CAPÍTULO 4: DECISIÓN
- ¡Yo recorro ciento veinte kilómetros de distancia en menos de tres horas! –decía "Moscas".
- ¡Y yo doscientos y pico, llegaría antes que tú a cualquier sitio! –exclamaba "el loco".
La situación se había vuelto tensa después de que Christine explicara hacia dónde tenían que viajar ella y Félix. Ambos hombres estaban de pie, gritándose el uno al otro. Mientras tanto Terry y Pierre, que Christine averiguó de este último que era algo así como un "jefe" del negocio, los observaban con seriedad. "Calvorotas" sin embargo no parecía inmutarse ante la discusión, y seguía leyendo su libro como si nada, acostumbrado a los enfrentamientos entre aquellos dos. "El loco" había levantado su puño, ya que estaba dispuesto a pegar a su interlocutor si hacía falta. Un par de moscas de "Moscas" revolotearon entre ambos.
Christine se había cuidado mucho de contarles a todos que el verdadero motivo de su viaje a altas horas de la noche era escapar de una madrastra asesina, y por suerte Félix había permanecido callado, dejando que su hermana se explicara. Ella les contó a todos que su abuelita estaba enferma y que ellos dos la querían mucho, pero que vivía en otro pueblo y sus padres no les dejaban ir a verla. Así que como travesura decidieron escapar esa noche hacia Disemberg a ver a su abuelita. La parte cierta de la historia era que iban a buscar a la señora Audrey y que ésta era prácticamente su abuelita, pero lo que no les dijeron es que probablemente Lady Caterham empezaría a buscarlos en cuanto se levantase aquella misma mañana y se quitara sus legañas de bruja, dándose cuenta de que ellos habían huido.
Mientras "El loco" y "Moscas" discutían ya sobre quién era capaz casi de volar con sus carruajes, Pierre le preguntó a Christine para aclarar su situación:
- Entonces señorita, a ver si lo he entendido bien: quieres que te llevemos hasta Disemberg lo antes posible, ¿cierto?
- Así es, señor Pierre... –respondió ella tímidamente.
- Y permites que no nos hagamos responsables de lo que ocurra en los más de trescientos kilómetros de viaje que nos separan de Kirev, ni en los más de doscientos que separan Kirev de Disemberg, ¿verdad? –dijo él para asegurarse de tener menos responsabilidad.
- Pues... sí, yo me encargaría de pagar la comida y el descanso en Kirev en las dos jornadas de viaje hasta Disemberg, tanto de mi hermano y de nuestro cochero, como del mío...
- Suena bastante bien... es un trabajo sencillo... –dijo Pierre pensativo llevándose una mano a la barbilla.
Mientras Christine y Pierre hablaban los términos del acuerdo, Terry recogía un poco la mesa, aunque escuchaba atentamente sin mirar a su jefe y a la chica. En otro lugar de la sala, "Calvorotas" seguía leyendo su libro, pero se desesperaba cada vez más, interrumpido por la discusión entre "Moscas" y "El loco". El enfado entre ambos había aumentado de intensidad y ya habían pasado a los insultos personales una vez más...
- ¡Yo soy más rápido en llevar a los chicos a dónde sea! –decía "Moscas".
- Sí, pero también más sucio. Dudo que los jovencitos quieran oler tus esencias y quitarse tus moscas de la cara continuamente durante tanto tiempo de viaje –contestó "El loco".
- Serás... ¡Al menos no estoy como un cencerro, y seré capaz de llevarlos a su destino! ¡Aún recuerdo aquella vez que llevaste a aquel señor de la gabardina durante más de cien kilómetros hacia el sur, cuando el pobre hombre quería ir al norte! Y lo peor no es eso, ¡te empeñabas en volver marcha atrás y sin girar, cuando sabes perfectamente que los caballos no trotan hacia atrás! –le dijo "Moscas".
- ¡Sí que trotan hacia atrás, que no conoces siquiera tu trabajo, pedazo de...!
Mientras se insultaban, Pierre confirmó con Christine un último punto del posible acuerdo:
- Pero sólo tienes quince monedas de cobre para pagarnos el viaje, ¿verdad?
Fue justo en ese momento cuando "Moscas" y "El loco" detuvieron por un momento su discusión. Terry se quedó parado mientras limpiaba la mesa, escuchando...
Los dos hombres enfrentados se miraron y luego miraron a Christine, al pequeño Félix y a su jefe Pierre.
- ¡Aaaaah, no, eso sí que no, por quince cobres no me muevo, ni loco! –dijo precisamente "El loco". Luego fue hacia la mesa y se sentó, disimulando su actitud recogiendo las cartas que aún quedaban esparcidas –. Este encargo es todo para ti, "Moscas".
- D... discúlpenme pero ya... Ya no me interesa... Voy al aseo... –"Moscas" se metió en uno de los pasillos que se dirigían hacia el interior de la casa.
Pierre se encogió de hombros y miró a Christine, aunque con algo de pena.
- Parece que por quince cobres no habrá acuerdo, señorita. Siento mucho toda la molestia que os hemos ocasionado, pero podéis quedaros aquí todo el tiempo que queráis. Mañana habrá un buen desayuno por si os queréis quedar, invita la casa. Total, quedan unas tres horas para que amanezca.
Pierre se dirigió a su silla para sentarse y olvidar el tema, sabiendo que no estaba actuando correctamente pero aun así queriendo hacer negocios de verdad. Terry miró a los chicos, pero siguió limpiando la mesa, a él tampoco le interesaba un viaje así por esa recompensa. No había nada que hacer, y Christine bajó la mirada, entre decepcionada y avergonzada ante su propio hermano por no haber podido conseguir que alguien les ayudara a escapar de Viraqua. Si nadie les quería llevar siempre sería más peligroso quedarse a merced de Lady Caterham que emprender cualquier camino aunque fuese caminando. Pero aún así, Christine sabía que no llegarían muy lejos. Empezó a pensar en las joyas de su madre, las que había guardado en el equipaje. Una gran duda pasaba por su cabeza. ¿Debía empeñar algo tan valioso económico y sentimental para poder escapar de aquella ciudad y poner a salvo a su hermano? Durante unos segundos se lo pensó, y por fin, se decidió. Haría lo que fuese por huir de Viraqua. Así que se dirigió a la esquina donde esperaba su equipaje, para abrir la maleta y...
Y justo cuando todo el mundo pensaba que iban a recoger sus cosas y marcharse, cuando Christine en realidad iba a sacar las valiosas joyas de su madre, el que llamaban "Calvorotas" levantó la vista de su libro y dijo:
- Yo os llevaré.
Tanto Christine como Félix lo miraron con un gesto de esperanza. Su propio jefe Pierre se quedó perplejo y hasta trató de disuadirle de una idea así:
- Pero Calvo... Sabes que la empresa se queda más de un cincuenta por cierto de los ingresos que nos proporcionan los viajeros. ¿En serio vas a llevar a los chicos por menos de diez miserables cobres? Y perdonadme estas palabras pero... –dijo Pierre excusándose al soltar lo de "miserables".
- ¿Tienes algún problema en que yo haga con mi tiempo libre lo que me dé la gana, jefe? –dijo "Calvorotas".
- N... no, no, no... No se trata de eso –dijo Pierre levantando un poco las manos a modo de disculpa –, sólo que...
- He dicho que yo llevaré a los chicos a Disemberg y punto.
- ¡Ya está el héroe calvorotas haciendo de las suyas! –soltó "El loco" desde su posición.
"Calvorotas" lo miró como a quién mira a una rata apestosa, y volvió a su libro:
- Dejadme terminar unas páginas y nos vamos de viaje, chicos –le dijo a Christine y a Félix.
Ellos no sabían cómo agradecérselo, y Christine tartamudeó.
- G... gracias... se... señor...
- Llamadme Rick, lo de "Calvorotas" es una imbecilidad de estos inútiles –dijo con desprecio y sin preocuparse de estar diciendo feas palabras incluso a su jefe –, que llevan tiempo sin darse cuenta de que sus apodos y sus bromas sin sentido me molestan sobremanera.
- Gracias pues... señor Rick –dijo ella.
El resto de compañeros de Rick permanecieron cada uno de ellos avergonzado a su manera, poco, mucho o nada, por no haber ayudado a un par de jóvenes que buscaban salir de la ciudad y que apenas tenían recursos.
No pasó más de un cuarto de hora cuando Rick "Calvorotas" cerró su libro de "Los viajes de Gulliver" y lo guardó entre sus pertenencias.
- Bueno, nos marchamos –dijo con seriedad.
Christine volvió a agarrar su equipaje y Pierre, silencioso, abrió la puerta a los tres. Los chicos se despidieron de los demás con la vista, y estos les hicieron un gesto con la mano. "El loco" guiñó un ojo a Félix de forma simpática y el chico no pudo evitar sonreírle.
- Llévalos en mi carromato, Rick, es el más cómodo y seguro –dijo Pierre desde la puerta, queriendo hacer algo bien.
Rick se limitó a contestar con un gruñido, pero aceptó el préstamo del mejor carromato, el de su jefe. Tampoco quería que la situación se volviera más tensa, y además Pierre tenía razón, irían más seguros en el mejor carromato.
- Venid por aquí –dijo Rick, recogiendo con amabilidad el equipaje de Christine y llevando a los chicos hacia donde estaban resguardados los carruajes.
Christine no es que estuviera del todo segura y conforme con que Rick los llevara hasta Disemberg, pero quizás era la mejor opción. Si "Moscas" o "El loco" se hubieran hecho cargo de su transporte, no sabría si iban a acabar bien y si llegarían a salvo a Disemberg.
Cuando los chicos vieron el carruaje que les prestaba Pierre se quedaron boquiabiertos. Era una auténtica carroza de lujo, absolutamente maravillosa en su diseño y acabados. Christine pudo ver la diferencia entre esta carroza y los demás carruajes ya que su padre les había enseñado a los dos todo lo que tenía que ver con los caballos y a montarlos. Ella pudo aprender todo el mundillo de los carros, carrozas y las variedades existentes de transporte animal, además de sus capacidades y calidades. Le gustaba muchísimo y era una de las temáticas sobre las que leía con avidez. El pequeño Félix, sin embargo, aunque no tan instruido en estos temas, también había aprendido a montar desde muy pequeño, y a distinguir un buen caballo de uno mediocre.
Mientras ellos admiraban la carroza en la que iban a ir hasta Disemberg y entraban en su interior acomodándose, apareció Rick, que traía de la cuadra un par de caballos negros absolutamente preciosos. Excepto los que tenían sus padres en su casa en el campo cuando ella era mucho más joven, Christine no había visto caballos más hermosos. Le dio muchísima pena no contar con más dinero para agradecer a Rick todos esos lujos con los que iban a viajar, pero tenían que guardar algo aparte de los quince cobres para su estancia en Disemberg, ya que no sabían cuánto tiempo iban a tener que permanecer escondidos. Lo único que se le ocurrió es agradecérselo tímidamente, y él le contestó que no había ningún problema y que los llevaba con mucho gusto. Fue la primera vez que ella lo vio sonreír, y pensó que quizás era porque estaba fuera de ese grupo de locos que eran sus compañeros.
Cuando los caballos estuvieron atados y ellos dos se pusieron cómodos en el interior de la carroza, comenzaron su viaje, con Rick dirigiendo en el asiento exterior. Pronto el cansancio se abatió sobre ellos nada más comenzar el viaje, tras tanto tiempo de estrés y sin haber dormido lo suficiente. El amanecer ya se divisaba en el horizonte mientras cruzaban las últimas callejuelas que daban a las afueras de la ciudad. El traqueteo de la carroza era bastante cómodo comparado con el que se produciría yendo en una de calidad inferior. Félix fue el que más lo agradeció, pues apoyado contra el hombro de Christine y con el Señor Pompis en sus brazos, pronto cayó dormido. El pobre chico estaba agotado, por las sorpresas y por la tensión de sentirse protector de su hermana.
Christine sin embargo, aunque estaba cansada, tenía los nervios a flor de piel. Comenzaba la verdadera aventura para ella y para Félix. Muy pocas veces habían salido de Viraqua y no sabía si podrían escapar de las maquinaciones de su madrastra. "Ojalá papá y mamá nos protejan", pensó, mirando hacia el paisaje, Mientras tanto, a menos de un kilómetro todavía de distancia con respecto a ellos dos, Lady Caterham salía de su cama, dándose cuenta del extraño silencio que se sentía en casa aunque sin saber por qué. Pocos minutos después se encontraría con que los chicos habían escapado de sus garras.