Envío la presente por medio de un navío rápido especialmente fletado hasta Corinto, para transbordarla a otro igualmente rápido con destino a Brundisium, confiando en que la sublevación en Grecia no lo intercepte. He dado instrucciones al correo para que galope día y noche desde Brundisium a Roma. La enorme cantidad de dinero que esto acarrea me la ha facilitado mi amigo Miltiades, etnarca de Esmirna, quien únicamente suplica que el Senado y el pueblo de Roma no olviden este favor cuando -como ha de ser inevitable- la provincia de Asia vuelva a ser de Roma.
Quizá no sepáis aún de la invasión del rey Mitrídates del Ponto, que ahora es dueño de Bitinia y de nuestra provincia de Asia. Manio Aquilio ha muerto en las más horrendas circunstancias y Cayo Casio ha huido no sé dónde. Un cuarto de millón de soldados del Ponto se encuentran al Oeste del Taurus, y el Egeo está lleno de escuadras pónticas, al tiempo que Grecia se ha aliado con el Ponto en contra de Roma.
Pero eso no es lo peor. El último día de Quinctilis, todos los romanos, latinos e itálicos de la provincia de Asia, Bitinia, Pisidia y Frigia han perecido asesinados por orden del rey Mitrídates del Ponto. También dieron muerte a sus esclavos. Creo que la cifra de muertos gira entorno a ochenta mil ciudadanos y setenta mil esclavos; un total de ciento cincuenta mil. Que yo no corriera igual suerte se debe a hallarme privado de la ciudadanía, aunque tengo la impresión de que el rey dio orden de que no se me hiciera nada. Buen regalo para el perro de Hades. ¿En qué habría podido contribuir la salvación de mi provecta vida para evitar la brutal carnicería de mujeres y niños romanos? Los arrastraron desde los altares en que clamaban a los dioses, y sus cadáveres insepultos aún se están pudriendo por orden del rey del Ponto. Este bárbaro monstruoso se cree el rey del mundo y alardea diciendo que pisará suelo italiano antes que acabe el año.
No queda nadie al este de Italia que pueda hacer frente al desafío salvo los nuestros de Macedonia. Pero no tengo esperanzas en Macedonia. Aunque no he podido obtener confirmación, se dice que Mitrídates ha organizado una expedición contra Tesalónica y que sus tropas han entrado ya al oeste de Filipos sin encontrar resistencia. Tengo más noticias referidas al escenario de Grecia, en donde un agente del Ponto llamado Aristión se ha hecho con el poder en Atenas, convenciendo a casi toda Grecia para que se ponga de parte de Mitrídates. Las islas del Egeo están en manos del Ponto; disponen de flotas ingentes. Al caer Delos, dieron muerte a otros veinte mil de los nuestros.
Os ruego que os hagáis cargo de la obligada brevedad de ésta y que hagáis cuanto podáis para evitar que este horrendo bárbaro Mitrídates se corone rey de Roma. Así de grave es la situación.
–¡Ah, lo que nos faltaba! – dijo Lucio César a su hermano Catulo César.
–No nos faltaba, pero ahí lo tenemos -añadió Cayo Mario, echando fuego por los ojos-. ¡Guerra contra Mitrídates! Yo sabía que llegaría, aunque realmente me ha sorprendido que haya tardado tan poco.
–Lucio Cornelio está en camino -terció el otro censor, Publio Licinio Craso-. Cuando llegue, respiraré más tranquilo.
–¿Por qué? – inquirió Mario con énfasis-. ¡No deberíamos haberle convocado! Que acabe la guerra contra los itálicos.
–Es el primer cónsul -replicó Catulo César-, y el Senado no puede adoptar decisiones importantes sin que lo presida en su silla.
–¡Bah! – exclamó Mario, cambiando de postura.
–¿Qúé le sucede? – inquirió Flaco, príncipe del Senado.
–¿Tú qué crees, Lucio Valerio? Es un viejo caballo de guerra que olfatea el olor de un conflicto ideal…, en país extranjero -contestó Catulo César.
–Pero no creerá que él va a poder ir -terció Publio Craso el censor-. ¡Es demasiado viejo y está enfermo!
–Claro que lo cree -respondió Catulo César.
La guerra de Italia había acabado, aunque los marsos no se rindieron oficialmente. De los pueblos que se habían alzado en armas contra Roma, eran los más perjudicados: apenas había quedado un varón marso con vida. En febrero, Quinto Popedio Silo huyó a Samnio y se refugió en Aesernia con Mutilo. Y se encontró con un Mutilo tan gravemente herido, que nunca más podría mandar tropas: se hallaba paralizado de cintura para abajo.
–Voy a cederte el mando de Samnio, Quinto Popedio -dijo.
–¡No! – exclamó Silo-. Yo no sé tratar a la tropa como tú, y menos a soldados samnitas… ni tengo dotes de general.
–No ha quedado nadie y mis samnitas han decidido seguirte.
–¿De verdad que los samnitas quieren continuar la guerra?
–Sí -contestó Mutilo-, pero en nombre de Samnio, no de Italia.
–Lo comprendo, ¿pero no queda ningún samnita que los mande?
–Ninguno, Quinto Popedio; tienes que hacerlo tú.
–Bien, de acuerdo -contestó Silo suspirando.
De lo que no hablaron fue de sus frustradas esperanzas de una Italia independiente. Ni tampoco de lo que ambos no ignoraban: que Italia estaba derrotada y que Samnio no podía vencer.
En mayo, el último ejército rebelde salió de Aesernia al mando de Quinto Popedio Silo. Constaba de treinta mil soldados de infantería y mil de caballería, reforzado por una tropa de veinte mil esclavos manumitidos. Casi todos los de infantería habían resultado heridos en un combate u otro y se hallaban en Aesernia por ser la única plaza segura que quedaba; Silo había traído la caballería, logrando cruzar las lineas romanas de cerco a la ciudad. Todas estas circunstancias hacían inevitable la salida, porque Aesernia no tenía posibilidades de seguir alimentando tantas bocas.
Todos sabían que era el último recurso y nadie confiaba en la victoria; lo más que podían esperar era hacerles pagar cara su vida a los romanos. Pero cuando la tropa de Silo tomó Bovianum y aniquiló a la guarnición romana, todos se animaron. ¿No habría una posibilidad? Metelo Pío estaba acampado con su ejército ante Venusia, en la Via Appia, y a Venusia se dirigieron.
Y fue en las afueras de Venusia donde se libró la última batalla, cerrando una curiosa concatenación de acontecimientos iniciados con la muerte de Marco Livio Druso. Sí, en el campo de batalla de Venusia libraron singular combate los dos hombres que más afecto habían sentido por Druso: sus amigos Silo y Mamerco. Mamerco permanecía inmóvil, mirando al marso con lágrimas en los ojos y la espada alzada. No se decidía.
–¡Acaba conmigo, Mamerco! – suspiró Quinto Popedio Silo-. Me lo debes por haber matado a Cepio. ¡No quiero desfilar en un triunfo encabezado por el Meneítos!
–Por matar a Cepio -dijo Mamerco, y lo mató. Luego lloró desconsoladamente por Druso y la amarga victoria.
–Se acabó -dijo Metelo Pío el Meneítos a Lucio Cornelio Sila, que había acudido a Venusia nada más saber de la batalla-. Ayer capituló Venusia.
–No, no se ha acabado -replicó Sila con una sonrisa-. Sólo cuando se rindan Aesernia y Nola.
–¿Has considerado -se arriesgó a decir tímidamente el Meneítos- que si levantásemos el sitio de Aesernia y Nola las dos ciudades volverían a la normalidad y seguramente todos harían como si nada hubiese pasado?
–Estoy convencido de que sí -contestó Sila-, y precisamente por eso no levantaré el asedio de ninguna de las dos. ¿Para qué dejarlos sin castigo? Pompeyo Estrabón no lo hizo con Asculum Picentum. No, Meneitos, Aesernia y Nola seguirán asediadas; hasta la eternidad, si es necesario.
–Me han dicho que Escato ha muerto y que los pelignos se han rendido.
–Exacto, salvo que no te lo han contado bien -respondió Sila con una sonrisa-. Pompeyo Estrabón aceptó la rendición de los pelignos y Escato prefirió clavarse su propia espada.
–¡Entonces todo ha acabado! – exclamó Metelo Pío, maravillado.
–No, hasta que se rindan Aesernia y Nola.
La noticia de la matanza de romanos, latinos e itálicos en la provincia de Asia le llegó a Sila en Capua, donde había establecido su cuartel general, relevando a Catulo César para que se tomase en Roma un merecido descanso. Además, había heredado su secretario, el prodigioso Marco Tulio Cicerón, y vio que era tan eficiente, que Catulo César estaba de más.
A Cicerón, Sila le pareció tan aterrador como Pompeyo Estrabón, aunque por distintos motivos. Y echó mucho de menos a Catulo César.
–Lucio Cornelio, ¿no podría licenciarme al acabar este año? – inquirió Cicerón-. Aunque no he servido dos años completos, contando las campañas, he participado en diez.
–Ya -contestó Sila, animado por la persona de Cicerón de un sentimiento muy parecido al de Pompeyo Estrabón-. De momento no puedo prescindir de ti porque nadie sabe organizar esto tan bien como tú, y menos ahora que Quinto Lutacio se toma un descanso en Roma.
Pero nunca hay descanso, pensaba Sila, galopando hacia Roma en una calesa tirada por cuatro mulas. Apenas ponemos fin a un conflicto, cuando estalla otro. Y el nuevo hará que el de Italia parezca dos ramitas de rescoldo.
Todos los senadores se dieron cita en Roma para la reunión del Senado en la que se iba a tratar de los acontecimientos de la provincia de Asia. También estaba Pompeyo Estrabón. Serían unos ciento cincuenta reunidos en el templo de Bellona, fuera del pomerium del Campo de Marte.
–Bien, sabemos que Manio Aquilio ha muerto. Y posiblemente habrán muerto también sus dos colegas delegados -dijo Sila ante la Cámara, en tono coloquial-. No obstante, parece que Cayo Casio logró escapar, a pesar de que no tenemos noticias de él. Lo que no comprendo es cómo no hemos tenido ninguna noticia de Quinto Opio desde Cilicia. Hay que suponer que también hemos perdido Cilicia. Es triste que Roma tenga que depender de un desterrado para recibir semejantes noticias.
–Yo supongo que todo ello quiere decir que Mitrídates atacó como un relámpago -dijo Catulo César, frunciendo el entrecejo.
–O que nuestros representantes oficiales han estado haciendo cosas raras -terció Mario.
El comentario no suscitó réplicas, sino profunda cavilación; cierta lealtad aglutinaba constantemente la unidad de la Cámara, pero era imposible tratarse tan a fondo como lo hacían los miembros del Senado sin que nadie supiera con quién se jugaba los cuartos. Y todos sabían perfectamente cómo eran Cayo Casio y los tres delegados.
–Al menos Quinto Opio habría debido ponerse en contacto con nosotros -dijo Sila, expresando lo que pensaban todos-. Es un hombre de honor y no dejaría a Roma ignorante en una situación como ésta. Yo creo que hay que dar por sentada la pérdida de Cilicia.
–Bien, habrá que enviar como sea un mensaje a Publio Rutilio y pedirle más información -dijo Mario.
–Yo creo que si alguno de los nuestros se ha salvado, se habrán puesto en camino hacia Roma a finales del Sextilis -dijo Sila-. Cuando lleguen, tendremos más información.
–Yo, por la carta de Rutilio Rufo, interpreto que no hay supervivientes -dijo Sulpicio desde el banco tribunicio-. ¡Mitrídates no ha hecho ningún distingo entre romanos e itálicos! – añadió con un gruñido, apretando los puños.
–Mitrídates es un bárbaro -comentó Catulo César.
Pero la explicación no le bastaba a Sulpicio, que durante un largo rato después de la lectura de la carta de Rutilio Rufo, dos días antes, parecía haberse quedado de piedra.
–No ha hecho distingos -repitió-. ¡Pero es irrelevante que no haya hecho distingos! ¡Da igual! Los itálicos de la provincia de Asia han pagado el mismo precio que los residentes romanos y latinos. Han muerto todos. Han muerto con sus mujeres, hijos y esclavos. ¡Sin distingos!
–¡Vamos, Sulpicio, domínate! – exclamó Pompeyo Estrabón, que quería ir al grano-. Pareces una rueda en un bache.
–Orden, por favor -dijo Sila risueño-. No nos hemos reunido en Bellona para dilucidar las motivaciones de no hacer distingos. Estamos aquí para decidir lo que hay que hacer.
–¡La guerra! – espetó inmediatamente Pompeyo Estrabón.
–¿Es eso lo que todos sentís, o sólo algunos? – inquirió Sila.
La Cámara se pronunció unánimemente por la guerra.
–Tenemos suficientes legiones preparadas -dijo Metelo Pío- y están bien pertrechadas. Al menos a ese respecto nos hallamos mejor que de costumbre. Mañana mismo podemos embarcar veinte legiones para Oriente.
–No podemos -replicó Sila con voz pausada-. En realidad, dudo ·mucho que podamos embarcar una sola legión, y menos veinte.
La Cámara guardaba silencio.
–Padres conscriptos, ¿de dónde vamos a sacar el dinero? Concluida la guerra contra Italia, no nos queda otro remedio que licenciar las legiones ¡porque no podemos seguir pagándolas! Roma estaba en peligro en la propia Italia y todos los romanos y latinos han tenido que incorporarse al combate. Podemos decir que lo mismo sucede en una guerra en el extranjero, sobre todo ahora que el agresor se ha apoderado de la provincia de Asia y han muerto ochenta mil de los nuestros. Pero el hecho es que en este momento la patria no corre peligro. Y los soldados están cansados. Al final se les ha pagado, pero para ello nos hemos quedado con las arcas vacías. Y eso significa que hay que desmovilizarlos y mandarlos a sus casas. ¡Porque no existe la menor perspectiva de contar con bastante dinero para otra campaña!
Las palabras de Sila hicieron más intenso el silencio de la Cámara. Luego, Catulo César lanzó un suspiro.
–De momento dejemos a un lado las consideraciones monetarias -dijo-. ¡Es mucho más importante el hecho de que tenemos que parar los pies a Mitrídates!
–¡Quinto Lutacio, no me has oído! – exclamó Sila-. ¡No hay dinero para una campaña!
Catulo César asumió su más altanera actitud y contestó:
–Propongo que se dé el mando de la guerra contra Mitrídates a Lucio Cornelio Sila. Una vez resuelta la cuestión del mando, podemos hablar del dinero.
–¡Y yo advierto que presento una moción para que no se dé el mando de la guerra contra Mitrídates a Lucio Cornelio Sila! – bramó Cayo Mario-. ¡Que Lucio Cornelio Sila se quede en Roma y se preocupe del dinero! ¡Dinero! ¡Como si fuese momento de preocuparse del dinero cuando Roma arriesga su existencia! Ya se encontrará el dinero. Siempre se encuentra. Al rey Mitrídates le sobra, y será él quien en definitiva acabe pagando. ¡Padres conscriptos, no podemos dar el mando de esta campaña a un hombre que se preocupa por el dinero! ¡Esta campaña debéis dármela a mí!
–No estás bien de salud, Cayo Mario -replicó Sila, inmutable.
–¡Lo suficiente para darme cuenta de que el asunto del dinero está de más! – espetó Mario-. ¡El Ponto es nuevamente la amenaza germánica! ¿Y quién venció a los germanos? ¡Cayo Mario! ¡Colegas de esta augusta Cámara, debéis darme el mando de esta campaña! ¡Soy el único que puede ganarla!
De su asiento se levantó Flaco, príncipe del Senado, hombre apacible, con poca fama de valiente.
–Si fueses joven y estuvieses bien de salud, Cayo Mario, no tendrías partidario más fervoroso que yo. Pero Lucio Cornelio tiene razón; no estás bien y eres demasiado viejo. Has sufrido dos infartos. No podemos dar el mando de esta guerra a un hombre que puede sufrir un ataque en el preciso momento en que más se le necesita. No sabemos qué es lo que provoca el infarto, Cayo Mario, pero sabemos que el que ha sufrido uno, siempre recae. Como te ha sucedido a ti. ¡Y te sucederá! No, padres conscriptos, como príncipe del Senado os digo que no podemos tomar en consideración a Cayo Mario para esta campaña. Yo secundo la moción de que el mando se dé al primer cónsul, Lucio Cornelio.
–Me apoyará la Fortuna -replicó Mario tercamente.
–Cayo Mario, acepta la opinión del príncipe del Senado en el espíritu con que lo ha dicho -dijo Sila muy tranquilo-. Nadie te menosprecia, y menos yo, pero la realidad es ésa. Esta Cámara no puede correr el riesgo de confiar la dirección de una guerra a quien ha sufrido dos infartos y tiene setenta años.
Mario cedió, pero era más que evidente que no acataba la opinión de la Cámara; permaneció sentado, con las manos en las rodillas y la comisura derecha del labio caída.
–¿Aceptas el mando, Lucio Cornelio? – inquirió Quinto Lutacio Catulo César.
–Sólo si la Cámara me lo concede por clara mayoría, Quinto Lutacio. Si no, no -contestó Sila.
–Pues hagamos una votación -dijo Flaco, príncipe del Senado.
Sólo tres se colocaron en la oposición cuando los senadores se desplazaron ficticiamente en aquel sucedáneo de Senado: Cayo Mario, Lucio Cornelio Cinna y el tribuno de la plebe Publio Sulpicio Rufo.
–¡No lo acabo de creer! – musitó el censor Craso a su colega Lucio César-. ¡Sulpicio!
–Desde que llegó la noticia de la matanza está haciendo cosas raras -añadió Lucio César-. No para de decir, ya lo habéis oído, que Mitrídates no ha hecho distingos entre romanos e itálicos. Supongo que lamenta el haberse opuesto tan radicalmente a la emancipación de los itálicos.
–¿Y qué le impulsa de pronto a ponerse al lado de Cayo Mario?
–No sé, Publio Licinio -contestó Lucio César encogiéndose de hombros-. De verdad que no lo sé.
Sulpicio se puso al lado de Mario y de Cinna porque eran los que se oponían al Senado. No había otro motivo. Al saber las noticias que enviaba Rutilio Rufo desde Esmirna, experimentó un profundo cambio y desde entonces no había logrado superar su aflicción. Ni su mala conciencia; le atormentaba una confusión mental que le impedía pensar más que en aquello: un rey extranjero no había hecho diferencias entre romanos e itálicos. Y si un rey extranjero metía a romanos e itálicos en un mismo saco, a los ojos del resto del mundo es que no había diferencia entre ellos; la naturaleza y actuaciones de unos eran las mismas que las de los otros.
Ferviente patriota y profundamente conservador, al estallar la guerra contra los itálicos Sulpicio había abrazado la causa romana con todo su corazón. Cuestor el año de la muerte de Druso, vio que cada vez se le otorgaba más confianza con cargos de mayor responsabilidad y los había desempeñado admirablemente. Gracias a sus desvelos, habían caído muchos itálicos. Gracias a que lo había consentido, la población de Asculum Picentum había sufrido de un modo más terrible del que merecían los propios bárbaros; aquellos miles de niños itálicos obligados a desfilar en el triunfo de Pompeyo Estrabón y expulsados después de la ciudad sin comida, ropa ni dinero para vivir o morir, abandonados a las fuerzas o la voluntad de sus cuerpecillos inmaduros, no podía olvidarlos. ¿Por quién se tomaba Roma para infligir tan terrible castigo a personas que eran sus iguales? ¿En qué se diferenciaba Roma del rey del Ponto? ¡Al menos él no se andaba con ambigüedades! Al menos él no había justificado sus motivos con argumentos de razón y superioridad. Aunque tampoco lo hacía Pompeyo Estrabón. Era el Senado el que adoptaba una actitud equívoca.
Ah, ¿qué era lo que estaba bien? ¿Quién tenía razón? Si un hombre itálico, una mujer itálica, un niño itálico se habían salvado de la matanza y aparecían en Roma, ¿cómo podría él, Publio Sulpicio Rufo, mirar a la cara a esos pobres supervivientes? ¿En qué se diferenciaba realmente él, Publio Sulpicio Rufo, del rey Mitrídates? ¿No había matado él a muchos miles de itálicos? ¿No había sido legado al mando de Pompeyo Estrabón y consentido sus atrocidades?
Pero en medio de esta aflicción y confusión mental, Sulpicio también era capaz de pensar con coherencia; mejor dicho, tenía pensamientos coherentes, válidos, lógicos.
No era realmente culpa de Roma, sino del Senado. De los hombres de su propia clase, él incluido. En el Senado -¡en su propia persona!– residía la fuente del elitismo romano. El Senado había matado a su amigo Marco Livio Druso. El Senado había dejado de conceder la ciudadanía romana después de la guerra contra Aníbal, el Senado había autorizado la destrucción de Fregellae. El Senado, el Senado, el Senado… Los hombres de su propia clase. El incluido.
Pues ahora tendrían que pagarlo. Y él también. Ya era hora, se dijo Sulpicio, de que se acabara lo del Senado de Roma. Ya estaba bien de antiguas familias dirigentes, poder y riqueza concentrado en manos de unos pocos, con injusticias tan tremendas como aquella cruel iniquidad perpetrada contra los itálicos. Estamos equivocados, pensó. Y hemos de pagarlo. Tiene que desaparecer el Senado. Roma ha de volver a manos del pueblo, que no es más que un simple peón, por mucho que afirmemos que es soberano. ¿Soberano? ¡No mientras haya Senado! Mientras exista el Senado, la soberanía del pueblo no es más que una palabra! No se trata del censo por cabezas, por supuesto, sino del pueblo. Los hombres de la segunda, tercera y cuarta clases, que constituyen, con gran diferencia, la mayoría de los romanos y son los que menos poder tienen. Los caballeros de la primera clase, realmente ricos y poderosos, no se diferencian en nada del Senado. Ellos también deben desaparecer.
Unido a Mario y a Cinna (¿por qué se situaba Cinna en la oposición?; ¿qué es lo que de pronto le vinculaba a Mario?), Sulpicio miró a las cerradas filas de los senadores que tenía enfrente. En ellas estaban su buen amigo Cayo Aurelio Cota (nombrado senador a los veintiocho años porque los senadores se habían tomado a pecho las palabras de Sila y estaban llenando el elitista organismo de personas idóneas) y el segundo cónsul, Quinto Pompeyo Rufo, sumiso como los demás… ¿Es que no veían su culpabilidad? ¿Por qué le miraban así, como si el culpable fuese él? ¡Sí que lo era, desde luego! Él lo sabía; mientras que ellos no tenían la menor idea. Pues si no lo entienden, pensó Sulpicio, aguardaré a que se inicie esta nueva guerra -¡ah!, ¿por qué estamos siempre en guerra?– esté organizada. Hombres como Quinto Lutacio y Lucio Cornelio Sila participarán en ella y no estarán en Roma para oponerse. Esperaré y dedicaré todo mi tiempo a destruir el Senado y la primera clase.
–Lucio Cornelio Sila -dijo Flaco, príncipe del Senado-, toma el mando de la guerra contra Mitrídates en nombre del Senado y el pueblo de Roma.
–Unicamente que no sabemos de dónde vamos a sacar el dinero -comentó Sila una vez concluida la cena en su nueva casa.
Estaban con él los hermanos César, el flamen dialis Lucio Cornelio Merula, el censor Publio Licinio Craso, el banquero y mercader Tito Pomponio, el banquero Cayo Opio, Quinto Mucio Escévola, pontífice máximo, y Marco Antonio Orator, que acababa de reintegrarse al Senado tras una larga enfermedad. Precisamente el elenco de invitados de Sila tenía por objeto solventar la cuestión, si es que podia solventarse.
–¿No hay nada en el Tesoro? – inquirió Antonio Orator, que no se lo acababa de creer-. Quiero decir que ya sabemos la actitud de los cuestores urbanos y de los tribunos del Tesoro, que no cesan de decir que está vacío, cuando en realidad está lleno.
–Créelo, Marco Antonio, no hay nada -respondió Sila con firmeza-. Yo mismo he estado allí varias veces, preocupándome de que no se enterasen que iba a verlos.
–¿Y el templo de Ops? – inquirió Catulo César.
–Vacío también.
–Bien -dijo Escévola, pontífice máximo-, está el oro escondido por los reyes de Roma para una eventualidad como ésta.
–¿Qué oro? – preguntaron todos a coro, Sila incluido.
–Yo mismo no lo sabía hasta que fui nombrado pontífice máximo, ¡de verdad! – contestó Escévola a la defensiva-. Está en los sótanos del templo de Júpiter Optimus Maximus; habrá…, no llegará a unos doscientos talentos.
–¡Magnifico! – dijo irónicamente Sila-. Sin duda cuando Servio Tulio era rey de Roma habría con eso para financiar una guerra que pusiera fin a todas, pero hoy dia no llega ni para mantener seis meses a cuatro legiones en pie de guerra. ¡Menuda prisa tendría que darme!
–Algo es algo -dijo tranquilo Tito Pomponio.
–¿Por qué los banqueros no podéis prestar al Estado dos mil talentos? – inquirió Craso el Censor, que amaba el dinero con locura y no tenía tanto como él habría querido; sólo las concesiones de minas de estaño en Hispania, y había estado demasiado ocupado para controlar debidamente la operación.
–Porque no tenemos para prestar -contestó Opio pacientemente.
–Además, la mayoría de nosotros trabaja con bancas de la provincia de Asia para invertir nuestros excedentes de reserva, lo que quiere decir que Mitrídates será ahora el que las tenga -añadió Tito Pomponio con un suspiro.
–¡Aquí también tendréis dinero! – dijo Craso el Censor con un bufido.
–Sí, pero no lo bastante para hacer un préstamo al Estado -replicó Opio.
–¿Res facta o res ficta?
–Es la realidad, Publio Lucinio, de verdad.
–¿Coincidimos todos los presentes en juzgar que esta situación es peor que la guerra contra los itálicos? – inquirió Lucio Cornelio Merula, sacerdote de Júpiter.
–¡Desde luego que sí! – espetó Sila-. Flamen dialis, yo que he conocido a Mitrídates, puedo asegurarte que si no se le paran los pies se coronará rey de Roma.
–Pues, como nunca obtendríamos autorización del pueblo para vender el ager publicus, sólo hay una manera de conseguir dinero sin imponer nuevos tributos -dijo Merula.
–¿Cuál?
–Podemos vender todas las propiedades que le quedan al Estado en las proximidades del Foro. Para eso no hace falta contar con el pueblo.
Se hizo un tenso silencio.
–No podría darse peor momento para poner a la venta los bienes del Estado -dijo Tito Pomponio, cariacontecido-, ahora que el mercado está a la baja.
–Me temo que no sé muy bien de qué tierras dispone el Estado cerca del Foro, excepción hecha de las casas de los sacerdotes -dijo Sila-, y eso no podrá venderse.
–Estoy de acuerdo, venderlas sería nefas -dijo Merula, que vivía en uno de los domus publici-. De todos modos hay otras propiedades. Las cuestas del Capitolio, dentro de la puerta Fontinalis y frente al Velabrum, son terrenos de primera para casas grandes. Tambien hay una gran zona que comprende el mercado general y el macellum Cuppedenis. Podrían parcelarse.
–Me niego a que se venda todo -dijo Sila tajante-. Las zonas de mercado, si, porque no sirven más que para eso y como terreno de juego del colegio de lictores, y parte del Capitolio, la zona que mira al Velabrum a la izquierda del clivus Capitolinus… y desde la puerta Fontinalis hasta la Lautumiae. Pero nada del Foro, y nada del Capitolio frente al Foro.
–Yo compro los mercados -dijo Cayo Opio.
–Sólo si no hay nadie que ofrezca más -añadió Pomponio, que había estado pensando lo mismo-. Para ser equitativos y obtener el mejor precio habrá que subastarlo todo.
–Tal vez sería mejor quedarnos con la zona del mercado general y vender sólo la del mercado Cuppedenis -dijo Sila, pensando de mala gana en la venta de terrenos tan estupendos.
–Creo que tienes razón, Lucio Sila -dijo Catulo César.
–Estoy de acuerdo -añadió Lucio César.
–Si vendemos el Cuppedenis, me imagino que aumentarían los alquileres de los mercaderes de especias y flores y no les gustaría nada -dijo Antonio Orator.
Pero Sila había pensado otra solución.
–¿Y si pedimos prestado el dinero? – inquirió.
–¿Dónde? – añadió Merula, suspicaz.
–A los templos de Roma. Y se lo reintegramos con el botín. Juno Lucina, Venus Libitina, Juventas, Ceres, Juno Moneta, Magna Mater, Cástor y Pólux, los dos de Júpiter Stator, Diana, Hércules Musarun, Hércules Olivarius… todos tienen riquezas.
–¡No! – gritaron al unísono Escévola y Merula.
Una rápida mirada a todas las caras le bastó a Sila para darse cuenta de que no encontraría respaldo por parte de nadie.
–Bueno, pues si no queréis que los templos de Roma financien la campaña, ¿qué me decís de los templos de Grecia? – inquirió.
–Lo que es nefas es nefas, Lucio Cornelio -dijo Escévola Poniendo ceño-. Los dioses, son dioses en Grecia y en Roma.
–Sí, pero los dioses griegos no son los dioses de Roma, ¿no?
–Los templos son sagrados -insistió Merula.
De pronto surgió el otro ego de Sila; era la primera vez que lo veian algunos de los presentes, y quedaron aterrados.
–¡Oídme -dijo, enseñando los dientes-, o una cosa u otra, vosotros y los dioses! ¡No sé los dioses de Roma, pero todos los que estáis aquí sabéis perfectamente cuánto cuesta mantener las legiones en pie de guerra! Si podemos rebañar doscientos talentos, puedo llevar seis legiones hasta Grecia, lo cual es una fuerza insignificante para hacer frente a doscientos cincuenta mil soldados del Ponto… ¡Os recuerdo que un soldado póntico no es un bárbaro germano desnudo! Yo he visto las tropas de Mitrídates y están armadas y entrenadas como las de nuestras legiones. No son tan buenos, imagino, pero sí mucho mejor que los bárbaros germanos desnudos, aunque sólo sea porque llevan coraza y están acostumbrados a la disciplina. Igual que hizo Cayo Mario en campaña, no quiero perder soldados. Y eso significa dinero para intendencia y dinero para mantenimiento del equipo. Dinero que no tenemos…, dinero que no permitís que me lo den los dioses de Roma. ¡Así que os prevengo, y oídlo claramente, que cuando llegue a Grecia cogeré el dinero que necesite de Olimpia, de Dodona, de Delfos y de donde sea. Lo que quiere decir, flamen dialis, pontífice máximo, que más vale que os pongáis realmente manos a la obra con nuestros dioses romanos, y esperemos que en esta ocasión tengan más poder que los dioses griegos!
Nadie decía una palabra.
–Bien -prosiguió Sila, recuperada su personalidad normal-. Ahora tengo más buenas noticias para vosotros, por si pensabais que eso era todo.
–Estoy en áscuas, Lucio Cornelio -dijo Catulo César con un suspiro-. Te ruego que nos las des.
–Me llevaré mis cuatro legiones, más dos de las legiones que entrenó Cayo Mario y que actualmente manda Lucio Cinna. Los marsos están agotados y no necesita tropas. Cneo Pompeyo Estrabón que haga lo que quiera, con tal de que cese de enviarnos facturas de soldadas; yo, desde luego, no pienso perder tiempo discutiendo con él. Eso significa que aún hay unas diez legiones que desmovilizar… y pagar. Con dinero que no tenemos -contestó Sila-. Por tal motivo, voy a legislar para pagar a esos soldados con tierras en zonas de Italia que hayamos dejado prácticamente despobladas: Pompeya, Faesulae, Hadria, Telesia, Grumentum, Bovianum. Seis ciudades vacías, rodeadas de bastantes tierras de labor. Distritos que serán para los soldados de esas diez legiones que pienso licenciar.
–¡Pero eso es ager publícus! – exclamó Lucio César.
–No, aún no lo es; ni va a serlo -replicó Sila-. Será para los soldados. A menos que cambiéis vuestra pía y devota actitud respecto a los templos de Roma -añadió con sorna.
–No podemos -dijo Escévola, pontífice máximo.
–Entonces, cuando se promulgue mi ley, más vale que predispongáis al Senado y al pueblo -dijo Sila.
–Te respaldaremos -dijo Antonio Orator.
–Y, ya que ha surgido el tema del ager publi cus -prosiguió Sila-, no empecéis a declararlo mientras yo esté fuera de Roma, porque cuando vuelva con mis legiones necesitaré más zonas despobladas de Italia para esos soldados.
Al final, las finanzas de Roma no dieron para seis legiones y el ejército de Sila quedó fijado en cinco legiones y dos mil soldados de caballería, ni uno más ni uno menos. El oro recogido pesó poco más de cuatro mil kilos; ni siquiera doscientos talentos. Una miseria, pero era lo máximo que podía permitirse la arruinada Roma. El arca de guerra de Sila ni siquiera daba para encargar una sola galera de combate y apenas cubriría el coste de los transportes para llevar a sus soldados a Grecia, destino elegido por él, en preferencia a Macedonia occidental. No obstante, no quiso hacer ningún plan preconcebido hasta ver cuál era la situación en Grecia y Asia Menor. Había optado por iniciar la expedición así porque en Grecia estaban los templos más ricos.
Por fin, a últimos de septiembre, Sila pudo salir de Roma para recoger sus legiones en Capua. Se había entrevistado con su apto y fiel tribuno militar, Lucio Licinio Lúculo, y le había preguntado si se presentaría a las elecciones de cuestor si él requería sus servicios. Encantado, Lúculo dijo que sí y Sila le envió a Capua como delegado hasta poder desplazarse él. Había estado todo el mes de septiembre enfrascado en organizar la subasta de terrenos del Estado y preparar las colonias para las seis legiones y parecía cosa de nunca acabar, pero lo logró gracias a una voluntad de hierro y a su terca imposición a sus colegas senatoriales, que estaban fascinados, pues nunca habían pensado que Sila pudiese ser un dirigente tan completo.
–Le hacían sombra Mario y Escauro -dijo Antonio Orator.
–No, es que no tenía fama -dijo Lucio César.
–¿Y quién tenía la culpa de ello? – espetó Catulo César.
–Principalmente Cayo Mario, imagino -añadió su hermano.
–Desde luego sabe lo que quiere -comentó Antonio Orator.
–Ya lo creo que sí -añadió Escévola con un estremecimiento-. ¡No me gustaría chocar con su otra personalidad!
Que era precisamente lo que pensaba el pequeño César, escondido en su observatorio, mientras espiaba y escuchaba el diálogo que sostenían su madre y Lucio Cornelio Sila.
–Salgo mañana, Aurelia, y no he querido irme sin verte.
–Ni yo quiero que te marches sin verme -contestó ella.
–¿No está Cayo Julio?
–Está con Lucio Cinna en tierras de los marsos.
–Recogiendo los restos -dijo Sila, asintiendo con la cabeza.
–Tienes muy buen aspecto, Lucio Cornelio, pese a todos los problemas. Veo que te sienta bien este matrimonio.
–Eso o que me estoy volviendo más hogareño.
–¡Tonterías! Tú nunca serás hogareño.
–¿Cómo sobrelleva Cayo Mario su derrota?
Aurelia frunció los labios.
–Siempre refunfuñando en casa -contestó-. Y a ti no te tiene en un altar, precisamente.
–Era de suponer. Pero debe admitir que actué con mucha consideración y que no busqué el mando a base de adulación e intrigas.
–No tenías necesidad -contestó Aurelia-, y por eso está tan disgustado. No está acostumbrado a que Roma tenga otro caudillo guerrero. Hasta que tú ganaste la corona de hierba, él había sido el único. Ah, sus enemigos del Senado tenían mucho poder y le entorpecieron en todo momento, pero él sabia que era único y que al final tenían que recurrir a él. Ahora es viejo y está enfermo, y estás tú, y teme que le robes el apoyo de los caballeros.
–¡Está acabado, Aurelia! Aunque con honor y gran fama; pero él ya no tiene nada que hacer. No sé cómo no lo comprende…
–Yo creo que si fuese más joven y tuviera mejor sus facultades mentales, lo vería. Lo malo es que los infartos le han afectado mentalmente… o al menos es lo que cree Julia.
–Ella tiene que saberlo mejor que nadie -añadió Sila, levantándose para irse-. ¿Cómo están los tuyos?
–Muy bien.
–¿Y el chico?
–Irrefrenable, insaciable, indomable. Procuro que ponga los pies en el suelo, pero es muy difícil -contestó Aurelia.
¡Tengo los pies en tierra, mamá!, pensó el pequeño César, escabulléndose de su escondrijo en cuanto Aurelia y Sila salieron de la habitación. ¿Por qué será que siempre me tomas por una pluma, un milano que flota en el viento?
Pensando que Sila cruzaría sin pérdida de tiempo el Adriático antes de que llegaran los vientos adversos de invierno, Publio Sulpicio lanzó el primer golpe contra el orden establecido a mediados de octubre. Los únicos preparativos eran los que había hecho mentalmente, pues a una persona que detestaba a los demagogos le habría sido difícil recurrir a la demagogia. Sin embargo, había adoptado la precaución de entrevistarse con Cayo Mario para pedirle apoyo. ¡Cayo Mario no era muy devoto del Senado! Efectivamente, Sulpicio no quedó decepcionado de su visita, pues, tras escuchar su propuesta, Mario asintió con la cabeza.
–Ten la seguridad de que yo te prestaré todo el apoyo que pueda, Publio Sulpicio -dijo el gran hombre sin más comentarios-. Sin embargo -añadió, cual si fuese una condición-, te pediré un favor: que promulgues una ley para darme el mando de la guerra contra Mitrídates.
No era mucho, pensó Sulpicio sonriente.
–De acuerdo, Cayo Mario, tendrás el mando -dijo.
Sulpicio convocó la Asamblea plebeya y puso a contio dos proyectos de ley distintos. Una, estipulando la expulsión del Senado de todos los que hubieran prestado dinero por un monto superior a ocho mil sestercios; la otra, decretando el regreso de todos los desterrados por la comisión variana en la época en que Vario en persona había procesado a los que abiertamente se habían mostrado partidarios de la emancipación de los itálicos.
Sulpicio, que tenía pico de oro y voz de plata, dio en su discurso con el tono idóneo.
–¿Quién se creen que son para sentarse en el Senado y adoptar las decisiones que debían ser competencia de esta asamblea, cuando apenas hay uno que sea pobre y esté cargado de deudas? – exclamó-. ¡Para todos los que de entre vosotros tenéis deudas, no hay paliativos… no podéis escudaros en el elitismo senatorial ni podéis aliviar vuestra carga arreglándoos con prestamistas que se avengan a no apretar mucho! ¡Mientras que en la Curia Hostilia las deudas son cosas baladíes que se olvidan hasta que vengan mejores tiempos! ¡Lo sé porque soy senador y oigo lo que se dicen unos a otros, y veo los favores que hacen a los prestamistas! ¡Incluso conozco a senadores que prestan dinero! ¡Pues bien, eso va a acabar! ¡Nadie merece llamarse miembro de tan augusto y exclusivo organismo si no es igual que los demás romanos!
El Senado se reunió estupefacto al ver que era Sulpicio quien actuaba como un demagogo. ¡Sulpicio! ¡El más conservador de todos! ¡Él era quien había vetado el regreso de los desterrados por la comisión variana antes de principios de año! ¡Y ahora era él quien los hacía volver! ¿Qué había sucedido?
Dos días después, Sulpicio reunía a la Asamblea plebeya y promulgaba una tercera ley. Todos los nuevos ciudadanos itálicos y muchos miles de ciudadanos romanos libertos tenían que distribuirse uniformemente entre las treinta y cinco tribus y quedaban anuladas las dos nuevas tribus de Pisón Frugi.
–¡Treinta y cinco es el número adecuado de tribus y no puede haber más! – gritó Sulpicio-. ¡Ni es correcto que algunas tribus cuenten sólo con tres o cuatro mil ciudadanos y tengan el mismo poder de voto en la asamblea que otras, como la Esquilina y la Suburana, que cuentan con más de cien mil ciudadanos! ¡Todo en el gobierno de Roma está pensado para conservar el omnipotente Senado y la primera clase! ¿Hay senadores o caballeros que pertenezcan a la Esquilina o a la Suburana? ¡Claro que no! ¡Son de la Fabia, la Cornelia o la Romilia! ¡Pues que compartan la Fabia, la Cornelia y la Romilia con hombres de Prifernum, de Buca, de Vibinium, y que compartan la Fabia, la Cornelia y la Romilia con libertos de la Esquilina y la Suburana!
Sus palabras fueron acogidas con fuertes vítores y recibieron la aprobación de todas las capas sociales menos de la más alta y la más baja; la más alta porque perdería poder y la más baja porque su situación no cambiaba en absoluto.
–¡No lo entiendo! – dijo atónito Antonio Orator a Tito Pomponio en medio de la hondonada de la zona de votaciones, rodeados de vociferantes partidarios de Sulpicio-. ¡Es noble! ¡Y no puede haber tenido tiempo de congregar tantos partidarios! ¡No es ningún Saturnino! ¡No lo entiendo!
–Ah, yo si -replicó Pomponio con aspereza-. Ha atacado al Senado por las deudas, y lo que espera esta muchedumbre es simple: creen que si aprueban las leyes que Sulpicio les propone, como recompensa legislará la cancelación de las deudas.
–¡Pero eso no puede hacerlo si se dedica a expulsar gente del Senado porque deban ocho mil sestercios! ¡Ocho mil sestercios! ¡Es una insignificancia! ¡Dificilmente habrá un solo hombre en la ciudad que no deba eso como poco!
–¿Tú tienes apuros, Marco Antonio? – inquirió Tito Pomponio.
–¡No, claro que no! ¡Pero, por los dioses, en esa situación no están más que unos cuantos, ni siquiera personas como Quinto Ancario, Publio Cornelio Léntulo, Cayo Baebio, Cayo Atilio Serrano, los mejores hombres que hay! ¿Quién no se ha visto apurado por asuntos de dinero estos dos últimos años? Mira los Porcios Catones, con todas esas tierras en Lucania… y sin recoger ni un sestercio de rentas a causa de la guerra. Y los Lucilios, terratenientes del sur… -Hizo una pausa para respirar-. ¿Por qué legislar la cancelación de deudas si está expulsando a los senadores que deben dinero?
–No tiene la menor intención de cancelar las deudas -dijo Pomponio-. Lo único que sucede es que la segunda y tercera clases esperan que lo haga.
–¿Les ha prometido algo?
–No le hace falta. Ellos sólo viven de la esperanza, Marco Antonio, porque ven a alguien que detesta al Senado y a la primera clase tanto como Saturnino, y por eso anhelan otro Saturnino. Pero Sulpicio es radicalmente distinto.
–¿En qué? – protestó Antonio Orator.
–No tengo la menor idea qué es lo que se trae entre manos -contestó Tito Pomponio-. Vamos a salir de en medio de esta gente antes de que se vuelva contra nosotros y nos despedace.
En la escalinata del Senado se encontraron con el segundo cónsul, a quien acompañaba su muy excitado hijo, que acababa de regresar del servicio militar en Lucania y aún se hallaba animado por el espíritu militar.
–¡Otra vez tenemos a un Saturnino! – dijo en voz alta Pompeyo Rufo-. ¡Pero esta vez estamos preparados y no vamos a dejarle que se gane a las multitudes como Saturnino! Ahora que casi todos han vuelto de la guerra no es nada difícil reunir gente de confianza y pararle los pies… ¡y es lo que voy a hacer! ¡La próxima contio que efectúe será muy distinta, ya lo veréis!
Tito Pomponio se desentendió del hijo para prestar atención al padre y a otros senadores.
–Sulpicio no es ningún Saturnino, ni por lo más remoto -insistió ante ellos-. Los tiempos han cambiado y lo que motiva a Sulpicio es distinto. Entonces era la escasez de alimentos; ahora se trata del exceso de deudas. Pero Sulpicio no quiere proclamarse rey de Roma; sólo que ellos -añadió señalando con el dedo a la segunda y tercera clases, reunidas en el Foro- gobiernen Roma; y eso es muy distinto.
–He mandado avisar a Lucio Cornelio -dijo el segundo cónsul a Tito Pomponio, Antonio Orator y Catulo César, que se habían acercado al oír lo que decía.
–¿No te crees capaz de controlar la situación, Quinto Pompeyo? – inquirió Pomponio, proclive a plantear preguntas delicadas.
–No, no lo creo -contestó con toda franqueza Pompeyo Rufo.
–¿Y Cayo Mario? – inquirió Antonio Orator-. El domina a cualquier muchedumbre romana.
–Esta vez no -terció Catulo César despectivo-. Esta vez apoya al tribuno de la plebe rebelde. Sí, Marco Antonio, es Cayo Mario quien ha inducido a esto a Publio Sulpicio.
–No puedo creerlo -dijo Antonio Orator.
–¡Te digo que Cayo Mario le respalda!
–Si eso es cierto -dijo Tito Pomponio-, creo que Sulpicio tendrá en cartera una cuarta ley.
–¿Una cuarta ley? – inquirió, cejijunto, Catulo César.
–Ya veréis cómo legisla la suspensión del mando en la guerra contra Mitrídates a Lucio Sila y se lo concede a Cayo Mario.
–¡No osará hacerlo! – exclamó Pompeyo Rufo.
–¿Por qué no? – replicó Tito Pomponio, mirando de hito en hito al segundo cónsul-. Me alegro que hayas avisado al primer cónsul. ¿Cuándo llegará?
–Mañana o pasado.
Sila llegó antes del amanecer del día siguiente, pues se puso en camino hacia Roma nada más recibir la carta de Pompeyo Rufo. ¿Habría algún cónsul que recibiera tantas malas noticias?, pensaba Sila. Primero la matanza de la provincia de Asia y ahora otro Saturnino. Mi país está en la ruina, acabo de aplastar una revolución, y contra mi nombre en los fasti recaerá el rencor por haber vendido propiedades del Estado. Claro que nada de ello importa si puedo resolverlo. Y puedo hacerlo.
–¿Hay un contio hoy? – preguntó a Pompeyo Rufo, a cuya casa se había dirigido inmediatamente.
–Si; Tito Pomponio dice que Sulpicio va a promulgar una ley para despojarte del mando de la guerra contra Mitrídates y dárselo a Cayo Mario.
–Yo soy el cónsul -replicó Sila sin inmutarse ni dejar escapar un destello en sus ojos- y se me concedió legalmente. Si Cayo Mario estuviese bien, podría tenerlo sin ningún inconveniente; pero está enfermo y no se le puede conceder. Supongo que esto significa que Cayo Mario apoya a Sulpicio -añadió con un bufido.
–Eso piensan todos. Mario no ha aparecido por ninguno de los contiones, pero si que he visto a algunos de sus testaferros actuando entre las clases bajas. Ese horrible individuo que dirige una pandilla de matones del Subura -dijo Pompeyo Rufo.
–¿Lucio Decumio?
–Si, ése.
–¡Bien, bien! – dijo Sila-. ¡Una nueva faceta de Cayo Mario, Quinto Pompeyo! No creía yo que recurriese a tipos como Lucio Decumio. De todos modos, me inclino a creer que como en la Cámara se le ha echado en cara su edad y su mala salud, por fin ha entendido que está acabado. Pero no se resigna y quiere dirigir la guerra contra Mitrídates. Lo cual significa que si necesita convertirse en un Saturnino, no encuentra reparos.
–Vamos a tener complicaciones, Lucio Cornelio.
–¡Ya lo sé!
–No, es que mi hijo y otros muchos hijos de senadores y caballeros van a juntar una fuerza para expulsar a Sulpicio del Foro -añadió Pompeyo Rufo.
–Pues mejor será que estemos en el Foro cuando Sulpicio convoque la Asamblea plebeya.
–¿Armados?
–Claro que no. Debemos intentar pararle los pies legalmente.
Cuando Sulpicio llegó al Foro, poco después del amanecer, era evidente que había oído algo de la fuerza dirigida por el hijo del cónsul, pues lo hizo rodeado de una fuerte escolta de jóvenes de la segunda y tercera clases, todos armados de garrotes y pequeños escudos de madera. Para proteger su escolta lo había hecho con una masa de individuos que parecían de la quinta clase y del censo por cabezas, ex gladiadores y afiliados de las cofradías del cruce. Tan poderosa era su guardia que la modesta fuerza de Quinto Pompeyo Rufo hijo resultaba inoperante.
–¡El pueblo es soberano! – gritó Sulpicio ante la zona de votaciones llena a medias por su guardia de seguridad-. ¡Es decir, se afirma que el pueblo es soberano! ¡Es una frase hecha que difunden los miembros del Senado y los caballeros dirigentes siempre que necesitan vuestros votos, pero que no significa nada! ¡Palabras vacías, una burla! ¿Qué participación tenéis realmente en los asuntos de gobierno? ¡Estáis a merced de los hombres que os congregan, los tribunos de la plebe! Y, salvo raras excepciones, ¿quiénes son tribunos de la plebe? ¡Los del Senado y del Ordo equester! ¿Y qué sucede a los tribunos de la plebe que se declaran auténticos servidores del pueblo soberano? ¡Yo os diré lo que les sucede! ¡Los encierran en la Curia Hostilia y los reducen a pulpa arrojándoles las tejas del techo!
–Bien -dijo Sila encogiéndose de hombros-, eso es una declaración de guerra, ¿no? Va a consagrar a Saturnino como un héroe.
–¡Escuchad! – exclamó con fuerte voz Merula, flamen dialis.
–¡Ya es hora -decía Sulpicio- de que el Senado y el Ordo equester vean de una vez por todas quién es soberano en Roma! ¡Por eso estoy aquí ante vosotros como Valedor, protector y servidor! Acabáis de salir de tres horribles años, años durante los cuales se os ha requerido para arrimar el hombro contribuyendo con la mayor parte de los impuestos y privaciones. Habéis dado a Roma la mayor parte del dinero para financiar una guerra civil, pero ¿os pidió alguien del Senado vuestra opinión sobre esa guerra contra vuestros hermanos, los aliados itálicos?
–¡Cierto que se la pedimos! – comentó Escévola, pontífice máximo, con una sonrisa-. ¡Y eran más fervientes partidarios de la guerra que el Senado!
–Eso no van a recordarlo ahora -añadió Sila.
–¡No, no os la pidieron! – gritó Sulpicio-. ¡Fueron ellos quienes negaron a vuestros hermanos italianos la ciudadanía, no vosotros! Vosotros sois una simple sombra. ¡Ellos tienen la prerrogativa de gobernar Roma! ¡No pueden consentir que se añadan miles de nombres nuevos a sus elitistas tribus rurales… porque eso habría dado excesivo poder a sus inferiores! ¡Por eso, incluso después de otorgar la emancipación a los itálicos, hicieron que los nuevos ciudadanos se incorporasen a muy pocas tribus para que no afectase a los resultados electorales! ¡Pero todo eso habrá acabado, pueblo soberano, en cuanto ratifiquéis mi ley para distribuir a los nuevos ciudadanos y a los libertos de Roma en las treinta y cinco tribus!
Estallaron vítores tan estentóreos, que Sulpicio tuvo que callar y aguardar, sonriente y feliz. Era un hombre bien parecido de treinta y tantos años, con aspecto patricio, pese a su condición plebeya, de buena estructura ósea y tez clara.
–También se os ha engañado en otras cosas gracias al Senado y al Ordo equester -prosiguió diciendo cuando cesaron las aclamaciones-. Ya es hora de que la prerrogativa, ¡y no es más que una prerrogativa, porque no existe una ley!, de conceder el mando militar y la dirección de una guerra se le arrebate al Senado y a los amos ocultos del Senado del Ordo equester. ¡Ya es hora de que vosotros, ¡la columna vertebral de Roma, la esencia de la romanidad!, asumáis las tareas que por ley os corresponden! Y entre esas tareas está el derecho a decidir si Roma debe o no ir a la guerra, y si ha de ir, quién ha de llevar el mando.
–Ya va llegando -dijo Catulo César.
Sulpicio se volvió, señalando con el dedo a Sila, que estaba frente a la multitud en lo alto de la escalinata del Senado, mirándole.
–¡Ahí tenéis al primer cónsul! ¡Elegido primer cónsul por sus iguales, no por vosotros! ¿Cuánto tiempo hace que no se convoca a la tercera clase para que emita el voto en las elecciones consulares?
Dándose cuenta, al parecer, que corría peligro de apartarse del tema, Sulpicio hizo una pausa y volvió a él.
–Al primer cónsul se le concedió el mando de una guerra tan vital para el futuro de Roma, que si esa guerra no la dirige el mejor hombre de Roma, quizá Roma deje de existir. ¿Quién ha otorgado el mando de la guerra contra el rey Mitrídates del Ponto al primer cónsul? ¡Pues el Senado y sus amos ocultos del Ordo equester! ¡Imponiendo su voluntad, como siempre! ¡Poniendo en peligro a Roma por el hecho de ver a un patricio noble con las galas de general! Porque ¿quién es este Lucio Cornelio Sila? ¿Qué guerras ha ganado? ¿Le conocéis vosotros, pueblo soberano? ¡Lucio Cornelio Sila está donde está gracias a que se abrió camino a la sombra de Cayo Mario! ¡Todo lo que ha conseguido lo ha hecho a la sombra de Cayo Mario! ¡Dice que ha ganado la guerra contra los itálicos! ¡Cuando todos sabemos que fue Cayo Mario quien les dio los primeros y más fuertes golpes… De no haber sido por Cayo Mario, Sila no habría logrado la victoria!
–¡Cómo se atreve! – musitó Craso el Censor-. ¡Fuiste tú y sólo tú, Lucio Cornelio, ganador de la corona de hierba, quien hizo hincar la rodilla en tierra a los itálicos!
Hizo una profunda inspiración para gritárselo a Sulpicio, pero no dijo nada al notar que Sila le agarraba del brazo.
–¡Déjalo, Publio Licinio! Si empezamos a dar gritos se revolverán contra nosotros y nos harán pedazos. Quiero resolver este asunto de un modo legal y sin violencias -dijo Sila.
–¿Puede este Lucio Cornelio Sila dirigirse a vosotros, pueblo soberano? ¡Claro que no, él es un patricio! – seguía diciendo Sulpicio, llevando el agua a su molino-. ¡Demasiada alcurnia para rebajarse a hablar con vosotros! ¡Para conceder a este ilustre patricio el mando de la guerra contra Mitrídates, el Senado y el Ordo equester pasaron por encima de un hombre más cualificado y valioso! ¡Han prescindido nada menos que de Cayo Mario! ¡Diciendo que estaba enfermo, que era viejo! ¡Pero yo os pregunto, pueblo soberano, ¿a quién habéis visto cada día de estos dos años paseando por la ciudad para recuperarse esforzadamente? ¿Haciendo ejercicio y con mejor aspecto cada día? ¡A Cayo Mario! ¡Que será viejo, pero ya no está enfermo! ¡Cayo Mario! ¡Que será viejo, pero es el primer hombre de Roma!
Volvían a estallar las aclamaciones, pero no por Sulpicio. La multitud se abrió para dejar paso a Cayo Mario, que descendía a la hondonada a buen paso y solo. Ya no necesitaba apoyarse en el muchacho.
–¡Pueblo soberano de Roma, yo os pido que aprobéis una cuarta ley de mi programa legislativo! – gritó Sulpicio, sonriendo a Cayo Mario-. ¡Propongo que se despoje del mando de la guerra contra el rey Mitrídates del Ponto a ese altanero patricio que es Lucio Cornelio Sila y se le dé a vuestro Cayo Mario!
Sila no quiso escuchar más. Pidió a Escévola, pontífice máximo, y a Merula, flamen dialis, que le acompañasen y se dirigió a su casa. Cómodamente sentado en su despacho, Sila los miró a los dos.
–Bien, ¿qué hacemos? – dijo.
–¿Por qué nos lo preguntas a Lucio Merula y a mí? – replicó Escévola.
–Porque sois los máximos representantes religiosos de Roma -respondió Sila- y conocéis la ley. Encontradme un medio para prolongar la campaña de Sulpicio en el Foro hasta que la multitud se canse de ello y… de él.
–Algo suave -dijo Merula, pensativo.
–Suave como piel de cachorro -añadió Sila, cogiendo una copa de vino con agua-. Si hubiera que plantearle batalla en el Foro, ganaría él. No es como Saturnino; es mucho más listo. Optando por la violencia, no tenemos nada que hacer. He contado un poco por encima la escolta que ha reunido y no faltarán muchos para los cuatro mil hombres. Y están armados. Dejan ver garrotes, pero imagino que llevarán espada. No podemos hacerles frente con una fuerza civil para darles una lección en un espacio tan reducido como el Foro. – Sila se detuvo e hizo una mueca como si hubiese degustado algo amargo, y sus ojos fríos y claros miraron al infinito-. ¡Si no tuviera más remedio, pontífice máximo, flamen dialis, pondría al Pelión encima del monte Osa para evitar que nos arrebatasen nuestros justos privilegios! ¡Incluido mi propio cargo! Pero primero veamos si podemos vencer a Sulpicio con su propia arma: el pueblo.
–Entonces -dijo Escévola- lo único que hay que hacer es declarar feriae todos los días de asamblea a partir de hoy hasta cuando quieras.
–¡Ah, es una buena idea! – dijo Merula con el rostro iluminado.
–¿Es legal? – inquirió Sila, ceñudo.
–Desde luego. Los cónsules, el pontífice máximo y los colegios de pontífices tienen potestad para decretar días de descanso y ocio durante los cuales no pueden convocarse asambleas.
–Pues esta misma tarde colocad en los rostra y en la Regia el anuncio de feriae, y que los heraldos proclamen días de descanso y ocio de aquí a los idus de diciembre -dijo Sila con siniestra sonrisa-. A él le vence el cargo de tribuno de la plebe tres días antes. En cuanto deje el cargo le mandaré procesar por traición e incitación a la violencia.
–Tendrás que juzgarle sin levantar revuelo -dijo Escévola con un estremecimiento.
–¡Ah, por Júpiter, Quinto Mucio! ¿Cómo va a poder hacerse sin levantar revuelo? – inquirió Sila-. Le detendré y le juzgaré, y se acabó. Si no puede encandilar a la multitud con bonitas palabras, estará desamparado. Le drogaré.
Dos pares de ojos sorprendidos se clavaron en el rostro de Sila; cuando decía cosas como ésas, de drogar a una persona, era cuando más raro resultaba y menos le entendían.
Sila convocó al Senado a la mañana siguiente y anunció que los cónsules y los pontífices habían decretado un periodo de feriae durante el cual no podían convocarse asambleas en el Foro, recibiendo una salva de moderadas exclamaciones de aprobación, dado que no estaba presente Cayo Mario para oponerse.
Catulo César salió de la Cámara en compañía de Sila.
–¿Cómo ha osado Cayo Mario poner en peligro el Estado, simplemente por hacerse con un mando para el que no es apto? – inquirió Catulo César.
–Porque está viejo, tiene miedo, y su cabeza ya no es lo que era; y quiere ser cónsul de Roma siete veces -respondió Sila en tono cansino.
Escévola, pontífice máximo, que había salido antes que Sila y Catulo César, regresó corriendo.
–¡Sulpicio -gritó- no hace caso de la proclamación de días feriados; dice que es un ardid del Senado y que seguirá convocando la asamblea!
–Me imaginaba que haría eso -dijo Sila sin inmutarse.
–Entonces, ¿de qué nos ha servido? – inquirió Escévola indignado.
–Nos permite declarar inválidas las leyes que promulgue o proponga durante el período de feriae -contestó Sila-. Así de simple.
–Si promulga la ley de expulsión del Senado de los que tengan deudas -dijo Catulo César-, no podremos declarar inválidas sus leyes, porque no habrá senadores suficientes para obtener quorum; lo que significa que el Senado habrá dejado de existir como fuerza política.
–Pues sugiero que nos reunamos con Tito Pomponio, Cayo Opio y otros banqueros y acordemos la cancelación de las deudas senatoriales… oficiosamente, desde luego.
–¡No podemos! – gimoteó Escévola-. ¡Los acreedores senatoriales reclaman su dinero, y no hay dinero! ¡Ningún senador ha pedido dinero prestado a personas respetables como Pomponio y Opio, porque sería de dominio público y los censores se enterarían!
–Pues entonces acuso a Cayo Mario de traición y confisco el dinero de sus fincas -dijo Sila con gesto temible.
–¡Oh, Lucio Cornelio, no puedes hacerlo! – gimotéo Escévola-. ¡El pueblo soberano nos haría trizas!
–¡Pues abriré mi arca de guerra y pagaré las deudas del Senado con eso! – dijo Sila entre dientes.
–¡No puedes, Lucio Cornelio!
–Estoy empezando a cansarme de oír que no puedo -dijo Sila-. ¿Qué queréis, que me deje vencer por Sulpicio y una panda de idiotas que se creen que va a cancelar sus deudas? ¡No pienso dejarme! ¡El Pelión sobre el Osa, Quinto Mucio! ¡Haré lo que haga falta!
–Un fondo -dijo Catulo César-. Los que no tengan deudas pueden constituir un fondo para salvar a los que corran peligro de expulsión.
–Para hacer eso debemos mirar las cosas con perspectiva -dijo Escévola cariacontecido-. Tardaríamos un mes por lo menos. Yo no tengo deudas, Quinto Lutacio, ni tú, imagino; ni Lucio Cornelio. Pero ¿de dónde sacamos el dinero? Yo no lo tengo. ¿Vosotros lo tenéis? ¿Podéis reunir más de mil sestercios sin vender propiedades?
–Yo si, pero sólo esa cantidad -dijo Catulo César.
–Yo no puedo -dijo Sila.
–Creo que debemos constituir un fondo -dijo Escévola-, pero habrá que vender propiedades. Lo que significa que no nos dará tiempo. Habrá que expulsar a los senadores que tengan deudas. Pero en cuanto las liquiden, los censores pueden restituirles en el cargo.
–No pensarás que Sulpicio va a consentirlo, ¿verdad? inquirió Sila-. Porque seguirá legislando.
–¡Oh, espero tener la ocasión de echar mano a Sulpicio en una noche oscura! – dijo Catulo César con gesto de odio-. ¿Cómo se atreve a hacer esto en estas circunstancias en que ni siquiera podemos financiar una guerra que tenemos que ganar?
–Porque Publio Sulpicio es listo y obstinado -dijo Sila-. Y sospecho que Cayo Mario le ha inducido a ello.
–Lo pagarán -dijo Catulo César.
–Ten cuidado, Quinto Lutacio, no te lo hagan pagar ellos a ti -dijo Sila-. De todos modos, nos temen. Y con razón.
Tenían que transcurrir diecisiete días desde el primer contio en que se discutía una ley y la reunión asamblearia en que se votaba la aprobación de la ley; Publio Sulpicio Rufo continuó celebrando asambleas mientras pasaban los días y el momento de su ratificación se iba aproximando de manera inexorable.
La víspera de la asamblea en que las dos leyes de Sulpicio iban a ser sometidas a votación, Quinto Pompeyo Rufo hijo y sus amigos, hijos de senadores y caballeros de la primera clase, decidieron parar los pies a Sulpicio con el único método posible: la fuerza. Sin que lo supieran sus padres ni los magistrados curules, Pompeyo Rufo hijo y unos cuantos reunieron más de mil jóvenes de edades comprendidas entre diecisiete y treinta años; iban todos armados con coraza y habían estado hasta hacía poco participando en la guerra contra los itálicos. Mientras Sulpicio dirigía la asamblea para aplicar los últimos retoques a sus dos primeras leyes, un millar de jóvenes de la primera clase bien armados entraron en el Foro y atacaron sin contemplaciones a los que asistían a la reunión de Sulpicio.
Aquella acción cogió totalmente desprevenido a Sila; en cuestión de segundos, él, con su colega Quinto Pompeyo Rufo y otros senadores, que observaban a Sulpicio desde lo alto de la escalinata del Senado, vieron cómo en el bajo Foro se organizaba una batalla campal. Allí estaba el joven Quinto Pompeyo haciendo estragos con una espada; Sila oyó al padre gritar angustiado a su lado y le sujetó con tal fuerza por el brazo que le impidió moverse.
–Déjalo, Quinto Pompeyo. No hay nada que hacer -dijo Sila tajante-. Ni siquiera podrías llegar hasta él.
Desgraciadamente, la muchedumbre era tan nutrida que rebasaba con creces la hondonada de votaciones. Pompeyo Rufo hijo, que no era ningún general, había desplegado a su tropa por grupos en vez de formando cuña; de haberlo hecho así habría podido abrirse paso, pero, dada su maniobra, los que formaron un bloque fueron la guardia de Sulpicio.
Luchando valientemente, el joven Pompeyo Rufo consiguió aproximarse al borde de la hondonada, a un lado de los rostra; queriendo llegar hasta Sulpicio, una vez encaramado en la tribuna no se percató de un fornido cincuentón que sin duda había bregado en los combates de gladiadores toda su vida. El joven cayó de la tribuna y fue a parar en medio de la guardia de Sulpicio, que le apaleó hasta la muerte.
Sila oyó el grito del padre, y sintió de pronto que varios senadores le arrastraban de allí, pues la guardia, ya vencidos los grupos de jóvenes nobles, se dirigía hacia la escalinata del Senado. Se zafó como una anguila del tropel de los aterrados senadores, dejándose caer de la plataforma del Senado en medio de aquel tumulto y abandonando la toga praetexta; con un rápido movimiento se apoderó de la chlamys de un liberto griego que se hallaba en medio de la refriega, se la echó sobre la llamativa cabeza y se fingió liberto griego como única solución para escabullirse. Y al amparo de la columnata de la basílica Porcia, donde los enloquecidos mercaderes trataban de desmontar sus tenderetes, se abrió camino hasta el clivus Argentarius. Ya la multitud disminuía y no había lucha; siguió cuesta arriba y cruzó la puerta Fontinalis. Sabía perfectamente a dónde iba. A ver al inductor de todo aquello. A ver a Cayo Mario, que quería el mando de una guerra y ser elegido cónsul por séptima vez.
Tiró la chlamys y, cubierto tan sólo con la túnica, llamó a la puerta de Cayo Mario.
–Quiero ver a Cayo Mario -dijo al portero con el mismo tono que si hubiera llegado revestido con los atavíos del cargo.
El portero le franqueó la entrada, sin atreverse a negarla a quien tan bien conocía.
Pero fue Julia quien salió, no Cayo Mario.
–¡Oh, Lucio Cornelio, qué cosa tan terrible! Trae vino -añadió, volviéndose hacia un criado.
–Quiero ver a Cayo Mario -dijo Sila entre dientes.
–No es posible, Lucio Cornelio; está durmiendo.
–¡Pues despiértale, Julia, porque si no lo haré yo!
Ella se volvió de nuevo hacia un criado.
–Haz el favor de decir a Strofantes que despierte a Cayo Mario y que le diga que ha venido Lucio Cornelio para hablar de algo urgente.
–¿Es que se ha vuelto loco de remate? – exclamó Sila, cogiendo la jarra de agua. Tenía mucha sed para beber vino.
–¡No sé a qué te refieres! – replicó Julia, a la defensiva.
–¡Vamos, vamos, Julia! ¡Eres la esposa del gran hombre, y nadie mejor que tú para conocerle! – dijo Sila, sarcástico-. ¡Ha organizado una serie de acontecimientos que piensa que le servirán para obtener el mando en la guerra contra Mitrídates, ha fomentado el movimiento subversivo de un hombre que está decidido a pisotear el mos maiorum y ha destrozado el Foro, causando la muerte del hijo del cónsul Pompeyo, además de varios centenares de muertos!
–No he podido impedírselo -contestó Julia, cerrando los ojos.
–Ha perdido la cabeza -añadió Sila.
–¡No, Lucio Cornelio, está en su sano juicio!
–Entonces no es el hombre que yo creía.
–¡No piensa más que en luchar contra Mitrídates!
–¿Y tú lo apruebas?
Julia volvió a cerrar los ojos.
–Yo opino que debería quedarse en Roma y dejarte a tí la guerra.
Ya se le oía llegar y ambos callaron.
–¿Qué sucede? – inquirió Mario, nada más entrar en el cuarto-. ¿Qué te trae por aquí, Lucio Cornelio?
–Una batalla en el Foro -contestó Sila.
–Ha sido una imprudencia -comentó Mario.
–El imprudente es Sulpicio. Ha acorralado al Senado, obligándole al recurso último de luchar por su supervivencia… con la espada. Ha muerto Quinto Pompeyo hijo.
–¡Es una verdadera lástima! – dijo Mario mostrando su horrorosa sonrisa-. Ya me imaginaba que su bando no vencería.
–Exacto, no ha vencido; lo que significa que al final de una larga y amarga guerra… y en puertas de otra igual, Roma habrá perdido más de un centenar de sus mejores jóvenes -dijo Sila tajante.
–¿Otra guerra larga y amarga? ¡Tonterías, Lucio Cornelio! Derrotaré a Mitrídates en una sola estación -replicó Mario, complacido.
–Cayo Mario -dijo Sila, tratando una vez más de hacérselo ver-, ¿por que no te entra en la cabeza que Roma no tiene dinero? ¡Roma está arruinada! ¡Roma no puede permitirse armar veinte legiones! ¡La guerra contra los itálicos ha dejado a Roma endeudada! ¡El tesoro está vacío! ¡Y ni siquiera el gran Cayo Mario puede ganar la guerra contra una potencia como el Ponto en una sola estación si sólo dispone de cinco legiones!
–Yo puedo pagar varias legiones -dijo Mario.
–¿Como Pompeyo Estrabón? Si las pagas tú, Cayo Mario, son tuyas, no de Roma.
–¡Tonterías! Eso únicamente significa que pongo mis recursos a disposición de Roma.
–¡Ni hablar! Quiere decir que pones los recursos de Roma a tu disposición -replicó Sila-. ¡Porque tú mandarías tus legiones!
–Vete a casa y cálmate, Lucio Cornelio. Estás enojado por haber perdido el mando.
–Yo no he perdido el mando -replicó Sila-. Conoces tu deber -añadió mirando a Julia-, Julia de los Julios Césares. ¡Cumple con él! Por Roma, no por Cayo Mario.
Ella le acompañó hasta la puerta, impasible.
–Te ruego que no digas nada más, Lucio Cornelio. No puedo violentar a mi esposo.
–¡Por Roma, Julia, por Roma!
–Soy la esposa de Cayo Mario -dijo ella, abriendo la puerta- y me debo primeramente a él.
¡Bueno, Lucio Cornelio, ésta la has perdido!, se dijo Sila mientras descendía hacia el Campo de Marte. Está más loco que un adivino de Pisidia en trance profético, nadie lo admitirá ni le pararán los pies. A menos que lo haga yo.
Dando un rodeo, Sila se dirigió no a su casa, sino a la del segundo cónsul. Ahora su hija era viuda, con un niño recién nacido y una niña de un año.
–He pedido a mi hijo menor que adopte el nombre de Quinto -dijo el segundo cónsul, con lágrimas en las mejillas-. Aunque tenemos el pequeñín de mi querido hijo Quinto para perpetuar el linaje.
A Cornelia Sila no se la veía por ninguna parte.
–¿Cómo se encuentra mi hija? – inquirió Sila.
–¡Muy afligida, Lucio Cornelio! Pero tiene a sus hijos como consuelo.
–Bien, por tristes que sean las circunstancias, Quinto Pompeyo, no he venido a dar el pésame -dijo Sila enérgico-. Hay que convocar una reunión. No hace falta que me digas que en semejantes circunstancias uno no quiere saber nada del mundo; lo sé porque yo también he perdido un hijo. Pero el mundo sigue su curso y tengo que pedirte que acudas a mi casa mañana al amanecer.
Exhausto, Lucio Cornelio Sila cruzó a grandes zancadas lo alto del Palatino hasta su elegante mansión nueva, donde le aguardaba angustiada su esposa, que rompió a llorar de alegría al verle ileso.
–Pierde cuidado por mi, Dalmática -dijo él-. Aún no ha llegado mi hora. No se ha completado mi destino.
–¡Nuestro mundo se derrumba! – exclamó ella.
–No, mientras yo viva -replicó Sila.
Durmió profundamente y sin soñar, descansando como una persona mucho más joven, y se despertó al amanecer sin una idea concreta de lo que hacer. Pero aquel estado de indecisión mental no le preocupó lo más mínimo. Actuaré mejor conforme la Fortuna me lo dicte sobre la marcha, pensó, y se dispuso a emprender con ganas la jornada.
–Según mis cálculos -dijo Catulo César, pesimista-, en cuanto esta mañana quede aprobada la ley de Sulpicio sobre deudas senatoriales, el número de senadores se reducirá a cuarenta. Y no podrá haber consenso.
–Aún tenemos censores, ¿no es cierto? – inquirió Sila.
–Sí -contestó Escévola, pontífice máximo-. Ni Lucio Julio ni Publio Licinio tienen deudas.
–Pues hemos de suponer que a Publio Sulpicio aún no se le ha ocurrido pensar que los censores forman parte del Senado -dijo Sila-. Porque cuando se dé cuenta, lo más seguro es que promulgue otra ley. Entretanto podemos intentar cancelar la deuda de nuestros colegas.
–Estoy de acuerdo, Lucio Cornelio -dijo Metelo Pío, que había venido desde Aesernia nada más enterarse de lo que estaba haciendo Sulpicio en Roma y había hablado con Catulo César y Escévola camino de casa de Sila-. ¡Si esos locos se hubiesen limitado a pedir dinero prestado a los de su clase -exclamó con gesto de irritación- habrían podido tener una suspensión provisional de sus deudas! Pero ahora estamos cogidos en nuestra propia trampa. El senador que necesite un préstamo debe ser muy discreto si no puede obtenerlo de un colega, y por eso recurre al peor de los usureros.
–Yo sigo sin comprender por qué Sulpicio se ha vuelto contra nosotros -dijo Antonio Orator, inquieto.
–Tace! -exclamaron todos al unísono.
–Marco Antonio, quizá nunca lo sepamos -dijo Sila con más paciencia de la habitual en él-. Pero en este momento es irrelevante el porqué. Es más importante saber lo que se propone.
–Bien, ¿cómo lo haremos para condonar la deuda de los senadores? – inquirió el Meneitos.
–Con un fondo, como hemos acordado. Tendrá que haber una comisión encargada. Tú puedes presidirla, Quinto Lutacio. No hay ningún senador con deudas que tenga valor de ocultarte a ti su verdadera situación -dijo Sila.
El flamen dialis Merula dejó escapar una risita y se tapó la boca con la mano.
–Excusad mi ligereza -dijo, con los labios aún temblorosos-. Se me acaba de ocurrir que si fuésemos lógicos evitaríamos sacar a Lucio Marcio Filipo de su apurada situación. Porque no sólo sus deudas ascienden al total de las de todos los demás, sino que así no volvería al Senado. Al fin y al cabo no es más que un solo miembro y su ausencia sólo repercutiría en más paz y tranquilidad.
–Me parece una idea fantástica -dijo Sila con voz pausada.
–El inconveniente que tienes, Lucio Cornelio, es que eres políticamente negligente -dijo Catulo César, escandalizado-. Nada tiene que ver lo que pensemos de Lucio Marcio, la cuestión está en que es miembro de una antigua e ilustre familia, y hay que defender su pertenencia al Senado. El hijo es una historia muy distinta.
–Sí, claro, tienes razón -dijo Merula.
–Bien, queda decidido -dijo Sila con desmayada sonrisa-. En cuanto a lo demás, sólo podemos aguardar acontecimientos. Salvo que yo creo que hay que poner fin al período de feriae. Según los preceptos religiosos, las leyes de Sulpicio ya han quedado invalidadas y me da la impresión de que nos conviene que Cayo Mario y Sulpicio crean que han vencido y que somos impotentes.
–Es que somos impotentes -dijo Antonio Orator.
–No lo creo -dijo Sila volviéndose hacia el segundo cónsul, que callaba cabizbajo-. Quinto Pompeyo, tienes motivos más que sobrados para abandonar Roma. Sugiero que te vayas con la familia al mar. Y hazlo sin tapujos.
–¿Y nosotros? – inquirió medroso Merula.
–No corréis peligro. Si Sulpicio hubiese querido eliminar al Senado matando a sus miembros, pudo hacerlo ayer. Afortunadamente para nosotros, ha optado por métodos más constitucionales. ¿Está exento de deuda nuestro pretor urbano? Aunque supongo que da igual, porque a un magistrado curul no se le puede suspender en el cargo aunque haya sido expulsado del Senado -dijo Sila.
–Marco Junio no tiene deudas -contestó Merula.
–Estupendo, así no hay duda. El tendrá que gobernar Roma en ausencia de los cónsules.
–¿Los dos cónsules? ¡No me digas que piensas abandonar Roma, Lucio Cornelio! – dijo horrorizado Catulo César.
–Tengo cinco legiones y dos mil jinetes en Capua esperando a su general -contestó Sila-. Y después de mi marcha precipitada estarán corriendo toda clase de rumores. Tengo que acallarlos.
–¡Realmente eres muy dejado en política, Lucio Cornelio! En una situación tan grave como ésta, uno de los cónsules debe quedarse en Roma.
–¿Por qué? – inquirió Sila, enarcando una ceja-. En este momento no son los cónsules quienes gobiernan Roma, Quinto Lutacio. Roma es de Sulpicio. Y lo que pretendo es que él se lo crea.
Y no hubo manera de que Sila diese su brazo a torcer, por lo que la reunión concluyó al poco y él emprendió viaje a Campania.
Se tomó el viaje con tranquilidad, montando en una mula sin escolta de ninguna clase, tocado con el sombrero y con la cabeza gacha. Durante todo el trayecto escuchó los comentarios de la gente; la noticia de los actos de Sulpicio y la eliminación del Senado se había difundido tan rápido como la de la matanza de la provincia de Asia. Como optó por viajar por la Via Latina, todo el itinerario discurrió por territorio leal, y se enteró de que mucha gente pensaba que Sulpicio era un agente itálico, algunos le creían agente de Mitrídates y nadie veía con buenos ojos que no hubiese Senado en Roma. Aunque el nombre mágico de Cayo Mario también se mencionaba, el conservadurismo innato de los campesinos hacía que se viera con escepticismo su capacidad para llevar el mando de la guerra. De incógnito, Sila se recreaba con aquellas conversaciones en las distintas posadas en que se detuvo, vestido como un viajero cualquiera, pues había dejado a sus lictores en Capua.
Por el camino iba pensando al ritmo del trote de su mula; ideas pausadas que no acababan de cristalizar. No acababan de concretarse, no, pero de una cosa estaba convencido: había hecho lo más adecuado regresando con sus legiones. Porque eran sus legiones. O al menos cuatro de ellas; las había mandado casi dos años, y ellas le habían concedido la corona de hierba. La quinta legión era otra de Campania, primero al mando de Lucio César, luego de Tito Didio y después de Metelo Pío. En cierto modo, cuando había llegado el momento de elegir una quinta legión para la guerra contra Mitrídates, se había visto obligado a renunciar a su idea primitiva que era elegir una segunda legión de Mario al mando de Cinna y Cornutus. Pero ahora me alegro de no tener en Capua ninguna legión de Mario, pensó Lucio Cornelio Sila.
–Es el inconveniente de ser senador -dijo el leal ayudante de Sila, Lúculo-. Por costumbre, todo el capital de un senador debe estar invertido en tierras y propiedades, ¿quién va a tener dinero muerto? Por eso es poco menos que imposible disponer de efectivo cuando se necesita de pronto. Y nos hemos acostumbrado a pedirlo prestado.
–¿Tú tienes deudas? – inquirió Sila, que no lo había pensado. Igual que Cayo Aurelio Cota, Lucio Licinio Lúculo había sido aupado al Senado después de que Sila diese una patada en público a los censores. Tenía veintiocho años.
–Debo diez mil sestercios, Lucio Cornelio -contestó Lúculo con voz pausada-. Pero me imagino que mi hermano Varro se encargará de arreglarlo, viendo cómo están las cosas en Roma. El sí tiene dinero; yo me defiendo, pero gracias a mi tío Metelo Numídico y a mi primo Pío pude inscribirme en el censo senatorial.
–¡Bueno, cobra ánimo, Lucio Licinio! Cuando lleguemos a Oriente nos deleitaremos con el oro de Mitrídates.
–¿Qué piensas hacer? – inquirió Lúculo-. Si nos ponemos rápidamente en marcha, podriamos zarpar antes de que entren en vigor las leyes de Sulpicio.
–No, creo que debo esperar a ver qué pasa -replicó Sila-. Sería una locura zarpar sin tener el mando claro -añadió con un suspiro-. En realidad, creo que ha llegado el momento de escribir a Pompeyo Estrabón.
Los ojos gris claro de Lúculo se clavaron interrogantes en los de su general, pero no dijo nada. Si había alguien que dominase la situación, ese hombre era Sila.
Seis días más tarde llegaba carta de Flaco, príncipe del Senado, por correo no oficial. Sila rompió el sello y la leyó detenidamente.
–Bueno -dijo a Lúculo, que era quien se la había entregado-, parece ser que sólo quedan unos cuarenta senadores en la Cámara; van a hacer que regresen los desterrados por la comisión variana, aunque los que tengan deudas ya no son miembros del Senado. Y, naturalmente, todos tienen deudas. Los ciudadanos itálicos y libertos se distribuirán en las treinta y cinco tribus. Y por último, ¡y no menos importante!, Lucio Cornelio Sila queda relevado del mando y le sustituye Cayo Mario en virtud de un decreto especial del pueblo soberano.
Sila dejó la hoja y llamó a un asistente.
–Mi coraza y mi espada -dijo-. Manda formar al ejército -añadió, dirigiéndose a Lúculo.
Una hora más tarde, Sila subía a la tribuna del foro del campamento con sus arreos militares, pero con el famoso sombrero en vez del casco. Dales tu imagen conocida, Lucio Cornelio, se dijo; que te vean como su Sila.
–¡Bien, soldados -dijo con voz clara y potente pero sin gritar-, por lo visto, finalmente no vamos a luchar contra Mitrídates! Habéis estado aquí sin hacer nada mientras los que tienen el poder en Roma, ¡y no son los cónsules!, adoptaban una decisión. Y ahora ya la han adoptado. El mando de la guerra contra Mitrídates del Ponto se otorga a Cayo Mario por decisión de la Asamblea plebeya. Ya no hay Senado en Roma y no quedan suficientes senadores para alcanzar el consenso. Por consiguiente, todas las decisiones sobre asuntos bélicos y militares las asume la plebe, bajo la dirección de su tribuno, Publio Sulpicio Rufo.
Hizo una pausa y dejó que los soldados murmurasen entre sí y repitieran lo que había dicho a los que se hallaban demasiado lejos para oírle. Y luego siguió hablando con aquella fingida voz normal (que Metrobio le había enseñado años atrás).
–Naturalmente, la realidad es que yo soy el cónsul legalmente elegido y que el mando me corresponde por derecho, y el Senado de Roma me otorgó un imperium proconsular mientras dure la guerra contra Mitrídates del Ponto. ¡Tengo derecho a ello! He elegido las legiones que van conmigo. Os he elegido a vosotros. Hombres que habéis estado conmigo a las duras y a las maduras, campaña tras campaña. ¿Cómo no iba a elegiros? Os conozco y me conocéis. No os tengo afecto, aunque creo que Cayo Mario sí que se lo tiene a sus soldados. Y espero que no me tengáis afecto, aunque creo que los soldados de Cayo Mario sí le tienen afecto. Pero es que yo nunca he creído que sea necesario tenerse afecto para hacer lo que hay que hacer. ¿Por qué iba yo a teneros afecto? ¡Sois una pandilla de canallas malolientes de todos los tugurios y cloacas de dentro y fuera de Roma! ¡Pero, por los dioses, cómo os respeto! ¡Os he pedido una y otra vez esforzaros al máximo y, por los dioses, nunca me habéis defraudado!
Alguien comenzó a aclamarlo y al poco todo eran vítores. Salvo de un reducido grupo que estaba justo delante de la tribuna: los tribunos de los soldados, magistrados electos que mandaban las legiones del cónsul. Los del año anterior, entre los que se contaban Lúculo y Hortensio, habían servido a gusto con Sila, pero los de aquel año le detestaban y le consideraban un jefe severo y exigente. Sin quitarles ojo, Sila dejó que sus soldados siguieran vitoreándole.
–¡Así que, aquí, todos estábamos dispuestos a ir a combatir a Mitrídates cruzando el mar hasta Grecia y Asia Menor! No a hollar las cosechas de nuestra querida Italia ni a violar mujeres itálicas. ¡Ah, qué campaña habría sido! ¿Sabéis el oro que tiene Mitrídates? ¡Montañas de oro! ¡Más de setenta reductos sólo en Armenia Menor llenos hasta arriba de oro! Un oro que habría sido nuestro. ¡Ah, no quiero decir que Roma no se hubiera llevado su parte… y más! ¡Hay tanto oro que habríamos podido bañarnos en él! ¡Roma… y nosotros! Y no hablemos de las fantásticas mujeres asiáticas. Esclavas para todos. Lo mejor para un soldado.
Se encogió de hombros y abrió los brazos con la palma de la mano hacia arriba.
–Pero no va a ser así, soldados. Nos ha relevado de esa tarea la Asamblea plebeya. Un organismo del que ningún romano se espera que le diga quién tiene que combatir y quién debe ostentar el mando. Pero es legal, me dicen. ¡Pero no puedo por menos de preguntarme si será legal fastidiar al primer cónsul en el año de su cargo! Yo estoy al servicio de Roma; igual que vosotros. Pero más vale que os despidáis de vuestros sueños de oro y mujeres exóticas. Cuando Cayo Mario vaya a Oriente a combatir con Mitrídates del Ponto, lo hará a la cabeza de sus legiones. No va a querer llevar las mías.
Sila descendió de la tribuna, cruzó ante las filas de los veinticuatro tribunos sin dirigirles una mirada y se metió en la tienda, dejando que Lúculo ordenase romper filas.
–Has estado magistral -dijo Lúculo al entrar en la tienda del general-. No tienes fama de orador y yo diría que no respetas las reglas de la retórica, pero sabes cómo hacer entender las cosas, Lucio Cornelio.
–Gracias, Lucio Licinio -contestó Sila animado, quitándose la coraza y los pteryges-. Yo también lo creo así.
–¿Y ahora qué?
–Esperaré a que me releven oficialmente del mando.
–¿Vas a hacerlo de verdad, Lucio Cornelio?
–¿El qué?
–Marchar sobre Roma.
–¡Querido Lucio Licinio! – exclamó Sila, abriendo mucho los ojos-. ¿Cómo se te ocurre hacerme semejante pregunta?
–Eso no es una respuesta -replicó Lúculo.
–Será la única que tengas -añadió Sila.
El golpe les vino dos días más tarde. Los ex pretores Quinto Calidio y Publio Claudio llegaron a Capua con una carta oficialmente sellada de Publio Sulpicio Rufo, el nuevo amo de Roma.
–No me la deis en privado -dijo Sila-, entregádmela en presencia del ejército.
De nuevo ordenó a Lúculo que formase a las legiones y una vez más subió a la tribuna, esta vez acompañado de los dos ex pretores.
–Soldados, éstos son Quinto Calidio y Publio Claudio, que han venido de Roma -dijo Sila como quien no quiere la cosa-, creo que para entregarme un documento oficial, y a vosotros pongo por testigos.
Calidio, hombre que se tomaba las cosas muy a pecho, hizo un gesto grandilocuente para hacer ver que Sila reconocía el sello lacrado antes de romperlo. Luego inició la lectura.
–Del concilium plebis del pueblo de Roma a Lucio Cornelio Sila. Por orden de este organismo quedas relevado del mando de la guerra contra el rey Mitrídates del Ponto. Desmovilizarás el ejército para volver a…
No pudo seguir. Una piedra magistralmente apuntada fue a darle en la sien, y lo hizo caer. Casi inmediatamente otra, también muy bien dirigida, alcanzaba a Claudio, que se tambaleó, mientras Sila permanecía indiferente a tres pasos y seguían lloviendo piedras hasta que Claudio también cayó.
Dejaron de llover piedras. Sila se arrodilló junto a los caídos para examinarlos y se puso en pie.
–Han muerto -dijo con un profundo suspiro-. ¡Bien, soldados, esto es la gota que rebasa el vaso! Mucho me temo que para la Asamblea plebeya seamos ahora personae non gratae. Hemos matado a los enviados oficiales de la plebe. Lo cual -continuó diciendo en tono normal- nos deja dos opciones: quedarnos aquí y aguardar el juicio por traición, o ir a Roma y demostrar a la plebe lo que los soldados leales al pueblo de Roma piensan de una ley y unas ordenanzas que juzgan tan intolerables como anticonstitucionales. Yo, en cualquier caso, me marcho a Roma llevándome estos dos cadáveres. Se los entregaré personalmente a la plebe en el Foro, ante ese firme guardián de los derechos del pueblo, Publio Sulpicio Rufo. ¡Todo esto es obra suya! ¡No de Roma!
Hizo una pausa para respirar.
–Para ir al Foro no necesito que me acompañen. ¡Pero si hay alguien a quien le apetezca darse un paseo hasta Roma conmigo, aceptaré muy complacido su compañía! Así, cuando cruce el límite sagrado de la ciudad tendré la seguridad de que tengo compañeros en el Campo de Marte que esperan mi regreso. De lo contrario correría la misma suerte que el hijo de mi colega consular Quinto Pompeyo Rufo.
Le seguirían, naturalmente.
–Pero los tribunos de los soldados no te seguirán -dijo Lúculo a Sila en la tienda de mando-. No han tenido suficiente sentido común para hablar contigo en persona y han delegado en mí. Dicen que no pueden aprobar la marcha del ejército sobre Roma, que Roma es una ciudad sin protección militar porque los únicos ejércitos que hay en Italia son romanos, y que, con excepción de un ejército preparado para celebrar un triunfo, ninguna fuerza romana se acantona cerca de Roma. Por consiguiente, dicen, marchas con un ejército sobre tu país, y tu país no tiene fuerzas para defenderse. Condenan tu iniciativa y tratarán de convencer a los soldados para que cambien de idea y no te secunden.
–Deséales suerte -respondió Sila, preparándose a levantar el campamento-. Pueden quedarse aquí llorando porque un ejército marcha sobre Roma indefensa. De todos modos, creo que los encerraré. Para garantizar su seguridad -los fríos ojos claros se posaron en Lúculo-. ¿Y tú, Lucio Licinio, estás conmigo?
–Lo estoy, Lucio Cornelio. Hasta la muerte. El pueblo ha usurpado los derechos y deberes del Senado y ya no existe la Roma de nuestros antepasados. Por lo tanto, yo no veo que sea delito marchar sobre una Roma que no me gustaría que heredasen los hijos que aún no me han nacido.
–¡Ah, muy bien dicho! – exclamó Sila, ciñéndose la espada y calándose el sombrero-. Pues comencemos a hacer historia.
–¡Tienes razón! – exclamó Lúculo, deteniéndose. Es hacer historia, porque ningún ejército ha marchado jamás sobre Roma.
–A ningún ejército romano lo habían provocado de esta manera -comentó Sila.
Cinco legiones de soldados romanos emprendieron la marcha por la Via Latina hacia Roma, con Sila y su legado a caballo a la cabeza, y en retaguardia, una calesa tirada por mulas con los cadáveres de Calidio y Claudio. Habían enviado un correo al galope a Quinto Pompeyo Rufo en Cumae, y cuando Sila alcanzó Teanum Sidicinum, allí estaba Pompeyo Rufo esperándole.
–¡Ah, esto no me gusta! – dijo el segundo cónsul, cariacontecido-. ¡No puede gustarme! ¡Marchas sobre Roma que es una ciudad indefensa!
–Marchamos sobre Roma -dijo Sila, midiendo las palabras-. Pierde cuidado, Quinto Pompeyo, que no será necesario invadir ninguna ciudad indefensa. Me limito a traer el ejército para que me acompañe en el viaje. Nunca se ha aplicado una disciplina más severa, y a más de doscientos cincuenta centuriones se les ha ordenado que no quiero que se recoja de los campos ni un solo nabo. La tropa lleva comida para un mes y comprende la situación.
–No necesitamos que nos acompañe el ejército.
–¿Qué harían dos cónsules sin una escolta adecuada?
–Tenemos los lictores.
–Es muy interesante. Los lictores decidieron acompañarnos, mientras que los tribunos de los soldados decidieron no hacerlo -dijo Sila-. Está claro que los cargos electos suscitan en la gente una actitud muy distinta respecto a quien manda en Roma.
–¿Por qué estás tan contento? – inquirió Pompeyo Rufo, desesperado.
–Pues no lo sé -contestó Sila, ocultando su exasperación con un fingido gesto de sorpresa. Convenía dorar la píldora a su sentimental y vacilante colega-. Si estoy contento por algún motivo, supongo que es porque ya estoy harto de las tonterías del Foro, de gentes que se creen que conocen mejor que nadie el mos maiorum y quieren destruir lo que nuestros antepasados construyeron con tanto cuidado y tesón. Yo lo único que quiero es una Roma tal como ellos la concibieron, patrocinada y dirigida por el Senado con preminencia sobre los demás organismos. Un lugar en el que los que acceden al cargo de tribunos de la plebe se avengan a un control y no se desboquen. Llega un momento, Quinto Pompeyo, en que uno no puede quedarse parado viendo cómo otros lo cambian todo en detrimento de Roma. Hombres como Saturnino y Sulpicio, pero sobre todo, hombres como Cayo Mario.
–Cayo Mario luchará -dijo Pompeyo Rufo, cabizbajo.
–¿Con qué? No hay ninguna legión próxima a Roma hasta Alba Fucentia. Oh, imagino que Cayo Mario tratará de llamar a las tropas de Cinna, porque le tiene en el bolsillo; estoy seguro. Pero se lo impedirán dos cosas, Quinto Pompeyo. Una, la natural tendencia de los demás en Roma a creer que no voy a llevar el ejército a la ciudad; pensarán que es una patraña inventada y no se lo creerán. Segundo, el hecho de que Cayo Mario es un privatus y no tiene cargo ni imperium. Si llama a las tropas de Cinna, tendrá que hacerlo como quien pide un favor a un amigo, y no como cónsul o procónsul. Y dudo mucho de que Sulpicio avale semejante iniciativa de Mario. Porque será precisamente Sulpicio quien pensará que mi acción es una estratagema.
El segundo cónsul miraba a su colega con gesto afligido. ¡Muy buenas palabras! ¡Mucha lógica! Palabras que le daban a entender sin género de duda que Lucio Cornelio Sila pretendía invadir Roma.
En dos ocasiones durante la marcha -una en Aquinum y otra en Ferentinum- el ejército de Sila se encontró con enviados que les salían al encuentro. La noticia de que Sila marchaba sobre Roma había volado con la rapidez del águila. Y esas dos veces, los enviados conminaron a Sila a deponer el mando en nombre del pueblo y ordenar a su ejército el regreso a Capua. Sila se negó en ambas ocasiones, y la segunda añadió:
–Decid a Cayo Mario, a Publio Sulpicio y a lo que quede del Senado, que me veré con ellos en el Campo de Marte.
Oferta que los enviados no se creyeron, ni Sila pretendía cumplir.
Luego, en Tusculum se encontró con el praetor urbanus Marco Junio Bruto, que le aguardaba en medio de la Via Latina, acompafiado de otro pretor como apoyo moral. Sus doce lictores -media docena por cada uno de ellos- formaban un grupo compacto a un lado de la carretera, tratando de ocultar que los fasces que portaban incluían las hachas.
–Lucio Cornelio Sila, me envía el Senado y el pueblo de Roma para impedir que tu ejército dé un paso más -dijo Bruto-. Tus legiones están en pie de guerra, no en camino de celebrar un triunfo, y te prohíbo que continúen.
Sila, sin replicar palabra, permaneció imperturbable en su mula. A los dos pretores los apartaron sin contemplaciones del medio de la vía, uniéndolos a sus amedrentados lictores, y prosiguió la marcha hacia Roma. En el punto en que la Via Latina confluía con la primera de las carreteras diverticulum que circunvalaban la ciudad, Sila hizo alto y dividió sus fuerzas; si alguien se había creído el cuento de que el ejército se acantonaría en el Campo de Marte, tenía ahora que rendirse a la evidencia de que Sila estaba dispuesto a invadir Roma.
–Quinto Pompeyo, toma la cuarta legión y dirígete a la puerta Collina -dijo Sila, pensando si su colega tendría suficiente arrojo para llevar a cabo la empresa-. No es para entrar en la ciudad -añadió con voz suave-, no tienes por qué preocuparte. Tu cometido es impedir que nadie llegue con legiones por la Via Valeria. Acampa a las fuerzas y espera a que yo te avise. Si ves avanzar tropas por la Via Valeria, envíame aviso a la puerta Esquilina, que allí estaré. Luego se volvió hacia Lúculo.
–Lucio Licinio, toma la primera y la tercera legión y a paso ligero, porque tienes un buen recorrido, cruzas el Tíber por el puente Mulviano y atraviesas el campo Vaticanus hasta el Transtiberino. Ocupas todo el distrito y guarneces los puentes, los de la isla del Tiber, el Aemilius y el viejo puente Sublicius de madera.
–¿El Mulviano, no?
–Por la Via Flamini no llegará ninguna legión, Lucio Licinio -replicó Sila con fiero gesto de alegría-. He recibido carta de Pompeyo Estrabón diciéndome que deplora los actos anticonstitucionales de Publio Sulpicio y que le complace que Cayo Mario no asuma el mando de la guerra contra Mitrídates.
Aguardó en el cruce hasta que consideró que Pompeyo Rufo y Lúculo estaban lo bastante lejos y luego hizo dar media vuelta a sus dos legiones -la segunda, más una no numerada por no ser uná legión consular- y las dirigió hacia la puerta Esquilina. En la intersección de la Via Latina con la Via Appia, en el camino de circunvalación, las murallas Servianas de la ciudad quedaban demasiado lejos para saber si había vigías, pero cuando avanzaba hacia la derecha por la vía que discurría entre apretadas filas de tumbas de la necrópolis romana, las murallas estaban ya mucho más cerca, y la tropa pudo ver que las almenas estaban atiborradas de curiosos que habían acudido a ver el espectáculo, entre gritos de incredulidad.
Al llegar a la puerta Esquilina, sin el menor gesto de vacilación, ordenó a la legión no numerada entrar en la ciudad a paso ligero, y, en vez de dispersarse por las calles, subir a las murallas Servianas y ocupar las dobles fortificaciones del Agger, que discurrían desde la puerta Collina hasta la puerta Esquilina, estableciendo contacto así con la fuerza de Pompeyo Rufo. Una vez desplegada la legión en los adarves del Agger, Sila dirigió las dos primeras cohortes de la segunda legión a la gran plaza de mercado dentro de las murallas, junto a la puerta Esquilina, y fuera de ella acantonó el resto de las cohortes. Roma estaba tomada. Lo que sucediera a continuación dependía de Publio Sulpicio y de Cayo Mario.
La colina Esquilina no era un terreno adecuado para maniobrar; las calles que conducían al foro Esquilino eran estrechas, siempre atestadas, y en sus tramos más anchos se hallaban entorpecidas con cabinas, tenderetes, carretillas y carros, y la gran plaza del mercado se hallaba repleta de mercaderes, gente ociosa, lavanderas, esclavos acarreando agua, gente comiendo y bebiendo, carros de bueyes, asnos con albardas, vendedores ambulantes, escuelas baratas y un laberinto de tenderetes. Había muchos callejones y callejas que conducían al foro Esquilino, pero allí morían dos calles importantes: el clivus Suburanus, que ascendía desde el Subura, y el vicus Sabuci, que subía desde la zona de talleres y manufacturas situada al sudeste de la marisma llamada Palus Ceroliae. Pero fue en ese extraño terreno donde se libró la batalla de Roma, aproximadamente una hora después de que Sila entrase en la ciudad.
El foro Esquilino fue desalojado sin contemplaciones; el espacio del mercado lo llenaban ahora filas de soldados firmes y expectantes. Con la armadura completa, Sila dirigió su mula junto al vexillum de su ejército y los estandartes de la segunda legión consular. Al cabo de una hora, un curioso zumbido comenzó a apagar los gritos y ruidos procedentes de las calles que desembocaban en la plaza, aumentando de intensidad hasta que ya se escucharon los gritos de una muchedumbre dispuesta al combate.
Irrumpía en el foro Esquilino por todas las callejas y callejones, con la guardia personal de Sulpicio en vanguardia, seguida de los esclavos y libertos que Cayo Mario y su hijo habían logrado reunir, gracias principalmente a los esfuerzos de Lucio Decumio y los otros encargados de las cofradías de cruces que había en toda la ciudad. Pero se detuvo al ver filas y más filas de legionarios romanos, con sus relucientes estandartes de plata y tambores y trompetas apiñados junto a su general, esperando -complacidos, al parecer- recibir sus órdenes.
–Trompeta, toca a desenvainar y escudo al frente -dijo Sila con voz clara y tranquila.
Al sonido de una sola trompeta respondió el sordo chirriar de mil espadas que salían de la vaina y el golpeteo de los escudos movidos en posición de ataque.
–Tambores, tocad, prietas las filas y listos para repeler el ataque -dijo Sila con voz que llegó claramente a la heterogénea multitud de defensores.
Comenzó el interminable redoble de tambores, inquietante para la muchedumbre que contemplaba a los soldados.
En ese momento, la multitud se abrió, dejando paso a Cayo Mario, con la espada en la mano, el casco puesto y una capa granate de general colgándole de los hombros; a su lado iba Sulpicio, detrás de Mario hijo.
–¡Cargad! – bramó Mario en un alarido desgarrador.
Sus hombres quisieron obedecer, pero no pudieron tomar bastante ímpetu en tan restringido espacio para desfondar la primera línea de Sila, que los rechazó desdeñosamente tan sólo con los escudos, sin recurrir a la espada.
–Trompetas, tocad al ataque -dijo Sila, inclinándose en la silla de la mula y asiendo él mismo el águila de plata de la segunda legión.
Con gran esfuerzo de voluntad, y únicamente por complacer a su general -pues ningún soldado pensaba que hubiese realmente llegado el momento de derramar sangre-, los soldados de Sila esgrimieron la espada y repelieron el ataque.
No había posibilidad de movimientos tácticos ni de maniobras. El foro Esquilino se convirtió en una masa compacta de combatientes, afanados en propinar golpes a diestro y siniestro. Al cabo de unos minutos, la primera cohorte se abría paso por el clivus Suburanus y el vicus Sabuci, seguida de la segunda cohorte, mientras otras cruzaban disciplinadamente la puerta Esquilina, rechazando con su bélico empuje a los ciudadanos partidarios de Mario y Sulpicio. Sila avanzó en su mula a ver si podía hacer algo, ya que era la única persona situada por encima de aquel mar de cabezas agitadas, y vio que desde todas las casas altas en callejas y callejones los vecinos arrojaban sobre sus soldados toda clase de proyectiles: macetas, troncos, ladrillos y banquetas. Y advirtió -él, que antes había vivido en una insula como aquéllas- que algunos lo hacían francamente indignados por la invasión de Roma, pero había muchos que sencillamente no podían sustraerse a la tentación de arrojar objetos desde arriba sobre aquel río revuelto de abajo.
–Traedme antorchas encendidas -dijo al aquilifer, que era quien debía haber portado el águila de plata de la legión.
En seguida llegaron las antorchas, robadas en la misma plaza.
–Tocad las trompetas y tambores a todo volumen -ordenó.
En aquel reducido espacio rodeado de insulas el estruendo era enloquecedor y la acción se detuvo en el preciso momento que Sila deseaba.
–¡Si arrojáis un solo objeto más, prendo fuego a la ciudad! – gritó con todas sus fuerzas, lanzando con fuerza una antorcha que entró por una ventana, seguida de otras. Inmediatamente todos se metieron en sus casas y dejaron de arrojar cosas.
Satisfecho, volvió a prestar atención a la lucha, seguro de que ya no se producirían bombardeos. Los vecinos de la insula habían comprendido que la cosa iba en serio; y un combate era una cosa, pero un incendio otra muy distinta que todos temían más que la guerra.
Llamó a una cohorte que no había entrado en combate y la envió por el vicus Sabuci con orden de entrar en el vicus Sobrius y torcer a la derecha, para volver a entrar por el clivus Suburanus para atacar a la muchedumbre por la espalda.
Y ésa fue la acción decisiva, pues el indisciplinado populacho flaqueó, se detuvo y presa del pánico abandonó a Mario -que exclamaba a grito pelado que todos los esclavos que siguieran combatiendo serían manumitidos- y a Sulpicio, que no era ningún cobarde, luchando en retaguardia dentro del foro Esquilino, secundado por Mario hijo. Pero tampoco Mario, Sulpicio y Mario hijo tardaron en ceder y huir por el vicus Sabuci, perseguidos de cerca por las tropas de Sila, que iba en cabeza enarbolando el águila de plata.
En el templo de Tellus, en el Carinae -donde existía una explanada, y, por lo tanto, espacio-, Mario intentó detener a su variopinta tropa y reagruparla para volver al ataque, pero la gente no reaccionó militarmente y muchos se echaron a llorar, tiraron las espadas y los palos y continuaron huyendo hacia el Capitolio. Incluso en la lucha callejera, los soldados dominaban la situación.
Cuando Mario, su hijo y Sulpicio desaparecieron súbitamente, el enfrentamiento cesó del todo. Sila avanzó en mula por el vicus Sandalarius hasta la amplia zona de la marisma debajo del Carinae, en la intersección de la Via Sacra con la Via Triumphalis, donde se detuvo y mandó a trompetas y tambores tocar a formar a la segunda legión. Y allí le trajeron los centuriones unos cuantos soldados sorprendidos saqueando.
–Se os avisó a todos de que no cogieseis ni un nabo de los campos -les dijo-. Un legionario de Roma no saquea Roma.
Acto seguido los mandó ejecutar allí mismo como ejemplo para la tropa formada.
–Que vengan Quinto Pompeyo y Lucio Lúculo -dijo, después de ordenar descanso a las tropas.
Ni Pompeyo Rufo ni Lúculo habían tenido que hacer nada, y menos combatir.
–Estupendo -comentó Sila-. Soy el primer cónsul y la responsabilidad ha sido estrictamente mía. Si mis tropas han sido las que han entablado combate, sólo a mí se me puede reprochar.
Qué ecuánime llegaba a ser, pensó Lúculo, mirándole maravillado, pero si se le antojaba, invadía Roma. Era un hombre complicado. No, ésa no era la palabra adecuada. Sila era un hombre de cambios de humor tan opuestos y radicales que no se sabía nunca cómo iba a reaccionar. Ni se sabía lo que estaba decidido a hacer. Sólo él debía de saberlo, reflexionó Lúculo.
–Lucio Licinio, deja siete cohortes de la primera legión al otro lado del río para que no se mueva nadie en el Transtiberino; envía tres cohortes de la primera a vigilar los silos del Aventino y del vicus Tuscus para que no los saqueen. La tercera montará guardia en los puntos de mayor riesgo del río. Sitúa una cohorte en el puerto de Roma, en el campo Lanatarius, las piscinae publicae, la porta Capena, el circo Máximo, el foro Boarium, el foro Holitorium, el Velabrum, el circo Flaminius y el Campo de Marte. Eso es: diez lugares y diez cohortes.
–Quinto Pompeyo -añadió, volviéndose hacía el segundo cónsul-, deja la cuarta fuera de la puerta Collina y que sigan alerta por si aparece alguna legión por la Vía Valeria. Que baje mi otra legión del Agger y distribuyes sus cohortes por las colinas del norte y del este, Quirinal, Viminal, Esquilina; y sitúas dos en el Subura.
–¿Ponemos guardia en el Foro y en el Capitolio?
–Desde luego que no, Lucio Licinio -contestó Sila, meneando enérgicamente la cabeza-. No voy a imitar a Saturnino y a Sulpicio. La segunda, que se quede de servicio al pie de las cuestas del Capitolio y por los alrededores del Foro, pero sin que esté muy a la vista. Quiero que la población se sienta segura cuando convoque una asamblea.
–¿Te quedas aquí? – inquirió Pompeyo Rufo.
–Sí, Lucio Licinio; otro encargo. Que unos heraldos recorran la ciudad proclamando que si se arrojan proyectiles desde alguna insula se considerará acto de guerra contra los cónsules legales y la casa será incendiada sin contemplaciones. Y que otros heraldos vayan después proclamando la convocatoria de una asamblea para todo el pueblo a celebrar en el Foro en la hora segunda. – Sila hizo una pausa, pensando si eso era todo-. En cuanto lo tengáis todo en marcha, volved a despachar conmigo.
El centurión primus pilum de la segunda legión, Marco Canuleio, entró y permaneció detrás, donde Sila podía verle y apreciar que estaba contento. Magnífica señal, pensó él; eso significa que mis soldados siguen siendo míos.
–¿Se sabe algo de ellos, Marco Canuleio? – le preguntó.
El centurión movió la cabeza, haciendo que el penacho de crines de caballo rojo oscuro abanicase el casco.
–No, Lucio Cornelio. A Publio Sulpicio se le ha visto cruzar el Tíber en una barca, lo que podría significar que se dirige a algún puerto de Etruria, y parece que Cayo Mario y su hijo van hacia Ostia. También ha huido el pretor urbano Marco Junio Bruto.
–¡Necios! – exclamó Lúculo, sorprendido-. Si realmente creyesen que la ley estaba de su parte, habrían debido quedarse en Roma. ¡Deberían saber que tienen muchas más posibilidades planteándote debate en el Foro!
–Tienes razón, Lucio Licinio -dijo Sila, complacido de que su legado hiciese esa interpretación de los acontecimientos-. Si Mario o Sulpicio se hubiesen parado a recapacitar como es debido, habrían advertido la conveniencia de quedarse en Roma. Pero yo siempre tengo suerte, y, afortunadamente, han optado por abandonar la ciudad.
De suerte, nada, se dijo para sus adentros. Tanto Mario como Sulpicio saben que si se hubieran quedado, no habría tenido más remedio que hacerlos asesinar, pues si hay algo que no puedo permitirme es debatir con ninguno de ellos en el Foro, porque ellos son personajes populares y yo no. No obstante, su huida es una espada de doble filo, porque, aunque no deba hallar el modo de matarlos sin que se me reproche nada, tengo que apechar con el odio que va a suscitar mi sentencia de destierro de ambos.
Durante toda la noche los soldados patrullaron las calles y espacios abiertos de Roma, encendiendo fuegos en los rincones en que podía hacerse leña, dejando oír las fuertes pisadas de las caligae claveteadas, un sonido que ningún insomne romano había jamás escuchado bajo su ventana. Pero todos fingían dormir, y en aquel frío amanecer se levantaron a los gritos de los heraldos anunciando que la paz reinaba en Roma, custodiada por sus cónsules electos, y que a la segunda hora éstos convocaban una reunión en los rostra.
Para sorpresa de Sila, acudió mucha gente, incluso los numerosos partidarios de Mario y Sulpicio de la segunda, tercera y cuarta clases. La primera clase estaba en su totalidad, mientras que no apareció nadie del censo por cabezas, ni tampoco de la quinta clase.
–Diez o quince mil -dijo Sila a Lúculo y a Pompeyo Rufo, mientras descendía la cuesta del clivus Sacer desde el Velia. Llevaba la toga bordada en púrpura, igual que Pompeyo Rufo; Lúculo vestía su toga blanca con la franja ancha de senador en el hombro derecho de la túnica. No había ningún signo de poder armado ni soldados a la vista-. Es fundamental que mis palabras las oigan todos los presentes, así que disponed a los heraldos debidamente para que vayan repitiendo lo que digo a los que estén más lejos.
Precedido de sus lictores, los cónsules se abrieron paso entre la multitud y subieron a los rostra, en donde los aguardaban Flaco, príncipe del Senado, y Escévola, pontífice máximo. Para Sila aquello era una confrontación de gran importancia, pues aún no había visto a ningún miembro de la diezmada Cámara y no tenía ni idea de si personajes como Catulo César, los censores, el flamen dialis o aquellos dos que aguardaban en la tribuna estaban con él ahora que había impuesto la hegemonía del ejército sobre las pacíficas instituciones gubernamentales.
De lo que no había duda era de que no estaban muy contentos. Ambos estaban vinculados en cierto modo a Mario; Escévola porque tenía una hija prometida con el hijo del gran hombre, y Flaco porque había obtenido el consulado y el censorado gracias al apoyo de Mario a la hora de las votaciones. Ahora no era el momento de entablar una larga conversación con ellos, pero tampoco podía quedarse callado.
–¿Estáis conmigo? – inquirió sin más.
–Sí, Lucio Cornelio -contestó Escévola con una especie de suspiro estremecido.
–Pues escuchad lo que voy a decir a la multitud. Así se aclararán vuestras dudas e interrogantes. – Miró hacia la escalinata del Senado, donde estaba Catulo César con los censores, Antonio Orator y el flamen dialis Merula. Catulo César le dirigió un leve guiño-. ¡Oídme bien! – gritó Sila.
A continuación se volvió de cara al bajo Foro, dando la espalda a la sede del Senado, y comenzó su discurso. No le habían acogido con vítores, pero tampoco con silbidos y abucheos; lo cual significaba que el público estaba dispuesto a escucharle y no por el simple hecho de que hubiese puesto soldados en esquinas y bocacalles.
–Pueblo de Roma, nadie es más consciente que yo de la gravedad de lo que he hecho -dijo con voz potente y clara-. Y tampoco penséis que la presencia del ejército en Roma sea responsabilidad de nadie más que mía. Yo soy el primer cónsul, legalmente elegido y con mando legal del ejército. Yo he traído ese ejército a Roma, y nadie más. Mis colegas actuaron bajo mis órdenes, como es su deber, incluido el segundo cónsul, Quinto Pompeyo Rufo… aunque os recuerdo que su hijo fue asesinado en este sacro foro romano por gentes de la canalla de Sulpicio.
Hablaba despacio para que los heraldos pudieran ir repitiendo sus palabras hacia la periferia de la muchedumbre, e hizo una pausa hasta oír desvanecerse a lo lejos sus últimas palabras vociferadas.
–Hace ya demasiado tiempo, pueblo de Roma, que se viene haciendo caso omiso del derecho del Senado y de los cónsules a organizar los asuntos y las leyes de Roma. Y en los últimos años, incluso les ponen zancadillas unos demagogos ahítos de poder que se denominan tribunos de la plebe. Estos demagogos sin escrúpulos se presentan a las elecciones como Valedores de los derechos del pueblo y luego abusan de los crédulos de un modo absolutamente irresponsable. ¡Siempre se escudan en la misma excusa: que actúan en nombre del «pueblo soberano»! Cuando lo cierto es, pueblo de Roma, que actúan exclusivamente en su propio interés. Os encandilan con promesas de magnanimidades o privilegios que están totalmente fuera del alcance del Estado, y más si tenéis en cuenta que esos desaprensivos suelen surgir en momentos en que el Estado no puede hacer alarde de generosidad ni conceder privilegios. ¡Por eso triunfan! ¡Porque juegan con vuestros deseos y vuestros temores! Pero os engañan, puesto que lo que prometen no pueden concederlo. Vamos a ver, ¿dio alguna vez Saturnino el grano gratis? ¡Claro que no! Porque no lo había. De haberlo habido, vuestros cónsules y el Senado lo habrían repartido. Cuando llegó el grano, fue vuestro cónsul, Cayo Mario, quien lo distribuyó, no gratis pero sí a un precio aceptable.
Volvió a detenerse hasta que los heraldos hubieron concluido.
–¿Creéis de verdad que Sulpicio habría promulgado una ley cancelando vuestras deudas? ¡Claro que no! Aunque no hubiésemos acudido mi ejército y yo, no tenía poder para hacerlo. ¡Nadie puede expulsar a toda una clase del lugar que le corresponde como hizo él con el Senado… alegando las deudas contraídas, para luego decir que van a cancelarse las deudas! Si reflexionáis sobre lo que hizo, lo comprenderéis fácilmente. Sulpicio quería destruir el Senado, encontró la manera de hacerlo y os hizo creer que con vosotros procedería del modo contrario a como lo hacía con otros, convenciéndoos de que eran enemigos vuestros. Siempre recurren a un señuelo. En este caso, la cancelación general de las deudas. Pero ha sido una manipulación, pueblo de Roma. ¡Nunca dijo en una asamblea pública que fuese a cancelar todas las deudas! Lo que hizo fue difundirlo en privado por medio de sus agentes. ¿No os dais cuenta de lo poco sincero que era? Porque si se proponía cancelar las deudas, lo habría anunciado desde los rostra. Pero no lo hizo. Os manipuló sin preocuparse para nada de vuestra aflicción. Mientras que yo, como cónsul vuestro, puse en marcha medidas para paliar lo más posible esa carga de las deudas sin que afectase a la estructura monetaria… y lo hice para todos los romanos, desde el de más alcurnia hasta el más bajo. ¡Lo hice incluso para quienes no son romanos! Promulgué una ley general limitando el pago de intereses sobre los intereses del capital, fijándolos en la proporción inicial. Por lo tanto, podéis decir con toda razón que he sido yo quien ha contribuido a mitigar las deudas. ¡No Sulpicio!
Giró en círculo, como si mirase desde diversos puntos a la muchedumbre, y, después de repetirlo varias veces, se puso de nuevo de cara a la gente y se encogió de hombros, alzando las manos en gesto de fútil llamamiento.
–¿Dónde está Sulpicio? – preguntó, como si estuviese sorprendido-. ¿A quién he matado desde que entré en Roma con mi ejército? A un puñado de esclavos, libertos y ex gladiadores. Escoria. No a romanos respetables. ¿Por qué, entonces, no está aquí Publio Sulpicio para hablaros y refutar lo que estoy diciendo? ¡Conmino a Publio Sulpicio a que se persone y refute en un debate decente y honorable lo que yo digo… no dentro de la Curia Hostilia, sino aquí ante todo el «pueblo soberano»! ¡¡¡Publio Sulpicio, tribuno de la plebe, te exijo que vengas a responderme!!! – añadió a gritos, haciendo bocina con las manos.
Sólo obtuvo por respuesta el silencio.
–No está aquí, pueblo de Roma, porque cuando yo, ¡el cónsul legalmente elegido!, entré en la ciudad, acompañado por mis únicos amigos, mis soldados, para que se nos hiciera justicia, Publio Sulpicio huyó. Ahora bien, ¿por qué huyó? ¿Temía por su vida? ¿Por qué había de temer? ¿Es que he intentado matar a algún magistrado electo, o siquiera a algún respetable ciudadano romano? ¿Estoy ante vosotros esgrimiendo una espada ensangrentada? ¡No! He comparecido con la toga bordada en púrpura propia de mi cargo, y mis únicos amigos, mis soldados, no están presentes escuchando lo que os digo. ¡No hace falta que estén! ¡Soy su representante legalmente elegido, igual que soy vuestro representante legalmente elegido. ¡Pero Sulpicio no comparece! ¿Por qué no lo hace? ¿Creéis sinceramente que es porque teme por su vida? Si así es, pueblo de Roma, será porque se da cuenta de que lo que hizo era ilegal y una traición. ¡Por mi parte, prefiero concederle el beneficio de la duda y desear con todo mi corazón que hubiese estado aquí!
Otra pausa con respiro para escrutar entre la multitud, simulando buscar a Sulpicio. Sila volvió a hacer bocina con las manos y gritó con todas sus fuerzas:
–¡Publio Sulpicio, tribuno de la plebe, te conmino a que comparezcas para responderme!
Pero no aparecía nadie.
–Se ha marchado, pueblo de Roma. Huyó en compañía del hombre que le engañó igual que os engañó a vosotros: ¡Cayo Mario! – añadió con fuerte voz.
Al oír ese nombre, la multitud comenzó a agitarse y a murmurar, porque era un nombre que a nadie del pueblo de Roma le gustaba que se pronunciase en términos peyorativos.
–Sí, ya sé -añadió Sila despacio, para que sus palabras fuesen repetidas minuciosamente hacia la periferia- que Cayo Mario es un héroe para todos. Salvó a Roma de Yugurta de Numidia y salvó a Roma y al mundo romano de los germanos. Fue a Capadocia, y él solo ordenó al rey Mitrídates retirarse a su país. Eso no lo sabíais, ¿verdad? ¡Pues sí, aquí me tenéis contándoos otra de las grandes hazañas de Cayo Mario! Muchas de sus hazañas no se saben, pero yo sí las sé, porque fui su fiel legado en sus campañas contra Yugurta y los germanos. Yo era su mano derecha. Y el destino de los lugartenientes es pasar inadvertidos sin ser famosos. Y yo no le quito mérito alguno a la fama de Cayo Mario. ¡Se la merece! Pero yo también he sido fiel servidor de Roma. Yo también fui a Oriente y ordené personalmente al rey Mitrídates regresar a su reino. Yo crucé por primera vez con un ejército romano el río Éufrates hacia tierras desconocidas.
Volvió a hacer una pausa, comprobando complacido que la multitud se calmaba, y que había conseguido convencerla de su absoluta sinceridad.
–Yo he sido amigo de Cayo Mario además de su lugarteniente. Durante muchos años fui su cuñado, hasta que murió mi esposa que era hermana de la suya. No me divorcié de ella. No existía animosidad alguna entre nosotros. Su hijo y mi hija son primos carnales. Cuando hace unos días los secuaces de Publio Sulpicio mataron a muchos jóvenes prometedores de buena familia, entre ellos el hijo de mi querido colega Quinto Pompeyo, un joven que era mi yerno, esposo de la sobrina de Cayo Mario, tuve que huir del Foro para salvar la vida. ¿Y a dónde opté por ir, sabiendo que mi vida sería escrupulosamente respetada? Pues a casa de Cayo Mario, que me dio cobijo.
Sí, la multitud ya estaba calmada. Había abordado muy acertadamente el tema de Cayo Mario.
–Cuando Cayo Mario obtuvo su gran victoria contra los marsos, yo era de nuevo su mano derecha. Y cuando mi ejército, éste que he traído a Roma, me concedió la corona de hierba por librarlo de una muerte segura a manos de los samnitas, Cayo Mario se regocijó de que yo, su anónimo ayudante, hubiese alcanzado por fin una justa fama en el campo de batalla. Por la importancia y el número de bajas enemigas, mi victoria fue mayor que la suya, pero ¿le afectó en algo? ¡Claro que no! ¡Se alegró por mí! ¿No eligió para su reaparición en el Senado el día de la proclamación oficial de mi cargo como cónsul? ¿No dio lustre su presencia a la ceremonia?
Ahora estaban totalmente absortos y nadie decía una palabra; Sila prosiguió su peroración.
–Sin embargo, pueblo de Roma, todos nosotros… vosotros, yo, Cayo Mario, tenemos a veces que enfrentarnos a hechos desagradables. Y a Cayo Mario le afecta una desagradable realidad: ya no es joven ni está en condiciones de dirigir una guerra en el extranjero. Tiene mermadas sus facultades mentales. Y la mente, como todos sabéis, es un órgano que no se recupera como el cuerpo. El hombre que durante estos dos últimos años habéis visto caminando, nadando, ejercitando su cuerpo para superar el grave impedimento, no puede curar su mente. Yo atribuyo sus últimos actos a esa enfermedad mental y excuso sus excesos por el afecto que le profeso. Igual que debéis hacer vosotros. Roma se enfrenta a un conflicto mucho peor que el que en estos momentos toca a su fin. Un peligro mucho más grave que el de los germanos se nos viene encima en forma de un rey oriental con ejércitos de cientos de miles de soldados bien pertrechados y entrenados. Un rey con flotas de centenares de galeras acorazadas. Un hombre que ha logrado el apoyo de pueblos extranjeros que Roma había acogido y protegido y que ahora así nos lo agradecen. ¿Cómo puedo yo, pueblo de Roma, permanecer impasible mientras vosotros, en vuestra ignorancia, me priváis del mando de esta guerra, a mí, ¡un hombre en plenas facultades!, para dárselo a él, un hombre que ya no goza de todas las suyas?
Sila, que no era un acendrado orador, comenzaba a sentir cansancio. Pero cuando se detuvo para que los heraldos repitiesen sus palabras, permaneció impasible como si no tuviese sed, como si no le temblasen las rodillas, como si no le preocupase la reacción del público.
–Incluso si yo hubiese estado dispuesto a ceder el mando legalmente otorgado en la guerra contra el rey Mitrídates del Ponto a Cayo Mario, pueblo de Roma, las cinco legiones de mi ejército no lo querían. Estoy ante vosotros no sólo como primer cónsul legalmente elegido, sino como representante de los soldados de Roma legalmente designado. Fueron ellos quienes decidieron marchar sobre Roma, ¡no por conquistar Roma, ni tratar a los romanos como enemigos!, sino para demostrar al pueblo de Roma lo que piensan de una ley indigna aprobada en una asamblea de civiles gracias a una lengua mucho mejor dotada que la mía, y por instigación de un viejo enfermo que, por cierto, es un héroe. Pero antes de que a mis soldados se les diera la oportunidad de hablaros, tuvieron que enfrentarse a grupos de rufianes armados que les impidieron entrar pacíficamente en la ciudad. Grupos de rufianes armados formados por esclavos y libertos de Cayo Mario y Publio Sulpicio. Es evidente que a mis soldados no les negaron la entrada los ciudadanos respetables de Roma… porque los ciudadanos respetables de Roma están aquí escuchando mi alegato y el de mis tropas. Yo y mis soldados sólo pedimos una cosa; que se nos permita hacer lo que legal y lógicamente se nos ha encomendado: luchar contra Mitrídates.
Respiró hondo y prosiguió con una voz potente y timbrada como el sonido de una trompeta.
–Voy a Oriente sabiendo que gozo de excelente salud, que no he sufrido ninguna afección cerebral, que estoy en disposición de dar a Roma lo que merece… la victoria sobre ese extranjero diabólico que quiere coronarse rey de Roma ¡y que ha asesinado a ochenta mil hombres, mujeres y niños, que se aferraban a los altares implorando protección a los dioses! Mi mando es totalmente acorde con la ley. En otras palabras, me lo han concedido los dioses de Roma. Los dioses de Roma depositan su confianza en mí.
Había ganado. Al retirarse del centro para ceder el puesto a un orador de mucho más fuste como era Quinto Mucio Escévola, pontífice máximo, sabía que había ganado. A pesar de su tendencia a doblegarse a los hombres de pico de oro, los ciudadanos de Roma eran sanos e inteligentes, y sabían entender las cosas de sentido común si se les exponían razonablemente y con energía.
–Me gustaría que hubieses encontrado otra manera de imponerte, Lucio Cornelio -dijo Catulo César al concluir la asamblea-, pero tengo que apoyarte.
–¿Qué alternativa tenía? – inquirió Antonio Orator-. ¡Vamos, Quinto Lutacio, dímela!
Fue el hermano, Lucio César, quien contestó.
–Una alternativa habría sido que Lucio Cornelio se hubiese quedado con sus legiones en Campania, negándose a ceder el mando.
–¡Ah, sí, claro! – exclamó con sorna Craso el Censor-. Y luego, después de que Mario y Sulpicio hubiesen reunido el resto de las legiones de Italia, ¿qué crees que hubiera sucedido? Si ninguno de los dos hubiese cedido, habríamos tenido una verdadera guerra civil, no una simple guerra contra los itálicos, Lucio Julio. Al menos, viniendo a Roma, Lucio Cornelio ha optado por la única solución que impide la confrontación armada entre romanos. ¡El hecho de que no haya legiones en Roma era la garantía de éxito!
–Tienes razón, Publio Licinio -dijo Antonio Orator.
Y así quedó la cosa; todos lamentaban la maniobra de Sila, pero no hallaban otra alternativa.
Durante los diez días sucesivos, Sila y los dirigentes senatoriales continuaron hablando en el Foro, ganándose poco a poco a la gente mediante una implacable campaña para desacreditar a Sulpicio y marginar a Cayo Mario por ser un viejo enfermo que habría debido contentarse con descansar en sus laureles.
Tras las ejecuciones sumarísimas por saqueo, los soldados de las legiones de Sila se comportaron de forma irreprochable y se fueron granjeando el afecto de la población que les daba de comer y hasta los mimaba, sobre todo cuando se difundió la noticia de que era el famoso ejército de Nola, el que realmente había ganado la guerra a los itálicos. Sin embargo, Sila tuvo gran cuidado en aprovisionar a sus tropas sin que la carga recayese en el abastecimiento de la ciudad y dejó que los obsequios civiles fuesen de carácter voluntario. Pero había gente entre el populacho que miraba a la tropa con ojos escépticos y no olvidaba que habían marchado sobre Roma por decisión propia; por lo tanto, si a aquellos soldados se les zahería o molestaba podía desencadenarse una matanza por muy buenas palabras que su general pronunciase en el Foro, ya que, en definitiva, no les había ordenado regresar a Campania; los mantenía en Roma y ello les daba a entender que podía utilizarlos si se presentaba la ocasión.
–Yo no confío en el pueblo -dijo Sila a los dirigentes del Senado, un organismo mermado en el que sólo quedaban algunos personajes-. En el momento en que esté en Oriente puede surgir otro Sulpicio. Por ello quiero promulgar una ley que lo impida.
Había entrado en Roma en los idus de noviembre, una arriesgada fecha, por lo tardío, para acometer una nueva legislación. Puesto que la lex Caecilia Didia estipulaba que debían transcurrir tres días de mercado entre el primer contio de presentación de una nueva ley y su promulgación, había grandes probabilidades de que Sila hubiese agotado el plazo de su cargo de cónsul antes de lograr su objetivo. Para complicar las cosas, la otra lex Caecilia Didia prohibía tratar juntos en una misma ley dos asuntos distintos. Por lo que la única vía legal para concluir a tiempo semejante legislación era quizá la más peligrosa de todas: presentar todas las nuevas leyes a la Asamblea de la plebe en un solo contio y tratarlas todas a la vez. Fue César Estrabón quien solucionó el dilema de Sila.
–Es fácil -dijo el inteligente estrábico-. Añade otra ley a la lista y la promulgas en primer lugar. Esto es, una ley derogando la aplicación de las disposiciones de la lex Caecilia Didia exclusivamente para este caso de las nuevas leyes.
–Jamás lo aprobarán los comitia -dijo Sila.
–¡Sí lo harán, si ven un buen número de soldados! – dijo animoso César Estrabón.
Tenía razón. Cuando Sila convocó la Asamblea de todo el pueblo -que comprendía patricios y plebeyos- comprobó que estaba muy predispuesta a legislar lo que él quería. La primera ley propuesta fue la que suspendía las disposiciones de la lex Caecilia Didia prima estrictamente en el caso de las nuevas leyes; como era aplicable a ella misma, la primera lex Cornelia del programa legislativo de Sila fue promulgada y aprobada en el mismo día. Estaba próximo el final de noviembre.
Sila promulgó seis leyes seguidas, en un orden de presentación minuciosamente previsto, porque era fundamental que el pueblo no intuyese el propósito final buscado hasta que fuese demasiado tarde para desenmarañar la legislación. Durante aquellos días no escatimó esfuerzos para evitar cualquier conato de enfrentamiento entre el ejército y los ciudadanos, sabiendo como sabía que la gente desconfiaba de él precisamente por la presencia de los soldados.
Sin embargo, como le importaba un bledo el afecto del pueblo y sólo quería que le obedeciese, decidió que no vendría mal lanzar en Roma una campaña de rumores en el sentido de que si no se aprobaban las leyes la ciudad sufriría un baño de sangre desaforado. Cuando estaba en juego su cabeza, Sila no tenía escrúpulos de ninguna clase. Mientras el pueblo hiciese lo que se le ordenaba, era muy libre de odiarle apasionadamente del mismo modo que él había llegado a odiarlos a ellos. Lo que indudablemente no podía consentir era un baño de sangre porque, de producirse, su carrera estaría acabada. Pero conocedor de los mecanismos del temor, Sila no previó ningún baño de sangre. Y así fue.
Su segunda lex Cornelia parecía bastante inocua. Estipulaba que se incrementara con trescientos nuevos miembros el Senado, que había quedado reducido a cuarenta. En su redacción se había eludido deliberadamente el estigma vinculado a «derogar» leyes, ya que los nuevos senadores los designarían los censores según el método habitual y no se les obligaba a restituir en el cargo a los senadores expulsados por deudas. Mientras Catulo César recaudara el fondo destinado a cancelar las deudas de los senadores expulsados, sin alharacas, como había hecho en Capua durante la guerra, no habría impedimento para que los censores repusiesen en su cargo a los senadores. Y así las vacantes creadas en el Senado por la muerte de tantos miembros quedarían cubiertas. Catulo César había recibido el encargo oficioso de presionar a los censores, lo que significaba que el Senado pronto habría recuperado sus plenos poderes, pensaba Sila, convencido. Catulo César era un hombre infatigable.
La tercera lex Cornelia dejó entrever el puño amenazador de Sila. Derogaba la Lex Hortensia, que llevaba en las tablillas doscientos años y, con arreglo a las disposiciones de esta nueva ley, no se podía presentar nada ante las Asambleas tribales sin contar antes con el sello de aprobación del Senado. Con esto no sólo se amordazaba a los tribunos de la plebe, sino también a cónsules y pretores; si el Senado no emitía un senatus consultun, ni la Asamblea plebeya ni la Asamblea de todo el pueblo podían legislar. Y las Asambleas tribales tampoco podían modificar la redacción de un senatus consultum.
La cuarta lex Cornelia la envió el Senado a la Asamblea de todo el pueblo en forma de senatus consultum. Reforzaba la preponderancia de las centurias, eliminando las modificaciones que el organismo había experimentado durante los primeros tiempos de la república. Los comitia centuriata recuperaban la forma que habían tenido durante el reinado del rey Servio Tulio, cuando sus votos se desviaban para que la primera clase obtuviese casi el cincuenta por ciento del poder. Con la nueva ley de Sila, el Senado y los caballeros volvían a ser tan poderosos como lo habían sido durante la monarquía.
La quinta lex Cornelia ya mostraba la espada desenvainada de Sila. Era la última del programa legislativo a promulgar y aprobar en la Asamblea de todo el pueblo, y estipulaba que en el futuro no se podían discutir ni votar leyes en las Asambleas tribales. Toda nueva legislación debía discutirla y aprobarla la nueva Asamblea centuriada reforzada en virtud de la ley de Sila, en la que el Senado y el Ordo equester lo controlaban todo, y más cuando se mostraran fuertemente unidos, como sucedía siempre que se trataba de oponerse a un cambio radical o a conceder privilegios a las clases bajas. A partir de ahora, las tribus quedaban prácticamente desprovistas de poder, tanto en la Asamblea de todo el pueblo como en la Asamblea plebeya. Y la Asamblea de todo el pueblo aprobó esta quinta lex Cornelia a sabiendas de que cavaba su propia tumba, pues la única potestad que le dejaban era la elección de magistrados estipulada por la ley, pero nada más. La Asamblea tribal, para celebrar un juicio, necesitaba primero que se aprobase una ley.
Todas las leyes de Sulpicio seguían inscritas en las tablillas y eran vigentes, pero ¿para qué servían? ¿Qué más daba que los nuevos ciudadanos de Italia y de la Galia itálica y los ciudadanos libertos de las dos tribus urbanas se distribuyesen entre las treinta y cinco tribus, si las Asambleas tribales no podían aprobar leyes ni celebrar juicios?
Había un punto débil, y Sila lo sabía. De no haber tenido prisa por partir a Oriente, lo habría subsanado; pero en aquella tesitura no le daba tiempo a hacerlo. Se refería a los tribunos de la plebe. Él se las había arreglado para arrancarles los dientes: no podían legislar y no podían someter a juicio a nadie; pero no había podido cortarles las garras, ¡y qué garras! Aún les quedaban los poderes concedidos por la plebe en la época en que fueron instituidos, poderes entre los que se contaba el derecho al veto. En la nueva legislación, Sila había tenido buen cuidado de no mencionar a los magistrados, sino estrictamente a los organismos en los que éstos actuaban. Técnicamente no había cometido ninguna traición manifiesta, pero arrebatar el poder del veto a los tribunos de la plebe podía interpretarse como traición por ir contra el mos maiorun, ya que los poderes tribunicios eran tan antiguos como la república. Sagrados.
Así se concluyó el programa legislativo; no en el Foro, donde el pueblo tenía costumbre de presentarlo y la gente asistía al proceso. La sexta y la séptima leges Cornelia se presentaron a la asamblea centuriada en el Campo de Marte, rodeada por las tropas de Sila que allí se hallaban acantonadas.
Con la sexta ley se conseguía lo que Sila habría encontrado difícil de obtener en el Foro: la derogación de toda la legislación de Sulpicio, so pretexto de que había sido aprobada per vim -con violencia- y durante unos días declarados legalmente feriae o festividades religiosas.
La última ley era en realidad un proceso en el que se acusaba a veinte personas de traición, no la nueva modalidad de traición de Saturnino quaestio maiestate, sino el tipo de traición mucho más antiguo de las centurias, perduellio. Así, Cayo Mario, su hijo, Publio Sulpicio Rufo, el pretor urbano Marco Junio Bruto, Publio Cornelio Cetego, los hermanos Granú, Publio Albinovano, Marco Letorio y otros doce, fueron inculpados y la Asamblea centuriada los condenó. Y la perduellio implicaba la pena capital, porque a las centurias no les bastaba con el destierro. Y lo que era peor, la sentencia podía ejecutarse en el momento de apresar al reo y sin necesidad de formalismos.
Sila no encontró oposición en ninguno de sus amigos ni miembros del Senado, con excepción del segundo cónsul. Quinto Pompeyo Rufo se hallaba sumido en una profunda depresión y acabó diciéndole claramente que no podía aceptar la ejecución de hombres como Cayo Mario y Publio Sulpicio.
Como no tenía intención de ejecutar a Mario -aunque Sulpicio sí que tenía que caer-, Sila intentó al principio animar a Pompeyo Rufo para que superase su depresión, pero, al ver que no conseguía nada, optó por mencionar machaconamente la muerte del joven Quinto Pompeyo a manos de los secuaces de Sulpicio. Pero cuanto más hablaba de ello, más obstinado se mostraba Pompeyo Rufo. Para Sila, era vital que nadie viese fisura alguna en el consenso de los que detentaban el poder y que con tanto denuedo se dedicaban a legislar la extinción de las Asambleas tribales. Por ello decidió que Pompeyo Rufo saliera de Roma para que no le viera aquella tropa que tanto ofendía a su frágil sensibilidad.
Uno de los cambios más fascinantes que provocaba en Sila aquella experiencia de poder absoluto, era algo que él mismo notaba y mimaba, y consistía en que disfrutaba y lograba mayor alivio a sus tormentos internos promulgando leyes para arruinar a las personas, que recurriendo al asesinato como en sus primeros tiempos. Manipular al Estado para arruinar a Cayo Mario era infinitamente más placentero que administrarle una dosis de veneno de efecto retardado; mejor incluso que apretarle la mano mientras agonizaba. Esta nueva faceta de estadista situaba a Sila en un plano muy distinto y le confinaba en altitudes tan excelsas, que se sentía como un dios en el Olimpo, mirando las alocadas evoluciones de sus marionetas, exento de frenos morales o éticos.
Y así, se dispuso a deshacerse de Quinto Pompeyo Rufo de una manera totalmente nueva y sutil, una manera que le hacía poner en juego sus facultades mentales, ahorrándole mucha angustia. ¿A qué correr el riesgo de verte sorprendido asesinando si puedes disponer de otros que lo hagan?
–Querido Quinto Pompeyo, necesitas una estancia en el campo -dijo a su colega consular con gran afecto y corrección-. Vengo observando que desde la muerte de tu querido hijo estás deprimido y te pones nervioso con suma facilidad. Ya no eres capaz de distanciarte y ver la importancia de la estructura que estamos tejiendo en el telar gubernamental. ¡La menor contrariedad te abate! Pero no creo que necesites un descanso, sino un buen período de tenaz trabajo.
Los ojos cansinos se posaron en el rostro de Sila con profundo y sincero afecto; ¿cómo no estar agradecido por la suerte de compartir su cargo de cónsul con uno de los hombres más destacados de la historia? ¿Quién habría podido imaginarlo en los días en que sellaron su alianza?
–Sé que tienes razón, Lucio Cornelio -dijo-. Seguramente la tienes en todo; pero me cuesta mucho asumir lo que ha sucedido y está sucediendo. Si crees que hay alguna misión que yo pueda llevar a cabo debidamente, la cumpliré encantado.
–Hay algo de suma importancia que puedes hacer… una tarea que sólo el cónsul puede llevar a cabo -añadió Sila enérgico.
–¿Cuál?
–Relevar a Pompeyo Estrabón del mando.
Un estremecimiento recorrió el cuerpo del segundo cónsul, que miraba a Sila con recelo.
–¡Yo no creo que Pompeyo Estrabón se avenga a ceder el mando, del mismo modo que te sucedió a ti!
–Al contrario, querido Quinto Pompeyo. El otro día tuve carta de él, diciéndome si podía hacer lo necesario para relevarle del mando. Y me pedía concretamente que fueses tú. Ya sabes lo que sucede con los picentínos… La tropa no mira bien a los generales que no son picentinos -dijo Sila, viendo cómo se iluminaba de alegría el rostro del segundo cónsul-. Tu principal cometido será desmovilizarlos, ya que la resistencia en el norte toca a su fin y ya no hay necesidad de mantener un ejército, que, desde luego, Roma no puede seguir pagando. No es una sinecura que te ofrezco, Quinto Pompeyo -añadió Sila, adoptando un aire de gravedad-. Yo sé por qué Pompeyo Estrabón quiere de pronto que le sustituyan: para no ganarse la animadversión de sus tropas al licenciarlas. ¡Así pues, que lo haga otro Pompeyo!
–No tengo inconveniente, Lucio Cornelio -dijo Pompeyo Rufo, cuadrándose de hombros-. Te agradezco la encomienda.
Al día siguiente, el Senado promulgaba un senatus consultum por el que Cneo Pompeyo Estrabón quedaba relevado del mando y lo sustituía Quinto Pompeyo Rufo. Tras lo cual, éste abandonaba Roma sin dilación, sabiendo que ninguno de los condenados había sido aprehendido y contento de no mancharse las manos.
–Tú mismo puedes hacer de correo -dijo Sila, entregándole el decreto del Senado-. Y hazme un favor, Quinto Pompeyo. Antes de dar a Pompeyo Estrabón el documento senatorial, entrégale esta carta mía y dile que la lea antes.
Pompeyo Estrabón se hallaba en aquel momento en Umbría con sus legiones, acampado ante Ariminum, y por ello el segundo cónsul viajó por la Vía Flaminia, la gran carretera que iba hacia el norte, cruzando los Apeninos entre Assissium y Cales. Aunque aún no era invierno, en aquellas alturas hacía mucho frío, por lo que Pompeyo Rufo efectuó el viaje cómodamente instalado en un coche de dos ruedas cerrado y con abundante equipaje cargado en un carro tirado por una mula. Como sabía que iba a un destino militar, sólo llevaba como escolta a sus lictores y un grupo de esclavos propios. La Vía Flaminia era una de las que comunicaban directamente con Roma, así que no tuvo necesidad de detenerse en posadas durante el viaje, pues conocía a muchos romanos que tenían mansiones a lo largo de ella y podían alojarle.
En Assissium, su anfitrión, a quien conocía hacía tiempo, se creyó obligado a excusarse por las condiciones de alojamiento.
–¡Los tiempos han cambiado, Quinto Pompeyo! – dijo con un suspiro-. ¡He tenido que vender muchas cosas! ¡Y por si eso fuera poco, padezco una invasión de ratones!
Así, Quinto Pompeyo Rufo se acostó en una habitación que él recordaba mucho mejor amueblada y menos fría, dado que las contraventanas habían sido arrancadas por un ejército de paso que necesitaba leña. Durante un buen rato, permaneció despierto, escuchando ruidos de roedores y crujidos, pensando en los acontecimientos de Roma y amedrentado por considerar que Lucio Cornelio había ido demasiado lejos. Y algún día le pedirían cuentas; porque eran muchas generaciones de tribunos de la plebe actuando activamente en el Foro para que la plebe aguantara el insulto que el primer cónsul les infligía, derogando sumariamente todas sus leyes. Y serían hombres como él, Quinto Pompeyo Rufo, quienes recibirían los reproches… y las condenas.
Se levantó al amanecer, llenando con su hálito el frío ambiente del cuarto, y buscó su ropa sin dejar de tiritar y con los dientes castañeteándole. Unos calzones para cubrirse desde la cintura a las rodillas, dos túnicas calientes encima y dos tubos de lana sin desengrasar para abrigarse los pies y las piernas hasta las rodillas.
Pero cuando cogió los calcetines y se sentó en el borde de la cama para ponérselos, vio que, durante la noche, los ratones habían devorado del todo la sabrosa punta. Con carne de gallina, los examinó horrorizado a la luz grisácea de la desguarnecida ventana: como supersticioso picentino que era, sabía lo que significaba. Los ratones eran precursores de muerte y los ratones le habían comido los pies. Caería y moriría. Era un presagio.
Su criado le buscó otro par de calcetines y se arrodilló para ponérselos, alarmado por aquel Pompeyo Rufo enmudecido sentado en el borde de la cama. El hombre, que conocía perfectamente el presagio, rezó porque no se cumpliese.
–Domine, no hay por qué preocuparse -dijo.
–Voy a morir -replicó Pompeyo Rufo.
–¡Tonterías! – se apresuró a decir el esclavo, ayudándole a ponerse en pie-. ¡Yo soy griego y sé más que los romanos sobre los dioses de ultratumba! Apolo Smintheus es un dios de vida, luz y curación y tiene por sagrados a los ratones. No, yo creo que es un presagio de que, de vuestra mano, el norte sanará de sus heridas.
–Significa que moriré -replicó Pompeyo Rufo, sin que nadie pudiera sacarle de sus trece.
Tres días después llegaba al campamento de Pompeyo Estrabón, más o menos resignado a su suerte, encontrándose a su primo lejano instalado en una especie de casona rural, en una finca.
–¡Vaya sorpresa! – dijo Pompeyo Estrabón afable, tendiéndole la mano derecha-. ¡Pasa, pasa!
–Traigo dos cartas -dijo Pompeyo Rufo, sentándose en una silla y aceptando el mejor vino que degustaba desde su salida de Roma-. Lucio Cornelio dice que leas primero la suya -añadió, entregándole los dos rollos-. La otra es del Senado.
Se advirtió un cambio en Pompeyo Estrabón ante la simple mención del Senado, pero no dijo nada ni hizo gesto alguno que diera a entender sus sentimientos, y se limitó a romper el sello de la carta de Sila.
Me apena, Cneo Pompeyo, verme obligado por decisión del Senado a enviarte a tu primo Rufo en estas circunstancias. Nadie aprecia mejor que yo los numerosos servicios que has rendido a Roma. Y nadie sabe mejor que yo que puedes rendirle a Roma otro gran servicio de indecible importancia para nuestras carreras.
Nuestro mutuo colega, Quinto Pompeyo, es un hombre muy afectado. Desde la muerte de su hijo -mi yerno y padre de mis dos nietos- nuestro pobre amigo ha experimentado un alarmante decaimiento. Como su presencia en Roma es un grave inconveniente, me he visto obligado a enviarle fuera. Sucede que no se aviene a aprobar las medidas que me he visto obligado -obligado, repito- a adoptar en defensa del mos maiorum.
Como sé, Cneo Pompeyo, que tú apruebas plenamente estas medidas, dado que te he mantenido informado y nos hemos comunicado asiduamente, considero muy sinceramente que Quinto Pompeyo necesita urgentemente un prolongado descanso. Y espero que lo tenga ahí en Umbría a tu lado.
Espero que me perdones por haberle contado a Quinto Pompeyo tus fervientes deseos de ser relevado del mando antes de licenciar a tus tropas. Para él ha sido un desahogo saber que le recibirías con los brazos abiertos.
Pompeyo Estrabón dejó en la mesa la carta de Sila y rompió el sello oficial de la del Senado. No dejó que se reflejara en su rostro la reacción ante lo que iba leyendo. Concluida la lectura, puso el documento en la mesa, miró a Pompeyo Rufo y le dirigió una amplia sonrisa.
–¡Bien, Quinto Pompeyo, cuánto me alegro de que hayas venido! – dijo-. Será un placer quedar relevado del servicio.
Pese a lo que le había dicho Sila, Pompeyo Rufo se esperaba una reacción indignada por parte de Pompeyo Estrabón.
–¿De verdad es lo que decía Lucio Cornelio? ¿No te importa?
–¿Importarme? ¿Por qué iba a importarme? Estoy encantado -contestó Pompeyo Estrabón-. Mi bolsa empieza a resentirse.
–¿Tu bolsa?
–Tengo diez legiones en pie de guerra, Quinto Pompeyo, y pago de mi bolsa más de la mitad.
–¿Ah, sí?
–Roma no puede -contestó Pompeyo Estrabón, levantándose del escritorio-. Ya es hora de desmovilizar a los soldados que no son míos, y es una tarea que no me atrae. A mí me gusta combatir, no escribir cosas. Para empezar, no tengo muy buena vista. Aunque tengo a mi servicio a un cadete que es excelente en eso de escribir. ¡Y le encanta! Supongo que es cosa del carácter -añadió Pompeyo Estrabón, pasando el brazo por los hombros de Pompeyo Rufo-. Bien, voy a presentarte a mi legado y a mis tribunos. Todos han servido conmigo mucho tiempo, así que no hagas caso si les notaras incomodados, porque yo no les he dicho nada.
La sorpresa y decepción que Pompeyo Estrabón no había mostrado era evidente en los rostros de Bruto Damasipo y Gelio Poplicola cuando su general les dio la noticia.
–¡No, no, muchachos, es estupendo! – exclamó Pompeyo Estrabón-. Y a mi hijo le vendrá bien servir bajo el mando de quien no es su padre. Todos nos abandonamos un poco cuando el viento sopla en la misma dirección. Así todo el mundo se desperezará.
Aquella tarde, Pompeyo Estrabón hizo formar el ejército para que el nuevo general pasara revista.
–Sólo hay cuatro legiones de soldados míos -le dijo, mientras le acompañaba recorriendo la formación-. Las otras seis están por ahí, fundamentalmente limpiando y ganduleando. Dos en Camerinum, una en Fanum Fortunae, una en Ancona, una en Iguvium, una en Arretium y otra en Cingulum. Tendrás que viajar bastante para desmovilizarlas. No creo que convenga reunirlas a todas para darles los papeles.
–No me importa viajar -dijo Pompeyo Rufo, que ya se sentía mejor. Quizá su criado tuviera razón y el presagio no era de muerte.
Aquella noche, Pompeyo Estrabón celebró un modesto banquete en su cálido y cómodo caserón. Estaba también su joven y atractivo hijo y otros cadetes, los legados Lucio Junio Bruto Damasipo y Lucio Gelio Poplicola y cuatro tribunos militares de cargo no electo.
–Me alegro de no ser ya cónsul y tener que tratar con esa gente -dijo Pompeyo Estrabón, refiriéndose a los tribunos electos de los soldados-. Me dijeron que se negaron a ir a Roma con Lucio Cornelio. Lo clásico. ¡Serán patanes! Se lo tienen creído.
–¿De verdad que apruebas la marcha sobre Roma? – inquirió Pompeyo Rufo sin acabar de creérselo.
–Desde luego. ¿Qué otra cosa podía hacer Lucio Cornelio?
–Aceptar la decisión del pueblo.
–¿Un revés inconstitucional al imperium del cónsul? ¡Vamos, Quinto Pompeyo! No fue Lucio Cornelio quien actuó ilegalmente, sino la Asamblea plebeya y ese cunnus traidor de Sulpicio. Y Cayo Mario. El viejo gruñón codicioso. Ha pasado su época, pero ni siquiera le queda seso para darse cuenta. ¿Por qué a él se le consiente actuar inconstitucionalmente sin que nadie le diga nada, mientras que al pobre Lucio Cornelio, que defiende la constitución, todos le hacen reproches?
–La Asamblea del pueblo nunca ha querido a Lucio Cornelio, pero ahora menos que nunca.
–¿Y eso le preocupa? – inquirió Pompeyo Estrabón.
–No lo creo. Pero sí que me parece que debería preocuparle.
–¡Tonterías! ¡Anímate, primo! Tú ya has salido del lío. Cuando den con Mario, Sulpicio y el resto, a ti no te reprocharán nada por la ejecución -dijo Pompeyo Estrabón-. Bebe más vino.
A la mañana siguiente, el segundo cónsul decidió recorrer el campamento para ver las instalaciones. Se lo había sugerido Pompeyo Estrabón, quien no quiso acompañarle.
–Mejor será que los soldados te vean a ti solo -dijo.
Aturdido aún por el cálido recibimiento, Pompeyo Rufo fue de un lado para otro, y por doquier fue aclamado con gran afabilidad, tanto por parte de los centuriones como de la tropa. Le preguntaban su opinión sobre esto o lo otro y le mostraban toda clase de deferencias. Sin embargo, fue lo bastante inteligente para no desvelar lo que no le parecía bien hasta que se hubiera marchado Pompeyo Estrabón y él hubiera asumido el mando. Entre las deficiencias que encontró estaba la falta de higiene en las instalaciones sanitarias; los pozos negros y las letrinas estaban muy dejadas y demasiado próximas al pozo de donde se sacaba el agua. Era característico de los hombres de tierra adentro, se dijo Pompeyo Rufo; cuando consideraban que un asentamiento estaba contaminado, recogían los bártulos y se iba a otra parte.
Cuando el segundo cónsul vio un nutrido grupo de soldados que se dirigían hacia él, no sintió miedo ni túvo ninguna premonición, pues llegaban sonrientes, como con ganas de dialogar. Se animó, pensando que quizá sería la ocasión para hablarles de la higiene del campamento. Por eso, mientras le rodeaban les miró no menos sonriente y no sintió la primera espada que le atravesó la cota de cuero, penetró entre dos costillas y se hundió aún más. Siguieron otras espadas a gran velocidad y no tuvo tiempo ni de gritar, ni de pensar en los ratones y los calcetines. Estaba muerto antes de caer al suelo. Los soldados se esfumaron.
–¡Qué desagradable! – exclamó Pompeyo Estrabón a su hijo, incorporándose-. ¡Está muerto, el pobre! Habrá recibido treinta cuchilladas. Y mortales. Debieron ser espadachines selectos.
–Pero ¿quiénes? – inquirió otro cadete, ya que Pompeyo hijo no decía nada.
–Soldados, desde luego -contestó Pompeyo Estrabón-. Me imagino que la tropa no quería el cambio de general. Algo había oído yo por Damasipo, pero no lo había tomado en serio.
–¿Qué vas a hacer, padre? – inquirió el joven Pompeyo.
–Devolverle a Roma.
–¿Y no es ilegal? A las bajas de guerra se les da entierro donde caen.
–Se ha acabado la guerra y es el cónsul -dijo Pompeyo Estrabón-. Creo que el Senado debe ver el cadáver. Cneo, hijo, encárgate tú de ello. Que Damasipo dé escolta al cadáver.
Se hizo con gran repercusión. Pompeyo Estrabón envió un correo para que se convocase una reunión del Senado y luego hizo llegar el cuerpo de Quinto Pompeyo Rufo a las puertas de la Curia Hostilia. No se dieron otras explicaciones más que las expresadas por boca de Damasipo, que fue sencillamente que el ejército de Pompeyo Estrabón se negaba a tener otro comandante que no fuera él. A Cneo Pompeyo Estrabón se le requirió humildemente si, dado que había muerto su designado sucesor, tenía inconveniente en continuar al mando del sector norte.
Sila leyó a solas la carta de Pompeyo Estrabón.
Bien, Lucio Cornelio, ¿no es lamentable? Mucho me temo que no va a saberse quién lo hizo. Y no estoy dispuesto a castigar a cuatro buenas legiones por algo que sólo es obra de treinta o cuarenta hombres. Mis centuriones no tienen ninguna pista. Y tampoco mi hijo, que suele estar muy bien relacionado con la tropa y suele enterarse de todo. Verdaderamente es culpa mía por no haberme dado cuenta del afecto que me tienen mis hombres. Al fin y al cabo, Quinto Pompeyo era picentino y no pensé que les importase lo más mínimo que asumiera el mando.
En fin, espero que el Senado vea la conveniencia de prorrogarme el mando en el norte. Si la tropa no ha querido a un picentino, difícil sería que aceptasen a un extranjero, ¿no crees?
Quiero expresarte mis mejores deseos para lo que proyectes, Lucio Cornelio. Eres un adalid de los buenos tiempos, aunque con un interesante estilo nuevo. Hay mucho que aprender de ti. Te ruego sepas que cuentas con mi más sincero apoyo, y no dudes en hacerme saber si en algo más puedo ayudarte.
Sila se echó a reír y quemó la carta; era una de las pocas buenas noticias que recibía. Que había descontento en Roma por las modificaciones que estaba efectuando en la constitución, lo sabía él más que de sobra, pues la Asamblea plebeya se había reunido para elegir a diez nuevos tribunos de la plebe, y todos los elegidos eran adversarios suyos y partidarios de Sulpicio. Entre ellos estaban Cayo Milonio, Cayo Papirio Carbón Arvina, Publio Magio, Marco Virgilio, Marco Mario Gratidiano (el sobrino adoptivo de Mario) y nada menos que Quinto Sertorio. Cuando Sila supo que Quinto Sertorio se presentaba candidato, le envió recomendación de no hacerlo si estimaba su carrera. Advertencia de la que Sertorio había hecho caso omiso, alegando que ya tanto le daba al Estado que fuese elegido tribuno de la plebe.
Por todos estos indicios adversos, Sila se dio cuenta de que debía asegurarse la elección de magistrados curules muy conservadores; tanto los dos cónsules como los seis pretores habrían de ser decididos partidarios de las leges Corneliae. Los cuestores eran fáciles, por tratarse de senadores readmitidos o jóvenes de familias senatoriales en los que se podía confiar en cuanto a respaldo del poder del Senado. Entre ellos estaba Lucio Licinio Lúculo, que estaba al servicio de Sila.
Desde luego, uno de los candidatos consulares tendría que ser el sobrino de Sila, Lucio Nonio, que había sido pretor dos años atrás, y sí era elegido cónsul, no osaría ofender a su tío. Lo único lamentable era que se trataba de un hombre anodino que hasta entonces no había descollado en nada, y por lo tanto no iba a ser muy del agrado de los electores. Pero su elección como candidato sí iba a complacer a la hermana de Sila, a quien éste casi había olvidado, dado el poco afecto familiar que sentía. Cuando acudía a pasar unos días en Roma, como solía hacer a menudo, él nunca iba a verla. ¡Eso tendría que cambiar! Afortunadamente, Dalmática tenía muchas ganas de hacer lo que fuese y era una esposa hospitalaria y paciente; ella podría cuidar de su hermana y del aburrido Lucio Nonio, en la esperanza de que pronto fuese cónsul.
Los otros candidatos consulares contaban con buena aceptación: el que en otros tiempos había sido legado de Pompeyo Estrabón, Cneo Octavio Ruso, era decidido partidario de Sila y de la tradición; probablemente tendría también órdenes de Pompeyo Estrabón. El segundo candidato prometedor era Publio Servilio Vatia, un Servilio plebeyo pero de una buena familia antigua y muy bien visto entre los de la primera clase. Contaba además con un fantástico historial bélico, lo cual siempre era una buena baza electoral.
No obstante, había un candidato que a Sila le preocupaba enormemente, en particular porque en apariencia, para la primera clase, resultaría el candidato consular idóneo, por ser partidario decidido de los privilegios senatoriales y de reforzar las prerrogativas del Ordo equester, aunque no estuvieran legalizadas. Lucio Cornelio Cinna era un patricio de la misma gens que Sila, estaba casado con una Annia, contaba con un excelente historial militar y tenía buena fama como orador y abogado. Pero Sila sabía que estaba vinculado en cierto modo a Cayo Mario, y seguramente Mario le habría sobornado. Al igual que tantos otros senadores, meses atrás era de dominio público que su situación financiera era precaria, y, sin embargo, cuando se dio la expulsión de senadores por deudas, se vio que Cinna tenía bien cubierto el riñón. Sí, estaría comprado, pensó Sila entristecido. ¡Qué listo era Cayo Mario! Desde luego, aquello estaba relacionado con el hijo de Mario y la acusación de haber asesinado al cónsul Catón. En situación normal, Sila dudaba que Cinna se hubiese avenido al soborno, porque no parecía ser esa clase de hombre, motivo por el cual iba a resultar atractivo para los electores de la primera clase. Pero cuando se pasaban apuros y la ruina amenazaba de tal modo que afectaba a los hijos y al futuro, muchos hombres de principios se dejaban comprar. Sobre todo si el hombre de principios considera que ello no significa renunciar a sus principios.
Por si las elecciones curules no hubieran sido suficiente motivo de preocupación, Sila se daba cuenta de que su ejército estaba cansado de ocupar Roma. Los soldados querían ir a Oriente a combatir contra Mitrídates, y, lógicamente, no acababan de entender los motivos por los que su general los tenía en Roma sin hacer nada. Además comenzaba a notar un aumento del rechazo a su permanencia en Roma por parte de los romanos; no es que hubiese disminuido el número de comidas, de camas y de mujeres, sino más bien que los romanos que no habían aprobado su presencia, ahora se enValentonaban y se dedicaban a vaciar por la ventana los orinales sobre la cabeza de la desventurada tropa.
Si Sila hubiese estado dispuesto a sobornar sin reparos, se habría asegurado el triunfo en las elecciones curules, pues existía el ambiente adecuado para el soborno. Pero Sila no estaba dispuesto a compartir con nadie su pequeña reserva de oro. Que Pompeyo Estrabón pagase las legiones de su bolsa, si le placía, y que Cayo Mario dijese que él estaba dispuesto a hacer lo propio; Lucio Cornelio Sila consideraba que era deber de Roma pagar las facturas. Si Pompeyo Rufo no hubiese muerto, Sila habría podido obtener el dinero del acaudalado picentino, pero no lo había pensado antes de enviarle camino de la muerte.
Mis planes son buenos, pero la ejecución es difícil, pensaba. Esta maldita ciudad está demasiado llena de personas con opinión propia, todas decididas a salirse con la suya. ¿Por qué no comprenden lo lógicos y adecuados que son mis planes? ¿Cómo puede un hombre acaparar suficiente poder para que sus planes no se frustren? ¡Los hombres con ideales y principios son la ruina del mundo!
Y así, hacia mediados de diciembre, hizo que su ejército regresase a Capua al mando del fiel Lúculo, que ya era oficialmente su cuestor. Una vez hecho esto, puso sus reparos y esperanzas en manos de la Fortuna y celebró las elecciones.
Aunque estaba convencido de no haber subestimado la fuerza del resentimiento que había alimentado en todos los estratos de la sociedad romana, lo cierto era que no había llegado al fondo de la animadversión. Nadie decía una palabra ni le miraba de través, pero, bajo las apariencias, ningún romano le perdonaba que hubiese entrado con el ejército en la ciudad, ni que ese ejército le hubiese mostrado fidelidad a él antes que a Roma.
Y ese resentimiento callado iba desde las esferas más altas hasta las clases más humildes. Incluso hombres tan estrechamente ligados a él y a la supremacía del Senado como los hermanos César y los hermanos Escipión Nasica, deseaban desesperadamente que Sila hubiese sido capaz de vislumbrar otro medio para solventar el dilema del Senado en lugar de traer al ejército. Y por debajo de la primera clase había dos enconadas úlceras en el sentimiento de la gente: que se hubiese condenado a muerte a un tribuno de la plebe en funciones y que el viejo e impedido Cayo Mario se hubiera visto obligado a abandonar casa, familia y situación al ser condenado a la pena capital.
Parte de este rencor larvado se hizo evidente al asumir el cargo los nuevos magistrados curules. Cneo Octavio Ruso era el primer cónsul, pero el segundo cónsul resultó ser Lucio Cornelio Cinna. Los pretores eran un grupo aparte, con ninguno de los cuales podía contar Sila.
Pero fue la elección de los tribunos de los soldados en la Asamblea de todo el pueblo lo que más inquietó a Sila. Eran todos unos desaprensivos y entre ellos había despiadados como Cayo Flavio Fimbria, Publio Annio y Cayo Marcio Censorino; gente capaz de tratar sin miramientos a los generales, pensó Sila, ¿qué general con esa canalla en sus legiones se atrevería a marchar sobre Roma? Le matarían con menos escrúpulos que el joven Mario al cónsul Catón. ¡Cuánto me alegro de haber concluido mi consulado y no tenerlos en mis legiones, porque todos ellos son un Saturnino en potencia!, pensó.
A pesar de los adversos resultados electorales, Sila no se sentía descontento del todo aquel final de año. Cuando menos, el retraso había permitido que sus agentes en la provincia de Asia, Bitinia y Grecia tuviesen tiempo de hacerse una idea de la situación real. Decididamente, lo más importante era marchar a Grecia y preocuparse después de Asia Menor. No disponía de tropas para intentar un ataque de flanco, y tendría que recurrir a una denodada campaña para expulsar a Mitrídates de Grecia y Macedonia. La invasión póntica de Macedonia no había sido tan fácil como estaba previsto; Cayo Sentio y Quinto Bruto Sura habían demostrado una vez más que la potencia no bastaba cuando el enemigo era romano. Sí, habían logrado grandes hazañas con sus modestos ejércitos, pero lo más probable era que no pudiesen aguantar.
Lo que más le urgía, por consiguiente, era salir con sus tropas de Italia. Sólo derrotando a Mitrídates y saqueando Oriente lograría heredar la fama incomparable de Cayo Mario. Sólo trayendo a Roma el oro de Mitrídates podría sacarla de la crisis. Sólo realizando estas empresas le perdonaría Roma haber marchado sobre ella. Y sólo entonces le perdonaría la plebe por haber convertido su apreciada Asamblea en algo más apto para jugar a los dados y estar mano sobre mano.
En su último día de cónsul, Sila convocó una reunión especial del Senado y habló con particular franqueza, porque confiaba profundamente en sí mismo y en las medidas adoptadas.
–Si no fuera por mí, padres conscriptos, no existiríais. Puedo decirlo y lo digo. Si las leyes de Publio Sulpicio hubiesen permanecido inscritas en las tablillas, la plebe, ¡no ya el pueblo!, gobernaría ahora en Roma sin control alguno. El Senado sería otra reliquia con senadores insuficientes para alcanzar consenso. No se podrían dirigir recomendaciones a la plebe ni al pueblo, ni adoptar decisiones en asuntos que nosotros consideramos de estricta competencia senatorial. Así que, antes de que comencéis a llorar y gimotear respecto a la suerte de la plebe y del pueblo, antes de que comencéis a compadecer desaforadamente a la plebe y al pueblo, os sugiero que recordéis que este augusto organismo no existiría de no ser por mí.
–¡Cierto, cierto! – exclamó Catulo César, muy complacido porque su hijo, uno de los senadores nuevos y relativamente jóvenes, había podido licenciarse y ahora ocupaba una silla en la Cámara.
–Recordad también -continuó Sila-, que si queréis conservar el derecho a orientar y equilibrar el gobierno de Roma, debéis respaldar mis leyes. ¡Antes de soliviantaros, pensad en Roma! Por el bien de Roma, debe haber paz en Italia. Por el bien de Roma, debéis hacer un ingente esfuerzo para encontrar la solución a los apuros financieros y devolver la prosperidad a Roma. No podemos concedemos el lujo de dejar que los tribunos de la plebe se subleven. ¡La situación que yo he establecido debe mantenerse! Sólo así se recobrará Roma. ¡No pueden consentirse las necedades de un Sulpicio!
–Mañana -añadió, mirando directamente a los cónsules electos-, Cneo Octavio y Lucio Cinna, nos relevaréis en el cargo a mí y a mi difunto colega Quinto Pompeyo. Yo me convertiré en varón consular. Cneo Octavio, ¿me das tu palabra solemne de que respetarás mis leyes?
–Lo haré, Lucio Comelio -contestó Octavio sin vacilar-. Tienes mi palabra.
–Lucio Cornelio, de la rama con el sobrenombre Cinna, ¿me das tu palabra de que respetarás mis leyes?
Cinna se le quedó mirando impertérrito.
–Eso depende, Lucio Cornelío, de la rama con el sobrenombre Sila. Respetaré tus leyes si se demuestra que son un buen instrumento de gobierno. En este momento no estoy muy seguro. La maquinaria es muy anacrónica, muy poco satisfactoria, y los derechos de gran parte de la sociedad rornana han sido… anulados; no encuentro otra palabra mejor. Lamento profundamente importunarte, pero tal como están las cosas debo mantener mi promesa.
En el rostro de Sila sobrevino un cambio increíble. Como había sucedido con algunas personas últimamente, ahora el Senado tenía la oportunidad de ver aquel ser infernal interno que anidaba en Sila, y, del mismo modo que aquellas personas, los senadores no olvidarían semejante metamorfosis, que aun en años sucesivos recordarían estremecidos.
Antes de que Sila pudiese abrir la boca para contestar, intervino Escévola, pontífice máximo.
–¡No te obstines, Lucio Cirma! – exclamó, recordando que en su primera visión del monstruo que ocultaba Sila, éste había marchado sobre Roma-. ¡Te lo suplico, promételo al cónsul!
En éstas se oyó la voz de Antonio Orator:
–Si ésa es la actitud que piensas adoptar, Cinna, te aconsejo que te guardes las espaldas. El cónsul Lucio Catón no lo hizo, y murió.
Se oían murmullos en la Cámara entre los senadores nuevos y los antiguos, y casi todo eran comentarios de irritación y temor por la actitud de Cinna. ¿Por qué esos consulares no podían prescindir de su ambición y ceder en su actitud? ¿Es que no veían cuán desesperadamente necesitaba Roma paz y estabilidad interna?
–¡Orden! – dijo Sila una sola vez y sin alzar mucho la voz, pero como mantenía aquella feroz mirada, se hizo el silencio inmediatamente.
–Primer cónsul, ¿puedo hablar? – inquirió Catulo César, que estaba recordando que la primera vez que había visto aquella transformación en Sila se había producido la retirada de Tridentum.
–Habla, Quinto Lutacio.
–En primer lugar, quiero hacer un comentario sobre Lucio Cinna -dijo Catulo César, impasible-. Creo que debe andarse con cuidado. Deploro su elección para un cargo para el cual no creo que tenga méritos. Lucio Cinna tendrá un magnífico historial militar, pero sus nociones políticas y sus ideas respecto a cómo debe gobernarse Roma son mínimas. Cuando era pretor urbano no se adoptaron ninguna de las medidas necesarias; los dos cónsules estaban en el campo de batalla, y, sin embargo, Lucio Cinna, ¡que virtualmente tenía el gobierno de Roma!, no hizo nada por evitar las terribles estrecheces económicas. Si él hubiese emprendido algo, Roma estaría mejor ahora. Pues bien, ahí tenemos a Lucio Cinna, ahora cónsul electo, negándose a dar a un hombre mucho más inteligente Y capaz una promesa que se le pide con auténtico espíritu de gobernación senatorial.
–No has dicho nada que me haga cambiar de idea, Quinto Lutacio Servilis -replicó ásperamente Cinna, motejando de servil a Catulo César.
–Ya me doy cuenta -contestó Catulo César, más altanero que nunca-. ¡En realidad, en mi modesta opinión, no hay nada que ninguno de nosotros podamos decir para que cambies de idea! ¡Porque tu mente se ha cerrado con la misma rapidez que tu bolsa en cuanto Cayo Mario te la llenó para lavar la reputación de su hijo homicida!
Cinna se ruborizó; era un defecto que detestaba y que siempre le traicionaba.
–No obstante, padres conscriptos, hay un medio por el que podemos asegurarnos de que Lucio Cinna respeta las medidas tan cuidadosamente adoptadas por nuestro primer cónsul -prosiguió Catulo César-. Sugiero que se requiera un juramento solemne y vinculante a Cneo Octavio y a Lucio Cinna para que respeten nuestro actual sistema de gobierno, tal como está inscrito en las tablillas por Lucio Sila.
–Estoy de acuerdo -dijo Escévola, pontífice máximo.
–Y yo -dijo Flaco, príncipe del Senado.
–Y yo -dijo Antonio Orator.
–Y yo -dijo Lucio César el Censor.
–Y yo -dijo Craso el Censor.
–Y yo -dijo Quinto Ancario.
–Y yo -dijo Publio Servilio Vatia.
–Y yo -dijo Lucio Cornelio Sila, volviéndose hacia Escévola-. Sumo sacerdote, ¿quieres tomar juramento a los cónsules electos?
–Así lo haré.
–Y yo lo prestaré -terció Cinna-, si la Cámara lo vota por clara mayoría.
–Pongámoslo a votación -se apresuró a decir Sila-. Los que estén a favor del juramento, que se sitúen a mi derecha. Los que no lo estén, que se pongan a mi izquierda.
Sólo unos cuantos senadores se colocaron a la izquierda de Sila, pero el primero en hacerlo fue Quinto Sertorio, irradiando disgusto por todos los poros de su musculosa anatomía.
–La Cámara ha votado, mostrando definitivamente su parecer -dijo Sila, ya sin la feroz expresión en el rostro-. Quinto Mucio, tú eres el sumo pontífice. ¿Cómo debe prestarse el juramento?
–Legalmente -se apresuró a decir Escévola-. En primer lugar, todo el Senado debe acudir al templo de Júpiter Optimus Maximus y allí el flamen dialis y yo haremos el sacrificio al Gran Dios de un cordero de dos años, que oficiaremos ayudados por los sacerdotes de los Dos Dientes.
–¡Estupendo! – dijo Sertorio en voz alta-. ¡Seguro que cuando lleguemos a lo alto del Capitolio todos los oficiantes y animales necesarios están dispuestos!
Escévola continuó como si nadie hubiese dicho nada.
–Después del sacrificio, encargaré a Lucio Domicio, hijo del finado sumo pontífice y que nada tiene que ver con esto, que lea los auspicios en el hígado de la víctima. Si los presagios son propicios, conduciré al Senado al templo de Semo Sancus Dius Fidius, dios de la buena fe divina, y a cielo abierto, como es preceptivo para los que prestan juramento, requeriré a los cónsules electos respetar las leges Corneliae.
–Pues hagámoslo cuanto antes, pontífice máximo -dijo Sila, levantándose de la silla curul.
Los presagios fueron propicios, y aún lo fueron más cuando en el trayecto desde el Capitolio al templo de Semo Sancus Dius Fidius, el Senado en pleno vio un águila volando de izquierda a derecha sobre la puerta Sanqualis.
Pero Cinna no tenía intención de quedar atado por un juramento a las leyes de Sila y conocía el modo de que su juramento fuese nulo. Mientras los senadores ascendían la cuesta del Capitolio camino del templo del Gran Dios, él se quedó rezagado con Quinto Sertorio y, sin que nadie le viese hablarle -y menos aún oír lo que decía-, le pidió que le buscase cierta piedra. Luego, cuando los senadores iban de un templo a otro, Sertorio metió la piedra entre los pliegues de la toga de Cinna sin que nadie lo advirtiese. No era difícil situarla en un lugar donde poder agarrarla con los dedos de la mano izquierda, pues era una piedra pequeña, ovalada y lisa.
Desde muy pequeño, como todos los niños romanos, sabía que tenía que salir al aire libre para efectuar aquellos ingeniosos juramentos que tanto gustaban a los chiquillos: juramentos de amistad y enemistad, de temor, de odio, de audacia y de engaño. Pues del juramento tenían que ser testigos los dioses del cielo, pues si no lo eran, el juramento no valía ni obligaba. Como todos sus compañeros de juegos, Cinna había cumplido el ritual con toda seriedad, pero en cierta ocasión conoció a un chico -el hijo del caballero Sexto Perquitieno- que se había criado en aquella horrible casa y había anulado todos los juramentos prestados. Los dos tenían casi la misma edad, aunque el hijo de Sexto Perquitieno no se juntaba con los hijos de los senadores. Había sido un encuentro casual y en él se había efectuado un juramento.
–Lo único que hay que hacer -le había dicho el hijo de Sexto Perquitieno- es juntar los huesos de la madre tierra. Y para ello agarras una piedra en la mano mientras juras. Tienes que ponerte bajo la protección de los dioses de ultratumba, porque la ultratumba está hecha de los huesos de la madre tierra. Piedra, Lucio Cornelio. ¡La piedra es hueso!
Así, cuando Lucio Cornelio Cinna juró respetar las leyes de Sila, lo hizo agarrando con fuerza la piedra en la mano izquierda. Una vez prestado, se agachó ágilmente al suelo -que al ser un templo descubierto se hallaba lleno de hojas, grava, piedras y hierbas- y fingió coger la piedra.
–¡Y si no cumplo el juramento -dijo con voz clara y estentórea-, que me arrojen de la roca Tarpeya lo mismo que yo arrojo esta piedra!
La piedra voló por los aires, chocó contra la pared desconchada y cayó en el seno de la madre tierra. Nadie pareció captar el significado de su acción y Cinna respiró tranquilo. Era evidente que los senadores romanos nada sabían del secreto del hijo de Sexto Perquitieno. Cuando le reprocharan no cumplir el juramento, explicaría por qué no estaba obligado. Todo el Senado le había visto arrojar la piedra: mejor testigo no podía tener. Era un recurso irrepetible, ¡pero qué bien le habría venido a Metelo el Meneítos de haberlo conocido!
Aunque asistió a la ceremonia de toma de posesión de los nuevos cónsules, Sila no se quedó para celebrarlo, dando como excusa que tenía que hacer los preparativos para salir de Capua al día siguiente. No obstante, sí asistió a la primera reuníón oficial del Senado el día de año nuevo en el templo de Júpiter Optimus Maximus, y allí pudo escuchar el breve y amenazador discurso de Cinna.
–Voy a honrar el cargo, no a deshonrarlo -dijo Cinna-. Si alguna reserva tengo, es la de ver al cónsul saliente tomar el mando de un ejército que habría debido mandar Cayo Mario. Aun dejando a un lado la ilegal acusación y condena de Cayo Mario, sigo pensando que el cónsul saliente debería permanecer en Roma para responder de acusaciones.
¿Acusaciones de qué? Nadie lo sabía, aunque la mayoría de los senadores suponían que eran acusaciones de traición y en base al hecho de que Sila había dirigido su ejército contra Roma. Sila lanzó un suspiro y se resignó a lo inevitable. Él, que era un hombre sin escrúpulos, sabía que, de haber prestado juramento, también lo habría incumplido en caso necesario. ¡Ah, Cinna, no había pensado que fuese de semejante fuste! Y ahora veía que sí. ¡Qué fastidio!
Al salir del Capitolio se dirigió a casa de Aurelia en el Subura, reflexionando por el camino la mejor manera de habérselas con Cinna. Cuando llegó a la insula de Aurelia ya tenía la solución, y cruzó con una amplia sonrisa la puerta que le franqueaba Eutico.
Sonrisa que se desvaneció al ver la cara de Aurelia; una cara seria que no irradiaba afecto.
–No me digas que tú también… -dijo, tomando asiento.
–Yo también -contestó Aurelia, sentándose frente a él-. No deberías estar aquí, Lucio Cornelio.
–Bah, no corro ningún peligro -replicó tranquilo-. Cayo Julio estaba cómodamente instalado en un rincón, disfrutando de la fiesta cuando yo salí.
–Ni te preocuparía si entrase en este preciso momento -dijo ella-. Bien, mejor será que haya alguien presente, por mi reputación, ya que a ti te da igual. ¡Por favor, Lucio Decúmio, ven con nosotros! – añadió, alzando la voz.
El hombrecillo salió del despacho con cara de pedernal.
–¡Oh, no! – exclamó Sila asqueado-. ¡De no haber sido por gentes como tú, Lucio Decumio, no habría tenido que traer el ejército a Roma! ¿Cómo has podido creer ese disparate de que Cayo Mario estaba bien? Ese hombre no puede conducir un ejército ni siquiera a Ve¡¡, y menos a la provincia de Asia.
–Cayo Mario está curado -replicó Lucio Decumio, retador pero a la defensiva. Sila no era sólo el amigo de Aurelia que no le gustaba, era también una persona que le daba miedo. Había muchas cosas de Sila que él sabía y Aurelia no; pero cuantas más descubría, menos ganas sentía de contárselas a nadie. Los que somos iguales nos reconocemos, se había dicho mil veces, perjurando que aquel Sila era tan vil como él. Sólo que él tiene más oportunidades de hacer grandes villanías. Y me consta que las hace.
–¡De eso no hay que echarle la culpa a Lucio Decumio, sino a ti! – terció Aurelia, tajante.
–¡Tonterías! – replicó Sila-. ¡Yo no inicié los acontecimientos! Estaba totalmente ocupado en mis asuntos en Capua preparándome para ir a Grecia. La culpa la tienen los necios como Lucio Decumio que se entrometen en asuntos que no entienden, creyéndose bobamente que sus héroes están hechos de un metal superior al resto de los mortales. Tu amigo reclutó una buena panda de matones para Sulpicio para alborotar en el Foro y dejar viuda a mi hija… y reunió bandas más numerosas todavía cuando yo entré en el foro Esquilino con ánimo totalmente pacífico. ¡Yo no inicié los disturbios, pero se me echa la culpa!
–¡Yo creo en el pueblo! – replicó Lucio Decumio, ya francamente enojado y con aire agresivo.
–¿No ves? ¡Ya estás diciendo tonterías tan vacuas como la mente de la cuarta clase! – replicó Sila con sorna-. ¡Yo también creo en el pueblo! ¡Más te valdría creer en tus superiores!
–¡Por favor, Lucio Cornelio! – terció Aurelia, con el corazón en un puño y temblándole las piernas-. ¡Si eres un superior de Lucio Decumio, pórtate como tal!
–¡Eso! – exclamó Lucio Decumio, creciéndose porque su querida Aurelia tomaba su defensa, y con ánimo de quedar como un valiente ante ella. Pero Sila no era Mario, y su instinto le avisaba del peligro de aquellas garras ocultas e implacables. Pero se arriesgó; por Aurelia-. ¡Si no os andáis con cuidado, importante varón consular, acabaréis con un puñal en la espalda!
Los claros ojos de Sila se quedaron petrificados y sus labios descubrieron aquellos feroces dientes; se levantó del asiento rodeado de un aura amenazadora casi tangible y avanzó hacia Lucio Decumio.
El suburano retrocedió, no por cobardía, sino más bien por una especie de superstición por entrar en contacto con algo tan misterioso como temible.
–Podría aplastarte igual que un elefante aplasta a un perro -dijo Sila risueño-. Si no lo hago es por respeto a la señora. Ya que ella te aprecia y tú la sirves. ¡Habrás apuñalado a muchos hombres, Lucio Decumio, pero conmigo no te hagas ilusiones! Ni en sueños. Mantente apartado de mí y conténtate con tu terreno. ¡Ahora, lárgate!
–Vete, Lucio Decumio -dijo Aurelia-. ¡Te lo ruego!
–¡Si se pone así, no me voy!
–Prefiero estar sola; vete, por favor.
Lucio Decumio obedeció.
–No había necesidad de ser tan duro con él -dijo Aurelia frunciendo la nariz-. Él no sabe tratarte y, dentro de lo que es, siente lealtad por Cayo Mario, a causa de mi hijo.
Sila permanecía sentado en el borde de la camilla sin saber si quedarse o irse.
–No te enfades conmigo, Aurelia. Si te enfadas, yo también lo haré. De acuerdo, no merece la pena. Pero lo mismo sucede con Cayo Mario, y él ha ayudado al gran hombre a ponerme en una situación desagradable, que yo no busqué y que no merezco.
–Sí -replicó ella con un profundo suspiro-, comprendo lo que sientes. Y estás en tu derecho -añadió, asintiendo rítmicamente con la cabeza-. Lo sé, lo sé. Sé que has hecho todo lo posible por arreglar las cosas legal y pacíficamente. Pero no le eches la culpa a Cayo Mario. El responsable fue Publio Sulpicio.
–Eso es muy rebuscado -respondió Sila, ya más calmado-. Eres hija de un cónsul y esposa de un pretor, Aurelia. Y sabes mejor que nadie que Sulpicio no habría podido iniciar su programa legislativo si no le hubiese apoyado alguien de muchísima mayor influencia que la que él tenía: Cayo Mario.
–¿Tenía? – se apresuró a inquirir Aurelia, con los ojos muy abiertos.
–Sulpicio ha muerto. Le apresaron hace dos días.
–¿Y Cayo Mario…? – preguntó ella, llevándose las manos a la boca.
–¡Ah, Cayo Mario, Cayo Mario, siempre Cayo Mario! ¿Matar al héroe del pueblo? ¡No soy tan imbécil! Espero haberle dado un buen susto que le mantenga alejado de Italia hasta que yo emprenda viaje. Y no sólo por mi propio bien, Aurelia. Por el bien de Roma. ¡No se le puede confiar la guerra contra Mitrídates! – añadió, gesticulando en la camilla como un abogado que trata de convencer a un jurado hostil-. Aurelia, te habrás dado cuenta que desde que volvió a reintegrarse a la vida pública, hace exactamente un año, no ha hecho más que tratarse con gente a la que en otros tiempos no habría dicho ni ave. Todos nos Valemos de lamentables peones, y todos nos vemos obligados a aguantar a gente que merecería que se le escupiera a la cara. Pero desde su segundo infarto, Cayo Mario ha recurrido a trucos y artimañas que en los buenos tiempos le habrían repugnado. Yo sé cómo soy y lo que soy capaz de hacer. Y no te miento si te digo que soy mucho más falso y falto de escrúpulos que Cayo Mario. Y no sólo por la vida que he llevado, sino por la clase de hombre que soy. ¡Pero él nunca había sido así! ¿Mario utilizando a gente como Lucio Decumio para deshacerse de un cadete que acusaba a su querido hijo de asesinato? ¿Mario utilizando a gente como Lucio Decumio para reunir matones y escoria? ¡Piénsalo, Aurelia, piénsalo! Ese segundo infarto le ha afectado el cerebro.
–No deberías haber marchado sobre Roma -replicó ella.
–¿Y qué opción me quedaba? ¿Quieres decírmelo? ¡Si hubiera habido otra solución la habría aplicado! ¿O es que pretendes que debía quedarme sentado en Capua hasta que Roma se hubiese encontrado con una nueva guerra civil de Mario contra Sila?
–¡No habrían llegado tan lejos las cosas! – replicó Aurelia, empalideciendo.
–¡Sí, había otra alternativa! ¡Someterme humildemente a ese anciano maniático y demente tribuno de la plebe! ¡Consentir que Cayo Mario me hiciera lo que le hizo a Metelo Numídico, utilizando a la plebe para arrebatarme el mando legal! ¡Pero cuando él se lo hizo a Metelo Numídico, éste ya no era cónsul! ¡Yo era cónsul, Aurelia! Y nadie le quita el mando a un cónsul en el desempeño de sus funciones. ¡Nadie!
–Sí, te comprendo -dijo ella, recobrando el color y con los ojos llenos de lágrimas-. Pero nunca te perdonarán, Lucio Cornelio, que hayas entrado con el ejército en Roma.
–¡Oh, por todos los dioses, no llores! – gruñó él-. ¡Nunca te he visto llorar! ¡Ni siquiera en el entierro de mi hijo! ¡Si fuiste incapaz de llorar por él, no puedes llorar por Roma!
Ella agachó la cabeza y las lágrimas no rodaron por sus mejillas sino que le cayeron en el regazo y la luz hizo brillar sus pestañas húmedas.
–Cuando mi pena es muy profunda no puedo llorar -añadió, limpiándose la nariz con el dorso de la mano.
–No lo creo -replicó él, con un nudo en la garganta.
–No lloro por Roma -dijo ella, levantando la cabeza, y ahora sí las lágrimas rodaron por sus mejillas-. Lloro por ti -añadió con voz ronca, sonándose otra vez.
El se levantó, le dio el pañuelo y permaneció detrás de su silla, apretándole un hombro. Mejor no verle la cara.
–Te querré siempre por eso que has dicho -dijo él, poniéndole la otra mano en los ojos para empaparla en lágrimas, que luego lamió-. Es la Fortuna -añadió-. He tenido el peor consulado posible; del mismo modo que he tenido la peor vida posible. Pero no soy de los que se rinden ni de los que se amilanan ante las dificultades. Hay mucho que ganar, pero la raza no acabará hasta que yo muera. – Le dio otro apretón en el hombro-. He absorbido tus lágrimas. En cierta ocasión arrojé un monóculo de esmeralda a una cloaca porque para mí no tenía valor; pero nunca perderé tus lágrimas.
La soltó y salió de la casa. Caminaba ufano y animoso. Todas las lágrimas que otras mujeres habían vertido por él eran lágrimas egoístas derramadas por su corazón de enamoradas. No por el suyo. Y Aurelia, que nunca lloraba, lo había hecho por él.
Quizá otro se hubiese ablandado y reconsiderado las cosas, pero no Sila. Al llegar a su casa tras el largo paseo, la exaltación interna se había desvanecido; cenó muy complacido con Dalmática, la tomó de la mano, le hizo el amor y durmió sus habituales diez horas sin soñar, o sin recordar lo que había soñado. Se despertó una hora antes del amanecer y se levantó sin despertarla, comió en su despacho un poco de pan recién hecho con queso y, mientras lo hacía, estuvo mirando distraídamente una caja del tamaño de uno de los templetes de sus antepasados. Estaba en una esquina de la mesa y contenía la cabeza de Publio Sulpicio Rufo.
El resto de los condenados había huido, y sólo Sila y unos cuantos íntimos sabían que no se habían adoptado todas las medidas pertinentes para aprehenderlos. Pero Sulpicio tenía que caer, y arrestarle a él sí que era imprescindible.
Lo de la barca cruzando el Tíber había sido una añagaza, porque aguas abajo Sulpicio había vuelto a cruzarlo, pero, en lugar de ir a Ostia, se había dirigido al pequeño puerto de Laurentum, unas millas más abajo. Allí había intentado tomar un barco y, traicionado por un criado, habían dado con él. Los secuaces de Sila lo mataron sin contemplaciones, y conociéndole de sobra para reclamar dinero sin darle pruebas, decapitaron a Sulpicio, metieron la cabeza en una caja impermeable y se la habían enviado a Sila a su casa. Y allí les pagó. Ahora tenía la cabeza de su adversario, separada del cuerpo dos días antes.
El segundo día de enero, antes de salir de Roma, Sila convocó a Cinna al Foro. Allí, en el muro de los rostra, en una larga lanza, estaba clavada la cabeza de Sulpicio. Sila se apresuró a coger a Cinna del brazo.
–Míralo bien -dijo-. Y no olvides lo que ves; recuerda la expresión de su rostro. Dicen que cuando decapitan a una persona, los ojos conservan la vista. Si nunca lo habías creído, ahora te lo creerás. Ahí tienes a uno que vio su cabeza rodar por el polvo. Recuérdalo bien, Lucio Cinna. No pienso morir en Oriente. Lo cual quiere decir que regresaré a Roma. Si entorpeces mis medidas para la salvación de Roma, verás tu cabeza rodar por el polvo.
Su respuesta fue una mirada de desdén e indignación, pero bien podía Cinna haberse ahorrado el esfuerzo, porque nada más decirle aquellas frases Sila arreó a la mula y se alejó trotando del Foro sin volver la vista atrás, y con el rostro oculto por el amplio sombrero. En modo alguno con la imagen del general victorioso; más bien una especie de Némesis para Cinna.
Finalmente se volvió a mirar la cabeza de ojos muy abiertos y mandíbula desencajada. Apenas amanecía; si la quitaban ahora nadie la vería.
–No -dijo Cinna con fuerte voz-, dejadla. Que toda Roma vea hasta dónde está dispuesto a llegar el que invadió la ciudad.
En Capua, Sila se encerró con Lúculo para dar un repaso a toda la logística del traslado de la tropa a Brundisium. Su primitiva intención había sido zarpar de Tarentum, pero resultaba inviable por falta de barcos de transporte. Tenían que hacerlo desde Brundisium.
–Zarparás tú primero, con toda la caballería y dos de las cinco legiones -dijo Sila-. Yo iré detrás con las otras tres. Pero no me esperes en la otra orilla del Jónico; en cuanto desembarques en Elatria o Buchetium, ponte en marcha hacia Dodona. Saquea todos los templos de Epiro y Acarnania; no reunirás una gran fortuna, pero imagino que no estará mal. Lástima que los escordiscos hayan saqueado hace poco Dodona. De todos modos, no olvides que los sacerdotes griegos y del Epiro son astutos, Lucio Licinio. Y es muy posible que en Dodona se las arreglasen para esconder gran parte del tesoro a los bárbaros.
–A mí no me esconderán nada -dijo Lúculo sonriente.
–¡Estupendo! Marcha por tierra hacia Delfos y haz lo que sea preciso. Hasta que me una a ti, eres dueño del frente.
–¿Y tú, Lucio Cornelio? – inquirió Lúculo.
–Tendré que aguardar en Brundisium a que vuelvan los barcos, pero antes tendré que esperar aquí en Capua hasta tener la seguridad de que todo sigue bien en Roma. No confío en Cinna ni en Sertorio.
Como los tres mil caballos y las mil mulas no eran un rebaño muy del agrado de los habitantes de las afueras de Capua, Lúculo marchó hacia Brundisium a mediados de enero, pese a que ya faltaba poco para el invierno y tanto Lúculo como Sila dudaban de que pudieran zarpar antes de marzo o abril. Pese a la imperiosa necesidad de abandonar Capua, Sila seguía sin decidirse. Los informes de Roma no eran muy halagüeños. Primero supo que el tribuno de la plebe Marco Virgilio había pronunciado un discurso extraordinario en los rostra ante la multitud que llenaba el Foro, evitando infringir las leyes de Sila diciendo que no era una asamblea. Virgilio había propuesto que Sila -que ya no era cónsul- fuese despojado de su imperium y llevado a Roma, por la fuerza si era preciso, para responder de los cargos de traición, del asesinato de Sulpicio y de la ilegal proscripción de Cayo Mario y otros dieciocho que habían huido.
No sucedió nada después del discurso, pero Sila se enteró de que Cinna estaba presionando activamente a muchos de los senadores sin derecho a la palabra, solicitando su apoyo, cuando Virgilio y otro tribuno de la plebe, Publio Magio, presentaron una moción al Senado recomendando a la asamblea centuriada que despojasen a Sila del imperium y le hicieran responder de las acusaciones de traición y homicidio. La Cámara se resistió con firmeza a semejante maniobra, pero Sila sabía que aquello no presagiaba nada bueno. Todos sabían que seguía en Capua con tres legiones y era evidente que, pensando que no osaría marchar una segunda vez sobre Roma, se creían capaces de desafiarle impunemente.
A finales de enero recibió carta de su hija Cornelia Sila.
Padre, mi situación es desesperada. Habiendo muerto mi esposo y mi suegro, el nuevo paterfamilias, mi cuñado, que ahora se llama Quinto, se porta conmigo de forma abominable. Tiene una esposa que me hace la vida imposible. Cuando vivían mi esposo y mi suegro, no me causaban contrariedad, pero ahora el nuevo Quinto y su horrenda esposa viven conmigo y con mi suegra. Por derecho, la casa es de mi hijo, pero ellos parecen haberlo olvidado. Mi suegra, supongo que como es natural, se ha puesto de parte de su hijo y a todos les ha dado por echarte la culpa de la situación de Roma y de sus propios problemas. Y hasta dicen que enviaste deliberadamente a mi suegro a la muerte en Umbría. Como consecuencia de esto, mis hijos y yo estamos sin criados, nos dan de comer lo mismo que a la servidumbre y nos lo escatiman todo. Cuando me quejo, me dicen que jurídicamente dependo de ti. ¡Como si no hubiese dado a mi difunto esposo un hijo que es el heredero de la mayor parte de la fortuna de su abuelo! Esto es también causa de resentimiento. Dalmática me ha suplicado que me vaya a vivir con ella, pero considero que no debo hacerlo sin tu consentimiento.
Padre, lo que te pediría en lugar de que me permitas vivir en tu casa (si tus problemas te dan tiempo para pensar en mí) es que me busques otro esposo. Aún me quedan siete meses de luto; y si me lo permites los pasaría en tu casa en compañía de tu esposa. Pero no quiero abusar de Dalmática más tiempo y quiero tener mi propia casa.
Yo no soy como Aurelia y no quiero ganarme la vida. Tampoco me gusta la clase de vida que lleva Elia, aguantando el despotismo de Marcia. Por favor, padre, si me encuentras un marido te lo agradeceré enormemente. Es preferible casarse con el peor de los hombres que ir a vivir a la casa de otra mujer. Te lo digo tal como lo siento.
Por otra parte, estoy bastante bien, aunque me he acatarrado por el frío que hace en mi cuarto. Y los niños también. Me doy cuenta de que en esta casa no lamentarían gran cosa que a mi hijo le sucediese algo.
Considerada desapasionadamente, la súplica de Cornelia Sila era la menor de las contrariedades, pero fue la gota de agua que rompió el difícil equilibrio mental de Sila. Hasta recibir la carta no había sabido qué solución adoptar. Ahora lo sabía. La solución nada tenía que ver con Cornelia Sila. Pero también se le ocurrió algo para solventar sus desgracias. ¿Cómo osaba un patán arribista picentino poner en peligro la salud y el bienestar de su hija! ¡Y de su nieto!
Lo que hizo fue enviar dos cartas, una a Metelo Pío el Meneítos, ordenándole venir desde Aesernia a Capua, trayéndose a Mamerco, y la otra a Pompeyo Estrabón. La carta para el Meneítos constaba de dos escuetas frases. La de Pompeyo Estrabón, de muchas más.
Sin duda, Cayo Pompeyo, estarás al tanto de lo que sucede en Roma; el imprudente proceder de Lucio Cinna, por no hablar de su rebaño amaestrado de tribunos de la plebe. Yo creo, mi amigo y colega del norte, que nos conocemos lo suficiente, al menos por la fama -y lamento que nuestra carrera haya impedido una amistad más estrecha-, para saber que nuestros propósitos e intenciones son iguales. Yo encuentro en ti un conservadurísmo y un respeto por la tradición comparable a los míos y sé que no sientes afecto por Cayo Mario. Y me atrevería a decir que tampoco por Cinna.
Si de verdad crees que Roma estaría mejor servida enviando a Cayo Mario y sus legiones a luchar contra Mitrídates, más vale que rompas la presente ahora mismo. Pero si prefieres que sea yo y mis legiones quienes hagamos la guerra a Mitrídates, sigue leyendo.
Tal como están ahora mismo las cosas en Roma, me veo impotente para iniciar la empresa que habría debido poner en marcha el año pasado antes de que expirase mi consulado. En lugar de embarcarme para Oriente, me veo obligado a quedarme en Capua con tres de mis legiones para tener la garantía de que no me despojan del imperium, me detienen y me juzgan por el horrendo crimen de reforzar el mos maiorum. Cinna, Sertorio, Virgilio, Magio y todos esos hablan de traición y asesinato, claro.
Aparte de mis legiones de Capua y las dos que hay ante Aesernia y la otra en Nola, las tuyas son las únicas que quedan en Italia. Puedo confiar en que Quinto Cecilio en Aesernia y Apio Claudio en Nola respalden mis actos durante el consulado, pero te escribo para preguntarte si puedo confiar también en ti y en tus legiones. Porque podría muy bien suceder que en cuanto abandonara Italia nada contuviera a Cinna y sus amigos. En su momento no tendré ningún inconveniente en aceptar las consecuencias. Te aseguro que si regreso victorioso de Oriente, se la haré pagar a mis enemigos.
Lo que me preocupa es mi actual situación. Necesito suficiente margen de tiempo para abandonar Italia, y -como muy bien sabes- eso puede convertirse en cuatro o cinco meses más. Los vientos del Adriático y el Jónico en la actual estación son de lo más caprichoso y abundan las tormentas. Y no puedo poner en peligro tropas que Roma tanto necesita.
Cneo Pompeyo, ¿podrías encargarte de comunicar a Cinna y los suyos que estoy legalmente nominado para emprender esta guerra en Oriente? ¿Y que si intentan entorpecer mi marcha lo pasarán mal? ¿Que, al menos de momento, dejen de fastidiar?
Te ruego que me consideres tu amigo y colega en todos los aspectos si crees que puedes darme una respuesta afirmativa. Espero con ansiedad tu respuesta.
La respuesta de Pompeyo Estrabón le llegó a Sila antes de que sus legados regresaran de Aesernia. Estaba atrozmente escrita de puño y letra del picentino y constaba de una breve y lacónica frase:
No te preocupes, yo lo arreglaré todo.
Así, cuando el Meneítos y Mamerco finalmente se personaron en la casa que había alquilado Sila en Capua, le encontraron de mucho mejor humor y más tranquilo de lo que sus informadores en Roma habrían podido darles a entender.
–No os preocupéis, todo está arreglado -les dijo sonriente.
–¿Cómo puede ser? – inquirió atónito Metelo Pío-. Yo había oído que pensaban acusarte de homicidio y traición…
–Escribí a mi buen amigo Cneo Pompeyo Estrabón haciéndole partícipe de mis cuitas y me ha contestado que él lo arreglará todo.
–Sí, él, desde luego -dijo Mamerco con un esbozo de sonrisa.
–¡Ah, Lucio Cornelio, cuánto me alegro! – exclamó el Meneítos-. ¡No hay derecho que te traten así! ¡Fueron mucho más amables con Saturnino! Tal como están reaccionando se diría que Saturnino era un semidiós y no un demagogo! – Hizo una pausa, sorprendido por su propia destreza verbal-. ¿Verdad que he hablado estupendamente?
–Guárdatelo para el Foro cuando te presentes a cónsul -replicó Sila-. Conmigo pierdes el tiempo, porque no he pasado de la escuela elemental.
Semejantes comentarios desconcertaban a Mamerco, que a partir de aquel momento decidió coger por su cuenta al Meneítos e indagar con todo detalle la vida de Lucio Cornelio Sila. Ah, siempre circulaban historias en el Foro sobre individuos extraordinarios o de singular talento, pero Mamerco no las escuchaba porque se le antojaban exageraciones y lucubraciones de gente que no tenía nada que hacer.
–Se cargarán tus leyes en cuanto te marches de Italia. ¿Qué vas a hacer cuando regreses? – inquirió Mamerco.
–Ya me enfrentaré a ello cuando suceda, pero no antes.
–¿Y podrás hacerlo, Lucio Cornelio? Para mí, que se creará una situación imposible.
–Siempre hay maneras, Mamerco, y puedes creerme cuando te digo que no voy a dedicar los ratos de ocio de esta campaña al vino y a las mujeres -añadió Sila muy tranquilo, soltando una carcajada-. Mira, soy un mimado de la Fortuna y la diosa me cuida.
Se sentaron para hablar de los últimos focos de resistencia en la guerra en Italia y la terquedad con que resistían los samnitas, que aún dominaban en casi todo el territorio entre Aesernia y Corfinium y tenían en su poder las ciudades de Aesernia y Nola.
–Hace siglos que odian a Roma y son los que con más tesón lo hacen -dijo Sila con un suspiro-. Yo esperaba que cuando llegase el momento de embarcarme para Grecia, Aesernia y Nola hubiesen capitulado, pero tal como está la situación, a lo mejor me están esperando cuando regrese de la guerra.
–No, si podemos impedirlo -dijo el Meneítos.
Entró discretamente un criado y anunció que la cena estaba lista, si Lucio Cornelio lo estaba.
Sí lo estaba. Se levantó y encabezó la marcha al comedor. Mientras comían y los criados iban de un lado para otro sirviéndolos, Sila mantuvo una conversación intrascendente y disfrutaron del lujo, permisible tan sólo a viejos amigos, de ocupar cada uno una sola camilla.
–¿No recibes nunca a mujeres, Lucio Cornelio? – inquirió Mamerco, una vez que se hubieron retirado los criados.
Sila se encogió de hombros, haciendo una mueca.
–¿Cuando estoy de campaña, lejos de la esposa, quieres decir?
–Sí.
–Las mujeres dan muchos quebraderos de cabeza, Mamerco. Mi respuesta es no -dijo Sila, riendo-. Si me lo has preguntado por tu deber de custodiar a Dalmática, te he dicho la verdad.
–En realidad no te lo he preguntado más que por simple y vulgar curiosidad -replicó Mamerco con desenfado.
Sila dejó la copa y miró de hito en hito a Mamerco, que ocupaba la camilla opuesta, y lo examinó más detenidamente que nunca. No era ningún Paris ni ningún Adonis, desde luego. Tenía el cabello negro muy corto, prueba de que no era ondulado y su barbero había renunciado a todo; un rostro desigual, con nariz deforme y más bien chata, de ojos oscuros hundidos y la tez morena y brillante como mejor característica. Era un hombre sano aquel Mamerco Emilio Lépido Liviano. Con fortaleza para haber matado a Silo en singular combate, hazaña que le había valido la corona cívica. Sí, era un valiente. No era de una inteligencia que hubiera constituido nunca un peligro para el Estado, pero tampoco era tonto. Según el Meneítos, era un hombre tranquilo en el que se podía confiar en cualquier situación grave, y muy de fiar en situaciones de mando. Escauro le había tenido profundo afecto y le había nombrado albacea testamentario.
Naturalmente, Mamerco se percató de que estaba siendo objeto de un minucioso examen. ¿Por qué se sentía como evaluado por un amante en potencia?
–Mamerco, ¿estás casado, verdad? – inquirió Sila.
–Sí, Lucio Cornelio -respondió sorprendido.
–¿Tienes hijos?
–Una niña de cuatro años.
–¿Quieres mucho a tu esposa?
–No, es una mujer horrible.
–¿Has pensado alguna vez en divorciarte?
–Cuando estoy en Roma, constantemente. Cuando estoy fuera, procuro no pensar en ella lo más mínimo.
–¿Cómo se llama? ¿De qué familia es?
–Claudia. Es hermana de Apio Claudio Pulcher, el que está sitiando Nola.
–¡Ah, no ha sido una buena elección, Mamerco! Es una familia muy rara.
–¿Rara? Yo más bien diría que es estrambótica.
Metelo Pío ya no estaba reclinado; se había sentado erguido, con los ojos muy abiertos y clavados en Sila.
–Mi hija se ha quedado viuda y aún no ha cumplido veinte años. Tiene dos hijos; una niña y un niño. ¿La conoces?
–No -contestó Mamerco, displicente-, creo que no.
–Yo soy su padre y no valgo como juez, pero dicen que es preciosa -añadió Sila, cogiendo la copa de vino.
–¡Ah, ya lo creo, Lucio Cornelio! ¡Es un encanto! – terció el Meneítos con fatua sonrisa.
–Ahí tienes; una opinión ajena a la familia -dijo Sila, mirando su copa y echando hábilmente los posos en una bandeja vacía-. ¡Cincos! – exclamó complacido-. Los cincos me traen suerte -añadió mirando fijamente a Mamerco-. Busco un buen marido para mi pobre hija, a quien la familia del difunto esposo hace la vida imposible. Tiene una dote de cuarenta talentos, muy superior a las de muchas, ha demostrado ser fértil, tiene un hijo, es joven todavía, es patricia por partida doble, su madre era una Julia, y es de buen carácter. Aunque no quiero decir que sea de esas que se echa al suelo a lamerte las botas, pero se lleva bien con casi todos. Su difunto esposo, el joven Quinto Pompeyo Rufo, estaba loco por ella. ¿Qué me dices? ¿Te interesa?
–Depende -contestó Mamerco con cautela-. ¿De qué color tiene los ojos?
–No lo sé -contestó el padre.
–De un azul precioso -dijo el Meneítos.
–¿Y el pelo?
–Rojo… marrón… castaño… No sé -contestó Sila.
–Es del mismo color del cielo cuando acaba de ponerse el sol -dijo el Meneítos.
–¿Es alta?
–No lo sé -contestó Sila.
–Te llegará a la punta de la nariz -dijo el Meneítos.
–¿Cómo tiene la tez?
–No sé -contestó Sila.
–Crema claro como una flor, con seis pequitas doradas en la nariz -dijo el Meneítos.
Sila y Mamerco se volvieron de pronto, mirando al ocupante de la camilla central, que súbitamente había enrojecido.
–Se diría que quieres casarte con ella, Quinto Cecilio -comentó el padre.
–¡No, no! – exclamó el Meneítos-. ¡Pero se la puede mirar, Lucio Cornelio! Es una mujer adorable.
–Entonces me la quedo yo -dijo Mamerco, sonriendo a su buen amigo el Meneítos-. Admiro tu gusto en mujeres, Quinto Cecilio. Y te doy las gracias, Lucio Cornelio. Considérala prometida en matrimonio.
–Le faltan siete meses para acabar el plazo de luto; así que no hay prisa -añadió Sila-. Hasta entonces, vivirá con Dalmática. Ve a verla, Mamerco. Yo le escribiré.
Cuatro días más tarde, Sila se ponía en marcha hacia Brundisium con las tres eufóricas legiones. Al llegar, se encontraron con Lúculo que seguía acampado en las afueras de la ciudad, sin ningún problema para que pastasen los caballos y las mulas, ya que la mayor parte de la tierra era itálica y apenas había comenzado el invierno. El tiempo era húmedo y tempestuoso y nada propicio para emprender tan largo viaje; la tropa se aburría y dedicaba la mayor parte del tiempo a juegos de azar. Pero al llegar Sila se animaron. Era a Lúculo a quien no podían tragar; él no entendía a los legionarios ni tenía interés en entender a personas tan inferiores a él en la escala social.
En el mes de marzo del calendario, Lúculo zarpó rumbo a Corcyra con sus dos legiones y dos mil caballos, acaparando todos los barcos disponibles. Con lo cual, a Sila no le quedaba más remedio que aguardar el regreso de las naves para embarcar él. Pero a principios de mayo -cuando ya le quedaba bien poco de los doscientos talentos de oro- cruzó finalmente el Adriático con tres legiones y un millar de acémilas.
Acostumbrado a navegar, se pasaba el rato acodado a la borda de popa, columbrando aquella raya borrosa en el horizonte que era Italia, hasta que desapareció. Y se sintió libre. A sus cincuenta y tres años, por fin iba a emprender una guerra contra un enemigo extranjero que le daría fama, gloria, despojos, batallas, sangre.
¡Se acabó Cayo Mario!, pensó entusiasmado. Esta guerra no puedes quitármela. ¡Esta guerra es mía!