AÚN SE QUEJA SU ALMA VAGAMENTE,

El oscuro vacío de su vida.

Mas no pueden pesar sobre esa sombra

Algunas violetas,

Y es grato así dejarlas,

Frescas entre la niebla,

Con la alegría de una menuda cosa pura

Que rescatara aquel dolor antiguo.

Quien habla ya a los muertos,

Mudo le hallan los que viven.

Y en este otro silencio, donde el miedo impera,

Recoger esas flores una a una

Breve consuelo ha sido entre los días

Cuya huella sangrienta llevan las espaldas

Por el odio cargadas con una piedra inútil.

Si la muerte apacigua

Tu boca amarga de Dios insatisfecha,

Aspira el leve don, sombra sentimental,

En esa paz que bajo tierra te esperaba,

Brotando en hierba, viento y luz silvestre,

El fiel y último encanto de estar solo.

Curado de la vida, por una vez sonríe,

Pálido rostro de pasión y de hastío.

Mira las calles viejas por donde fuiste errante,

El farol azulado que te guiara, carne yerta

Al regresar del baile o del sucio periódico,

Y las fuentes de mármol entre palmas:

Aguas y hojas, bálsamo del triste.

La tierra ha sido medida por los hombres,

Con sus casas estrechas y matrimonios sórdidos,

Su venenosa opinión pública y sus revoluciones

Más crueles e injustas que las leyes,

Tal inmenso bostezo demoníaco;

No hay sitio en ella para el hombre solo,

Hijo desnudo y deslumbrante del divino pensamiento.

Y nuestra gran madrastra, mírala hoy deshecha,

Miserable y aún bella entre las tumbas grises

De los que, como tú, nacidos en su estepa,

Vieron mientras vivían morirse la esperanza,

Y gritaron entonces, sumidos por tinieblas,

A hermanos irrisorios que jamás escucharon.

Escribir en España no es llorar, es morir,

Porque muere la inspiración envuelta en humo,

Cuando no va su llama libre en pos del aire.

Así, cuando el amor, el tierno monstruo rubio,

Volvió contra ti mismo tantas ternuras vanas,

Tu mano abrió de un tiro, roja y vasta, la muerte.

Libre y tranquilo quedaste en fin, un día,

Aunque tu voz sin ti abrió un dejo indeleble.

Es breve la palabra tal el canto de un pájaro,

Mas un claro jirón puede prenderse en ella

De embriaguez, pasión, belleza fugitivas,

Y subir, ángel vigía que atestigua del hombre,

Allá hasta la región celeste e impasible.

LAMENTO Y ESPERANZA

Soñábamos algunos cuando niños, caídos

En una vasta hora de ocio solitario,

Bajo la lámpara, ante las estampas de un libro,

Con la revolución. Y vimos su ala fúlgida

Plegar como una mies los cuerpos poderosos.

Jóvenes luego, el sueño quedó lejos

De un mundo donde desorden e injusticia,

Hínchenlo oscuramente las ávidas ciudades,

Se alzaban hasta el aire absorto de los campos.

Y en la revolución pensábamos: un mar

Cuya ira azul tragase tanta fría miseria.

El hombre es una nube de la que el sueño es viento.

¿Quién podrá al pensamiento separarlo del sueño?

Sabedlo bien vosotros, los que envidiéis mañana

En la calma este soplo de muerte que nos lleva

Pisando entre ruinas un fango con rocío de sangre.

Un continente de mercaderes y de histriones,

Al acecho de este loco país, está esperando

Que vencido se hunda, solo ante su destino,

Para arrancar jirones de su esplendor antiguo.

Le alienta únicamente su propia gran historia dolorida.

Si con dolor el alma se ha templado, es invencible;

Pero como el amor, debe el dolor ser mudo:

No lo digáis, sufridlo en esperanza. Así este

pueblo inmenso

Agonizará antes, presa ya de la muerte.

Y vedle luego abierto, rosa eterna en los mares.

LA FUENTE

Hacia el pálido aire se yergue mi deseo,

Fresco rumor insomne en fondo de verdura,

Como esbelta columna, mas truncada su gracia

Corona de las aguas la calma ya celeste.

Plátanos y castaños en lisas avenidas

Se llevan a lo lejos mi suspiro diáfano,

De las sendas más claras a las nubes ligeras,

Con el lento aleteo de las palomas grises.

Al pie de las estatuas por el tiempo vencidas,

Mientras copio su piedra, cuyo encanto ha fijado

Mi trémulo esculpir de líquidos momentos,

Única entre las cosas, muero y renazco siempre.

Este brotar continuo viene de la remota

Cima donde cayeron dioses, de los siglos

Pasados, con un dejo de paz, hasta la vida

Que dora vagamente mi azul ímpetu helado.

Por mí yerran al viento dejos apaciguados

De las viejas pasiones, glorias, duelos de antaño,

Y son, bajo la sombra naciente de la tarde,

Misterios junto al vano rumor de los efímeros.

El hechizo del agua detiene los instantes:

Soy divino rescate a la pena del hombre,

Forma de lo que huye de la luz a la sombra,

Confusión de la muerte resuelta en melodía.

ELEGIA ESPAÑOLA

Ya la distancia entre los dos abierta

Se lleva el sufrimiento, como nube

Rota en lluvia olvidada, y la alegría,

Hermosa claridad desvanecida;

Nada altera entre tú, mi tierra, y yo,

Pobre palabra tuya, el invisible

Fluir de los recuerdos, sustentando

Almas con la verdad de tu alma pura.

Sin luchar contra ti ya asisto inerte

A la discordia estéril que te cubre,

Al viento de locura que te arrastra.

Tan sólo Dios vela sobre nosotros,

Arbitro inmemorial del odio eterno.

Tus pueblos han ardido y tus campos

Infecundos dan cosecha de hambre;

Rasga tu aire el ala de la muerte.

Tronchados como flores caen tus hombres

Hechos para el amor y la tarea,

Y aquellos que en la sombra suscitaron

La guerra, resguardados en la sombra

Disfrutan su victoria. Tú en silencio,

Tierra, pasión única mía, lloras

Tu soledad, tu pena y tu vergüenza.

Fiel aún, extasiado como el pájaro

Que en primavera hacia su nido antiguo

Llegaba a ti y en ti dejaba el vuelo,

Con la atracción remota de un encanto

Ineludible, rosa del destino,

Mi espíritu se aleja de estas nieblas,

Canta su queja por tu cielo vasto,

Mientras el cuerpo queda vacilante,

Perdido, lejos, entre sueño y vida,

Y oye el susurro lento de las horas.

¡Si nunca más pudieran estos ojos

Enamorados reflejar tu imagen!

¡Si nunca más pudiera por tus bosques,

El alma en paz caída en tu regazo,

Soñar el mundo aquel que yo pensaba

Cuando la triste juventud lo quiso!

Tú nada más, fuerte torre en ruinas,

Puedes poblar mi soledad humana,

Y esta ausencia de todo en ti se duerme.

Deja tu aire ir sobre mi frente,

Tu luz sobre mi pecho hasta la muerte,

Única gloria cierta que aún deseo.

NIÑO MUERTO

Si llegara hasta ti bajo la hierba

Joven como tu cuerpo, ya cubriendo

Un destierro más vasto con la muerte,

De los amigos la voz fugaz y clara,

Con oscura nostalgia quizá pienses

Que tu vida es materia del olvido.

Recordarás acaso nuestros días,

Este dejarse ir en la corriente

Insensible de trabajos y penas,

Este apagarse lento, melancólico,

Como las llamas de tu hogar antiguo,

Como la lluvia sobre aquel tejado.

Tal vez busques el campo de tu aldea,

El galopar alegre de los potros,

La amarillenta luz sobre las tapias,

La vieja torre gris, un lado en sombra,

Tal una mano fiel que te guiara

Por las sendas perdidas de la noche.

Recordarás cruzando el mar un día

Tu leve juventud con tus amigos

En flor, así alejados de la guerra.

La angustia resbalaba entre vosotros

Y el mar sombrío al veros sonreía,

Olvidando que él mismo te llevaba

A la muerte, tras un corto destierro.

Yo hubiera compartido aquellas horas

Yertas de un hospital. Tus ojos solos

Frente a la imagen dura de la muerte.

Ese sueño de Dios no lo aceptaste.

Así como tu cuerpo era de frágil,

Enérgica y viril era tu alma.

De un solo trago largo consumiste

La muerte tuya, la que te destinaban,

Sin volver un instante la mirada

Atrás, tal hace el hombre cuando lucha.

Inmensa indiferencia te cubría

Antes de que la tierra te cubriera.

El llanto que tú mismo no has llorado,

Yo lo lloro por ti. En mí no estaba

El ahuyentar tu muerte como a un perro

Enojoso. E inútil es que quiera

Ver tu cuerpo crecido, verde y puro,

Pasando como pasan estos otros

De tus amigos, por el aire blanco

De los campos ingleses, vivamente.

Volviste la cabeza contra el muro

Con el gesto de un niño que temiese

Mostrar fragilidad en su deseo.

Y te cubrió la eterna sombra larga.

Profundamente duermes. Mas escucha:

Yo quiero estar contigo; no estás solo.

LA VISITA DE DIOS

Pasada se halla ahora la mitad de mi vida.

El cuerpo sigue en pie y las voces aún giran

Y resuenan con encanto marchito en mis oídos,

Mas los días esbeltos ya se marcharon lejos;

Sólo recuerdos pálidos de su amor me ha dejado.

Como el labrador al ver su trabajo perdido

Vuelve al cielo los ojos esperando la lluvia,

También quiero esperar en esta hora confusa

Unas lágrimas divinas que aviven mi cosecha.

Pero hondamente fijo queda el desaliento,

Como huésped oscuro de mis sueños.

¿Puedo esperar acaso? Todo se ha dado al hombre

Tal distracción efímera de la existencia;

A nada puede unir este ansia suya que reclama

Una pausa de amor entre la fuga de las cosas.

Vano sería dolerse del trabajo, la casa, los amigos perdidos

En aquel gran negocio demoníaco de la guerra.

Estoy en la ciudad alzada para su orgullo por el rico,

Adonde la miseria oculta canta por las esquinas

O expone dibujos que me arrasan de lágrimas los ojos.

Y mordiendo mis puños con salvaje tristeza

Aún cuenta mentalmente mis monedas escasas,

Porque un trozo de pan aquí y unos vestidos

Suponen un esfuerzo mayor para lograrlos

Que el de los viejos héroes cuando vencían

Monstruos, rompiendo encantos con su lanza.

La revolución renace siempre, tal un fénix

Llameante en el pecho de los desdichados.

Esto lo sabe el charlatán bajo los árboles

De las plazas, y su baba argentina, su cascabel sonoro,

Silbando entre las hojas encanta al pueblo

Robusto y engañado con maligna elocuencia.

Y canciones de sangre acunan su miseria.

Por mi dolor comprendo que otros inmensos sufren

Hombres callados a quienes falta el ocio

Para arrojar al cielo su tormento. Mas no puedo

Copiar su enérgico silencio que me alivia

Este consuelo de la voz, sin tierra y sin amigo,

En la profunda soledad de quien no tiene

Ya nada entre sus brazos, sino el aire en torno,

Lo mismo que un navío al alejarse sobre el mar.

¿Adónde han ido las viejas compañeras del hombre?

Mis zurcidoras de proyectos, mis tejedoras de esperanzas

Han muerto. Sus agujas y madejas reposan

Con polvo en un rincón, sin la melodía del trabajo.

Como una sombra aislada al filo de los días,

Voy repitiendo gestos y palabras mientras lejos escucho

El inmenso bostezo de los siglos pasados.

El tiempo, ese blanco desierto ilimitado,

Esa nada creadora, amenaza a los hombres

Y con luz inmortal se abre ante los deseos juveniles.

Unos quieren asir locamente su mágico reflejo,

Mas otros le conjuran con un hijo

Ofrecido en los brazos como víctima,

Porque de nueva vida se mantiene su vida

Como el agua del agua llorada por los hombres.

Pero a ti, Dios, ¿con qué te aplacaremos?

Mi sed eras tú, tú fuiste mi amor perdido,

Mi casa rota, mi vida trabajada, y la casa y la vida

De tantos hombres como yo a la deriva

En el naufragio de un país. Levantados de naipes,

Unos tras otros iban cayendo mis pobres paraísos.

¿Movió tu mano el aire que fuera derribándolos

Y tras ellos, en el profundo abatimiento, en el hondo vacío,

Se alza al fin ante mí, la nube que oculta tu presencia?

No golpees airado mi cuerpo con tu rayo;

Si el amor no eres tú, ¿quién lo será en tu mundo?

Compadécete al fin, escucha este murmullo

Que ascendiendo llega como una ola

Al pie de tu divina indiferencia.

Mira las tristes piedras que llevamos

Ya sobre nuestros hombros para enterrar tus dones:

La hermosura, la verdad, la justicia, cuyo afán imposible

Tú sólo eras capaz de infundir en nosotros.

Si ellas murieran hoy, de la memoria tú te borrarías

Como un sueño remoto de los hombres que fueron.