Presentación del «yo»

«Las personas somos como actores que actúan para los demás, pero actúan de forma muy diferente cuando están en el escenario que cuando lo hacen entre bastidores.»

Erving Goffman, La presentación de uno mismo en el día a día, 1959

El concepto de uno mismo, a pesar de ser algo fundamentalmente privado, lo representamos en el abierto escenario social a través de nuestra apariencia física, nuestras expresiones, nuestras actitudes y nuestros comportamientos. Todos tratamos de mostrar una determinada identidad pública porque esta nos ayuda a mantener y reafirmar nuestra identidad privada o la imagen que hemos elaborado de nosotros mismos. Para vernos como la persona que queremos ser es imprescindible que nuestras actuaciones ante los demás sean consecuentes, que nuestro perfil público sea coherente con nuestro concepto privado. La idea subjetiva de uno mismo necesita ser apoyada por la imagen que proyectamos. De ahí la importancia de regular nuestra presencia.

La puesta en escena

Es posible, lector o lectora, que hayas crecido en una de esas familias —cada día más frecuentes— en las que los padres insisten en que uno no debe preocuparse de lo que piensan los demás. Por cierto, entre los neoyorquinos son muy comunes consejos como «¡sé tú mismo!», «haz las cosas a tu propio ritmo y no te fijes en cómo las hacen los demás». Pese a estas bienintencionadas recomendaciones, la verdad es que desde muy pequeño uno se da cuenta de que la opinión que los demás se forjan de nosotros pesa mucho, tiene consecuencias.

Casi todas las personas piensan de vez en cuando sobre la impresión que crean en los demás y no pocas viven casi obsesionadas con su apariencia. Por esto, se comportan de la forma que, a su entender, es la mejor para causar la impresión particular que desean en quienes las observan. Esto se nota en la escuela, entre los compañeros y en presencia de los profesores que han de catalogar nuestro nivel estudiantil; en el trabajo, entre las personas que han de valorar nuestra eficacia o rendimiento; en las relaciones familiares, de amistad y en las relaciones amorosas. Gran parte de nuestra vida depende, de alguna manera, de cómo seamos juzgados por los demás y, en esta interacción, el perfil externo que reflejamos de nosotros mismos tiene mucho peso. Realmente, son pocos los encuentros sociales importantes en los que podemos despreocuparnos totalmente de cómo somos percibidos y juzgados.

No hace falta estudiar psicología para darse cuenta de que la mayoría de la gente moldea o colorea su personalidad delante de otros más o menos conscientemente. Unas veces buscan reafirmar su propia imagen; otras, mejorarla; a menudo tratan de facilitar la comunicación, o la buena «química», con sus interlocutores. Por ejemplo, como muestra de tacto y de consideración, nadie presume de su buen estado de salud ante alguien a quien acaban de diagnosticar una grave dolencia. Pero en las múltiples representaciones sociales a las que nos obliga la vida encontramos también personas que intentan dar una imagen de sí mismas que se parece muy poco a la verdadera. A menudo, su objetivo es ocultar algún rasgo que consideran negativo, aunque, a veces, simplemente buscan conseguir que los demás respondan como a ellas les interesa. Bajo circunstancias de enfrentamiento ciertos individuos pretenden intimidar al contrincante representando un carácter violento, pese a ser en realidad gente pacífica. Tampoco falta quien premeditadamente aspira a convencer a los otros de su ingenuidad o despiste, para eludir la propia responsabilidad tras la ejecución de algún acto malévolo que revelaría una negativa idea de su persona.

La forma de presentarnos ante los demás está también influenciada por nuestra necesidad de mantener un nivel aceptable de autoestima y de sentirnos bien con nosotros mismos. Exhibir nuestros aspectos atractivos ayuda a obtener la aprobación de los demás, lo que a su vez ampara o incrementa nuestra autovaloración. Por lo tanto, es razonable deducir que si queremos proteger nuestro concepto positivo de nosotros mismos tiene sentido que nos esforcemos en presentar una apariencia favorable.

La gente, sin apenas excepciones, también dedica bastante energía a presentar una imagen concreta con el fin de verificar que su noción de sí misma es cierta. Valga este ejemplo: está comprobado que personas que quieren proyectar una figura de líder tienden a sentarse a la cabecera de la mesa, mientras que quienes prefieren pasar más inadvertidos escogen sitios más periféricos.

Las personas que se valoran mucho y están satisfechas consigo mismas, a la hora de presentarse estarán primordialmente motivadas por la necesidad de confirmar su alta valoración. Esto les hace esforzarse por exhibir siempre un perfil positivo, aunque a veces implique un riesgo. Igualmente, las personas que se infravaloran y no están satisfechas consigo mismas, cuando se presentan públicamente, intentan hacer lo posible por incrementar o mejorar su imagen. La otra cara de la moneda es que aquellas personas que se valoran poco, que no sienten la necesidad de cambiar esta percepción de sí mismas, cuando surge la oportunidad de presentarse a los demás lo hacen de una forma que confirme su baja opinión. Para estas personas la seguridad de lo que conocen es preferible a la incertidumbre del cambio o de la renovación. Cambiar la noción de sí mismas, aunque sea para mejor, se les hace muy cuesta arriba.

Controlar o cuidar la forma de presentarnos ante los demás no es necesariamente una actividad negativa que implique manipulación, inseguridad o vanidad. Prestar un grado razonable de atención a la impresión que proyectamos en otros es saludable y útil, pues nos ayuda a adaptarnos, a convivir y a beneficiarnos de ciertas situaciones. Tener en cuenta nuestra apariencia, sopesar el significado o alcance de la información que compartimos y ser conscientes de nuestro comportamiento es básico a la hora de relacionarnos, incluso en la intimidad, frecuentemente cuando trabajamos en grupo o participamos en actos públicos.

Aunque la idea de adaptar nuestra identidad pública a las circunstancias podría ser tachada de hipocresía, el conjunto mayoritario de comportamientos y conductas que las personas exhiben frente a los demás no significa engaño. Es cierto que hay quien miente descaradamente sobre quién es, pero, en general, la presentación de nosotros mismos que hacemos en público consiste en dar mayor peso o relevancia a ciertos rasgos que realmente poseemos, con el fin de resaltar lo que nos conviene mostrar o, por el contrario, guardar las apariencias y disimular los aspectos que no nos interesa enseñar. La finalidad es dar la impresión que consideramos apropiada o beneficiosa en determinadas circunstancias. En el fondo, lo que la mayoría buscamos es la aceptación y aprobación de los demás.

Es razonable pensar que las personas tendrían muchas más dificultades a la hora de relacionarse, de negociar situaciones delicadas o de conseguir ciertas metas, si no tuviesen esa capacidad de moldear su apariencia, sus comportamientos, el estilo de comunicar sus intenciones, o la información sobre sí mismas que ponen en circulación.

Con todo, si el objetivo es fingir sentimientos o rasgos de la personalidad ante los demás, con pocas excepciones antes o después la representación falla y a este tipo de gentes se les ve el plumero, se les notan sus verdaderas intenciones. Y es que mantener una forma de ser que no es real consume mucha energía psíquica. Casi todos estos embaucadores crónicos pasan por situaciones embarazosas y acaban por tener que recurrir a técnicas torpes de reparar el daño que ellos mismos han perpetrado a su propia imagen. Ser creíble o fiable es un factor decisivo en la construcción de nuestra identidad social. Si los demás nos juzgan como falsos, la capacidad para relacionarnos y tener un impacto en el grupo se desmorona. Este fracaso termina por socavar nuestro concepto y valoración de lo que somos.

Hay veces en que la motivación por presentar una apariencia determinada es tan fuerte que se llega a caer en conductas autodestructivas. Todos conocemos a alguien que, con tal de ser aceptado por los demás, ser complaciente con las expectativas de otros, o mantener una personalidad pública idealizada, opta por comportamientos arriesgados. Estos comportamientos pueden ir desde fumar hasta someterse a dietas perniciosas, pasando por el consumo de alcohol y drogas, o broncearse la piel sin protección contra los rayos ultravioleta cancerígenos.

El psicólogo experimental Mark L. Leary y su equipo de la Universidad Wake Forest, de Carolina del Norte, han estudiado algunos de los efectos dañinos asociados con esta necesidad por dar una cierta impresión mejorada de uno mismo. En un amplio estudio de adolescentes, encontraron que la tercera parte de los chicos y las chicas reconocía haber realizado actos peligrosos como conducir a velocidades temerarias, pelearse a golpes o saltar desde puentes elevados para impresionar a sus acompañantes y demostrar un alto nivel de coraje. Incluso cuando eran conscientes del riesgo, el ansia de representar una cierta personalidad o el temor al posible deterioro de su figura pública eran fuerzas aun superiores al miedo a perder la integridad física.

No sólo hay personas que buscan el riesgo innecesario para reforzar su «ego» en público, sino que abundan las que se resisten a protegerse en situaciones normales pero potencialmente peligrosas. Por ejemplo, pese a las intensivas campañas de educación sobre el sida y el énfasis publicitario en el sexo seguro, un porcentaje muy alto de jóvenes no toma precauciones. Esto explica que, sólo en Estados Unidos, en 2005 fueran diagnosticadas seis mil nuevas infecciones por el virus del sida transmitido a través del sexo en menores de treinta años, que las enfermedades venéreas sean tan frecuentes y difíciles de erradicar pese a que se disponga de medios para ello, y que cada año un millón de adolescentes se queden embarazadas. Lo preocupante es que, en las encuestas sobre este tema, un mínimo del 10 por 100 de los participantes señala que no utiliza preservativo, aun teniéndolo, por miedo a que su pareja piense mal o a que se rompa el «encanto» o la espontaneidad del momento. Incluso personas que saben que son portadoras del virus maligno no insisten en usar preservativo por temor a crear malestar o sospecha en la pareja. Una de las conclusiones más preocupantes de estos estudios es que la razón más frecuente por la que la gente no usa preservativos, pese a ser conscientes de los peligros, es que les da vergüenza comprarlos o ponérselos por reparo a lo que puedan pensar los demás.

Esta misma inquietud con dañar su imagen pública es lo que hace resistirse a mucha gente a acudir al médico, incluso si ello repercute peligrosamente en su salud. Algunos que cuentan con recursos económicos lo hacen a escondidas. No pocos europeos y latinoamericanos que padecen cáncer, enfermedades del corazón o depresión optan por buscar ayuda médica en Nueva York, no tanto porque el tratamiento pueda ser más eficaz, sino para evitar los posible efectos perjudiciales a su reputación en su círculo social o en sus comunidades o empresas.

El impacto del «qué dirán» es particularmente devastador en el mundo de las enfermedades mentales. De hecho, la barrera más alta que se interpone en el tratamiento de estas dolencias que hoy día o se curan o se alivian es el miedo de los afectados a lo que puedan pensar los demás. He oído incontables veces frases como «no quiero que crean que estoy loco» o «pensarán que soy débil de carácter» en boca de hombres y mujeres destrozados por enfermedades que de habérselas tratado a tiempo hubieran ahorrado a ellos mismos y a sus seres queridos años de tormento.

Apariencias y disfraces

Si bien los demás reparan por lo general en nuestros gestos y aspecto exterior, la palabra es el medio que mejor dominamos y el que solemos utilizar para presentarnos, revelarnos y compartir con otros los avatares de nuestra vida.

Cuando viajo solo a alguna ciudad que no conozco bien, me gusta pasear tranquilamente por las calles, visitar sitios concurridos y buscar la oportunidad de entablar conversación con personas del lugar. Llegado este momento, confieso que trato de evitar decir que soy psiquiatra. El motivo es que cuando se enteran de mi profesión todo parece cambiar. Unos enmudecen y educadamente huyen de mi compañía, quizá por temor a ser «analizados» en contra de su voluntad, o por miedo a que pueda leer sus pensamientos más ocultos, algo obviamente imposible. Otros, por el contrario, se me acercan, abren sus corazones y, sin tener en cuenta que voy de sencillo turista, me relatan con pelos y señales sus problemas más íntimos, empeñados en convertir ese encuentro fortuito y amigable en una verdadera consulta psicológica. Tampoco faltan los que, sin el menor reparo, se lanzan con aplomo a cuestionar la validez de mi especialidad. «Siento decirle, amigo —afirman sincerándose—, que soy de esos que no creen en la psiquiatría.» En algunas ocasiones me he dado de bruces incluso con casos que cortésmente disputan la sensatez y el equilibrio mental de los colegas de mi profesión.

Además de la palabra, también utilizamos conscientemente elementos no verbales para moldear nuestra autodefinición ante otros. Es bien sabido que la forma de vestir, las expresiones faciales, las posturas, los gestos, la mirada, la disposición, el tono de voz y todo lo que constituye el llamado «lenguaje corporal» dan pistas sobre nuestro estado de ánimo, nuestras opiniones, nuestras intenciones y nuestra manera de ser.

Las emociones no sólo las sentimos nosotros, sino que, aun sin que nos comuniquemos verbalmente, se las transmitimos a los demás. La manera en que expresamos o disimulamos nuestros sentimientos y la carga emotiva con la que acompañamos las palabras dicen mucho de nosotros y de nuestra capacidad para conectar genuinamente con quienes nos escuchan. Se cuenta que el novelista americano Mark Twain (1835-1910) se estaba vistiendo con mucha prisa una mañana y notó que le faltaban un par de botones en la única camisa limpia que le quedaba en el armario. Twain se enfureció y comenzó a soltar una sarta de improperios y juramentos. Cuando se le pasó el berrinche se sorprendió al ver en la puerta del cuarto a su mujer, que, echando humo pero sin levantar la voz, repitió pausadamente una por una cada palabrota que él había pronunciado. Cuando acabó, miró silenciosa a su marido, esperando avergonzarle. Twain reflexionó un segundo y, con un guiño de picardía, respondió: «Querida, tienes las palabras, pero te falta la melodía».

Todos somos conscientes —y muchos estudios lo demuestran— de que percibimos más favorablemente a las personas que expresan emociones positivas que a quienes comunican emociones negativas. La sonrisa unida al contacto visual es un buen ejemplo de expresión que, en general, sirve para comunicar jovialidad, entendimiento y aceptación a la otra persona. Por el contrario, hay estados de ánimo que provocan rechazo y distanciamiento en los demás.

A la mayoría de las personas no les resulta nada fácil compartir su tiempo o su atención con personas melancólicas, derrotistas, protestonas, irritables o suspicaces, que ven todo oscuro e irradian pesimismo y amargura.

El físico es un factor muy relevante en la elaboración de nuestra identidad social. Está demostrado que a los hombres y mujeres físicamente atractivos casi siempre se les juzga, incluso a primera vista, como más capacitados socialmente, más exitosos y hasta más competentes que al grupo menos favorecido en apariencia o belleza externas. No es de extrañar que tanta gente invierta enormes recursos, tanto emocionales como materiales, en tratar de mejorar su apariencia física.

Está claro que no todos tenemos la misma idea de lo que es una persona atractiva, pero —como indiqué en el capítulo anterior en relación con el estigma social— la influencia de la moda, de las prioridades culturales y de la poderosa industria de la belleza y la cosmética es muy fuerte. La decisión de una mujer de cortarse el pelo o cambiar su peinado, o la de un hombre de hacerse un estiramiento de cara, no sólo están basadas en las preferencias personales, sino también en su noción de cómo creen que van a ser percibidos y juzgados por los demás. Lo mismo ocurre con la forma de vestir. «Como te ven, te tratan», sostiene la sabiduría popular.

La presentación de uno mismo tiene también mucho que ver con las personas con quienes nos asociamos en público. «Dime con quién andas y te diré quién eres», nos advierte el viejo refrán. Desde pequeños, cuando comenzamos a ir a la escuela, ya somos conscientes de la «gloria por asociación». En general, las personas quieren que se las relacione con individuos considerados poderosos, famosos, atractivos, populares, que gozan de alta estima social. El efecto opuesto también es cierto: no suele gustarnos ser vistos con personas de mala fama, desprestigiadas, fracasadas o caídas en desgracia. Un detalle curioso: en Estados Unidos hay mucha gente que pone en sus casas o en los escaparates de sus tiendas carteles o pegatinas electorales de sus candidatos favoritos. Pero cuando las urnas dan el veredicto, el cartel del candidato derrotado es retirado enseguida, mientras que los carteles de los vencedores tardan mucho más en desaparecer. Algo parecido ocurre cuando se trata de un presidente desprestigiado —como es el caso de George W. Bush— con quien sus correligionarios republicanos evitan a toda costa fotografiarse para no contaminar su propia imagen y caer en popularidad por asociación.

El entorno físico en el que nos movemos y los objetos de que nos rodeamos son otros dos factores que contribuyen a formar nuestra identidad pública. La gente establece opiniones muy distintas de la misma joven si la ve conduciendo un Mercedes último modelo o una camioneta, si está leyendo un periódico considerado de izquierdas o de derechas, la revista Playboy o la hoja parroquial; si trabaja en un despacho espacioso, con grandes vistas, o en un cuchitril. La casa en la que uno vive también da pistas a los demás, como los muebles o los cuadros que colgamos en las paredes. Nuestras aficiones, nuestros gustos, la comida que escogemos y otras muchas actividades que llevamos a cabo en público asimismo ayudan a configurar nuestra imagen.

La cantidad de atención y esfuerzo que prestamos a nuestra apariencia o perfil públicos varía de persona a persona, y también varía en la misma persona dependiendo de su estado emocional, de la situación en la que se encuentra o del momento que vive. Ciertas personas casi nunca se paran a pensar en la impresión que causan; tienden a pasar por alto lo que los demás puedan opinar de ellas, pues no les importa lo más mínimo. Como es cierto que hay momentos en los que, a pesar de estar en un lugar público, no somos conscientes de ser observados ni de la posibilidad de que otros estén formando una opinión de nosotros. Esto es inevitable y nos ocurre a todos. La situación opuesta sucede cuando toda nuestra atención se centra en la sensación casi obsesiva de que los demás no nos quitan ojo, nos juzgan y evalúan.

Las situaciones que provocan los peores estados de ansiedad en un contexto social son aquellas en las que el individuo quiere dar una cierta impresión ante los demás, pero está convencido de que no lo logrará. La excesiva ansiedad social puede amargar especialmente a quienes se encuentran en situaciones trascendentes para su concepto de sí mismos y su imagen pública. Por ejemplo, cuando tienen que conversar con personajes en posición de autoridad, o tienen que hablar delante de un grupo amplio de personas. Naturalmente, cuanto más importante sea para la persona causar una impresión determinada y menos segura se sienta de poder lograrlo, más ansiosa se sentirá. En el capítulo sobre la introspección ya describí los casos más serios de fobia social.

La preocupación excesiva sobre qué impresión causamos impulsa a muchas personas a prepararse de antemano antes de exponerse al ojo curioso y escrutador de los otros. Hay quien lo consigue relajándose, haciendo ejercicio, ensayándose o incluso automedicándose con drogas tranquilizantes, o bloqueadores de la adrenalina, o tomando un par de copas con el fin de actuar mejor en el escenario. Pero no pocas veces «se pasan de rosca», pues los efectos intoxicantes de estas sustancias disminuyen y hasta eliminan la discreción y la sana evaluación del juicio ajeno, socavan la sensatez y el autodominio, o desfiguran la realidad.

Nivel de maquiavelismo

Estas observaciones que he descrito fueron investigadas en profundidad hace unos años por los psicólogos experimentales Richard Christie y Florence Geis. Estos expertos estudiaron la capacidad de las personas para manipular la presentación de sí mismas en situaciones de gran competitividad, como las que se dan, por ejemplo, entre los directivos de empresas, o en la relación entre abogados y jueces. Después de revisar diversas formas de medir esta habilidad o talento especial, decidieron recurrir al famoso filósofo florentino Nicolás Maquiavelo (1469-1527).

Concretamente, Christie y Geis diseñaron unas escalas basadas en el nivel de conformidad de las personas con ciertas actitudes que vienen reflejadas en El Príncipe, el libro de instrucciones que Maquiavelo dedicó a su mecenas el príncipe Lorenzo de Medici. La idea principal de este filósofo, según resumió en el capítulo 18 de su interesante obra, consistía en que «un príncipe no necesita poseer de verdad todas las virtudes —honradez, generosidad, dignidad, firmeza de carácter—, pero sí tiene que aparentar que las posee». De hecho, explicaba Maquiavelo, poseer todas las virtudes y ajustarse siempre a ellas puede ser perjudicial, mientras que dar la impresión de que se poseen es útil. Por este motivo, «hay que estar dispuesto a cambiar y actuar según soplen los vientos de la suerte y las circunstancias del momento». En cuanto a la percepción de los demás, el brillante escritor florentino lo tenía claro: «Generalmente, los hombres juzgan con los ojos y no con las manos, pues todos los hombres pueden observar pero muy pocos se acercan lo suficiente como para poder tocar. Por lo tanto, todos los hombres verán lo que aparentas ser, y sólo unos pocos sabrán lo que realmente eres». Las recomendaciones del maestro al príncipe consistían en estrategias útiles que éste debería utilizar para presentarse y actuar ante rivales y súbditos con el fin de obtener su apoyo y mantener el poder, especialmente en situaciones en las que la verdad o la ética no servían a sus intereses.

Entre paréntesis diré que después de leer sobre Maquiavelo y su obra me llamó la atención que este personaje, que durante siglos dio su nombre a la duplicidad y a la hipocresía —y no pocos pensaban que había sido inspirado por el diablo—, fue en sus tiempos un promotor de la libertad y un buen ciudadano, patriota leal de su amada Florencia.

Pues bien, volviendo a los investigadores Christie y Geis, después de probar sus escalas y ajustarlas hasta alcanzar un nivel de fiabilidad científicamente aceptable, comenzaron a medir la aptitud de las personas para moldear su presentación en público, según lo que llamaron el nivel de «inclinación maquiavélica». Algunos ejemplos de afirmaciones respaldadas por personas con alta inclinación «maquiavélica» son relativamente conocidos y forman parte de nuestra cotidiana «gramática parda»: «Nunca reveles a nadie el verdadero motivo de tus acciones, a no ser que ganes algo con ello», «la mejor forma de manejar a los demás es decirles lo que quieren oír», «es de sabios halagar a las personas importantes», o «cualquiera que confía completamente en otra persona se busca problemas».

Los individuos con niveles altos de maquiavelismo tienden a manipular su presentación en público siguiendo este tipo de estrategias para controlar la situación y poder así influir en la evaluación que los demás hacen de ellos. A menudo no es tanto cuestión de sinceridad como de relativismo, de un cierto pragmatismo. Por ejemplo, seleccionando o editando la información que dan, o moldeando las opiniones que expresan para que sean más coherentes y no choquen con las expectativas de la otra persona. Algunos disponen de esta habilidad para manejar la información con la que tratan de persuadir a sus interlocutores, son más eficaces y resisten mejor las presiones de éstos que otros. A la hora de debatir temas controvertidos, de política o de religión, por ejemplo, se sienten más cómodos y tranquilos que sus opositores.

En un curioso experimento con niños y niñas de diez años, Dorotea Braginsky, psicóloga de la Universidad de Connecticut, demostró que comparando los pequeños con altos índices de maquiavelismo con otros que mostraban niveles bajos, los primeros conseguían con mucha más frecuencia convencer a sus compañeros de colegio para hacer cosas incluso desagradables, como comer galletas muy amargas previamente rociadas con quinina. Aunque ingerir galletas agrias de sabor no tiene mayores consecuencias, es un hecho que no faltan personas que desde una posición de autoridad utilizan todo tipo de técnicas manipuladoras sin un mínimo de ética para causar daño. Suele ser gente muy ambiciosa sin escrúpulos, que no da la cara, ni compite o argumenta abiertamente, y consigue sus objetivos engatusando de forma sutil a sus semejantes e impidiendo con argucias que éstos decidan libremente.

Otra táctica maquiavélica para moldear nuestra presentación es ocultar o excluir completamente la información que pensamos nos puede perjudicar. Esta estrategia es la preferida de los que se sienten más cómodos silenciando que manipulando o simplemente engañando. En mi experiencia, este tipo de personas tolera a la perfección llevar a cuestas un pesado saco de secretos personales. No cabe duda de que todos guardamos secretos sobre aspectos, comportamientos o experiencias personales que nos empequeñecerían ante los ojos de los demás. Proteger contra viento y marea ciertos secretos personales puede ser conveniente y aconsejable a la hora de presentarnos a los demás en determinadas situaciones. Sin embargo, con el tiempo, la carga que supone mantener intacto nuestro archivo de secretos personales resulta perjudicial para la salud, especialmente cuando se trata de experiencias emocionales intensas.

Aunque casi todos deseamos proyectar la imagen que se aproxime lo más posible a nuestro ideal, lo más fácil es presentar una apariencia que sea congruente con el concepto de nosotros mismos. Y mucho mejor si lo que queremos es que los demás nos vean como somos en realidad porque ya nos sentimos cómodos tal y como somos. No hay que olvidar que la impresión pública que tratamos de dar puede afianzar nuestra idea privada de nosotros mismos —especialmente si no hay demasiada discrepancia entre ambas— y además puede reforzarse si recibimos una respuesta afirmativa de los demás. Esto tiene más probabilidades de ocurrir cuando no hay grandes diferencias entre lo que somos y lo que aparentamos ser. Es decir, cuando, como dicen los expertos en imagen, «somos el mensaje».