–¿Verdad que fue una maravilla? – inquirió Elia con rostro radiante, inclinándose en la silla para alcanzar con la mano el cuenco de gruesas olivas verdes importadas de la Hispania Ulterior-. ¡Aquel animal se levantaba sobre las patas traseras y andaba, bailaba con las cuatro patas, se sentaba en un sofá y comía con la trompa…!
–¿Por qué le encantará a la gente ver cómo los animales imitan al hombre? – terció Lucio Cornelio Sila con frialdad, volviendo su hosca cara hacia su esposa-. El elefante es el ser más noble del mundo, pero a mí, la bestia que exhibió Cayo Claudio Pulcro me parece una farsa mitad hombre y mitad elefante.
La pausa que siguió fue infinitesimal, pero bastó para que todos los presentes lo advirtieran inquietos; luego, Julia, con una jovial carcajada, hizo que todas las miradas se apartaran de la afligida Elia.
–¡Oh, vamos, Lucio Cornelio, fue la atracción que más aplaudió el público! – replicó-. ¡Yo lo vi, y su habilidad y energía eran admirables! ¡Había que verlo levantando la trompa y haciéndola sonar al compás del tambor! Además -añadió-, ni hizo mal a nadie.
–A mí lo que me gustó fue su color -añadió Aurelia por poner su granito de arena-: ¡rosa!
Intervenciones a las que Lucio Cornelio Sila no prestó atención, girando sobre el codo para entablar conversación con Publio Rutilio Rufo.
–Cayo Mario -dijo Julia a su marido con un suspiro y los ojos tristes-, creo que es hora de que las mujeres nos retiremos y os dejemos disfrutar del vino. Nos perdonaréis.
Mario extendió el brazo sobre la estrecha mesa situada entre su camilla y la silla de Julia y ella alargó el suyo para darle un afectuoso apretón de mano, tratando de no sentirse más triste al ver su agria sonrisa. ¡La despedía! No obstante, su cara conservaba signos de las secuelas del súbito infarto. Pero lo que la fiel y amante esposa no podía admitir era que el ataque hubiese afectado el cerebro de Mario; sí, ahora se malhumoraba por una nadería, se irritaba cada vez más por trivialidades en su mayoría imaginarias, endurecía su actitud frente a sus enemigos.
Se puso en pie, desligó su mano de la de Mario, dirigiéndole una sonrisa muy particular, y puso la mano en el hombro de Elia.
–Vamos, querida -dijo-, bajemos al cuarto de los niños.
Elia se levantó de la silla y Aurelia hizo lo propio, mientras los hombres permanecían tumbados en las camillas, aunque interrumpieron la conversación hasta que en el comedor no quedaron mujeres ni criados.
–Así que el Meneítos vuelve por fin a Roma -dijo Lucio Cornelio Sila, una vez se aseguró de que su detestada segunda esposa no podía oírle.
Desde el extremo de la camilla del centro, Mario lanzó un resoplido de irritación, pero menos duro que los de antaño, ya que la hemiplejia procuraba al remanente de mueca un algo de aflicción.
–¿Qué es lo que te gustaría oírme decir, Lucio Cornelio? – inquirió finalmente.
–¿Qué voy a querer…? Que me respondas lo que piensas -contestó Sila con una breve carcajada-. Aunque me permito señalarte que no lo planteé como pregunta, Cayo Mario.
–Ya lo sé, pero, de todos modos, requiere una respuesta.
–Cierto -admitió Sila-. Bien, lo plantearé de otra manera. ¿Qué te parece que al Meneítos le hayan levantado el destierro?
–Pues que no entono himnos de alegría -replicó Mario dirigiéndole una penetrante mirada-. ¿Y a ti?
Se habían distanciado ligeramente, pensó Publio Rutilio Rufo, que estaba reclinado en solitario en la segunda camilla. Tres años antes, o incluso dos, no habrían mantenido un diálogo tan tenso. ¿Qué había sucedido? ¿Quién tenía la culpa?
–Sí y no, Cayo Mario -respondió Sila bajando la vista hacia su copa de vino-. ¡Me aburro! – añadió entre dientes-. Al menos cuando vuelva el Meneítos al Senado las cosas pueden tomar un cariz interesante. Echo de menos aquellos titánicos enfrentamientos que os traíais los dos.
–En ese caso te llevarás una decepción, Lucio Cornelio, porque no voy a estar en Roma cuando llegue el Meneítos.
Sila y Rutilio Rufo irguieron el tronco.
–¿Que no vas a estar en Roma? – inquirió Rutilio Rufo con un chillido.
–No voy a estar en Roma -repitió Mario, sonriendo con agria satisfacción-. Acabo de acordarme de un voto que hice a la Gran Diosa antes de derrotar a los germanos: si vencía, iría en peregrinaje a su santuario de Pessinus.
–¡Cayo Mario, no puedes hacer eso! – añadió Rutilio Rufo.
–¡Publio Rutilio, sí puedo! ¡Y pienso hacerlo!
–¡Sombras de Lucio Gavio Stico! – dijo Sila riendo y dejándose caer de espaldas.
–¿De quién? – inquirió Rutilio Rufo, siempre presto a dejar de lado lo principal cuando vislumbraba algún comadreo.
–El fallecido sobrino de mi fallecida madrastra -respondió Sila sin dejar de sonreír-. Hace muchos años que se trasladó a mi casa, de la que era dueña mi pobre madrastra, con el propósito de deshacerse de mí anulando el cariño que Clitumna me tenía, metiéndome en cintura en casa de su tía, pero yo me marché inmediatamente de Roma. Con lo cual no le quedó nadie a quien meter en cintura más que él mismo, cosa que hacía con gran eficacia. Pero Clitumna se hartó en seguida. – Se dio la vuelta, poniéndose boca abajo-. Murió poco después -añadió pensativo, con un espectacular suspiro que cortó su sonrisa-. Le estropeé el plan.
–Porque el regreso de Quinto Cecilio Metelo el Numídico, nuestro Meneítos, sea un fracaso -brindó Mario.
–Bebamos por ello -añadió Sila, dando un trago.
Siguió un inquietante silencio; se notaba que ya no existía el entendimiento de antaño y la respuesta de Sila no había logrado restablecerlo. Quizá aquel antiguo entendimiento -pensó Publio Rutilio Rufo- era más cuestión de eficacia en el contexto bélico que una auténtica amistad enraizada. ¿Cómo podían haber olvidado aquellos años en los que habían luchado juntos contra los enemigos de Roma? ¿Cómo permitían que aquel desasosiego que les causaba Roma borrase todo lo anterior? Saturnino había sido el epílogo de los buenos tiempos. Saturnino y aquel lamentable infarto de Mario.
Pero acto seguido se dijo para sus adentros: ¡Tonterías, Publio Rutilio Rufo! Son dos hombres llamados a hacer grandes cosas que no se contentan con quedarse en casa y… sin un cargo. Sólo con que tuvieran otra guerra para luchar juntos o un Saturnino que pretendiese proclamarse rey de Roma, volverían a ronronear como un par de gatos que se lavan mutuamente la cara.
Pero el tiempo corría, desde luego. Cayo Mario y él tenían sesenta años y Lucio Cornelio Sila cuarenta y dos. Poco proclive a escrutar la desigual profundidad del espejo, Publio Rutilio Rufo no sabía muy bien cómo le habían curtido las vicisitudes de la edad, pero sus ojos al menos le mostraban con fidelidad, a aquella distancia, la escena que componían Cayo Mario y Lucio Cornelio Sila.
Cayo Mario había engordado lo bastante como para descartar la confección de nuevas togas; siempre había sido un hombre robusto, pero en buena forma y bien proporcionado, pero ahora se le notaba un exceso de carne en espalda, trasero, caderas y muslos y en aquella panza de aspecto musculoso. Hasta cierto punto, ese peso suplementario había ablandado su rostro, que era más lleno y redondo y de frente más amplia, debido a la disminución del cabello.
Rutilio Rufo hizo caso omiso deliberadamente de la hemiplejia para concentrarse en las increíbles cejas, tan grandes, pobladas e hirsutas como siempre. ¡Ah, qué tormentas de artística consternación no habrían desatado las cejas de Cayo Mario en el pecho de más de un escultor! Encargados de realizar en piedra el retrato de Mario para alguna ciudad, un gremio o un solar que pedía a gritos una estatua, los escultores residentes en Roma o en Italia sabían ya lo que les esperaba antes de poner los ojos en el modelo. ¡Y qué gesto de horror se dibujaba en el rostro de algún famoso escultor griego, llegado de Atenas o de Alejandría para hacer un retrato fidedigno del romano más esculpido desde tiempos de Escipión el Africano, cuando veía las cejas de Mario! Los artistas hacían lo que podían, pero, aunque se viera pintado en tabla o en lienzo, el rostro de Cayo Mario acababa irremisiblemente siendo subsidiario de aquellas cejas.
El mejor retrato que había visto Rutilio Rufo de su viejo amigo era un tosco dibujo, hecho con una sustancia negruzca, trazado en la tapia de su casa. Lo constituían unos sobrios trazos: una sola curva voluptuosa en representación del carnoso labio inferior, un destello a guisa de ojos -¿cómo era posible obtener aquel negro brillante?– y nada menos que diez rayas para representar las cejas.Y sin embargo era exactamente Cayo Mario, con todo su orgullo y su inteligencia, Mario el indomable, todo un carácter. Pero ¿cómo describir esa clase de arte Vultum in peius fingere… Un rostro moldeado por la malicia. Pero era estupendo que la malicia se hubiese hecho cierta. Lamentablemente, antes de que a Rutilio Rufo se le hubiera ocurrido cómo desmontar del muro el trozo de enlucido de yeso sin que se hiciera añicos, un chaparrón había acabado con aquel veraz retrato de Cayo Mario.
A Lucio Cornelio Sila, sin embargo, no había ningún pintor clandestino de muros que supiera representarle con igual exactitud. Sin la magia del color, Sila habría sido uno más de los miles de hombres bien parecidos. Su rostro bien formado y los uniformes rasgos le conferían una romanidad a la que nunca podría aspirar Cayo Mario. En cambio, con color, aquel rostro era único. Con sus cuarenta y dos años, no mostraba signo alguno de estar perdiendo el cabello ¡y qué cabello! No era rojo ni dorado. Era espeso y ondulado, aunque quizá lo llevara un poco largo. Los ojos parecían hielo de glaciar, de un azul sumamente pálido, circundado de otro azul oscuro como un nubarrón. Aquella noche, sus cejas delgadas y curvadas eran marrones, igual que sus largas y pobladas pestañas. Pero Publio Rutilio Rufo le había visto en circunstancias más apremiantes y sabía que aquella noche, como solía hacer a menudo, se las había pintado con stibium; en realidad, las cejas y las pestañas de Sila eran tan rubias, que sólo destacaban por la palidez de su piel, casi blanca.
Las mujeres perdían la cordura, la virtud y el juicio por Sila. Prescindían de la más elemental prudencia, ofendiendo a esposos, padres y hermanos con risitas y cuchicheos a poco que, al pasar por su lado, les dirigiera una mirada. ¡Un hombre capaz e inteligente! Y un soldado inmejorable, además de un hábil administrador, valiente como el que más y casi perfecto en asuntos de organización propia y ajena. Pero las mujeres eran su ruina. O eso pensaba Publio Rutilio Rufo, cuyo rostro agradable pero corriente y su tez pardusca de lo más corriente le hacían anodino entre millones de compatriotas. No es que Sila fuese un conquistador ni un ladrón de corazones, porque, por lo que a Rutilio Rufo le constaba, obraba con admirable rectitud, pero no cabía duda de que un hombre que ansiaba llegar a la cúspide de la política tenía mayores posibilidades de alcanzarla si no tenía un rostro como Apolo; porque los hombres que resultaban muy atractivos para las mujeres no inspiraban confianza a sus iguales, que los juzgaban de poco fuste, afeminados o mujeriegos.
El año anterior, se dijo Rutilio Rufo, siguiendo el meandro de sus recuerdos, Sila se había presentado a las elecciones de pretores con factores muy a su favor: su expediente castrense era magnífico, y bien conocido, pues Cayo Mario se había encargado de difundir entre el electorado lo bien que le había servido Sila como cuestor, tribuno y legado. Hasta Catulo César, que no tenía motivo alguno para sentir afecto por Sila, se había apresurado a alabar los servicios que había prestado en la Galia itálica el año en que habían derrotado a los cimbros de Germania, Luego, durante los breves días en que Lucio Apuleyo Saturnino había constituido una amenaza para el Estado, fue Sila, infatigable y competente, quien había hecho posible que Cayo Mario acabase con aquello. Porque Sila era quien había llevado a la práctica las órdenes de Cayo Mario. Quinto Cecilio Metelo el Numídico -aquel a quien Mario, Sila y Rutilio Rufo llamaban el Meneítos- no se había cansado de repetir a todos, antes de marchar al destierro, que en su opinión el verdadero artífice de la gloriosa campaña africana contra Yugurta era Sila, aunque Mario se hubiese atribuido el mérito. Pues únicamente gracias a los esfuerzos de Sila se había logrado capturar a Yugurta, y todos sabían que sin la captura del númida no se habría puesto fin a la guerra de Africa. Cuando Catulo César y otros personajes ultraconservadores del Senado asumieron la opinión del Meneítos de que el mérito de la victoria sobre Yugurta era exclusivamente de Sila, la estrella de éste parecía llamada a seguir un imparable curso ascendente y se creía que su elección como uno de los seis era cosa hecha. A todo lo cual había que añadir la actitud del propio Sila, admirablemente modesta e imparcial, pues hasta el último momento de la campaña electoral había insistido en que el mérito de la captura de Yugurta era de Mario, ya que él se había limitado a cumplir órdenes. Una actitud que los electores solían apreciar, pues la lealtad al jefe en el campo de batalla o en el Foro era encomiable.
No obstante, cuando los electores de la Asamblea centuriada se reunieron en el aprisco del Campo de Marte y cada una de las centurias fue señalando su elegido, el nombre de Lucio Cornelio Sila -tan aristocrático y aceptable- no figuraba entre el de los seis candidatos ganadores. Y para colmo, algunos de los elegidos eran tan mediocres en hechos relevantes como en antecesores ilustres.
¿Por qué habría sucedido eso? Al día siguiente de las elecciones era la pregunta que se planteaban todos los allegados a Sila, aunque él no dijera nada. Sin embargo, él sabía el porqué; y poco después, Rutilio Rufo y Mario se enteraron de lo que Sila ya sabía. El motivo de su fracaso tenía nombre y era poca cosa fisícamente: Cecilia Metela Dalmática, de apenas diecinueve años y esposa de Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, el que había sido cónsul el año en que los germanos hicieron acto de presencia por primera vez, y el que ocupaba el cargo de censor el año en que Metelo Numídíco el Meneítos había ido a Africa a luchar contra Yugurta, y ahora portavoz del Senado desde que ostentara el cargo consular diecisiete años atrás, Era el hijo de Escauro quien tenía el compromiso de esposar a Dalmática, pero se había suicidado tras la retirada de Catulo César en Tridentum tras admitir su cobardía. Y Metelo Numídico el Meneítos, tutor de su sobrina de diecisiete años, se apresuró a entregarla en matrimonio al padre, pese a la diferencia de cuarenta años entre marido y mujer.
Por supuesto que nadie había preguntado a Dalmática su opiníón sobre ese enlace, y al principio ni ella misma se lo había cuestionado. Un tanto abrumada por la inmensa auctoritas y dignitas de su futuro esposo, al mismo tiempo la alegraba poder salir del tormentoso hogar de su tío Metelo Numídico, que en aquellos días albergaba a la hermana de éste, una mujer cuyas inclinaciones sexuales e histérica conducta eran un tormento para los que vivían con ella. Dalmática quedó encinta en seguida (hecho que incrementó la auctoritas y dignitas de Escauro) y dio a Escauro una hija. Pero entretanto había conocido a Sila, invitado por su esposo a cenar: la mutua atracción había sido profunda e inquietante.
Consciente del peligro que semejante circunstancia representaba, Sila no había hecho nada por estrechar el trato con la joven esposa de Escauro. Pero ella no pensaba igual, y después de que los cuerpos destrozados de Saturnino y sus secuaces hubieran sido quemados con todos los honores que su intacta condición de romanos les otorgaba y Sila comenzase a dejarse ver por el Foro y la ciudad dentro de la campaña por el pretorado, Dalmática había comenzado a acudir al Foro y a pasear por la ciudad, persiguiendo a Sila por todas partes, ocultándose tras un plinto o una columna, bien cubierta con túnicas, creyendo que nadie la veía.
Sila supo en seguida rehuir ciertos lugares, como el Porticus Margaritaria, en el que era muy posible que una mujer de noble estirpe anduviera deambulando por las joyerías a guisa de coartada. Con ello disminuían las posibilidades de encontrársela y que le hablara, pero para Sila tal actuación era una segunda versión de una antigua y horrenda pesadilla, en la época en que Julilla le había agobiado con un alud de cartas de amor que ella o su criada le echaban en el sinus de la toga siempre que podían y que, por las circunstancias, no llamaban la atención. Y aquello había acabado en matrimonio; una unión confarreatio prácticamente indisoluble que había durado, en medio de amarguras, exabruptos y humillaciones, hasta el día de la muerte de ella por suicidio, un tenebroso episodio más de la interminable sarta de mujeres empeñadas en dominarle.
Y Sila había optado por las siniestras e inmundas callejas del Subura, confiándose a la única amiga que tenía, con el distanciamiento que tan desesperadamente necesitaba en aquel momento: Aurelia, cuñada de su difunta esposa Julilla.
–¿Qué puedo hacer, Aurelia? ¡Estoy atrapado con una nueva Julilla! ¡No puedo quitármela de encima!
–El problema estriba en que no saben en qué ocupar el tiempo -le contestó Aurelia, ceñuda-. Tienen nodrizas para los niños, celebran fiestas con sus amistades en las que casi todo se reduce a un chismorreo continuo, no las verás sentarse a un telar, y tienen la cabeza demasiado vacía para solazarse en la lectura. Además, a la mayoría las tiene sin cuidado el marido porque han hecho un matrimonio de conveniencia debido a que el padre necesita más apoyos políticos o el esposo la dote del apellido noble que ellas aportan. Apenas ha pasado el esposo un año fuera de casa, que ya están decididas a engañarle -añadió con un suspiro-. Al fin y al cabo, Lucio Cornelio, en asuntos de amor pueden elegir, pero ¿en qué otras facetas pueden hacer lo mismo? Las más prudentes se contentan con recurrir a esclavos, pero las más tontas se enamoran. Y desgraciadamente eso es lo que ha sucedido en este caso. ¡La pobrecilla Dalmática ha perdido la cabeza! Y por ti.
Sila se mordió el labio y ocultó sus pensamientos mirándose las manos.
–A mi pesar -dijo.
–¡Lo sé! Pero ¿qué opina Marco Emilio Escauro?
–¡Por los dioses, espero que no sepa nada!
–Yo diría que lo sabe de sobra -replicó ella con un bufido.
–¿Y por qué no ha venido a hablar conmigo? ¿O tendré que ir yo?
–Me lo estaba preguntando en este momento -contestó la dueña de aquella insula de apartamentos, confidente de muchos, madre de tres hijos, fiel esposa y espíritu insatisfecho.
Estaba sentada junto a su mesa de trabajo, una amplia zona totalmente cubierta de rollos de papel, hojas y cubos llenos de libros, pero sin desorden; el exceso era prueba de sus muchos negocios y el trabajo pendiente.
Ella era la única que tal vez podía ayudarle, pensó Sila, pues la otra persona a quien podría haber acudido no era fiable en aquellas circunstancias. Sí, Aurelia era estrictamente una amiga, pero Metrobio era además su amante, con toda la complicación emocional inherente, aparte de la complicación añadida de ser del sexo masculino.
Cuando el día anterior se había visto con Metrobio, el joven actor griego le había hecho un comentario cáustico sobre Dalmática, y él, sorprendido, había comprendido en ese momento que toda Roma debía de estar hablando de él y Dalmática, ya que el entorno del muchacho era muy distinto a aquel en que él se desenvolvía.
–¿Debo ir a hablar con Marco Emilio Escauro? – volvió a preguntar Sila.
–Creo que sería preferible que vieras a Dalmática, pero no sé cómo podría hacerse -contestó Aurelia frunciendo los labios.
–¿Y no podrías invitarla a venir aquí? – añadió Sila más decidido.
–¡Ni mucho menos! – replicó Aurelia escandalizada-. ¡Lucio Cornelio, eres de una tozudez asombrosa y a veces pareces tonto! ¿No te das cuenta de que seguramente Marco Emilio Escauro tiene vigilada a su esposa? Lo que ha salvado de momento tu blanca piel es la falta de pruebas de sus sospechas.
Sila dejó entrever sus fuertes caninos, pero no mediante una sonrisa. Por un instante, Sila se quitaba la máscara y Aurelia pudo intuir la personalidad de un desconocido. No obstante… ¿sería cierto? Mejor sería decir que ella había presentido aquel otro ser que lo animaba, pero nunca lo había visto. Otro ser carente de cualidades humanas, un monstruo con garras, capaz tan sólo de aullar a la luna. Y por primera vez en su vida sintió un profundo temor.
Su estremecimiento hizo desaparecer al monstruo; Sila se puso la máscara y se lamentó:
–Entonces, ¿qué hago, Aurelia? ¿Qué puedo hacer?
–La última vez que hablaste con ella, es decir, hace dos años, dijiste que la amabas; pero es la única ocasión en que la has visto. Muy parecido a lo de Julilla, ¿verdad? Y, claro, eso lo hace más insoportable aún. Desde luego ella no sabe nada de Julilla, salvo el hecho de que tú tuviste una esposa que se suicidó… precisamente el dato que aumenta tu atractivo, pues da a entender que eres un peligro para las mujeres que te aman. ¡Menudo reto! No, mucho me temo que la pobrecilla Dalmática se halla bien atrapada en tus redes, aunque se las hayas echado sin esa intención.
Aurelia reflexionó un instante en silencio y luego fijó la mirada en él.
–No digas ni hagas nada, Lucio Cornelio. Espera a que Marco Emilio venga a tí. Así parecerás totalmente inocente. Pero cuida de que no pueda encontrar prueba alguna de infidelidad, por fortuita que sea. Prohíbe a tu mujer salir de casa cuando estés tú, no sea que Dalmática soborne a algún sirviente para que la deje entrar. El problema estriba en que como no entiendes a las mujeres ni te gustan demasiado, no sabes cómo actuar ante sus peores excesos y te pones frenético. Que sea su marido el que venga a hablarte. ¡Pero, sobre todo, sé amable con él! Para un hombre viejo casado con una jovencita la visita ha de ser mortificante. No es un cornudo, pero exclusivamente gracias a tu desinterés, Por consiguiente debes hacer todo lo posible por no herir su orgullo. Ten en cuenta que, en definitiva, el único que le iguala en influencia es Cayo Mario -añadió con una sonrisa-. Ya sé que él no aceptaría semejante comparación, pero es la verdad. Si quieres ser pretor no tienes que ofenderle.
Sila siguió su consejo, pero no del todo, por desgracia. Y se creó un gran enemigo porque no fue amable ni se mostró predispuesto a no herir el orgullo de Escauro.
Durante los dieciséis días que siguieron a su visita a Aurelia no sucedió nada, salvo que estuvo alerta ante los posibles observadores enviados por Escauro, y adoptó toda clase de precauciones para no darle pruebas de infidelidad. Observó guiños furtivos y sonrisas disimuladas entre las amistades de Escauro y las suyas; era indudable que siempre los habría habido, pero no había querido verlo.
Lo peor era que aún seguía deseando a Dalmática, o amándola -o sería una obsesión-… o las tres cosas. De nuevo Julilla. La pena, el odio, la cólera para azotar sin piedad a quien se interpusiera en su camino. De la ensoñación de hacer el amor con Dalmática pasaba fulgurante al sueño de partirle el cuello y verla efectuar una horrenda danza sobre la hierba iluminada por la luna en Circeí… ¡No, no, así era como había matado a su madrastra! Había comenzado a abrir con asiduidad el cajoncito secreto de la vitrina en que guardaba la máscara de su antepasado Publio Cornelio Sila Rufino, flamen dialis, para sacar los frasquitos de veneno y la caja con el polvo blanco de fundición con el que había matado a Lucio Gavio Stichus y al forzudo Hércules Atlas. ¿Setas? Con ellas había dado muerte a su madrastra… ¡Cómelas, Dalmática!
Pero el tiempo y la experiencia le habían enriquecido desde la muerte de Julilla y se conocía mejor. A Dalmática no podía matarla, del mismo modo que no habría podido matar a Julilla. Con las mujeres de ilustres familias no había otra alternativa que llevar el asunto hasta las últimas consecuencias. Un día, algún día, él y Cecilia Metela Dalmática concluirían lo que en aquel momento no osaban iniciar.
Y en éstas, Marco Emilio Escauro vino a llamar a su puerta; aquella misma puerta a la que había llamado la mano de tantos fantasmas y que rezumaba malicia a través de sus leñosas células. El hecho de tocarla contaminaba a Escauro, quien pensó que la entrevista iba a ser más dura de lo previsto.
Sentado en la silla que Sila destinaba a los clientes, el esforzado anciano contempló amargado la serenidad de su anfitrión con aquellos ojos verde claro tan en contraste con las arrugas de su rostro y la desnudez de su cráneo, deseando en lo más profundo de su ser no haber acudido, no tener que tragarse su orgullo para aclarar aquella ridícula y odiosa situación.
–Me imagino que sabes quién soy, Lucio Cornelio -dijo Escauro con la barbilla alta, mirándole a los ojos.
–Creo que sí -respondió escuetamente Sila.
–He venido a pedir excusas por el comportamiento de mi esposa y a asegurarte que, después de hablarte, haré lo necesario para que ella no siga importunándote.
¡Ya estaba! Lo había dicho y no había muerto de vergüenza. Sin embargo, por debajo de aquella mirada serena y desapasionada de Sila le pareció detectar un cierto desdén; imaginario quizá, pero eso fue lo que hizo que Escauro se convirtiese en enemigo de Sila.
–Lo siento mucho, Marco Emilio.
–¡Di algo! ¡Házselo más fácil a este viejo tonto! ¡No dejes que siga ahí sentado con su honor destrozado! ¡Recuerda lo que dijo Aurelia! Pero las palabras se negaban a acudir a su boca. Bullían incoherentes en su mente, pero su lengua era de piedra.
–Sería mejor para todos que abandonases Roma y te fueras a Hispania -dijo por fin Escauro-. Me han dicho que Lucio Cornelio Dolabella necesita la ayuda de alguien competente.
Sila parpadeó con exagerada sorpresa.
–¿Ah, sí? ¡No sabía yo que las cosas estuvieran tan mal! No obstante, Marco Emilio, me es imposible dejar Roma para acudir a la Hispania Ulterior. Llevo en el Senado nueve años y ha llegado el momento de presentarme al pretorado.
Escauro tragó salíva, esforzándose en seguir aparentando jovialidad.
–Este año no, Lucio Cornelio -dijo afable-. El año que viene o al otro. Este año tienes que dejar Roma.
–¡Marco Emilio, yo no he hecho nada malo! (¡Sí que lo has hecho! ¡Lo que estás haciendo ahora está mal, le estás pisoteando!) Tengo tres años más de la edad requerida para ser pretor y el tiemPo corre. Debo presentarme este año, y por consiguiente tendré que quedarme en Roma.
–Te ruego que lo reconsideres -añadió Escauro poniéndose en pie.
–No puedo, Marco Emilio.
–Lucio Cornelio, si te presentas, te aseguro que no saldrás elegido. Ni al año que viene, ni al siguiente, ni al otro -replicó Escauro sin alterarse-. Eso te lo prometo, y te ruego que me creas. Vete de Roma.
–Te repito, Marco Emilio, que lo siento mucho pero debo quedarme en Roma para presentarme al pretorado -respondió Sila.
Y así había sucedido. Ofendido en su auctoritas y dignitas, Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, se las había arreglado para mover influencias suficientes y conseguir que no eligiesen pretor a Sila. Y así fue cómo hombres de menor categoría -anodinos, mediocres, memos- vieron su nombre inscrito en los fasti y fueron pretores.
Por boca de su sobrina Aurelia, Publio Rutilio Rufo supo la verdad, y él a su vez se lo contó a Cayo Mario. Que Escauro, príncipe del Senado, se había empeñado en que Sila no fuese pretor, era de dominio público, aunque no lo fuera tanto el motivo. Había quien sostenía que era por la lamentable chifladura de Dalmática, pero tras prolijas discusiones solía concluirse que era una explicación baladí. Habiéndole dado tiempo de sobra para que viese por sí misma lo erróneo de su conducta -le dijo-, Escauro había hablado con ella -amablemente pero sin concesiones, puntualizó él- y no hizo ningún secreto de ello frente a sus amigos ni en el Foro.
–Pobrecílla, tenía que sucederle -había manifestado a varios senadores, asegurándose de que a sus espaldas había otros más que Pudieran oírle-. Ojalá hubiese puesto los ojos en otra persona que no fuese un simple peón de Cayo Mario, pero… Supongo que es hombre bien parecido.
Lo hizo muy bien; tan bien, que los especialistas del Foro y los miembros del Senado se dijeron que el verdadero motivo de que se opusiera a la candidatura de Sila era la conocida asociación de éste con Cayo Mario. Pues Cayo Mario, después de ser cónsul en un caso sin precedentes, seis veces seguidas, estaba en declive. Su tiempo había pasado y ni siquiera había sido capaz de aunar suficientes influencias para presentarse a la elección de censor. Lo que significaba que Cayo Mario, el llamado Tercer Fundador de Roma, jamás figuraría entre los cónsules más insignes, todos nombrados censores. Cayo Mario era una fuerza gastada según los parámetros romanos, una curiosidad más que una amenaza, un hombre únicamente adorado por la tercera clase.
Rutilio Rufo se sirvió más vino.
–¿De verdad piensas marcharte a Pessinus? – preguntó a Mario.
–¿Y por qué no?
–¿Y a qué viene eso? Me refiero a que comprendería que fueses a Delfos, a Olimpia o a Dodona incluso. ¡Pero perderte en Anatolia… en plena Frigia, el país más atrasado, supersticioso e incómodo del mundo! ¡Sin un vaso de vino decente, y en lugar de carreteras, caminos de herradura durante cientos de millas! ¡Pastores incultos a derecha e izquierda, salvajes de Galacia en bandadas nada más cruzar la frontera! ¡Verdaderamente, Cayo Mario…! Si es que deseas ver a Batacio con sus ropajes dorados y luciendo joyas en la barba, ordénale que venga a Roma. Estoy seguro de que le encantaría reanudar relaciones con algunas de nuestras matronas más modernas… que no han dejado de llorarle desde que se fue.
Mario y Sila estaban riéndose a carcajadas antes de que Rutílio Rufo concluyese su apasionado alegato, y de pronto desaparecieron todas las reservas y se sintieron los tres cómodos y en perfecto acuerdo.
–Vas a ver al rey Mitrídates -dijo Sila sin tono interrogativo.
Mario permanecía sonriente con las cejas fruncidas.
–¡Qué cosas se te ocurren! ¿Por qué crees eso, Lucio Cornelio?
–Porque te conozco, Cayo Mario. ¡Eres un inveterado irreverente! Los únicos votos que te he oído hacer eran prometiendo dar patadas en el culo a los legionarios o a los tribunos de los soldados. El único motivo que te impulsa a pasear tus cansados huesos por la salvaje Anatolia es ver por ti mismo qué es lo que sucede en Capadocia y hasta qué extremo es responsable de ello el rey Mitrídates -replicó Sila, sonriendo con una complacencia que no conocía desde hacía meses.
Mario se volvió estupefacto hacia Rutilio Rufo.
–¡Espero no ser tan transparente a los demás como a Lucio Cornelio!
–Dudo mucho de que nadie se lo imagine siquiera -dijo Rutilio Rufo, sonriendo también-. ¡Y yo que me lo había creído, inveterado irreverente!
Sin proponérselo (o eso le pareció a Rutilio Rufo), Mario volvió la cabeza hacia Sila para enfrascarse en los comentarios de la nueva estrategia.
–El problema estriba en que nuestras fuentes de información no son nada fiables -decía Mario con énfasis-. Cítame, si no, alguien relevante o inteligente que haya estado en esa región desde hace años… Entre los pretores recién nombrados no hay uno solo que yo vea capaz de hacerme un informe exacto. ¿Qué sabemos realmente de aquella zona?
–Muy poca cosa -dijo Sila con candente atención-. En Galacia han hecho algunas incursiones Nicomedes por el oeste y Mitrídates por el este, y hace unos años el viejo Nicomedes se casó con la madre del rey niño de Capadocia, que por entonces creo que era la regente. A partir de entonces Nicomedes comenzó a llamarse rey de Capadocia.
–Así es -añadió Mario-. Supongo que para él sería un infortunio que Mitrídates instigara el asesinato de su esposa y repusiera al niño en el trono -dijo riéndose por lo bajo-. ¡Se acabó el rey Nicomedes de Capadocia! No sé cómo pudo pensar que Mitrídates iba a consentírselo, teniendo en cuenta que la asesinada era hermana de éste…
–Y su hijo sigue reinando con el nombre de… ¡ah, tienen unos nombres tan raros! ¿Es Ariarates? – aventuró Sila.
–Ariarates séptimo, para ser exactos -puntualizó Mario.
–¿Qué crees que se trae entre manos? – inquirió Sila, azuzado en su curiosidad por el conocimiento de que hacía gala Mario acerca de aquellas tortuosas relaciones con Oriente.
–No lo sé muy bien. Probablemente nada, aparte de las habituales pendencias entre Nicomedes de Bitinia y Mítrídates del Ponto. Me gustaría hablar con él. Al fin y al cabo, Lucio Cornelio, no tendrá más de treinta años y, no obstante, ha pasado de no contar casi con territorio, como en el caso del Ponto, a poseer la mayor parte de las tierras en torno al mar Euxino. Se me pone carne de gallina al pensar que pueda causar problemas a Roma -contestó Mario.
Considerando que había llegado el momento de intervenir en la conversación, Publio Rutilio Rufo dejó la copa vacía en la mesita de delante de su camilla con un golpe seco.
–Supongo que quieres decir que Mitrídates ha puesto el ojo en la provincia romana de Asia -terció, asintiendo pensativo-. ¿Cómo no iba a quererla, dadas sus inmensas riquezas? Y es la región más civilizada del mundo… ¡era griega antes de que lo fuesen los propios griegos! Homero vivió y trabajó en nuestra provincia de Asia… ¿Os imagináis?
–Seguramente me lo imaginaría mejor si me lo contaras acompañándote de la lira -dijo Sila riendo.
–Un poco de seriedad, Lucio Cornelio. Dudo mucho de que el rey Mitrídates se plantee en broma lo de la provincia de Asia, y nosotros tampoco debemos chancearnos -dijo Rutilio Rufo, haciendo una pausa para admirar su virtuosismo verbal, con lo cual perdió su turno en la conversación.
–Yo creo que no hay duda alguna de que a Mítrídates se le hace la boca agua ante la perspectiva de apoderarse de la provincia de Asia -dijo Mario.
–Pero él es oriental -añadió Sila muy serio-, y todos los reyes orientales tienen miedo de Roma… incluso a Yugurta, que mantenía un mayor contacto con Roma que ningún monarca oriental, le aterraba Roma. Recordad las afrentas e indignidades que aguantó Yugurta antes de entrar en guerra con nosotros. Prácticamente le obligamos a ello.
–Oh, yo creo que Yugurta siempre pensó en declararnos la guerra -añadió Rutilio Rufo.
–No estoy de acuerdo -adujo Sila con el entrecejo fruncido-. Yo creo que soñaba entrar en guerra contra nosotros, pero se daba cuenta perfectamente de que era un sueño. Fuimos nosotros quienes le forzamos a entrar en guerra cuando Aulo Albino entró a saco en Numidia. En realidad es así como suelen iniciarse nuestras guerras. Se concede el mando de las legiones romanas a algún codicioso incapaz de dirigir un desfile infantil, y allá va él a por un buen botín no para Roma, sino para su propio bolsillo. Carbón y los germanos, Cepio y los germanos, Silano y los germanos… la lista es interminable.
–Te vas por las ramas, Lucio Cornelio -terció Mario con voz queda.
–¡Lo siento! – replicó Sila con desenfado, sonriendo afectuoso a su antiguo comandante-. De todos modos, creo que la situación en Oriente es parecida a la que se daba en Africa antes de que Yugurta nos declarase la guerra. Bien sabemos que Bitinia y el Ponto son enemigos tradicionales, y sabemos que tanto a Nicomedes como a Mitrídates les encantaría expansionarse, al menos en Anatolia. Y en Anatolia hay dos regiones de gran riqueza que los hacen babear: Capadocia y nuestra provincia de Asia. Quien poseyera Capadocia tendría rápido acceso a Cilicia con su fertilísimo suelo, y de apoderarse de nuestra provincia de Asia, un inmejorable acceso costero al Mediterráneo, con medio centenar de excelentes puertos y un interior riquísimo. Es muy humano que esos reyes codicien esas tierras.
–Bueno, a mí Nicomedes de Bitinia no me preocupa -dijo Mario interrumpiéndole- porque está atado a Roma de pies y manos, y él lo sabe. Ni creo que, al menos de momento, nuestra provincia de Asia corra ningún peligro. Lo que me preocupa es Capadocia.
–Exacto -añadió Sila, y asintió con la cabeza-. La provincia de Asia es romana, y no creo que Mitrídates sea muy distinto a los otros reyes orientales y no le atemorice Roma como para invadirla, por muy desgobernada que esté. Pero Capadocia no es romana, y, aunque cae en nuestra esfera de influencia, me parece que tanto Nicomedes como el joven Mitrídates dan por sentado que es una región lo bastante remota y carente de importancia para Roma como para merecer una guerra. Por otra parte, se mueven furtivamente como ladrones para hacerse con ella, enmascarando sus motivaciones con títeres y parientes.
–¡Yo no veo que sea nada furtivo el casamiento de Nicomedes con la regente de Capadocia! – Gruñó Mario.
–No, pero esa situación no duró mucho, ¿no es cierto? ¡Mitrídates sintió tal indignación que asesinó a su hermana! Y al hijo le repuso en el trono de Capadocia sin ningún miramiento.
–Desgraciadamente nuestro amigo y aliado es Nicomedes y no Mitrídates -dijo Mario-. Es una lástima que no estuviera yo en Roma cuando se trató todo esto.
–¡Bah, no me vengas con ésas! – dijo Rutilio Rufo indignado-. ¡Hace más de cincuenta años que los soberanos de Bitinia tienen oficialmente el título de amigos y aliados de Roma! Durante la última guerra que sostuvimos contra Cartago, también el rey del Ponto fue oficialmente amigo y aliado, pero el padre de este Mítrídates anuló la posibilidad de amistad con Roma al comprar Frigia al padre de Manio Aquilio. Desde entonces Roma no mantiene relaciones con el Ponto. Aparte de que es imposible conceder el privilegio de amigos y aliados a dos reyes que están enemistados, a menos que se pueda impedir la guerra entre ambos. En el caso de Bitinia y el Ponto, el Senado consideró que concederles a los dos la condición de amigo y aliado sólo habría servido para empeorar la situación entre ellos. Y eso, a su vez, era como recompensar a Nicomedes de Bitinia por haberse portado mejor que el Ponto.
–¡Bah, Nicomedes no es más que un vejestorio estúpido! – dijo Mario, impaciente-. Lleva reinando más de cincuenta años y no era ningún niño cuando desalojó del trono a su tata. Debe de tener más de ochenta años ¡y no hace más que exacerbar la situación en Anatolia!
–Imagino que quieres decir «actuando» como un vejestorio estúpido. – La réplica fue acompañada de un destello casi morado en los ojos de Rutilio Rufo, muy parecidos a los de su sobrina Aurelia y casi igual de penetrantes-. ¿Crees, Cayo Mario, que tú y yo rondamos ya la edad de que se nos llame vejestorios estúpidos?
–Vamos, vamos, no os enfurruñéis -terció Sila, sonriente-. Sé lo que quieres decir, Cayo Mario. Nicomedes está en plena senectud, sea o no capaz de gobernar, y hay que suponer que es muy capaz. Es el más helenizado de todos los monarcas de Oriente, pero sigue siendo un oriental. Lo que significa que si se mea en los zapatos, su hijo le deja sin trono. Por consiguiente no debe de haber perdido su astucia y seguirá vigilante, por quisquilloso y rencoroso que sea; por el contrario, en Ponto reina un hombre de apenas treinta años, vigoroso, inteligente, agresivo y presuntuoso. No, es muy difícil que Nicomedes dé una lección a Mitrídates, ¿no creéis?
–Difícilmente -dijo Mario-. Creo que sería lógico pensar que si llegan a las manos será una lucha desigual. Nicomedes se ha limitado a aferrarse a lo que tenía al comienzo de su reinado, mientras que Mitrídates es un conquistador. ¡Ya lo creo, Lucio Cornelio, que tengo que ver a ese Mitrídates! – añadió apoyándose en el codo izquierdo y mirando angustiado a Sila-. ¡Vente conmigo, Lucio Cornelio! ¿Cuál es la alternativa? Otro aburrido año en Roma, y más con el Meneítos parloteando en el Senado, mientras su retoño se lleva todo el mérito de haber logrado el regreso de su tata.
–No, Cayo Mario -contestó Sila moviendo la cabeza.
–Me han dicho -terció Rutilio Rufo mordiéndose morosamente una uña- que la carta oficial revocando el exilio en Rodas de Quinto Cecilio Metelo el Numídico la firman el primer cónsul Metelo Nepo y nada menos que el Meneítos hijo. ¡Del tribuno de la plebe Quinto Calidio, que obtuvo la derogación del decreto, ni palabra! ¡Firmada por un senador tan joven que para colmo es privatus!
–¡Pobre Quinto Calidio! – dijo Mario riendo-. Espero que el Meneítos le pague bien sus desvelos -añadió mirando a Rutilio Rufó-. Ese clan de los Cecilio Metelos no cambia con los años, ¿verdad? Cuando yo era tribuno de la plebe ya me trataban como si fuese basura.
–Y con razón -añadió Rutilio Rufo-, porque todo lo que hiciste por entonces les complicaba bastante las cosas en política a los Metelos. ¡Y eso que creían tenerte en sus garras! ¡Dalmático se puso hecho una furia!
Al oír aquel nombre, Sila se encogió, percatándose del rubor que encendía sus mejillas. El padre de ella era el difunto hermano mayor del Meneítos. ¿Cómo estaría Dalmática? ¿Qué le habría hecho Escauro?
–Por cierto -dijo alzando la voz-. Sé de muy buena fuente que el Meneítos hijo va a hacer un estupendo matrimonio de conveniencia.
Ya había borrado los recuerdos.
–¡Pues yo no he oído nada! – dijo Rutilio Rufo un tanto asombrado, convencido de que las mejores fuentes de información en Roma eran las suyas.
–Pues es cierto, Publio Rutilio.
–¡Explícate!
Sila se llevó una almendra a la boca y la masticó antes de contestar.
–Buen vino, Cayo Mario -alabó llenándose la copa con la jarra que los sirvientes le habían puesto a mano antes de marcharse y añadiéndole agua, despacio.
–¡Venga, Lucio Cornelio, no le tengas en ascuas! – dijo Mario con un suspiro-. Publio Rutilio es el mayor chismorrero del Senado.
–En eso estoy de acuerdo, pero tienes que admitir que escribía unas cartas muy entretenidas cuando estábamos en Afríca y en la Galia -contestó Sila sonriente.
–¿Quién es ella? – exclamó Rutilío Rufo sin inmutarse.
–Licinia Minor, la hija menor de nada menos que nuestro pretor urbano Lucio Licinio Craso Orator.
–¡No hablas en serio! – dijo Rutilio Rufo conteniendo una exclamación.
–Ya lo creo que hablo en serio.
–¡Pero sí no tendrá la edad!
–Dieciséis años cumple el día antes de la boda, según me han dicho.
–¡Abominable! – gruñó Mario frunciendo las cejas.
–¡Desde luego cada vez se hacen cosas más absurdas! – dijo Rutilio Rufo con auténtica preocupación-. ¡La edad conveniente son los dieciocho cumplidos! ¡Somos romanos, no infanticidas orientales!
–Bueno, por lo menos el Meneítos hijo tiene poco más de treinta años -añadió Sila-. ¿Qué me decís de la esposa de Escauro?
–¡Cuanto menos digamos, mejor! – espetó Publio Rutilio Rufo, falto de ánimo-. Desde luego, Craso Orator es digno de admiración. Es una familia en la que no falta dinero para las dotes y han colocado muy bien a sus hijas. La mayor la han casado nada menos que con Escípión Nasica, y ahora la pequeña con Meneítos hijo, único heredero, Creo que a Licinia le fue bastante mal casándose a los diecisiete años con un animal como Escípíón Nasica. ¿Sabíais que está embarazada?
Mario dio unas palmadas para llamar al mayordomo.
–¡Marchaos los dos a casa! Cuando la conversación degenera en simple cotilleo de viejas es que está todo agotado. ¡Embarazada! ¡En el cuarto de los niños con las mujeres tenías que estar, Publio Rutilio!
Para aquella cena en casa de Mario habían traído a todos los niños y estaban ya todos dormidos al concluir la fiesta. Sólo el pequeño Mario se quedaba allí, pues los demás tenían que regresar a sus casas con los padres. En el paseo había dos grandes literas, una para los hijos de Sila, Cornelia Sila y el pequeño Sila, y la otra para los tres de Aurelia: Julia Maior, a quien llamaban Lia, Julia Minor, llamada Ju-ju, y el pequeño César. Mientras los adultos seguían charlando en voz baja en el recibidor, un equipo de criados trasladaba cuidadosamente a los niños dormidos a las literas.
Julia parecía no conocer al que llevaba al pequeño César; se irguió y cogió angustiada a Aurelia por el brazo.
–¡Si es Lucio Decumio! – dijo, conteniendo un grito.
–Pues claro que sí -respondió Aurelia, sorprendida,
–¡Aurelia, no deberías consentirlo!
–Tontadas, Julia. Lucio Decumio es para mí una torre de fortaleza. Como bien sabes, el camino hasta mi casa no es un dechado de seguridad y hay que cruzar guaridas de ladrones, ir por vericuetos y qué sé yo… ¡Aún no lo sé después de siete años! No es que salga mucho de casa, pero cuando salgo siempre voy con Lucio Decumio y un par de hermanos suyos para que me acompañen a casa. El pequeño César tiene el sueño ligero, pero cuando le coge Lucio Decumío ni se mueve.
–¿Un par de hermanos suyos? – musitó Julia horrorizada-. ¿Quieres decir que en la casa hay más personajes como Lucio Decumio?
–¡No! – replicó Aurelia con desdén-. Me refiero a sus hermanos de la cofradía del cruce, Julia…, sus sirvientes. ¡Ah, no sé a qué vengo a estas cenas familiares en las raras ocasiones que lo hago! – añadió malhumorada-. ¿Por qué no acabas de entender que tengo mi vida perfectamente organizada y me sobran todos esos aspavientos y prevenciones?
Julia no dijo nada hasta que ella y Cayo Mario fueron a acostarse, después de dejarlo todo recogido, comprobar que los criados se retiraban a sus dependencias, echar el cerrojo de la puerta que daba a la calle y hacer la ofrenda al trío de dioses que protegen el hogar romano, Vesta de la tierra, los Penates de la despensa y los Lares de la familia.
–Aurelia ha estado imposible -comentó una vez en el dormitorio.
Mario estaba cansado, sensación que experimentaba con mayor frecuencia que antaño, lo cual le avergonzaba. Por eso, en lugar de hacer lo que le apetecía, que era darse la vuelta y dormirse, se tumbó de espaldas, cogió a su mujer con el brazo izquierdo y se resignó a oír algún comentario sobre mujeres y asuntos domésticos.
–¿Por qué? – inquirió.
–¿No puedes hacer que regrese a Roma Cayo Julio? Aurelia se está convirtiendo en una especie de vestal solterona. ¡No sé…! Está amargada, hosca, reseca… Sí, ésa es la palabra: reseca -contestó Julia-. Y ese niño la está matando.
–¿Qué niño? – refunfuñó Mario.
–Su pequeño César, de veintidós meses. ¡Oh, Cayo Mario, es asombroso! Ya sé que a veces nacen niños así, pero yo no lo había visto nunca ni sabía de nada semejante entre nuestras amistades. Me refiero a que a todas las madres nos complace que los hijos sepan lo que son la dignitas y la auctoritas cuando los padres los llevan por primera vez al Foro cuando cumplen siete años. ¡Pues ese pequeñajo lo sabe ya sin haber conocido a su padre! De verdad, esposo mío, que ese pequeño César es un niño asombroso.
Se estaba animando y se acordó de otra cosa de suficiente importancia para hacerla rebullirse.
–¡Ah!, ayer estuve hablando con Mucia, la esposa de Craso Orator, y me contó que él presume de que tiene un cliente con un hijo igual que el pequeño César -añadió, dándole un codazo en las costillas-. Cayo Mario, tú debes conocer a la familia porque son de Arpinum.
Mario no había estado prestando mucha atención, pero el codazo acabó de completar lo que había iniciado el agitado rebullir de su mujer; desvelado, pensando en Arpinum, su pueblo de origen, dijo:
–¿De Arpinum? ¿Quién es?
–Ese cliente de Craso Orator se llama Marco Tulío Cicerón y el hijo lleva el mismo nombre.
–Desgraciadamente conozco a esa familia. Son una especie de primos nuestros. ¡Una pandilla de litigantes! Hace unos cien años se quedaron con unas tierras nuestras y ganaron el caso ante los tribunales. Desde entonces no nos hablamos -añadió, sintiendo los párpados pesados.
–Ah, ya -dijo Julia arrimándose más-. Bueno, el niño tiene ocho años y es tan listo que va a estudiar al Foro. Y Craso Orator dice que causará sensación. Me imagino que cuando el pequeño César tenga ocho años también levantará un buen revuelo.
–¡Hummm! – contestó Cayo Mario con un sonoro bostezo.
–¡No te duermas, Cayo Mario! – insistió ella con otro codazo-. ¡Despierta!
Abrió los ojos y efectuó una especie de rugido sordo.
–¿Quieres que echemos una carrera por el Capitolio? – dijo.
Ella soltó una risita y volvió a quedarse quieta.
–Mira, yo no conozco a ese Cicerón, pero conozco a mi sobrino Cayo Julio César y te digo que no es un niño «normal». Ya sé que más que nada esa palabra se utiliza para referirse a la gente mentalmente afectada, pero creo que también puede significar lo contrario.
–Julia, cuanto mayor te haces, más charlatana te vuelves -replicó el cansado Mario.
–El pequeño César -prosiguió ella sin hacer caso- aún no tiene dos años y es como si tuviese cien. Dice palabras altisonantes en frases perfectamente construidas y conoce el significado preciso de los vocablos.
De pronto, Mario se despertó del todo y ya no estaba cansado. Se irguíó para mirar a su esposa, cuyo sereno rostro quedaba delineado por el débil fulgor de la lamparilla. ¡Su sobrino! ¡El sobrino llamado Cayo! La profecía de Marta la síría, anunciada la primera vez que la conoció en el palacio cartaginés de Gauda. Le había predicho que sería el primer hombre de Roma y siete veces cónsul, pero había añadído que no sería el más grande entre los romanos. ¡Lo sería un sobrino de su mujer llamado Cayo! En aquel entonces, él se había dicho ¡por encima de mi cadáver», nadie va a hacerme sombra. Y ahora ese niño era una realidad.
Volvió a tumbarse y el cansancio se le transformó en dolor de piernas. Había dedicado demasiado tiempo, energía y pasión a aquella batalla por convertirse en el primer hombre de Roma, para aguantar mansamente que el brillo de su apellido quedase ensombrecido por un aristócrata precoz que llegaría a la mayoría cuando él, Cayo Mario, fuese demasiado viejo para oponérsele, o quizá ya estuviera muerto. Por mucho que amase a su esposa y por muy humildemente que admitiera que era su apellido aristocrático lo que le había servido para obtener su primer consulado, no le complacía ver a aquel sobrino, sangre de los César, ascender más alto que él.
Había logrado seis consulados, lo que significaba que le faltaba uno. Nadie de la esfera política de Roma creía seriamente que Mario pudiera recuperar su pasada gloria, aquellos años de Alción en los que las centurias le votaban, tres veces in absentia, convencidos de que él era el único que podía salvar a Roma de los germanos. Pues sí, la había salvado. ¿Y cómo se lo habían agradecido? Con un aluvión de impedimentos, censuras y críticas destructivas, con la perenne enemistad de Lutacio Catulo César, de Metelo Numídico el Meneítos, de una poderosa facción senatorial conchabada únicamente para derrocarle. Hombrecillos con sonoros apellidos, abrumados por el criterio de que su amada Roma había sido salvada por un despreciable hombre nuevo, un palurdo itálico que no hablaba griego, como había dicho muchos años atrás Metelo el Meneítos.
Pues no había acabado. Con infarto o sin infarto, Cayo Mario sería cónsul por séptima vez y pasaría a los libros de historia como el romano más ilustre de la república. Y tampoco iba a dejar que ningún guapito de pelo rubio, descendiente de la diosa Venus, entrara en los libros de historia antes que él; no lo iban a consentir ni el patricio Cayo Mario ni el romano Cayo Mario.
–¡Ya arreglaré yo a ese niño! – dijo en voz alta, dando un apretón a Julia.
–¿A qué viene esto? – dijo ella.
–Dentro de unos días nos vamos a Pessinus; tú, yo y nuestro hijo -replicó Mario.
–¡Oh, Cayo Mario! – exclamó ella, sentándose en la cama-. ¿De veras? ¡Qué estupendo! ¿De verdad que vas a llevarnos contigo?
–Claro, mujer. A mí me tienen sin cuidado las convenciones. Estaremos fuera dos o tres años, y a mi edad es mucho tiempo para estar sin ver a mi esposa y a mi hijo. Quizá si fuera más joven lo haría. Y como viajo como un privatus, no existe obstáculo oficial para que lleve a mi familia conmigo. Soy yo quien paga la cuenta -añadió, conteniendo la risa.
–¡Oh, Cayo Mario! – repitió ella sin atinar a decir otra cosa.
–Visitaremos Atenas, Esmirna, Pérgamo, Nicomedia y cien ciudades más.
–¿Y Tarsus? – inquirió ella animada-. ¡Ah, siempre he tenido ganas de ver mundo!
El sueño vencía irremisiblemente a Mario y sus párpados se cerraron y su maxilar inferior cedió.
Julia siguió parloteando unos instantes hasta que se le agotaron los superlativos y se sentó contenta, agarrándose las rodillas, para volverse hacia Mario sonriéndole con ternura.
–Amor mío, no creo que… -dijo delicadamente.
El primer ronquido de Mario fue la respuesta. Como buena esposa tras doce años, meneó la cabeza apaciblemente sin dejar de sonreír y se dio la vuelta hacia la derecha.
Después de apagar el último rescoldo de la revuelta de esclavos de Sicilia, Manio Aquilio había regresado a Roma si no triunfante, sí en óptimas condiciones para recibir una ovación en el Senado. Que no pudiera obtener un triunfo era debido a la naturaleza del rival, que por tratarse de civiles esclavos no tenía categoría de ejército de nación enemiga; las guerras civiles y las guerras serviles recibían rango especial en el código militar romano. Ser encargado por el Senado para aplastar una sublevación civil no era menos honroso y esforzado que enfrentarse a un ejército enemigo, pero al general no se le otorgaba el derecho a reclamar un triunfo. El triunfo era el modo de mostrar al pueblo romano las ganancias de la guerra: los prisioneros, el dinero requisado, el botín de todo tipo, desde clavos de oro arrancados de las puertas de algún monarca, hasta cargamentos de canela e incienso; porque todo lo pillado enriquecía las arcas romanas, y el pueblo podía ver con sus propios ojos lo beneficiosa que era una guerra si se era romano. Es decir, si se era romano y se ganaba. Pero en las rebeliones civiles y de esclavos no había ganancias; sólo pérdidas. Las propiedades que caían en manos del enemigo y que se recuperaban tenían que devolverse a sus dueños y el Estado no podía exigirles un porcentaje.
Así hubo que inventar la ovación, que, como el triunfo, la constituía un desfile sobre el mismo itinerario. Sin embargo, el general no iba montado en el antiguo carro triunfal, no se pintaba la cara ni llevaba el ropaje triunfal; no sonaban trompetas, únicamente el gorjeo menos emotivo de las flautas, y, en lugar de un toro, el Gran Dios recibía una oveja en sacrificio, compartiendo con el general una ceremonia de calidad inferior.
La ovación había satisfecho plenamente a Manio Aquilio. Una vez festejado, ocupó su lugar en el Senado y, en su condición de consular -antiguo cónsul- le pidieron su opinión por delante de otro consular de igual categoría, pero que no había celebrado ningún triunfo ni ovación. Lastrado por el rencor que guardaban hacia un familiar, otro Manio Aquilio, en principio, él ya había desesperado de alcanzar el consulado. Sí, había cosas difíciles de borrar cuando la familia de uno era modestamente noble, y el hecho era que el padre de Manío Aquilio, tras las guerras que siguieron a la muerte del rey Atalo III de Pérgamo, había vendido más de la mitad del territorio de Frigia al padre del actual rey Mitrídates del Ponto por una suma de oro que se había embolsado en beneficio propio. Por derecho, el territorio habría debido ser destinado, junto con las propiedades del rey Atalo, a formar la provincia romana de Asia, pues el rey Atalo había dejado su reino en herencia a Roma. Atrasada y con una población tan ignorante que no daba esclavos de categoría, Frigia no le había parecido a Manio Aquilio padre una gran pérdida para Roma. Pero los personajes del Senado y del Foro con fuerte influencia no habían perdonado al viejo ni habían olvidado el incidente cuando el joven Manio Aquilio entró en la arena política.
Alcanzar el pretorado había sido difícil y había costado la mayor parte de lo que quedaba de aquel oro póntico, pues el padre no había sido frugal ni prudente. Así, cuando al joven Manio Aquilio se le presentó la áurea oportunidad, la aprovechó sin pensárselo dos veces. Después que los germanos derrotasen al lamentable dúo de Cepio y Malio Máximo en la Galia Transalpina -con la consiguiente amenaza de invadir Italia a través del valle del Rhodanus- había sido el pretor Manio Aquilio quien había propuesto que Cayo Mario fuese elegido cónsul in absentia para que pudiese gozar del imperium necesario para hacer frente a la amenaza. Su iniciativa había dejado a Mario en deuda con él; una deuda que Cayo Mario se apresuró complacido a liquidar.
Como consecuencia, Manio Aquilio había sido legado de Mario, contribuyendo a la derrota de los teutones en Aquae Sextiae, y al llevar a Roma la noticia de tan ansiada victoria le habían elegido segundo cónsul para el quinto mandato del propio Mario. Una vez concluido su año de consulado había llevado a Sicilia dos de las legiones veteranas de su general, soberbiamente entrenadas, para cauterizar la enconada llaga de la sublevación de esclavos que ya duraba varios años y constituía un grave peligro para el abastecimiento de trigo a Roma.
Al regresar a Roma y recibir la ovación, alimentaba esperanzas de presentarse a las elecciones de censor cuando llegara el momento de elegir dos nuevos, pero los personajes realmente influyentes en el Senado y en el Foro esperaban el momento propicio, y como el propio Mario había caído como consecuencia del intento de Lucio Apuleyo Saturnino de apoderarse de Roma, Manio Aquilio se vio desvalido y obligado a comparecer ante el tribunal de extorsiones constituido por un tribuno de la plebe con mucha influencia, el tribuno de la plebe Publio Servilio Vatia, y amigos poderosos entre los caballeros que actuaban de jurados y presidentes en los principales tribunales. Aunque no pertenecía a los Servilios patricios, Vatia era de una importante familia noble plebeya y tenía grandes ambiciones.
El juicio se celebró en un Foro soliviantado por diversos acontecimientos, el primero de ellos las jornadas de Saturnino; si bien todos esperaban que con su muerte no volviera a producirse más violencia ni asesinatos de magistrados. Pese a todo había habido violencia y asesinatos, fundamentalmente como consecuencia de las iniciativas del hijo de Metelo el Numídico, o Meneítos joven, por vengarse de los enemigos de su padre. Por los ingentes esfuerzos para lograr el regreso de su padre a Roma, el hijo se había ganado un sobrenombre de mayor categoría que el del progenitor y, por sus desvelos, ahora era Quinto Cecilio Metelo Pío. Y habiendo concluido con éxito su lucha, Metelo Pío se había propuesto hacer sufrir a los enemigos del Meneítos, incluido Manio Aquilio, innegable hombre de paja de Mario.
El público en la Asamblea de la plebe era escaso y poca gente se veía en aquella zona del bajo Foro romano, el cual la asamblea había escogido para la constitución del tribunal de extorsión.
–Este asunto es sumamente ridículo -dijo Publio Rutilio Rufo a Cayo Mario cuando acudieron el último día del juicio de Manio Aquilio-. ¡Era una guerra contra esclavos! Dudo mucho que pudiera cogerse botín entre Lilibaeum y Siracusa, y menos aún que esos terratenientes trigueros no vigilaran de cerca a Manio Aquilio para que no tuviera la menor oportunidad de quedarse ni con una moneda de bronce.
–Es el método que utiliza Meneítos hijo para atacarme -dijo Mario, encogiéndose de hombros-. Manio Aquilio sabe perfectamente que está purgando el haberme prestado apoyo.
–Y el castigo por haber vendido su padre casi toda Frigia -añadió Rutilio Rufo.
–Cierto.
El juicio se desarrollaba según el nuevo procedimiento estipulado por Cayo Servilio Glaucia con su legislación de devolver los tribunales a los caballeros, excluyendo de ellos a los senadores, salvo como defensores. En los días anteriores se había nombrado el jurado, constituido por cincuenta y un miembros de entre los hombres de negocios más importantes, el fiscal y la defensa, tras efectuar sus alegatos provisionales, y habían hecho comparecer a los testigos; en aquella última jornada el fiscal expondría durante dos horas las conclusiones acusatorias, la defensa tendría la palabra durante tres horas, para que, a continuación, el jurado deliberase el veredicto.
Servilio Vatia había actuado bien en nombre del Estado, tanto más cuanto que él era un buen abogado y contaba con buenos ayudantes, pero no había duda de que el público, mucho más numeroso, congregado para la última sesión estaba allí para oír la artillería pesada de los abogados defensores de Manio Aquilio.
El primero en tomar la palabra fue el bizco César Estrabón, joven y malévolo, de gran experiencia y con excelentes dotes naturales para la retórica más refinada. Le siguió otro tan capaz que se había ganado el sobrenombre de Orator: Lucio Licinio Craso Orator. Y Craso Orator cedió la palabra a otro que también respondía al sobrenombre de Orator: Marco Antonio Orator. El haber adquirido tal sobrenombre no se debía exclusivamente a que fuesen consumados oradores públicos, sino a su minucioso conocimiento de los recursos de la retórica y de las fases adecuadas a seguir en un discurso. Craso Orator poseía mejores conocimientos jurídicos, pero Antonio Orator hablaba mejor.
–Por un pelo -dijo Rutilio Rufo al concluir su discurso Craso Orator y comenzar el suyo Antonio Orator.
Mario se limitó a responder con un carraspeo; centraba su atención en el discurso de Antonio Orator para no perderse una palabra. Por supuesto no era Manio Aquilio quien había pagado abogados de semejante talla, y todos lo sabían. Era Cayo Mario quien había contribuido económicamente a la defensa, pues, aunque según la ley y la costumbre los abogados no podían cobrar, sí podían aceptar un regalo ofrecido en señal de agradecimiento por su buena actuación. Y conforme la república pasó de sus años jóvenes a edad más madura, se había generalizado aquel hábito de hacer regalos a los abogados. Al principio, el obsequio consistía en una obra de arte o un mueble, pero en los últimos tiempos se hacía ya con dinero. Naturalmente, nadie hablaba de ello, y era como si aquello no existiese.
–¡Qué mala memoria tenéis, caballeros del jurado! – clamaba Antonio Orator-. Vamos, estrujaos el cerebro y pensad en unos años atrás, cuando la muchedumbre del censo por cabezas llenaba nuestro querido Foro con el vientre tan vacío como los graneros. ¿No recordáis que algunos de vosotros -en el jurado había inevitablemente media docena de importantes comerciantes del trigo- cobrabais a no menos de cincuenta sestercios el modius del poco grano que guardabais en vuestros silos privados? Cuando la muchedumbre se congregaba día tras dia a mirarnos, gritando de indignación. Sí, en aquel entonces, Sicilia, nuestra panera, era un desastre, una Ilíada de infortunios…
Rutilio Rufo le dio un apretón en el brazo y profirió una especie de graznido de horror.
–¡Atiza! ¡Que todos esos ladrones de palabras caigan llenos de llagas agusanadas! ¡Pero sí precisamente ése es mi epigrama! ¡Una Ilíada de infortunios! ¿No recuerdas que yo te escribí esa misma expresión vergonzante cuando estabas en Galia hace unos años? Ya tuve que sufrir que Escauro se la apropiara y ¿qué oigo ahora? ¡Que ha pasado al lenguaje general como si la hubiese acuñado Escauro!
–¡Tace! -exclamó Mario, ansioso por escuchar el discurso de Marco Antonio Orator.
–…convertida en mayor infortunio por la mala administración! Todos sabemos perfectamente quién fue ese mal administrador, ¿no es cierto? – El penetrante y enrojecido ojo se clavó en un rostro particularmente inane de la segunda fila del jurado-. ¿No es cierto? ¡Ah, dejad que os refresque la memoria! Los jóvenes hermanos Lúculo le hicieron rendir cuentas y le enviaron al destierro, privándole de la ciudadanía. Me refiero, por supuesto, a Cayo Servilio Augur. Cuando el leal cónsul Manio Aquilio llegó a Sicilia las cosechas llevaban cuatro años sin recogerse. Y os recordaré que de Sicilia procede la mitad de todo nuestro trigo.
Sila se aproximó, dirigió un saludo con la cabeza a Mario y centró su atención en el aún enfurecido Rutilio Rufo.
–¿Cómo va el juicio?
–¿Quién sabe? Tratándose de Manio Aquilio?… -replicó Rufo con desdén-. El jurado quiere hallar un pretexto para condenarle, y yo diría que lo conseguirá. Quieren hacer un escarmiento para cualquier incauto que se atreva a dar apoyo a Cayo Mario.
–¡Tace! -volvió a gruñir Mario.
Rutilio Rufo se apartó, arrastrando con él a Sila.
–últimamente, tampoco tú, Lucio Cornelio, te apresuras como antes a dar apoyo a Cayo Mario.
–Tengo que labrarme mi carrera, Publio Rutilio, y mucho dudo de que pueda hacerlo apoyando a Cayo Mario.
Rutilio Rufo asintió con una inclinación de cabeza a lo acertado de tal afirmación.
–Sí, es comprensible. Pero, amigo mío, ¡él no se merece eso! Mario se merece la ayuda de quienes le conocemos y le estimamos.
Sila se encogió de hombros ante las palabras de Rutilio Rufo y respondió quejumbroso:
–¡Es muy fácil decirlo! Tú has sido consular y tuviste tu oportunidad, pero yo no. Puedes llamarme traidor si quieres, pero yo te juro, Publio Rutilio, que llegaré a donde me he propuesto. ¡Los dioses protejan a quienes se crucen en mi camino!
–¿Incluso Cayo Mario?
–Incluido él.
Rutilio Rufo calló, contentándose con mover la cabeza, anonadado.
Sila permaneció en silencio por unos instantes y luego dijo:
–Me han dicho que los celtíberos están dando mucho que hacer a nuestro gobernador de la Hispania Citerior, y Dolabella en la Ulterior está tan ocupado con los lusitanos que no puede acudir en su ayuda. Me da la impresión de que Tito Didio tendrá que llegarse a la Hispania Citerior durante el consulado.
–Es una lástima -contestó Rutilio Rufo-, porque me gusta el estilo de Tito Didio, por muy hombre nuevo que sea. Unas leyes muy razonables por una vez… y procedentes de un cónsul.
–¿Cómo, es que no crees que nuestro amado primer cónsul Metelo Nepo haya ideado esas leyes? – replicó Sila sonriente.
–Lo mismo que tú, Lucio Cornelio. ¿Es que ha habido algún Cecilio Metelo que se haya preocupado de mejorar la maquinaria del Estado en lugar de su propia condición? Esas dos modestas leyes de Tito Didio son tan importantes como beneficiosas. Se acabaron las aprobaciones precipitadas en las asambleas, y ahora tendrán que transcurrir tres días nundinae entre la promulgacíón y la ratificación. E igualmente se ha puesto fin a eso de juntar cosas no relacionadas, redactando leyes confusas y difíciles. Si este año no ha habido nada relevante en el Senado y los Comicios, al menos tenemos las leyes de Tito Didio -dijo Rutilio Rufo con satisfacción.
Pero a Sila no le interesaban las leyes de Tito Didio.
–Todo eso está muy bien, Publio Rutilio, pero no era a lo que yo me refería. Si Tito Didio va a la Hispania Citerior a reprimir a los celtíberos, yo seré su primer legado. Ya he hablado con él y se mostró más que encantado. Será una larga y terrible guerra, en la que obtendremos botín y nos dará prestigio. Quién sabe si incluso me concede el mando de un ejército…
–Posees una buena reputación militar, Lucio Cornelio.
–¡Pero mira que cacat desde entonces! – exclamó Sila, irritado-. ¡Esos votantes idiotas con más dinero que entendimiento lo han olvidado todo! ¿Y qué sucede? Catulo César preferiría verme muerto por temor a que abra la boca para amotinarme, y Escauro me castiga por algo que no he cometido -añadió, enseñando los dientes-. ¡Que vayan con cuidado esos dos! ¡Porque si llega el día en que yo advierta que me han entorpecido definitivamente el paso hacia la silla de marfil, haré que se arrepientan de haber nacido!
¡Bien que le creo!, pensó Rutilio Rufo, sintiendo un escalofrío al notar lo peligroso que era aquel hombre. Era mejor que se ausentara.
–Pues ve a Hispania con Didio -dijo-. Tienes razón, es lo mejor para conseguir el pretorado. Empezar bien, con una nueva reputación. Pero es una lástima que no puedas presentarte a la elección de edil curul, tienes sentido del espectáculo y darías juegos estupendos. Y después de eso tendrías allanado el camino al pretorado.
–No tengo dinero para ser edil curul.
–Cayo Mario te lo daría.
–No voy a pedírselo. Lo poco que tengo, al menos lo he conseguido por mí mismo. No me lo dio nadie; lo cogí yo.
Palabras que hicieron que Rutilio Rufo recordase el rumor difundido por Escauro a propósito de Sila durante su campaña al pretorado, en el sentido de que para lograr el dinero que le permitiese acceder a la condición de caballero había matado a su querida, y que luego, para poder inscribirse en el censo senatorial, había asesinado a su madrastra. Rutilio Rufo se había mostrado inclinado a descartar ese rumor, lo mismo que las supuestas guarrerías de comercio carnal con madres, hermanas e hijas, con muchachitos y las acusaciones de coprofagia. ¡Pero a veces Sila decía unas cosas! Entonces, ¿qué podía uno pensar?
En el juicio se produjo un revuelo: Marco Antonio Orator iniciaba la conclusión.
–¡Ante vosotros tenéis a un hombre fuera de lo común! – gritaba-. ¡Tenéis ante vosotros a un ciudadano de Roma, a un soldado, a un Valeroso soldado! ¡A un patriota, a uno que cree en la grandeza de Roma! ¿Por qué tal hombre iba a arrebatar un solo plato de peltre a los campesinos, robar sopa de acedera a criados y pan malo a los panaderos? ¡Os lo pregunto, caballeros del jurado! ¿Habéis oído historias de peculados monstruosos, de estupro y asesinato, de hurto? ¡No! ¡No habéis escuchado más que a unos cuantos hombrecillos vulgares lloriqueando por la desaparición de diez monedas de bronce, un libro o unos pescados!
Orator hizo una inspiración y pareció crecerse, poniendo de relieve el magnífico físico de todos los Antonianos, con el pelo castaño ondulado y aquel rostro tan poco intelectual que tanta confianza infundía. Tenía fascinados a todos los miembros del jurado.
–Se los ha ganado -dijo plácidamente Rutilio Rufo.
–Me interesa más lo que pretende hacer con ellos -añadió Sila con gesto alerta.
En aquel momento se produjo un revuelo y como un grito en suspenso. Antonio Orator se acercó a grandes zancadas a Manio Aquilio y se le chó encima, le desgarró la toga, cogió el cuello de la túnica con ambas manos y lo partió, dejando al acusado ante el tribunal con un simple taparrabos.
–¡Mirad! – tronó Orator-. ¿Es acaso la piel blanca como el lirio y depilada de una saltatrix tonsa? ¿Es el cuerpo fofo y panzudo de un glotón gandul? ¡No! Lo que veis son cicatrices. Docenas de cicatrices de guerra. ¡Es el cuerpo de un militar, un hombre Valeroso, un romano, un comandante tan apreciado por Cayo Mario que le encomendó la misión de ir tras las líneas enemigas para atacar por la retaguardia! ¡Es el cuerpo de quien no huyó chillando del campo de batalla cuando una espada hizo mella en él, una lanza rozó su muslo o una piedra le dejó sin respiración! ¡Es el cuerpo de alguien que ante graves heridas reaccionó con una simple mueca de exasperación y prosiguió su tarea de aniquilar al enemigo! – El abogado agitó las manos sobre su cabeza para dejarlas caer de golpe-. Ya basta. No diré nada más. Decidme vuestro veredicto -añadió lacónico.
Y dieron su veredicto. ABSOLVO.
–¡Farsantes! – farfulló Rutilio Rufo-. ¿Cómo se presta el jurado a semejante engaño? Se le rasga la túnica como si fuese de papel y ahí está, ¡en taparrabos!… ¡Por Júpiter! ¿Qué es lo que eso os da a entender?
–Que Aquilio y Antonio lo tenían preparado de antemano -contestó Mario con una gran sonrisa.
–Yo creo que Aquilio no arriesgaba gran cosa si hubiera comparecido sin taparrabos -añadió Sila.
Tras la risotada que siguió, Rutilio Rufo dijo a Mario:
–Dice Lucio Cornelio que se marcha a la Hispania Citerior con Tito Didio. ¿Qué te parece?
–Creo que es lo mejor que puede hacer -respondió Mario muy tranquilo-. Quinto Sertorio va a presentarse a la elección de tribuno de los soldados, así que me atrevería a decir que él también se va a Hispania.
–No pareces muy sorprendido -comentó Sila.
–No lo estoy. De todos modos, las noticias sobre Hispania serán de dominio público mañana. Hay convocada una reunión del Senado en el templo de Bellona y en ella encargaremos a Tito Didio la guerra contra los celtíberos -dijo Mario-. Es un buen hombre, buen militar y hábil general, en mi opinión. Sobre todo cuando se enfrenta a galos de diversas tribus. Sí, Lucio Cornelio, te hará más bien para las elecciones ir a Hispania como legado que recorrer Anatolia con un privatus.
A la semana siguiente salía el privatus hacia Tarento para tomar el barco en dirección a Patrae. Al principio algo confuso y trastornado por el hecho de viajar con su esposa y su hijo, cosa que nunca había hecho. El militar ladraba órdenes a los criados y viajaba con el menor equipaje posible y lo más rápido que podía, pero las esposas, como comprobaría en seguida, pensaban de otro modo. Julia había decidido llevarse media casa, incluido un cocinero especializado en comidas infantiles, el pedagogo del pequeño Mario y una muchacha que hacía milagros con el cabello de su ama. Había empaquetado, además, todos los juguetes del pequeño, sus libros de estudio y la biblioteca entera del pedagogo, más ropa para cualquier eventualidad y artículos que temía no encontrar fuera de Roma.
–Somos tres y llevamos más equipaje y sirvientes que el rey de los partos en viaje veraniego de Seleucia, en el Tigris, a Ecbatana -gruñó Mario al cabo de tres jornadas por la vía Latina en las que aún no habían rebasado Anagnia.
Pero siguió soportando la situación hasta que unas tres semanas más tarde llegaban por la Via Appia a Venusia, agobiados por el calor y sin poder encontrar una posada lo bastante amplia para alojar sirvientes y equipaje.
–¡Esto no puede seguir! – bramó Mario, después de enviar a los criados y el equipaje menos necesarios a otro albergue y quedarse a solas con Julia-. O aligeras tu dispositivo logístico, Julia, o te vuelves con el pequeño a Cumae a pasar el verano. ¡Nos esperan varios meses de viaje por territorio sin civilizar y no hay necesidad de tanto cachivache! ¡Un cocinero para el pequeño… válganme los dioses!
Julia estaba acalorada, rendida y a punto de llorar; las maravillosas vacaciones eran una pesadilla interminable. Tras escuchar el ultimátum, su primera reacción fue aprovechar la oportunidad de volverse a Cumae, pero luego pensó en los años que estaría sin ver a Mario y a su hijo; además, cabía la posibilidad de que en cualquier remoto lugar su esposo sufriera otro infarto.
–Cayo Mario, es la primera vez que viajo, si exceptuamos las ídas a Cumae y Arpinum; y cuando voy con el pequeño a Arpinum, o a Cumae lo hacemos igual que ahora, pero te entiendo -dijo llevándose la mano a la cara para enjugarse furtivamente una lágrima-. El inconveniente es que no tengo la menor idea de cómo arreglármelas.
¡Era la primera vez que Mario oía a su esposa admitir que hubiese algo superior a sus fuerzas! Y comprendiendo lo que le habría costado decirlo, la abrazó y la besó en el pelo.
–No te apures, me encargo yo -dijo-. Pero si lo hago, hay algo que quiero que quede claro.
–¡Lo que tú digas, Cayo Mario, lo que tú digas!
–¡Luego no empieces a refunfuñar porque he tirado algo que necesitabas o he mandado regresar a un sirviente que te es imprescindible! ¡No quiero oír una sola palabra! ¿Entendido?
Suspirando complacida y apretándole con fuerza, Julia cerró los ojos.
–Entendido -dijo.
A partir de allí viajaron bien y con rapidez; y, para sorpresa de Julia, con gran comodidad. Siempre que podían se alojaban en villas romanas privadas del itinerario, ya fuesen amigos o merced a una carta de presentación; era una modalidad de hospitalidad recíproca, pero que no obligaba. Sin embargo, después de Beneventum tuvieron que contentarse casi siempre con posadas, y entonces Julia comprendió que habría sido imposible de haber seguido con el equipaje inicial.
El calor proseguía implacable, pues el extremo sur de la península era seco y casi todas las vías principales carecían de sombra, pero el ritmo más rápido de viaje servía de alternativa a la monotonía y les permitía ofrecerse con mayor frecuencia baño y solaz en alguna poza de los ríos o en algún centro habitado de casas de adobe con tejado plano y suficiente perspicacia comercial para alquilar baños.
Por ello agradecieron las fértiles tierras colonizadas por los griegos en las llanuras costeras en torno a Tarentum, y más aún la propia Tarentum. Seguía siendo una ciudad más griega que romana, aunque no tan importante como otrora, cuando era término de la Via Appia. Ahora casi todo el tráfico continuaba hacia Brundisium, principal puerto de embarque para Macedonia. Blanca y austera, en fuerte contraste con el azul del cielo y del mar, el verde de campos y bosques y el ocre y el gris de los riscos montañosos, Tarentum acogió también encantada al gran Cayo Mario. Se alojaron en la fresca y cómoda residencia del etnarca, que ya por entonces era ciudadano romano y fingía sentirse más complacido de que le llamasen duumvir en lugar de etnarca.
Al igual que en todas las demás etapas en la Via Appia, Mario y los personajes principales de la localidad se reunieron para hablar de Roma, de Italia y de las tirantes relaciones que existían entre Roma y sus aliados itálicos. Tarentum era una colonia con derechos latinos y sus magistrados principales -los dos llamados duumviri- tenían derecho a plena ciudadanía romana para ellos y su descendencia, pero sus raíces eran griegas y la ciudad era tan antigua o más que la propia Roma, pues había sido una avanzadilla de Esparta, y por cultura y costumbres era bastante espartana.
Mario comprobó que existía un gran resentimiento contra el nuevo Brundisium, lo que a su vez había suscitado enorme simpatía entre las clases más bajas de la ciudad hacia los ciudadanos de los aliados itálicos.
–Muchos soldados de los aliados itálicos han muerto sirviendo en ejércitos de Roma al mando de militares ineptos -dijo el acalorado etnarca a Mario-. Sus granjas están abandonadas y no se engendran hijos. Y en Lucania, Samnium, Apulia, no hay dinero. Los aliados itálicos se ven obligados a equipar sus legiones de tropas auxiliares y pagarlos para que sigan en el campo de batalla al servicio de Roma. ¿Y para qué, Cayo Mario? ¿Para que Roma mantenga abierta una carretera entre la Galia itálica e Hispania? ¿De qué les sirve eso a los de Apulia o Lucania, que nunca han de usarla? ¿Para que Roma pueda traer el trigo de Africa y de Sicilia y alimentar bocas romanas? En tiempo de hambruna, ¿cuánto trigo se procura a los samnitas? Hace muchos años que los romanos de Italia no pagan un impuesto directo a Roma, ¡pero los de Apulia, Calabria, Lucania y Bruttium no cesamos de pagarlos! Supongo que deberíamos agradecerle a Roma la Via Appia, o Brundisium cuando menos… Pero, ¿en cuántas ocasiones nombra Roma un intendente que la mantenga en condiciones decentes? Hay un tramo, habréis pasado por él, en el que una inundación arrastró el balasto hace ¡veinte años! ¿Y se ha reparado? ¡No! ¿Lo repararán? ¡No! Sin embargo, Roma nos impone diezmos y tasas y se lleva a nuestros jóvenes a luchar en guerras en el extranjero; son hombres que mueren, y acto seguido un romano se nos mete en casa y se queda con nuestras tierras; se trae esclavos que apacienten sus enormes rebaños, los encadena para que trabajen, los encierra en barracas para dormir y cuando mueren compra más. No gasta ni invierte nada en nosotros. No vemos un solo sestercio del dinero que se embolsa, ni da trabajo a los nuestros. Más que incrementar, lo que hace es disminuir nuestra prosperidad. ¡Ha llegado el momento, Cayo Mario, de que Roma sea más generosa con nosotros o deje de dominarnos!
Mario había escuchado impasible aquel largo y apasionado alegato, una versión más coherente de lo que había oído durante el recorrido de la Via Appia.
–Yo haré cuanto pueda, Marco Porcio Cleónimo -dijo con gravedad-. En realidad hace años que intento hacer algo; que haya tenido poco éxito se debe principalmente a que muchos de los miembros del Senado, los más ilustres del gobierno en Roma, nunca viajan como hago yo, no hablan con la gente del lugar, ni, ¡Apolo los ayude!, tienen ojos para ver. No ignoraréis que yo me he pronunciado infinidad de veces en contra del despilfarro de vidas en nuestros ejércitos, y creo que, en términos generales, ha pasado la época en que nuestros ejércitos los mandaban militares ineptos. Si no por otro, por mí sí lo sabe el Senado de Roma. Desde que Cayo Mario, el hombre nuevo, enseñó a esos aficionados de Roma lo que es el generalato, he advertido que el Senado está más predispuesto a dar el mando de sus ejércitos a hombres nuevos de probada valía militar.
–Eso está muy bien, Cayo Mario -replicó afable Cleónimo-, pero no sirve para resucitar a los muertos ni para que haya hijos en las granjas abandonadas.
–Lo sé.
Mientras el barco zarpaba, abriendo su gran vela cuadrada, Cayo Mario se acodó en la borda, contemplando Tarentum difuminándose cada vez más pequeño en la neblina azul. Y volvió a pensar en las quejas de los aliados itálicos. ¿Era porque con mucha frecuencia le habían llamado itálico o no romano? ¿O era porque, pese a todos sus defectos y debilidades, poseía el sentido de la justicia? ¿O sería porque, en definitiva, no aguantaba la ineptitud desastrosa que todo ello suponía? Una de las cosas de las que estaba firmemente convencido era de que llegaría un día en que los aliados itálicos de Roma exigirían ser reconocidos y pedirían plena ciudadanía romana para todos los habitantes de la península y, quizá, incluso de la Galia itálica.
Lanzó una carcajada mental, se apartó de la borda y se dio la vuelta para ir a buscar a su hijo; pudo demostrar su experiencia marinera, pues el barco cabeceaba a impulsos de una fuerte brisa y cualquier persona no acostumbrada ya habría vomitado irremediablemente.
Julia tenía buen aspecto y estaba tranquila.
–Casi toda mi familia se ha criado en el mar -dijo al acercársele Mario-. Mi hermano Sexto es el único que se marea, seguramente por culpa del asma.
El paquebote de Patrae hacía siempre la misma travesía y ganaba lo mismo con los pasajeros que con la carga mercantil, por lo que Mario disponía de una especie de camarote en cubierta; sin embargo, era indudable que Julia estaría deseando desembarcar en Patrae.
Puesto que Mario pretendía cruzar después el golfo hasta Corinto, ella se negó a moverse de Patrae sin antes hacer un viaje por tierra en peregrinaje a Olimpia.
–Es muy raro -comentó, mientras se dirigían allá montados en burro- que el santuario de Zeus más famoso del mundo esté perdido en el Peloponeso. No sé por qué, pero siempre pensé que Olimpia estaba en la falda del monte Olimpo.
–Tu influencia griega… -comentó Mario, que ansiaba llegar a la provincia de Asia lo antes posible, pero no tenía el valor de negarle a Julia aquellos caprichos. Viajar con una mujer no se avenía con su concepto de pasarlo bien.
Sin embargo, en Corinto se alegró. Cincuenta años antes, Mummio la había saqueado, enviando todos sus tesoros a Roma, y la ciudad no se había recuperado. Recogida al pie de un imponente peñón, llamado el Acrocorinto, muchas de sus casas se veían abandonadas y en ruinas, con las puertas fantasmagóricamente batidas por el viento.
–Éste es uno de los lugares en que yo quería asentar a mis antiguos soldados -dijo con cierta añoranza mientras recorrían las desiertas calles-. ¡Mira! ¡Está pidiendo a gritos nuevos pobladores! Hay mucha tierra de cultivo y tiene puerto en el Egeo y en el Jónico. Reúne todas las condiciones para convertirse en un emporio. ¿Y qué es lo que me hicieron? Derogar la ley agraria.
–Porque la había promulgado Saturnino -dijo el pequeño Mario.
–Exacto. Y porque esos imbéciles del Senado no supieron ver lo importante que es conceder un pedazo de tierra a los soldados del censo por cabezas que se licencian. Hijo, yo permití a los proletarios el acceso al ejército y di a Roma sangre nueva en la modalidad de una clase de ciudadanos que anteriormente eran inútiles, Y esos soldados sin fortuna del censo por cabezas demostraron su valía en Numidia, en Aquae Sextiae y en Vercellae; combatieron tan bien o mejor que los antiguos soldados, por muy ricos que fuesen. ¡Pero no se les puede licenciar y dejar que vuelvan al arroyo de Roma! Hay que darles tierras para que se asienten. Yo sabía que la primera y la segunda clase nunca habrían consentido que se asentasen en tierras públicas romanas dentro de Italia, por eso promulgué leyes para que se estableciesen en sitios como éste que necesitan repoblación. Aquí, ellos habrían traído Roma a las provincias, estableciendo perennes relaciones de amistad. Pero, desgraciadamente, los personajes del Senado y los dirigentes de los caballeros consideran que Roma es algo suyo en exclusiva, con unas costumbres y un modo de vida que no deben esparcirse por el orbe.
–Quinto Cecilio Metelo el Numídico -dijo el pequeño Mario con cierto tono de aborrecimiento, pues se había criado en un hogar en el que aquel nombre jamás se pronunciaba con agrado, y generalmente se le añadía el epíteto de «el Meneítos»… aunque ya se libraría él de hacerlo delante de su madre.
–¿Y quién más? – inquirió Mario.
–Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, y Cneo Domicio Ahenobarbo, pontífice máximo, y Quinto Lutacio Catulo César, y Publio Cornelio Escipión Nasica…
–Muy bien; basta. Sí, movilizaron a sus clientes y organizaron una facción demasiado poderosa, incluso para mí. Y así, el año pasado borraron de las tablillas casi toda la legislación de Saturnino.
–La ley del trigo y las leyes agrarias -dijo el pequeño Mario, que ya se entendía muy bien con su padre ahora que estaban lejos de Roma, y al que complacía que su progenitor aprobase sus comentarios.
–Salvo la primera ley para el asentamiento del censo por cabezas en las islas africanas -añadió Mario.
–Lo que me recuerda, esposo mío, una cosa que quería decirte -terció Julia.
Mario dirigió una mirada significativa a la cabeza del pequeño, pero Julia no se contuvo.
–¿Cuánto tiempo piensas tener a Cayo Julio César en esa isla? ¿No podría volver a Roma? – inquirió-. Debería hacerlo por el bien de Aurelia y de los niños.
–Le necesito en Cercina -contestó Mario, lacónico-. No es un dirigente nato, pero ningún comisionado ha trabajado nunca tan bien en mi proyecto agrario como Cayo Julio. Mientras él esté en Cercina sé que los planes van adelante, las quejas son mínimas y los resultados inmejorables.
–¡Pero lleva allí mucho tiempo! – replicó Julia-. ¡Hace tres años que está!
–Y es muy posible que esté tres años Más -contestó Mario, inflexible-. Ya sabes lo despacio que van esas encomiendas agrarias, con tanto como hay que hacer: vigilar, entrevistarse con gente, dictaminar las compensaciones, aclarar las numerosas confusiones y… vencer la resistencia local. Cayo Julio lo hace todo admirablemente. No, Julia. ¡No vuelvas a repetírmelo! Cayo Julio debe permanecer allí hasta que acabe su misión.
–Pues lo siento por su esposa y sus hijos.
Pero la preocupación de Julia era injustificada, porque Aurelia se hallaba contenta con su suerte y apenas echaba de menos a su marido. Y no es que fuese por falta de cariño o por negligencia de sus deberes de esposa; se debía al hecho de que mientras él estaba lejos, ella podía realizar su trabajo sin temor a desaprobación, críticas o -¡ojalá nunca se diera el caso!– la prohibición de hacerlo.
Al casarse y trasladarse al mayor de los dos pisos de la planta baja del edificio de la insula recibida como dote, Aurelia había descubierto que su esposo esperaba que ella llevase la misma vida que le habría caído en suerte de haber vivido en un domus privado del Palatino. Una vida muelle, elitista y bastante inútil. El tipo de vida que ella tanto criticaba en sus conversaciones con Lucio Cornelio Sila; tan vacía y carente de estímulos, que hacía inevitable que una mujer sucumbiera a alguna historia amorosa. Espantada y desilusionada, Aurelia se había percatado de que César desaprobaba que tratase en persona con los numerosos inquilinos de las viviendas de aquellos nueve pisos y fuese ella misma, y no un administrador, quien cobrase los alquileres y llevase toda la tarea desde su casa.
Pero es que Cayo Julio César era un noble de estirpe antigua y aristocrática y eso pesaba. Vinculado a Cayo Mario por su matrimonio y su falta de fortuna, César había iniciado la carrera pública al servicio de aquél como tribuno de los soldados y después como tribuno de sus ejércitos, para finalmente -tras llegar a cuestor y acceder al Senado- ser nombrado delegado del reparto de tierras en la isla de Cercina de la Sirte Menor africana a los antiguos combatientes del censo por cabezas que habían servido con Mario. Todos estos empleos le habían alejado de Roma, el primero de ellos inmediatamente después de su boda con Aurelia. Había sido una pugna de amor, bendecida con dos hijas y un varón, pero el padre no había asistido al nacimiento de ninguno de ellos ni los había visto crecer. Una breve visita al hogar se transformaba en un nuevo embarazo y él volvía a estar ausente meses y a veces años.
En la época en que el gran Cayo Mario se había casado con Julia, la hermana de César, la familia de Julio César estaba arruinada, aunque la providencial adopción del hijo mayor había servido para que los otros dos tuviesen asegurados los fondos para acceder al consulado. El hijo adoptado se llamaba ahora Quinto Lutacio Catulo César, Pero el padre de César (el abuelo César, como se le conocía en aquella época, mucho después de que hubiera muerto) tenía dos hijos y dos hijas a quienes garantizar el porvenir y sólo disponía de dinero para uno solo de sus cuatro retoños. Sin embargo tuvo la luminosa idea de ofrecer una de sus hijas al acaudalado -aunque, por desgracia, de baja cuna- Cayo Mario. Y el dinero de Cayo Mario había sido el instrumento para la dote de las hijas y la adquisición de las seiscientas iugera de tierra próximas a Bovillac, más que suficientes para producirle a César las rentas necesarias para inscribirse en el censo senatorial. Con el dinero de Cayo Mario se habían allanado todos los obstáculos en el camino de los jóvenes César -los hijos del abuelo César- de la casa de Julio César.
El propio César había heredado la gracia y la rectitud mental para mostrar su sincera gratitud, mientras que su hermano mayor Sexto se había sentido atormentado y poco a poco se había ido apartando de la familia después de casarse. César sabía muy bien que sin el dinero de Cayo Mario no habría accedido al Senado y poco porvenir habrían tenido sus previsibles hijos. Y de no haber sido por el dinero de Mario, César nunca habría podido aspirar a casarse con la hermosa Aurelia, hija de una noble y rica familia, codiciada por numerosos pretendientes.
No cabía duda de que si hubiesen presionado a Mario habrían conseguido una casa en el Palatino o en la Carinae, ya que Marco Aurelio Cota, padrastro de Aurelia, les había instado a que utilizasen la importante dote para comprar una casa privada; pero la joven pareja había optado por seguir el consejo del abuelo de César, renunciando al lujo de vivir solos, y habían invertido la dote de Aurelia en la compra de una insula, una casa de viviendas populares en la que vivirían los recién casados hasta que la carrera de César, apenas comenzada, les permitiese adquirir un domus en un sector más elegante de Roma; cosa nada difícil, dado que la insula de Aurelia estaba en pleno corazón del Subura, el barrio de Roma más poblado y más pobre, situado entre el declive del monte Esquilino y la colina Viminal, una bulliciosa aglomeración de gentes de todas las razas y credos, a la que se mezclaban romanos de la cuarta y quinta clase y del censo por cabezas.
No obstante, Aurelia había hallado en la insula una ocupación que la entretenía, y en cuanto César abandonó Italia y ella dio a luz, se dedicó con todo entusiasmo a su papel de casera, despidió a los administradores, comenzó ella misma a llevar los libros y pronto los inquilinos fueron amigos suyos además de clientes. Era una mujer competente, razonable, a quien nada atemorizaba, fuese crimen o vandalismo, y que incluso había metido en cintura a los miembros de la cofradía del cruce con sede en el edificio. Se trataba de una asociación formada por hombres del barrio cuya encomienda -por sanción oficial del pretor urbano- era mantener en condiciones el altar dedicado a los lares en el cruce existente en el vértice de la insula triangular de Aurelia, así como la fuente, la calzada y las aceras. El encargado de la cofradía y jefe de sus miembros era Lucio Decumio, romano de Roma, aunque sólo de la cuarta clase.
Cuando Aurelia asumió la administración de la insula, descubrió que Lucio Decumio y sus secuaces dirigían bajo cuerda una agencia de protección que sembraba el terror entre tenderos y porteros de una milla a la redonda. Ella había puesto coto a aquello y además había hecho amistad con Lucio Decumio.
Como no tenía leche, a sus hijos los habían amamantado las mujeres que vivían en la ínsula, abriendo a los tres pequeños patricios aristócratas las puertas de un mundo cuya existencia, en circunstancias normales, ellos ni habrían soñado. Con el resultado de que, mucho antes de alcanzar la edad de ir a la escuela, los tres hablaban -en diversos niveles- griego, hebreo, sirio, varios dialectos galos y tres variantes de latín: el de sus antepasados, el de las clases bajas y la jerga particular del Subura. Habían visto con sus propios ojos cómo vivía la gente romana del arroyo, habían probado toda una serie de comidas que los extranjeros consideraban buenas, y llamaban por su nombre de pila a los facinerosos de la taberna de la cofradía de Lucio Decumio.
Aurelia estaba convencida de que todo aquello no podía hacerles mal alguno. Aunque no debe pensarse que era iconoclasta ni reformista; ella mantenía inflexible los principios de su ascendencia. Pero además de todo eso, era una mujer con auténtica pasión por las cosas bien hechas, con una profunda curiosidad y un gran interés por la humanidad. Mientras que en su protegida juventud se había aferrado al ejemplo de Cornelia, madre de los Gracos, considerando a aquella heroica y desventurada matrona romana la mujer más grande de la Historia, en su madurez se aferraba a algo más tangible y valioso: su reserva de buen sentido común. Por ello no veía nada malo en la charla políglota de sus tres pequeños patricios aristócratas y juzgaba que para ellos era una experiencia sin par haber aprendido a asumir el hecho de que las gentes del barrio a las que trataban nunca podrían aspirar a conocer la diferencia abismal que los separaba por su cuna.
Lo que Aurelia temía era el regreso de Cayo Julio César, esposo y padre, que en realidad no había sido ni esposo ni padre. La asiduidad habría podido infundirle cierto grado de aptitud en ambos papeles, pero Cayo Julio César no se había criado en la facilidad, y menos en la asiduidad. Como romana de su clase, Aurelia tampoco sabía nada, ni le importaba, de las mujeres a las que indudablemente recurriría de vez en cuando para satisfacer sus necesidades básicas, aunque sí sabía, por su conocimiento de las vidas de los ínquilinos, que las mujeres de otras clases llegaban a caer en ataques histéricos y a matar por amor o por celos. Un estado inexplicable para ella, pero hecho bien real. Daba gracias a los dioses por haber sido educada en la aptitud para discernir y mejor disciplinar sus emociones, y no se la ocurría pensar que muchas mujeres de su clase sufrieran también el terrible tormento de los celos y la frustración.
No, cuando César volviera a casa, seguro que habría problemas. Pero ella hacía abstracción del día en que eso sucediera, entreteniéndose sin reparos y sin preocuparse por los tres pequeños patricios ni por el lenguaje que les diera por hablar. Al fin y al cabo, ¿no sucedía lo mismo en el Palatino y la Carinae, cuando las mujeres entregaban sus hijos al cuidado de nodrizas de todas las regiones del mundo? Sólo que en tales casos se ignoraban las consecuencias, que quedaban como ocultas bajo un mueble, pues hasta los niños se volvían consumados conspiradores y ocultaban lo que sentían por las muchachas y mujeres a quienes conocían mucho mejor que sus madres.
Sin embargo, el pequeño Cayo Julio era un caso especial y muy difícil; hasta la capaz Aurelia sentía una invisible amenaza en la nuca siempre que se detenía a pensar en aquel hijo y en su futuro. Sí, en la cena de Julia, había confesado a ésta y a Elia que a veces casi la volvía loca; y ahora se alegraba de haber tenido aquella debilidad, porque Elia la había sugerido poner al pequeño César en manos de un pedagogo.
Aurelia había oído hablar de niños de una extraordinaria inteligencia, naturalmente, pero se imaginaba que procedían de familias más pobres y humildes que las de clase senatorial; y fue a Marco Aurelio Cota, su tío y padrastro, en una visita que había hecho a sus padres, a quien había solicitado los medios para dar a aquel niño singular una mejor alternativa social de la que ellos podían darle, a cambio de hacerse ellos y el hijo clientes a su servicio para el resto de sus días. A Cota siempre le había complacido ayudarlos y le encantó la idea de que cuando el niño fuese mayor, tanto él como sus hijos pudiesen contar con los servicios de alguien tan excepcionalmente dotado. Pero Cota era también un hombre práctico y razonable, como Aurelia le había oído decir a su esposa Rutilia en cierta ocasión.
–Desgraciadamente, esos niños no siempre responden a las expectativas y su fuego se quema rápidamente, volviéndose grises, fríos e inertes, o acaban siendo excesivamente engreídos y pagados de sí mismos y se pierden. Sí, algunos resultan estupendos y son muy útiles y valiosos. Por eso me gusta ayudar a los padres en lo que pueda.
Lo que Cota y Rutilia pensaron de su superdotado nieto César, Aurelia no lo sabía porque les había ocultado la precocidad de su hijo impidiendo que lo vieran. En realidad había procurado que nadie conociese al pequeño. En cierto sentido, su inteligencia la emocionaba, despertando en ella toda clase de ilusiones respecto a su porvenir; pero en otros muchos aspectos la deprimía profundamente. Si hubiese conocido sus debilidades y defectos habría sido capaz de corregirlos. Pero ¿quién podía, aunque fuese madre, conocer las debilidades y los defectos de carácter de un niño que aún no había cumplido dos años? Antes de mostrarlo a la curiosidad de los demás quería estar mejor informada respecto a él, encontrarse más identificada. Pero no se le disipaba aquella reserva mental amenazadora de que el pequeño no poseyera la fortaleza e imparcialidad para asumir las dotes que la naturaleza le había dado.
Era sensible, de eso estaba segura, y era fácil ganárselo, pero también era reacio al afecto, animado por una extraña e incomprensible alegría existencial que ella no había conocido. Era de un entusiasmo desbordante y con una inigualable avidez mental para captar datos. Lo que más preocupaba a Aurelia era su candidez, su anhelo por hacerse amigo de todos, su inquietud cuando ella le aconsejaba pararse a pensar, que no diese por sentado que todo el mundo estaba al servicio de sus propósitos, que comprendiera que había mucha gente mala.
De todos modos, ¡qué absurdas resultaban aquellas indagaciones anímicas en el caso de un niño! Que los procesos mentales fuesen extraordinarios, no significaba que los acompañase la experiencia. De momento, el pequeño César no era más que una esponja que absorbía todos los líquidos con que se tropezaba, y si no le bastaba, él mismo la estrujaba para embeberse más. Claro que tenía debilidades y defectos, pero ella no sabía si eran permanentes o simples fases pasajeras del extraordinario proceso de aprendizaje. Por ejemplo, era arrasadoramente encantador, lo sabía y se valía de ello expresamente con los demás, como hacía con su tía Julia, más que predispuesta a someterse a sus caprichos.
Ella no quería criar a un niño viciado en semejantes prácticas reprobables. La propia Aurelia carecía de encanto y despreciaba a los que lo tenían, porque sabía la facilidad con que conseguían lo que se les antojaba y lo poco que lo apreciaban una vez conseguido. El encanto era indicio de un carácter débil, no de un dirigente. El pequeño César tendría que renunciar a algo que no iba a favorecerle en el contacto con otros hombres, en asuntos en que lo que más importaba era la seriedad y las auténticas virtudes romanas. Además, era un niño muy guapo; otro don adverso. Pero ¿cómo eliminar esa belleza del rostro, y más cuando es herencia de los padres?
Como consecuencia de todas estas preocupaciones, que sólo el tiempo podría disipar, había adquirido el hábito de ser severa con el pequeño y hallar muchas menos excusas a su comportamiento que a las transgresiones de sus hermanas, de echar sal en lugar de bálsamo en sus heridas y de aprestarse mucho más a censurarle y regañarle. Como todos los que le conocían tendían a apreciarle mucho y sus hermanas y primos le mimaban manifiestamente, su madre se sentía en la obligación de que alguien desempeñase el papel de hermanastra mala. Y tenía que ser ella, su madre. Cornelia, madre de los Gracos, no lo habría dudado.
El hallazgo de un pedagogo adecuado para hacerse cargo de un niño que, por derecho, habría debido estar en manos de mujeres durante sus años venideros, no fue tarea que agobiase a Aurelia, sino más bien la clase de reto que a ella le complacía. Elia, la esposa de Sila, la había prevenido muy seriamente respecto a la compra de un esclavo pedagogo, lo cual dificultaba aún más el asunto. Claudia, la esposa de Sexto César, la tenía sin cuidado, por lo que no se molestó en pedirle consejo. Si el hijo de Julia hubiese estado al cuidado de un pedagogo sí la habría consultado, pero el pequeño Mario, hijo único, iba a la escuela para que se divirtiera con los niños de su edad, como había sido la intención de Aurelia de hacerlo con el suyo cuando tuviese la edad. Pero ahora se daba cuenta de que la escuela era una alternativa a descartar. Su hijo se habría encontrado en la situación de ser el blanco de todos los abusos y el ídolo de todos, condiciones nada buenas para él.
Así que Aurelia acudió al único hermano de su madre, Publio Rutilio Rufo. El tío Publio la había ayudado muchas veces, incluso en el asunto de su matrimonio; había sido él, cuando la lista de pretendientes tanto había crecido con apellidos ilustres, quien había aconsejado que la permitiesen casarse con quien más le gustase. De ese modo, había comentado él, sólo ella sería responsable de una mala elección y quizá podría evitarse la futura enemistad de sus hermanos menores.
Así pues, Aurelia llevó a los tres niños escaleras arriba hasta la planta de los judíos, su refugio preferido en aquel hogar tan habitado y ruidoso, y se dirigió en una litera a casa de su padrastro, acompañada de su criada gala Cardixa. Naturalmente, cuando saliera de la mansión de Cota, en el Palatino, la estarían aguardando Lucio Decumio y algunos de los suyos, porque ya oscurecería y los depredadores del Subura estarían al acecho.
Tan bien había ocultado Aurelia el extraordinario talento de su hijo, que le costó convencer a Cota, a Rutilia y a Publio Rutilio Rufo de que el niño, que aún no tenía dos años, necesitaba con toda urgencia un pedagogo. Pero después de dar paciente respuesta a numerosas preguntas comenzaron a creerla.
–Yo no conozco ninguno adecuado -dijo Cota, pasándose la mano por el escaso pelo-. Tus hermanastros Cayo y Marco están en manos de cuidadores y el joven Lucio va a la escuela. En mi opinión lo mejor sería acudir a un buen vendedor de esclavos pedagogos, Mamilio Malco o Duronio Postumio. Pero si tú quieres un hombre libre, no sé qué decirte.
–Tío Publio, llevas un buen rato ahí sentado sin decir nada -dijo Aurelia.
–¡Así es! – exclamó malicioso el ilustre Rufo.
–¿Quiere eso decir que sabes de alguien?
–Quizá. Pero primero quisiera ver en persona al pequeño y en circunstancias en que pueda formarme una opinión. Lo has mantenido muy oculto, sobrina, y no sé por qué.
–Es un niño encantador -dijo Rutilia con gran afecto.
–Un niño problemático -añadió la madre sin afecto alguno.
–Bien, creo que ya es hora de que todos veamos a ese pequeño César -dijo Cota, que había engordado y respiraba con esfuerzo.
Pero Aurelia juntó sus manos desesperada, mirándolos a todos sucesivamente tan apenada, que los tres, sorprendidos, permanecieron quietos. La conocían bien desde pequeña y nunca la habían visto amilanarse ante una dificultad.
–¡No, por favor! – exclamó-. ¡No! ¿Es que no lo entendéis? ¡Lo que vosotros proponéis es precisamente lo que no puedo consentir! ¡Mi hijo tiene que creerse corriente y eso es imposible si llegan tres personas a hacerle preguntas y llenarle la cabeza con falsas ideas de importancia!
–Querida hija -terció Rutilia, con dos manchas purpúreas en las mejillas y los labios prietos-, ¡es mi nieto!
–Sí, mamá, lo sé y le verás para preguntarle lo que quieras, ¡pero aún no! ¡En grupo, no! ¡Es muy listo! Lo que a otros niños de su edad ni se les ocurre preguntar, él ya sabe la respuesta. De momento, por favor, deja que venga sólo el tío Publio.
–Buena idea, Aurelia -dijo Cota con gran afabilidad, dando un codazo a su esposa-. Al fin y al cabo pronto cumplirá dos años, a mediados de Julio, ¿no? Mira, Rutilia, que Aurelia nos invite a la fiesta de cumpleaños y veremos por nosotros mismos cómo es el niño sin que sospeche que nuestra presencia es por un motivo especial.
–Como quieras, Marco Aurelio -contestó Rutilia, tragándose la indignación-. ¿Te parece bien, hija?
–Sí -respondió malhumorada Aurelia.
Naturalmente, Publio Rutilio Rufo sucumbió al increíble encanto del pequeño César, le pareció maravilloso y le faltó tiempo para comentárselo a la madre.
–Desde que rechazaste todas las criadas que tus padres te habían elegido y volviste a casa tú sola con Cardixa, nadie me había gustado tanto -dijo sonriente-. ¡En aquel entonces pensé que eras una perla sin igual! Y ahora veo que mi perla ha engendrado no un rayo de luna, sino una rodaja de sol.
–¡Déjate de coba lírica, tío Publio! No es eso lo que quería que vieras -replicó la madre nerviosa.
Pero Publio Rutilio Rufo consideró que era primordial que Aurelia lo entendiese y se sentó con ella en un banco del patio de luces que se abría en el centro de la insula. Era un rincón delicioso, dado que el otro vecino de la planta baja, el caballero Cayo Matio, tenía un talento para la jardinería rayano en la perfección. Aurelia llamaba a aquel patio «mis jardines colgantes de Babilonia», pues había plantas que caían de los balcones de los pisos y las enredaderas del suelo habían trepado hasta arriba con el transcurso de los años. Y, como era verano, el perfume de las rosas, alhelíes y violetas embargaba el recinto y se veían flores y capullos de todos los colores.
–Querida sobrinita -dijo Publio Rutilio Rufo muy serio, cogiéndole las manos y obligándola a que le mirara a los ojos-, debes procurar ver lo que yo veo. Roma ya no es joven, aunque con ello no quiero decir que esté chocheando. Pero figúrate… doscientos cuarenta y cuatro años de monarquía y cuatrocientos once años de república. Hace seiscientos cincuenta y cinco años que existe Roma y cada vez es más poderosa. Pero ¿cuántas de las viejas familias siguen dándole cónsules, Aurelia? Los Cornelios, los Servilios, los Valerios, los Postumios, los Claudios, los Emilios, los Sulpicios, los Julios… no han engendrado un cónsul en casi cuatrocientos años, aunque creo que en esta generación accederán a la silla curul varios Julios. Los Sergios son tan pobres que se han visto obligados a obtener dinero mediante el cultivo de ostras, y los Pinarios están tan arruinados que harían cualquier cosa por enriquecerse. Entre la nobleza plebeya las cosas están mejor que entre los patricios. Pero considero que si no nos andamos con cuidado, Roma será finalmente de los hombres nuevos, personas sin antepasados, hombres que no se consideran vinculados a los orígenes de Roma y a quienes, por consiguiente, les da igual el porvenir de Roma.
»Aurelia -añadió, apretando más sus manos-, tu hijo es de la estirpe más antigua e ilustre. Entre las familias patricias que sobreviven, sólo los Fabios pueden compararse con los Julios, y los Fabios han tenido que adoptar hijos durante tres generaciones para ocupar la silla curul. Los que de ellos son Fabios auténticos son tan raros que se ocultan a las miradas de los demás. Por el contrario, tu pequeño César pertenece a un antiguo patriciado con toda la energía e inteligencia de un hombre nuevo. Es una esperanza para Roma, una promesa de una clase que yo no me esperaba. Porque, para que sea aún más poderosa, creo que Roma debe estar gobernada por los de sangre noble. Esto no podría comentárselo nunca a Cayo Mario, al que quiero por mucho que lamente su actuación. Cayo Mario, a lo largo de su fenomenal carrera ha hecho más mal a Roma que medio centenar de invasiones germánicas. Las leyes que ha abolido, las tradiciones que ha deshecho, los precedentes que ha creado… los hermanos Graco eran al menos de la vieja nobleza y atajaron lo que consideraron perjudicial para Roma con cierto vestigio de respeto por el mos maiorum, los criterios no escritos de nuestros antepasados. Cayo Mario, por contra, ha lesionado ese mos maiorum dejando a Roma a merced de muchas clases de lobos, seres que no guardan relación alguna con la clase de animal que amamantó a Rómulo y Remo.
Impresionante en su belleza, con sus grandes y luminosos ojos clavados con pesadumbre en el rostro de su tío, Aurelia ni notaba la fuerza con que Publio Rutilio Rufo retenía sus manos, pues así se le ofrecía algo a qué agarrarse, una guía por aquel mundo ignoto que ella exploraba con el pequeño César.
–Tienes que apreciar lo que significa tu pequeño y hacer lo que esté en tu mano para que entre con pie firme en el camino de la preminencia. Debes imbuirle un propósito que sólo él puede lograr: preservar el mos maiorum y renovar el vigor de lo de antaño, de la sangre ancestral.
–Comprendo, tío Publio -dijo Aurelia con seriedad.
–¡Estupendo! – exclamó él, poniéndose en pie y haciendo que se levantara- Mañana, a la hora tercia, vendré con otra persona a verte. Que esté también el niño.
Y así fue como el niño Cayo Julio César hijo fue confiado al cuidado de Marco Antonio Cnifo, un galo de Nemausus cuyo abuelo había pertenecido a la tribu de los Saluvios y había cazado cabezas con sumo placer durante las innumerables incursiones rápidas que realizaban contra los habitantes helenizados de la costa de la Galia transalpina, hasta que él y su hijo fueron capturados por un grupo de masiliotas. Vendido como esclavo, el abuelo no tardó en morir, pero el hijo era lo bastante pequeño para superar la transición de bárbaro cazador de cabezas a sirviente doméstico de una familia griega; luego resultó ser un muchacho listo, capaz de casarse y crear una familia, una vez ahorrado lo suficiente para comprar su libertad. Había elegido por mujer una muchacha griega de origen masiliota y modesta cuna, cuyo padre había dado su aprobación pese a la descomunal estatura y el rojo cabello del pretendiente. Así, su hijo Cnifo se había criado libre y pronto demostró que había heredado la predisposición intelectual del padre.
Cuando Cneo Domicio Ahenobarbo creó una provincia romana en la costa de la Galia transalpina bañada por el Mediterráneo, se había llevado consigo a un Marco Antonio entre sus principales legados, y aquel Marco Antonio se había valido de los servicios como intérprete y escriba del padre de Cnifo. Así, al concluir favorablemente la guerra contra los arvernios, Marco Antonio había obtenido la ciudadanía romana para el padre de Cnifo en agradecimiento, ya que la generosidad de los Antonios siempre había sido proverbial. Liberto en la época en que Marco Antonio le había empleado, el padre de Cnifo quedó absorbido en la tribu rural de Antonio.
El pequeño Cnifo demostró precozmente su vocación de enseñante, así como su interés por la geografía, la filosofía, las matemáticas, la astronomía y la ingeniería. Por ello, después de ser revestido con la toga viril, su padre le puso en un barco y le envió a Alejandría, el centro cultural del mundo. Allí, en los claustros de la biblioteca, se dedicó al estudio bajo los auspicios del mismísimo Diocles, el bibliotecario.
Pero había pasado la época de esplendor de la biblioteca y ya no la regían bibliotecarios de la calidad de un Eratóstenes; por eso, cuando Marco Antonio Cnifo cumplió veintiséis años decidió instalarse en Roma para dedicarse a la pedagogía. Comenzó desempeñando las funciones de grammaticus y enseñando retórica a los jóvenes; luego, algo cansado de la actitud de la juventud noble romana, abrió una escuela para niños, que tuvo un éxito inmediato y pronto le permitió cobrar altos precios. No pasaba apuros para pagar el alquiler de dos habitaciones grandes en un tranquilo sexto piso de una insula alejada del apiñamiento del Subura, más otras cuatro habitaciones en un piso más arriba en el mismo palacio del Palatino, como vivienda propia y alojamiento para sus cuatro valiosos esclavos, dos de los cuales atendían sus necesidades privadas, sirviéndole los otros dos de ayudantes en las clases.
Cuando Publio Rutílio Rufo pasó a verle, Cnifo se echó a reír y le manifestó que no tenía intención alguna de renunciar a su beneficioso negocio para hacer de nodriza. Rutilio Rufo le ofreció un contrato en toda regla en el que se incluía una lujosa vivienda en una insula del Palatino todavía mejor y más dinero del que le procuraba la escuela. Pero Marco Antonio Cnifo volvió a negarse.
–Ven, al menos, a ver al niño -insistió Rutilio Rufo-. Serías un necio negándote a ver un cebo como el que se te propone.
Al conocer al pequeño César, el maestro cambió de idea.
–No lo hago porque se trate de quien se trata, ni por su extraordinaria inteligencia -le dijo a Publio Rutilio Rufo-. Me comprometo a ser tutor del pequeño César porque me gusta mucho y… temo por su futuro.
–¡Demonio de niño! – dijo Aurelia a Lucio Cornelio Sila cuando éste pasó a verla en septiembre-. La familia hace colecta para reunir el dinero y pagarle un magnífico pedagogo, ¿y qué sucede? ¡Que el pedagogo sucumbe a su encanto!
–Hummm -farfulló Sila, que no había ido a oír una letanía de quejas sobre el retoño de Aurelia. Los niños le aburrían por muy listos y encantadores que fuesen; ya era un misterio que los suyos no le aburrieran. No, él visitaba a Aurelia para decirle que se iba.
–Así que tú también me dejas -dijo ella ofreciéndole uvas del huerto del patio.
–Y me temo que muy pronto. Tito Didio quiere embarcar las tropas hacia Hispania y la mejor época para ello son los primeros días de invierno, cuando soplan vientos propícios. Pero yo iré antes por tierra para preparar la llegada.
–¿Te cansa Roma?
–¿No te sucedería a ti lo mismo de estar en mi caso?
–Oh, sí.
–¿Aurelia, no voy a conseguirlo! – exclamó, rebulléndose inquieto y apretando los puños.
–¿Bah! – replicó Aurelia riendo-. Eres la encarnación del caballo de octubre, Lucio Cornelio; ya verás cómo lo consigues algún día.
–Espero que no sea tanto -añadió él, también riendo-. Me gustaría conservar la cabeza sobre los hombros… no como el pobre caballo de octubre. Me pregunto por qué será así… Lo malo de todos nuestros rituales es que son tan antiguos que ni se entiende el lenguaje en que se murmuran los rezos, y no hablemos ya del porqué de esa costumbre de uncir parejas de caballos de guerra a los carros para hacer carreras y luego sacrificar a los de la derecha del equipo vencedor. Y lo de luchar por la cabeza… -Había tal luminosidad, que sus pupilas se contrajeron hasta convertirse en dos rendijas que le hacían parecer un profeta ciego; la mirada que le dirigió estaba cargada de profético dolor, no de una pena pasada o presente, sino causada por el conocimiento del futuro-. ¡Aurelia, Aurelia! – exclamó-. ¿Por qué no consigo ser feliz?
–No lo sé, Lucio Cornelio -respondió ella con el corazón en un puño, clavándose las uñas en la palma de las manos.
–Yo tampoco.
–Creo que debes ocuparte en algo -añadió ella, pensando en la inutilidad de darle sanos consejos; pero ¿qué otra cosa podía hacer?
–¡Ah, desde luego! – replicó él, irónico-. Cuando estoy ocupado no me queda tiempo para pensar.
Estaban sentados en el salón de visitas a lo largo de la pared baja del jardín del patio, separados por una mesa, las uvas rojas y orondas y un plato. Cuando cesó en su charla, Aurelia siguió mirándole, pese a que él había desviado los ojos. ¡Qué atractivo es!, pensó, sintiendo una súbita punzada de conmiseración, que ella generalmente lograba mantener a nivel inconsciente. Tiene la boca como mi esposo y es muy guapo. Guapo. Guapo…
Sila la miró de pronto a los ojos y ella enrojeció. Su rostro cambiaba, pero era difícil decir en qué… sí, parecía más él. Y alargó la mano para coger la suya, animado por una sonrisa hechicera.
–Aurelia…
Ella se soltó de su mano, contuvo la respiración y sintió que la invadía un vértigo.
–¿Qué, Lucio Cornelio? – atinó a decir.
–¡Amémonos!
Aurelia tenía la boca seca; necesitaba tragar para no desmayarse, pero no podía; y los dedos de él, entrelazados a los suyos, eran como las últimas fibras de una vida que se escapa y que no podía soltar por no perecer.
Lo que posteriormente no se explicaría es cómo había dado la vuelta a la mesa; simplemente vio su rostro próximo al suyo, el brillo de sus labios, el tornasol de aquellos ojos jaspeados como mármol pulimentado. Fascinada, vio el pálpito de un músculo en su brazo derecho y sintió que, más que temblar, vibraba, vencida, perdida…
Cerró los ojos, a la espera, y sintió la boca de él en la suya, y le besó como si hubiese estado hambrienta de amor toda la eternidad, impulsada por una emoción más arrasadora de lo que hubiera podido imaginar, aturdida, aterrada, exaltada, carbonizada.
Transcurrió un instante y de nuevo se vieron separados por el espacio, Aurelia estaba de espaldas contra el llamativo mural de la pared, como queriendo perder corporeidad, y Sila junto a la mesa, jadeante, con el sol incendiándole el pelo.
–¡No… puedo! – exclamó ella con un grito sordo.
–¡Pues ojalá no vuelvas a sentirte en paz!
Decidido, en medio de aquella colérica vorágine, a no hacer nada que pudiera provocar hilaridad en ella, recogió con augusto ademán su toga, caída en el suelo, y, con pasos inexorables que denotaban que jamás volvería, salió de la casa como si hubiese obtenido una victoria.
Pero no le satisfacía la victoria y estaba furioso de su derrota; siguió caminando hasta su casa con tal furia que todos se apartaban a su paso. ¡Cómo se atrevía! ¡Cómo osaba permanecer sentada con la lujuria en los ojos, provocándole para que la besara… de aquel modo, y luego decirle que no podía! Como si no lo hubiera deseado tanto como él. Habría debido matarla, retorcerle el esbelto cuello, o verla descomponerse por efecto de algún veneno, ver aquellos ojos violeta abotagarse mientras sus manos se cerraban en torno a la garganta. Matarla, matarla, matarla, matarla, le decía la voz del corazón, la sangre que hinchaba las venas de su frente y de sus sienes. Matarla, matarla, matarla. Y lo peor de aquella inmensa furia era que sabía que era tan incapaz de hacerlo como lo había sido con Julilla, con Elia, con Dalmática. ¿Por qué? ¿Qué tenían aquellas mujeres que no tuvieran Clitumna y Nicopolis?
Al verle entrar en el vestíbulo de aquel modo, los criados se dispersaron, su esposa se retiró sin decir nada a sus aposentos y la casa entera se encogió enmudecida. En el despacho, fue directamente al templete de madera en el que guardaba la máscara mortuoria de su antepasado el flamen dialis y abrió el cajoncito oculto en la peana. El primer objeto con que tropezaron sus trémulos dedos fue un frasquito; allí lo tenía, en la palma de la mano, con su blanco contenido preso en el vidrio verdoso. Lo estuvo mirando durante un buen rato; mirándolo.
El tiempo que transcurrió contemplando lo que tenía en la mano no contaba y su mente no podía desechar un único pensamiento: le dominaba la ira. ¿O era pena? ¿O injuria? ¿O era una inmensa soledad? El fuego que le embargaba fue cediendo hasta alcanzar un estado glacial. Sólo entonces fue capaz de asumir aquella horripilante tara; el hecho de que él, tan aficionado al crimen como solaz, como algo imprescindible, no podía realizarlo físicamente con mujeres de la clase a la que él pertenecía. Con Julilla y con Elia, al menos había hallado consuelo en ser testigo del evidente infortunio que les causaba, y con Julilla había conocido la satisfacción de haber provocado su muerte; porque no cabía duda de que si no hubiese visto la escena entre él y Metrobio habría seguido bebiendo y mirándole pesarosa con aquellos ojazos amarillos y hundidos, en perenne gesto mudo de reproche. Sin embargo, con Aurelia no podía esperar más reacción que la habida en su casa, pues con seguridad nada más salir de su casa se habría sobrepuesto a su arrebato para enfrascarse en su trabajo, y al día siguiente le habría olvidado del todo. Así era Aurelia. ¡Que se pudra! ¡Que la devoren los gusanos! ¡Puerca maldita!
En medio de aquellas imprecaciones fútiles y anticuadas, llegó a sobreponerse y a sonreír, en un atisbo de jolgorio. Pero no le servía de consuelo. Era absurdo, grotesco. Los dioses no tenían en cuenta las frustraciones y deseos humanos y él no era de los que, de alguna horrenda y misteriosa manera, saben hacer que sus ideas asesinas se conviertan en realidad respondiendo al deseo. Aurelia seguía viva dentro de él y necesitaba borrarla antes de marchar a Hispania si quería dedicar toda su energía a alcanzar sus ambiciosos propósitos. Necesitaba algo que sustituyera el éxtasis de que habría gozado rompiendo los muros de la ciudadela de Aurelia. El hecho de que hasta que no sorprendió aquella mirada suya no había tenido intenciones de seducirla, era algo al margen; su deseo había sido tan acuciante, tan imperioso, que no podía expulsarlo de su ser.
Era Roma, claro. Una vez que estuviera en Hispania se le pasaría. Si pudiese hallar alguna clase de satisfacción ahora… En campaña nunca sentía aquella horrenda frustración; quizá porque estaba siempre muy ocupado, quizá porque veía la muerte en derredor, o porque se decía a sí mismo que iba ascendiendo de posición. Pero en Roma -llevaba allí casi tres años- acababa por llegar a tal grado de aburrimiento que en otros tiempos sólo habría podido disiparlo con un crimen real o simbólico.
Y en aquel estado anímico glacial cayó en un ensueño en el que desfilaban rostros de víctimas y de las que hubiese deseado que lo fueran: Julilla, Elia, Dalmática, Lucio Cavio Stichus, Clitumna, Nicopolis, Catulo César -íqué placer acabar para siempre con aquella engreída mirada de camello!-, Escauro, Metelo Numídico el Meneítos… Poco a poco fue volviendo a la realidad y cerró despacio el cajoncito. Pero se quedó con el frasquito en la mano.
El reloj de agua marcaba mediodía. Habían transcurrido seis horas y quedaban otras seis. Gota a gota. Tiempo de sobra para visitar a Quinto Cecilio Metelo Numídico, el Meneítos.
Desde su regreso del exilio, Metelo el Numídico se había visto convertido en una especie de leyenda. Como no era lo suficiente viejo para morir, se dijo eufórico que ya era como una institución dentro del Senado. Se hablaba de su homérica carrera como censor, su resuelto enfrentamiento con Lucio Equitio, la paliza que había recibido y su valentía en arriesgarse a otra; se hablaba de cómo había marchado al exilio mientras su hijo tartamudo con… con… contaba aquel aluvión de denarios en la Curia Hostilia mientras anochecía y Cayo Mario esperaba que diera su voto de acatamiento a la segunda ley agraria de Saturnino.
Sí -pensó Metelo el Numídico cuando hubo salido de su despacho el último cliente del día-, pasaré a la historia como el personaje más ilustre de una ilustre familia, el Quinto más famoso de los Cecilio Metelos. Se sentía ufano, feliz de volver a estar en Roma, complacido del recibimiento y henchido de satisfacción. ¡Sí, había sido una larga guerra contra Cayo Mario! Pero ya había concluido. El había ganado y Cayo Mario había perdido. Roma no volvería a sufrir la iniquidad de aquel Cayo Mario.
El mayordomo llamó a la puerta del despacho.
–¿Qué hay? – dijo Metelo el Numídico.
–Domine, Lucio Cornelio Sila solicita veros.
Cuando Sila cruzó la puerta, Metelo el Numídico estaba ya de pie y se aprestaba a recibirle con la mano tendida.
–Querido Lucio Cornelio, ¡qué placer! – dijo rezumando afabilidad.
–Sí, ya es hora de que venga a ofrecerte mis respetos en privado -respondió Sila, sentándose en la silla de los clientes y adoptando un gesto de afable reproche consigo mismo.
–¿Un vaso de vino?
–Sí, gracias.
Junto a la consola en que había dos jarras de vino y algunas copas de precioso vidrio de Alejandría, Metelo el Numídico se volvió hacia Sila enarcando una ceja y con expresión levemente burlona.
–¿Es ocasión que merezca chian sin agua? – inquirió.
–Aguar el chian es un crimen -respondió Sila, esgrimiendo una sonrisa indicadora de que ya se sentía más a gusto.
–Respuesta de político, Lucio Cornelio -dijo Metelo sin moverse-. No sabía que formases parte de esa casta.
–Quinto Cecilio, ¡no eches agua al vino! – exclamó Sila-. He venido con la intención de que seamos buenos amigos -añadió en tono sincero.
–En tal caso, Lucio Cornelio, beberemos el chian sin agua.
Regresando con dos copas, Metelo el Numídico puso una en el lado del escritorio en que estaba Sila, la otra enfrente, se sentó y alzó la suya.
–Por la amistad -dijo, brindando.
–Y por mí -dijo Sila dando un breve sorbo, con el entrecejo fruncido, mirando de hito en hito a su anfitrión-. Quinto Cecilio, parto para la Hispania Citerior de primer legado con Tito Didio. No sé cuánto tiempo voy a estar fuera, pero en este momento podría considerarse que serán años. Cuando regrese quiero presentarme lo antes posible a las elecciones de pretor -añadió con un carraspeo, dando otro sorbo de vino-. ¿Sabes el verdadero motivo por el que no fui elegido pretor el año pasado?
Una sonrisa se dibujó en los labios de Metelo el Numídico, aunque tan leve, que Sila no habría sabido decir si era de ironía, malevolencia o simple diversión.
–Sí, Lucio Cornelio, lo sé.
–¿Y qué opinas?
–Creo que diste bien la tabarra a mi buen amigo Marco Emilio Escauro en lo que a su esposa respecta.
–¡Ah! ¿No fue por mi vinculación a Cayo Mario?
–Lucio Cornelio, nadie que tenga el buen sentido de Marco Emilio arruinaría tu carrera pública por haber estado militarmente vinculado a Cayo Mario. Aunque yo no he sido testigo, he mantenido suficientes contactos con Roma para saber que tus relaciones con Cayo Mario no han sido últimamente tan estrechas -replicó Metelo el Numídico con voz queda-. Y lo encuentro lógico puesto que ya no sois cuñados -añadió con un suspiro-. No obstante, es lamentable que justo cuando habías logrado desvincularte de Cayo Mario casi provocas un divorcio en el hogar de Marco Emilio Escauro.
–No hice nada deshonroso, Quinto Cecilio -respondió Sila muy firme, cuidando de no dejar traslucir su cólera por aquel sermón, pero cada vez más empedernido en su convicción de que aquel mediocre debía morir.
–Sé que no hiciste nada deshonroso -dijo Metelo el Numídico, apurando la copa-. Es una lástima que en cuestión de mujeres, sobre todo casadas, hasta los más viejos y prudentes se vuelvan tan suspicaces.
Cuando su anfitrión se rebulló para levantarse, Sila se puso rápidamente en pie, cogió las dos copas y se dirigió a la consola para llenarlas.
–Ella es sobrina tuya, Quinto Cecilio -dijo Sila, vuelto de espaldas y tapando la mesa con su toga.
–Por eso precisamente conozco la historia.
Tras ofrecer una copa a Metelo el Numídico, Sila volvió a sentarse.
–¿Y siendo tío de ella, y muy buen amigo de Marco Emilio, consideras que está bien lo que se me ha hecho?
Encogimiento de hombros, buen sorbo de vino y una mueca.
–Lucio Cornelio, si fueses un patán no estarías ahí sentado. Pero tienes un antiguo e ilustre apellido y eres un Cornelio patricio, aparte de un hombre de gran valía -dijo, haciendo otra mueca y dando otro sorbo-. Si yo hubiese estado en Roma cuando mi sobrina se encaprichó de ti, sin duda habría apoyado cualquier acción de mi amigo Marco Emilio por poner coto a la situación. Tengo entendido que te pidió que abandonases Roma y que te negaste. ¡Qué imprudencia!
–Supongo que no creí que Marco Emilio fuese a actuar menos honorablemente que yo -replicó Sila riendo sin ganas.
–¡Oh, qué bien te hubieran venido de joven unos años en el Foro, Lucio Cornelio! – exclamó Metelo el Numídico-. Careces de tacto.
–Creo que tienes razón -respondió Sila, convencido de que estaba haciendo el papel más difícil de su vida-, pero no puedo volver atrás y tengo que seguir mi camino.
–La Hispania Citerior con Tito Didio es, sin duda, un paso adelante.
Sila volvió a levantarse para servir otras dos copas.
–Al menos debo dejar un buen amigo en Roma antes de irme -dijo-, y me gustaría, y lo digo de corazón, que ese amigo fueses tú. A pesar de tu sobrina y a pesar de tus lazos con Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado. Soy un Cornelio, y eso me impide ofrecerme a ti como cliente. Sólo puedo ser un amigo. ¿Qué dices?
–Te digo… que te quedes a cenar, Lucio Cornelio.
Y así fue cómo Lucio Cornelio tuvo una agradable e íntima cena con Metelo el Numídico, quien en principio había pensado cenar solo aquel día, hallándose un poco cansado por estar a la altura de su condición de leyenda del Foro. Hablaron de los ingentes esfuerzos de su hijo por poner fin a su exilio en Rodas.
–Es una bendición tener un hijo así -dijo el ex desterrado, algo mareado por la excesiva libación comenzada ya antes de la cena.
La sonrisa de Sila fue inenarrablemente encantadora.
–Es indiscutible, Quinto Cecilio -dijo-. De hecho, considero a tu hijo un buen amigo mío. Mi hijo es aún muy niño, pero el orgullo paterno me dice que va a ser duro de pelar.
–¿Se llama Lucio como tú?
–Por supuesto -respondió Sila, parpadeando sorprendido.
–Es curioso -replicó Metelo el Numídico, pronunciando despacio las dos palabras-. ¿No es Publio el nombre del hijo mayor de vuestra rama de los Cornelios?
–Quinto Cecilio, como mi padre ha muerto no puedo preguntárselo. Y desde luego no recuerdo haberle visto lo bastante sobrio en ninguna ocasión para hablar de asuntos de familia.
–Bien, no tiene importancia. En cuestión de nombres -añadió Metelo el Numídico tras pensarlo un instante-, supongo que sabes que los itálicos me llaman el Meneítos.
–Lo he oído en boca de Cayo Mario, Quinto Cecilio -contestó Sila muy serio, inclinándose a llenar las dos preciosas copas con la igualmente bella jarra. ¡Era una suerte que el Meneítos tuviera predilección por el vidrio!
–¡Es degradante! – añadió Metelo el Numídico, arrastrando el adjetivo.
–Totalmente degradante -dijo Sila, sintiendo un gran bienestar. Meneítos. Meneítos.
–Me ha costado mucho acostumbrarme a ese mote.
–No me extraña, Quinto Cecilio -dijo Sila con tono de inocencia.
–¡Es la jerga de las nodrizas! Esos itálicos… ni siquiera se contentan con apodarme cunnus, corno un buen romano.
De pronto, Metelo el Numídico se rebulló para incorporarse, llevándose una mano a la frente, jadeante.
–¡Qué mareo! ¡No… respiro… bien!
–Inspira con más fuerza, Quinto Cecilio.
Metelo el Numídico hizo obedientemente lo que le indicaban, pero se ahogaba.
–No… me siento… bien…
Sila se dejó rodar hacia la parte trasera de la camilla, donde había dejado los zapatos.
–¿Quieres que te acerque una palangana?
–¡Los criados! ¡Lla… ma a los criados! – balbució llevándose las manos al pecho-. ¡Mis… pul… mones!
Sila había vuelto a la parte delantera de la camilla y se inclinaba sobre la mesita.
–¿Estás seguro de que son los pulmones, Quinto Cecilio?
Metelo el Numídico se contorsionaba, medio reclinado, sin apartar una mano del pecho y con los dedos de la otra retorcidos como una garra tendida hacia la camilla de Sila.
–¡Qué… mareo! ¡No… puedo… respirar! ¡Los… pulmones!
–¡Socorro! – bramó Sila-. ¡Pronto, auxilio!
El comedor se llenó inmediatamente de esclavos, y con impasible serenidad envió a unos a buscar médicos y ordenó a los otros que apoyaran a Metelo en unos cabezales porque no podía estar tumbado.
–Ya falta poco, Quinto Cecilio -dijo afablemente, sentándose en el borde de la camilla y apartando de una patada la mesita, haciendo que cayeran al suelo las copas con el vino y las jarras de agua, que se hicieron añicos-, Ten, cógeme la mano -añadió dirigiéndose al tenso y aterrado Metelo-. Haced el favor de recoger eso sin cortaros -ordenó a los criados.
Estuvo sosteniendo la mano de Metelo mientras un esclavo recogía los restos de vidrio y el líquido derramado, agua en su mayor parte. Seguía apretándosela cuando el comedor se llenó de médicos con sus acólitos y llegó Metelo Pío; pero Metelo el Numídico no soltó la mano de Sila ni para tendérsela al hijo.
Así, mientras Sila le sostenía la mano y Meneítos hijo lloraba inconsolable, los médicos comenzaron a actuar.
–Una poción de hidromiel con hisopo y raíz de alcaparra machacada -dijo Apolodoro de Sicilia, que era el galeno más afamado entre los residentes más ricos del Palatino-. Creo que debemos sangrarle. Por favor, Praxis, mi lanceta.
Pero Metelo Numídico estaba demasiado ocupado tratando de respirar como para tragar la poción de miel, y cuando le abrieron la vena su sangre brotó escarlata brillante.
–¡Es una vena, estoy seguro de que es una vena! – exclamó Apolodoro Siculus, hablando consigo-. ¡Qué brillo tiene la sangre! – añadió, dirigiéndose a los otros médicos.
–¡Cómo se nos resiste, Apolodoro! No es de extrañar que sea tan brillante -dijo Publio Sulpicio Solón, el griego de Atenas-. ¿Qué os parece un emplasto en el pecho?
–Sí, le aplicaremos un emplasto -contestó Apolodoro de Sicilia con gesto grave, chascando imperioso los dedos para llamar la atención de su ayudante jefe-. ¡Praxis, el emplasto!
Metelo el Numídico seguía haciendo ímprobos esfuerzos por respirar, golpeándose el pecho con la mano libre, mirando con ojos vidriosos a su hijo, negándose a tumbarse y sin soltar la mano de Sila.
–No tiene el rostro amoratado -dijo Apolodoro Siculus en su afectado griego a Metelo Pío y a Sila-. ¡Cosa que no entiendo, porque, por otra parte, presenta todos los síntomas del morbo pulmonar agudo! – Y asintió con la cabeza, mientras su ayudante aplicaba una materia negra y pegajosa a un trozo cuadrado de tejido de lana-. Es la mejor cataplasma; le absorberá los elementos nocivos. Consta de raspadura de cardenillo, litargiro de plomo debidamente separado, alumbre, brea seca y resina de pino, todo ello mezclado en la debida proporción con aceite y vinagre. ¡Ya está!
La cataplasma estaba lista. Apolodoro de Sicilia la aplicó al pecho desnudo del Meneítos y aguardó con calma digna de elogio a que el emplasto surtiera efecto.
Pero era un remedio vano, igual que la poción y la sangría; poco a poco, Metelo el Numídico fue aflojando el vínculo con la vida a través de la mano de Sila. Con el rostro congestionado y ojos que no veían, pasó de la parálisis al coma y murió.
Mientras Sila abandonaba el cuarto, oyó que el pequeño físico siciliano decía tímidamente a Metelo Pío:
–Domine, debe practicarse una autopsia.
A lo que el afligido Meneítos contestó:
–¿Qué? ¿Pensáis, griego incompetente, que además de matarle podéis descuartizarle? ¡No; mi padre irá a la pira mortuoria intacto!
Con los ojos fijos en la espalda de Sila, el Meneítos se abrió paso entre el grupo de médicos y le siguió hasta el vestíbulo.
–¡Lucio Cornelio!
Sila se volvió despacio con gesto de aflicción, para que lo viese Metelo Pío, y lágrimas en las mejillas.
–¡Mi querido Quinto Pío! – musitó.
El Meneítos se mantenía en pie por efecto de la impresión, ya casi no lloraba.
–¡No puedo creer que mi padre haya muerto!
–De un modo repentino -dijo Sila, meneando la cabeza y con un sollozo-. ¡Repentinamente, Quinto Pío! ¡Con lo bien que se encontraba…! Vine a visitarle para ofrecerle mis respetos y me invitó a cenar. ¡Estábamos pasándolo tan bien…! Y, luego, al final de la cena, ya veis…
–¿Por qué, por qué, por qué? – exclamó el Meneítos rompiendo a llorar de nuevo-. ¡Acababa de regresar, y aún no era un anciano!
Sila atrajo afablemente a Metelo Pío contra sí y le hizo apoyar la convulsa cabeza en su hombro izquierdo, acariciándole el pelo con la mano derecha. Pero los ojos que miraban por encima de aquella cabeza reclinada reflejaban la inmensa satisfacción obtenida por una gran emoción física. ¿Qué otra cosa podría hacer para igualar aquella experiencia sin par? Por primera vez había participado en la fase final de una muerte, superando la categoría de simple instigador. En esta ocasión había sido su ministro.
El mayordomo salió del triclinium y vio al hijo de su amo muerto, consolado por un hombre que fulgía como Apolo. Parpadeó y meneó la cabeza. Imaginaciones.
–Debo irme -dijo Sila al mayordomo-. Hazte cargo de él y avisa a los demás familiares.
Afuera, en el clivus Victoriae, Sila permaneció un instante parado para que sus ojos se adaptaran a la oscuridad. Y riendo apaciblemente para sus adentros, tomó en dirección al templo de la Magna Mater. Cuando vio las fauces enrejadas de un sumidero, dejó caer en él el frasquito vacío.
–¡Vale, Meneítos, Meneítos! – aulló, alzando las manos al cielo sombrío-. ¡Ah, me siento mejor!
–¡Por Júpiter! – exclamó Cayo Mario dejando en la mesa la carta de Sila y mirando a su esposa.
–¿Qué sucede?
–Ha muerto el Meneítos.
La refinada matrona, de quien el hijo pensaba que podía pasarle algo si oía una exclamación más fuerte que ¡Edepol!, no se inmutó. Estaba acostumbrada desde los primeros días de su matrimonio a oír aplicar el denigrante mote a Quinto Cecilio Metelo el Numídico.
–¡Oh, qué lástima! – dijo, sin saber lo que su esposo habría deseado que dijera.
–¿Lástima? ¡Es casi demasiado estupendo para ser verdad! – replicó Mario, cogiendo el rollo y estirándolo para volver a leerlo. Y una vez descifrado aquel galimatías, lo leyó más coherentemente y en voz alta a Julia, en un tono que traicionaba su euforia:
Toda Roma acudió al funeral, que ha sido algo que hará época. Yo no recuerdo nada semejante, aunque a mí no me interesaban mucho esas ceremonias, desde cuando la pira crematoria de Escipión Emiliano.
El Meneítos está abatido por el dolor y ha quedado definitivamente marcado con el sobrenombre de Pío con tanto llanto y quejido de una puerta a otra de Roma. Los antepasados de los Cecilio Metelos eran muy sencillos si sus imágenes son de fiar, y supongo que lo son. Algunos de los actores que las portaban saltaban y brincaban como una especie de híbrido de rana, grillo y gamo, y yo me paré a pensar de dónde procederían los Cecilio Metelos. Desde luego, de algún sitio raro.
Ahora no me quito al Meneítos de encima; seguramente porque yo estaba en su casa cuando el óbito, y como su querido tata no me soltaba la mano, debe pensar que se habían allanado todas las diferencias entre su padre y yo. No le he comentado que la invitación a cenar fue algo improvisado. Un dato interesante; durante todo el tiempo en que su tata agonizaba, y aún después, el Meneítos no tartamudeó una sola vez. Ten en cuenta que ese impedimento le apareció después de la batalla de Arausio, por lo que hay que suponer que es un tic nervioso de la lengua más que un defecto congénito. Dice que actualmente le molesta mucho si lo recuerda o tiene que efectuar un discurso formal. ¡Me lo imagino dirigiendo la ceremonia religiosa! ¡Me moriría de risa viendo a todos rebullirse impacientes mientras él se trababa y tenía que volver a empezar!
Te escribo ésta en vísperas de marchar a la Hispania Citerior, para participar en lo que es de esperar sea una guerra victoriosa. Según los informes, los celtíberos están sublevados y los lusitanos causan estragos en la provincia ulterior, donde mi primo lejano Cornelio Dolabella ha obtenido un par de victorias sin aplastar del todo la rebelión.
Los tribunos de los soldados ya están elegidos y con Tito Didio viene también Quinto Sertorio. Casi como en los viejos tiempos, salvo que nuestro comandante es un hombre nuevo muy distinto a Cayo Mario, y menos relevante. Escribiré siempre que haya noticias que dar, pero también espero que me escribas y me digas qué clase de hombre es Mitrídates.
–¿Qué hacía Lucio Cornelio cenando con Quinto Cecilio? – inquirió Julia, curiosa.
–Sospecho que solicitaba favores -respondió Mario, malhumorado.
–¡Oh, no me digas, Cayo Mario!
–¿Y por qué no iba a hacerlo, Julia- No se lo reprocho. El Meneítos está… estaba muy bien situado y actualmente tenía mayor influencia que yo. En tales circunstancias, el pobre Lucio Cornelio no puede recurrir a Escauro, y también entiendo que no se haya querido vincular a Catulo César -dijo Mario con un suspiro moviendo la cabeza-. De todos modos, Julia, te anticipo que Lucio Cornelio acabará en excelentes relaciones con todos ellos.
–¡Entonces no es amigo tuyo!
–Probablemente no.
–¡No lo entiendo! Antes os entendíais muy bien.
–Sí -contestó Mario con toda intención-. No obstante, cariño, no era el entendimiento de dos hombres atraídos por una afinidad natural de ideas y de espíritu. El viejo César pensaba de él como yo, que no hay nadie mejor para tenerle al lado en momentos de peligro o cuando hay trabajo que hacer. Y es fácil mantener una relación placentera con un hombre así. Pero dudo mucho que Lucio Cornelio disfrute con una amistad como la que yo mantengo con Publio Rutilio Rufo, por ejemplo. Ya me entiendes, cuando se siente igual simpatía por los defectos y peculiaridades que por las grandes cualidades. Lucio Cornelio es incapaz de estar sentado en silencio en un banco con un amigo por la simple complacencia de su compañía. Ese comportamiento no forma parte de su naturaleza.
–¿Y cuál es su naturaleza, Cayo Mario?
–Nadie lo sabe -replicó Mario riendo y meneando la cabeza-. Aun después de los años que le conozco apenas he podido profundizar.
–Creo que sí podrías -dijo Julia, sagaz-, pero lo que pasa es que no quieres. O no quieres decírmelo a mí -añadió acercándose a él-. Aurelia es amiga suya.
–Ya lo he notado -añadió Mario con sequedad.
–¡Pero no vayas a creer que hay nada entre ellos porque no lo hay! Lo que sucede es que si hay alguien a quien Lucio Cornelio confía sus intimidades, es precisamente ella.
–Humm -farfulló Mario, poniendo fin a la conversación.
Pasaban el invierno en Halicarnaso por haber llegado a Asia Menor muy a final de temporada para emprender viaje por tierra desde la costa egea hasta Pessinus. En Atenas se habían detenido un tiempo porque les había gustado y desde allí habían ido a Delfos para visitar el templo de Apolo, aunque Mario se había negado a consultar a la Pitonisa.
Julia le había preguntado, sorprendida, el porqué.
–Nadie puede acosar a los dioses -respondió él-. A mí ya me han profetizado bastante, y si pido más revelaciones sobre el futuro los dioses me volverán la espalda.
–¿Y no podrías preguntar en nombre del pequeño Mario?
–No -contestó él.
Habían visitado también Epidauro, en el Peloponeso, y allí, después de admirar los edificios y las magníficas esculturas de Trasímedes de Paros, Mario se sometió al diagnóstico del sueño que efectuaban los sacerdotes de Esculapio, bebiendo obedientemente la poción y retirándose a los dormitorios anexos al gran templo para pasar la noche. Lamentablemente no recordó sus sueños y lo único que pudieron hacer los sacerdotes fue darle recomendaciones para que perdiera peso, haciendo más ejercicio y procurase evitar agobios mentales.
–Para mí no son más que unos charlatanes -comentó Mario con desdén, después de ofrecer al dios una costosa copa de oro y piedras preciosas.
–Pues a mí me parecen razonables -espetó Julia con los ojos fijos en aquella cintura desbordada.
Por eso era octubre cuando zarparon desde el Pireo en una gran nave que hacía la travesía entre Grecia y Éfeso. Pero aquel Éfeso lleno de montículos no había complacido a Cayo Mario, que lanzaba bufidos de indignación por entre aquellos pedruscos, y que en seguida se procuró pasaje para un barco rumbo a Halicarnaso.
Allí, quizá en la más bella ciudad portuaria del Egeo en la provincia romana de Asia, Mario se dispuso a pasar el invierno en una villa alquilada, con buena servidumbre y un baño caliente de agua de mar, pues, aunque el sol lucía casi todo el tiempo, hacía demasiado frío para el baño natural. Los poderosos muros, las torres y la fortaleza, los imponentes edificios públicos le hacían sentirse seguro y como en Roma, pese a que en Roma no había una construcción tan esplendorosa como el Mausoleo, la tumba que la esposa-hermana Artemisa había mandado construir en memoria del difunto rey Mausolo.
Cuando la primavera ya estaba avanzada, emprendieron la peregrinación a Pessinus, no sin protestas por parte de Julia y del pequeño Mario, que querían quedarse junto al mar a pasar el verano. Era de rigor que no consiguieran lo que se proponían. Tanto invasores como peregrinos seguían la ruta por el valle del río Meandro, entre la costa de Asia Menor y la Anatolia central. Igual hizo Mario con su familia, maravillados de la prosperidad y sofisticación de los diversos distritos por los que pasaron. Tras dejar atrás las fascinantes formaciones cristalinas y las aguas termales de Hierápolis, en donde trabajaban la lana negra, fijando el codiciado color mediante las sales de las aguas, cruzaron las inmensas y accidentadas montañas -siguiendo el curso del Meandro- y se adentraron en los bosques de Frigia.
Sin embargo, Pessinus estaba situado en una meseta sin bosques, aunque ya verdeaba el trigo cuando ellos llegaron. Al igual que la mayoría de los grandes santuarios de la Anatolia central -les explicó el guía-, el templo de la Magna Mater de Pessinus poseía muchas tierras y grandes contingentes de esclavos, por lo que era lo bastante rico y autónomo para funcionar como un estado cualquiera; la única diferencia era que los sacerdotes gobernaban en nombre de la díosa y conservaban las riquezas del santuario para mantener el poder de la deidad.
Esperaban una especie de Delfos entre impresionantes montañas, y por ello les chocó saber que Pessinus estaba por debajo del nivel de la meseta y era un profundo barranco de un blanco radiante por sus casas encaladas. El recinto del santuario estaba en el extremo norte, más angosto y menos fértil que el trozo de terreno de varias millas que se extendía hacia el sur, y se hallaba construido junto a un riachuelo primaveral que desembocaba en el río Sangario.
Los edificios de la ciudad, el templo y el santuario rezumaban antigüedad, pese a que las construcciones que ellos contemplaban eran griegas de estilo y fecha, y el gran templo, erguido sobre un risco en el valle, abría abruptamente su fachada en una escalinata de doscientos setenta grados en la que se sentaban los peregrinos a hablar con los sacerdotes.
–Nuestro onfalo lo tenéis en Roma, Cayo Mario -dijo el archigallos Batacio-. Os lo regalamos cuando pasabais apuros. Por eso cuando Aníbal huyó a Asia Menor no se le ocurrió acercarse a Pessinus.
Recordando la carta de Publio Rutilio Rufo respecto a la visita de Batacio y sus acompañantes a Roma en la época en que se temía la invasión germana, Mario se tomaba a aquel hombre ligeramente a broma, actitud que Batacio pronto advirtió.
–¿Es mi estado de castración lo que os hace sonreír? – inquirió.
–No sabía que lo fuerais, archigallos -respondió Mario, parpadeando.
–No se puede servir a Kubaba Cibeles sin estar emasculado, Cayo Mario. Incluso su consorte Attis tuvo que someterse a ese gran sacrificio -respondió Batacio.
–Creía que a Attis le habían castrado por yacer con otra mujer -dijo Mario, sintiéndose obligado a comentar algo y por no querer embarcarse en una conversación sobre amputaciones viriles, aunque estaba claro que el sacerdote sí quería hablar.
–¡No! – replicó Batacio-. Esa historia es una patraña griega. Sólo en Frigia mantenemos pura la adoración y, con ello, el conocimiento de la diosa. Nosotros somos sus auténticos fieles y aquí nos llegó de Carquemis en tiempos que se pierden en la memoria -añadió, apartándose del sol Y situándose en el pórtico del gran templo, apagando así el brillo de sus vestiduras de brocado de oro y de sus innumerables joyas.
Pasaron a la cella de la deidad para que Mario admirase la estatua.
–De oro macizo -dijo Batacio, complacido.
–¿Estáis seguro? – inquirió Mario, recordando que el guía de Olimpia les había explicado la técnica con que estaba hecho el Zeus.