En legítima defensa
«En algún punto entre los extremos de vivir una vida de mentiras vitales y una vida de simples verdades se encuentra el mejor camino de la supervivencia y la cordura.»
Daniel Goleman, Psicología del autoengaño, 1985
Todos los seres humanos sentimos la necesidad de aceptarnos y apreciarnos. La autoestima saludable es la autovaloración positiva que se fundamenta en rasgos sanos de la personalidad —como la capacidad de amar— y se manifiesta en actitudes justas o éticas, y en conductas constructivas y socialmente provechosas. Esta autoestima es, además, un ingrediente determinante de nuestro equilibrio emocional, de nuestra sintonía interior, de nuestra integridad como individuos, de nuestro sentido de seguridad y de una buena disposición hacia la vida.
La irresistible motivación para preservar un buen nivel de autoestima hace que cuando recibimos información que coincide con nuestra valoración la asimilemos rápidamente. Pero si la información que captamos cuestiona o socava la buena opinión que tenemos de nosotros, enseguida nos perturbamos. De hecho, nuestra tendencia inmediata es ignorarla, rechazarla y protegernos como gatos panza arriba. Cualquier amenaza a nuestro «ego» provoca una defensa. Pero esa reacción de autodefensa en algunas personas puede ser tan intensa como la que tendrían si alguien pusiera en peligro sus vidas.
Autofavoritismo
Las investigaciones de la psicóloga de la Universidad de California Shelley E. Taylor demuestran que una opinión positiva de uno mismo, aunque no sea totalmente realista, es un rasgo caracterológico muy útil, porque nos ayuda a superar las adversidades cotidianas, a alimentar la esperanza, a sentirnos satisfechos con la vida en general. Una estratagema muy común para reforzar nuestra autoestima consiste en resaltar y valorar los aspectos positivos de uno mismo mientras, más o menos conscientemente, en nuestro interior nos proclamamos mejores que nuestros semejantes.
Nada parece más normal que la habilidad de los hombres y las mujeres para catalogarse por encima de los demás. En todas las culturas esta necesidad de destacar y el deseo de ser admirados aparecen pronto en la vida. Cuando juzgamos a otras personas, sin darnos cuenta nos comparamos con ellas. Inevitablemente, la opinión que albergamos de nosotros moldea la opinión que formamos de los demás. Lo habitual es considerarnos mejores que la mayoría. Estoy seguro de que a cualquiera que se le pida que compare su nivel de bienestar en general y lo cifre del 0 al 10, pensará que el suyo es mayor que el del prójimo, especialmente si se trata de un prójimo desconocido, abstracto o lejano.
Numerosos experimentos demuestran que en casi todos los aspectos socialmente apreciados solemos situarnos por encima del resto del grupo o gremio al que pertenecemos. Por ejemplo, nos inclinamos a considerarnos mejores conductores, mejores amantes, más creativos, más éticos y responsables que el promedio real. Tanto si somos ejecutivos como peones, la mayoría valoramos la calidad de nuestro trabajo por encima de la de los compañeros. Como señaló Taylor, estas comparaciones ventajosas no sólo nos amparan de la desilusión, sino que tonifican nuestra confianza en nosotros mismos.
Me llamó la atención una encuesta de mil estadounidenses cristianos —realizada por la revista semanal U.S. News and World Report— sobre «las probabilidades de ir al cielo después de la muerte» de ciertas figuras famosas y de los mismos encuestados: el 79 por 100 de los participantes opinaban que la madre Teresa de Calcuta estaba en la gloria, el 65 por 100 identificaban también al baloncestista Michael Jordan como candidato al paraíso, y un 60 por 100 pensaban que la princesa Diana de Inglaterra probablemente estaba disfrutando ya de las glorias celestiales. Y ahora la sorpresa: nada menos que el 87 por 100 de las personas consultadas se consideraron destinadas y merecedoras del reino de los cielos. En otras palabras, los encuestados pensaban que tenían más probabilidades de ir a la gloria que todos los personajes, incluida la santa madre Teresa.
Resulta curioso comprobar que, pese a la abundante evidencia acumulada que demuestra cómo nuestra subjetividad da lugar a una opinión bastante sesgada de nosotros y de los demás, la mayoría de las personas considera que sus opiniones son objetivas y equilibradas. No se les pasa por la cabeza ni siquiera una mínima posibilidad de que somos ciegos a nuestras distorsiones de la realidad.
Proliferan los estudios sobre las curiosas explicaciones que damos las personas a los sucesos que más afectan nuestras vidas. Por ejemplo, por qué rompimos con la pareja, qué causó que los hijos suspendieran en el colegio, a qué atribuimos los problemas laborales o por qué perdimos una competición importante. En casi todos los casos, las razones o respuestas que aportamos suelen ser ventajosas para nosotros. En general, nos sentimos más responsables de nuestros éxitos que de nuestros fracasos. Atribuimos nuestros logros a la propia competencia y nuestros fallos a la mala fortuna. Y, sin embargo, pensamos con toda naturalidad que nuestros contrincantes triunfan por casualidad o por suerte, y pierden por su ineptitud o falta de esfuerzo.
Esta propensión de las personas a verse en términos positivos ocurre incluso en circunstancias que ellas mismas no dirigen. Por eso muchos suelen atribuir a su talento sucesos positivos que dependen exclusivamente de la buena suerte. ¿No habéis notado que cuando en un juego de azar echáis los dados tenéis la sensación de controlar el resultado más que cuando los echa un contrincante?
En general, también tendemos a creer que las cualidades que poseemos son más importantes y deseables que las que nos faltan. Por ejemplo, que uno piense que ser extrovertido es mejor o peor que ser introvertido depende en gran medida de si uno se considera extrovertido o introvertido. Los extrovertidos están convencidos de que la tendencia a ser sociables y comunicativos les favorece, mientras que los introvertidos prefieren la privacidad, la discreción y las pocas palabras.
Nuestra irrefrenable tendencia a juzgarnos positivamente se extiende también a nuestros hijos, amigos, amantes y demás personas, posesiones y circunstancias que están vinculadas a nosotros de alguna forma especial. Por ejemplo, la mera coincidencia de compartir la misma fecha de cumpleaños es suficiente para juzgar mejor a la otra persona. En un estudio sobre este efecto, el psicólogo de la Universidad de Arizona Robert B. Cialdini pidió a un grupo de universitarios que valorasen el carácter y las acciones de Rasputín (1869-1916), el siniestro fraile ruso que a principios del siglo pasado ejerció una influencia maligna sobre el zar Nicolás II. Los anales de la Historia consideran a Rasputín como un caso extremo de perfidia y crueldad. Todos los estudiantes leyeron la misma versión de la vida y desvaríos de este funesto personaje, pero en el texto de un grupo de ellos, el día y mes de la fecha de nacimiento de Rasputín se cambiaron por los mismos que los de los participantes. Los estudiantes que al leer el texto se percataron de que compartían la misma fecha de nacimiento con el llamado «monje loco» lo evaluaron mucho más positivamente que el resto del grupo.
La propensión humana a aplicar estrategias ventajosas, incluso artificiosas, para mantener nuestro equilibrio mental y defender la autoestima ha sido estudiada por el intuitivo psicólogo de la Universidad de Stanford (California) Leon Festinger. Su tesis, publicada en 1957, es que las personas amañamos la realidad que nos rodea con el fin de evitar sentimientos incongruentes, disonantes o desagradables, y mantener así ilesa nuestra autoestima en momentos de prueba o vulnerabilidad. Para ilustrar esta teoría, conocida por «disonancia cognitiva», recordemos la fábula de Esopo en la que un arrogante zorro trataba en vano de coger un racimo de uvas de aspecto sabroso que colgaba de una parra. El orgulloso animal saltó repetidamente lo más alto que pudo para alcanzar con sus garras la tentadora fruta, pero no tuvo éxito. Cansado, el zorro desistió de su empeño y comentó: «Estas uvas están verdes y si las hubiese cogido no las hubiera comido». En este caso, la rendición del zorro, con el convencimiento de que las uvas estaban maduras, entraba en conflicto con su vanidad. Así pues, el cambio de actitud y el rechazo de las uvas le permitió encontrar una explicación aceptable a su comportamiento y proteger su orgullosa autoestima.
Otro ejemplo muy común de la reacción de las personas ante el sentimiento de disonancia es el de un gran comilón que va ganando mucho peso hasta que empieza a sentir que su obesidad, aparte de no ser saludable, afecta negativamente a su apariencia y a su autoestima. Para neutralizar la sensación desagradable de conflicto que le produce su apetito desordenado y su necesidad de autovalorarse positivamente, el tragaldabas puede decidir ponerse a dieta, una opción que es consecuente con su preocupación por su salud y por su aspecto físico. Sin embargo, otra alternativa es quitarle importancia a la gordura negando sus efectos nocivos o comparándolos con los accidentes de tráfico. Puede también ponderar los beneficios de la comida para aliviar su estrés, o incluso convencerse a sí mismo de que comer constituye un placer fundamental en la vida del que no quiere prescindir. La cuestión es que ante pensamientos contradictorios nos vemos obligados a optar por excusas o acciones que neutralicen la tensión interna y protejan la buena opinión de uno mismo.
Los psicólogos Roy F. Baumeister, Karen Dale y Kristin Sommer, de la Universidad Case Western Reserve (Ohio), han demostrado en varios estudios experimentales que las personas en general, sobre todo si tienen una autoestima inestable o frágil, tienden a rechazar interpretaciones de su comportamiento que consideran amenazadoras para su amor propio. Un caso clásico: después de un examen, los estudiantes suspendidos recurren con mayor frecuencia a juzgar el resultado como inválido o injusto, algo que no ocurre entre los que aprueban. Para no cerrar los ojos al cuadro completo de la realidad, pienso que ocurriría lo mismo con un examen injusto de verdad. Los que aprobaran muy probablemente callarían, aunque se hubieran dado cuenta de que aprobaron «de carambola», y los que suspendiesen protestarían con razón.
Anthony Greenwald, profesor de Psicología de la Universidad del Estado de Ohio, describió hace un par de décadas el «ego totalitario». Según este autor, con tal de defender su autoestima, las personas distorsionan los hechos, se absuelven de sus responsabilidades cuando cometen fallos, y mantienen una estricta censura para no cuestionarse a sí mismas. En la práctica, emplean las mismas técnicas que los gobiernos dictatoriales, que suprimen o deforman la información y distorsionan la Historia con el fin de que se les acepte como regímenes legítimos y democráticos.
En uno de sus estudios, Greenwald ilustró esta tesis analizando las explicaciones tan inverosímiles como peregrinas que los conductores de automóviles daban a la policía después de sufrir accidentes. Dos ejemplos textuales: «A medida que me aproximaba al cruce, de repente apareció una señal de stop en un sitio donde nunca había estado. No me dio tiempo a frenar para evitar el choque»; «El poste de teléfonos se me acercaba... Yo intenté esquivarlo, pero se estrelló contra mi coche».
Estratagemas protectoras
Para proteger y conservar los conceptos preferidos de nosotros mismos cuando algo atenta contra ellos, todos recurrimos a estrategias conocidas en psiquiatría como «mecanismos de defensa». Esta idea de que las personas nos defendemos inconscientemente de impulsos que consideramos inaceptables fue desarrollada por Sigmund Freud y sus seguidores —entre ellos, su propia hija, Anna, quien escribió un importante tratado sobre este tema— hace casi un siglo. Influido probablemente por los valores de la burguesía de la época victoriana, Freud se limitó a describir los mecanismos de defensa que utilizamos con el objetivo de negar o camuflar nuestros deseos inaceptables o impulsos sexuales o violentos. Hoy día sabemos que la función de estas defensas psicológicas es más amplia, pues abarca toda una extensa gama de posibles amenazas internas y externas a nuestro «yo». La lista de los mecanismos de defensa es larga, pero los más comunes se conocen en la jerga psicológica por represión, proyección y formación reactiva.
Hablemos primero de la represión y del papel que juega la memoria en el funcionamiento de esta arma natural de autodefensa. Es un hecho constatado repetidas veces que las personas tenemos una gran capacidad para tergiversar o amañar nuestros recuerdos con objeto de minimizar el daño que nos causan los infortunios, y adaptar así los hechos lo mejor posible a la historia que deseamos. Además, gracias al olvido —y al olvido de que nos hemos olvidado— podemos pasar por alto numerosas amenazas y agresiones a nuestro «yo». El olvido reduce la intensidad emocional de los agravios o humillaciones, y nos permite perdonar y pasar página después de un capítulo penoso de nuestra vida. También nos ayuda a guardar ciertos secretos enojosos o desapacibles incluso de nosotros mismos, ante nosotros mismos.
Es verdad que la memoria es selectiva, pues en general todos recordamos los éxitos mejor que los fracasos. No pocos compartimentan o aíslan años plagados de conflictos y desaciertos. Lo normal es prestar una atención selectiva a las cualidades personales e ignorar los defectos. De esta forma, las personas protegen la autoestima de sus fallos, ignorándolos o encapsulándolos y enterrándolos en el pasado. Soslayan, además, el impacto de fechorías pasadas, lo que les ayuda a preservar el concepto actual aceptable de sí mismas. Bastantes personas logran aislar un ayer deshonroso —de delincuencia, por ejemplo— y hacen borrón y cuenta nueva. Algunos crean un buen presente aunque tengan que recurrir a conversiones religiosas o experiencias sobrenaturales, como las de rebirthing o «nacer de nuevo», tan en boga en Estados Unidos. Tal estrategia de reconfigurar el pasado puede protegernos a corto plazo, pero tiene un posible efecto secundario: nos impide aprender de nuestros errores para no repetirlos en el futuro.
A veces tratamos de aliviar nuestra autoestima dañada por un suceso humillante imaginando cómo nos hubiera gustado reaccionar. Este deseo de haber actuado de diferente manera en una situación conflictiva pasada es muy común. Por ejemplo, personas que son despedidas del trabajo por el jefe, o tienen una fuerte discusión con alguien en público, a menudo no pueden evitar darle al botón de rebobinar para representar repetidamente en sus mentes los fragmentos más incómodos de la situación, pensando comentarios o respuestas agudas o sarcásticas que desearían haber dicho en el momento. Lo más curioso, como confirman muchas investigaciones, es que con el tiempo y la repetición tendemos a dar por ciertas nuestras versiones idealizadas de los hechos, y acabamos incrustándolas en la memoria como si fueran verídicas.
Proyectar en los demás aspectos de nuestra personalidad que consideramos negativos es otra técnica de autodefensa frecuente. Un ejemplo sencillo y cotidiano de proyección es cuando nos sentimos malhumorados y al saludar a un amigo lo primero que le decimos es: «¿Te pasa algo para estar de tan mal humor?». Otra forma de proyección frecuente es la que usan las personas que reconocen con disgusto su carácter exageradamente envidioso o competitivo, pero se alivian pensando que todas las personas a su alrededor también lo son. El objetivo de esta estratagema es reducir la percepción de que nuestros defectos son distintivos de uno, imputándoselos a los demás. Es más fácil aceptar o justificar que uno engaña al Fisco o no respeta los límites de velocidad en la carretera si pensamos que la gran mayoría de los contribuyentes y conductores también se saltan estas reglas. Además, cuanto más admiramos a las personas a las que podemos colgar nuestros sambenitos, por ejemplo de temerario o ambicioso, menos incómodos nos sentimos. Es decir, que, si la persona de la que destacamos algún defecto es alguien querido o admirado por nosotros —nuestro padre, nuestro maestro, nuestro ídolo—, nos sentimos con mayor licencia para perdonarnos a nosotros mismos por esos mismos fallos o defectos humanos.
A menudo creemos que los demás tienen opiniones positivas sobre nosotros, sin darnos cuenta de que esto no es necesariamente cierto. Recuerdo que en una reunión de directores y mandos intermedios de los hospitales públicos de Nueva York a la que asistí hace unos años, la persona que dirigía uno de los seminarios sobre liderazgo pidió al centenar de asistentes que calcularan por escrito cómo evaluaban a sus compañeros en la dimensión «líder-seguidor» y, en segundo lugar, cómo creían que sus compañeros los evaluaban al respecto. Curiosamente, la mayoría de los encuestados pensaban que sus compañeros los consideraban mejores líderes de como en realidad los catalogaron en la encuesta. Esto me confirmó que, en general, no nos paramos a pensar que quienes nos rodean no nos miran necesariamente con tan buenos ojos como nos imaginamos.
Muchas personas se defienden, más o menos inconscientemente, de una amenaza concreta a su autoestima reaccionando de forma exagerada en la dirección opuesta a la amenaza. Esta estrategia consiste en convertir los defectos personales o rasgos de carácter socialmente inadmisibles en las virtudes opuestas. Son personas que transforman ciertas actitudes reprochables en actividades morales, intelectuales o sociales celebradas. Este mecanismo de defensa, bastante utilizado, se llama formación reactiva. Un ejemplo de esta argucia es cuando nuestra inclinación a la intolerancia choca con nuestro concepto ideal de nosotros mismos y la compensamos con esfuerzos exagerados por demostrar que uno es una persona muy flexible y transigente.
En una investigación de este mecanismo, Roy F. Baumeister y su equipo seleccionaron un grupo de personas de raza blanca, después de cerciorarse por medio de entrevistas que no tenían prejuicios raciales, y se les mostró una colección de fotografías de parejas interraciales, de hombres de raza negra dirigiendo el trabajo de labradores blancos, y de casos similares bastante provocativos. Durante la sesión los participantes estaban conectados a instrumentos que simulaban medir las palpitaciones del corazón y la electricidad de la piel o sus supuestas reacciones fisiológicas a las fotografías. Al finalizar la sesión, los que dirigían el estudio comentaron individualmente a la mitad de los participantes que su respuesta fisiológica —ficticia— indicaba que eran personas intolerantes hacia las personas de color, mientras que la otra mitad fue informada de que eran individuos racialmente tolerantes. Una vez terminado el experimento, al salir del edificio uno por uno, cada sujeto fue abordado por un «mendigo» blanco y por otro de raza negra. Los donativos que hicieron todos los participantes a los mendigos blancos fueron de una cantidad parecida. Sin embargo, los participantes que habían sido acusados implícitamente de «racistas» donaron más dinero al mendigo negro que quienes habían recibido la evaluación de «tolerantes». La implicación de estos resultados fue que los individuos que acababan de escuchar de boca de los investigadores que tenían tendencias racistas trataron de compensar esa negativa percepción o imagen externa siendo más generosos con los mendigos de color.
Las personas también tienden a compensar algún aspecto de sí mismas que es cuestionado por otros, reforzando o afirmando otras facetas, aunque éstas no hayan sido amenazadas. A nivel anecdótico, se me ocurre que un prejuicio extendido en las sociedades occidentales es que la baja estatura afecta negativamente al concepto que los hombres tienen de sí mismos y, en algunos, provoca una impresionante reacción compensatoria. Aunque no conozco ningún estudio que haya demostrado esta correlación, los tratados de Historia a menudo destacan en el perfil de hombres que brillaron por su poder, su influencia o su creatividad el dato añadido de su baja estatura física. Pensemos, por ejemplo, en Voltaire, en Napoleón Bonaparte, en Amadeus Mozart, en Pablo Picasso, en Jean-Paul Sartre, en Vladimir Lenin o en Mahatma Gandhi. Pese a ello, no deja de ser evidente que el afán de dominio y poderío notables son ansias que comparten numerosos varones de elevada talla física, como Fidel Castro, Osama bin Laden, Charles De Gaulle o Abraham Lincoln. Esto nos obligaría a preguntarnos también: ¿qué compensación buscan entonces los hombres altos cuando luchan por hacer notorio su poder personal?
En un terreno más científico, Claude Steele, del Departamento de Psicología de la Universidad de Washington, ideó un curioso experimento que constaba de dos partes. En la primera manipuló la autoestima de un grupo de doscientas mujeres pertenecientes al grupo religioso de los mormones del estado de Utah. Los miembros de esta religión, fundada a principios del siglo xix, valoran mucho las actividades de voluntariado en beneficio de la comunidad. Concretamente, la mitad de las mujeres recibió una llamada telefónica de un encuestador que fingió estar haciendo un sondeo sobre moda femenina. Al terminar de hacerles las preguntas relacionadas con el sondeo ficticio, les comentó «confidencialmente», como de pasada, que había oído que la gente en general no tenía buena opinión de ellas, sin especificar la causa. La otra mitad de las mujeres «encuestadas» recibió la misma llamada, pero, después de las preguntas, fueron informadas, también de pasada, de que la gente tenía muy buena opinión de ellas.
La segunda parte del experimento tuvo lugar dos días más tarde. Todas las participantes fueron contactadas por una persona, sin ninguna relación con la llamada anterior, que las invitó a colaborar voluntariamente para obtener fondos destinados a un centro de mujeres sin hogar. El resultado de esta segunda llamada fue muy revelador: mientras que alrededor del 70 por 100 de las mujeres que habían recibido el comentario negativo en la primera llamada se ofrecieron a colaborar en el proyecto, menos del 25 por 100 de las que habían recibido la opinión positiva se ofrecieron como voluntarias. La conclusión del estudio fue que las mujeres del grupo evaluado negativamente sintieron la necesidad de autoafirmar su valía personal. Y es que las personas tendemos a equiparar nuestra valía con la opinión de los demás, aun de personas que ni conocemos ni nos conocen.
Estudios de diseños similares sobre sexismo demuestran igualmente que hombres y mujeres que no son sexistas y valoran su igualitarismo como un componente positivo de sí mismos, cuando se les acusa de posible sexismo responden con indignación extrema, por mínima que sea la hipotética insinuación de que tienen este rasgo.
A la hora de proteger nuestra autoestima, otra estrategia muy común es la que Morris Rosenberg llamó selectividad. Una forma de utilizar la selectividad es relacionándonos exclusivamente con las personas que tienen buena opinión de nosotros y rehuyendo a quienes no caemos bien. La verdad es que buscamos amistades que nos perciben como nos gusta hacerlo a nosotros mismos. Una consecuencia es que cuando buscamos opiniones de otros, tendemos a dar más credibilidad a las emitidas por personas que piensan bien de nosotros que a las elaboradas por quienes piensan mal.
En desgracias y tragedias, o en situaciones desafortunadas, quienes recurren a comparaciones con otros damnificados que resultaron más perjudicados se protegen más —con expresiones de resignación como «podría haber sido peor»— que quienes se comparan con los más afortunados. Otra forma de protegernos, muy común para eludir la culpabilidad en casos de desenlaces negativos, es el tan recurrido «nada que hubiese hecho habría cambiado el resultado». Ante los fallos, es igualmente típico desviar la causa hacia fuera, bien achacándola a la mala suerte o a todo un rosario de imponderables. Repito: los seres humanos tenemos una fuerte tendencia a atribuirnos los éxitos y a racionalizar, desentendernos o restar importancia a los fracasos.
Gracias a todos estos mecanismos de defensa podemos proteger el concepto privado y público que nos labramos de nosotros mismos. En mi experiencia, utilizar moderadamente estas estrategias protectoras es saludable y ayuda a mantener nuestra autoestima y a minimizar el estrés del día a día, lo que facilita el equilibrio emocional. Las personas que no echan mano de estas defensas son muy vulnerables a zancadillas, abusos, sinsabores y otras amenazas cotidianas. Pero no hay que pasarse: quienes usan grandes dosis de negación y distorsionan en exceso la realidad ponen en peligro la capacidad de vivir saludablemente y participar con agrado de la vida social. El secreto está en evitar tanto el excesivo realismo como la desmesurada deformación de la realidad.
Una cierta dosis de favoritismo en la interpretación que hacemos de nosotros mismos nos protege, pero esta paralela habilidad para tergiversar la realidad tiene un límite.
Ciertos hechos objetivos no pueden negarse adecuadamente sin poner en tela de juicio nuestra moral o nuestra cordura. Es evidente que los estudiantes que suspenden una y otra vez no piensan que son buenos estudiantes, los hombres ostensivamente bajos de estatura no piensan que son altos, y las personas muy pobres no piensan que son ricas. Hay situaciones en las que negar la evidencia no sirve de nada, o puede tener consecuencias funestas si nos impide tomar decisiones prudentes ante los peligros.
La confianza exagerada o irracional en uno mismo también puede ser peligrosa, no sólo para uno mismo, sino para los demás. Recurro en este caso a los trabajos del doctor David A. Davis y un grupo de investigadores de la Universidad de Toronto, quienes recientemente hicieron un riguroso análisis sobre el acierto de los médicos a la hora de evaluar su propia competencia profesional. He aquí su preocupante conclusión: los doctores menos competentes —según la opinión de un jurado independiente— tenían los más altos niveles de confianza en sí mismos. Por el contrario, los galenos considerados más competentes por los jueces manifestaban una confianza más moderada en sí mismos y eran más conscientes de sus limitaciones.
En este sentido, me gustaría comentar sobre mi gremio de médicos y demás profesionales de la sanidad en el que siempre ha existido una enorme resistencia a reconocer los propios errores. Es cierto que el proverbial Juramento Hipocrático no dice nada sobre cómo deben comportarse los médicos cuando dañan sin querer a sus enfermos. Tampoco se habla de este tema en las escuelas de medicina ni en los programas de residencia, donde se forman los futuros galenos. No obstante, cada día se acumulan más razones de gran peso para romper esta coraza de arrogancia y de silencio.
En efecto, el Instituto de Medicina de Estados Unidos, un prestigioso organismo independiente que asesora en materia sanitaria, documentó en 1999 que en los hospitales de este país aproximadamente dos millones de pacientes sufrían cada año graves daños y unos noventa y cinco mil morían a causa de errores médicos previsibles y evitables. Entre los desatinos más frecuentes se citaban la prescripción de fármacos contraindicados o en dosis venenosas, y los diagnósticos erróneos. En el quirófano, descuidos comunes incluían las perforaciones accidentales de órganos, el olvido de objetos —trozos de gasa, pinzas— dentro del cuerpo del operado, y las infecciones posoperatorias por falta de higiene o de prevención antibiótica. La conclusión: cuando los fallos se niegan o se ocultan no se aprende de ellos y tienen más probabilidades de repetirse.
Este alarmante informe desencadenó un fuerte movimiento social a favor de que los profesionales de la sanidad revelen, voluntaria y confidencialmente, los errores que cometen al comité de calidad del hospital donde prestan sus servicios. El objetivo principal de esta política no es castigar a los facultativos que se equivocan, sino analizar las verdaderas raíces de sus equivocaciones, y tomar las medidas oportunas para evitar que vuelvan a ocurrir. La tarea no ha sido nada fácil, pero hoy los expertos coinciden en que gracias a la mayor transparencia en la práctica médica la calidad de los cuidados y la seguridad de los pacientes han mejorado. En la actualidad, el gran reto es dar el lógico paso siguiente: que los facultativos informen y pidan disculpas a los pacientes perjudicados por sus errores. Como era de esperar, la oposición de los médicos a dar este paso es tenaz. Algunos doctores temen que airear sus desaciertos les acarree el desprestigio profesional; otros alegan que confesar sus meteduras de pata equivale a servir en bandeja una exitosa querella a los abogados. Sin embargo, estudios recientes publicados en las revistas de medicina más prestigiosas demuestran que cuando los facultativos admiten sus fallos, explican los hechos y piden disculpas, los pacientes perjudicados lo agradecen y se inclinan menos a denunciarlos públicamente o a plantearles una demanda legal. A fin de cuentas, todos perdonamos a un semejante más fácilmente por un error de la cabeza que por un error del corazón.
Hace tres siglos el poeta londinense Alexander Pope comentó con buen sentido: «Errar es humano», y hace poco encontré una viñeta de la caricaturista canadiense Lynn Johnston que decía: «Una disculpa sincera es el superpegamento que repara casi todo en la vida». Hoy, somos muchos en mi gremio los que estamos de acuerdo en que un «lo siento» sincero y a tiempo no sólo disipa el resentimiento del paciente dañado y modera sus impulsos de desquite, sino que humaniza al médico y dignifica al enfermo. Además, la información franca y clara sobre lo ocurrido valida las quejas del enfermo, alivia su indefensión y le tranquiliza con la expectativa de que el profesional y la institución se comprometen a prevenir fallos similares en el futuro.
Desafortunadamente, a pesar de todas estas probadas ventajas, demasiados galenos se niegan a disculparse. Si se les escucha atentamente se hace evidente que el verdadero motivo de su intransigencia es que les resulta insufrible bajarse del pedestal, acercarse humanamente a sus pacientes y despojarse del halo de omnipotencia que rodea la imagen interior que han creado de sí mismos.
Otro inconveniente de ignorar ciegamente nuestros defectos es que elimina las posibilidades de intentar cambiar. Cambiar siempre supone un reto, sobre todo una vez que superamos los años de la adolescencia. De hecho, aunque incrementar nuestra valoración o la valoración que hacen otros de nosotros es un deseo muy natural, bastantes personas prefieren mantener su concepto de sí mismas y no alterar su identidad privada o pública. Sencillamente, no les compensa un posible aumento de autoestima si se hace a expensas de un cambio de personalidad.
En mi experiencia, las personas que deciden moldear alguna faceta que no les gusta de su carácter tienen mayores probabilidades de conseguirlo si programan el cambio sobre alguna base positiva de su personalidad. Por ejemplo, hace poco un hombre de cuarenta y tantos años se quejaba de que cuando discutía con alguien por cualquier motivo, por pequeño que fuese, su enfado «se multiplicaba por mil en cuestión de segundos» y era incapaz de controlarlo. Este problema le preocupaba porque estaba afectando a sus relaciones personales y a su rendimiento en el trabajo. Una vez descartado que su situación tuviera por causa algún trastorno físico o psicológico, decidí recurrir a su buena capacidad de empatía. Le sugerí que utilizase esta aptitud para ponerse con afecto en el lugar de los demás. Esto le serviría de incentivo para pisar el freno de su furia mejor que utilizar la autocrítica como carburante para el cambio. Con la práctica, y gracias a su tesón, los resultados en poco tiempo fueron muy positivos.