22. ME EMBARCO EN EL NORTE
Las esclavas, desnudas, acarreando fardos, cargaban el navío de Ivar Forkbeard, el Hilda, que estaba amarrado en el muelle de los Prados de la Asamblea. Nos hallábamos sobre las tablas del muelle.
—¿No volverás a Puerto Kar con Sarus y conmigo? —preguntó Samos.
—Creo —dije sonriendo—, que me embarcaré para el sur con Ivar Forkbeard, pues he de aprender todavía a romper el gambito del Hacha del Jarl.
—Quizá cuando llegues a Puerto Kar —dijo Samos— podamos hablar de temas importantes.
Sonreí.
—Quizá.
—Me parece —comentó Samos— que noto una diferencia en ti. Creo que aquí en el norte, de alguna manera, te has encontrado a ti mismo.
Me encogí de hombros.
Un marinero pasó junto a nosotros arrastrando a Telima por el brazo. Estaba desnuda. El pelo le caía sobre la cara. Tenía las muñecas trabadas a la espalda por las toscas manillas del norte. Había pasado los últimos cinco días encadenada en un pequeño cuchitril para esclavas. Miró a Samos, y luego, rápidamente, bajó la vista.
Él miró con furia a la vulnerable muchacha. Ahora sabía muy bien cuál había sido su papel, desempeñado voluntaria y gustosamente, en el plan de los Kurii.
—Procuraré que reciba un castigo ejemplar —dijo.
—Estás hablando de una de mis esclavas —repliqué.
—¡Ah! —comentó.
—Procuraré que reciba un castigo —dije. Ella me miró. Había temor en sus ojos—. Métela en el barco —le ordené al marinero. Éste la empujó delante de él, por la plancha, y la metió en el barco.
En Puerto Kar le quitaría el collar Kur y le pondría uno de los míos. Haría, también, que la azotasen. Después serviría en mi casa, como una de mis esclavas.
Alrededor de la frente lucía un tálmit de Jarl. Esa mañana Svein Diente Azul, delante de entusiasmados hombres, me lo había colocado. «¡Tarl Pelirrojo —había dicho—, accede con su tálmit a la categoría de Jarl de Torvaldsland!». Los hombres, entre vítores, me habían alzado sobre sus escudos. Ahora, si lo precisaba, podría decirles a los valientes hombres del norte: «Seguidme, hay trabajo que hacer». Y ellos, reuniendo armas, desplegando las velas al viento dirían: «Nuestro Jarl nos ha requerido. Ayudémosle. Hay trabajo que hacer».
—Te lo agradezco —le dije a Svein Diente Azul.
—Te deseo ventura, Bosko de Puerto Kar —dijo Samos.
—Tarl Cabot —rectifiqué.
Él sonrió.
—Te deseo ventura, Tarl Cabot —dijo.
—Te deseo ventura, Samos —repuse.
—Os deseo ventura, Guerrero —dijo Sarus.
—Y yo te la deseo a ti también, Guerrero —repuse—, Sarus de Tyros.
Samos y Sarus dieron la vuelta y abandonaron el muelle. Iban hacia el navío de Samos, en el que habían viajado al norte.
Observé a las muchachas que cargaban el barco. Aelgifu, o Budín, pasó junto a mí, y luego Gunnhild y Olga, encorvadas bajo los cofres que llevaban a la espalda. Morritos y Lindos Tobillos bajaron del navío por la plancha a buscar más fardos.
Miré al cielo. Estaba de un azul radiante.
Durante más de un día había estado acostado, con fiebre y delirios, mientras en mi cuerpo se libraba la batalla del veneno y el antídoto. Había sudado, y gritado, y sufrido dolores atroces, pero, por fin, había rechazado las pieles. «Quiero carne» —había dicho—. «Y una mujer». Forkbeard, que permaneciera a mi lado a lo largo de las horas de la solitaria lucha, me rodeó los hombros con el brazo. Había mandado traer bosko asado y leche caliente, y luego pan amarillo y paga. No bien hube dado buena cuenta de todo ello, arrojaron a Leah a mi lecho.
Leah iba siguiendo a las últimas muchachas, cargada con mis bártulos. Se quedó junto a mí. Luego Ottar, Gorm y los demás hombres de Forkbeard subieron al navío. Rollo ya estaba en él hacía rato, pues había sido el primero en subir, cargado con su hacha y numerosos bártulos, que acarreaba como si nada. Thyri, que también había subido antes, estaba junto al banco de Wulfstan, quien ya sujetaba un remo. Delante del mástil, encadenada a él por el cuello, la mirada baja, se arrodillaba Telima.
Zarpamos. Forkbeard y yo saludamos con las manos alzadas. Vimos a Svein Diente Azul saludarnos también, con Bera de hinojos tras él. Había muchos hombres allí, y muchachas.
Uno de los marineros levantó a la «chica de oro», para que pudiera ver. Luego la tiró otra vez a la cubierta, donde quedó tumbada boca abajo.
Poco después, anduve por entre los bancos hasta la proa y me quedé allí, mirando el mar. Leah me acompañó. Volví la cabeza hacia ella. Vi las adorables curvas de sus pechos, que la abertura de su basta túnica de esclava ponía al descubierto. Le miré el collar, los ojos. Le bajé la túnica de los hombros, hasta la cintura.
—Es la ilusión de vuestra muchacha el complaceros —dijo.
—Quítate la túnica —le mandé. Leah se desató la cuerda que ceñía la túnica a su cintura, la dejó caer hasta los tobillos, y luego se libró de ella con un ligero movimiento.
—A mis pies —le ordené.
—Sí, amo —susurró. Se tumbó de costado, con la cabeza sobre el brazo. No levantó la vista para mirarme.
Nuevamente me volví para contemplar el mar.
Pensaba en infinidad de cosas: en Ar, en Marlenus, en Talena, con la que estaba disgustado.
Me acordé de cómo, hacía mucho, había ido a los bosques en su busca. Mi intención había sido hacerla de nuevo mi compañera y adquirir notoriedad en Gor, elevar bien alta la silla de Bosko, trepando en riquezas y poder hasta las cumbres del planeta, para convertirme, con el tiempo, acaso en un Ubar del mundo.
Increíblemente, el anhelo de riquezas que me había conducido al bosque ya no parecía poseer mucho interés para mí. Ahora el cielo me parecía más importante, y el mar, y el navío en el que viajaba. Ya no soñaba en convertirme en un Ubar. En el norte descubrí que había cambiado. Lo que me había guiado a los bosques lo veía insignificante en estos momentos. Me habían cegado los valores de la civilización. Todo cuanto me habían enseñado era falso. Tuve esta sospecha en la cumbre del Torvaldsberg, al otear las hermosas tierras que se extendían abajo, blancas y desiertas. Aun los Kurii, aturdidos, se habían quedado inmóviles contemplándolas. Había aprendido muchas cosas en el norte.
En cuanto volviera a Puerto Kar, debía hablar con Samos.
Permanecí largo rato en la proa. Luego, al cabo de varias horas, comenzó a oscurecer. Con el pie empujé ligeramente a Leah. Se despertó. Se puso de rodillas y me besó los pies.
—Coge tu prenda —le dije—, pero no te la pongas. Ve al saco de dormir de piel de eslín que hay junto a mi banco. Tiéndelo en la cubierta, en medio de los bancos. Luego métete dentro y espérame.
—Sí, amo —susurró.
Me volví, a tiempo de verla deslizarse, con los pies por delante, con un movimiento de caderas, dentro del saco.
Pasé frente a Telima, que seguía encadenada al mástil. Rehuyó mi mirada. Se hincó de rodillas, girando la cabeza y apoyándola en la cubierta.
Me quité la túnica y la arrojé debajo del banco. Luego, tras enrollar el cinturón en la vaina de mi espada, con ésta en su interior, coloqué las tres piezas dentro del saco para protegerlas de la humedad. Entonces me introduje en él.
—¿Puede vuestra esclava, Leah —susurró Leah—, tratar de dar gusto a su amo?
—Sí —repuse. Ella empezó a besarme, con el lascivo alborozo de una esclava, a la que no se da otra opción que revelar y liberar sus más profundos y recónditos deseos, y obrar sobre ellos con absoluta maestría.
Hacia el amanecer Leah dormía, y yo la atraje hacia mí. Levanté la vista y contemplé las estrellas.
Salí del saco de dormir y me vestí, colgándome asimismo la espada de acero de Gor en el costado.
Forkbeard estaba en la caña del timón. Le hice compañía durante un rato. No dijimos palabra.
Observaba el mar. Miraba las estrellas.
Decidí que, en cuanto llegara a Puerto Kar, hablaría con Samos.
Luego, en silencio, escuchando el rumor del agua contra el casco, me concentré de nuevo en las estrellas y el mar.