Capítulo 13

Desde la oficina de Bret Rensselaer, en la última planta, se dominaba una vista hacia el oeste que inducía a pensar que Londres era todo un espacio verde. Las copas de los árboles de St. Jame's Park, de Green Park y de los jardines del palacio de Buckingham y, más allá, de Hyde Park formaban una alfombra continua. Ahora se empezaba a sumir todo en la niebla gris que envolvía temprano a Londres en semejantes tardes. El cielo estaba oscuro, pero aún lo perforaban unos pocos rayos de sol que perfilaban franjas aisladas en los rectángulos esmeraldas que eran las plazas de Belgravia.

Pese a la oscuridad de los nubarrones, Rensselaer aún no había encendido las luces. La escasa iluminación de las ventanas se convertía en reflejos sobre todos los cromados y hacía brillar elcristal de la mesa como si fuese acero. Y la misma clase de luz metálica se reflejaba en el rostro de Rensselaer, dándole un aspecto más cadavérico que nunca.

Dicky Cruyer se mantenía cerca del jefe, pero moviéndose lo suficiente para verle la cara y preparar la respuesta idónea. Cruyer era muy consciente de su papel; siempre aparecía cuando Rensselaer necesitaba un testigo, un ejecutor de tareas desagradables, un defensor entusiasta o un auditorio silencioso. Sin embargo, no era un mero acólito, sino un hombre que sabía elegir el momento oportuno para cada cosa... «el tiempo de abrazar y el tiempo de abstenerse del abrazo». En otras palabras, Cruyer sabía exactamente cuándo podía discutir con el jefe, algo que yo nunca acertaba. Ni siquiera sabía cuándo era el momento de discutir con mi mujer.

—¿No dijiste a Frank que todo era material auténtico? —me preguntó Cruyer por tercera vez en media hora.

—A Frank le importa un bledo que sea auténtico o no —respondí y ambos me miraron con asombro, escandalizados—, siempre que no se filtre en su oficina de Berlín.

—Eres injusto con Frank —dijo Bret, pero no se extendió sobre ello.

Se quitó la chaqueta y la colgó del respaldo, colocándola de modo que no se arrugara.

—¿Qué cuento queréis oír? —pregunté—. ¿Que se queda en casa todas las noches probándose patillas falsas e inventado nuevos códigos y claves para no perder la práctica?

Supongo que aún me dolía el rumor de Werner acerca de que Frank no quería que yo le sucediera en el cargo. No lo creía, pero me fastidiaba. La amistad entre Frank y yo siempre había sido ambivalente. Sólo éramos amigos cuando yo recordaba mi lugar, y a veces no lo recordaba.

—Yo no quiero un castor activo en la oficina de Berlín —observó Bret Rensselaer, haciendo una pausa lo bastante larga para obligarme a registrar el pronombre personal, cuyo significado era que Bret Rensselaer era quien decidía qué persona heredaría el codiciado puesto—. Frank Harrington —el uso del apellido tenía el fin de distanciar a Bret Rensselaer de su subordinado— fue enviado allí para solventar una incompetencia general y así lo hizo. No es un condenado superhombre y todos lo sabíamos. Fue como un administrador judicial a presidir un caso de bancarrota.

Bret Rensselaer había asignado a Frank Harrington el cargo de Berlín y le molestaba todo lo que se decía en su descrédito.

—Frank hizo milagros —dijo Dicky Cruyer. Era una respuesta refleja y, mientras yo la admiraba, añadió—: Corriste un riesgo al dar ese puesto a Frank y lo hiciste a pesar de que todos los jefes de Departamento te advertían que sería un desastre. ¡Un desastre!

Dicky Cruyer consagró un momento precioso a emitir un sonido de cloqueo destinado a indicar su desprecio por aquellas personas asombrosamente miopes que habían puesto en tela de juicio la audaz decisión de Bret Rensselaer. Me miró mientras lo hacía, ya que yo figuraba entre los incrédulos.

—¿Advertiste algo más acerca del material dejado sobre la mesa de Frank por este escurridizo ayudante? —inquirió Rensselaer, mirándome como a la persona que había permitido escapar de nuestras manos al ayudante en cuestión.

—¿Quieres que conteste, Bret, o esperamos ambos a que Dicky diga algo? —pregunté a mi vez.

—Alto, ¿qué diablos significa esto? —exclamó con ansiedad Dicky—. Yo advertí bastantes cosas acerca de ese material. De hecho, estoy redactando un informe al respecto.

Estar redactando un informe sobre algo era todo lo que admitía Dicky de su ignorancia total acerca de un asunto.

—¿Bernard? —me preguntó Rensselaer.

—¿Que todo se filtró a través de la oficina de Giles Trent? —Rensselaer asintió.

—Exacto —dijo—. Todos los documentos contenidos en el fajo de material filtrado a los rusos había pasado, en una u otra fase, por manos de Trent.

—Bueno, pues voy a darte una noticia —repliqué—. Hace unos años (dispongo de fechas y detalles) la oficina de Berlín interceptó un mensaje y el hecho fue comunicado a Karlshorst al cabo de tres días. Aquella noche Giles Trent estaba allí de guardia.

—Entonces, ¿por qué diablos no figuraba esto en su expediente? —interrogó Cruyer.

Me fijé en que llevaba un medallón de oro dentro de la camisa de seda azul oscuro, la cual ofrecía un atractivo contraste con los pantalones de algodón blanco.

—Salió totalmente limpio —expliqué—. Berlín decidió quién era el responsable y tomó todas las medidas necesarias.

—Pero tú no lo crees —sugirió Rensselaer,

Alcé las manos con un ademán de resignación que habría resultado exagerado en el Shylock de un actor de teatro ambulante. —Pero ¿estaba en el edificio? —quiso puntualizar Rensselaer. —Estaba de guardia —contesté, soslayando la pregunta— y todo lo que llegó a Berlín la última semana pasó por su mesa.

—¿Qué opinas tú, Dicky? —preguntó Rensselaer.

—Quizá somos demasiado sofisticados —dijo éste—. Quizá se trata sencillamente de que Trent vende información y nosotros insistimos en buscar otra cosa. —Sonrió—. A veces la vida es muy sencilla y las cosas son lo que parecen ser.

Era un grito del fondo del alma.

No dije nada y Rensselaer tampoco. Me miró y no preguntó mi opinión. Supongo que no soy tan inescrutable como Cruyer. Cuando Rensselaer terminó con nosotros, Dicky Cruyer me invitó a su oficina. Era la clase de invitación que yo podía rechazar por mi cuenta y riesgo, como dejó bien sentado la voz de Dicky, pero me miré el reloj el rato suficiente para hacerle abrir el armario de las bebidas.

—Está bien —dijo, mientras me ponía en la mano un largo gin tonic—. ¿De qué diablos se trata?

—¿Por dónde quieres empezar? —inquirí, volviendo a consultar mi reloj.

La dificultad de comunicar con la mente obstinada e intolerante de Bret Rensselaer se veía agravada por la confusión miope que Dicky Cruyer introducía en cada reunión.

—¿Acaso intentas decir ahora que Giles Trent es inocente? —interrogó con petulancia.

—No —respondí.

Bebí unos sorbos de la aguada mezcla mientras Cruyer buscaba en su vaso un fragmento de etiqueta de la botella de tónica que flotaba entre los cubitos de hielo.

—¿Así que es culpable?

—Probablemente.

—En este caso no comprendo nada de ese galimatías que hablabais tú y Bret hace un momento.

—¿Puedo servirme un poco más de ginebra?

Cruyer asintió y vigiló la cantidad que vertía en mi vaso.

—Entonces, ¿por qué no culpamos a Trent y damos el asunto por terminado?

—Bret quiere utilizarle. Pretende descubrir qué quieren de él los ruskis.

—¡Qué quieren de él! —exclamó Cruyer con acento desdeñoso—. ¡Por todos los santos! Se han valido de él todo este tiempo y ahora Bret quiere darles todavía más... ¿Cuánto tardará en estar seguro de lo que quieren? —Me miró y agregó—: Quieren saber qué hacemos, decimos y pensamos en la última planta de este edificio. Esto es lo que quieren.

—Pues no es tan preocupante. Se podría escribir todo lo que hacemos, decimos y pensamos aquí en el dorso de un sello de correos y aún sobraría sitio para el Padrenuestro.

—Déjate de agudezas —dijo Cruyer. Tenía razón acerca de Trent. Un agente tan próximo a nosotros sólo podía servirles para una cosa: facilitarles «un comentario»—. Trent fue a Balliol, como yo —añadió de repente.

—¿Es jactancia, confesión o queja? —pregunté.

Dicky me dedicó esa pequeña sonrisa con que todos los ex alumnos de Balliol como él acogen la envidia de los simples mortales.

—Me limito a señalar que no es tonto. Adivinará lo que se cuece.

—Trent ya no puede hacernos ningún daño —dije—. Ha sido sometido a interrogatorio y ahora es mejor que le utilicemos mientras nos sea posible.

—No me gusta esta maldita idea del agente doble, triple y cuádruple. Se llega a un punto en que nadie sabe por dónde diablos navega.

—Quieres decir que se presta a confusiones —apunté.

—¡Pues, claro! —gritó Cruyer—. Trent alcanzará pronto un punto en que no sabrá para quién trabaja.

—Mientras lo sepamos nosotros, todo irá bien —repliqué—. Nos estamos asegurando de que Trent sólo oiga las cosas que queremos hacer saber a Moscú.

Dicky Cruyer no se molestaba porque le hablase como si tuviera ocho años; al revés, lo agradecía.

—Muy bien, esto puedo comprenderlo, pero, ¿qué hay de la nueva filtración en Berlín?

—No es nueva; es un incidente que data de hace años. —Pero se ha descubierto hace poco.

—No. Frank se enteró en su momento. Sólo es nueva para nosotros y sólo porque no consideró suficientemente importante comunicárnosla.

—¿Estás protegiendo a alguien? —inquirió Cruyer.

Por muy embotado que tuviera el cerebro, sus antenas funcionaban bien.

—No.

—¿Estás protegiendo a Frank o a uno de tus antiguos condiscípulos berlineses?

—Olvídalo, Dicky —aconsejé—. Es sólo información complementaria. Frank Harrington ha cerrado el caso, y si tú empiezas a escarbar en él, alguien va a acusarte de vengativo.

—¡Vengativo! Dios mío, pido más detalles sobre un fallo de seguridad en Berlín y tú me dices que soy vengativo.

—Digo que te arriesgarías a que te acusaran de serlo. Y Frank ve al DG socialmente siempre que viene a la ciudad y está lo bastante cerca de la jubilación para gritar como un energúmeno si haces algo que rice el agua de su estanque. —El rostro de Cruyer palideció bajo el bronceado y yo supe que había tocado un nervio—. Haz lo que quieras —añadí—, sólo es un buen consejo, Dicky.

Me miró de reojo para saber si hablaba con ironía.

—Te lo agradezco —contestó—, seguramente tienes razón. —Bebió un poco de ginebra e hizo una mueca como si detestara el sabor—. Frank vive a lo grande, ¿verdad? Estuve en su casa de campo el mes pasado. Es magnífica. Y además tiene el gasto de vivir en Berlín.

«En dos casas», sentí la tentación de añadir, pero bebí un sorbo y sonreí.

Dicky Cruyer pasó un dedo por la cintura de sus pantalones de algodón blanco hasta que tocó la etiqueta del diseñador en el bolsillo trasero. Una vez tranquilizado a este respecto, dijo:

—En ese pueblo tratan a los Harrington como a la nobleza local, ¿sabes? Piden a su esposa que entregue los premios en la fiesta mayor, sea miembro del jurado de la gincana y pruebe los pasteles en el ayuntamiento. No es extraño que desee retirarse, con todo eso en perspectiva. ¿Has estado allí?

—Bueno, le conozco desde hace mucho tiempo —respondí, aunque ignoro por qué diablos tenía que ofrecer excusas a Dicky por el hecho de ser un invitado habitual en casa de Frank desde mi tierna infancia.

—Sí, lo había olvidado. Era amigo de tu padre. Frank te introdujo en el servicio, ¿verdad?

—En cierto modo —respondí.

—A mí me reclutó el DG —declaró Dicky. Me desanimé cuando le vi arrellanarse en su sillón de cuero y apoyar la cabeza en el respaldo; esto solía preceder a su vena nostálgica—. Entonces no era el DG, claro, sólo un preceptor (no el mío, gracias a Dios) y una tarde me acorraló en la biblioteca de la universidad. Nos pusimos a hablar de Fiona, tu esposa —añadió, por si yo había olvidado el nombre—. Me preguntó qué pensaba del grupo con el cual salía. Le contesté que era la escoria más absoluta y lo dije muy en serio. Trotskistas, marxistas y maoístas que sólo discutían con eslóganes y no sabían hablar de ninguna cuestión política sin consultar antes con el cuartel general del Partido para saber cuál era la actitud oficial del momento. Naturalmente, no supe hasta varios años después que Fiona estaba en el Departamento; entonces me di cuenta de que debió mezclarse con aquel grupo marxista por orden del DG. Y seguramente Fiona me consideró un estúpido. Sin embargo, siempre me he preguntado por qué el DG no me aclaró la situación. ¿Sabías que Fiona se infiltró entre los marxistas cuando aún era una niña?

—Gracias por el trago, Dicky —contesté, apurando el vaso y posándolo con deliberación sobre la brillante mesa de palisandro.

Él se levantó de un salto, agarró el vaso y frotó con energía la huella de humedad en la madera. Este método no fallaba nunca para devolverle a la realidad después de un largo monólogo, pero un día se caería de cabeza.

Tras limpiar la mesa con el pañuelo y observar la superficie el tiempo suficiente para cerciorarse de que había recuperado su antiguo brillo, se volvió hacia mí.

—Si, claro, no debo retenerte. No has visto mucho a la familia estos últimos días. Por otra parte, Berlín te gusta. Te he oído afirmarlo.

—En efecto, me gusta.

—No comprendo qué le ves. Un lugar inmundo cubierto de escombros. Los únicos edificios decentes que sobrevivieron a la

guerra estaban en el sector soviético y fueron demolidos para llenar la ciudad de esos horribles bloques de apartamentos para trabajadores.

—Casi exacto —admití—, pero tiene algo. Y los berlineses son la gente más maravillosa del mundo.

Cruyer sonrió.

—No sabía que había en ti una vena romántica, Bernard. ¿Es esto lo que hizo enamorarse de ti a la exquisita e inaccesible Fiona?

—No fue mi dinero ni mi posición social —repliqué.

Cruyer cogió mi vaso vacío, los tapones de las botellas y la servilleta de papel que yo no había usado y lo puso todo en una bandeja de plástico para que se lo llevara la mujer de la limpieza.

—¿Podría Giles Trent estar relacionado con nuestros problemas con la red Brahms?

—Yo también me lo he preguntado —dije.

—¿Irás a verles?

—Probablemente.

—No me gustaría que Trent averiguase tu intención —observó Cruyer en voz baja.

—Es un hombre de Balliol, Dicky.

—Podría pasarlo a su control, inadvertidamente. Entonces te esperaría una recepción algo peligrosa.

Terminó su bebida, se secó los labios y puso el vaso vacío en la bandeja con todo lo demás.

—Y Bret perdería su preciosa fuente —sugerí.

—No nos preocupemos por eso —dijo Cruyer—; es un problema exclusivo de Bret.