CAPÍTULO 9: SORPRESA

 

Los dormitorios para invitados en los que provisionalmente dormirían Félix y Christine estaban uno al lado del otro y parecían bastante espaciosos y lujosos en su decoración. Aunque hubo que acondicionarlos bien pues se notaba que llevaban bastante tiempo sin uso, además de disponer sólo de la poca luz de una pequeña lamparita de gas. A pesar de todo, Christine seguía preocupada por la posibilidad de que apareciese Lady Caterham sin que lo esperaran, y así se lo hizo saber a la señora Audrey mientras preparaban la cama donde dormiría Félix. Esto hizo que la mujer le enseñara, después de preparar la habitación de ella y la de Félix, algo que poca gente conocía en aquel castillo, los pasadizos secretos. Una abertura detrás de una de las librerías en la biblioteca permitía que cuando se metía la mano en ella se pudiese activar un mecanismo, y esto dejaba al descubierto una entrada en el lateral de la librería, donde se supone que había una pared de piedra inamovible. Aquella entrada llevaba a un estrecho pasillo y éste a una pequeña habitación descuidada que antiguamente había servido para guardar cosas o para refugiarse en la guerra, y que ahora contaba con un camastro viejo de madera, una mesita muy antigua y un par de velas. Christine quedó completamente asombrada.

- Si alguna vez aparece esa bruja os deberíais esconder aquí por si acaso, hasta que se tenga que ir con un palmo de narices. Además, no es el único secreto de este castillo –dijo la mujer misteriosamente.

- No sé qué haríamos si ocurriese que esa bruja venga a buscarnos y nos pille desprevenidos, o si le diese por insistir o por investigar a pesar de que estuviésemos escondidos... –dijo Christine con un suspiro de angustia.

- No es bueno mirar tan adelante. Muchas veces la vida nos da sorpresas y no podemos tenerlo previsto todo. Confía en el destino y en hacer las cosas lo mejor que puedas, Christine, haciendo el bien –dijo la señora Audrey.

- Si pero... creo que no nos merecemos esto, nana. No nos merecemos estar huyendo de nuestra propia casa. No nos merecemos estar en peligro de muerte. No hemos hecho nada malo...

- Mira jovencita, si hay algo que he aprendido en esta vida es que hay caminos que parecen malos y que luego nos llevan a un destino maravilloso, o caminos secretos que en principio no vemos y que ocultan algo que no nos imaginamos, como este secreto en la biblioteca. Ten esperanza, que todo se arreglará. Y no, no has hecho nada malo, al contrario, has hecho lo que creías que era correcto para salvaros a ti y a tu hermano. Pero siempre hay una pequeña luz al final de cualquier pasadizo, por muy oscuro que éste sea.

- Pero, ¿cómo sobreviviremos, nana? Félix tiene que ir a un colegio, yo tengo que hacer algo con mi vida, ¡no podemos mantenernos escondidos de Lady Caterham durante años! –dijo Christine, cada vez más angustiada.

- Estaremos a la expectativa para ver qué caminos nos ofrece la situación, Christine. Mientras tanto, estáis a salvo aquí conmigo.

- Y te lo agradezco infinitamente –dijo Christine con una pequeña sonrisa.

- Por cierto, tu hermanito me contó que conocisteis a un bandido y que fuisteis bastante valientes...

- ¡Oh sí, nana, tenías que habernos visto! Luego resultó que el señor Robert no era ni tan bandido ni tan malvado...

- ¿Ves Christine? Muchas veces la vida nos sorprende con giros inesperados...

Christine iba a preguntarle si Félix le dijo lo del cuchillo, pero prefirió callárselo para no alertarla ella misma por si su hermano se lo había ocultado correctamente.

- Pues sí, el señor Robert resultó ser buena persona al final, sólo que hacía cosas que no quería movido por las duras circunstancias de su vida.

- Muchas veces tenemos que hacer cosas que no queremos, sobre todo en tiempos de crisis, Christine. Y la vida está realmente difícil para mucha gente. Yo tengo la suerte de haber encontrado este trabajo tras haber sido echada de vuestra casa por la señora Caterham.

- Esa bruja... –dijo Christine con rabia.

- Pero como ves, ahora estoy en un sitio mejor, aunque no puedo evitar echar de menos aquellos tiempos pasados en vuestra casa hace varios años. Y por supuesto, os echaba mucho de menos a vosotros –dijo la señora Audrey con un gesto de pequeña tristeza en su rostro –. Y ahora estáis aquí, conmigo, y eso me alegra mucho.

- Yo también estoy muy contenta, nana, a pesar de las preocupaciones. Y sé que Félix está encantado con estar aquí contigo.

La señora Audrey sonrió.

- Y... ¿cómo es el conde Thomas? –preguntó Christine a continuación, llena de curiosidad –. Espero que sea lo suficientemente inocente como para creerse nuestra historia.

- Es muy bueno, Christine, lo que sucede es que anda un poco perdido entre fiestas, viajes, amistades... Sigue siendo un joven que quiere vivir la vida y no preocuparse por casi nada.

- Pero, ¿es muy joven?

- Pues creo que cumplió veintiséis años precisamente ayer.

- Vaya... Yo me lo imaginaba como un viejo gruñón con aires de superioridad.

La señora Audrey no pudo evitar reírse con la idea de Christine.

- De eso nada, Christine. Es buena persona, simpático y muy responsable para su edad, a pesar de las facilidades que se le presentan en la vida. Aunque no puede evitar ir de un lado para otro de fiesta en fiesta, o invitado a otros eventos por sus muchas amistades, o de viaje para conocer mundo...

Christine se sorprendió con la vida que llevaba el conde Thomas, aunque esperaba que no descubriese toda la verdad cuando volviera al castillo. Pensó que por suerte todavía tenían unos días de tranquilidad sin tener que enfrentarse a eso, según había entendido, por el viaje a París del conde. Deseaba que todo se solucionara con su madrastra incluso antes, aunque no lo veía tan fácil y volvió a preocuparse. La señora Audrey volvió a notar la cara de preocupación en Christine.

- Creo que necesitas descansar, jovencita –dijo mientras volvían a dirigirse hacia los dormitorios.

- Yo también lo creo, nana. Pero me parece que no descansaré del todo hasta que esto no se solucione, o hasta que Lady Caterham no deje de buscarnos. Y creo que nunca lo hará.

- Pues ya me encargaré yo de ayudarte en todo lo que necesites.

Christine volvió a sonreír, y la señora Audrey se dispuso a salir del dormitorio para dejarla descansar.

- Duerme tranquila. Verás las cosas mejor si estás descansada, Christine.

- Lo intentaré, nana.

- Buenas noches.

- Buenas noches.

Cuando se cerró la puerta, Christine se cambió y se puso el camisón, preparándose para dormir. Quería que todo saliera bien, aunque no tenía demasiadas esperanzas. Le costó un poco evitar los pensamientos negativos para poder dormir, pero era tal el cansancio y tan maravillosa la comodidad de la cama que fue inevitable caer completamente dormida en menos de media hora.

 

***

A Christine le vino muy bien descansar por fin de tanta preocupación y pasó una buena noche en el cómodo dormitorio que le había preparado la señora Audrey. No recordaba la última vez en la que había dormido tan bien, pues aunque supiese desde hace muy poco de las malvadas intenciones de Lady Caterham, anteriormente tampoco se había relajado casi nunca en su propia casa, como si siempre hubiese sospechado que vivían en la guarida de una bruja. En esta ocasión había descansado tanto que deseó que Félix también hubiera pasado una noche tan reconfortante como ella.

Cuando terminó de asearse y arreglarse y salió del dormitorio, Félix ya estaba jugueteando con la pequeña Cindy al escondite por todas las habitaciones del castillo, y Christine pensó en lo que le gustará a su hermanito saber lo de los misteriosos pasadizos secretos en el castillo. La señora Audrey y ella llamaron a los niños para que salieran afuera a jugar. La mujer había preparado todo para que desayunaran en un pequeño patio en el exterior del castillo, con la ayuda del señor Martin, el otro sirviente amigo de la señora Audrey que ya comenzaba a saber de la situación de los chicos.

- Hace un día maravilloso como para no aprovecharlo –dijo el hombre con una sonrisa a lo que la señora Audrey correspondió con otra.

Se dispusieron a desayunar en una preciosa mesita de madera y mimbre, y por unos segundos Christine consiguió evadirse y pensar que tenía una vida normal y feliz. Los niños terminaron con prisas su desayuno porque estaban deseando jugar en la casa del árbol. Al parecer, Félix y Cindy habían congeniado estupendamente y eso la tranquilizaba, pues no quería que la estancia de ellos dos en el castillo resultara un problema para nadie. Y si encima se trataba de llevarse bien con la sobrina del conde, aunque sólo fuese una niña pequeña, pues con más razón le parecía estupendo.

Oír a lo lejos las risas de Félix disfrutando de sus juegos le hizo pensar que seguía haciendo lo correcto estando allí, aunque esperaba que si apareciese Lady Caterham en algún momento no les pillase haciendo sus vidas tan tranquilos y sin oportunidad de esconderse. Christine sabía que en algún momento tendría que aparecer la bruja, pero se deprimió algo más al pensar que nunca se cansaría de buscarles, por muchos ánimos y ayuda que les estuviera dando la señora Audrey.

El día pasó y llegó un momento en el que la señora Audrey consiguió que los chicos estuvieran bien y que ninguno de los dos pensara en los problemas que los habían llevado hasta allí. Por suerte, no sucedió que Lady Caterham apareciera y tuvieran que esconderse a toda prisa, así que se sintieron relajados durante la tarde, casi sintiendo que sus vidas podían volver a la normalidad dentro de poco. Luego llegó la hora de la cena y el cocinero preparó unos deliciosos muslitos de pollo en salsa y unos estupendos flanes que no sólo disfrutaron muchísimo los niños sino también Christine, la señora Audrey, el señor Martin, los otros dos sirvientes del castillo y hasta el propio cocinero. Casi cuando todos estaban acabándose el postre sucedió algo que habría dejado paralizados a todos, si no fuese porque se tenían que levantar.

- ¡Estaba delicioso! –exclamó Félix, todavía relamiéndose del flan. Y en ese momento justo alguien entraba por la puerta del enorme comedor.

La cara de sorpresa de todos cuando el conde Thomas Pendelton apareció mientras cenaban fue imposible de ocultar. La señora Audrey fue la primera que se puso en pie, con la boca abierta, luego el resto de comensales la siguieron.

- Señor Pendelton, n... no lo esperábamos tan... pronto –dijo la mujer.

- Veo que tienen una especie de... fiesta –dijo Thomas, bastante sorprendido.

Christine no pudo evitar en fijarse en el elegante porte del conde, algo potenciado por su belleza y sus atractivos gestos. Thomas era increíblemente guapo y todo lo que se rumoreaba de él, que aparte de ser muy buen partido era un placer para la vista de cualquier mujer, era completamente cierto. A pesar de la cara de sorpresa de Thomas, el que se celebrase una fiesta privada en su propio castillo mientras él estaba ausente pareció importarle menos de lo que todo el mundo esperaba. Incluso se permitió bromear con ello.

- Espero que lo estuvieran pasando bien. ¡Ese flan tiene una pinta deliciosa, aunque no me habéis dejado casi nada! –dijo mirando de forma divertida lo que quedaba del postre en la gran mesa.

Los sirvientes, y concretamente el cocinero y la señora Audrey, se relajaron muchísimo. No es que el conde diese miedo por sus acciones, siempre se había portado maravillosamente con todos sus empleados, sino que era el sentido de la responsabilidad de todos ellos lo que hizo que estuvieran tan tensos. Sabían que debían haberse contenido un poco en vez de hacer una cena así, y por otra parte todo el mundo estaba expectante a las explicaciones que le daría la señora Audrey sobre quienes eran la chica y el pequeño chico invitados a "la fiesta".

Inmediatamente la señora Audrey tomó la palabra.

- Señor Pendelton, le presento al pequeño Félix, que es nieto de Lady Hummingbird. Ella me pidió que me hiciese cargo del chico porque necesitaba visitar urgentemente a su hermana enferma en otra ciudad y...

- No se preocupe, señora Audrey –dijo el conde con gran amabilidad –. Entiendo que era necesario que usted ayudara en este asunto y el chico se puede quedar todo el tiempo que necesite.

Thomas Pendelton se acercó a Félix y le hizo un gesto cariñoso revolviéndole los pelos y sonriéndole. Félix estaba asombrado con que el conde se acercara a él y fuera tan simpático. Pero fue justo cuando Thomas miró hacia la chica nueva cuando éste se quedó completamente paralizado. Durante unos segundos que se hicieron eternos y en los que todo el mundo se dio cuenta de que algo diferente pasaba, nadie habló. El conde estaba completamente sumergido en sus propios pensamientos y en los ojos verdes de Christine, como si hubiera visto un ángel. Ella lo miraba con gran intensidad pero con algo de sensación de culpa por haberse quedado en su castillo, aunque él no pudo averiguar esto último todavía.

La señora Audrey carraspeó un poco y presentó a Christine.

- Ella es Christine. Usted pidió una institutriz para la pequeña Cindy justo antes de marcharse a París, y Christine es la chica adecuada. Se presentó para el puesto justo ayer y no he tenido ninguna duda en que se quedara ella con el trabajo.

Christine bajó la vista, avergonzada por la pequeña mentira y porque el conde seguía mirándola completamente ensimismado.

- ¡Es usted muy... joven! –fue lo único que pudo exclamar Thomas Pendelton de una forma completamente agradable y con un gesto sonriente de sorpresa.

- Bueno... –siguió la señora Audrey intentando quitarle peso al asunto –, la chica está muy preparada a pesar de su juventud y estoy segura de que lo hará estupendamente.

Christine se puso colorada y siguió sin decir nada.

- Espero que pueda enseñarle a Cindy todo lo que necesite... aunque hablaremos al respecto más adelante –dijo él todavía sonriente y de forma misteriosa.

- En... encantada de servirle a usted y a su sobrina, señor... –dijo Christine, apenas sin que salieran sus palabras.

El conde asintió amablemente y continuó hablando.

- Estoy seguro de que Cindy y el jovencito Félix querrán ver los caballos mañana, así que prepárense.

- ¡Oh, me encantan los caballos, señor Pendelton! –exclamó Félix, y para sorpresa de todos dijo –. ¿A que sí, Christine?

Todo el mundo siguió paralizado pues se suponía que Christine no conocía casi nada a Félix.

La velocidad de resolución de la señora Audrey volvió a ser necesaria.

- Desde que el nieto de la señora Hummingbird llegó, los caballos han sido lo que más le han llamado la atención, señor Pendelton. Nos lo comentó a todos esta misma tarde con gran entusiasmo –dijo la mujer.

- Entiendo... –dijo Thomas, aunque comenzó a sospechar que algo extraño ocurría allí.

Félix se dio cuenta de que podía meter la pata y también bajó la vista como Christine, que no sabía dónde meterse.

- Bueno... por favor, sigan disfrutando del postre que yo voy a dejar las cosas del viaje y a ponerme cómodo, que ha sido un día bastante agotador.

Uno de los sirvientes se dirigió hacia el conde para servirle en lo que necesitase tras el viaje, pero éste le indicó que se quedara cenando que ya se encargaba él.

- ¡Guárdenme un poco de flan, por favor!  –dijo Thomas saliendo por la puerta del comedor a modo de despedida.

Los comensales le respondieron que "por supuesto" y se volvieron a sentar todos relajadamente para terminar de cenar.

Mientras Thomas Pendelton se dirigía a darse una relajante y necesaria ducha, pensó en Christine y en el pequeño Félix. Algo estaba ocurriendo allí que se le había escapado. Aparte de su extraordinaria belleza y encanto, había algo oculto en la chica, y se encargaría personalmente de averiguarlo antes de contratarla de forma definitiva...