NOCHE DE LUNA

Vida tras vida, fueron

Olvidando los hombres

Aquella diosa virgen

Que misteriosamente, desde el cielo,

Con amor apacible

Asiste a sus vigilias

En el silencio dulce de las noches.

Ella ha sido quien viera los abuelos

Remotos, cuando abordan

En sus pintados barcos,

Y ágiles y desnudos se apoderan

Con un trémulo imperio de esta tierra,

Así como el amante

Arrebata y penetra el cuerpo amado.

Sus trabajos vio luego, sus cohabitaciones,

Y otros seres menudos,

Inhábiles, gritando entre los brazos

De los dominadores, y sus mujeres lánguidas

Sonreír débilmente a la raza naciente.

Miró sus largas guerras

Con pueblos enemigos

Y el azote sagrado

De luchas fratricidas;

Contempló esclavitudes y triunfos,

Prostituciones, crímenes,

Prosperidad, traiciones,

El sordo griterío,

Todo el horror humano que salva la hermosura,

Y con ella la calma,

La paz donde brota la historia.

También miró el arado

Con el siervo pasando

Sobre el antiguo campo de batalla,

Fertilizado por tanto cuerpo joven;

Y en ese mismo suelo ha visto correr luego

Al orgulloso dueño sobre caballos recios,

Mientras la hierba, ortiga y cardo

Brotaban por las vastas propiedades.

Cuánta sangre ha corrido

Ante el destino intacto de la diosa.

Cuánto semen viril

Vio surgir entre espasmos

De cuerpos hoy deshechos

En el polvo y el viento,

Cuyos átomos yerran en leves nubes grises,

Velando al embeleso de vasta descendencia

Su tranquilo semblante compasivo.

Cuántas claras ruinas,

Con jaramago apenas adornadas,

Como fuertes castillos un día las ha visto;

Piedras más elocuentes que los siglos,

Antes holladas por el paso leve

De esbeltas cazadoras, un neblí sobre el puño,

Oblicua la mirada soñolienta

Entre un aburrimiento y un amor clandestino.

Sombras, sombras efímeras,

En tanto ella, adolescente

Como en los prados de la edad de oro,

Vierte, azulada urna,

Su embeleso letal

Sobre nuevos cuerpos oscuros

Que la primavera enfebrece

Con agudos perfumes vegetales.

Allá tras de las torres, su reflejo

Delata la presencia del mar,

Mientras los hombres solitarios duermen

Inermes en su lecho y confiados.

Los enemigos yacen confundidos.

Algo inmenso reposa, aunque la muerte aceche.

Y el mágico reflejo entre los árboles

Permite al soñador abandonarse al canto,

Al placer y al reposo,

A lo que siendo efímero se sueña como eterno.

Cuánta sombra ella ha visto surgir y ponerse,

Cuánto estío y otoño madurar y caer,

Cuántas aguas pasar de las nubes

A la tierra, de los ríos al mar;

Cuántos hombres ha visto desear y morir

Y renacer su anhelo eterno

En otros, otros y otros labios.

Mas una noche, al contemplar la antigua

Morada de los hombres, sólo ha de ver allá

El reflejo de su dulce fulgor,

Mudo y vacío entonces,

Estéril tal su hermosura virginal;

Sin que ningunos ojos humanos

Hasta ella se alcen a través de las lágrimas,

Definitivamente frente a frente

El silencio de un mundo que ha sido

Y la pura belleza tranquila de la nada.

A UN POETA MUERTO

Así como en la roca nunca vemos

La clara flor abrirse,

Entre un pueblo hosco y duro

No brilla hermosamente

El fresco y alto ornato de la vida.

Por esto te mataron, porque eras

Verdor en nuestra tierra árida

Y azul en nuestro oscuro aire.

Leve es la parte de la vida

Que como dioses rescatan los poetas.

El odio y destrucción perduran siempre

Sordamente en la entraña

Toda hiel sempiterna del español terrible,

Que acecha lo cimero

Con su piedra en la mano.

Triste sino nacer

Con un ilustre don

Aquí, donde los hombres

En su miseria sólo saben

El insulto, la mofa, el recelo profundo

Ante aquel que ilumina sus palabras opacas

Por el oculto fuego originario.

La sal de nuestro mundo eras,

Vivo estabas como un rayo de sol,

Y ya es tan sólo tu recuerdo

Quien yerra y pasa, acariciando

El muro de los cuerpos

Con el dejo de las adormideras

Que nuestros predecesores ingirieron

A orillas del olvido.

Si tu ángel acude a la memoria,

Sombras son estos hombres

Que aún palpitan tras las malezas de la tierra;

La muerte se diría

Más viva que la vida

Porque tú estás con ella,

Pasado el arco de su vasto imperio,

Poblándola de pájaros y hojas

Con tu gracia y tu juventud incomparables.

Aquí la primavera luce ahora.

Mira los radiantes mancebos

Que vivo tanto amaste

Efímeros pasar junto al fulgor del mar.

Desnudos cuerpos bellos que se llevan

Tras de sí los deseos

Con su exquisita forma, y sólo encierran

Amargo zumo, que no alberga su espíritu

Un destello de amor ni de alto pensamiento.

Igual todo prosigue,

Como entonces, tan mágico,

Que parece imposible

La sombra en que has caído.

Mas un inmenso afán oculto advierte

Que su ignoto aguijón tan sólo puede

Aplacarse en nosotros con la muerte,

Como el afán del agua,

A quien no basta esculpirse en las olas,

Sino perderse anónima

En los limbos del mar.

Pero antes no sabías

La realidad más honda de este mundo:

El odio, el triste odio de los hombres,

Que en ti señalar quiso

Por el acero horrible su victoria,

Con tu angustia postrera

Bajo la luz tranquila de Granada,

Distante entre cipreses y laureles,

Y entre tus propias gentes

Y por las mismas manos

Que un día servilmente te halagaran.

Para el poeta la muerte es la victoria;

Un viento demoníaco le impulsa por la vida,

Y si una fuerza ciega

Sin comprensión de amor

Transforma por un crimen

A ti, cantor, en héroe,

Contempla en cambio, hermano,

Cómo entre la tristeza y el desdén

Un poder más magnánimo permite a tus amigos

En un rincón pudrirse libremente.

Tenga tu sombra paz,

Busque otros valles,

Un río donde el viento

Se lleve los sonidos entre juncos

Y lirios y el encanto

Tan viejo de las aguas elocuentes,

En donde el eco como la gloria humana ruede,

Como ella de remoto,

Ajeno como ella y tan estéril.

Halle tu gran afán enajenado

El puro amor de un dios adolescente

Entre el verdor de las rosas eternas;

Porque este ansia divina perdida aquí en la tierra,

Tras de tanto dolor y dejamiento,

Con su propia grandeza nos advierte

De alguna inmensa mente creadora,

Que concibe al poeta cual lengua de su gloria

Y luego le consuela a través de la muerte.

ELEGIA ESPAÑOLA

Dime, háblame

Tú, esencia misteriosa

De nuestra raza

Tras de tantos siglos,

Hálito creador

De los hombres hoy vivos,

A quienes veo por el odio impulsados

Hasta ofrecer sus almas

A la muerte, la patria más profunda.

Cuando la primavera vieja

Vuelve a tejer su encanto

Sobre tu cuerpo inmenso,

¿Cuál ave hallará nido

Y qué savia una rama

Donde brotar con verde impulso?

¿Qué rayo de la luz alegre,

Qué nube sobre el campo solitario,

Hallarán agua, cristal de hogar en calma

Donde reflejen su irisado juego?

Háblame, madre;

Y al llamarte así, digo

Que ninguna mujer lo fue de nadie

Como tú lo eres mía.

Háblame, dime

Una sola palabra en estos días lentos,

En los días informes

Que frente a ti se esgrimen

Como cuchillo amargo

Entre las manos de tus propios hijos.

No te alejes así, ensimismada

Bajo los largos velos cenicientos

Que nos niegan tus anchos ojos bellos.

Esas flores caídas,

Pétalos rotos entre sangre y lodo,

En tus manos estaban luciendo eternamente

Desde siglos atrás, cuando mi vida

Era un sueño en la mente de los dioses.

Eres tú, son tus ojos lo que busca

Quien te llama luchando con la muerte,

A ti, remota y enigmática

Madre de tantas almas idas

Que te legaron, con un fulgor de piedra clara,

Su afán de eternidad cifrado en hermosura.

Pero no eres tan sólo

Dueña de afanes muertos;

Tierna, amorosa has sido con nuestro afán viviente,

Compasiva con nuestra desdicha de efímeros.

¿Supiste acaso si de ti éramos dignos?

Contempla ahora a través de las lágrimas:

Mira cuántos traidores,

Mira cuántos cobardes

Lejos de ti en fuga vergonzosa,

Renegando tu nombre y tu regazo,

Cuando a tus pies, mientras la larga espera,

Si desde el suelo alzamos hacia ti la mirada,

Tus hijos sienten oscuramente

La recompensa de estas horas fatídicas.

No sabe qué es la vida

Quien jamás alentó bajo la guerra.

Ella sobre nosotros sus alas densas cierne,

Y oigo su silbo helado,

Y veo los muertos bruscos

Caer sobre la hierba calcinada,

Mientras el cuerpo mío

Sufre y lucha con unos enfrente de esos otros.

No sé qué tiembla y muere en mí

Al verte así dolida y solitaria,

En ruinas los claros dones

De tus hijos, a través de los siglos;

Porque mucho he amado tu pasado,

Resplandor victorioso entre sombra y olvido.

Tu pasado eres tú

Y al mismo tiempo eres

La aurora que aún no alumbra nuestros campos.

Tú sola sobrevives

Aunque venga la muerte;

Sólo en ti está la fuerza

De hacernos esperar a ciegas el futuro.

Que por encima de estos y esos muertos

Y encima de estos y esos vivos que combaten,

Algo advierte que tú sufres con todos.

Y su odio, su crueldad, su lucha,

Ante ti vanos son, como sus vidas,

Porque tú eres eterna

Y sólo los creaste

Para la paz y gloria de su estirpe.

SCHERZO PARA UN ELFO

Delicada criatura:

No deseo a mi voz

Que turbe el embeleso

Amarillo del bosque,

Tu elemento nativo,

Por los troncos oscuros

Sustentado hasta el cielo.

Yo quisiera por este

Atardecer traslúcido,

Denso tal un racimo,

Trazarte huella o forma,

Pulsando ramas, hojas,

Tú con el viento en duda.

Difuso aroma, vagas

Con paso gris de sueño,

Te pierdes en la niebla

Que exhala del estanque,

Pensamiento gracioso

De un dios enamorado.

Inspiras todo el aire,

Bajo tu magia abre

Como una flor, tan libre,

El deseo del hombre

Con un alto reposo

Que alivia de la vida.

Siempre incierta, tal eco

De algún labio, a lo lejos,

Entre aliso y aliso

De nórdica blancura,

Vibra tu esbelta música

Y en un fuego suspira.

¿Acaso el amor pesa

A tu cuerpo invisible,

Y sus burlas oscuras

Sobre el mundo recuerdan

En ti, anhelo eterno,

A nosotros efímeros?

Sonríe, dime, canta,

Si eres tú ese arrebato

Que lleva hojas ardientes,

Dejos de tu guirnalda,

Con pasión insaciable

A realizarse en muerte.

¿Mueres tú también, mueres

Como lo hermoso humano,

Hijo sutil del bosque?

Te aquietas por el musgo,

Callas entre la niebla,

Alguna nube esculpe,

Iris de leve nácar,

Tu hastío de los días.

Aún creo ver tus ojos,

Su malicia serena,

Tras las desnudas cimas,

Por el aire, profundo

Y ya frío, con la noche

Que imperiosa se alza.

SOÑANDO LA MUERTE

Como una blanca rosa

Cuyo halo en lo oscuro los ojos no perciben;

Como un blanco deseo

Que ante el amor caído invisible se alzara;

Como una blanca llama

Que en aire torna siempre la mentira del cuerpo,

Por el día solitario y la noche callada

Pasas tú, sombra eterna,

Con un dedo en los labios.

Vas en la blanca nube que, orlándose de fuego

De un dios es ya el ala transparente;

En la blanca ladera, por el valle

Donde velan, verdes lebreles místicos, los chopos;

En la blanca figura de los hombres,

De vivir olvidados con su sueño y locura,

En todo pasas tú, sombra enigmática,

Y quedamente suenas

Tal un agua a esta fiebre de la vida.

Cuando la blanca juventud miro caída,

Manchada y rota entre las grises horas;

Cuando la blanca verdad veo traicionada

Por manos ambiciosas y bocas elocuentes;

Cuando la blanca inspiración siento perdida

Ante los duros siglos en el dolor pasados,

Sólo en ti entonces creo, vasta sombra,

Tras los sombríos mirtos de tu pórtico,

Única realidad clara del mundo.

SENTIMIENTO DE OTOÑO

Llueve el otoño aún verde como entonces

Sobre los viejos mármoles,

Con aroma vacío, abriendo suelos,

Y el cuerpo se abandona.

Hay formas transparentes por el valle,

Embeleso en las fuentes,

Y entre el vasto aire pálido ya brillan

Unas celestes alas.

Tras de las voces frescas queda el halo

Virginal de la muerte.

Nada pesa ganado ni perdido.

Lánguido va el recuerdo.

Todo es verdad, menos el odio, yerto

Tal ese gris celaje,

Pasando vanamente sobre el oro,

Hecho sombra iracunda.