V
El camino del peligro

Doc se apartó de la ventana. Sin prisa aparente, pero en realidad con una ligereza engañadora, se acercó a la mesa y tocó varios segmentos de sus molduras, que cedieron a la presión de sus dedos, para volver inmediatamente a su lugar.

Todo el tablero labrado de la mesa era un macizo de resortes.

—Monk, tú y Ham os quedáis aquí para entretener a esa gente —ordenó Doc.

Monk inspeccionó al impecable Ham e hizo un gesto de desagrado.

—Está bien. Trataré de entenderme con este pollo.

Ham echó chispas por los ojos y miró a Monk agitando la caña sugestivamente. Su expresión decía claramente que nada en el mundo le proporcionaría más placer que hundir la hoja de su estoque en el cuerpo de Monk.

—El día menos pensado me haré un tapiz con tu pellejo —le dijo.

Estas amenazas, acompañadas de feroces miradas no tenían nada de extraordinario en ellos. Ham y Monk siempre estaban regañando. Sus diferencias databan de la Gran Guerra y la causa era un incidente al cual debía Ham su apodo.

En una ocasión, Ham, para divertirse, enseñó a Monk algunas palabras francesas muy insultantes y le dijo que eran los adjetivos más apropiados para congraciarse con un general francés.

Monk las empleó y dio con sus huesos en el calabozo.

Poco después de ser puesto en libertad, el elegante general Theodoro Marley Brooks fue acusado del robo de unos jamones. Alguien colocó el cuerpo del delito en su tienda.

Y el mote de Ham no se lo pudo quitar desde entonces. Y lo que más irritaba a Ham era que nunca pudo probar que fuera Monk quien le había jugado la trastada.

Monk miró con aire amenazador a Ham y preguntó a Doc:

—¿Dónde vas?

—Si no lo sabéis, podréis decir la verdad cuando os lo pregunte la policía —le replicó Doc.

Todos, excepto los dos designados, salieron del despacho y entraron en el ascensor especial. Siguió un descenso terrorífico que les condujo hasta el piso bajo.

Sin duda la policía de Nueva jersey y sus testigos se cruzó con ellos en algún punto del viaje.

Doc condujo a sus amigos por un corredor y entraron en un garaje que mantenía en una de las dependencias del piso bajo. En él había varios coches, todos excelentes, pero de colores sobrios.

Doc se acercó a una limosina y del bolso de una de las portezuelas sacó dos objetos. Uno de ellos semejaba un enorme reloj de pulsera.

El otro era una caja con numerosos resortes y que por medio de unas correas, podía llevarse oculta debajo de la ropa.

Los dos aparatos estaban conectados por medio de un alambre.

Doc apretó los resortes y sobre el cristal de la esfera del primero de los aparatos apareció la imagen de la habitación que acababan de dejar.

La Tía Nora miró la imagen y observó las figuras de Monk y de Ham. Sus ojos amenazaron con salirse de sus órbitas, cuando les vio acercarse a la puerta para permitir la entrada a una fila de hombres.

—¡Un aparato de televisión! —exclamó con asombro—. No sabía que los hiciesen tan pequeños.

—Los únicos que existen de ese tamaño son los que tiene Doc —le dijo Long Tom, con la satisfacción del hombre que trata de un adelanto notable en su profesión—. Doc mismo los ha construido. El transmisor está escondido en la pared de su despacho.

En la limosina había una instalación de radio, Doc abrió el aparato y el altavoz comenzó a repetir la conversación que se desarrollaba en la estancia del piso ochenta y seis. Con el televisor y la radio, Doc y los demás podían seguir la escena casi con la misma exactitud que si estuvieran presentes en ella.

Cuatro de los hombres que acababan de entrar llevaban el uniforme de la policía de Nueva Jersey. Un detective de Nueva York les acompañaba.

Los otros cuatro podrían haber sido recogidos en cualquier taberna.

Llevaban trajes, sombreros y corbatas completamente nuevos, lo cual despertaba la sospecha de que habían sido vestidos adrede para aquella ocasión.

—¿Dónde está Doc Savage? —preguntó uno de los agentes.

—A mí que me registren —dijo Monk con la cara más inocente del mundo.

—Ésta es una misión dolorosa para nosotros —dijo otro de los guardias— pues sabemos que Doc Savage es un hombre de excelentes sentimientos.

—No tan excelentes —protestó uno de los siniestros testigos—. Nosotros le hemos visto asesinar a un hombre. Ham levantó las cejas y dedicó una mirada dura al cuarteto. Éste era su elemento. Como abogado, había tenido que entenderse con más de un testigo falso.

—¿Han presenciado ustedes el crimen? —preguntó.

—Sí —afirmó a coro el cuarteto.

—¿Y están ustedes seguros de que ha sido Doc Savage? —el tono de Ham les llamaba embusteros con perfecta claridad.

—Sí. Hemos visto su retrato en los periódicos. Era él. No tenemos ninguna duda.

Ham señaló al cuarteto con su bastón en un gesto dramático.

—La Campana Verde les ha enseñado un retrato de Doc Savage y les ha dado dinero, para que juren que ha sido él quien ha cometido ese crimen, ¿no es así?

La brusca acusación no dio los resultados deseados. El que llevaba la palabra de los cuatro testigos, hizo un guiño a los guardias.

—Este individuo debe de estar mal de la cabeza —dijo—. Nosotros no sabemos nada de ninguna Campana Verde. Hemos visto a Doc Savage empujar a un pobre hombre contra aquel tercer riel y como honrados ciudadanos lo hemos puesto en conocimiento de la policía.

—Eso es —dijo otro de los falsos testigos—. Y no tenemos por qué escuchar insultos de este hombre.

—Calle usted —ordenó uno de los guardias. Luego se dirigió al abogado y le preguntó si sabía dónde se encontraba Doc Savage.

—No —replicó Ham y decía la verdad. Luego entró en la biblioteca y salió llevando una fotografía de un numeroso grupo de gente. Presentó el retrato a los cuatro individuos que afirmaban haber visto el crimen.

—Vamos a ver si conocen ustedes a Doc Savage —dijo.

Doc Savage no estaba en el retrato y Ham esperaba cogerlos en una falsa identificación. Tampoco le dio resultado la estratagema.

—¿Por quién nos ha tomado usted? —protestó uno de los testigos—. Savage no está aquí.

El abogado comenzó a preocuparse. Estaba ahora seguro de que aquellos bribones habían visto un retrato de Doc para identificarle. Savage tendría que hacer frente a un proceso por asesinato.

La policía de Nueva Jersey y de Nueva York tenía en gran estima al hombre de bronce, pero no podrían dejar en libertad a Doc Savage, habiendo cuatro testigos que aseguraban haberle visto matar a un hombre.

—¿Puede usted decirme si Doc Savage está dispuesto a entregarse a la justicia? —preguntó uno de los agentes de la autoridad.

—No —rugió Monk—. ¡De ninguna manera permitirá que le metan en la cárcel por una acusación falsa!

Los guardias adoptaron entonces una actitud más severa.

—Pues nos veremos obligados a detenerle donde le encontremos.

—No hagan caso a lo que diga éste —interpuso Ham—. No tiene ni pizca de sentido común, de manera que no sabe lo que piensa hacer Doc Savage. Yo estoy seguro de que tomará todas las medidas necesarias para auxiliar a la policía.

Los guardias mostraban claramente su disgusto por lo que estaba ocurriendo.

—Se trata de una acusación de homicidio —dijo el detective de Nueva York—, y me temo que tendremos que dar una orden de detención contra él.

La policía y el cuarteto de falsos testigos se dispusieron a partir.

—Mejor sería que vigilasen ustedes a esos cuatro pájaros —les advirtió Ham.

—No se preocupe —le replicó uno de los guardias—. Ahora los meteremos en la cárcel y los tendremos allí hasta que esto se aclare.

Doc Savage dio tiempo a que la policía saliera del edificio. Luego, por medio de un teléfono interior habló con Ham.

—La cosa tiene muy mal aspecto —le dijo—. Si me entrego tendré que ir a la cárcel. No hay libertad provisional en un caso de asesinato. Lo mejor que se puede hacer es salir de Nueva York, de manera que nos vamos inmediatamente a Prosper City.

—¡Magnífico! —exclamó Ham—. Vamos a atacar a la Campana Verde en su propio campanario.

—Tú no vienes —le dijo Doc.

—¿Por qué, Doc? —preguntó Ham disgustado.

—Porque alguien se tiene que quedar en Nueva York para encargarse de esta acusación de asesinato y tú eres el más indicado.

Doc colgó el teléfono sin hacer caso de las vehementes protestas de su amigo. La idea de quedarse en Nueva York cuando les demás iban a correr aventuras peligrosas, era un golpe duro para Ham.

Era, sin embargo, el más indicado para permanecer en Nueva York a causa de su profesión.

Doc tenía la costumbre de asignar a cada uno de sus hombres el trabajo para el cual estaban mejor preparados. En aquel caso un abogado era lo que hacía falta.

Monk no tardó en entrar en el sótano. Sonreía de tal manera que parecía como si las pequeñas orejas se le fueran a juntar en el cogote.

Se daba cuenta del disgusto de Ham y estaba tanto más contento por ello.

—Saldremos para Prosper City dentro de media hora. ¿Estarán ustedes dispuestos? —la pregunta iba dirigida a la Tía Nora, a Alice y a Ole Slater, pues Doc sabía que sus hombres tenían tiempo de sobra con aquel intervalo.

—Sólo tenemos que recoger las maletas que están en nuestro coche cerca de aquí —dije la Tía Nora.

—Yo tampoco tardaré en recoger la mía de la estación, donde la he dejado —ofreció Ole Slater.

Doc designó a Monk y Renny para que escoltasen a las dos mujeres, con gran satisfacción de Monk, que se moría por la compañía de las mujeres bonitas.

Ole Slater declaró que él no necesitaría protección, pues no creía que la Campana Verde estuviera enterada de su presencia en Nueva York.

Todos pudieron notar que Ole Slater miraba con hostilidad a Monk, cuando éste ofreció galantemente el brazo a Alice Cash.

Cada uno de los amigos de Doc reunió el equipaje que acostumbraba a llevar en todas sus excursiones.

Monk, por ejemplo, tenía un laboratorio químico, pequeño pero muy completo, Long Tom una serie de elementos propios también de su profesión.

Johnny, el arqueólogo y geólogo, llevaba la mayor parte de su equipo en la cabeza, en forma de conocimientos; por lo tanto, se encargaba de las ametralladoras, municiones, y algunas granadas de mano.

Las ametralladoras eran de un modelo notable. Parecían pistolas automáticas un poco más grandes que las corrientes y disparaban a una velocidad extraordinaria.

Todas estas armas eran destinadas a causar terror entre los enemigos, más bien que a matarlos, pues Doc y sus amigos nunca atentaban contra una vida humana si podían evitarlo.

Sin embargo, los enemigos de Doc morían muchas veces en las trampas que ellos mismos disponían para el hombre de bronce.

El grupo se reunió en el sótano y entró en la limosina. Un montacargas especial subió el coche hasta el nivel de la calle. Pocas personas, aparte de los empleados del edificio, conocían la existencia del garaje.

Ham, golpeando desconsoladamente el suelo con su bastón estoque, los vio partir desde la acera. Temía aburrirse sólo en Nueva York.

En momentos de peligro, Doc tenía la costumbre de utilizar coches abiertos o de ir fuera, de pie en el estribo.

Esta costumbre era una medida de prudencia, pues sus extraños ojos dorados descubrían siempre el enemigo antes de que éste se diera cuenta de su presencia.

En esta ocasión no siguió la misma norma y se escondió en el asiento posterior del coche, ya que de otra manera se hubiera expuesto a ser visto por la policía y a tener dificultades por ello.

Renny, se puso al volante y el coche emprendió la marcha. La lluvia había cesado casi completamente. En uno de los barrios extremos de la ciudad se detuvieron ante un gran almacén situado en medio de un campo. A la luz de los faros distinguieron un nombre sobre la puerta.

HIDALGO Y COMPAÑIA

Si alguien se hubiera tomado la molestia de investigar, hubiera descubierto que la supuesta, compañía sólo poseía aquel almacén y que estaba formada únicamente por Doc Savage.

Doc advirtió a todos que no salieran del coche. Por entonces, todos se habían dado cuenta de que los cristales de las ventanillas eran de más de una pulgada de grueso y a prueba de bala y todo el cuerpo de la limosina estaba formado por planchas de acero blindado.

Renny apretó un botón en el tablero de instrumentos, lo cual no produjo ningún efecto aparente en el vehículo. Pero las grandes puertas del almacén se abrieron silenciosamente.

Renny había encendido una linterna que proyectaba rayos ultravioleta, invisibles para el ojo humano, pero que obraban sobre una célula fotoeléctrica que ponía en movimiento el mecanismo de las puertas del almacén.

Al entrar el coche, los faros iluminaron el interior del local y la Tía Nora, Alice Cash y Ole Slater lanzaron tres exclamaciones de sorpresa que se fundieron en una sola.

Alojados en el almacén había varios aviones de diversos tipos, desde el enorme trimotor hasta varios autogiros pequeños. Todos los aparatos eran anfibios, es decir, que podían posarse lo mismo sobre tierra que sobre agua.

El automóvil entró en el hangar y todos sus ocupantes descendieron de él y comenzaron a descargar sus equipajes.

—¡Eh! —exclamó de pronto Monk—. Miren lo que viene ahí.

Siete ominosas figuras surgieron de la oscuridad del exterior. Cuando entraron todos a un tiempo por la ancha puerta, semejaban una bandada de cuervos. Todos iban cubiertos de la cabeza a los pies por un ropaje negro.

En el pecho de cada uno se veía pintada la imagen de la Campana Verde.

Tres de las figuras iban armadas de pistolas automáticas y las otras cuatro con ametralladoras pequeñas.

Colgadas del cuello por medio de cuerdas delgadas que podían romperse de un tirón, llevaban cintas de repuesto para las ametralladoras.

Las siete siniestras figuras se internaron algunos pasos por el almacén.

—¡Fuego! —gritó uno de ellos.

Las armas de que iban provistos abrieron un fuego espantoso. Las balas cayeron como una cascada sobre el grupo formado por Doc Savage y sus amigos.

Las detonaciones retumbaban en el interior del almacén con un ruido ensordecedor.

Alice Cash dio un grito y empujo a la Tía Nora detrás de la limosina. Ole Slater las siguió de un salto.

Doc Savage y sus cuatro ayudantes se limitaron a contemplar la exhibición como si no ocurriese nada.

A las balas les estaba ocurriendo algo misterioso. A pocos pies de Doc y sus hombres, se detenían en medio del aire y caían al suelo como una lluvia de plomo.

Algunas de ellas quedaban como suspendidas en el espacio, extrañamente deformadas.

Ninguna de las balas llegaba a su destino.

La banda de Campanas Verdes se dio cuenta de lo que ocurría y suspendió el fuego tan bruscamente como lo había comenzado.

Se quedaron con la boca abierta, mirando atónitos a sus balas suspendidas en el aire.

El jefe trató de gritar una orden. Su asombro era tal que hizo varios ruidos abogados e inteligibles antes de poder emitir claramente las palabras.

—¡Huyamos! —gritó—. Esta casa está encantada o algo así.

Los siete se volvieron como un solo hombre y trataron de ampararse en la oscuridad exterior. Lo que acababan de presenciar era desconcertante.

Pero lo que ocurrió entonces fue mucho peor, por lo menos para las Campanas Verdes. Dieron de cabeza contra una pared invisible.

Retrocedieron con las narices ensangrentadas. Dos de ellos cayeron al suelo aturdidos.

Los demás se dieron cuenta de lo ocurrido. Unas paredes de cristal, de un grueso a prueba de bala y muy transparente, se habían levantado delante de ellos.

La de delante debía de estar ya en su lugar cuando entraron y la de detrás se levantó cuando sus pies operaron un resorte secreto escondido en el umbral de la puerta.

Aullando de terror se lanzaron contra la transparente barricada. Dispararon contra ella. Sus balas caían al suelo o se clavaban en el cristal.

Algunas líneas delgadas, que parecían a la vista telas de araña se extendían de los puntos en que sus proyectiles tocaban la extraña barrera Doc Savage miró a sus compañeros y les dijo:

—Contengan la respiración por lo menos un minuto, si pueden.

A continuación sacó del bolsillo varios globos de vidrio muy delgado. Se acercó a la barrera de cristal y los arrojó por encima.

Las pequeñas explosiones que hicieron al romperse se perdieron en el espantoso ruido que hacían las Campanas Verdes.

Doc esperó conteniendo la respiración lo mismo que sus amigos. Ole Slater y las dos mujeres hicieron lo mismo, aunque no sabían de qué se trataba.

Los de las Campanas Verdes empezaron a proceder como personas que se han quedado dormidas de pie y fueron cayendo uno por uno, algunos pesadamente, otros con más cuidado, como si se sintiesen cansados.

Los dos que habían quedado aturdidos al chocar contra la pared de vidrio cesaron en sus convulsiones.

El minuto pedido por Doc había pasado. Entonces hizo una señal y sus compañeros comenzaron a respirar.