I. VIGILIA

Melchor

La soledad. La noche. La terraza.

La luna silenciosa en las columnas.

Junto al vino y las frutas, mi cansancio.

Todo lo cansa el tiempo, hasta la dicha

Perdido su sabor después amarga,

Y hoy sólo encuentro en los demás mentira,

Aquí en mi pecho aburrimiento y miedo.

Si la leyenda mágica se hiciera

Realidad algún día...

La profética

Estrella, que naciendo de las sombras

Pura y clara, trazara sobre el cielo,

Tal sobre faz etíope una lágrima,

La estela misteriosa de los dioses.

Ha de encarnarse la verdad divina

Donde oriente esa luz.

¿Será la magia,

Ida la juventud con su deseo,

Posible todavía? Si yo pienso

Aquí bajo los ojos de la noche,

No es menor maravilla; si yo vivo,

Bien puede un Dios vivir sobre nosotros.

Mas nunca nos consuela un pensamiento,

Sino la gracia muda de las cosas.

Qué dulce está la noche. Cuando el aire

A la terraza trae desde lejos

Un aroma de nardo, y como un eco

El son adormecido de las aguas,

Siento animarse en mí la forma vaga

De la edad juvenil con su dulzura.

Así el tiempo sin fondo arroja el hombre

Consuelos ilusorios, penas ciertas,

Y así alienta el deseo. Un cuerpo solo,

Arrullando su miedo y su esperanza,

Desde la sombra pasa hacia la sombra.

Mas tengo sed. ¡Lágrimas de la viña,

Frescas al labio con frescor ardiente,

Tal si un rayo de sol atravesara

La neblina! ¡Delicia de los frutos

De piel tersa y oscura, como un cuerpo

Ofrecido en la rama del deseo!

Señor, danos la paz de los deseos

Satisfechos, de las vidas cumplidas.

Ser tal la flor que nace y luego abierta

Respira en paz, cantando bajo el cielo

Con luz de sol, aunque la muerte exista:

La cima ha de anegarse en la ladera.

Demonio

Gloria a Dios en las alturas del cielo,

Tierra sobre los hombres en su infierno.

Melchor

Sin que su abismo lo profane el alba,

Pálida está la noche. Y esa estrella

Más pura que los rayos matinales,

Al dar su luz palpita como sangre

Manando alegremente de la herida.

¡Pronto, Eleazar, aquí!

Hombres que duermen

Y de un sueño de siglos Dios despierta...

Que enciendan las hogueras en los montes,

Llevando el fuego rápido la nueva

A las lindes de reinos tributarios.

Al alba he de partir. Y que la muerte

No me ciegue, mi Dios, sin contemplarte.

II. LOS REYES

II. Baltasar

Como pastores nómadas, cuando hiere la espada del invierno,

Tras una estrella incierta vamos, atravesando de noche los desiertos,

Acampados de día junto al muro de alguna ciudad muerta,

Donde aúllan chacales; mientras, abandonada nuestra tierra,

Sale su cetro a plaza, para ambiciosos o charlatanes que aún exploten

El viejo afán humano de atropellar la ley, el orden.

Buscamos la verdad, aunque verdades en abstracto son cosa innecesaria,

Lujo de soñadores, cuando bastan menudas verdades acordadas.

Mala cosa es tener el corazón henchido hasta dar voces, clamar por la verdad,

por la justicia.

No se hizo el profeta para el mundo, sino el dúctil sofista

Que toma el mundo como va: guerras, esclavitudes, cárceles y verdugos

Son cosas naturales, y la verdad es sueño, menos que sueño, humo.

Gaspar

Amo el jardín, cuando abren las flores serenas del otoño,

El rumor de los árboles, cuya cima dora la luz toda reposo,

Mientras por la avenida el agua esbelta baila sobre el mármol

Y a lo lejos se escucha, entre el aire más denso, un pájaro.

Cuando la noche llega, y desde el río un viento frío corre

Sobre la piel desnuda, llama la casa al hombre,

Hecha voz tibia, entreabiertos sus muros como una concha oscura,

Con la perla del fuego, donde sueño y deseo juntan sus luces puras.

Un cuerpo virgen junto al lecho aguarda desnudo, temeroso,

Los brazos del amante, cuando a la madrugada penetran y duele el gozo.

Esto es la vida. ¿Qué importan la verdad o el poder junto a esto?

Vivo estoy. Dejadme así pasar el tiempo en embeleso.

Melchor

No hay poder sino en Dios, en Dios sólo perdura la delicia;

El mar fuerte es su brazo, la luz alegre su sonrisa.

Dejad que el ambicioso con sus torres alzadas oscurezca la tierra;

Pasto serán del huracán, con polvo y sombra confundiéndolas.

Dejad que el lujurioso bese y muerda, espasmo tras espasmo;

Allá en lo hondo siente la indiferencia virgen de los huesos castrados.

¿Por qué os doléis, ¡oh reyes!, del poder y la dicha que atrás quedan?

Aunque mi vida es vieja no vive en el pasado, sino espera;

Espera los momentos más dulces, cuando al alma regale

La gracia, y el cuerpo sea al fin risueño, hermoso e ignorante.

Abandonad el oro y los perfumes, que el oro pesa y los aromas aniquilan.

Adonde brilla desnuda la verdad nada se necesita.

Baltasar

Antífona elocuente, retórica profética de raza a quien escapa con el poder la

vida.

Pero mi pueblo es joven, es fuerte, y diferente del tuyo israelita.

Gaspar

Si el beso y si la rosa codicio, indiferente hacia los dioses todos,

Es porque beso y rosa pasan. Son más dulces los efímeros gozos.

Melchor

¡Locos enamorados de las sombras! ¿Olvidáis, tributarios,

Cómo son vuestros reinos del mío, que aún puedo sujetaros

A seguir entre siervos descalzos, el rumbo de mi estrella?

¿Qué es soberbia o lujuria ante el miedo, el

gran pecado, la fuerza de la tierra?

Baltasar

Con tu verdad pudiera, si la hallamos, alzar un gran imperio.

Gaspar

Tal vez esa verdad, como una primavera, abra rojos deseos.

III. PALINODIA DE LA ESPERANZA DIVINA

Era aquel que cruzábamos, camino

Abandonado entre arenales,

Con una higuera seca, un pozo, y el asilo

De una choza desierta bajo el frío.

Lejos, subiendo entre unos riscos,

Iba el pastor junto a sus flacas cabras negras.

Cuando tras de la noche larga la luz vino,

Irisando la escarcha sobre nuestros vestidos,

Faltas de convicción, las cosas escaparon

Tal en un sueño interrumpido.

Padecíamos hambre, gran fatiga.

Al lado de la choza hallamos una viña

Donde un racimo quedaba todavía,

Seco, que ni los pájaros habían

Querido. Nosotros lo tomamos:

De polvo y agrio vino el paladar teñía.

Era bueno el descanso, pero

En quietud la indiferencia del paisaje aísla,

Y añoramos la marcha, la fiebre de la ida.

Vimos la estrella hacia lo alto,

Que estaba inmóvil, pálida como el agua

En la irrupción del día, una respuesta dando

Con su brillo tardío del milagro

Sobre la choza. Los muros sin cobijo

Y el dintel roto, se abrían hacia el campo,

Desvalidos. Nuestro fervor helado

Se volvió tal viento de aquel páramo.

Dimos el alto. Todos descabalgaron.

Al entrar en la choza, refugiados,

Una mujer y un viejo sólo hallamos.

Pero alguien más había en la cabaña:

Un niño entre sus brazos la mujer guardaba.

Esperamos un dios, una presencia

Radiante e imperiosa, cuya vista es la gracia,

Y cuya privación idéntica a la noche

Del amante celoso sin la amada.

Hallamos una vida como la nuestra humana,

Gritando lastimosa, con ojos que miraban

Dolientes, bajo el peso de su alma

Sometida al destino de las almas,

Cosecha que la muerte ha de segarla.

Nuestros dones, aromas delicados y metales puros,

Dejamos sobre el polvo, tal si la ofrenda rica

Pudiera hacer el dios. Pero ninguno

De nosotros su fe viva mantuvo,

Y la verdad buscada sin valor quedó toda,

El mundo pobre fue, enfermo, oscuro.

Añoramos nuestra corte pomposa, las luchas y las guerras,

O las salas templadas, los baños, la sedosa

Carne propicia de cuerpos aún no adultos,

O el reposo del tiempo en el jardín nocturno,

Y quisimos ser hombres sin adorar a dios alguno.

IV. SOBRE EL TIEMPO PASADO

Mira cómo la luz amarilla de la tarde

Se tiende con abrazo largo sobre la tierra

De la ladera, dorando el gris de los olivos

Otoñales, ya henchidos por los frutos maduros;

Mira allá las marismas de niebla luminosa.

Aquí, año tras año, nuestra vida transcurre,

Llevando los rebaños de día por el llano,

Junto al herboso cauce del agua enfebrecida;

De noche hacia el abrigo del redil y la choza.

Nunca vienen los hombres por estas soledades,

Y apenas si una vez les vemos en el zoco

Del mercado vecino, cuando abre la semana.

Esta paz es bien dulce. Callada va la alondra

Al gozar de sus alas entre los aires claros.

Mas la paz, que a las cosas en ocio santifica,

Aviva para el hombre cosecha de recuerdos.

Tiempo atrás, siendo joven, divisé una mañana

Cruzar por la llanura un extraño cortejo:

Jinetes en camellos, cubiertos de ropajes

Cenicientos, que daban un destello de oro.

Venían de los montes, pasados los desiertos,

De los reinos que lindan con el mar y las nieves,

Por eso era su marcha cansada sobre el polvo

Y en sus ojos dormía una pregunta triste.

Eran reyes que el ocio y poder enloquecieron,

En la noche, siguiendo el rumbo de una estrella,

Heraldo de otro reino más rico que los suyos.

Pero vieron la estrella pararse en este llano,

Sobre la choza vieja, albergue de pastores.

Entonces fue refugio dulce entre los caminos

De una mujer y un hombre sin hogar ni dineros:

Un hijo blanco y débil les dio la madrugada.

El grito de las bestias acampando en el lleno

Resonó con las voces en extraños idiomas,

Y al entrar en la choza descubrieron los reyes

La miseria del hombre, de que antes no sabían.

Luego, como quien huye, el regreso emprendieron.

También los caminantes pasaron a otras tierras

Con su niño en los brazos. Nada supe de ellos.

Soles y lunas hubo. Joven fui. Viejo soy.

Gentes en el mercado hablaron de los reyes:

Uno muerto á regreso, de su tierra distante;

Otro, perdido el trono, esclavo fue, o mendigo;

Otro a solas viviendo, presa de la tristeza.

Buscaban un dios nuevo, y dicen que le hallaron.

Yo apenas vi a los hombres; jamás he visto dioses.

¿Cómo ha de ver los dioses un pastor ignorante?

Mira el sol desangrado que se pone a lo lejos.

V. EPITAFIO

La delicia, el poder, el pensamiento,

Aquí descansan. Ya la fiebre es ida.

Buscaron la verdad, pero al hallarla

No creyeron en ella.

Ahora la muerte acuna sus deseos,

Saciándolos al fin. No compadezcas

Su sino, más feliz que el de los dioses

Sempiternos, arriba.