CAPÍTULO 6: PRIMER PELIGRO
"El descanso de Disemberg" era una posada que disponía de bastante comodidad en sus estancias, en sus camas y en las atenciones que prestaban a sus huéspedes el matrimonio que la regentaba. El lugar habría sido perfecto para un viaje de placer, pero aún así Christine no durmió bien aquella noche. Tras haber pasado casi toda la tarde dormida en la carroza durante el viaje, y con los nervios que le producía el tener la certeza de que Lady Caterham ya los estaba buscando y además sabría dónde buscar, Christine se pasó la noche dando vueltas sobre su cama. La protección de su hermanito y el volver a depender de sí mismos tras la marcha de Rick la tenían en un sin vivir. Sabía que pronto contactarían con la señora Audrey, pero no estaba segura de que la mujer pudiese ayudarles, o aún peor, quizás ya ni siguiese trabajando en el castillo Pendelton de Disemberg. Si aún seguía allí, era posible que el conde no permitiera que ella se hiciera cargo de ellos, así que la situación era bastante preocupante.
Más o menos sobre las siete de la mañana, Christine ya no pudo más y se cansó de intentar dormir sin éxito. La noche había caído como una pesada losa sobre su cuerpo y aunque estaba agotada de tanta preocupación, decidió levantarse temprano para que ambos se prepararan para visitar el castillo donde se suponía que servía su nana. Dejó a su hermanito dormir un poco más, abrazado al Señor Pompis, mientras ella se aseaba y se vestía. Félix se despejó lentamente pero entendió que debían ir temprano para encontrar el castillo y para explicarle la situación a la señora Audrey, así que comenzó a prepararse sin entretenerse demasiado. Para no dar demasiadas pistas, pues los tentáculos de Lady Caterham podrían llegar a cualquier parte, decidieron que encontrarían el castillo por sí mismos, sin preguntar a nadie.
Cuando bajaron a desayunar ocurrieron dos cosas. Primero conocieron al esposo de la posadera, el señor Julius, un hombre mucho más serio que su mujer, pero aún así bastante agradable con ellos. En segundo lugar, cuando la señora Joanna les puso el desayuno, se volvieron a quedar algo paralizados cuando ella los llamó por sus falsos nombres, Felisa y Christian. Consiguieron disimular en el último momento sin levantar las sospechas de Joanna. Mientras desayunaban, un par de viajeros más se habían levantado temprano y también estaban comiendo algo en el pequeño salón que servía de comedor de la posada. Al terminar, y tras explicar a Joanna que iban a dar un paseo de aventuras por la ciudad, los dos salieron temprano y nerviosos a la búsqueda del castillo.
La luz de la mañana se había abierto paso a través de los callejones de Disemberg y parecía que iba a ser un día agradable. Eso dio ánimos a Christine. Además, en ese momento ya no tuvieron que cargar con todo el equipaje, así que podían pasear tranquilos por las calles sin llevar ningún peso encima. Mientras caminaban se fijaron en que la ciudad iniciaba poco a poco su actividad. Los tenderos abrían sus negocios, las mujeres llevaban a los niños a la escuela, los hombres iniciaban su jornada laboral y algunos partían hacia los campos en los límites de la ciudad... Christine pensó que le gustaba aquel sitio, y que era un poco más tranquilo y estaba mejor cuidado que Viraqua. Félix disfrutaba aún más del paseo, pues había dormido bien y casi cualquier cosa le llamaba la atención. Christine pensó una vez más que tenía que cuidar de él y salvarle llegado el momento, y que haría todo lo posible para que no le ocurriera nada malo. Sin embargo se sentía un poco indefensa, ella apenas había ido de aventuras así ni había salido de Viraqua.
No pasaron mucho tiempo paseando por la ciudad hasta que el propio Félix gritó "¡Allí!" al ver a lo lejos una de las almenas del castillo Pendelton. Ella había estado caminando sin apenas mirar nada en concreto, perdida en sus pensamientos, mientras el chico investigaba con mucha más atención. Aunque estaba lejos, irían paseando entre los callejones dirigiéndose hacia el lugar. Christine sabía que alguna salida encontrarían hacia la plazuela frente a la que se encontraba aposentado el castillo, así que simplemente se limitaron a seguir hacia delante guiados por la propia almena que se divisaba a lo lejos sobre el resto de edificios.
De repente, de entre una de las solitarias esquinas, una mano apareció y agarró por el brazo a Christine, metiéndola en uno de los oscuros y estrechos callejones. Todo ocurrió de forma rápida y silenciosa, y Félix casi siguió adelante sin darse cuenta, hasta que se dio la vuelta y vio la sombra de su hermana siendo arrastrada hacia el interior de un oscuro recodo.
- ¡Christine...! –gritó, y corrió hacia donde su hermana había desaparecido.
Cuando Félix se asomó al estrecho callejón, vio a un hombre de aspecto desagradable, con los cabellos largos y sucios, barba descuidada, y una llamativa cicatriz en el rostro agarrando a su hermana y amenazándola con una navaja en el cuello. Christine estaba temblando de terror y tenía los ojos muy abiertos mirando hacia delante. Lo que quería es que no le hicieran daño, y sobre todo que no tocara a su hermanito.
- ¡Dadme todo lo que llevéis encima, rápido, el dinero o cualquier objeto de valor! ¡No os pasará nada si me hacéis caso!
Christine permanecía atrapada desde atrás por el brazo del hombre, que la sostenía por el cuello, y Félix estaba paralizado frente a ellos. El chico no sabía qué hacer y ninguno de los dos esperaba una situación así. De repente, ocurrió algo que no imaginaban que pudiese suceder ni Christine ni su asaltante. Félix no se amedrantó, no se dejó asustar y se agachó buscando algo en la pernera de su pantalón, y entonces sacó algo: un enorme cuchillo afilado. Era el arma que Christine se había llevado para el viaje, y que ahora mismo se preguntaba cómo había terminado en manos de su hermanito. Félix apuntó con el peligroso cuchillo hacia el asaltante, que mantenía a su hermana atrapada pero de forma mucho más dubitativa, y el chico soltó un discurso que nadie se esperaba, ni siquiera él mismo.
- Suelta ahora a mi hermanita o te prometo que te clavaré esto. Mi hermana y yo somos fugitivos buscados por nuestra madrastra y posiblemente por la justicia, no me importará usarlo y terminar de una vez con todas las amenazas. Si nos atrapan alegaré que nos raptaste y que te matamos en defensa propia, así que nos libraremos ella y yo de las acusaciones de habernos escapado. Visto de esa forma, nos viene bien el error que estás cometiendo.
El hombre relajó poco a poco el brazo que mantenía atrapada a Christine y esta fue deslizándose para liberarse por fin de la presión. Cuando se liberó, se acercó hacia Félix con la boca abierta, sorprendida de la defensa que había hecho su hermano de ella, y se colocó junto a él, temerosa. Mientras tanto Félix permanecía sin bajar la guardia, con el cuchillo hacia delante. Cuando miraron al peligroso asaltante, éste estaba paralizado con los brazos bajados. No se había encontrado a unos chicos así jamás. Tal fue la impresión que le dio el chico y la curiosa historia que le soltó, que les empezó a caer simpáticos. Con una ligera sonrisa dijo:
- E... eres muy valiente, chico. No he sabido qué hacer y la verdad es que no merecéis lo que os estaba haciendo. Te ruego que me perdones... que me perdonéis ambos... Siento todo esto, pero mi situación es muy mala y sólo quería dinero para comer.
El hombre bajó la vista. Parecía sincero, aunque los chicos permanecieron juntos sin bajar la guardia. Christine habló con voz de enfado y nerviosismo:
- ¿No cree usted... señor...?
- Robert Preston para servirle a usted, señorita –dijo el hombre bajando la cabeza a modo de saludo.
- ¿...Señor Robert Preston, que asaltar a unos jóvenes inocentes no es forma de ganarse la vida?
Mientras le dijo esto, Christine agarró con cuidado el cuchillo de la mano de su hermano, que estaba bastante temblorosa, y lo mantuvo ella junto a su cuerpo, sin apuntar a nadie.
- Os ruego que me perdonéis. En realidad es mi segundo intento de asalto y tampoco salió bien el primero de ellos, no pude hacerlo. Tengo muchísima hambre pero no sé hacer bien nada, ni siquiera robar. Desde que terminó la guerra no he sabido cómo ganarme la vida porque apenas hay trabajo para un desarrapado como yo... –siguió el hombre sincerándose. Incluso parecía a punto de llorar.
Christine y Félix lo miraron con cierta piedad, pero no podían hacer gran cosa por ayudarle. Ella sintió curiosidad por el pasado de él. La pareció que si estuviese bastante más arreglado sería un hombre muy atractivo. Era bastante guapo y la cicatriz no le estropeaba tanto la cara, incluso le hacía más interesante.
- Señor Robert, de verdad que nos gustaría ayudarle, pero si nos permite, debemos irnos ya mi hermano y yo. Como le hemos dicho estamos escapando, venimos desde Viraqua, y no queremos que nadie nos reconozca. De hecho, estamos escapando porque mi hermano está en peligro de muerte. Como comprenderá, no tenemos mucho dinero, sólo lo justo para pasar un par de noches en esta ciudad. Luego no sé qué será de nosotros –dijo ella con pesar.
El hombre puso cara de asombro. Eran dos chicos muy valientes y aventureros y no quiso haberlos asaltado. Quería ayudar.
- ¿Hacia dónde os dirigís pues? –preguntó.
- Nuestra única posibilidad es acercarnos al castillo del conde de Disemberg. Allá trabaja nuestra antigua cuidadora que fue expulsada por nuestra madrastra tras la muerte de nuestros padres. Esta madrastra es la que nos quiere atrapar. La situación es un poco desesperada. La señora Audrey, la mujer que nos cuidó desde siempre, es la única familia que nos queda y necesitamos su ayuda.
- Entiendo. Pues el castillo Pendelton está allí mismo. Os acompañaré si queréis, ya que este barrio es un poco peligroso como habréis visto.
Ellos aceptaron, aunque durante el trayecto seguían asustados y algo desconfiados, además de no querer molestar a Robert mucho más. Llegaron a la plazoleta casi exterior a la ciudad y que había justo enfrente de los enormes jardines que daban al castillo. Aún quedaba recorrer una parte que ya permanecía por fuera de Disemberg, pero se divisaba perfectamente el trayecto y la gran fachada del fortín. Robert les dijo que ya no había problema, que estaban en un sitio seguro de la ciudad. De hecho, se podía ver a la gente paseando y sentándose en los bancos que había rodeando toda la gran plaza.
- Es usted un buen hombre –dijo Christine –. Gracias por acompañarnos.
- Gracias a vosotros por comprender mi situación, y de verdad que siento mucho lo que os hice. No tengo perdón. De todas formas, me siento en el deber de ayudaros en lo que pueda. Y existe una forma en la que podría hacerlo.
- Pues... díganos cómo...
- ¿Veis aquel árbol grande que está camino del castillo en el lateral derecho?
Christine y Félix miraron hacia donde les señalaba Robert, y efectivamente, había un gran roble que destacaba algo alejado del frontal del castillo. Era el más grande de todos los árboles que se podían ver por allí. Ellos asintieron y Robert explicó.
- Si tenéis cualquier tipo de problema, cualquier duda, cualquier ayuda que necesitéis, quiero que utilicéis este pañuelo –se quitó un pañuelo rojo que tenía atado en el brazo y que a pesar de lo que pudiera parecer, estaba bastante limpio. Luego se lo entregó a Christine –. La idea es que lo dejéis atado a una pequeña rama que hay a media altura en el roble, a modo de señal cuando necesitéis la poca ayuda que yo os pueda ofrecer.
Ellos vieron la rama desde lejos, se veía claramente que sobresalía a media altura.
- Yo acudiré la misma noche de ese mismo día a esta plaza y os ayudaré. Y si no puedo acudir por el motivo que fuese, ataré el pañuelo de otra forma y así sabréis que al menos tengo conocimiento de que tenéis un problema, y haré lo que pueda lo antes posible. Os digo esto porque con la dura vida que llevo, cualquier cosa podría pasarme. Aunque por supuesto os deseo toda la suerte del mundo en vuestra escapada. Ojalá todo os salga bien y no necesitéis avisarme.
Ellos quedaron muy asombrados por la ayuda de Robert y por las palabras de que cualquier cosa podría pasarle.
- Nosotros también esperamos que no le ocurra a usted nada, señor Robert –dijo Félix muy amablemente y con gran madurez –. Y siento haberle amenazado con un cuchillo. Tenía que defender a Christine.
- Y debes hacerlo, chico, siempre que puedas, defiende a tu guapa hermana. No permitas que le pase nada. No permitáis que os pase nada a ninguno de los dos. Esa madrastra vuestra no debe salirse con la suya.
Y Robert frotó los cabellos del chico con simpatía mientras le decía esto.
- Y ahora, es hora de despedirnos, chicos. Intentaré buscar algo que hacer para comer. Está claro que no sirvo para quitar el dinero a las buenas personas como vosotros. Aunque sí que me gustaría robarle a vuestra madrastra –dijo esto y les guiñó un ojo.
Félix y Christine rieron y se despidieron de Robert agradeciéndoles la ayuda. Les quedaba la pequeña caminata hasta el castillo para averiguar si la señora Audrey estaba allí y les podría ayudar. Luego tendrían que buscarse la vida de alguna forma, pues no podrían subsistir demasiado tiempo con el poco dinero que tenían. Christine rezó porque sus padres les ayudasen desde allá arriba mientras caminaban.
Cuando llegaron frente al castillo, junto a la enorme verja que lo rodeaba y que daba la vuelta a todo el jardín principal, les pareció ver a la señora Audrey a través de uno de los ventanales más altos. Félix quiso correr para llamar a la puerta o dar aviso de que estaban allí, pero Christine le retuvo y le pidió que tuviera paciencia. Esperarían a tener una oportunidad de hablar con ella sin ser vistos por otras personas.