I

Va la brisa reciente

Por el espacio esbelta,

Y en las hojas cantando

Abre una primavera.

Sobre el límpido abismo

Del cielo se divisan,

Como dichas primeras,

Primeras golondrinas.

Tan solo un árbol turba

La distancia que duerme,

Tal el fervor alerta

La indolencia presente.

Verdes están las hojas,

El crepúsculo huye,

Anegándose en sombra

Las fugitivas luces.

En su paz la ventana

Restituye a diario

Las estrellas, el aire

Y el que estaba soñando.

II

Urbano y dulce revuelo

Suscitando fresca brisa

Para sazón de sonrisa

Que agosta el ardor del suelo;

Pues si aquél mudo señuelo

Es caña y papel, pasivo

Al curvo desmayo estivo,

Aún queda, brusca delicia,

La que abre tu caricia,

Oh ventilador cautivo.

III

Desengaño indolente

Y una calma vacía,

Como flor en la sombra,

El sueño fiel nos brinda.

Los sentidos tan jóvenes

Frente a un mundo se abren

Sin goces ni sonrisas,

Que no amanece nadie.

El afán, entre muros

Debatiéndose aislado,

Sin ayer ni mañana

Yace en un limbo extático.

La almohada no abre

Los espacios risueños;

Dice sólo, voz triste,

Que alientan allá lejos.

El tiempo en las estrellas.

Desterrada la historia.

El cuerpo se adormece

Aguardando su aurora.

IV

Morir cotidiano, undoso

Entre sábanas de espuma;

Almohada, alas de pluma

De los hombros en reposo.

Un abismo deleitoso

Cede; lo incierto presente

A quien con el cuerpo ausente

En contraluces pasea.

Al blando lecho rodea

Ébano en sombra luciente.

V

Ninguna nube inútil,

Ni la fuga de un pájaro,

Estremece tu ardiente ‘

Resplandor azulado.

Así sobre la tierra

Cantas y ríes, cielo,

Como un impetuoso

Y sagrado aleteo.

Desbordando en el aire

Tantas luces altivas

Aclaras felizmente

Nuestra nada divina.

Y el acorde total

Da al universo calma.

Árboles a la orilla

Soñolienta del agua...

Sobre la tierra estoy;

Déjame estar. Sonrío

A todo el orbe; extraño

No le soy porque vivo.

VI

¿Dónde huir? Tibio vacío,

Ingrávida somnolencia

Retiene aquí mi presencia,

Toda moroso albedrío,

En este salón tan frío,

Reino del tiempo tirano.

¿De qué nos sirvió el verano,

Oh ruiseñor en la nieve,

Si sólo un orbe tan breve

Ciñe al soñador en vano?

VII

Existo, bien lo sé,

Porque le transparenta

El mundo a mis sentidos

Su amorosa presencia.

Mas no quiero estos muros,

Aire infiel a sí mismo,

Ni esas ramas que cantan

En el aire dormido.

Quiero como horizonte

Para mi muda gloria

Tus brazos, que ciñendo

Mi vida la deshojan.

Vivo un solo deseo,

Un afán claro, unánime;

Afán de amor y olvido.

Yo no sé si alguien cae.

Soy memoria de hombre;

Luego nada. Divinas

La sombra y la luz siguen

Con la tierra que gira.

VIII

Vidrio de agua en mano del hastío;

Ya retornan las nubes en bandadas

Por el cielo, con luces embozadas

Huyendo al asfaltado en desvarío.

Y la fuga hacia dentro. Ciñe el frío,

Lento reptil, sus furias congeladas;

La soledad tras las puertas cerradas

Abre la luz sobre el papel vacío.

Las palabras que velan el secreto

Placer, y el labio virgen no lo sabe;

De sueño embelesado e indolente

Entre sus propias nieblas va sujeto,

Negándose a morir. Y sólo cabe

La belleza fugaz bajo la frente.

IX

El fresco verano llena

Andaluzas soledades;

No acercarán amistades

La tierna imagen ajena.

Visos y dejos de pena

El agua me robaría;

Que la desdicha sonría

Hasta que el viento la lleve...

Y en un molino de nieve

Levanto una nevería.

X

El amor mueve al mundo,

Que descansa perdido

A la mirada. Y está

Ternura sin servicio...

Ya las luces emprenden

El cotidiano éxodo

Por las calles, dejando

Su espacio solo y quieto.

Y el ángel aparece;

En un portal se oculta.

Un soneto buscaba

Perdido entre sus plumas.

La palabra esperada

Ilumina los ámbitos;

Un nuevo amor resurge

Al sentido postrado.

Olvidados los sueños

Los aires se los llevan.

Reposo. Convertida

La ternura se deja.

XI

Es la atmósfera ceñida;

Solo centellea un astro

Vertiendo luz de alabastro

Con pantalla adormecida.

La música, que aterida

En el papel hizo nido,

Alisando su sonido,

Tiende el vuelo del atril

A la rama de marfil

Por la cámara en olvido.

XII

Eras, instante, tan claro...

Perdidamente te alejas,

Dejando erguido el deseo

Con sus vagas ansias tercas.

Siento huir bajo el otoño

Pálidas aguas sin fuerza,

Mientras se olvidan los árboles

De las hojas que desertan.

La llama tuerce su hastío,

Sola su viva presencia,

Y la lámpara ya duerme

Sobre mis ojos en vela.

Cuán lejano todo. Muertas

Las rosas que ayer abrieran,

Aunque aliente su secreto

Por las verdes alamedas.

Bajo tormentas la playa

Será soledad de arena

Donde el amor yazca en sueños.

La tierra y el mar lo esperan,

XIII

Se goza en sueño encantado,

Tras espacio infranqueable,

Su belleza irreparable

El Narciso enamorado.

Ya diamante azogado

O agua helada, se desata

Y humanas rosas dilata

En inmóvil paroxismo,

Dejando sólo en su abismo

Fugaz memoria de plata.

XIV

Ingrávido presente.

Las ramas abren trémulas.

Cándidamente escapan

Estas horas sin fuerza.

En la playa remota

El mar no visto canta;

Sobre su verde espuma

Huye el aire en volandas.

Van sus vírgenes fuerzas

Deponiendo la tarde.

La esperanza se duerme

Entre el verdor unánime.

Olvidarán mis días

Su abanico de humo

Y un ángel lo abrirá

Una noche ya mustio.

Una noche que finja

Lo distante inmediato.

Y bajará la luna

A posarse ¿en qué mano?

XV

La luz dudosa despierta,

Pero la noche no está;

Hacia las estrellas va,

Sobre el horizonte alerta.

El aire tierno concierta

Con esta cándida hora.

¿Qué labio forma sonora

Dio a esa risa? La ventana

Traza su verde persiana

En la enramada a la aurora.

XVI

La noche a la ventana.

Ya la luz se ha dormido.

Guardada está la dicha

En el aire vacío,

Levanta entre las hojas,

Tú, mi aurora futura;

No dejes que me anegue

El sueño entre sus plumas.

Pero escapa el deseo

Por la noche entreabierta,

Y en límpido reposo

El cuerpo se contempla.

Acreciente la noche

Sus sombras y su calma,

Que a su rosal la rosa

Volverá la mañana.

Y una vaga promesa

Acunando va el cuerpo.

En vano dichas busca

Por el aire el deseo.

XVII

No es el aire puntual

El que tiende esa sonrisa,

En donde la luz se irisa

Tornasol, sino el cristal;

Que de tan puro, imparcial,

Su materia transparente

Hurta a los ojos, ausente

Con imposible confín,

Porque su presencia en fin

Tan solo el labio la siente.

XVIII

Los muros nada más.

Yace la vida inerte,

Sin vida, sin ruido,

Sin palabras crueles.

La luz lívida escapa

Y el cristal ya se afirma

Contra la noche incierta,

De arrebatadas lluvias.

Alzada resucita

Tal otra vez la casa;

Los tiempos son idénticos,

Distintas las miradas.

¿He cerrado la puerta?

El olvido me abre

Sus desnudas estancias

Grises, blancas, sin aire.

Pero nadie suspira.

Un llanto entre las manos

Sólo. Silencio; nada.

La oscuridad temblando.

XIX

La desierta belleza sin oriente

A la prisión nocturna ciñe un cielo;

De su seno mortal levanta el suelo

El puro hastío que la llama siente.

Un ídolo corona negra frente

Sobre voraz sonrisa. ¿Cuál anhelo

Al ébano del vientre tendió el vuelo

Y en su nido se duerme blandamente?

Soledad sin amor ni claro día,

La indolencia del ánimo se adueña,

Postrada y fiel huye la edad mudable.

Hurta el primer placer su melodía,

Y el tiempo mira un cuerpo que se sueña

En el cristal fingido irreparable.

XX

Los árboles al poniente

Dan sombra a mi corazón.

¿Las hojas son verdes? Son

De oro fresco y transparente.

Buscando se irá el presente,

De rosas hechos y de penas.

Y yo me iré. Las arenas

Han de cubrirme algún hoy.

Canción mía, ¿que te doy,

Si alma y vida son ajena?

XXI

Va la sombra invasora

Despojando el espacio

Y la luz fugitiva

Huye a un mundo lejano.

Surge viva la lámpara

En la noche desierta,

Defendiendo el recinto

Con sus fuerzas ligeras.

Sólo el azul relámpago,

Que vierte la ventana

Hacia fuera, en el tiempo

Misterioso resbala.

Cuán vanamente atónita

Resucita de nuevo

La soledad. ¿Soñar?

Soñaremos que sueño.

Es la paz necesaria.

No se sabe; se olvida.

Otra noche acunando

Esta dicha vacía.

XXII

En soledad. No se siente

El mundo, que un muro sella;

La lámpara abre su huella

Sobre el diván indolente.

Acogida está la frente

Al regazo del hastío.

¿Qué ausencia, qué desvarío

A la belleza hizo ajena?

Tu juventud nula, en pena

De un blanco papel vacío.

XXIII

Escondido en los muros

Este jardín me brinda

Sus ramas y sus aguas

De secreta delicia.

Qué silencio. ¿Es así

El mundo? Cruza el cielo

Desfilando paisajes,

Risueño hacia lo lejos.

Tierra indolente. En vano

Resplandece el destino.

Junto a las aguas quietas

Sueño y pienso que vivo.

Mas el tiempo ya tasa

El poder de esta hora;

Madura su medida

Escapa entre sus rosas.

Y el aire fresco vuelve

Con la noche cercana,

Su tersura olvidando

Las ramas y las aguas.