de Catalina, gracias al hueco que se había practicado en su habitación: ver a la gente del pueblo en su ir y venir, y en especial a los niños y a sus juegos:

A menudo —relata el cronista flamenco— por petición suya, los niños iban a jugar delante de ella, porque a los niños les gusta ver a otros niños… Y a fin de que con más gusto allí volviesen, cada vez les arrojaba alguna moneda de plata[125].

¡Ah, esa estampa de los niños de Tordesillas jugando bajo la ventana de Catalina, para distraer a la pobre Infanta de Castilla!

Una estampa digna del viejo romancero castellano.

Y quedaba pendiente el otro proyecto de Carlos V: los funerales en honor de su padre, Felipe el Hermoso. Fueron llevados a cabo el 10 de noviembre, la víspera de la partida de Tordesillas.

Con el catafalco regio en medio de la iglesia de Santa Clara, alumbrado con grandes cirios, custodiado por los caballeros de la Orden del Toisón de Oro, tuvo lugar la ceremonia religiosa, con el templo abarrotado de público, pues junto al cortejo de Carlos V y a la nobleza castellana también se unió el buen pueblo de Tordesillas.

Al día siguiente, Carlos y Leonor se despidieron de su madre. Iban al encuentro del otro hermano, de Fernando, con el que se abrazaron a mitad de camino entre Tordesillas y Mojados, para ir los tres juntos a realizar la triunfal entrada en Valladolid, de que tanto hablan las crónicas del tiempo.

Pero Carlos V no se quitaba de la memoria el recuerdo de aquella hermanilla suya tan maltratada por la vida.

Era algo que había que remediar, y pronto.

Y de ese modo se produjo aquel lance novelesco: el rapto —lo podríamos llamar así, bajo la perspectiva de la Reina madre— de la infanta Catalina, realizando un boquete en el muro interior de su cuarto, a fin de poder sacarla de noche, sin que su madre se enterase, siendo llevada a la Corte de Carlos, asentada en aquel tiempo en Valladolid.

Y la Infanta accedió a ello, pero con una condición: que si la madre se desesperaba, al comprobar su ausencia, ella volvería a su lado.

Y eso es algo que el historiador no puede menos de comentar, porque sería lo que ocurriría: la desesperación de la madre («¡Me han robado a mi hija!», sería su continuo lamento) y el regreso de Catalina a Tordesillas[126].

Eso sí: Carlos exigió que el trato, los vestidos, el acompañamiento y todo lo que correspondía a su hermana, como Infanta de Castilla, le fueran reconocidos, empezando por tener su propia cámara, abandonando aquel cautiverio primero a que su madre la había tenido sujeta.

Y de ese modo Juana tuvo de nuevo a su lado durante algunos otros años a la hija más querida, hasta que las negociaciones con Portugal, en 1525, la alejaran ya de Tordesillas, y de forma irreversible, para convertirla en la nueva Reina del país vecino.