CAPÍTULO 2: DIFÍCIL DECISIÓN

 

No se atrevía. Christine escuchaba tras la puerta los terribles ronquidos de Lady Caterham, sosteniendo el arma afilada que temblequeaba en su mano derecha y el pomo de la habitación de la bruja en la izquierda. Estuvo a punto de caérsele el cuchillo debido a los nervios, y eso habría sido un error fatal. Su madrastra se habría despertado y tras ver lo que ocurría podría haber alegado intento de asesinato. La justicia habría estado de su parte y de esa forma Christine sí que perdería toda posibilidad de cuidar de su hermano.

Tenía que pensar una solución. No podía pasar más tiempo a merced de Lady Caterham, esperando que Félix cayera víctima de cualquier maldad, accidente o envenenamiento. Se había dado cuenta de que ella no tenía el valor o la frialdad de acabar con la bruja. Ella no era una persona tan maligna como para acabar con la vida de nadie. Sin embargo, Christine se sentía encerrada en una prisión desde que sólo vivían con Lady Caterham, pues anteriormente su vida había sido muy cómoda. Se había dedicado a estudiar temas que le gustaban, a dar clases de violín y a aprender labores del hogar en su tiempo libre, pero todo esto cuando sus padres seguían vivos. Había vivido como una señorita que más adelante terminaría casada con un buen hombre de Viraqua, y que se preparaba en cualquier cosa que a ella le gustase. Sin embargo cuando sus padres fallecieron todo cambió. Lo que había sido una vida de armonía, tranquilidad y felicidad se fue oscureciendo y transformándose en una vida de encerramiento y castigos de su madrastra.

Mientras volvía nerviosa a su habitación, la imaginación de Christine no paraba de dar vueltas buscando una posible solución, y cuando escondió el cuchillo se dio cuenta de que la única posibilidad de salvar la vida de su hermano y su propio futuro, era escapar. Huir de allí cuanto antes. Durante unos segundos, estuvo mirando a través de la ventana de su dormitorio. Aquello era una solución drástica que se le acababa de ocurrir, pero era un enorme problema. ¿A dónde irían? ¿Cómo se las arreglarían? Ella no sabía buscarse la vida ni llevar adelante el día a día. Jamás había tenido que sobrevivir por su cuenta en la vida cómoda que había llevado. No le costó mucho imaginarse a su hermano Félix y a ella misma teniendo que pedir limosna por las calles más sucias de la ciudad, y le entraron ganas de llorar. Además, ¿de qué servía huir y refugiarse en las calles? Tarde o temprano esa bruja los encontraría.

Por momentos le daban ganas de rendirse en su idea, pero también le parecía mal no luchar por el legado de sus padres. ¿Dejaría que esa arpía se quedara con todo? Pero por otra parte, lo importante de todo esto y lo que se recordaba a sí misma era que Lady Caterham era una asesina en potencia, y ella no tenía forma de pararla, pues en cualquier momento era capaz de acabar con la vida de su hermano. Ya se la estaba imaginando preparando un supuesto accidente, o mezclando un veneno para echarlo en el desayuno de Félix.

Mirando la oscura callejuela que se divisaba a través de su ventana, Christine cerró los puños con fuerza y decidió que lo importante era poner a su hermano a salvo. Seguramente esa arpía estaba roncando tan tranquila en su cama, pensando y soñando con quedarse con todo. Lo que Christine no permitiría es que se quedara con la vida de su hermano. Sin nada más que poder hacer, se vio a sí misma preparando el equipaje para huir de allí. Tenía que salir cuanto antes, no se podría perdonar jamás que a Félix le pasara algo ya a la mañana siguiente, por no haber puesto remedio esa misma noche. Buscó una vieja maleta que pertenecía a su padre y comenzó a guardar ropas y utensilios que les pudieran ser útiles, intentando no hacer mucho ruido para no despertar a ese monstruo con forma de mujer. Mientras ordenaba todo lo que podían llevarse hacia la aventura, se preguntaba a sí misma en quién podía confiar para pedirles ayuda. Sólo se le ocurría solicitar apoyo al viejo señor Hawkings, pero no creía que el pobre hombre pudiese hacer nada por ellos más allá de protegerles un poco dentro de la propia casa. Casi desesperada, sin saber a dónde llevaría a su hermano y pidiendo a sus padres que la ayudaran desde ahí arriba, de repente, una idea se abrió paso en su mente: buscar a la señora Audrey.

La vieja señora Audrey fue como una segunda madre para ellos, sobre todo en los tristes meses que pasaron entre que su padre falleció y hasta que la bruja la despidió con toda la maldad. La mujer había sido muy cariñosa con ellos y la que mejor los había tratado desde que eran niños. Los quería mucho, aunque en realidad había querido a toda la familia Monroe desde que comenzó a trabajar para ellos, pues sabía lo luchadores que habían sido sus padres y las dificultades por las que habían pasado. Los días oscuros en los que su padre falleció y la señora Audrey fue despedida todavía hacían estremecer a Christine. Al menos se consoló sabiendo que la cariñosa sirvienta había encontrado trabajo inmediatamente en un lugar más lujoso, el castillo Pendelton en el pueblo de Disemberg, situado a más de un día de camino de la capital Viraqua. No creía que la señora Audrey echara de menos trabajar en esa casa al servicio de la bruja, pero Christine sabía que al menos a ellos dos sí los estaría echando de menos.

Estaba decidido, definitivamente escaparían de allí y le explicarían la situación a la señora Audrey. La antigua sirvienta les aconsejaría qué podrían hacer. Christine tenía claro que, según la ley del estado de Viraqua, ella y su hermano estarían cometiendo una imprudencia escapando del hogar. Sabía que habría consecuencias, pero pensó que prefería cualquier cosa antes que seguir en peligro en esa casa... Y de repente, el sonido de alguien moviéndose más allá del pasillo la sacó de sus pensamientos.

Unos pasos irregulares se oían procedentes del dormitorio de Lady Caterham, y Christine sintió que se abría la puerta de la bruja. Todo sucedía demasiado rápido y a ella apenas pudo darle tiempo de guardar ni esconder nada, tenía todo el equipaje encima de la cama e incluso el cuchillo estaba a plena vista. Al menos Christine no había encendido la luz en todo este tiempo, llevada por el sigilo que requería la situación al preparar el equipaje.

La terrible y cansada respiración de una persona que ha hecho demasiado esfuerzo, y para Lady Caterham moverse ya era un esfuerzo, se oía venir por el pasillo. Christine casi no tenía tiempo para esconder nada si esa bruja aparecía por la puerta. Estaba demasiado nerviosa para reaccionar. ¿Debería esconderse cuanto antes? ¿O es que en realidad Lady Caterham se dirigía al otro dormitorio para acabar con su hermano ya? Christine tenía los nervios a flor de piel y tenía que hacer algo en apenas unos segundos, se sentía como un animal a punto de ser atropellado. De repente vio que los pasos se paraban frente a su puerta. Estaba ahí fuera, la respiración grave y cansina no se alejaba. Christine empujó la maleta abierta tras el lateral de la cama que daba a la ventana, dándole igual que todo hiciese ruido, y de un rápido salto agarró el cuchillo, que se veía fácilmente. Y justo cuando la bruja abrió la puerta de su dormitorio a ella le dio tiempo a meterse entre las sábanas con el cuchillo en su mano, manteniéndolo justo en el lateral de su cuerpo, de forma que permanecía bien escondido.

No quería ni abrir los ojos. Allí en la oscuridad estaba esa mujer monstruo con la respiración alterada, curioseando. Se habría despertado por tantos ruidos y pasos en su habitación, y habría sospechado que Christine estaba tramando algo. Ella, sin embargo, se mantuvo con los ojos cerrados y tratando de imitar los movimientos y la respiración de una persona dormida, pero sus nervios eran casi incontrolables. La bruja caminó hacia la cama pesadamente. Probablemente tendría una expresión de extrañeza, pues sospechaba que algo estaba pasando allí. Y de repente Christine notó la respiración monstruosa justo delante de su cara. Lady Caterham estaba tratando de comprobar si de verdad ella estaba dormida. A Christine le resultó tentador, como en las escenas de terror que había leído en algunos libros, el hecho de clavarle el cuchillo al monstruo justo en ese momento. La vida de su hermano estaba en juego y ella podría salvarle justo ahora, aunque luego la condenaran y fuera a la cárcel por asesinato. Su hermano viviría libre y sin peligro.

Sin embargo se mantuvo quieta, como si fuese una piedra. Aunque una cosa tenía clara, algo que pasaba por su mente a toda velocidad: si esa bruja planeaba hacerle algo justo en ese momento, ella no dudaría en utilizar el cuchillo. Tras aguantar durante unos segundos el horrible aliento de Lady Caterham, Christine pudo escuchar que ésta se alejaba por fin y cerraba la puerta del dormitorio tras de sí. Por suerte no había visto la maleta deshecha tras la cama. Pero lo que más le preocupaba ahora era la suerte que correría su hermano. Christine se dio cuenta de que no podía vivir así noche tras noche, sin poder dormir por si tenía que salir a defender a Félix, así que esto reafirmó más su idea de escapar de esa casa cuanto antes.

Se levantó de la cama, todavía con el cuchillo en la mano, y se acercó sigilosamente a su propia puerta, tratando de comprobar que la bruja sólo había estado curioseando en su dormitorio, no en el de Félix. Entreabrió la puerta para asegurarse, y justo en ese momento Lady Caterham cerraba la de su habitación. Ahora Christine sólo tenía que esperar a oír los ronquidos de nuevo para ponerse en marcha y escapar de allí por fin.

Una de las cosas más importantes que se llevaría consigo Christine, aparte de una pequeña reserva de dinero que siempre tuvo escondida, eran las joyas que su madre le había dejado: unos preciosos pendientes de oro y zafiros, un anillo que también perteneció a su abuela y una pequeña gargantilla de cadenita muy fina de la que colgaba una preciosa esmeralda. Guardó cuidadosamente todo esto en la maleta y se dispuso a seguir preparándose para huir. Buscó también una pequeña bolsita de piel para llevar consigo ese poco dinero que tenía para casos de necesidad. Mantener siempre una reserva de dinero era un hábito que sus padres le había aconsejado que hiciera desde que era una niña, con la intención de educarla para ser una persona ahorradora.

En poco menos de media hora estaba lista para escapar. Se guardó el cuchillo bajo el vestido, atándose una fuerte cinta en el muslo y sujetándolo con ella, sin apretar demasiado pero lo justo para que el arma se mantuviera a mano por si acaso. Estaba en una zona en la que quedaría bien sujeto y a mano, sólo por si lo necesitaba, aunque no creía que fuese capaz de usarlo nunca. Se sentía un poco cobarde, y aquella huída de su propia casa la hacía dudar aún más. En vez de enfrentarse a las situaciones, escapaba de donde vivía para buscar a la señora Audrey, a sus diecinueve años ya y siendo toda una mujer. Pero es que ella era así y por mucha pena que se diese a sí misma, era lo único que se le ocurría hacer. Pensó que ojalá supiera de otra solución, pero el tiempo corría en contra de ella y de su hermano.

Con todo ya preparado, se presentó sigilosamente en el dormitorio de Félix y se dispuso a despertarle y contarle qué estaba ocurriendo. No quería decirle al pobre chico que estaba en peligro de muerte, pues sólo tenía diez años, pero intentaría explicarle que tenían que salir de allí cuanto antes. La dulce carita de su hermano en la oscuridad, durmiendo tan tranquilo, volvió a hacerla dudar. ¿Estaba haciendo lo correcto? ¿Era justo meterle en esa aventura en la que ni ella misma sabía si podrían sobrevivir? No quería pensarlo mucho más y confiaba que sus padres la guiasen desde ahí arriba para estar haciendo lo que era mejor para ellos dos.

La acompasada respiración de Félix continuó durante unos segundos, hasta que Christine tuvo que moverle el brazo varias veces para que se fuera despertando. El chico le daba pena, pues había estado teniendo una infancia difícil, sólo al cuidado de ella, y ahora lo llevaba hacia un destino incierto.

- Félix, despierta... –le susurró.

Christine se lo dijo un par de veces hasta que su hermano abrió los soñolientos ojos y le preguntó que qué pasaba.

- Tenemos que irnos de casa...

- Pero, ¿ahora? –preguntó él, todavía desconcertado por la visita de su hermana.

- Me temo que sí, Félix. Tenemos que irnos porque no estamos seguros aquí. Será como una aventura –intentó decirle ella de forma positiva.

Bostezando y con mucho sueño, el pobre chico no sabía qué estaba pasando y comenzó a incorporarse sentándose en la cama.

- ¿Qué está ocurriendo, Christine?

- Shhh... baja la voz... Tienes que confiar en mí, te lo explicaré por el camino. Pero tienes que darme tu palabra de que, hasta que pueda explicártelo con tranquilidad, harás lo que yo te pida.

Félix la miró, todavía con el sueño en su rostro, pero aceptando lo que su hermana le decía.

- Vale, ¿qué tengo que hacer? ¿Me preparo ya?

Christine asintió con la cabeza, sonriente, y no pudo evitar darle un beso en la frente a su hermano. El encantador niño se portaba maravillosamente con ella y ambos estaban muy unidos. Era algo que una bruja como Lady Caterham jamás podría entender.

Mientras Félix se vestía, Christine bajó el equipaje hasta la salida de la casa con el mayor de los silencios posible, aunque muy asustada por si los descubrían. En la oscuridad pudo ver cómo el chico le hacía caso, y en poco tiempo Félix estaba bajando en completo sigilo las escaleras que daban a la entrada de la casa. A Christine se le encogió el corazón al ver que su hermano llevaba en sus brazos un muñeco de trapo que ella misma le hizo varios años atrás, el Señor Pompis. A Félix le hizo mucha gracia el nombre y le encantó el regalo, y Christine sabía que el Señor Pompis había acompañado a su hermanito en momentos difíciles.

Agarrando a Félix de la mano con dulzura, Christine abrió la puerta de su propia casa tratando de no hacer ruido. Ambos salieron sigilosamente al frío y la oscuridad de la noche, todavía con un poco de miedo por si la bruja se había dado cuenta de algo. Esperaba que aquella decisión no fuera un error y hubiese acertado al escapar de allí con su hermano. Pronto lo sabría.