Funciones ejecutivas
«Los lobos no entienden de remordimiento, ni los leones ni los piojos conocen la vacilación. ¿Para qué cuestionarse nada si saben que tienen razón? En este planeta del Sol tener siempre la conciencia clara y libre de dudas es el signo paradigmático de las bestias.»
Wislawa Szymborska, La honra de sentirte mal contigo mismo, 1976
Una cualidad humana por excelencia, fruto de ser conscientes y observadores de nuestro «yo», es la capacidad ejecutiva de regular nuestros pensamientos, emociones y conductas. Es cierto que los animales más inteligentes pueden tomar decisiones basadas en la evaluación de sus probabilidades de éxito a la hora de sobrevivir o defenderse. Por ejemplo, los zorros en peligro simulan estar muertos para despistar al agresor y los chimpancés cojean ostensiblemente en la presencia de un macho dominante para salvar el pellejo. Sin embargo, existen diferencias fundamentales entre estos socios del reino animal y nosotros. Los seres humanos nos movemos principalmente por significados connotativos, conceptos abstractos, supuestos teóricos y figuras simbólicas.
Gestionarse la vida
La conciencia del futuro está firmemente vinculada a nuestra existencia. No transcurren muchos minutos sin que pensemos sobre lo que vamos a hacer más tarde, mañana, el mes que viene o en muchos años. Con ayuda del sentido de futuro las personas podemos anticipar las consecuencias de nuestros actos, tomar medidas o elegir comportamientos que faciliten nuestra seguridad o bienestar, y programar nuestras decisiones con miras a alcanzar las ilusiones que albergamos y las metas que nos marcamos. Al mismo tiempo, nuestras funciones mentales ejecutivas nos permiten evaluar el deseo de conseguir algún objetivo posible, administrar nuestra energía, planificar la estrategia, establecer un criterio para juzgar el resultado de nuestros actos, y controlar los impulsos que puedan interferir con nuestros planes.
Esto no quiere decir que todo lo que hagamos sea resultado de un proceso de deliberación consciente. Una gran parte de los comportamientos humanos es automática. Pero la mayoría de los actos que gobiernan nuestra vida son la consecuencia de decisiones que tomamos después de reflexionar y analizar, al menos por unos segundos, diversas alternativas. Por ejemplo, en nuestras relaciones cotidianas, con frecuencia nos planteamos si hemos de decir que no estamos de acuerdo o callar, si rechazar algo que no nos gusta o tolerarlo, si enfrentarnos o retirarnos. Todos nos hemos esforzado alguna vez en prestar atención a alguien que no se explicaba bien, o en mantenernos despiertos al volante por la noche. A menudo intentamos quitarnos de la cabeza una preocupación molesta que nos distrae de la tarea que nos ocupa, o tratamos de suprimir el mal humor que nos perturba, o hacemos un esfuerzo por resistir deseos inoportunos y manejar nuestra conducta en situaciones estresantes.
La memoria nos ayuda a justificar nuestras decisiones y dirigir nuestra vida con eficacia. Muchos de nuestros fracasos o errores son debidos a que no pensamos en las consecuencias negativas que tuvieron actos pasados.
Como inciso, recordaré que en psicología por lo general se usa el término «yo» —también se emplea el vocablo latino ego— para representar la parte consciente de la persona que percibe y está en contacto con el mundo exterior. Y ésta es la parte de la mente que alberga el «departamento ejecutivo», encargado de evaluar las situaciones, planificar, decidir y responder a los mensajes del entorno. El «yo» también está influenciado por fuerzas inconscientes localizadas en la zona de la mente que Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis, bautizó con el término «ello», o id, en latín. Las principales fuerzas inconscientes son los impulsos instintivos y deseos de gratificación. El «yo» está influenciado además por el «superego», que contiene los valores y principios morales que cuando somos pequeños nos imponen los adultos y las normas de la sociedad en que vivimos y que nos estimulan a frenar comportamientos inaceptables. El «superyo» también incluye los atributos de la imagen ideal a la que aspiramos.
Las funciones ejecutivas, al igual que la claridad interior y la introspección, se consolidan poco a poco. De pequeños, a medida que nos hacemos conscientes de nuestros deseos, nos decimos a nosotros mismos las cosas que debemos o podemos hacer y las que no, de acuerdo con las instrucciones que recibimos repetidamente de los adultos. Un ejemplo es el niño que comienza a tocar el vaso de cristal que su madre le acaba de decir que no toque y se repite en alto «¡no!, ¡no tocar!».
Estos diálogos personales ayudan a los pequeños a ejercer control sobre sus impulsos inaceptables y a incorporar en su repertorio las reglas de conducta que los adultos les enseñan. Aprender a dirigir los comportamientos es una tarea fundamental para desarrollar saludablemente la capacidad de convivir y socializar. Todas las culturas regulan de alguna forma la expresión de los deseos. Precisamente, una de las responsabilidades de la sociedad es prevenir que los niños hagan lo que quieran —por ejemplo, pintar en las paredes, correr por en medio de la calle, jugar con cerillas, comerse todos los chocolates de la caja o darle un mazazo en la cabeza a su hermanito pequeño—. La capacidad de regular nuestra conducta constituye una facultad indispensable para poder convivir en armonía.
Casi siempre, la motivación original de los pequeños para aprender en el colegio se nutre de recordatorios mentales como éste: «Mis padres y los profesores se enfadarán si no hago los deberes». El siguiente incentivo suele consistir en algo así como «Si no hago los deberes me sentiré avergonzado o mal conmigo mismo». Con un poco de suerte, más tarde el esfuerzo por aprender en el colegio está predominantemente estimulado por el deseo genuino de saber o de alcanzar metas personales.
Entre los tres y cuatro años de edad los niños empiezan a distinguir las diferentes áreas de competencia, y a entender que ciertas tareas se les dan mejor que otras. También descubren la posibilidad de compararse con otros. La comparación les ayuda a construir valoraciones más realistas.
Pero, al mismo tiempo, les puede inducir a verse menos competentes que otros, lo que les haría sentirse inferiores o ineptos. Las comparaciones pueden tener consecuencias penosas si el pequeño proyecta en ellas la diferencia que existe entre lo que le gustaría hacer y lo que cree que puede hacer. La idealización de talentos, cuando no consigue abrirse cauce porque su realización sea verdaderamente imposible o por creer que lo sea, da lugar a decepciones.
Los adultos también estamos constantemente diciéndonos cosas a nosotros mismos. «Acuérdate de felicitar a María mañana por su cumpleaños»; «Apaga ya la tele, que tienes que preparar la conferencia de mañana». A veces las advertencias son en voz alta, como las del hombre airado que se dice: «¡Cálmate!, ¡tranquilo!, que no es para tanto». O la mujer que está escribiendo y se recuerda a sí misma la regla gramatical: «Veamos, las palabras graves que terminan en n llevan acento». Más gráfico es el caso del tenista que se riñe a voz en grito, gesticulando, después de fallar una pelota. Estas conversaciones con nosotros mismos son instrumentos importantes de nuestra capacidad ejecutiva y un ingrediente necesario de la construcción de nuestro «yo».
Autocontrol
La capacidad de frenar de forma consciente los impulsos, o de retrasar voluntariamente la gratificación e ir más allá de la situación inmediata mientras perseguimos un objetivo superior, es una función ejecutiva fundamental de los seres humanos. Esta aptitud hace posible que el hombre que está a dieta se resista al canto de sirena de la hamburguesa de queso con patatas fritas que le tienta cada vez que pasa por delante de un McDonald's. A una mujer casada a quien le surgiera la oportunidad de una aventura amorosa, el autocontrol le haría plantearse las posibles consecuencias a largo plazo de su desliz extramarital, y al empleado enfadado con su jefe le obligaría a sopesar los posibles efectos laborales de insultarle a gritos antes de dar rienda suelta a su indignación.
Posponer una gratificación inmediata de cosas seguras por el afán de obtener en el futuro otras mejores, pero inciertas, no es empeño fácil. El viejo refrán «Más vale pájaro en mano que ciento volando» está muy manoseado en nuestra cultura popular, pero muchas veces no es conveniente ni aconsejable. En este sentido, el papel de las funciones ejecutivas es configurar estrategias que minimicen el atractivo de la gratificación inmediata y resalten las ventajas de esperar.
Veamos este ejemplo: sentamos a la mesa a un grupo de niños de seis o siete años, y a cada uno le ponemos delante un platito de chocolatinas. Seguidamente les informamos de que los vamos a dejar solos unos veinte minutos y que mientras tanto pueden comer las chocolatinas que quieran de su platito. Antes de ausentarnos les mostramos una fuente repleta de chocolates y les decimos que éste es el premio reservado para aquellos que no coman ninguna chocolatina hasta que regresemos. Salimos del cuarto y los observamos desde fuera sin que se den cuenta. Los pequeños que mejor resisten la golosa tentación son los que tratan de ignorar su situación inmediata: muchos se tapan los ojos con las manos para no ver los bombones, algunos miran para otro lado, y otros se distraen imaginándose el apetitoso premio que van a recibir por su esfuerzo de esperar.
La función ejecutiva de autocontrol requiere dos cosas básicas: motivación y fuerza de voluntad. Llevar las riendas de nuestros impulsos consume bastante energía. Me viene a la mente una investigación realizada en el Departamento de Psicología de la Universidad de Case Western Reserve, donde sesenta jóvenes de veinte años de media, mitad hombres y mitad mujeres, se ofrecieron para participar en un experimento sobre degustación de alimentos. A todos se les avisó de que antes del experimento debían estar en ayunas un mínimo de tres horas. El laboratorio se preparó antes de la prueba y en un horno se cocinaron unas suculentas galletas de chocolate, por lo que la habitación estaba impregnada de un delicioso aroma. Cada participante se sentó ante una mesa donde había un plato lleno de estas galletas y otro plato repleto de rábanos. El investigador explicó que las galletas de chocolate y los rábanos habían sido seleccionados para la prueba de percepción del gusto porque eran alimentos comunes pero muy diferentes. A la mitad de los participantes se les indicó que comiesen tres rábanos, y a la otra mitad, tres galletas de chocolate, durante cinco minutos. A todos se les recordó que sólo podían comer el alimento indicado. A continuación, el investigador salió de la habitación, mas observó a los comensales a través de una mirilla secreta, para verificar que cumplían lo pactado. Ninguno se saltó las reglas, aunque algunos de los participantes del grupo de los rábanos miraban con nostalgia a las galletas e incluso se las acercaron a la nariz con deleite.
Una vez finalizada la prueba, los participantes completaron un formulario y una entrevista. Como cabe suponer, los que comieron rábanos manifestaron que tuvieron que hacer más esfuerzo para comer que los del chocolate, además de que admitieron haber tenido que resistir la tentación de engullir las galletas. Por el contrario, ninguno del grupo del chocolate se sintió tentado de probar los rábanos. Acto seguido, los investigadores pidieron a cada participante —como algo independiente del experimento— que trataran de resolver un rompecabezas, que consistía en completar una figura geométrica con un lápiz sin retroceder ni levantar la mano. Podían tomarse todo el tiempo que quisieran. Los sujetos no sabían que el problema era imposible de resolver. El grupo asignado a degustar rábanos abandonó la prueba mucho antes que el grupo del chocolate. La conclusión de los investigadores fue que el autocontrol tiene un coste de energía mental. Y la energía mental es limitada.
Esto explica que bajo según qué circunstancias haya bastantes personas que cedan pronto y se dejen llevar por los acontecimientos. Todos conocemos individuos pasivos, indiferentes o que prefieren dejar correr las cosas sin plantarse ni pelearse. Unos optan por ahorrar energía, otros están «quemados», y no pueden llevar a cabo sus funciones ejecutivas. El nivel de energía mental se debilita por muchas razones. Por ejemplo, el cansancio físico, el dolor, el hambre, los estados depresivos. Nadie sabe mejor lo que cuesta levantarse por la mañana que los deprimidos. Los sentimientos de frustración, de rabia y de soledad también interfieren con la capacidad de regularnos.
Las personas que tienen que controlarse en una tarea concreta registran más dificultad si, a continuación, se les pide que se controlen en otra situación. La mujer cuyo trabajo durante el día requiere mucho control va a tener más dificultad a la hora de tolerar por la noche frustraciones en casa. Todos hemos pasado por ese momento en el que un pequeño contratiempo nos hace saltar y perder el control. Es «la última gota que colmó el vaso», decimos, recordando el dicho que quizá ya oímos de boca de nuestros abuelos.
Nuestras funciones ejecutivas configuran una parte muy importante de nuestra identidad particular y dan sentido a la propia competencia. Pero estas aptitudes pueden ser inutilizadas por una amplia variedad de aflicciones. Concretamente, los daños cerebrales producidos por infecciones, por traumas, por accidentes vasculares, por tumores o por demencias alteran las funciones ejecutivas. Ciertos trastornos de la personalidad y de la conducta, los estados de ansiedad, las enfermedades del estado de ánimo y los problemas de atención con hiperactividad también las debilitan. Igualmente, las sustancias intoxicantes que desinhiben, como el alcohol y algunas drogas, pueden interrumpir la introspección y desconectar las facultades encargadas de proteger la voluntad, de sopesar el impacto de las decisiones y de dirigir racionalmente el comportamiento.
La habilidad para dirigir y regular las propias acciones también se daña temporalmente en personas que están bajo la influencia de grupos indisciplinados, radicales o de bandas incontroladas. En estos casos, los participantes se concentran en sucesos externos excitantes, las emociones les obnubilan y desenchufan el «superego» o la conciencia moral que controla y modera las pasiones. Cuanto más se diluye la función ejecutiva en una colectividad incontrolada, más altas son las probabilidades de perder el raciocinio y la capacidad de ponerse en las circunstancias de otros. Por eso, tantas personas en grupo llegan a perder la cabeza y a cometer atrocidades que individualmente serían incapaces de realizar.