–Para empezar, niega la paternidad de sus tres hijos; se niega a devolver tu dote y te acusa de repetidos adulterios. Tampoco piensa pagarme los gastos de alojamiento originados en más de siete años… basándose, al parecer, en que nunca fuiste su mujer y que los niños no son suyos sino de otros.
–¡Ecastor! – exclamó Livia Drusa, hundiendo la cabeza en la almohada-. Marco Livio, ¿cómo puede hacerles eso a sus hijas, no ya a su hijo? Es comprensible en el caso del pequeño Quinto, pero a Servilia y a Lilla… A Servilia se le partirá el corazón.
–¡Ah, aún dice más! – prosiguió Druso enarbolando la carta-. Va a modificar el testamento para desheredar a los tres hijos, y, además, tiene la desvergüenza de pedirme «su» anillo. ¡«Su» anillo!
Livia Drusa supo en seguida a qué anillo se refería su hermano. Una alhaja de familia que había sido de su padre y de su abuelo y de la que se decía que era un sello de Alejandro Magno. En la época en que Quinto Servilio Cepio se había hecho amigo de Marco Livio Druso, el primero había codiciado el anillo y lo había visto pasar del dedo de Druso el Censor al dedo del Druso amigo suyo, y, finalmente, al marchar a Esmirna y a la Galia itálica, le había rogado que se lo dejase portar como amuleto. Druso no quería dejárselo pero, por no parecer grosero, al final había accedido. Naturalmente, nada más regresar Cepio, Druso se lo había pedido; al principio, aquél había buscado excusas para quedárselo, aunque finalmente se lo había quitado para devolvérselo, diciendo con una risa forzada:
–¡Ah, de acuerdo, de acuerdo! Pero la próxima vez que salga de viaje tienes que dármelo, Marco Livio, porque da suerte.
–¿Cómo se atreverá? – masculló Druso cogiéndose el dedo, cual si temiera que apareciese Cepio para arrebatarle aquel anillo que era demasiado estrecho para los otros dedos y requería llevarlo en el meñique, aunque quedase algo holgado. Alejandro Magno era más bien pequeño.
–No hagas caso, Marco Livio -dijo su animosa hermana volviendo lo mejor que podía la cabeza para mirarle-. ¿Qué sucederá con mis hijos? – inquirió-. ¿Puede hacer eso que dice?
–No, cuando yo me las entienda con él -dijo Druso, ceñudo-. ¿Te ha enviado a ti también una carta?
–No, sólo la comunicación de divorcio.
–Pues todo irá bien, hermana.
–¿Qué les digo a los niños?
–Nada, hasta que yo hable con el padre.
Marco Livio Druso volvió a su despacho, donde cogió un pergamino de inmejorable calidad (quería que lo que escribiera aguantase el paso del tiempo) y contestó a Cepio.
Eres muy libre de negar la paternidad de tus tres hijos, Quinto Servilio. Pero yo soy muy libre de jurar que efectivamente son hijos tuyos, y lo juraré si llega el caso. Ante un tribunal. Comiste mi pan y bebiste mi vino desde abril del año en que Cayo Mario fue cónsul por tercera vez hasta que partiste de viaje hace veintitrés meses, y en el interregno continué alimentando, vistiendo y albergando a tu familia. Te reto a que halles pruebas de adulterio por parte de mi hermana durante los años que tú y ella habéis vivido en esta casa. Si examinas el acta de nacimiento de tu hijo, comprobarás que ha tenido que ser engendrado en esta casa.
Te aconsejaría muy encarecidamente que desistas de tu intención de desheredar a tus tres hijos. Si persistes en tu actitud, denunciaré tu conducta ante un tribunal para querellarme en nombre de tus hijos. Durante mi deposición ante el tribunal me descargaré de ciertos datos que conozco relativos al aurum Tolosanum y el destino de grandes sumas de dinero que has trasladado desde Esmirna para invertirlas en casas de banca, propiedades y negocios impropios de un senador, por todo Occidente y el Mediterráneo.
Entre los testigos que me vería obligado a presentar habría varios de los más prestigiosos médicos de Roma, todos los cuales pueden testificar el carácter criminal de las heridas que has infligido a mi hermana.
Aparte de esto, estoy dispuesto a convocarla a ella como testigo, y a mi mayordomo, que oyó lo que tú sabes.
En lo que respecta a la dote de mi hermana y a los miles de sestercios que me debes por vuestra manutención, no quiero ensuciarme las manos cobrándome la deuda. Quédate el dinero. No te será de ningún provecho.
Finalmente, está el asunto de mi anillo. Su condición de herencia de familia de los Livios es de dominio público y es mejor que desistas de reclamarlo.
Selló la carta y la envió inmediatamente con un criado al nuevo domicilio de Cepio: la casa de Lucio Marcio Filipo. Despedido con un puntapié, el mensajero regresó desconsolado a informar a Druso que no había respuesta. Druso esbozó una leve sonrisa, recompensó con diez denarios al esclavo, se arrellanó en la silla y cerró los ojos, imaginándose regocijado a Cepio reconcomido de rabia. Sabía que no habría que acudir a los tribunales. Y, a pesar de quien fuese realmente hijo el pequeño Quinto, oficialmente seguiría siendo de Cepio y heredero del oro de Tolosa. Su sonrisa aumentó, refocilándose en la idea de que el pequeño acabara siendo un Servilio Cepio pelirrojo, de cuello, piernas y brazos largos, y narigudo. ¡Buen premio para un infame que pegaba a su esposa!
Poco después fue al cuarto de los niños y dijo a su sobrina Servilia que saliera al jardín. Hasta aquel día, realmente no se había fijado en la niña si no era para sonreírle de pasada, hacerle una caricia en el pelo, darla de vez en cuando un obsequio o decirse que era un poco taciturna y que nunca sonreía. ¿Cómo podía Cepio negarle la paternidad? Era el vivo retrato de su padre: una bestezuela vengativa. Druso era de la opinión de que los niños no debían ver ni oír las cosas de los mayores, y el comportamiento de aquella mañana le había horrorizado. ¡Una niña malvada y chivata! Bien habría merecido que Cepio hiciera con ella lo que se proponía, desheredándola.
Estando en estas reflexiones, al ver que Servilia salía del cuarto de los niños y cruzaba el jardín camino de la fuente, puso cara de enfado y mirada glacial.
–Servilia, puesto que te entrometiste en la reunión que teníamos los mayores esta mañana, creo conveniente informarte personalmente de que tu padre ha decidido divorciarse de tu madre.
–¡Ah, bien! – exclamó Servilia, satisfecho su honor-. Recogeré mis cosas y me iré con él.
–No, porque él no te quiere -replicó Druso marcando las palabras.
La niña se puso tan pálida que, en circunstancias normales, Druso habría temido por ella y la habría sostenido, pero sabiendo cómo era se limitó a verla tambalearse. No se desmayó, sino que se irguió y su rostro se puso carmesí.
–No te creo -replicó-. ¡Mi tata no me haría eso, lo sé!
–Si no me crees -dijo Druso encogiéndose de hombros-, ve tú misma a verle. No está muy lejos; vive en casa de Lucio Marco Filipo, unas casas más allá. Ve y pregúntaselo.
–Lo haré -dijo Servilia poniéndose en camino, seguida de la niñera.
–Déjala, Estratonice -dijo Druso-. Acompáñala y cuida de que vuelva.
Qué desgraciados son todos, pensó Druso, quedándose junto a la fuente. Y qué infeliz sería yo si no tuviera a mi querida Servilia Cepionis y a nuestro hijito… y el que está por venir. Su estado de contrición se estaba disipando, desplazado por el empeño de hacer saber a Servilia que su padre la repudiaba. Luego, conforme el débil sol fue calentando sus huesos y fue olvidando el ajetreo de la jornada, su sentido de justicia se impuso y volvió a ser Marco Livio Druso, abogado de los engañados. Pero nunca abogado de Quinto Servilio Cepio, por muy engañado que estuviera.
Cuando Servilia volvió, seguía sentado junto al soleado y cristalino chorro que brotaba por la boca del escamoso delfín, con los ojos cerrados y plácida expresión.
–¡Tío Marco! – chilló la niña.
–Hola -dijo él, abriendo los ojos y forzando una sonrisa-. ¿Qué ha pasado?
–No me quiere, dice que no soy hija suya, que soy hija de otro -respondió la pequeña, enfurruñada.
–¿Lo ves, por qué no me creías?
–Porque estás de parte de ella.
–Servilia, no puedes tener esa inquina a tu madre. Es ella la perjudicada, no tu padre.
–¡Cómo dices eso! ¡Ella tenía un amante!
–Si tu padre hubiese sido más bueno con ella no lo habría tenido. Un hombre nunca debe pegar a su esposa.
–Debería haberla matado, no pegarle. Es lo que habría hecho yo.
–Oh, vete de mi vista, niña horrenda! – exclamó Druso, desistiendo.
Esperemos -se dijo cerrando los ojos de nuevo- que el rechazo de su padre la beneficie y con el tiempo se produzca un acercamiento a la madre; es lo natural.
Tenía hambre y poco después comió pan, aceitunas y huevos duros con su mujer, a la que puso al corriente de lo que había pasado. Como sabía que ella tenía el mismo criterio que Servilio Cepio en cuanto a lo conveniente y a la alcurnia, no sabía cómo reaccionaría ante la noticia de que su cuñada había obtenido el divorcio debido a una historia con un hombre de origen servil. Pero, aunque la identidad del amante de Livia Drusa no era realmente de su agrado, Servilia Cepionis estaba demasiado enamorada de Druso para estar en contra de él; hacía tiempo que había comprobado que las familias siempre generan lealtades escindidas, y ella había optado por ser leal a Druso. Los años en que habían compartido la casa con Cepio no le habían granjeado a éste sus simpatías, pues la ambigua inferioridad de la infancia había desaparecido casi completamente y ya llevaba viviendo lo bastante con Druso para haber adquirido parte de su valor.
Disfrutaron de una agradable comida, pese a las circunstancias, y Druso se sintió más capaz para enfrentarse a lo que la jornada aún pudiera depararles. Y nunca mejor dicho, porque a primera hora de la tarde se produjeron nuevos incidentes por obra de Marco Porcio Catón Saloniano.
Invitándole a dar un paseo por la columnata, Druso se dispuso a esperar lo peor.
–¿Qué sabéis de todo esto? – inquirió sin alterarse.
–Hace un rato, he recibido la visita de Quinto Servilio Cepio y Lucio Marcio Filipo -contestó Catón en el mismo tono neutro y tranquilo de Druso.
–¿Ah, los dos? Supongo que Filipo iría en calidad de testigo -añadió Druso.
–Eso es.
–¿Y?
–Cepio se limitó a comunicarme que se había divorciado de su esposa, fundamentándolo en adulterio cometido conmigo.
–¿Nada más?
Catón puso ceño.
–¿Y qué más iba a decir? Lo que sucede es que lo dijo en presencia de mi esposa, que ha ido a hablar con su padre.
–¡Por los dioses que el asunto trae cola! – exclamó Druso, alzando los brazos-. Sentaos, Marco Porcio. Mejor será que os lo explique todo. Lo del divorcio no es más que el principio.
Enterado de los pormenores, Catón se enfureció más que Druso; los Porcios Catones mantenían una fachada de imperturbable frialdad, pero todos ellos -y ellas- eran célebres por su genio. Y Druso tardó no poco, y gracias a sus buenos razonamientos, en convencer a Catón de que si iba en busca de Cepio y lo mataba, o incluso si lo dejaba medio muerto, las cosas se pondrían mucho peor de lo que ya estaban para Livia Drusa. Una vez seguro de haber apaciguado a Catón, le llevó a que viera a Livia Drusa y cualquier duda que hubiera podido alimentar respecto a la profundidad del sentimiento que compartían, quedó solventada con la primera mirada que se dirigieron. Sí, era amor eterno. ¡Pobrecillos!
–Cratipo -dijo al mayordomo, después de dejarlos solos-, vuelvo a tener hambre y quiero cenar inmediatamente. Haz el favor de comunicarlo a la señora Servilia Cepionis.
Pero Servilia Cepionis prefirió cenar en el cuarto de los niños, pues la pequeña Servilia se había metido en la cama, anunciando que no pensaba probar bocado ni siquiera un sorbo de agua, para que cuando su padre supiera que había muerto, lo lamentase.
Por tanto, Druso se dirigió solo al comedor, anhelando que aquella jornada concluyera y no volviera a repetirse una semejante en su pequeño rincón terreno; suspirando agradecido, tomó asiento a solas en la camilla para aguardar el gustatio.
–¿Qué es lo que he oído? – exclamó una voz en la puerta.
–¡Tío Publio!
–Vamos a ver, ¿cuál es la verdad de la historia? – inquiría Publio Rutilio Rufo, quitándose los zapatos y despidiendo al criado que pretendía lavarle los pies. Se subió a la camilla junto a Druso y se acodó sobre el brazo izquierdo, con su jovial rostro lleno de curiosidad, simpatía y preocupación-. Bullen por toda Roma una docena de versiones distintas sazonadas de divorcio, adulterio, esclavos amantes, esposas maltratadas, niñas malas… ¿De dónde sale todo eso y tan rápido?
Pero Druso fue incapaz de contestarle porque aquella última intrusión era el colmo. Se arrellanó en el almohadón y soltó una carcajada.
Publio Rutilio Rufo decía la verdad: toda Roma bullía, se sumaban dos y dos y casi siempre daban el resultado exacto, a lo que contribuía notablemente el hecho de que el más pequeño de los tres hijos de la esposa divorciada tenía una cabecita pelirroja y que la esposa inmensamente rica pero vulgar de Marco Porcio Catón Saloniano también le había enviado a éste los papeles del divorcio, y que igualmente la inseparable pareja de Quinto Servilio Cepio y Marco Livio Druso no se dirigía la palabra, aunque Cepio insistía en que nada tenía que ver con las divorciadas y que el motivo era que Druso le había robado el anillo.
Los hubo con cabal inteligencia y buen sentido que observaron que las mejores personas se ponían del lado de Druso y su hermana. Otros de carácter menos encomiable, como Lucio Marco Filipo y Publio Cornelio Escipión Nasica, eran partidarios de Cepio, lo mismo que los caballeros aduladores que pacían en los mismos prados comerciales que Cneo Cuspio Buteo, el ofendido padre de la esposa de Catón, por sobrenombre «el Buitre». Hubo también los que no se pusieron de parte de nadie y encontraron divertidísima la querella; entre éstos se contaba Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, que comenzaba a salir de nuevo a la superficie tras varios años de riguroso enclaustramiento a causa de la desgracia de que su esposa se hubiese enamorado de Sila, y que ahora consideraba que podía reírse, ya que el capricho de la joven Dalmática no había sido correspondido y ya empezaba a abultársele el vientre con un niño que él sabía sin lugar a dudas que tenía que ser suyo. Publio Rutilio Rufo fue otro de los que se reían, pese a su condición de tío de la adúltera.
Pero, tal como evolucionaron las cosas, ninguno de los culpables de la historia sufrió tanto como Marco Livio Druso.
–O quizá es mejor decir -farfulló Druso a Silo, poco después de que los nuevos cónsules accedieran al cargo- que, como de costumbre, la cosa acabó como si yo fuera el culpable de los hijos de los demás. Si tuviera el dinero que ese maldito Cepio me ha costado de un modo u otro al cabo de los años, seria mucho más rico. Mi nuevo cuñado, Catón Saloniano, se ha quedado desplumado, está ahogado por los pagos aplazados de la dote de su hermana a Lucio Domicio Ahenobarbo, y desde luego le ha volado la fortuna de la mujer y el apoyo social del logrero de su padre. Así que no sólo tengo que pagar a Lucio Domicio, sino que además, como de costumbre, debo albergar a mi hermana, a su esposo y a su numerosa prole, que está a punto de aumentar.
–¡Oh, Marco Livio, de ningún noble romano se ha abusado tanto como de ti! – exclamó Silo, uniéndose a los que veían la faceta cómica del asunto y riendo hasta desternillarse, aunque sabía que con ello no consolaba a Druso.
–Ya está bien -replicó Druso sonriente-. Sería deseable que la vida, la Fortuna o lo que sea, me tratase con algo más del respeto que merezco, pero, al margen de lo que haya podido ser mi vida antes de Arausio, o en el caso de que no hubiera habido un Arausio, todo eso ha quedado atrás. Lo único que sé es que no puedo abandonar a mi pobre hermana y que, pese a que me resistí, me agrada mi nuevo cuñado mucho más de lo que me agradaba el anterior. Puede que Saloniano sea el nieto de una mujer nacida esclava, pero a pesar de ello es un auténtico caballero y mi casa se alegra dándole cobijo. Incluso apruebo el modo como trata a Livia Drusa, y debo decir que se ha ganado a mi esposa, proclive a considerarle poco aceptable por su procedencia, mientras que ahora le gusta mucho.
–Me congratulo de que tu pobre hermanita sea feliz por fin -dijo Silo-. Siempre me dio la impresión de que la afligía una profunda desgracia, aunque ocultase su pena con la firmeza característica de los Livios Drusos. Sin embargo, es una lástima que no puedas desembarazarte de tus huéspedes. Supongo, además, que tendrás que financiar la carrera de Saloniano.
–Desde luego -contestó Druso sin mostrar pesadumbre-. Afortunadamente mi padre me dejó más dinero del que puedo gastar y aún no me veo en la penuria. ¡Imagínate cómo le fastidiará a Cepio cuando encamine a Catón Saloniano hacia el cursus honorum!
–¿Te importa que cambiemos de tema? – dijo de pronto Silo.
–En absoluto -contestó Druso, sorprendido-. Espero que el nuevo tema incluya una minuciosa descripción de tus andanzas estos últimos meses… Hacía casi un año que no nos veíamos, Quinto Popedio.
–¿Tanto tiempo? – replicó Silo, calculando y asintiendo con la cabeza-. Sí, es verdad. ¡Cómo pasa el tiempo! – añadió encogiéndose de hombros-. En realidad no he hecho tantas cosas, simplemente han progresado mis negocios.
–Cuando te muestras tan cauteloso no te creo -comentó Druso, complacido por ver a su querido amigo-. No obstante, creo que no tienes intención de decirme lo que has estado haciendo, y no quiero insistir. ¿Cuál es el tema del que querías hablar?
–De los nuevos cónsules -contestó Silo.
–Por una vez son buenos -comentó Druso alegre-. ¡No recuerdo ninguna otra elección de una pareja tan sólida: ¡Craso Orator y Escévola! Espero grandes cosas de ellos.
–¿Ah, sí? Ojalá pudiera decir lo mismo; lo que yo espero son complicaciones.
–¿En el frente itálico? ¿Por qué?
–Oh, de momento sólo son rumores. Y espero que infundados, aunque, sin saber por qué, lo dudo, Marco Livio -dijo Silo frunciendo el entrecejo-. Los censores se han presentado a los cónsules con los rollos de inscripción de ciudadanos romanos de toda Italia, y me han dicho que están preocupados por el gran número de nuevos nombres. ¡Idiotas! ¡Primero se dedican a decir que con su nuevo método de censo se obtendrá un mayor número de inscripciones de ciudadanos que con el antiguo, y ahora dicen que hay un exceso de nuevos ciudadanos!
–¡Así que es por eso por lo que hace meses que no estás en Roma! – exclamó Druso-. ¡Oh, Quinto Popedio, ya te lo advertí! ¡Si haces eso no podremos seguir siendo amigos, para mi gran pesar! Habéis manipulado los rollos.
–Sí.
–¡Quinto Popedio, te lo dije! ¡Qué complicación! – exclamó Druso llevándose las manos a la cabeza y dejándolas así un rato, mientras Silo, más turbado de lo que había pensado, guardaba silencio, pensando a toda velocidad. Finalmente, Druso se quitó las manos de la cabeza-. Bueno, supongo que de nada sirve afligirse -añadió, poniéndose en pie y meneando repetidas veces la cabeza en paciente exasperación, mirando a Silo-. Mejor será que vuelvas a tu tierra y no te dejes ver por la ciudad durante una buena temporada, Quinto Popedio. No podemos permitirnos el lujo de llamar la atención de algún miembro especialmente listo de la facción antiitálica teniéndote a la vista. Yo haré lo que pueda en el Senado, pero lamentablemente soy novel y no tengo derecho a la palabra. Y por desgracia cuentas con muy pocos amigos entre los que lo tienen.
–Marco Livio -añadió Silo, que también se había levantado-, habrá guerra. Me marcho a mi casa porque tienes razón; habrá a quien le dé por pensar si me ven por aquí. Pero esto te demuestra que no existe un medio pacífico para conseguir la manumisión de los itálicos.
–Sí lo hay. Tiene que haberlo -replicó Druso-. Ahora, Quinto Popedio, vete y procura pasar lo más inadvertido posible. Y si vas a salir por la puerta Collina, hazme el favor de dar un rodeo y no pasar por el Foro.
Druso fue quien no dio ningún rodeo para ir al Foro. Allá se fue con su toga, buscando caras conocidas. No había reunión en el Senado ni en la Asamblea, pero siempre se veía gente por el bajo Foro. Afortunadamente, el primer personaje con el que se topó fue su tío Publío Rutilio Rufo, que iba hacia la Carinae camino de su casa.
–Ahora sí que me gustaría que Cayo Mario estuviera en Roma -dijo Druso cuando encontraron un lugar tranquilo al sol, justo al lado de uno de los antiguos árboles del Foro.
–Sí, me temo que no conseguiremos mucho apoyo en el Senado para tus amigos itálicos -replicó Rutilio Rufo.
–Creo que se podría conseguir si hubiese alguien poderoso que los hiciera reflexionar. Pero ¿quién queda, estando Cayo Mario en Oriente? A menos que tú, tío…
–No -respondió con firmeza Rutilio Rufo-. Simpatizo con la causa itálica, pero yo no tengo influencia en el Senado. He perdido auctoritas desde mi regreso de Asia Menor y los recaudadores siguen pidiendo mi cabeza, pues saben que la de Quinto Mucio no pueden conseguirla por el poder que tiene. Mientras que un consular viejo como yo, que nunca ha gozado de gran fama ante los tribunales, no ha sido orador famoso ni ha llevado ningún ejército a la victoria… No, de verdad, yo no tengo capacidad.
–O sea, quieres decir que poco se puede hacer.
–Eso es, Marco Livio.
Sin embargo, en el terreno de la opinión pública las cosas no estaban paradas. Quinto Servilio Cepio pidió audiencia con los cónsules Craso Orator y Mucio Escévola y con los censores Antonio Orator y Valerio Flaco. Y lo que les contó interesó enormemente a los cuatro.
–La culpa de esto es de Marco Livio Druso -dijo Cepio-. En mi presencia ha dicho muchas veces que a los itálicos debe concedérseles plena ciudadanía y que en Italia no debe haber diferencias sociales. El tiene amigos itálicos poderosos, el dirigente marso Quinto Popedio Silo y el de los samnitas, Cayo Papio Mutilo. Por lo que oí en casa de Marco Livio, estoy dispuesto a jurar que Marco Livio Druso está aliado con esos dos itálicos y que ideó un plan para trucar el censo.
–Quinto Servilio, ¿tienes pruebas que aValen tu acusación? – inquirió Craso Orator.
Dicho lo cual, Cepio se irguió con increíble dignidad y gesto de ofendido.
–¡Soy un Servilio Cepio, Lucio Licinio! Yo no miento. ¿Pruebas que aValen mi acusación? – añadió francamente indignado-. ¡Yo no acuso! ¡Simplemente expongo los hechos y no necesito «pruebas» que aValen nada! ¡Te repito que soy un Servilio Cepio!
–Me importa un bledo que sea el mismísimo Rómulo -dijo Marco Livio Druso cuando los cónsules y los censores fueron a verle-. ¡Si no comprendéis que esos «hechos» que él dice exponer forman parte del acoso que Quinto Servilio Cepio se trae contra mí y los míos no sois la clase de hombres que yo pienso! ¡Es absurdo! ¿Por qué iba a conspirar contra los intereses de Roma? El hijo de mi padre no hace semejante cosa. De Silo y de Mutilo no puedo responder. Mutilo nunca ha estado en esta casa y Silo viene en su condición de amigo mío. Que yo crea que la ciudadanía deba ampliarse a todos los itálicos es más que sabido y nunca lo he ocultado. Pero la ciudadanía que me gustaría ver concedida a los latinos e itálicos debe ser legal y otorgada libremente por el Senado y el pueblo de Roma. Falsificar el censo de algún modo, ya sea alterando los rollos o atestiguando una ciudadanía que no es cierta, es algo que yo no apruebo, por muy justa que considere la causa que mueve a hacerlo -dijo alzando los brazos-. Eso es cuanto tengo que decir, Quirites, vosotros veréis. Si me creéis, pasad a tomar conmigo una copa de vino. Si creéis a ese mentiroso inconsciente de Cepio, salid de esta casa y no volváis.
Riendo apaciblemente, Quinto Mucio Escévola cogió a Druso del brazo.
–Para empezar, Marco Livio, me complace enormemente tomar una copa de vino contigo.
–Y a mí -terció Craso Orator.
Los censores optaron también por beber vino.
–Lo que me preocupa -dijo Druso en el comedor aquella misma tarde- es cómo obtuvo Quinto Servilio esa, digamos, información. Porque sólo tuve una conversación sobre ese tema con Quinto Popedio, hace ya muchas lunas, cuando eligieron a los censores.
–¿De qué versaba, Marco Livio? – inquirió Catón Solaniano.
–Oh, Silo tenía un disparatado proyecto para inscribir ciudadanos ilegalmente, pero yo le disuadí. O eso creí. Yo no volví a hablar más del asunto. ¡Si ni siquiera había vuelto a ver a Quinto Popedio hasta hace poco! ¿Cómo sabría Cepio ese dato?
–A lo mejor no estaba fuera de tu casa y oyó vuestra conversación -dijo Catón, que personalmente no aprobaba la actitud de Druso relativa a los itálicos, pero no pensaba criticárselo. Una de las servidumbres de ser su huésped.
–No, estaba fuera -replicó Druso con aspereza-. En aquel entonces viajaba fuera de Italia, y, desde luego, no iba a regresar sigilosamente un día concreto para sorprendernos en una conversación que ni siquiera yo sabía que fuera a entablarse.
–Entonces, ¿cómo puede ser? – inquirió Catón-. ¿No escribirías algo que él haya podido averiguar?
Druso meneó la cabeza tan enérgicamente que dejó a Catón convencido.
–Yo no he escrito nada. Nada de nada.
–¿Y por qué estás tan seguro de que a Quinto Servilio le ayudaron a preparar sus acusaciones? – inquirió Livia Drusa.
–Porque me acusa de falsificar las inscripciones de los nuevos ciudadanos y me relaciona con Quinto Popedio.
–¿Y no se lo habrá inventado?
–Tal vez, sólo que hay un dato preocupante: mencionó a un tercero, a Cayo Papio Mutilo, de los samnitas. ¿A quién oiría ese nombre en concreto? Yo lo conozco únicamente porque sé que Quinto Popedio ha hecho gran amistad con ese samnita. La cuestión es que estoy convencido de que Quinto Popedio y Papio Mutilo han falsificado las listas, pero ¿cómo lo sabía Cepio?
–Marco Livio, no te prometo nada -dijo Livia Drusa levantándose-, pero quizá pueda darte una respuesta. ¿Me excusas un momento?
Druso, Catón Saloniano y Servilia Cepionis aguardaron intrigados el momento. ¿A qué podría recurrir Livia Drusa para dar respuesta a tan misterioso interrogante, cuando posiblemente la explicación era que Cepio había acertado por casualidad?
Livia Drusa volvió al cabo de un rato con su hija Servilia, llevándola firmemente cogida del hombro.
–Quédate, Servilia, quiero preguntarte una cosa -dijo muy seria-. ¿Has estado viendo a tu padre?
El rostro de la pequeña estaba tan tranquilo e inexpresivo que a todos les pareció el de una persona culpable que finge.
–Quiero que digas la verdad, Servilia -añadió Livia Drusa-. ¿Has estado visitando a tu padre? No; antes de que me contestes quiero recordarte que si lo niegas preguntaré a Estratonice y las otras niñeras.
–Sí, voy a visitarle -respondió Servilia.
Druso se incorporó, igual que Catón, mientras que Servilia Cepionis se hundía en su silla y se tapaba la cara con la mano.
–¿Qué le has contado a tu padre sobre tu tío Marco y su amigo Quinto Popedio?
–La verdad -contestó Servilia impasible.
–¿Qué verdad?
–Que conspiraban para inscribir a los itálicos en los rollos de ciudadanos romanos.
–¿Cómo has podido hacer eso, Servilia, si no es verdad? – terció Druso indignado.
–¡Es verdact! – chilló la pequeña-. ¡Hace muchos días vi unas cartas en el cuarto del hombre marso!
–¿Entraste en el cuarto de un huésped sin su permiso? – inquirió Catón Solaniano sin dar crédito a lo que oía-. ¡Eso es despreciable, niña!
–¿Quién eres tú para juzgarme? – replicó la pequeña, volviéndose contra él-. ¡Tú, que desciendes de una esclava y un campesino!
Catón tragó saliva, apretando los labios.
–Seré eso que dices, Servilia, pero hasta los esclavos respetan el principio sagrado de no violar la intimidad de un huésped.
–¡Yo soy una patricia de los Servilios -replicó la niña con firmeza-, mientras que ese hombre no es más que un itálico que cometía una traición, igual que tío Marco!
–¿Qué cartas viste, Servilia? – inquirió Druso.
–Cartas de un samnita llamado Cayo Papio Mutilo.
–Pero no cartas de Marco Livio Druso.
–No hacía falta; tienes tanta intimidad con los itálicos, que todos saben que haces lo que ellos quieren y conspiras con ellos.
–Suerte tiene Roma de que seas hembra, Servilia -replicó Druso, forzando la voz y el gesto para hacerlos sarcásticos-, porque si fueses ante los tribunales con esos razonamientos quedarías en ridículo. – Se bajó de la camilla y se acercó a donde estaba la pequeña-. Eres una idiota y una ingrata, niña. Falsa y, como dice tu padrastro, despreciable. Si fueses mayor te echaría de casa, pero dadas las circunstancias haré lo contrario. Quedarás encerrada, con entera libertad para andar por la casa siempre que te acompañe alguien, pero no saldrás de ella bajo ningún concepto, ni visitarás a tu padre ni a nadie. Ni le enviarás notas. Si él manda a por ti para que vayas a vivir con él, te dejaré marchar encantado, pero si eso sucediera, nunca más te permitiré entrar en mi casa, ni para ver a tu madre. Como tu padre te niega la custodia, yo soy tu paterfamilias y mi palabra es ley para ti porque así está estipulado. Daré instrucciones a todos en esta casa para que hagan contigo lo que he dispuesto. ¿Entendido?
La pequeña Servilia no mostró signo alguno de vergüenza o temor, permaneció erguida con los ojos echando fuego.
–Yo soy una patricia de los Servilios -contestó- y por mucho que hagas no puedes alterar el hecho de que soy mejor que todos vosotros juntos. Lo que para mis inferiores puede estar mal, en mi caso es simple deber. He descubierto una conspiración contra Roma y se lo he dicho a mi padre. Era mi deber. Puedes castigarme como quieras, Marco Livio, y me da igual que me encierres para siempre en un cuarto, que me pegues o que me mates. Sé que he cumplido con mi deber.
–¡Oh, llévatela a donde no la vea! – gritó Druso a su hermana.
–¿Mando que le peguen? – inquirió Livia Drusa, tan indignada como Druso.
–¡No! – exclamó él, tajante-. No quiero más palizas en mi casa, Livia Drusa. Haz con ella lo que he dicho. Si sale del cuarto de los niños o de la clase, que la acompañe alguien. Aunque ya tiene edad para pasar del cuarto de los niños a su propio cubículo para dormir, se lo prohibo. Que sufra la falta de intimidad, ya que ella no se la concede a mis huéspedes. Eso será suficiente castigo conforme pasan los años, pues aún le quedan otros diez para salir de aquí… Eso si su padre se toma algún interés en encontrarle pareja. Si él no lo hace, ya me encargaré yo, ¡pero no un patricio, sino algún campesino palurdo!
–No, Marco Livio, un campesino palurdo no -dijo riendo Catón Saloniano-. Cásala con algún liberto, un noble por naturaleza sin la menor esperanza de serlo nunca socialmente. Así quizá descubra que los esclavos y los manumitidos pueden ser mejor que los patricios.
–¡Os odio! – chilló Servilia mientras su madre la sacaba del comedor-. ¡Os odio a todos! ¡Y os maldigo, os maldigo! ¡Ojalá todos hayáis muerto antes de que yo alcance la edad de casarme!
Cuando ya habían olvidado a la niña, Servilia Cepionis se desmoronó en la silla y cayó al suelo. Druso la alzó, aterrado, y la llevó al dormitorio, donde, aplicándole plumas calientes bajo la nariz, lograron hacerle recobrar el sentido. Se echó a llorar desconsolada.
–¡Oh, Marco Livio, la suerte te es adversa desde que te aliaste con mi familia! – comentó entre sollozos, mientras él se sentaba en el borde de la cama y la abrazaba, rogando al cielo porque el niño no resultara afectado.
–Sabes que sí que tengo suerte -replicó él, besándola en la frente con ternura-. No enfermes, mea vita, esa niña no lo merece. No le des ese gusto.
–Te quiero, Marco Livio. Siempre te he querido y siempre te querré.
–¡Excelente! Yo también te quiero, Servilia Cepionis. Un poco más cada día que pasa. Ahora tranquilízate, por el bien de nuestro hijo -añadió él, dándole una suave palmadita en el abultado vientre.
Servilia Cepionis murió al dar a luz un día antes de que Lucio Licinio Craso Orator y Quinto Mucio Escévola promulgasen una nueva ley sobre la situación itálica a los miembros del Senado. Marco Livio Druso, que se arrastró hasta la Cámara para conocer los pormenores de la misma, no estaba en condiciones de prestar la atención debida.
Aquello había sido una sorpresa para todos los de la casa, dado que Servilia Cepionis había llevado el embarazo perfectamente y sin incidentes. El parto fue tan súbito, que ni ella misma advirtió indicio alguno; a las dos horas había muerto a consecuencia de una hemorragia que ni con compresas ni con elevación lograron contener. Druso, que en aquellos momentos estaba fuera de casa, volvió a toda prisa, y ella pasó de los terribles dolores a una euforia despreocupada y alucinatoria, muriendo sin darse cuenta de que él le sujetaba la mano ni de que su vida se apagaba. Final venturoso para ella pero horrible para Druso, que no escuchó de sus labios palabras de cariño, de alivio ni de reconocimiento. Era el punto final de tantos años esperando el ansiado varón: una figura exánime en una cama, desangrada y agotada por el esfuerzo. Al morir, el niño apenas había entrado en la vagina y los médicos y comadronas suplicaron a Druso que les dejaran desprenderlo de la madre, pero él se negó.
–Dejad que ella siga envolviéndole -contestó-. Que tenga ese consuelo. Si viviera, no podría quererle.
Y en tal estado se dirigió a la Curia Hostilia, más muerto que vivo, y ocupó su lugar en las filas de en medio, dado que su sacerdocio le confería un lugar más prominente que su simple condición de senador. Su criado colocó la silla plegable y tuvo que hacer que se sentara, mientras que los senadores cercanos le musitaban el pésame y él no cesaba de asentir con la cabeza dando las gracias, con el rostro casi tan lívido como el de la muerta. Antes de proponérselo vio a Cepio en el banco trasero de la sección opuesta y aún palideció más. ¡Cepio! Al comunicarle la muerte de su hermana, había contestado que se iba de Roma inmediatamente después de aquel pleno y no podría asistir al entierro de Servilia Cepionis.
La visión que tenía Druso de los procedimientos y de la Cámara era bastante global, por hallarse sentado cerca del final de la sección izquierda, junto a las enormes puertas de bronce construidas por la curia siglos antes, en tiempos del rey Tulio Hostilio, abiertas ahora para que pudiera oír el público congregado en el pórtico. Porque los cónsules habían decidido que fuese una sesión pública, aunque sólo se permitiera la entrada a los senadores y sus ayudantes privados.
Al otro extremo de la Cámara, flanqueado por las tres gradas en que los senadores situaban sus sillas plegables, se alzaba el estrado de los magistrados curules; en frente, el largo banco de madera que alojaba a los diez tribunos de la plebe. Las preciosas sillas curules de marfil labrado de los dos cónsules estaban situadas delante del estrado, y detrás de él las de los seis pretores, que a su vez tenían detrás las de los dos ediles curules. Los senadores que tenían derecho a la palabra por la simple acumulación de años en cargos curules ocupaban la grada inferior de cada sección; la grada del medio era para los sacerdotes o augures, los que habían sido tribunos de la plebe o eran sacerdotes de colegios menores, mientras que la grada superior era para los pedarii, cuya única potestad en la Cámara era votar.
Una vez que las plegarias, los sacrificios y los presagios fueron declarados satisfactorios, Lucio Licinio Craso Orator, el primer cónsul, se puso en pie.
–Príncipe del Senado, pontífice máximo, colegas magistrados curules, miembros de esta augusta cámara, el Senado ha venido tratando últimamente de la inscripción ¡legal de itálicos como ciudadanos romanos en el censo actual -comenzó diciendo, sosteniendo en su mano un documento-. Aunque nuestros ilustres colegas los censores Marco Antonio y Lucio Valerio esperaban que las listas se incrementasen con algunos miles de nombres nuevos, lo que no esperaban eran tantísimos millares. Pero es lo que ha sucedido. El censo en Italia ha experimentado un aumento sin precedentes de los que afirman ser ciudadanos romanos, pero se nos ha testificado que la mayoría de esos nuevos nombres son de individuos con la categoría de aliados itálicos, sin ningún derecho a ser ciudadanos de Roma. Se nos ha testificado que los dirigentes de las naciones itálicas acordaron inscribir masivamente sus pueblos como ciudadanos romanos. Y se han mencionado dos nombres: Quinto Popedio Silo, dirigente de los marsos, y Cayo Papio Mutilo, dirigente de los samnitas.
Al oír un perentorio chascar de dedos, el cónsul calló y dirigió una inclinación de cabeza al centro de la primera grada de su derecha.
–Cayo Mario, te doy la bienvenida por el regreso a esta Cámara. ¿Quieres preguntar algo?
–Efectivamente, Lucio Licinio -respondió Mario, poniéndose en pie y mostrándose en excelente forma y muy bronceado-. Los nombres de esos dos individuos, Silo y Mutilo, ¿figuran en las listas?
–No, Cayo Mario, no figuran.
–Entonces, testimonios aparte, ¿qué pruebas tienes?
–Pruebas, ninguna -contestó Craso Orator con frialdad-. Sólo he mencionado sus nombres a efectos de testificación como indicio de que incitaron personalmente a los ciudadanos de sus pueblos a inscribirse masivamente.
–Entonces, Lucio Licinio, ese testimonio a que os referís no cabe duda de que es sospechoso.
–Es posible -replicó Craso Orator sin alterarse, repitiendo una florida reverencia-. Cayo Mario, si permites que prosiga con mi parlamento, lo aclararé todo a su debido tiempo.
Mario le devolvió sonriente la reverencia y se sentó.
–Prosigamos, pues, padres conscriptos. Como tan acertadamente ha señalado Cayo Mario, un testimonio no avalado con pruebas materiales es cuestionable. Vosotros, cónsules y censores, no ignoráis esa circunstancia. Sin embargo, el que nos dio ese testimonio es un hombre ilustre y tal testimonio confirma, en efecto, nuestras propias observaciones -añadió Craso Orator.
–¿Quién es esa persona ilustre? – inquirió Publio Rutilio Rufo sin levantarse.
–Debido a cierto riesgo intrínseco, nos pidió que no divulgásemos su nombre -contestó Craso Orator.
–¡Yo os lo puedo decir, tío! – terció Druso alzando la voz-. ¡Su nombre es Quinto Servilio Cepio, el que maltrata a su esposa! ¡También a mí me ha acusado!
–Orden, Marco Livio -terció el cónsul.
–¡Pues sí, le he acusado! ¡Es tan culpable como Silo y Mutilo! – gritó Cepio desde la grada posterior.
–Quinto Servilio, guarda el orden y siéntate.
–¡No lo haré hasta que no se incluya el nombre de Marco Livio Druso en mi acusación! – gritó Cepio aún más fuerte.
–Los cónsules y los censores han considerado fundadamente que Marco Livio Druso no está implicado en este asunto -replicó Craso Orator, ya algo enojado-. ¡Guarda compostura, igual que todos los pedarii, y no olvides que esta Cámara aún no te ha concedido el derecho a la palabra! ¡Siéntate y mantén tu lengua dentro de la boca cerrada! ¡La Cámara no desea escuchar las alegaciones de quienes mantienen rencillas personales, esta Cámara debe atender a lo que digo!
Se hizo un silencio, que Craso Orator observó también reverentemente unos instantes, para proferir un carraspeo y continuar.
–Por los motivos que sean, y a instigación de quien sea, en los rollos censuales aparecen de pronto demasiados nombres. Dadas las circunstancias, es lógico suponer que muchos se han atribuido ilegalmente la ciudadanía. Es deber de los cónsules rectificar la situación y no iniciar falsos juicios ni inculpar a nadie sin pruebas. Únicamente una cosa nos interesa: saber que si no hacemos algo nos veremos con un excedente de ciudadanos que querrán ser miembros de las treinta y una tribus rurales y que en la próxima generación podrán obtener más votos en las elecciones tribales que los ciudadanos de verdad, y cuya influencia posiblemente se haga notar en las votaciones de las clases centuriadas.
–Pues espero sinceramente que hagamos algo, Lucio Licinio -dijo Escauro, príncipe del Senado, desde su asiento en el centro de la primera grada de la parte derecha, junto al de Cayo Mario.
–Quinto Mucio y yo hemos redactado una nueva ley -contestó Craso Orator, sin enojarse por la interrupción- con el propósito de eliminar de las listas de Roma a los falsos ciudadanos. Solamente eso. No es un acta de expulsión, ni se pretende un éxodo masivo de falsos ciudadanos de Roma ni de ninguna otra localidad romana o latina dentro de Italia. Su propósito es descubrir a los que se han inscrito en las listas como ciudadanos y no lo son. A tal efecto, proponemos que la península se divida en diez regiones: Umbría, Etruría, Picenum, Lacio, Samnium, Campania, Apulia, Lucania, Calabria y Bruttium. En cada una de estas partes se establecerá un tribunal especial con potestad para indagar la condición de ciudadano de todos los que figuren en el censo por primera vez. La ley propone que estos quaestiones los formen jueces en lugar de jurados y que estos jueces sean miembros del Senado de Roma; el presidente de los tribunales tendrá rango consular y como ayudantes contará con dos senadores noveles. Se estipulan una serie de premisas a guisa de orientación para las indagaciones de los tribunales y todos los que comparezcan han de contestar (¡con pruebas!) a las preguntas dispuestas en esos pasos orientativos. Será un protocolo bastante estricto que impida a los falsos ciudadanos eludirlo, eso os lo garantizamos. En un ulterior contio leeremos el texto completo de la lex Licinia Mucia, pues juzgo que el primer contio de ninguna ley no debe entorpecerse con las minucias legalistas.
–Con permiso, Lucio Licinio -dijo Escauro, príncipe del Senado, poniéndose en pie-, quisiera preguntar si te propones establecer alguno de tus quaestiones especiales en la ciudad de Roma y, en caso afirmativo, si ese quaestio funcionaría como potestad investigadora tanto en el Lacio como en Roma.
–Roma constituirá el undécimo quaestio -contestó Craso Orator con solemne ademán-. El Lacio es aparte. Sin embargo, en relación con Roma, quisiera decir que los rollos de listas de la ciudad no han revelado una inscripción masiva de nuevos ciudadanos que creamos sea falsa. A pesar de ello, consideramos que es conveniente establecer un tribunal de investigación, ya que en la ciudad debe haber, a poco que se profundice en la investigación, ciudadanos que no tengan derecho a serlo.
–Gracias, Lucio Licinio -dijo Escauro, volviendo a sentarse.
A Craso Orator se le notaba muy enfadado, pues se habían derrumbado todas sus esperanzas de endilgar uno de sus discursos de refinada retórica, ya que lo que había iniciado como discurso se había convertido en un diálogo de preguntas y respuestas.
Antes de que pudiera reanudarlo, Quinto Lutacio Catulo César se puso en pie, confirmando la sospecha del primer cónsul de que la Cámara no estaba de humor para escuchar discursos excelsos.
–¿Puedo hacer una pregunta? – inquirió Catulo César en tono edulcorado.
–Todos pueden hacerla, Quinto Lutacio -respondió Craso Orator con un suspiro-. Hasta los que no tienen derecho a la palabra. Te ruego que la hagas; te invíto a ello. ¡Hazla!
–¿La lex Licinia Mucia prescribirá o especificará multas concretas, o va a dejarse el castigo a discreción de los jueces con arreglo a la jurídica existente?
–Lo creas o no, Quinto Lutacio, ¡de eso iba yo a hablar! – replicó Craso Orator con muestras visibles de estar a punto de perder la paciencia-. La nueva ley especifica multas concretas. La primera y más relevante es que todos los falsos ciudadanos que durante este último censo se hayan inscrito como ciudadanos sufrirán la ira de los tribunales y se les someterá a flagelación con el látigo de nudos, el nombre del culpable quedará inscrito en una lista, de modo que él y todos sus descendientes jamás puedan obtener la ciudadanía, y se les impondrá una multa de cuarenta mil sestercios. Si el falso ciudadano tiene residencia en una ciudad, pueblo o municipio con derechos latinos o romanos, él y sus amistades quedarán privados de esa residencia y deberán regresar al lugar de origen de sus antepasados. Sólo en ese aspecto concreto se trata de una ley de expulsión. A los que no posean la ciudadanía pero no hayan falsificado su condición no les afecta y podrán continuar en su domicilio habitual.
–¿Y los que hayan falsificado su condición en otro censo anterior? – inquirió Escipión Nasica el viejo.
–No serán azotados ni multados, Publio Cornelio, pero se les inscribirá en una lista y serán expulsados de cualquier localidad latina o romana.
–¿Y si uno no puede pagar la multa? – inquirió Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo.
–Será vendido como garantía de la deuda al Estado de Roma por un plazo mínimo de siete años.
–¿Me concedes la palabra, Lucio Licinio? – espetó Cayo Mario poniéndose en pie.
–¡Ah! ¿Por qué no, Cayo Mario? – replicó Craso Orator, alzando los brazos-. ¡La tienes, siempre que no te interrumpa media Roma!
Druso contempló a Mario mientras éste descendía de su sitial y se dirigía al centro de la Cámara. Su corazón, órgano que él había creído inerme por la muerte de su esposa, latía aceleradamente. Allíestaba la única esperanza. «¡Oh, Cayo Mario, por muy poco que me gustes como persona, pensaba Druso, di tú lo que yo diría si tuviese derecho a la palabra! Si tú no lo haces, no lo hará nadie. Nadie.»
–Ya veo -comenzó Mario con voz tonante- que es una intervención legislativa minuciosamente pensada, como no era menos de esperar de dos de nuestros mejores juristas. Aunque le falta una cosa para hacerla redonda: una cláusula estipulando una recompensa para los delatores. ¡Es una ley admirable! ¿Pero es una ley justa? ¿No debemos preocuparnos por ese aspecto antes que nada? Y, lo que es más, ¿nos consideramos lo bastante poderosos, lo bastante arrogantes, ¡lo bastante lerdos! para aplicar las sanciones que la ley estipula? A tenor del discurso de Lucio Licinio, que no es de los mejores suyos, yo añado: hay decenas de miles de esos supuestos ciudadanos falsos esparcidos desde la frontera de la Galia itálica hasta Bruttium y Calabria. Hombres que se sienten con pleno derecho a participar en los asuntos internos del gobierno de Roma, si no, ¿a qué correr el riesgo de efectuar una falsa declaración de ciudadanía? Todos los que viven en Italia saben a lo que se arriesgan si se descubre la falsedad de esa declaración. Azotes, destierro, multa, aunque generalmente no se apliquen a la vez al mismo individuo.
Se volvió hacia el lado izquierdo de la Cámara y prosiguió:
–Pero ahora, padres conscriptos, parece que hemos de descargar el peso de la ley sobre esas decenas de miles de hombres ¡y sobre sus familias! Vamos a azotarlos, multarlos con cantidades impagables, apuntándolos en una lista negra y expulsándolos de sus hogares si éstos se hallan en una localidad romana o latina.
Cubrió la distancia hasta las puertas abiertas y desde allí se dirigió a las dos secciones de la Cámara.
–¡Decenas de miles, padres conscriptos! ¡No uno, dos, tres o cuatro hombres, sino decenas de miles! Y familias con hijos, hijas, esposas, madres, tías, tíos, primos, a sumar a esas decenas de miles, que tendrán amigos incluso quizá entre quienes poseen legalmente la ciudadanía romana o los derechos latinos. Fuera de las ciudades romanas y latinas los iguales a ellos serán mayoría. Y nosotros, los senadores que seremos elegidos (echando suertes, digo yo) vamos a constituir esos equipos investigadores, vamos a escuchar las pruebas, a seguir las directrices para el escrutinio de los que comparezcan y a aplicar la lex Licinia Mucia al pie de la letra a los que resulten falsos. Mi aplauso para los que tengan suficiente valor para hacer ese cometido, porque yo, para empezar, ¡desearía que me diera otro infarto! ¿O es que la lex Licinia Mucia pondrá destacamentos armados de milicia a la constante disposición de todos y cada uno de esos quaestiones?
Comenzó a avanzar despacio por la Cámara sin dejar de perorar.
–¿Es realmente un delito desear ser romano? No peco de exagerado si digo que gobernamos en lo más notable del orbe. Se nos respeta en todo, se nos muestra deferencia cuando viajamos por doquier y hasta los reyes aceptan nuestras órdenes. Hasta el último que pueda llamarse romano, pese a que sea del capite censii es mejor que ningún otro hombre. Por pobre que sea para poseer un solo esclavo, sigue formando parte del pueblo que rige el mundo. Eso le confiere una valía sin igual, que nada define mejor que la palabra «romano». Aunque desempeñe el trabajo menestral obligado por no tener un solo esclavo, todavía puede decir: «Soy romano y mejor que el resto de la humanidad.»
Llegado casi a la altura del banco de los tribunos, giró sobre sus talones, mirando hacia las puertas.
–Dentro de las fronteras de Italia nos damos codo con codo con hombres y mujeres afines, incluso de la misma raza en muchos casos. Hombres y mujeres que han alimentado a nuestras tropas y pagado tributos durante no menos de cuatrocientos años y que han participado en nuestras guerras compartiendo los gastos. Oh, sí, de vez en cuando se han sublevado, han ayudado a nuestros enemigos o han protestado por nuestra política. ¡Pero ya han sido castigados por esos delitos! ¿Se les puede reprochar que deseen ser romanos? Esa es la cuestión. No por qué quieren ser romanos, ni por qué ha surgido ese repentino aluvión de declaraciones falsas. ¿Merecen realmente nuestro reproche?
–¡Sí! – gritó Quinto Servilio Cepio-. ¡Sí! ¡Son inferiores! ¡Son nuestros súbditos y no nuestros iguales!
–¡Orden, Quinto Servilio! ¿Siéntate y guarda silencio o abandona esta Cámara! – tronó Craso Orator.
Con paso que le permitía conservar la dignidad fisica, Cayo Mario giró en un círculo pleno, con el rostro cada vez más contorsionado por una amarga sonrisa.
–¿Creéis saber lo que voy a decir, verdad? – inquirió para toda la Cámara, lanzando una carcajada-. Estáis pensando: «Este Cayo Mario, el itálico, va a recomendar que Roma se olvide de la lex Licinia Mucia y que se deje a esas decenas de miles de nuevos ciudadanos inscritos en el censo.» ¡Pues bien, padres conscriptos -añadió, elevando sus enmarañadas cejas-, os equivocáis! No soy partidario de eso. Igual que vosotros, no soy partidario de que nuestros sufragios sufran detrimento alguno permitiendo que se mantenga en el censo a hombres que hayan vulnerado los principios legales de inscripción. Me inclino por que la lex Licinia Mucia proceda con esos tribunales de encuesta como han previsto sus eminentes redactores, pero hasta cierto punto. ¡Sin pasarnos de ese punto! Todo falso ciudadano debe ser borrado de los rollos del censo y expulsado de las tribus romanas. Pero nada más. ¡Nada más! ¡Os advierto solemnemente, padres conscriptos, Quirites que escucháis a las puertas, que en cuanto apliquéis las sanciones a esos ciudadanos espúreos con el consiguiente éxodo de cuerpos, hogares, bolsas y futuros descendientes, recogeréis una cosecha de odio y venganza como jamás se ha conocido! ¡Cosecharéis muertes, sangre, pobreza y un rencor que durará milenios! ¡No aprobéis lo que los itálicos han intentado hacer, pero no los castiguéis por intentarlo!
Muy bien dicho, Cayo Mario, pensó Druso, aplaudiendo al unísono con algunos otros. Pero la mayoría no aplaudía y de afuera llegaban murmullos, indicando que los que escuchaban en el Foro no estaban de acuerdo con tanta clemencia.
–¿Puedo hablar? – dijo Marco Emilio Escauro, levantándose.
–Podéis, portavoz de la Cámara -contestó Craso Orator.
Aunque él y Cayo Mario eran de la misma edad, Escauro, príncipe del Senado, no conservaba la misma actitud joven, pese a la simetría de rostro. Las arrugas que lo surcaban se hundían en la carne y su calvo cráneo también estaba arrugado. Pero conservaba jóvenes sus hermosos ojos verdes, sanos, alerta y luminosos. Y de inteligencia sin par. Sin embargo, aquel día no estaba en vena de su inveterado y admirado sentido del humor; aquel día tenía las comisuras de los labios crispadas hacia abajo. El también caminó por la Cámara hacia las puertas, pero allí dio la espalda a los senadores para mirar la muchedumbre de afuera.
–Padres conscriptos del Senado de Roma, soy vuestro portavoz, debidamente confirmado por nuestros actuales censores. Estoy en el cargo desde el año de mi consulado, hace veinte años exactamente. Soy un consular que ha sido censor, y he dirigido ejércitos y firmado tratados con nuestros enemigos y con quienes se manifestaron como amigos. Soy un patricio de la familia Emilia, pero, por encima de todo eso, por loable y prestigioso que sea, ¡soy un romano!
»Me resulta curioso tener que coincidir con Cayo Mario, que se ha definido como itálico. Pero dejadme que os repita lo que ha dicho al principio de su parlamento. ¿Es realmente un delito desear ser romano? ¿Querer formar parte de una raza que domina en lo más notable del orbe? ¿Querer pertenecer a una raza que puede dar órdenes a reyes con la seguridad de que se cumplen? Como Cayo Mario, yo os digo que no es un crimen desear ser romano. Pero en lo que diferimos es en el énfasis de tal afirmación. No es delito quererlo, pero sí es delito hacerlo. Y yo no puedo consentir que los que hayan escuchado a Cayo Mario caigan en esa trampa. Esta Cámara no se ha reunido para compadecer a los que desean lo que no tienen. Esta Cámara se ha reunido para discutir ideales, sueños, anhelos y aspiraciones. Estamos aquí para hablar de una realidad: la usurpación ilegal de la ciudadanía romana por decenas de miles de hombres que no son romanos, y que por consiguiente no tienen derecho a llamarse romanos. Que quieran serlo no es óbice. La cuestión estriba en que esas decenas de miles de hombres han cometido un grave delito, y en que nosotros, guardianes del legado de Roma, no deberíamos tratar ese grave delito como una falta menor, merecedora tan sólo, simbólicamente, de un palmetazo.
Tras estas palabras, se volvió de cara a la Cámara.
–¡Padres conscriptos, yo, portavoz de la Cámara, apelo a vosotros en tanto que auténticos romanos para que aprobemos esta ley con todo el poder y la autoridad que os están conferidos! De una vez por todas hay que acabar con esa pasión itálica por ser romanos; hay que erradicarla. ¡La lex Licinia Mucia debe incluir las más duras sanciones que se hayan inscrito en las tablillas! ¡Y no sólo eso! Creo que deben asumirse las dos sugerencias hechas por Cayo Mario, enmendándola para que las incluya. La primera enmienda, ofreciendo una recompensa por cualquier información tendente al descubrimiento de falsos romanos, con cuatro mil sestercios, el diez por ciento de la multa. De ese modo, nuestro Tesoro no tendrá que rebuscar y obtendrá el dinero de los culpables. Y os digo que la segunda enmienda debe estipular que un destacamento de milicia armada acompañe a esos equipos de jueces conforme se efectúan las comparecencias ante los tribunales que establezcan. El dinero para el pago de esos soldados temporales puede también proveerse con las multas que se cobren. Por consiguiente, con toda sinceridad, doy las gracias a Cayo Mario por sus sugerencias.
A continuación, nadie supo con certeza si había sido el final de la intervención de Escauro, pues Publio Rutilio Rufo se puso en pie gritando:
–¡Concededme la palabra! ¡Tengo que hablar!
Escauro, que ya estaba sentado, asentía con la cabeza.
–Ese pobre Escauro ya no es ni la sombra de lo que fue -dijo Lucio Marcio Filipo a sus vecinos de asientos-. Nunca había aprovechado el parlamento de otro para estructurar el suyo.
–Yo no lo encuentro nada mal -comentó Lucio Sempronio Aselio, que estaba a su izquierda.
–Ya no es el mismo -insistió Filipo.
–¡Tace, Lucio Marcio! – dijo Marco Herenio, que estaba a su derecha-, quiero oír a Publio Rutilio.
–¡Cómo no! – dijo con sorna Filipo.
Publio Rutilio Rufo no optó por caminar por el centro de la Cámara e inició su discurso de pie junto a su escabel plegable.
–¡Padres conscriptos, Quirites que escucháis afuera, oíd, os lo ruego! – comenzó a decir y, encogiéndose de hombros, hizo una mueca-. No confío demasiado en vuestro buen sentido, y por ello no creo que logre disuadiros de la opinión de Marco Emilio que es hoy la de la mayoría de vosotros. Sin embargo, lo que voy a deciros no puede omitirse y debe oírse para que en el futuro quede constancia de su prudencia y justicia. Porque os aseguro que así será en el futuro.
Efectuó un carraspeo y tronó:
–¡Cayo Mario tiene razón! Lo único que debe hacerse es eliminar a los ciudadanos falsos de las listas y de nuestras tribus. Aunque soy consciente de que casi todos vosotros, ¡y yo me incluyo!, consideráis a los itálicos una especie distinta a los auténticos romanos, espero que tengamos suficiente sentido común para entender que no por eso son simples bárbaros. Son gentes refinadas, sus dirigentes son personas extremadamente cultivadas, y básicamente llevan la misma vida que nosotros los romanos. ¡Por consiguiente, no se les puede tratar como a bárbaros! Los tratados que tenemos con ellos datan de varios siglos y durante siglos han colaborado con nosotros. Tienen parentesco de sangre con nosotros, como ha dicho Cayo Mario.
–Sí, desde luego, con Cayo Mario sí -comentó burlón Lucio Marcio Filipo.
Rutilio Rufo se volvió a mirar al ex pretor, enarcando las cejas.
–Muy perspicaz en hacer ese distingo -dijo con voz dulce- entre parentesco de sangre y parentesco conseguido con dinero. De no haber hecho ese distingo se te habría relacionado con Cayo Mario como una ventosa, ¿no es cierto, Lucio Marcio? ¡Porque en lo que a dinero respecta, Cayo Mario tiene más relación contigo que tu propio tata! ¡Porque juro que antaño a él le has pedido mucho más dinero que todo el que tu tata haya podido darte! Si el dinero fuese como la sangre, tu también serías víctima de la misma rémora que los itálicos, ¿no es cierto?
La Cámara estalló en carcajadas, aplausos y silbidos, mientras Filipo enrojecía, deseando que se le tragara la tierra.
–¡Os ruego que consideremos más seriamente las previsiones penales de la lex Licinia Mucia! – prosiguió Rutilio Rufo, volviendo al tema-. ¿Cómo vamos a azotar a gentes con las que hemos de convivir y a las que exigimos soldados y dinero? Aunque algunos miembros disolutos de esta Cámara se permitan hacer aseveraciones sobre otros miembros de la misma en cuanto a sus orígenes, yo me digo ¿tan distintos somos de los itálicos? Es lo que digo y es lo que someto a vuestra consideración. Es mala cosa que un padre críe a su hijo a base de palizas cotidianas, pues cuando ese hijo sea mayor detestará a su padre y no lo querrá ni lo admirará. Si azotamos a nuestros afines itálicos de la península, tendremos que convivir con gentes que nos odiarán por nuestra crueldad. Si impedimos que obtengan la ciudadanía, tendremos que coexistir con gentes que nos odiarán por nuestra presunción. Si los arruinamos con multas infamantes, tendremos que coexistir con gentes que nos odien por nuestra codicia. Si los expulsamos de sus casas, tendremos que convivir con gentes que nos odien por nuestra insensibilidad. ¿Cuál es la magnitud de ese odio? Mucho más, padres conscriptos, de lo que podemos permitirnos de unas gentes que viven en las mismas tierras que nosotros.
–Entonces, abrumémoslos más aún -terció Catulo César en tono de hastío-. Abrumémoslos para que no les quede ningún sentimiento. Es lo que merecen por robar el mejor obsequio que puede ofrecer Roma.
–¡Quinto Lutacio, intenta comprenderlo! – suplicó Rutilio Rufo-. ¡Se lo apropian porque no se les concede! Cuando alguien roba lo que juzga que le corresponde, no lo llama robo, sino recuperación.
–¿Cómo se puede recuperar lo que en principio no se tiene?
–De acuerdo -replicó Rutilio Rufo, dándose por vencido-, he intentado haceros ver la imprudencia de infligir sanciones severas a las gentes entre las cuales vivimos, que habitan al linde de nuestras carreteras, y que constituyen la mayoría del populacho en las zonas en que se hallan nuestras villas campestres y tenemos nuestras fincas, esas gentes que muchas veces cultivan nuestras tierras si no somos lo bastante modernos para emplear mano de obra esclava. No diré nada más respecto a las consecuencias de castigar a los itálicos.
–¡Gracias a todos los dioses! – dijo Escipión Nasica con un suspiro.
–¡Trataré ahora de las enmiendas sugeridas por nuestro príncipe del Senado… no por Cayo Mario! – dijo Rutilio Rufo, haciendo caso omiso del comentario-. ¡Y permitid que os diga, princeps Senatus, que recoger la ironía de otro para construir la tesis propia no es buena retórica! Si no andáis con más cuidado, la gente empezará a decir que perdéis facultades. En cualquier caso, es comprensible que resulte difícil encontrar palabras conmovedoras y poderosas para exponer algo que no se cree de corazón, ¿no es cierto, Marco Emilio?
Escauro, levemente ruborizado, no contestó.
–No es costumbre romana institucionalizar la delación pagada, como tampoco es costumbre romana emplear guardaespaldas -prosiguió Rutilio Rufo-. Si comenzamos a hacerlo con arreglo a las cláusulas de la lex Licinia Mucia, estaremos demostrando a nuestros compatriotas itálicos que les tenemos miedo. ¡Demostraremos a nuestros compatriotas itálicos que la lex Licinia Mucia no está hecha para castigar los delitos, sino para aplastar una amenaza potencial denotada por nuestros compatriotas itálicos! ¡Y, por pasiva, demostraremos a nuestros compatriotas itálicos que pensamos que ellos pueden soportarnos mucho mejor de lo que nosotros los soportamos a ellos! Medidas tan severas y medios tan poco romanos como son delatores pagados y guardaespaldas, son señal de un profundo temor y no haremos sino exponer nuestra debilidad, padres conscriptos, Quirites, no nuestra fuerza! Quien se siente realmente seguro no va por ahí con una escolta de ex gladiadores ni mirando hacia atrás cada cuatro pasos. Quien se siente realmente seguro no ofrece una recompensa por información sobre sus enemigos.
–¡Bobadas! – replicó con desdén Escauro, príncipe del Senado-. Emplear delatores pagados es de sentido común. Eso aligerará la descomunal tarea de los tribunales especiales, que tendrán que juzgar a decenas de miles de transgresores. ¡Cualquier medio que sirva para abreviar y aligerar el proceso es conveniente! En cuanto a las escoltas armadas, son también de sentido común para impedir las manifestaciones y prevenir disturbios.
–¡Escuchad, escuchad! ¡Escuchad, escuchad! – se oyó por toda la Cámara entre aplausos.
Rutilio Rufo se encogió de hombros.
–¡Ya veo que hablo para oídos sordos… lástima que haya tan pocos de vosotros que sepan leer el movimiento de los labios! Otra cosa más y concluyo. Si empleamos a delatores, diseminaremos una plaga en nuestra querida patria que nos agobiará durante décadas. Será una plaga de espías, pequeños chantajistas, terribles sospechas entre amigos y parientes, pues en toda comunidad hay siempre alguien que, por dinero, hace lo que sea, ¿no es cierto, Lucio Marcio Filipo? Desataremos esa brigada repugnante que trabaja furtivamente en los pasillos de palacio de los reyes extranjeros y que siempre aparece entre las estructuras en los regímenes basados en el miedo o cuando se aprueba una legislación represiva. ¡Os ruego que no deis suelta a ese repugnante ejército! Seamos lo que siempre hemos sido: ¡romanos! Inmunes al miedo y por encima de esos recursos propios de reyes extranjeros. Eso es todo, Lucio Licinio -añadió, sentándose.
Nadie aplaudió, aunque se oyeron susurros y ruido de gente rebulléndose, mientras Mario sonreía.
Y ya estaba, pensó Marco Livio Druso cuando se cerró la sesión. Era evidente que había triunfado Escauro, príncipe del Senado, y que la que perdía era Roma. ¿Cómo iban a escuchar aquellos oídos sordos a Rutilio Rufo? Cayo Mario y Rutilio Rufo habían hablado con mucho sentido común, un sentido común que casi tiraba de espaldas. ¿Qué expresión había empleado Cayo Mario? Una cosecha de sangre como nunca se había visto. La contrariedad era que casi ninguno de ellos sabía lo que eran los itálicos, salvo por algún negocio o alguna molesta contigüidad. No tienen la menor idea, pensó Druso entristecido, de que todo itálico es una simiente de odio y venganza lista para germinar. Y yo tampoco lo habría sabido de no haber conocido a Quinto Popedio Silo en el campo de batalla.
Su cuñado Marco Porcio Catón Saloniano, que estaba sentado en la grada superior, no muy lejos, se abrió paso hasta él y le puso la mano en el hombro.
–¿Vuelves a casa conmigo, Marco Livio?
Druso miró hacia arriba, sin levantarse, con la boca ligeramente abierta y los ojos obnubilados.
–Vete sin mí, Marco Porcio -contestó-; estoy muy cansado y quiero reflexionar.
Aguardó a que el último de los senadores hubiera cruzado la puerta e hizo señal a su criado de que recogiera la silla plegable y se fuera a casa sin esperarle. Luego descendió despacio hasta las losas blancas y negras y salió cuando ya los esclavos de la Curia Hostilia comenzaban a barrer las gradas; cuando acabaran la limpieza, cerrarían las puertas por prevención ante la chusma del Subura y se retirarían a las dependencias de esclavos públicos, detrás de las tres domi publici de los sacerdotes flamines.
Druso, cabizbajo, cruzó la columnata del pórtico, pensando en cuánto tardarían Silo y Mutilo en enterarse de los acontecimientos de la jornada, convencido en lo más profundo de su ser de que la lex Licinia Mucia, con las enmiendas de Escauro, pasaría el proceso de promulgación y ratificación en el prescrito plazo mínimo de tres días entre mercados. Diecisiete días después Roma contaría con una nueva ley en las tablillas y habría muerto toda esperanza de reconciliación pacífica con los aliados itálicos.
Se tropezó con Cayo Mario sin esperárselo. Y sin querer. Retrocedió unos pasos y no supo articular una excusa al ver la fiera mirada de Mario, acompañado de Publio Rutilío Rufo.
–Ven a casa con tu tío y conmigo, Marco Livio, y toma una copa de mi excelente vino -dijo Mario.
Pese a la sabiduría acumulada en sus sesenta y dos años, Mario no habría podido prever la reacción de Druso a su amable invitación; el terso y oscuro rostro del Livio, en el que ya comenzaban a dibujarse las arrugas, se descompuso y sus ojos se llenaron de lágrimas. Tapándose la cabeza con la toga para ocultar su debilidad, Druso lloró como si fuera el fin del mundo, mientras Mario y Rutilio Rufo se le acercaban tratando de consolarle, musitando torpes frases y dándole palmadas en la espalda. En aquel momento, a Mario se le ocurrió una idea, y metiendo la mano en el sinus de su toga sacó un pañuelo, que introdujo en la improvisada capucha de Druso.
Druso tardó un rato en sobreponerse, dejó caer la toga y se volvió hacia ellos.
–Ayer murió mi esposa -dijo, entre hipidos.
–Lo sabemos, Marco Livio -dijo Mario afectuoso.
–¡Creí que me encontraba bien, pero esto es demasiado! Lamento haber dado este espectáculo.
–Lo que necesitas es un buen trago de excelente falerno -replicó Mario, adelantándose a descender la escalinata.
Efectivamente, un buen trago de aquel vino sin par contribuyó notablememte a que Druso recuperase en parte la normalidad. Mario había mandado traer otra silla a su despacho y los tres tomaron asiento, con los respectivos jarros de vino y de agua a mano.
–Bien, lo hemos intentado -dijo Rutilio Rufo con un suspiro.
–Puede que no hubiéramos debido molestarnos -gruñó Mario.
–No estoy de acuerdo, Cayo Mario -replicó Druso-. La sesión se ha recogido palabra por palabra; vi cómo Quinto Mucio daba instrucciones, y los escribas estuvieron ocupados mientras hablabas y durante la intervención de Escauro y Craso Orator. Así que, en el futuro, cuando se dilucide lo que estaba bien y lo que estaba mal, habrá quien lea lo que dijiste y la posteridad sabrá que no todos los romanos eran unos locos arrogantes.
–Supongo que eso puede ser un consuelo, aunque habría preferido que todos hubiesen rechazado las últimas cláusulas de la lex Licinia Mucia -dijo Rutilio Rufo-. ¡Lo malo es que todos viven entre itálicos y es como si no los conocieran!
–Es muy cierto -asintió Druso, dejando la copa en la mesa para que Mario volviera a llenársela-. Habrá guerra -añadió lacónico.
–¡No, guerra, no! – se apresuró a decir Rutilio Rufo.
–Sí, la habrá. A menos que haya alguien capaz de bloquear esa ley y consiga el sufragio de toda Italia -replicó Druso, dando un sorbo-. Sobre el cadáver de mi esposa -añadió, con los ojos de nuevo bañados en lágrimas- he jurado no tener nada que ver con ese falso registro de ciudadanos itálicos, pero en cuanto me enteré de que se había producido, supe quién lo había organizado. Han sido los dirigentes de todos los pueblos itálicos, no exclusivamente mi amigo Silo y su amigo Mutilo. Y ni por un momento he pensado que hayan imaginado que podían salirse con la suya. No, creo que lo han hecho como último recurso para que Roma vea lo acuciante que es implantar el sufragio universal en Italia. ¡Y os digo que la guerra es inevitable!
–No están organizados para emprender una guerra -dijo Mario.
–Quizá te lleves una desagradable sorpresa -contestó Druso-. De dar crédito a las observaciones que a veces me ha hecho Silo, y creo que hay que dárselo, hace ya años que vienen hablando de ir a la guerra. Desde Arausio cuando menos. No tengo pruebas, lo digo únicamente basándome en mi conocimiento de la clase de hombre que es Quinto Popedio Silo. Y sabiendo la clase de hombre que es, creo que ya deben estar materialmente preparados para la guerra. Los niños han crecido, y en cuanto cumplen diecisiete años los ponen a hacer instrucción militar. Y con toda lógica. ¿Quién va a decirles nada porque quieran que sus jóvenes estén preparados para el día en que Roma los reclame? ¿Quién puede desmentirles si dicen que las armas y los pertrechos que están acumulando son para cuando Roma les exija las legiones de tropas auxiliares?
Mario apoyó los codos en el escritorio y lanzó un gruñido.
–Muy cierto, Marco Livio. Espero que te equivoques, porque una cosa es luchar contra bárbaros o extranjeros con las legiones romanas, pero si tenemos que combatir a los itálicos deberemos de enfrentarnos a guerreros tan entrenados como nosotros. Los itálicos serán un terrible enemigo, como ya lo fueron otrora. ¡Recordad cómo nos derrotaban los samnitas! Al final vencimos, pero el Samnio es tan sólo una parte de Italia. Una guerra contra toda Italia puede ser nuestro final.
–Es lo que yo pienso -dijo Druso.
–Entonces, lo mejor es que comencemos a tratar de formar un grupo que presione a favor de una integración pacífica de los itálicos en el Estado romano -dijo Rutilio Rufo, decidido-. Si es eso lo que quieren, debemos dárselo. Nunca he sido partidario incondicional de la emancipación total en Italia, pero soy razonable; y si como romano no lo apruebo, como patriota tengo que hacerlo. Una guerra civil sería nuestra ruina.
–¿Estás completamente seguro de lo que has dicho? – preguntó Mario a Druso, con voz sombría.
–Totalmente seguro, Cayo Mario.
–Entonces creo que debes salir de viaje lo antes posible para hablar con Quinto Silo y Cayo Mutilo -dijo Mario, expresando en voz alta su criterio- para tratar de convencerlos, y a los otros itálicos mediante ellos, de que, a pesar de la lex Licinia Mucia, no está irrevocablemente cerrada la puerta a la ciudadanía generalizada. Si se están preparando para la guerra, no podrás disuadirlos para que interrumpan los preparativos, pero podrás convencerlos de que una guerra es un último recurso tan horrible, que acepten esperar. Y que esperen y esperen. Entretanto debemos demostrar en el Senado y la Comitia que un grupo de los nuestros está decidido a propugnar la emancipación general de todos los itálicos. Y tarde o temprano, Marco Livio, tendremos que encontrar un tribuno de la plebe que quiera consagrar su vida a una legislación encaminada a convertir toda Italia en romana.
–Yo seré ese tribuno de la plebe -dijo Druso con firmeza.
–¡Magnífico! Nadie podrá acusarte de ser un demagogo o de tratar de ganarte a la tercera y cuarta clases. Estarás muy por encima de la edad habitual de un tribuno de la plebe y, en consecuencia, te verán como alguien maduro y responsable. Eres hijo de un censor sumamente conservador, y la única tendencia liberal que tienes es tu bien sabida simpatía por la causa itálica -dijo Mario, complacido.
–Pero aún no -dijo con firmeza Rutilio Rufo-. ¡Hay que esperar, Cayo Mario! Primero hay que formar un grupo influyente y asegurarnos el apoyo de la comunidad romana… y eso va a llevarnos varios años. No sé si lo has advertido, pero hoy la multitud del exterior de la Curia Hostilia me demostró lo que siempre he sospechado: que la oposición a la emancipación de los itálicos no se da exclusivamente entre las clases dirigentes, sino que es un asunto en el que se produce unanimidad entre todos los romanos, desde la cúspide social hasta el capite censii y en el que, si no me equivoco, los ciudadanos con derecho latino están también de parte de Roma.
–Es el deseo de privilegio que tienen todos -dijo Mario, asintiendo con la cabeza-: quieren tener más categoría que los itálicos. Yo creo que es muy posible que ese sentimiento de superioridad esté más arraigado entre las clases bajas que entre la élite. Tendremos que reclutar a Lucio Decumio.
–¿Lucio Decumio? – inquirió Druso, enarcando las cejas.
–Es un conocido mío de muy baja extracción -contestó Mario sonriente-. Pero tiene gran ascendiente entre los de su nivel y es un rendido servidor de mi cuñada Aurelia. Yo procuraría enrolarla a ella para que, a su vez, le capte.
–Dudo mucho que tengas suerte con Aurelia -dijo Druso frunciendo el entrecejo-. ¿No has visto a su hermano mayor, Lucio Aurelio Cota, en la parte superior de la grada próxima al pretor? No hacía más que vitorear y aplaudir con los demás, igual que su tío Marco Aurelio Cota.
–Tranquilízate, Marco Livio, ella no es ni con mucho tan aferrada a la tradición como sus familiares -dijo Rutilio Rufo-. Esa joven piensa por sí misma y está unida por matrimonio a una de las ramas más heterodoxas y radicales de la familia de Julio César. La ganaremos para la causa, pierde cuidado. Y mediante ella lograremos enrolar a Lucio Decumio.
Se oyó llamar levemente a la puerta y entró Julia ataviada con vaporosas vestiduras de finísimo lino adquiridas en Cos. Igual que Mario, estaba muy bronceada y saludable.
–Marco Livio, querido amigo -dijo acercándose a abrazarle por detrás de la silla e inclinándose a darle un beso en la mejilla-, no quiero amilanarte con sensiblerías, pero quiero que sepas cuánto lo he sentido y decirte que aquí siempre serás bien acogido.
Era tan plácida su presencia y tan fuerte la simpatía que irradiaba, que Druso se sintió profundamente consolado y más bien animado por aquel pésame.
–Te lo agradezco, Julia -dijo, poniéndose en pie para besarle la mano.
Julia se sentó en la silla que le arrimó Rutilio Rufo y aceptó una copa de vino ligeramente aguado, con pleno convencimiento de que era bien recibida en aquel grupo de varones, aunque se daba perfecta cuenta de que la conversación había sido profunda y seria.
–La lex Licinia Mucia, ¿no? – comentó.
–Eso es, mel -contestó Mario, mirándola apasionadamente y más enamorado que cuando se había casado con ella-. Pero de momento no hemos podido hacer más. Ya hablaremos luego de ello, creo que te necesitaré.
–Haré lo que esté en mi mano -dijo ella, asiendo a Druso por el brazo y echándose a reír-. ¡Marco Livio, indirectamente has interrumpido nuestras vacaciones!
–¿Cómo es posible que haya hecho semejante cosa? – inquirió Druso sonriente.
–La culpa es mía -dijo Rutilio Rufo, con expresión perversa, conteniendo la risa.
–Por supuesto -añadió Julia, dirigiéndole una mirada furibunda-. Marco Livio, tu tío nos escribió a Halicarnaso en enero diciéndonos que su sobrina acababa de divorciarse por adulterio al dar a luz un niño pelirrojo.
–Y es cierto -contestó Druso, aún más sonriente.
–Sí, pero el problema es que tiene otra sobrina… ¡Aurelia! Aunque puede que no lo sepas, circulaba cierto rumor en la familia a propósito de su amistad con cierto pelirrojo que ahora está de primer legado con Tito Didio en la Hispania Citerior. Así que, al leer el críptico comentario de tu tío, mi esposo pensó que se refería a Aurelia. Y yo me empeñé en regresar, porque habría apostado la cabeza a que lo único que unía a Aurelia con Lucio Cornelio Sila era una buena amistad. ¡Y cuando llegamos aquí me enteré de que nos habíamos estado preocupando por la sobrina que no era! Publio Rutilio nos la jugó bien -añadió, riendo otra vez.
–Os echaba de menos -dijo Rutilio Rufo.
–Las familias son a veces una pesadez -dijo Druso-. Pero tengo que admitir que Marco Porcio Catón Saloniano es un hombre mucho más agradable que Quinto Servilio Cepio. Y Livia Drusa es feliz.
–Entonces todo va bien -dijo Julia.
–Sí, todo va bien -corroboró Druso.
Quinto Popedio Silo estuvo viajando de un lugar a otro durante los días que transcurrieron entre la primera sesión sobre la lex Licinia Mucia y su aprobación prácticamente por unanimidad del voto de las tribus en la Asamblea del Pueblo. Así, fue por boca de Cayo Papio Mutilo que Silo lo supo al llegar a Bovianum.
–Entonces, es la guerra -dijo muy serio a Mutilo.
–Me temo que sí, Quinto Popedio.
–Hay que convocar un consejo de dirigentes nacionales.
–Ya está en marcha.
–¿Dónde?
–Donde a los romanos nunca se les ocurrirá pensar -contestó Papio Mutilo-. En Grumentum, dentro de diez días.
–¡Estupendo! – exclamó Silo-. La Lucania interna es un lugar del que no se les ocurrirá sospechar; allí no hay terratenientes romanos ni latifundia a menos de un día a caballo desde Grumentum.
–Y lo que es más importante, tampoco residentes romanos.
–¿Y cómo nos guardaremos de algún viajero romano que pudiera aparecer? – inquirió Silo, arrugando el entrecejo.
–Marco Lamponio lo tiene todo previsto -dijo Mutilo, con una leve sonrisa-. Lucania es una región de bandoleros y cualquier viaJero romano que se aventure caerá en sus manos. Una vez concluido el consejo, Marco Lamponio se cubrirá de gloria liberándolos sin rescate.
–¡Muy acertado! ¿Cuándo piensas emprender viaje?
–Dentro de cuatro días -contestó Mutilo, agarrándole del brazo y sacándole a pasear por el jardín con columnata de su elegante casa. Al igual que Silo, Mutilo era un hombre de buena posición, cultivado y con buen gusto-. Quinto Popedio, dime qué tal te ha ido en ese viaje por la Galia itálica.
–He visto que las cosas están por el estilo a como me las expuso Quinto Servilio Cepio hace dos años y medio -contestó Silo con satisfacción-. Hay una serie de bonitos asentamientos diseminados por el curso del río Medoacus después de Patavium y en el Sontius y el Natiso a partir de Aquileia. Envían el mineral de hierro por tierra desde la región de Noricum próxima a Norcia, aunque en su mayor parte el transporte se hace por barco, por un brazo navegable del Dravus, para cruzar luego la cuenca hasta el Sontius y el Tiliaventus, desde donde sigue también por barco hasta su destino final. Los asentamientos situados en los cursos más altos de los ríos se dedican a elaborar carbón, que envían por barco hasta los centros productores de hierro. Me hice pasar por praefectus fabrum romano en mi viaje por la región y pagué en metálico, por lo que nadie me negó su colaboración. Pagué bien para asegurarme de que trabajan con denuedo para servir el pedido, y como resultó que yo era el primer cliente serio que tenían, están muy satisfechos de hacerme armas y corazas en exclusiva.
–¿Estás seguro de que ha sido prudente fingirte praefectus fabrum romano? – inquirió Mutilo con gesto de preocupación-, ¿Y si les llega un auténtico praefectus fabrum? Se darán cuenta de que has sido un falsario e informarán a Roma.
–Pierde cuidado, Cayo Papio, he cubierto mis pistas concienzudamente -replicó Silo impasible-. Ten en cuenta que gracias a mí, esos nuevos asentamientos no necesitan buscar negocio. Los pedidos romanos van a localidades ya establecidas, como Pisae y Populonia, mientras que, enviados desde Patavium y Aquileia, nuestras armas viajarán por el Adriático hasta puertos itálicos que no utilizan los romanos. Ningún romano podrá husmear esos cargamentos, y menos imaginar que la Galia itálica del este se dedica al comercio de armas. La actividad romana se efectúa en el oeste, en el mar toscano.
–¿Y en la Galia itálica hay más capacidad de producción?
–¡Por supuesto! Cuanta más actividad haya, más herreros se irán estableciendo. Hay que decir en favor de Quinto Servilio Cepio que ha organizado un buen negocio.
–¿Y qué me dices de Cepio? ¡El no es amigo de los itálicos!
–Pero es cauteloso -replicó Silo sonriente-, y no forma parte de sus planes hablar en Roma de sus negocios, él simplemente intenta esconder el oro de Tolosa en diversos lugares remotos. Y trabaja bien a cubierto del escrutinio senatorial, lo que significa que no va a estar constantemente encima de todo, con excepción de los libros de contabilidad de vez en cuando, ni va a visitar los asentamientos con frecuencia. Me sorprendió al demostrar semejante talento; su sangre es de mucha mejor calidad que su cerebro en cualquier otra circunstancia. ¡No, no hay que preocuparse por Quinto Servilio Cepio! Mientras los sestercios sigan tintineando en sus bolsas, se mantendrá tranquilo y feliz.
–Entonces, lo que tenemos que hacer ahora es encontrar más dinero -dijo Mutilo, rechinando los dientes-. ¡Por todos los dioses tradicionales itálicos, Quinto Popedio, yo y mi pueblo veríamos con gran satisfacción el final de Roma y los romanos!
Pero al día siguiente Mutilo tendría que sufrir la presencia de un romano, pues a Bovianum llegó el propio Marco Livio Druso, siguiendo los pasos de Silo y cargado de noticias.
–El Senado ha comenzado ya a echar suertes para formar equipos de jueces para esos tribunales extraordinarios -dijo Druso, inquieto por hallarse en una región como Bovianum, que, por tradición, era un foco de insurrección, y temiendo que alguien le hubiese visto llegar.
–¿Van de verdad a aplicar la lex Licinia Mucia en toda su amplitud? – inquirió Silo, sin acabar de creérselo.
–Así es -contestó Druso, taciturno-. He venido a decirte que tienes unos seis intervalos de mercado para hacer lo que puedas para prevenir el golpe. Este verano estarán ya en marcha los quaecstiones, y toda localidad en que se establezca un quaestio la llenarán de bandos con promesas de privilegios y recompensas monetarias para quienes faciliten información. Habrá no pocos infames deseosos de ganarse cuatro, ocho o doce mil sestercios, y te aseguro que muchos harán una fortuna. Es una desgracia, de acuerdo, pero la asamblea del Pueblo aprobó esa maldita ley casi por unanimidad.
–¿Dónde estará situado el tribunal más cercano a mi casa? – inquirió muy serio Mutilo.
–En Aesernia. En cualquier caso habrá un tribunal regional en una colonia romana o con derechos latinos.
–No se atreverían a situarlo en ningún otro sitio.
Se hizo un silencio durante el cual ni Mutilo ni Silo dijeron nada de la guerra, lo cual alarmó a Druso más que si lo hubieran expresado abiertamente. Sabía que en varias ocasiones los había sorprendido hablando de conjuras, pero había sido por azar y él era un romano demasiado leal para participar en conjuras y demasiado buen amigo de Silo para entrometerse en ellas. Por eso no dijo nada y decidió hacer lo que debía sin menoscabo de su patriotismo.
–¿Qué sugieres que hagamos? – inquirió Mutilo.
–Ya os digo, lo que podéis hacer es intentar aminorar el golpe. Convenced a los que viven en colonias o municipios romanos o latinos para que abandonen inmediatamente su domicilio si se han inscrito como ciudadanos romanos sin tener derecho. No querrán abandonarlos, pero vosotros debéis convencerlos, porque si no se marchan los azotarán, los multarán y los desahuciarán -contestó Druso.
–¡No pueden hacer eso! – exclamó Silo apretando los puños-. Marco Livio, hay muchos de esos llamados espúreos y Roma debe ser consciente de la cantidad de enemigos que se creará si aplica severamente la ley. Una cosa es azotar aquí y allá a un par de itálicos y otra hacerlo masivamente en aldeas y pueblos. ¡Están locos! ¡Te juro que la gente no se someterá!
Druso se llevó las manos a los oídos y meneó la cabeza.
–¡No, Quinto Popedio, no me lo digas! ¡Te ruego que no me digas una palabra que pueda imputárseme como traición! ¡Aún soy romano! Créeme que únicamente he venido por ayudaros en la medida de lo posible, pero no me impliquéis en nada que yo sinceramente creo que va a ser inútil, os lo ruego. Haced que salgan de sus hogares esos falsos ciudadanos porque si no los descubrirán. Y hacedlo ahora que aún pueden salvar algo de lo que han ganado viviendo entre romanos o latinos. No importa que todos vean que se marchan con tal de que se dirijan lo más lejos posible para que no los detengan. La milícia armada será escasa y estará más que ocupada protegiendo a los jueces para dedicarse a perseguir culpables. Una de las cosas en que podéis confiar es en la tradicional reticencia del Senado a gastar dinero, que en las actuales circunstancias os es favorable. ¡Que los vuestros huyan! Y aseguraos de que se pagan todos los tributos itálicos, no permitáis que nadie deje de pagarlos porque no se otorgue la ciudadanía romana.
–Así lo haremos -aseguró Mutilo, quien, como samnita, conocía las terribles venganzas romanas-. Traeremos a nuestras gentes a nuestro país y los ayudaremos.
–Bien -dijo Druso-. Con eso se reducirá el número de represaliados. No puedo quedarme aquí -añadió nervioso moviendo las manos-, tengo que irme antes de mediodía para estar antes del anochecer en Casinum, que es un lugar más adecuado que Bovianum para un Livio Druso. En Casinum tengo una casa.
–¡Pues, ve, ve! – añadió Silo, nervioso-. Por nada del mundo quisiera que te acusaran de traición, Marco Livio. Has demostrado ser un buen amigo y te estamos agradecidos.
–Me iré sin tardanza -contestó Druso, esforzándose por sonreír-, pero primero quisiera que me dieseis palabra de que no recurriréis a la guerra mientras quede otra alternativa. No he perdido la esperanza de una solución pacífica y ahora cuento con algunos poderosos aliados en el Senado. Cayo Mario ha vuelto del extranjero y mi tío Publio Rutilio Rufo también trabaja por vuestra causa. Yo os juro que dentro de pocos años me presentaré al cargo de tribuno de la plebe y a través de la Asamblea plebeya obtendré la emancipación general de todos los itálicos. Pero ahora es imposible; primero tenemos que hacer que prospere la idea en Roma y entre los de nuestra clase. Sobre todo entre los caballeros. Puede que la lex Licinia Mucia os sea en definitiva más favorable que adversa. Nosotros pensamos que cuando se comprueben sus efectos, muchos romanos simpatizarán con los itálicos. Lamento que vaya a crear héroes de vuestra causa del modo más arduo y penoso, pero héroes serán y, finalmente, los romanos lamentarán el quebranto que os hacen. Os lo juro.
Silo le acompañó hasta el caballo, un animal de refresco de los establos de Mutilo, y vio que iba sin escolta.
–¡Marco Livio, es peligroso cabalgar en solitario! – le advirtió Silo.
–Más peligroso sería que viajara con alguien, aunque fuese un esclavo, porque la gente habla y no puedo permitirme el lujo de darle a Cepio ocasión de acusarme de haber venido a Bovianum para participar en una conspiración -dijo Druso, aceptando la ayuda que le ofrecía para montar.
–A pesar de que ninguno de los dirigentes nos inscribimos como ciudadanos, no me aventuro a ir a Roma -dijo Silo, levantando la vista hacia su amigo, en cuya cabeza el sol formaba un halo.
–Por supuesto que no -contestó Druso con una mueca-. Para empezar, tengo un delator en mi casa.
–¡Por Júpiter! ¡Espero que le crucifiques!
–Desgraciadamente, Quinto Popedio, no tengo más remedio que aguantarme porque se trata de mi sobrina Servilia, de nueve años, hija de Cepio, y que ha salido al padre. – Pese a que su rostro estaba a contraluz, se vio claramente cómo enrojecía-. Descubrimos que entró en tu habitación durante la última visita y por ello Cepio pudo dar el nombre de Cayo Papio como uno de los instigadores de la inscripción masiva, figúrate. Explícaselo para que él aprecie también cómo nos divide esta prueba a todos los que vivimos en Italia. Los tiempos han cambiado, y ya no se trata en verdad de Samnium contra Roma. A lo que debemos aspirar es a una unión pacífica de todos los pueblos de la península. Si no, no progresará Roma ni las naciones itálicas.
–¿Y no puedes enviar a esa mocosa con su padre? – inquirió Silo.
–Él no la quiere ni ver, aunque haya traicionado a mis huéspedes -contestó Druso-. La tengo encerrada y vigilada, pero siempre cabe la posibilidad de que se escape y vaya a contarle algo. Así que no vengas a Roma ni te acerques a mi casa. Si necesitas verme urgentemente, envíame un mensajero y nos veremos en cualquier sitio fuera de la ciudad.
–De acuerdo -respondió Silo, con la mano alzada para palmear al caballo en la grupa-. Mis mejores recuerdos a Livia Drusa, Marco porcio y, naturalmente, a Servilia Cepionis.
El dolor inundó el rostro de Druso justo en el momento en que Silo palmeteaba al caballo y éste echaba a andar.
–¡Hace tiempo que murió! – gritó por encima del hombro-. ¡No sabes cómo la echo de menos!
Los quaestiones previstos por la lex Licinia Mucia fueron estableciéndose en Roma, Spoletium, Cosa, Firmum Picenum, Aesernia, Alba Fucentia, Capua, Rhegium, Luceria, Paestum y Brundisium, con la provisión de que en cuanto todas aquellas regiones hubiesen sido revisadas, los respectivos tribunales se trasladaran a otra localidad.
Sólo el Lacio quedó sin tribunal; dado que las tierras de los marsos se consideraban tierras importantes, aquella región fue adscrita a la de Alba Fucentia.
Pero, en términos generales, los dirigentes itálicos que se habían reunido en Grumentum siete días después de la visita de Druso a Silo y Mutilo en Bovianum consiguieron hacer huir a los falsos ciudadanos de todas las colonias y ciudades romanas y latinas. Hubo, desde luego, quienes se resistieron a creer que sufrirían represalias, así como otros que quizá pensaron que tenían demasiada influencia y no necesitaban huir. Sobre éstos cayó toda la furia de los quaestiones.
Cada tribunal, aparte del presidente de rango consular y los dos senadores jueces, disponía de un equipo de administrativos, doce lictores (al presidente se le había conferido imperium proconsular) y una escolta armada a caballo compuesta de cien milicianos escogidos entre los veteranos licenciados de la caballería y antiguos gladiadores capaces de montar y poner un caballo al galope.
Los jueces habían sido elegidos a suertes. El azar no recayó ni en Cayo Mario ni en Publio Rutilio Rufo; lo que no era de sorprender ya que sus canicas de madera no debieron introducirse en los jarros sellados y llenos de agua. Por consiguiente, cuando se les hizo girar como peonzas, ¿cómo iban a salir las bolas por el pitorro?
A Quinto Lutacio Catulo César le tocó en suerte Aesernia, a Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo, Alba Fucentia; ninguna localidad para Escauro, príncipe del Senado, pero Cneo Cornelio Escipión Nasica obtuvo Brundisium, una ciudad que no le gustaba lo más mínimo. Metelo Pío el Meneítos y Quinto Servilio Cepio eran de los jueces más jóvenes, igual que el cuñado de Druso, Marco Porcio Catón Saloníano. Al propio Druso tampoco la suerte le deparó ninguna localidad, lo que le causó profundo placer, ya que se habría visto obligado a declarar al Senado que su conciencia le impedía acatar tal cometido.
–Han metido la pata -le comentó Mario-, porque si hubiesen tenido el sentido común que se les supone congénito se habrían asegurado de que te tocaba algún tribunal y te habrían obligado a declarar en público lo que sientes, ¡poniéndote en un buen compromiso en las actuales circunstancias!
–Pues me alegro de que no tengan ese buen sentido que se les supone por nacimiento -dijo Druso con un suspiro de alivio.
A Marco Antonio Orator el Censor le tocó en suerte la presidencia del quaestio de la ciudad de Roma, cosa que le encantó, ya que sabía que los infractores serían más difíciles de descubrir que en las zonas rurales y a él le gustaban las complicaciones. Así, además, podía confiar en ganar millones de sestercios en multas, gracias a los delatores, que ya comenzaban a moverse por todas partes con largas listas de nombres.
La caza varió notablemente de un lugar a otro. A Catulo César, Aesernia no le gustó en absoluto: era una ciudad situada en el centro del Samnio en la que Mutilo había logrado convencer a casi todos los culpables para que huyeran, los ciudadanos romanos y residentes latinos no tenían información que ofrecer y a los samnitas era imposible inducirlos a traicionar a los suyos por mucho dinero que se les ofreciera. De todos modos, los pocos que no huyeron fueron juzgados sumariamente para dar ejemplo (al menos con arreglo a las ideas de Catulo César), y el presidente dio en su escolta con un individuo particularmente brutal que efectuaba las flagelaciones. No obstante, las sesiones eran aburridas, pues el protocolo estipulaba que se leyeran los nombres de los nuevos ciudadanos inscritos en el censo y se tardaba en verificar que cada uno de esos nombres correspondía a alguien que ya no vivía en Aesernia. Cada tres o cuatro días aparecía alguno de los que no habían huido, y eran esas ocasiones las que Catulo César ansiaba. Como no carecía de valor, hacía caso omiso de las numerosas ofensas, los silbidos y abucheos con que le recibían por doquier y los pequeños sabotajes de que eran objeto él y sus dos jueces, los escribas y los lictores y hasta los milicianos de su escolta. Las cinchas de las sillas de montar saltaban de repente Y los jinetes caían al suelo, el agua solía estar misteriosamente sucia, en las habitaciones campaban todos los bichos y arañas de Italia, salían serpientes de arcas, aparadores y sábanas, tropezaban por doquier con muñecos togados ensangrentados y emplumados, así como pollos y gatos muertos; y los casos de envenenamiento alimentario se hicieron tan frecuentes, que el presidente del tribunal se vio obligado a forzar a los esclavos a probar la comida horas antes de servirla y a poner vigilancia constante a las vituallas.
Curiosamente, Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo, en Alba Fucentia resultó un presidente alentador. Allí, igual que en Aesernia, la mayoría de los culpables habían huido y el tribunal tardó seis días de sesiones en dar con su primera víctima. Nadie le delató, pero el hombre era bastante acomodado para poder pagar la multa y mantuvo la cabeza bien alta mientras Ahenobarbo ordenaba la inmediata confiscación de sus propiedades en Alba Fucentia. Como el miliciano encargado de aplicar los azotes disfrutara con su tarea, el presidente del tribunal, pálido, ordenó que cesara la flagelación al ver que la sangre salpicaba a los que estaban a diez pasos de la víctima. Cuando apareció otro culpable, fue otro quien le flageló, pero con tanta delicadeza que el castigado casi no sufrió laceraciones. Por otra parte, Ahenobarbo, pontífice máximo, descubrió su insospechada repulsa por los delatores, que no fueron muchos, aunque los hubo particularmente repugnantes, quizá por lógica. No podía hacer nada para negarles la recompensa, pero optó por someterlos a tan extenso y desagradable interrogatorio respecto a su propia ciudadanía, que los chivatos dejaron de comparecer. En cierta ocasión en que un falso ciudadano denunciado resultó tener tres hijos deformes y retrasados mentales, Ahenobarbo pagó a escondidas la multa por su cuenta y se negó impertérrito a expulsarle de la ciudad en donde sus desgraciados hijos tenían mejor vida que la que habrían llevado en el campo.
Así, mientras que en el Samnio se escupía con desprecio a la sola mención del nombre de Catulo César, en Alba Fucentia, Ahenobarbo, pontífice máximo, se granjeó bastantes simpatías y los marsos recibieron mejor trato que los samnitas. En cuanto a los otros tribunales, hubo presidentes crueles, presidentes aceptables y presidentes que emularon a Ahenobarbo. Pero el odio crecía y las víctimas de la ley fueron tan numerosas que se creó un aglutinante entre los itálicos para sacudirse el yugo de Roma aun a costa de perder la vida. Ninguno de los tribunales tuvo valor para enviar a la milicia a las zonas rurales a buscar a los que habían escapado de las ciudades.
El único juez que tuvo problemas legales fue Quinto Servilio Cepio, a quien se le había asignado el tribunal de Brundisium. Aquel sofocante y polvoriento puerto de mar desagradó tanto a Cneo Escipión Nasica al llegar, que una enfermedad sin importancia (que, para deleite de la población, después se supo que eran hemorroides) le obligó a volver apresuradamente a Roma para el tratamiento. Dejó el quaestio en manos de Cepio como presidente y de ayudante nada menos que a Metelo Pío el Meneítos. Como en casi todas las localidades, los culpables habían huido antes de que se estableciera el tribunal. No abundaban los delatores. Se leyó la lista de nombres y no aparecían los nombrados, en tanto los días se sucedían infructuosamente; hasta que un delator presentó lo que parecían pruebas irrefutables contra uno de los ciudadanos romanos más respetados de Brundisium. Este hombre no formaba parte de los que habían acudido a la inscripción masiva, pero el delator afirmó que la usurpación ilegal de la ciudadanía databa, en su caso, de veinte años atrás. Tan minucioso como un perro que desentierra comida putrefacta, Cepio quiso dar ejemplo y llegó al extremo de someterle a interrogatorio bajo tortura. Metelo Pío tuvo miedo y protestó, pero Cepio no quiso escucharle, tan convencido estaba de la culpabilidad de aquel ostensible pilar de la comunidad. Pero después se adujeron pruebas que no dejaban lugar a dudas de que el hombre era lo que afirmaba ser: un ciudadano romano acomodado. Hecho lo cual, fue él quien denunció a Cepio, quien inmediatamente se puso en camino hacia Roma y logró con un inspirado discurso de Craso Orator su absolución; pero bajo ningún concepto pudo regresar a Brundisium, y fue Cneo Escipión Nasica quien, entre maldiciones para los Servilios Cepiones, se vio obligado a ocupar su lugar. Para Craso Orator, obligado a asumir la defensa de una persona a la que detestaba, el hecho de haber ganado el pleito fue un magro consuelo.
–Hay veces, Quinto Mucio -comentó a su primo y buen colega Escévola- en que desearía que hubiesen elegido cónsules a otros.
Por aquellos días, Publio Rutilio Rufo escribía a Lucio Cornelio Sila en la Hispania Citerior, en contestación a una misiva que le había llegado del primer legado, sediento de noticias, en la que le pedía un diario de los acontecimientos de Roma. Petición que Rutilio Rufo se aprestó a cumplir de buena gana.
Te juro, Lucio Cornelio, que no tengo ningún amigo en el extranjero a quien molestar con una sola línea. Es un placer poder escribirte y prometo mantenerte bien informado de lo que suceda.
Para empezar, te contaré lo de los quaestiones extraordinarios de la más famosa ley promulgada en muchos años, la lex Licinia Mucia. Resultó tan peligrosa e impopular para quienes los formaban hacia finales de verano, que no había nadie vinculado a ellos que no anhelase una excusa para detener las averiguaciones. De pronto, afortunadamente, se encontró milagrosamente un pretexto. Los salassi, los brenos y los rhaeti comenzaron a hacer incursiones en la Galia itálica en la otra orilla del río Padus, causando algún estrago entre el lago Benacus y el valle de los salassi, es decir, la zona central y occidental de la Galia itálica, a la otra orilla del Padus. El Senado declaró inmediatamente el estado de emergencia, derogando el enjuiciamiento de los falsos ciudadanos, y todos los jueces especiales regresaron a Roma, profundamente agradecidos por el respiro. Y, quizá en represalia, votó enviar nada menos que al pobre Craso Orator a la Galia itálica con un ejército para aplastar la sublevación de las tribus o cuando menos expulsarlas de las zonas civilizadas. Lo que Craso Orator hizo con suma eficacia durante una campaña que ha durado menos de dos meses.
Craso Orator llegó hace pocos días a Roma y dejó su ejército en el Campo de Marte, porque dice que sus tropas le habían aclamado como imperator en el campo de batalla y quería celebrar un triunfo. Su primo Quinto Mucio Escévola, que se había quedado en Roma gobernando, recibió la petición del general acampado e inmediatamente convocó una reunión del Senado en el templo de Bellona, ¡Pero no se discutió el triunfo solicitado!
«¡Tonterías! – dijo tajante Escévola-. ¡Tonterías absurdas! ¿Un triunfo por una campaña meona contra unos miles de salvajes desorganizados? ¡No se hará mientras yo ocupe la silla curul de cónsul! Si concedimos un solo triunfo compartido a dos generales del calibre de Cayo Mario y Quinto Lutacio Catulo César, ¿vamos ahora a hacer lo contrario otorgando un triunfo completo a quien no ha conducido una guerra y menos aún ganado una batalla? ¡No! ¡Nada de triunfo! Jefie de lictores, id a decir a Lucio Licinio que conduzca sus tropas a los cuarteles de Capua y que cruce el pomerium con su gruesa humanidad y haga algo útil para variar!»
¡Huy, huy, huy! Yo diría que Escévola se había caído de la cama o que su esposa le había echado de ella, que viene a ser lo mismo. En fin, Craso Orator licenció a sus tropas y cruzó con su gorda figura el pomerium, pero no para ser útil por una vez. Lo único que le movía era el deseo de hablar largo y tendido con su primo Escévola. Pero le echaron con cajas destempladas.
«¡Bobadas!», dijo Escévola inflexible. ¿Sabes, Lucio Cornelio, que hay veces que Escévola me recuerda notablemente al príncipe del Senado Escauro de joven? «Por mucho afecto que te tenga, Lucio Licinio, no pienso aprobar tu casi-triunfo», le replicó Escévola.
El resultado de esta alharaca es que los primos no se dirigen la palabra, lo que hace bastante difícil actualmente la vida en el Senado, dado que los dos comparten el consulado. De todos modos, yo he conocido cónsules que se llevaban mucho peor el uno con el otro. Todo lo arreglará el tiempo. Personalmente, considero que es una lástima que no hubieran dejado de hablarse antes de idear la lex Licinia Mucia.
Y después de contarte estas tonterías, ya no tengo más noticias de Roma. El Foro está muy poco animado estos días.
No obstante, creo que debes saber que en Roma se han sabido grandes cosas de ti. Tito Didio -siempre supe que era un hombre honorable- te menciona en elogiosos términos cada vez que envía un despacho al Senado.
Por consiguiente, yo te sugeriría muy seriamente que consideres el regreso a la ciudad hacia fines del año próximo, a tiempo para presentarte a las elecciones de pretor. Puesto que hace años que murió Metelo Numídico el Meneitos, y que Catulo César, Escipión Nasica y Escauro, príncipe del Senado, están muy ocupados tratando de dar vida a la lex Licinia Mucia a pesar de todos los inconvenientes que ha generado, nadie se interesa mucho por Cayo Mario, ni por las personas y circunstancias vinculadas a él en el pasado. Los electores están predispuestos a votar a hombres competentes, y en este momento parece haber escasez de ellos. Lucio Julio César no ha tenido dificultades para que le eligieran praetor urbanus este año, y el hermanastro de Aurelia, Lucio Cota, es praetor peregrinus. Creo que tu consideración pública es mucho mayor que la de ellos, de verdad. Y no creo que Tito Didio te niegue el permiso, pues le has servido mucho más de lo que un primer legado sirve a su comandante; el otoño que viene hará cuatro años, una buena tarea.
En fin, piénsalo, Lucio Cornelio. He hablado con Cayo Mario y le entusiasma la idea, al igual que -¡lo creas o no!– a nada menos que Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado. El nacimiento de un niño que es su vivo retrato ha hecho cambiar bastante al viejo. Aunque no sé por qué llamo viejo a un hombre de mi edad.
Sentado en su despacho de Tarraco, Sila absorbió despacio la jovial carta. La noticia de que Cecilia Metela Dalmática hubiese dado un hijo a Escauro fue la que primero ocupó su mente, con la total exclusión de las otras noticias y opiniones más importantes de Rutilio Rufo, hasta que sonrió amargamente y desechó el recuerdo de la joven. Luego reflexionó sobre la candidatura a praetor y se dijo que Rutilio Rufo tenía razón. El año próximo sería el momento adecuado, no encontraría otro mejor. Estaba seguro de que Tito Didio no le negaría la licencia, y, además, le facilitaría cartas de recomendación que le ayudarían mucho. No, no había ganado en Hispania una corona de laurel; había sido para Quinto Sertorio. Pero a él tampoco le había ido tan mal.
¿Sería un sueño? Una flechita disparada por la Fortuna por medio de la pobre Julilla, que había trenzado una corona de laurel sin saber el significado militar. ¿O lo habría intuido claramente Julilla? ¿Le quedaría aún por ganar su corona de laurel? ¿En qué guerra? En aquel momento no sucedía nada de gran importancia ni había ninguna amenaza en perspectiva. Sí, aún había disturbios en las dos provincias de Hispania, pero sus obligaciones no eran las adecuadas para procurarle la obtención de una corona graminea. Él era el inapreciable jefe de logística, provisiones, armas y estrategia de Tito Didio, pero no le encomendaba el mando de tropas. Cuando fuera pretor tendría una oportunidad; y soñó con relevar a Tito Didio en la Hispania Citerior. ¡Un buen cargo fructífero de gobernador era lo que necesitaba!
Necesitaba dinero. De eso se daba perfecta cuenta. Con cuarenta y cinco años, se le pasaba el tiempo volando, y pronto sería tarde para aspirar al consulado, por mucho que la gente citara a Cayo Mario como ejemplo. Cayo Mario era un caso especial que no tenía parangón, ni siquiera en Lucio Cornelio Sila. Para Sila, el dinero era el precursor del poder, y eso había sido así incluso en el caso de Cayo Mario; porque de no haber tenido la fortuna que había acumulado mientras fue gobernador pretoriano de la Hispania Ulterior, el abuelo de César nunca le habría echado el ojo para marido de Julia, y si no se hubiera casado con Julia, dificilmente habría obtenido el consulado, pese a lo difícil que había sido. Dinero. ¡Tenía que conseguir dinero! Así que iría a Roma para presentarse a las elecciones de pretor y volvería a Hispania a ganar dinero.
En agosto del año siguiente, tras un prolongado silencio, volvió a escribir Rutilio Rufo.
He estado enfermo, Lucio Cornelio, pero ya me he recuperado del todo. Los médicos calificaron la enfermedad con los más abstrusos conceptos, pero mi personal diagnóstico es que se trataba de aburrimiento. En cualquier caso, se me han ido el aburrimiento y la enfermedad porque las cosas en Roma están más prometedoras.
Primero, ya comienza a hablarse de tu candidatura a pretor. Las reacciones entre los electores son excelentes, supongo que te alegrará saberlo. Escauro sigue apoyándote, una manera indirecta de decir que no te considera culpable de esa vieja historia con su mujer, imagino yo. ¡Viejo engreido! Habría debido tener suficiente entereza para haberlo admitido entonces en lugar de obligarte a lo que yo siempre he considerado un exilio. Pero al menos Hispania te ha venido bien. Si Cayo Mario hubiese conseguido del Meneítos el apoyo que a ti te da Tito Didio, le habría sido más fácil.
Ahora, las noticias internacionales. El viejo Nicomedes de Bitinia murió por fin, creo que con casi noventa y tres años. El hijo de su fallecida esposa, que tiene nada menos que sesenta y cinco, le ha sucedido en el trono. Pero hay un hijo más joven -de cincuenta y siete- llamado Sócrates (el otro se llama Nicomedes, y reinará con la cifra III) ha presentado demanda ante el Senado de Roma para que depongan a Nicomedes tercero y ocupar él el trono. El Senado está deliberando con extrema pesadez, por considerar poco importantes los asuntos extranjeros. También ha habido algo de revuelo en Capadocia, donde la población ha depuesto al rey niño para entronizar a uno al que llaman Ariarates VIII. Pero el octavo Ariarates murió hace poco en circunstancias sospechosas, según nos han dicho. El rey niño y su regente Gordius han vuelto a hacerse dueños de la situación, ayudados por un ejército de Mítrídates, rey del Ponto.
Cuando Cayo Mario regresó de esa parte del mundo, pronunció un discurso en la Cámara, advirtiéndonos de que el rey Mitrídates del Ponto es un joven peligroso, pero los que se molestaron en asistir a esa reunión concreta no hicieron más que cabecear mientras hablaba; luego, Escauro, príncipe del Senado, se levantó y dijo que opinaba que Cayo Mario exageraba. Por lo visto el joven rey del Ponto ha estado cortejando a Escauro con una serie de correctísimas cartas, escritas en un griego impecable y trufadas de citas de Homero, Hesiodo, Esquilo, Sófocles y Euripides, y no digamos Menandro y Píndaro. Y Escauro ha llegado a la conclusión de que constituye un buen cambio respecto al sátrapa oriental, más predispuesto a leer a los clásicos que a introducir una lanza por el orificio trasero de su abuela. Cayo Mario, por el contrario, sostiene que ese Mitrídates sexto -llamado, figúrate, Eupator!– hizo que su madre pereciese de hambre, mató a su hermano, que era rey bajo la regencia de la madre, asesinó a varios tíos y primos y para adornarlo envenenó a su hermana, ¡que a la vez era su esposa! Ya puedes imaginarte que es un individuo de lo más afable, ¡muy en la línea de los clásicos!
Políticamente, Roma está saturada de gandules complacientes, y te juro que no sucede nada. En lo que respecta a los tribunales, ha habido cosas más interesantes. Por segundo año el Senado envió los tribunales extraordinarios para investigar la inscripción masiva ¡legal de itálicos y, como sucedió el año pasado, les resultó imposible localizar a la mayoría de los inscritos. Sin embargo, ha habido varios triunfos, es decir varios centenares de víctimas a apuntar al débito de Roma. Lucio Cornelio, de verdad que un escalofrío te recorre la espina dorsal si en una localidad itálica notas que tienes detrás de ti una docena de forzudos. Nunca había visto esas miradas, tanta Jálta de colaboración, pasividad diría yo, por parte de los itálicos. Probablemente se habrían necesitado años para que nos aceptasen, pero desde que se establecieron estos tribunales e iniciaron su repugnante tarea de flagelación y confiscación, lo que nos tienen es odio. Un factor positivo es que el Tesoro comienza a llorar porque el monto de multas impuestas no llega para cubrir los gastos de las altas dietas de los senadores. Cayo Mario y yo intentamos presentar una moción en la Cámara hacia finales de año para que se deroguen los quaestiones de la lex Licinia Mucia por inútiles y excesivamente costosos para el Estado.
Un brote muy nuevo y muy joven de la casa plebeya de los Sulpicios, un tal Publio Sulpicio Rufo, tuvo el valor de llevar ante el tribunal de traición a Cayo Norbano por haber inducido ilegalmente el exilio de Quinto Servilio Cepio, famoso por el aurum Tolosanum y Arausio. Sulpicio alegó que la acusación era inadmisible en la Asamblea plebeya y que habría debido llevarse ante el tribunal de traiciones. Añado que este joven Sulpicio acompaña siempre al actual Cépio, lo que, por su parte, denota muy mal gusto, Bien, Antonio Orator actuó de defensor y en mi opinión hizo el mejor discurso de toda su carrera, con el resultado de que todo el jurado votó unánimemente la absolución y Norbano dejó con un palmo de narices a Sulpicio y a Cepio. Te adjunto copia del discurso de Orator para tu deleite. Te encantará.
Respecto al otro Orator, Lucio Licinio Craso, los maridos de sus dos hijas han producido muy distinta progenie. Escipión Nasica hijo tiene un varón llamado también Escipión Nasica. La hija, Licinia, se ha criado estupendamente y ya tiene una hija, pero la Licinia que se casó con Metelo Pío el Meneítos no ha tenido suerte y la habitación de los niños del Meneítos está vacía porque Licinia Meneítos es estéril. Mi sobrina Livia Drusa tuvo una niña a finales del año pasado, una Porcia, naturalmente, y con un pelo como un par de almiares incendiados. Livia Drusa sigue enloquecida por Catón Saloniano, quien me parece un individuo bastante agradable. ¡Roma tiene una auténtica reproductora en Livia Drusa!
Estoy divagando, pero ¿qué más da? Este año nuestros ediles están curiosamente relacionados. Mi sobrino Marco Livio es uno de los ediles plebeyos y su colega un anodino Remmio inmensamente rico, mientras que su cuñado Catón Saloniano es edil curul. Su actuación será espléndida.
Noticias de la familia. La pobre Aurelia sigue viviendo sola en el Subura, pero espera que Cayo Julio regrese por fin a casa el año que viene, o al otro como mucho. Su hermano Sexto es pretor este año y pronto le llegará el turno a Cayo Julio. Desde luego, Cayo Mario cumplirá su promesa y sobornará al precio que sea en caso necesario. Aurelia y Cayo Julio tienen un hijo extraordinario; el pequeño César, como le llaman, tiene cinco años y ya sabe leer y escribir. Pero lo más extraordinario es que lee sin titubear. Le das un galimatías que hayas acabado de redactar y él te lo lee de corrido. Conozco pocos adultos capaces de eso, y ahí tienes a ese crío de cinco años déjándonos lelos. Su fisico es también admirable; pero no está mimado, porque Aurelia le trata con excesiva dureza, en mi opinión.
No se me ocurre nada más, Lucio Cornelio. Apresúrate a regresar. Hay algo que me dice que tienes una silla curul esperándote.
Lucio Cornelio Sila se apresuró a regresar tal como se le pedía, la mitad de su ser eufórico de esperanza Y la otra mitad convencido de que algo sucedería que frustrara esa esperanza. Aunque anhelaba con todas las fibras de su corazón visitar a su amante de tantos años, Metrobio, no lo hizo, ni estaba tampoco en casa cuando la estrella del teatro trágico vino a visitarle como cliente. Aquél era su año, y si fracasaba, la diosa Fortuna le volvería la espalda para siempre. Por eso no quería hacer nada para enojarla, pues era una diosa proclive a la aversión cuando sus protegidos se entregaban a historias amorosas importantes. Adiós, Metrobio.
Pero sí pasó a visitar a Aurelia después de dedicar unos instantes a sus hijos, quienes habían crecido tanto que le dieron ganas de llorar. ¡De cuatro años de sus vidas le había privado una tonta a la que aún añoraba! Cornelía Sila tenía ya trece años; con aquella belleza frágil de su difunta madre que empezaba a despuntar, hacía que se volvieran a mirarla, tanto más cuanto que quedaba acrecentada por una preciosa melena pelirroja ondulada heredada del padre. Le dijo que ya tenía la menstruación, y era de imaginar, a tenor de aquellos senos que ya apuntaban bajo la lisa túnica. Al verla, Sila se sintió viejo, una sensación totalmente nueva y turbadora; pero ella le dirigió la hechicera sonrisa de Julilla, se echó en sus brazos y sin necesidad de empinarse mucho le cubrió de besos. El hijo tenía doce años; físicamente era casi un César, con el cabello rubio, ojos azules, rostro elongado, nariz larga gruesa; era alto y delgado, pero musculoso.
Sila halló en aquel muchacho el amigo que nunca había tenido; un cariño tan perfecto, puro, inocente, profundo, que se vio pensando nada más que en aquello, en lugar de dedicarse a captar electores. El joven Sila -aunque aún vestía la toga bordada en púrpura de la niñez y lucía, colgado de una cadena al cuello, el talismán de la bulla para protección del mal de ojo- acompañaba al padre a todas partes, permaneciendo grave y discretamente a un lado, escuchando atentamente todo lo que Sila hablaba con sus amistades. Luego, al volver a casa, se sentaban en el despacho paterno y departían sobre lo que habían hecho aquel día, de la gente que habían visto, de cómo estaba el Foro.
Pero Sila no llevó a su hijo al Subura, fue solo, sorprendiéndose cuando de vez en cuando alguien le saludaba o le daba unas palmaditas en la espalda. ¡Por fin empezaba a ser conocido! Considerando un buen presagio aquellos saludos, llamó a la puerta de Aurelia con más optimismo del que le había hecho salir del Palatino. Naturalmente, Eutico, el mayordomo, le abrió en seguida. Como carecía del sentimiento de la vergüenza, no se sintió inferior mientras aguardaba en la sala de espera, y cuando la vio salir del despacho se limitó a tenderle la mano con una sonrisa. Sonrisa a la que ella correspondió.
Qué poco había cambiado. Y cuánto había cambiado. ¿Qué edad tenía ya? ¿Veintinueve? ¿Treinta? Helena de Troya entrega los laureles, pensó. La belleza personíficada. Los ojos malva eran más grandes y las negras pestañas igual de espesas; la tez tan tersa y cremosa como siempre, y aquel aire indefinible de inmensa dignidad y compostura más acentuado.
–¿Se me perdona? – inquirió él, estrechándole la mano.
–¡Naturalmente, Lucio Cornelio! ¿Cómo voy a seguir reprochándote una debilidad mía?
–¿Lo intento de nuevo? – añadió él, impenitente.
–No, gracias -respondió ella, sentándose-. ¿Una copa de vino?
–Sí, por favor -contestó Sila, mirando en derredor-. ¿Sigues sola, Aurelia?
–Todavía, y totalmente feliz. Te lo aseguro.
–Eres la persona más autosuficiente que conozco. Si no hubiera sido por aquel breve incidente, pensaría que eres inhumana, ¡o sobrehumana! Por eso me alegra que sucediera, porque sería imposible mantener amistad con una auténtica diosa, ¿no crees?
–O con un auténtico demonio, Lucio Cornelio -replicó ella.
–¡Ya lo creo! ¡Me rindo! – dijo Sila riendo.
Llegó el vino y fue servido. Mientras bebía de la copa, observó por encima del borde su rostro irisado por las pequeñas burbujas de aquel caldo ligeramente efervescente. Quizá fuese la placidez y el deleite de su nueva amistad con el hijo lo que confería a sus ojos una nueva dimensión de la mirada, permitiéndole el acceso a las luminosas ventanas de aquella mente femenina y profundizar en su interior, para descubrir sucesivas capas de complejidades, contingencias y problemas, todo ello ordenado con cuidado y con lógica en diversas categorías.
–¡Oh! – exclamó, parpadeando-. ¡No tienes ninguna fachada ficticia!
¡Eres exactamente lo que aparentas!
–Eso espero -contestó ella sonriendo.
–La mayoría no somos así, Aurelia.
–Tú, desde luego, no.
–¿Qué crees que oculta mi fachada?
Ella meneó la cabeza insistentemente.
–Lucio Cornelio, piense lo que piense, me lo guardaré. Algo me dice que es más seguro.
–¿Más seguro?
–¿Por qué habré empleado esa palabra? – dijo ella, encogiéndose de hombros-. Sinceramente, no lo sé. ¿Será una premonición? No, lo más probable es que venga de antes, porque yo no tengo premoniciones.
–¿Cómo están tus hijos? – inquirió él, por hablar de un tema menos arriesgado.
–¿Quieres verlo por ti mismo?
–Bien. Puedo decirte que los míos me han causado una gran sorpresa. Y te confieso que me va a costar ser educado con Marco Emilio Escauro. ¡Cuatro años, Aurelia! Se han hecho mayores y yo me he perdido todo el proceso.
–A casi todos los hombres de nuestra clase les sucede lo mismo, Lucio Cornelio -dijo ella con voz plácida-. Es muy posible que hubieras tenido que estar lejos de Roma aunque no se hubiera producido el incidente de Dalmática. Disfruta con tus hijos mientras puedas y no te reconcomas con lo que es agua pasada.
Las finas cejas rubias que oscurecía con tinte se enarcaron por la sorpresa.
–¡Hay tantas cosas de mi vida que me gustaría cambiar, Aurelia! Ése es el problema, que lamento muchas cosas.
–Laméntalo si no tienes más remedio, pero no dejes que ensombrezca el hoy ni el mañana -replicó ella, más práctica que mística-. Si no lo haces, Lucio Cornelio, el pasado te agobiará constantemente. Como te he dicho ya muchas veces, aún tienes mucho camino por delante. La carrera apenas ha empezado.
–¿Lo crees así?
–Totalmente.
Los tres niños entraron en tropel. Todos ellos Césares de la cabeza a los pies. Julia Maior, llamada Lia, tenía diez años y Julia Minor, llamada Ju-Ju, casi diez. Las dos eran esbeltas, altas y gráciles; se parecían a la difunta Julilla, salvo que los ojos eran azules. El pequeño César tenía seis años. Aunque lo notó inmediatamente, Sila no sabía cómo se las arreglaba para dar la impresión de ser más guapo que sus hermanas. Una belleza completamente romana, desde luego. Ahora recordaba que era el niño del que Publio Rutilio le había dicho que leía con tanta facilidad. Eso era indicio de un grado extraordinario de inteligencia. Pero al pequeño le podían suceder no pocas cosas que apagaran aquel fuego de su mente.
–Niños, éste es Lucio Cornelio Sila -dijo Aurelia.
Las niñas musitaron un tímido saludo, pero el pequeño César esbozó una sonrisa que dejó a Sila sin respiración y turbó su ser como la primera vez que había visto a Metrobio. Los ojos que le miraban fijamente eran igual que los de aquél, de un azul claro circundado de un círculo oscuro. Irradiaban inteligencia. Así es como podría haber sido yo de haber tenido una madre como la maravillosa Aurelia y no un padre borracho, pensó Sila. Un rostro capaz de prender fuego a Atenas, y una mente igual.
–César -dijo Sila-, me han dicho que eres muy listo.
La sonrisa se transformó en risa.
–Será porque no habéis hablado con Marco Antonio Cnifo -contestó el pequeño.
–¿Quién es Cnifo?
–Mi tutor, Lucio Cornelio.
–¿Y no puede tu madre seguir enseñándote dos o tres años más?
–Creo que debí de volverla loca con mis preguntas cuando era pequeño y por eso me puso un tutor.
–Aún lo eres.
–Más pequeño -replicó el niño sin intimidarse.
–Qué precoz -comentó Sila.
–¡No pronunciéis esa palabra, por favor!
–¿Por qué no, pequeño César? ¿Qué sabes tú, con seis años, de los matices de las palabras?
–De ésa sé de sobra que casi siempre se aplica a niñas altivas que hablan como sus abuelas -contestó el pequeño, muy seguro de sí mismo.
–¡Ajá! – dijo Sila, ya más interesado-. Eso no lo has leído en ningún libro, ¿verdad? Así que tienes ojos con los que alimentas de información tu mente y estableces deducciones.
–Naturalmente -contestó el pequeño sorprendido.
–Ya está bien. Ahora marchaos -dijo Aurelia.
Los niños salieron y el pequeño César siguió sonriendo a Sila por encima del hombro hasta que se encontró con la mirada de la madre.
–Si no se quema, será un adorno para su clase o una espina -dijo Sila.
–Esperemos lo primero -comentó Aurelia.
–No lo sé -añadió Sila, riendo.
–Vas a presentarte a pretor -dijo Aurelia por cambiar de tema, pensando que Sila ya estaría harto de niños.
–Sí.
–Tío Publio dice que obtendrás el cargo.
–¡Pues esperemos que sea más Tiresias que Casandra!
Y fue como Tiresias; cuando se hizo el recuento de votos, Sila no sólo era pretor, sino que, al ser el más votado, obtuvo el cargo de praetor urbanus. Aunque en circunstancias normales los cometidos del pretor urbano eran exclusivamente los tribunales y las peticiones de querellas, se le concedió poder para actuar in loco consularis (si los dos cónsules estaban ausentes o incapacitados para gobernar) y defender Roma al frente de sus ejércitos en caso de ataque, promulgar leyes y dirigir el Tesoro.
La noticia de que iba a ser pretor urbano consternó profundamente a Sila. El pretor urbano no podía ausentarse de Roma más de diez días seguidos; así, el cargo le impedía tener un refugio y se veía obligado a permanecer en la ciudad, con todas las tentaciones de su vida anterior y conviviendo con una mujer a la que despreciaba. Sin embargo, había encontrado un apoyo que nunca habría podido imaginar en la persona de su hijo. El joven Sila sería su amigo, le acompañaría al Foro y estaría todas las noches en casa para hablar y reír con él. ¡Qué parecido era a su primo César! De aspecto, sí; y también era listo, aunque no a la manera del pequeño César. Sila tenía el convencimiento de que no le habría gustado que su hijo hubiese sido tan inteligente como el pequeño César.
Las elecciones causaron mayor revuelo que el detalle de que Sila saliese en cabeza de la lista de pretores, un revuelo que tuvo su faceta divertida para los que no se vieron directamente afectados. Lucio Marcio Filipo había anunciado su candidatura a cónsul, convencido de que era la estrella en medio de mediocridades; pero el primer puesto fue para Cayo Valerio Flaco, hermano menor del censor Lucio Valerio Flaco. Bueno, no estaba mal. Al menos, Valerio Flaco era un patricio de familia influyente. ¡Pero el segundo cónsul resultó ser nada menos que el execrable hombre nuevo Marco Herenio! Y los alaridos que lanzó el ofendido Filipo pudieron oírse en Caersoli, juraban los habituales del Foro, conteniendo la risa. Todos sabían en qué radicaba el fallo, incluido Filipo; el origen eran las observaciones que había hecho Publio Rutilío Rufo en su discurso a favor de una lex Licinia Mucia más flexible, pues hasta entonces habían olvidado que Cayo Mario había comprado a Filipo cuando era tribuno de la plebe. Pero ya había transcurrido tiempo de sobra desde el discurso y la candidatura consular de Filípo y la gente lo había vuelto a olvidar.
–¡Me vengaré de Rutilio Rufo por esto! – perjuró Filipo a Cepio.
–Nos vengaremos los dos -dijo Cepio, que también le guardaba rencor.
Pocos días antes de que concluyera aquel año, Livia Drusa dio a luz un niño, Marco Porcio Catón Saloniano hijo, un bebé delgadito y llorón con el pelo rojo de los Catones, cuello largo y una narizota ganchuda que desentonaba en aquella carita. Llegó de nalgas a este mundo, negándose a colaborar en el parto, por lo que éste fue laborioso y las comadronas y los médicos tuvieron que rajar y agobiar a la madre para extraerlo de la vagina.
–Domina -dijo el griego Apolodoro Siculo, con el rostro iluminado por una sonrisa-, el niño ha sufrido muy poco; no tiene magullamientos, tumefacciones ni morados. Ahora bien, os advierto que si se comporta en la vida igual que al venir a este mundo, será una persona difícil.
Demasiado exhausta para contestar, Livia Drusa le dirigíó una débil sonrisa y en lo más profundo de su ser brotó el deseo de no tener más hijos. Era la primera vez que sufría tanto en un parto.
Antes de que permitieran a los otros hijos verla, transcurrieron unos días, durante los cuales Cratipo tuvo que encargarse solo de una casa sin ama.
Como era de prever, Servilia no pasó de la puerta y no quiso conocer a su hermanastro. Lilla -sobradamente adoctrinada aquellos días por la hermana- quiso adoptar una actitud distanciada, pero acabó por ceder a las carantoñas de su madre y llegó a acariciar y besar al recién nacido. Porcia, llamada Porcella, con sus catorce meses, era muy pequeña para la visita posparto, pero el pequeño Cepio, de tres años, tuvo acceso al dormitorio y se quedó extasiado. Su diminuto hermanito le encantó y no cesó de pedir que le dejasen cogerlo en brazos, acunarlo y besarlo.
–Va a ser mío -dijo el pequeño Cepio, resistiéndose a la nodriza que quería apartarle.
–Te lo doy, Quinto -dijo Livia Drusa, profundamente agradecida de que uno de los gemelos le hubiera tomado tanto afecto-. Tú le cuidarás.
Aunque no había entrado en la habitación, Servilia permaneció junto a la puerta hasta que hicieron salir a Lilla y al pequeño Cepio y luego se acercó unos pasos a la cama para fijar con desdén los ojos en su madre, satisfecha al ver aquella cara ojerosa y agotada.
–Vas a morirte -dijo con suficiencia.
Livia Drusa se quedó pasmada.
–¡Bobadas! – replicó tajante.
–Morirás -insistió la pequeña-. He deseado que suceda y sucederá. Lo deseé con tía Servilia Cepionis y se murió.
–Es una tontería y no está bien decir esas cosas -replicó la madre, con el corazón latiéndole aceleradamente-. Los deseos no sirven para que las cosas sucedan, Servilia. Si suceden y lo has deseado, es por simple coincidencia. ¡El Destino y la Fortuna son quienes lo propician, no tú! Tú no tienes entidad suficiente para atraer la atención del Destino y la Fortuna.
–¡Es inútil que intentes convencerme! ¡Sé echar mal de ojo y cuando maldigo a alguien, se muere! – replicó la niña con regocijo, saliendo del cuarto.
Livia Drusa permaneció callada con los ojos cerrados. No se sentía bien; no se había sentido bien desde el nacimiento del pequeño Catón, pero no podía creer que fuera por culpa de Servilia. O al menos eso se dijo para convencerse.
No obstante, en los días que siguieron su estado fue deteriorándose de forma alarmante. Tuvieron que buscar un ama de cría para el pequeño, al que sacaron del dormitorio, y el pequeño Cepio se hizo cargo de él sin pérdida de tiempo.
–Temo por su vida, Marco Livio -cloqueó Apolodoro Sículo a Druso-. No es una hemorragia masiva, pero no hay manera de hacerla remitir. Tiene fiebre y hay un flujo fétido mezclado en la sangre.
–Pero ¿por qué me sucede esto? – exclamó Druso, enjugándose las lágrimas-. ¿Por qué se me mueren todos?
Pregunta que nadie podía contestar, y Druso tampoco dio crédito al mal de ojo de Servilia cuando se lo contó Cratipo, que odiaba a la niña. En cualquier caso, Livia Drusa siguió empeorando.
Lo peor de todo, pensó Druso, es que en la casa no había ninguna mujer de categoría superior a la de las esclavas. Catón Saloniano pasaba el mayor tiempo posible con su esposa, pero a Servilia había que tenerla apartada y a Druso y Catón les parecía que Livia Drusa buscaba algo o alguien que no estaba allí. Servilia Cepionis, probablemente. Druso se echó a llorar y tomó una decisión.
Al día siguiente fue a visitar una casa en la que nunca había estado: la de Mamerco Emilio Lépido Liviano, su hermano. A pesar de que su padre le había dicho que no era hijo suyo. ¡Cuánto tiempo hacía de eso! ¿Le recibiría?
–Quiero hablar con Cornelia Escipionis -dijo.
El portero, que ya había abierto la boca dispuesto a decir que el dueño de la casa no estaba, la cerró y asintió con la cabeza. Druso fue conducido al atrium y aguardó unos instantes.
No reconoció a la mujer avejentada que entró con paso vacilante. Llevaba el pelo recogido en un moño gris y vestía prendas de diversos colores al azar; era fuerte y de rostro escurrido y más bien feo. Druso pensó que se parecía mucho a los bustos de Escipión el Africano que había en el Foro. Lo cual no era de extrañar, dado su próximo parentesco.
–¿Marco Livio? – inquirió con una hermosa voz grave y melosa.
–Sí -contestó él, sin saber cómo iniciar la conversación.
–¡Cuánto te pareces a tu padre! – dijo ella, sin tono alguno de reproche, sentándose en el borde de una camilla y señalándole una silla enfrente-. Siéntate, hijo.
–Supongo que te estarás preguntando qué me ha traído aquí -dijo, sintiendo un nudo en la garganta y haciendo ímprobos esfuerzos por no perder la compostura.
–Algo muy grave, qué duda cabe -replicó ella.
–Se trata de mi hermana, está muriéndose.
La mujer cambió radicalmente de actitud y se puso en pie.
–Pues no hay tiempo que perder, Marco Livio. Deja que le diga a mi nuera lo que pasa y nos vamos.
Druso ni siquiera sabía que tenía una nuera, y es muy posible que ella tampoco supiera que la esposa de él había muerto. A su hermano Mamerco le conocía vagamente de verle por el Foro, aunque nunca se hablaban; por los diez años de diferencia de edad, sabía que Mamerco aún no podía entrar en el Senado. Pero, al parecer, estaba casado.
–¿Tienes una nuera? – dijo a su madre cuando salían de la casa.
–Desde hace poco -contestó Cornelia Escipionis, con una voz huera muy distinta a la habitual-. Mamerco se casó con una de las hermanas de Apio Claudio Pulcher el año pasado.
–Mi esposa murió -dijo él, de pronto.
–Sí, me enteré. Ahora siento no haber ido a verte, pero creí sinceramente que no sería muy bien recibida en tales circunstancias, y yo soy muy orgullosa. Demasiado, lo sé.
–Supongo que habría debido ser yo el que viniera a verte.
–Algo así.
–No se me ocurrió.
–Es comprensible -añadió ella con una mueca-. Es curioso que te hayas rebajado por tu hermana y no por ti.
–Así es el mundo. El nuestro, al menos.
–¿Cuánto le queda a mi hija?
–No lo sabemos. Los médicos dicen que poco, pero ella sigue resistiendo. Por otra parte, siente un gran terror. No sé de qué o por qué. A los romanos no los atemoriza la muerte.
–O eso decimos, Marco Livio. Pero por debajo de la apariencia de la falta de temor, siempre existe el terror de lo desconocido.
–La muerte no es algo desconocido.
–¿Tú no lo crees? Quizá más bien sea que la vida es dulce.
–A veces.
–¿No puedes llamarme madre? – Inquirió ella tras un carraspeo.
–¿Por qué? Te fuiste de casa cuando tenía diez años y mi hermana cinco.
–No podía seguir viviendo con aquel hombre.
–No me extraña -dijo Druso con sequedad-. No era la clase de persona capaz de aguantar que le pusieran los cuernos.
–¿Lo dices por tu hermano Mamerco?
–¿Quién si no?
–Es tu hermano legal, Marco Livio.
–Eso es lo que mi hermana insiste en decirle a su hija respecto al pequeño -replicó Druso-. Pero basta con ver al pequeño Cepio para que hasta el más ingenuo se dé cuenta de quién es hijo.
–Pues te sugiero que mires con mayor atención a Mamerco, porque es un auténtico Livio Druso y no un Cornelio Escipión. O un Emilio Lépido -añadió tras una pausa.
Habían llegado a la casa de Druso. Una vez que el portero les franqueó la puerta. Cornelia Escipionis miró en derredor atemorizada.
–Nunca había visto esta casa -dijo-. Realmente tu padre tenía un gusto maravilloso.
–Es una lástima que no tuviera un afecto maravilloso.
La madre desvió la mirada y no contestó.
Que la amargada maldición de Servilia influyera o no en el Destino y la Fortuna, Livia Drusa llegó a creer que sí; veía que se moría y no sabía por qué causa. Había traído sin complicaciones cuatro hijos al mundo, ¿por qué tenía que ser distinto en el caso del quinto? Lo habitual es que fuera más fácil.
Cuando la robusta anciana apareció en la puerta de la habitación, Livia Drusa se la quedó mirando, preguntándose a quién se le habría ocurrido hacerle gastar sus energías con una extraña. La desconocida entró con los brazos abiertos.
–Livia Drusa, soy tu madre -dijo la recién llegada, sentándose en el borde de la cama y abrazándola.
Las dos rompieron a llorar, tanto por lo inesperado del encuentro como por los años perdidos; luego, Cornelia Escipionis arregló la cama a su hija y se sentó al lado en una silla.
Los ojos ya obnubilados de la enferma absorbieron anhelantes aquel rostro escipiónico, el porte de matrona y el sencillo peinado.
–Tengo entendido que eras muy guapa, madre -dijo.
–Una devoradora de hombres, quieres decir…
–Mi padre… y mi hermano…
Cornelia Escipionis le dio una palmadita en la mano, sonriente.
–Bah, son Livios Drusos, ¿qué más puede decirse? «¡Yo amo la vida, hija! Me gusta reír y no tomarme las cosas en serio; y conocía a muchos hombres y mujeres, ¡pero sólo en plan de amistad! Lo que sucede es que en Roma una mujer no puede tener amigos sin que medio mundo te achaque algo más que simple afinidad intelectual. Sin excluir, como se vio, a tu propio padre, mi esposo. A pesar de ello, yo me consideraba con todo derecho a ver a mis amistades masculinas y femeninas cuando quería. Desde luego no me gustaba el chismorreo ni que tu padre siempre creyese de antemano las murmuraciones en vez de mis explicaciones. ¡Nunca me defendió!
–¡Así que nunca tuviste amantes! – dijo Livia Drusa.
–No mientras vivía con tu padre; no. Era la maledicencia de los demás, no maldad mía. Por eso comprendí que si seguía con tu padre me moriría. Y así, al nacer Mamerco, dejé que tu padre creyese que era hijo del viejo Mamerco Emilio Lépido, que era uno de mis amigos más queridos, y cuando el viejo Mamerco pidió adoptar al niño, tu padre consintió de inmediato… a condición de que yo me fuese. Pero nunca se divorció de mí, ¿no es extraño? El viejo Mamerco era viudo y le encantó recibir a la madre del hijo que había adoptado. Fui a vivir a una casa mucho más alegre, Livia Drusa, y fui la fiel esposa del viejo Mamerco hasta su muerte.
–¡Y yo que pensé que habías tenido muchos amantes! – exclamó Livia Drusa, irguiéndose a duras penas en las almohadas.
–¡Oh, claro que los tuve, querida! Después de morir Mamerco. Llegué a tenerlos por docenas, pero los amoríos pasan con el tiempo, ¿sabes? No son más que un medio para descubrir la naturaleza humana cuando falta un fuerte vínculo afectivo, que es lo que suele suceder. Y luego, de pronto, un día te das cuenta de que los amoríos no valen la pena por las complicaciones que acarrean y que lo que a una le falta no se encuentra por medio de ellos. Hace años que no he tenido ningún amante, y soy más feliz viviendo con mi hijo Mamerco y tratando a sus amigos. O lo era hasta que él se casó, porque mi nuera no me gusta -añadió torciendo el gesto.
–¡Madre, voy a morir y no podré conocerte!
–Mejor eso que nada, Livia Drusa. No es culpa de tu hermano exclusivamente -dijo Cornelia Escipionis, encarando con firmeza la realidad-. Cuando dejé a tu padre no hice nada por veros a ti y a tu hermano, y podría haberlo hecho. Pero no quise -irguió el tronco y adoptó un aire animoso-. Bueno, ¿quién dice que vayas a morir? Hace casi dos meses que nació tu niño, y nada de morirte.
–No es por culpa de él -dijo Livia Drusa-. Me han echado mal de ojo.
–¿Mal de ojo? – repitió Cornelia Escipionis mirándola atónita-. ¡Oh, Livia Drusa, eso son tonterías que no tienen sentido!
–Sí que lo tienen.
–¡Hija, no es cierto! ¿Y quién es la persona que tanto te odia? ¿Tu antiguo marido?
–No, él ni siquiera piensa en mí.
–¿Quién, entonces?
Pero Livia Drusa temblaba sin atreverse a contestar.
–¡Dímelo! – le instó la madre, con la actitud característica de los Escipiones.
–Servilia -contestó la hija en un susurro.
–¿Servilia? – inquirió Cornelia Escipionis mostrando ceño-. ¿Te refieres a la hija de tu primer esposo?
–Sí.
–Comprendo -dijo dando unas palmaditas en la mano de Livia Drusa-. No quiero ofenderte diciéndote que todo es pura imaginación tuya, hija mía, pero lo superarás. No le des esa satisfacción a la niña.
Notó una sombra a sus espaldas, se volvió y vio un hombre pelirrojo en la puerta, al que sonrió.
–Tú debes de ser Marco Porcio -dijo, levantándose-. Yo soy tu suegra, y acabo de tener una animada charla con Livia Drusa. Quédate ahora con ella, yo voy a buscar a su hermano.
Y salió hacia la columnata del jardín mirando por todas partes hasta dar con su hijo mayor, que estaba sentado junto a la fuente.
–¡Marco Livio! – dijo al llegar a su lado-. ¿Sabías que tu hermana se cree víctima de un maleficio?
–¡No puede ser! – replicó Druso, perplejo.
–¡Sí! Dice que es su hija Servilia.
–Ah, ya -dijo Druso, apretando los labios.
–¿Y te quedas tan tranquilo, hijo?
–Ni mucho menos. Esa niña es peligrosa y tenerla en casa es como albergar a la Esfinge, porque es un monstruo capaz de pensar con maldad.
–¿Y es posible que Livia Drusa se esté muriendo porque crea que tiene mal de ojo?
–Madre -contestó Druso inconscientemente, asintiendo con la cabeza-, Livia Drusa se muere como consecuencia de su último parto; eso es lo que dicen los médicos y yo les creo; en vez de curar, se le ha abierto la herida. ¿No has advertido el olor que hay en el cuarto?
–Claro, pero sigo insistiendo en que se cree víctima de un maleficio.
–Voy a llamar a la niña -dijo Druso levantándose.
Era una criatura pequeña y muy morena, de una belleza misteriosa y enigmática, pero animada por un fuego y un poder que a la abuela se le antojó una especie de casa construida sobre una fumarola tapada. Algún día la tapadera saltaría y el techo saldría volando dejándolo todo al descubierto: una masa bullente de venenos y ruinas. ¿Qué sería lo que habría hecho tan infeliz a aquella pequeña?
–Servilia, ésta es tu abuela, Cornelia Escipionis -dijo Druso sin soltar a su sobrina del hombro.
La niña lanzó un bufido y no contestó.
–Acabo de estar con tu madre -dijo Cornelia Escipionis-. ¿Sabes que está convencida de que la has echado mal de ojo?
–¿Ah, sí? Estupendo -contestó Servilia-. Y es verdad.
–Ah, bien, gracias -dijo la abuela, haciendo un ademán para que se fuera, totalmente inexpresiva-. ¡Al cuarto de los niños!.
Al regresar, Druso esgrimía una amplia sonrisa.
–¡Ha sido sensacional! – dijo, sentándose-. La has hundido.
–Nadie podrá hundir a Servilia -replicó Cornelia Escipionis, pensativa-. De no ser un hombre -añadió.
–Ya lo ha hecho su padre.
–Ah, entiendo… Sí, me dijeron que se niega a reconocer a sus hijos.
–Exacto; los otros son muy pequeños para que se sientan afectados, pero a Servilia, en su momento, se le partió el corazón… o es lo que yo creí. No sé qué pensar, madre. Es tan taimada como peligrosa.
–Pobrecilla.
–¡Ah! – exclamó Druso.
En ese momento entró Cratipo, haciendo pasar a Mamerco Emilio Lépido Liviano.
Era fisicamente muy parecido a Druso, pero carecía del poderío tan evidente en su hermano. Veintisiete años en oposición a los treinta y siete de Druso, no contaba con una carrera famosa ante los tribunales ni se le auguraba un brillante futuro político como en el caso de Druso. A pesar de ello, se advertía en él una especie de fuerza flemática que el mayor no tenía; lo que el pobre Druso había tenido que aprender por si solo después de la batalla de Arausio, a Mamerco se le había ofrecido desde la cuna gracias a la presencia de su madre, una auténtica Cornelia de la rama de los Escipiones, mujer de amplias miras, cultivada y con inquietudes intelectuales.
Cornelia Escipionis se rebulló en el asiento para hacer sitio a Mamerco, quien retrocedió timidamente al ver que Druso no se adelantaba a recibirle y se le quedaba mirando inquisitivo.
–Sé amable, Marco Livio -dijo la madre-. Sois hermanos y debéis ser buenos amigos.
–Nunca creí que fuésemos hermanos de verdad -dijo Mamerco.
–Yo sí -añadió Druso, serio-. ¿Qué es lo cierto, madre? ¿Lo que me has dicho hoy o lo que le dijiste a mi padre?
–Lo que te he dicho hoy. A tu padre le conté otra cosa para poder escapar. Sé que mi conducta no tiene excusa, y he sido todo lo que hayas podido pensar de mí y más, Marco Livio, aunque por distinto motivo. – Se encogió de hombros-. Yo no soy de las que se arrepienten; vivo en el presente, pensando en el futuro, nunca en el pasado.
–Bien venido a mi casa, Mamerco Emilio -dijo Druso, tendiendo sonriente a su hermano la mano derecha.
Mamerco se la estrechó y luego se le acercó a besarle en los labios.
–Mamerco -dijo emocionado-. Soy el único romano que tiene ese nombre; así que llámame Mamerco.
–Nuestra hermana se está muriendo -dijo Druso sin soltar la mano de Mamerco y haciendo que se sentara a su lado.
–Oh… cuánto lo siento. No sabía nada.
–¿No te lo ha dicho Claudia? – inquirió su madre indignada-. Le dejé un recado muy concreto.
–No, sólo me dijo que te habías ido a toda prisa con Marco Livio.
Cornelia Escipionis tomó una decisión; se imponía una solución.
–Marco Livio -dijo, mirándole con lágrimas en los ojos-, me he dado por entero a tu hermano estos últimos veintisiete años -se enjugó las lágrimas-. Mi hija nunca lo sabrá, pero tú y Marco Porcio vais a encontraros con seis niños que cuidar y sin ninguna mujer, a menos que volváis a casaros…
–No, madre, yo no -replicó Druso con énfasis.
–Pues, si te parece bien vendré a vivir aquí para cuidar de los niños.
–Me parece bien -dijo Druso, volviéndose hacia su hermano con otra sonrisa-. Me alegra saber que tengo más familia.
El día en que el pequeño Catón cumplía dos meses murió Livia Drusa. En cierto aspecto fue una muerte feliz, ya que ella conocía la inminencia y se había propuesto con toda su fuerza de voluntad que les fuese lo más llevadera posible a los que dejaba en este mundo. La presencia de su madre la ayudó sobremanera, al saber que sus hijos quedarían con alguien de la familia que les daría cariño. Emulando la entereza de Cornelia Escipionis (que impidió que volviera a ver para nada a Servilia) se dispuso para el trance final y dejó de pensar en maleficios y mal de ojo. Era muchísimo más importante el destino de los que seguían con vida.
Tuvo palabras de amor y consuelo para Catón Saloniano, le dio consejos y recomendaciones y fue su rostro lo último que sus ojos apagados vieron antes de morir, aferrada a su mano, sintiendo el amor de él mientras se internaba en las sombras del olvido. Para su hermano Druso tuvo palabras de cariño y ánimo y frases de consuelo. De sus hijos, sólo pidió que le dejasen ver al pequeño Cepio.
–Cuida a tu hermanito Catón -musitó, besándole con labios febriles-. Cuida de mis hijos -dijo dirigiéndose a su madre.
–No había pensado que Penélope moriría antes que Odiseo -dijo a Catón Saloniano.
Fueron sus últimas palabras.