Capítulo 13

 

En otras circunstancias, habría sido una noche mágica.

Todo lo que Ria se había imaginado sobre el baile de disfraces del palacio resultó ser realidad, pero una realidad más interesante que la de su imaginación. Una docena de lámparas de araña iluminaban el salón bellamente decorado y los trajes y vestidos de las damas y los caballeros. Alexei y ella habían optado por la sobriedad del blanco y negro, pero los demás llevaban ropas de todos los colores, que se reflejaban una y otra vez en los espejos de las paredes.

Ria pensó que la comida y el vino debían de estar deliciosos, pero no se encontraba con ganas de comer ni beber. Estaba atrapada entre la emoción de asistir al baile con el que siempre había soñado y la desesperación de saber que se encontraba con el hombre de su vida y que se separaría de él al final de la noche.

Desde el momento en que entraron en el salón de baile, se convirtieron en el centro de atención. Los periodistas los acribillaron con sus flashes durante muchos minutos, hasta el extremo de que Ria tardó un rato en volver a ver con claridad. Pero Alexei se mantuvo a su lado, apoyándola en silencio, hasta que recuperó la vista y las fuerzas necesarias para hablar con la legión de dignatarios.

Además, aquella noche no era como otras. Se suponía que iban a anunciar la fecha de su boda y, como teóricamente iba a ser reina, Ria tenía que mezclarse con los invitados y charlar con ellos por su cuenta, en demostración de que estaba preparada para el cargo. Alexei la miró con orgullo, como diciéndole que estaba seguro de que lo haría bien, y la dejó sola.

Cuando Alexei volvió, ella ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado. Por casualidad, se encontraba más o menos en el mismo sitio donde se habían separado, charlando con un par de personas. Giró la cabeza un momento y, sencillamente, se encontró ante él.

Alexei se excusó ante sus acompañantes, la miró y dijo con suavidad:

–¿Bailas conmigo?

–Por supuesto.

La tomó del brazo, la llevó a la pista y empezaron a bailar. Ria era tan feliz que creía estar flotando. Había hablado con tanta gente y durante tanto tiempo que no tenía fuerzas para decir nada, pero a Alexei no pareció importarle en absoluto; al igual que ella, estaba encantado con el silencio.

Ria pensó que, en cierto modo, había conseguido todo lo que se había propuesto. Mecjoria estaba a salvo; habían impedido que Ivan accediera al trono y lo iba a ocupar un hombre que se lo merecía, un hombre bueno y capaz que, por si eso fuera poco, también era el hombre del que estaba enamorada.

Pero sus pensamientos se detuvieron en seco al llegar al amor.

Por mucho que adorara a Alexei y por muy feliz que estuviera entre sus brazos, su relación había llegado a un callejón sin salida.

De haber podido, le habría rogado que se quedara con ella, aunque fuera consciente de que sus sentimientos no eran recíprocos. Pero las manecillas del reloj se acercaban poco a poco y metafóricamente a la medianoche, cuando la Cenicienta tendría que abandonar al príncipe y marcharse a toda prisa.

 

 

Llevaban un buen rato juntos cuando Alexei le preguntó al oído, apretando la cabeza contra su cara:

–¿Te estás divirtiendo?

Ella asintió sin atreverse a mirarlo a los ojos. Tenía miedo de que, si lo miraba, perdiera el aplomo y se derrumbara allí mismo, delante de todos los invitados.

Alexei notó que le pasaba algo raro y se maldijo por haberle hecho una pregunta tan estúpida. ¿Cómo se iba a divertir? Era su última noche. Pero había estado tanto tiempo charlando con aristócratas y políticos nacionales y extranjeros que empezaba a repetir las mismas frases puramente educadas que utilizaba con ellos.

Frases que no eran para Honoria Escalona. No para la mujer que se encontraba entre sus brazos y que, probablemente, al final de la velada, se alejaría de él y seguiría adelante con su vida, libre al fin.

La miró de nuevo y pensó que estaba bellísima. Era una fantasía hecha realidad. Y no solo eso; también era la mujer que había estado a su lado, apoyándolo, durante muchas semanas, haciendo que sus primeros días como rey resultaran muy fáciles.

Sin embargo, no la podía forzar a contraer matrimonio contra su voluntad. Al principio, había pensado que sería una forma perfecta de vengarse de ella y de su familia. Luego, había pensado que era una forma perfecta de seguir gozando de sus días y de sus noches en la cama. Pero encadenarla a un matrimonio que no deseaba habría sido como encerrar a un precioso y exótico animal en una jaula.

La cautividad la habría matado. Y no soportaba esa idea, así que solo podía hacer una cosa: devolverle la libertad.

Por suerte, aún tenían tiempo por delante; el necesario para bailar un poco más y, tal vez, para besarla de nuevo. A pesar de sí mismo, la abrazó con más fuerza y aspiró su dulce aroma. De inmediato, se sintió dominado por un deseo que, como bien sabía, lo iba a mantener muchas noches despierto, sumido en la frustración. Porque a medianoche, cuando se rompiera el hechizo, Ria dejaría de ser suya.

«Suya».

Saboreó la palabra en su pensamiento y se dijo que, en realidad, nunca había sido suya. Por eso habían llegado a aquella situación.

Justo entonces, se dio cuenta de que no podía dejarla ir.

Y justo entonces, oyó un ruido como de un enjambre lejano que se acercaba lentamente. Pero no era ningún enjambre, sino el sonido de las voces de los invitados, que volvían a formar un murmullo porque la música se había detenido.

–Oh, no –dijo él–. Aún no, es demasiado pronto.

La gente se empezó a apartar a su alrededor. Alexei no supo por qué repetían el apellido de Ria hasta que alguien dijo con toda claridad:

–Son Gregor Escalona y su esposa.

Él se puso tan tenso que apretó la mano de Ria con demasiada fuerza. Ella no se había dado cuenta de lo que pasaba; estaba tan sumida en sus pensamientos que ni lo había notado. Pero, al sentir su presión, lo miró a los ojos y dijo, sencillamente:

–Alexei…

En ese momento, Ria vio a sus padres. Él estaba más pálido y delgado que nunca, aunque no tan pálido ni tan delgado como Elizabetta, que se aferraba a su brazo como si lo necesitara para mantener el equilibrio y no derrumbarse en el suelo.

Ria pensó que aquello no podía ser real, que era imposible, que su padre seguía en una cárcel de Mecjoria, esperando a que ella se casara con Alexei y él lo liberara.

Pero no se iban a casar.

–Ria…

Ella sacudió la cabeza. Definitivamente, no se lo podía creer. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Qué hacía su padre en el baile de disfraces?

–Ria, mírame.

Ria lo miró. Alexei había adoptado una expresión tan increíblemente severa que, un segundo después, cuando alzó una mano, la gente guardó silencio al unísono, obedeciendo una orden que ni siquiera había llegado a pronunciar.

Lanzó una mirada furiosa a Gregor y caminó hacia él sin soltar a Ria, que se vio obligada a acompañarlo.

Ria abrió la boca para rogarle que no lo hiciera, que no se enfrentara a su padre delante de todo el mundo, pero no encontró las palabras. Después, quiso soltarse, salir corriendo y esconderse en algún lugar, pero Alexei la agarraba con tanta fuerza que no le fue posible.

Entonces, la miró a los ojos a través de su máscara negra y dijo algo que la dejó completamente sorprendida:

–Ria, no quiero que esta sea nuestra última vez. Quiero que tu familia y que todo el país sepan que deseo que seas mi reina, que no seré rey si no estás a mi lado.

–No…

Ria no pudo decir nada más.

–¿Quieres casarte conmigo? –preguntó él.

Ria miró a su alrededor, confundida. Uno de los guardias les había cerrado el paso a sus padres e impedía que se acercaran más, pero los dos la estaban mirando con una curiosidad que sus máscaras apenas ocultaban. Y a su lado, pegado a ella, Alexei esperaba la respuesta a una pregunta que no esperaba oír.

Alexei, el hombre del que estaba enamorada, el hombre con quien se quería casar.

Pero no así. No de esa manera. No después de haberle dicho que iba a romper su compromiso matrimonial, que todo había terminado.

En su desconfianza, pensó que había cambiado de opinión y que esperaba una declaración pública de amor porque le parecía lo más conveniente para sus intereses. Sobre todo, en presencia de Gregor y de su esposa.

Sin embargo, tenía que decir algo.

Le había presentado un ultimátum delante de todo el mundo y ella tenía que aceptarlo o rechazarlo delante de todo el mundo.

Desde que habían llegado al salón de baile, Ria no había dejado de pensar en lo mucho que lo iba a echar de menos. Pero ¿qué futuro podía tener con una persona capaz de someterla a semejante prueba delante de la corte? ¿Quién sino un canalla llegaría al extremo de humillarla de ese modo?

Con el corazón en un puño, y sin atreverse a mirar a Alexei, exclamó:

–¡No! ¡No me casaré contigo! ¡No seré tuya!