Epílogo:
Ante dos tumbas en La Mariposa
Adolfo Segura y su esposa llegaron ante el viejo roble.
—¿Qué quiso decir César? —preguntó la mujer.
Segura no contestó. A pie del roble, la hiedra lo había invadido todo; pero a través de las verdes hojas se veían brillar unas losas de mármol. Adolfo Segura apartó la vegetación y lanzó un grito de asombro:
—¡Oh! ¡Dios mío! Lee.
Su esposa se inclinó y, a la vez que su marido, leyó:
Aquí yace, en la paz del Señor, Anselmo Salinas, que murió el 7 de abril de 1847, en el naufragio del «San Carlos».
—Y ésta…
Salinas señaló la otra losa, en la cual, y con sólo la variación del nombre, que era el de Antonia Gonzaga, decía lo mismo que en la anterior.
—¿Qué significa esto? —tartamudeó Adolfo.
—Que durante veintitrés años os he dado por muertos —dijo detrás de ellos una voz.
Adolfo Segura y Adela González se volvieron, hallándose frente a César de Echagüe.
—No embarcasteis en el San Carlos, ¿verdad?
—No —contestó el hasta entonces llamado Adolfo Segura—. Cuando llegamos a la vista del barco lo encontramos vigilado por los soldados yanquis. Sin duda se les avisó de alguna forma y habían establecido una guardia. Unos marineros que estaban en una posada se ofrecieron a llevarnos hasta el barco; pero tuvimos que cambiar de ropa con uno de ellos y con su mujer. Ellos se fueron delante y nosotros debíamos seguirles; pero un arriero nos propuso llevarnos a Méjico por un camino más seguro, y a última hora aceptamos su oferta.
—Hicisteis bien. El San Carlos, al ir a salir del puerto, se hundió y perecieron todos los tripulantes y pasajeros. Casi seis meses después se encontraron dos cadáveres muy desfigurados. Vestían vuestras ropas y todos dijeron que erais vosotros. Se os dio por muertos y yo hice que os enterrasen aquí.
—¿Es por eso por lo que no enviaste dinero a Méjico?
—Claro. Y como no recibí noticias vuestras…
—No nos atrevimos a comprometerte. Luego, al pasar los años y no saber nada de ti, creí que… creí que no eras el buen amigo que yo había imaginado. Después de casarnos en Méjico organizamos un poco nuestra vida y fuimos saliendo adelante. Cuando hubo pasado el tiempo suficiente para que no se nos pudiese acusar de nada, decidimos volver. Y en seguida supe que La Mariposa estaba en tus manos y que la habías convertido en tu mejor finca.
—En la tuya, Anselmo —sonrió César. Todos los beneficios que me produjo fueron invertidos en mejorarla. Estoy dispuesto a vendértela por el mismo precio en que te la compré.
—¿Te entregó El Coyote aquel recibo?
—Sí.
—Quisiera premiar de alguna manera la ayuda desinteresada que entonces nos prestó.
—No creo que El Coyote necesite premios.
—¿Y no sabes quién es?
—No. En todo este tiempo nadie ha podido saberlo.
—Aquélla debió de ser su primera aventura, ¿no?
—Sí, creo que sí.
—¿Nos reconoció usted al vernos? —preguntó Antonia.
—Sí; pero creí que se trataba de un parecido muy grande y temí que intentaran engañarme. Les daba por muertos, y al verlos resucitados… dudé. La historia de su muerte era conocida en Los Ángeles. Podían ser unos aventureros dispuestos a hacerse con una finca que ahora vale una fortuna. Por ello no demostré que los conocía…
—Y nosotros creíamos que no querías conocernos —rió Salinas—. Sentí un desengaño.
—Por eso te dije que vinierais a este árbol. Si eras Anselmo Salinas debías encontrarlo en seguida. Si no lo eras… ¿Comprendes?
—Ahora, sí. Lo que no comprendo es que El Coyote me escribió un mensaje, diciéndome que fuéramos a tu casa y que luego nos hablaría…
—Aquí estoy —dijo una voz, detrás de Salinas, César y Antonia. Y un enmascarado surgió de entre los árboles.
—¡El Coyote! —exclamó Salinas, yendo hacia él.
El enmascarado lo contuvo con un ademán…
—No —dijo—. No es necesario. Ya todo se arregló, y mi intervención no ha sido precisa. Quería que el señor Echagüe les reconociera. Ya lo ha hecho y sé que cumplirá su palabra. Adiós.
Y saludando con una inclinación de cabeza, El Coyote desapareció por entre los árboles.
Siguiéndole con la mirada, Salinas comentó:
—Casi hasta ahora había creído que El Coyote y tú erais la misma persona.
—Estás muy equivocado —rió César—. Yo continúo siendo un hombre muy tranquilo y nada violento.
—Pero antes manejabas el revólver como un brujo.
—Pero eso era hace veintitrés años. Bien, os dejo aquí, porque supongo que tendréis ganas de visitar vuestra hacienda. ¿Pensáis conservar vuestros nombres actuales o los antiguos?
—Dejaremos que Anselmo Salinas y Antonia Gonzaga reposen en estas tumbas —replicó Salinas—. Continuaremos siendo, como en Méjico, Adolfo Segura y Antonia González de Segura. Así nadie nos molestará.
—Como queráis. Haré extender hoy mismo el contrato de venta. Adiós.
César se alejó por entre los árboles. Adela le siguió con la mirada y murmuró:
—¡Qué ingenuo es!
—¿Qué dices? —preguntó su marido.
—¡Eh! Oh, nada. Decía que es una bella persona.
Y Adela González sonrió, porque desde hacía muchos años —aunque hacía poco hubiera sentido ciertas dudas— ella había sabido quién era, en realidad, El Coyote, pero comprendía que lo menos que podía hacer por el hombre que le había conservado la existencia de su marido era callar la verdad que sus ojos de mujer descubrieron desde la noche en que El Coyote los ayudó a huir.
—Es muy bueno —suspiró Salinas.
—Que Dios le bendiga y le dé toda la dicha que merece —deseó la mujer.
—No ha sido afortunado —replicó Salinas—. Se casó con Leonor; pero su felicidad duró poco.
—Si no fuera tan ciego sabría que en su hogar tiene otra felicidad.
—¿Su hijo?
—No. No es su hijo. Es otra mujer que le está demostrando a gritos que le adora, y él, por lo visto, no sabe oír esas voces tan claras.
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Dejándose caer en su sillón, César murmuró:
—Ya todo se ha resuelto.
Guadalupe inquirió, curiosa:
—¿Le reconocieron?
—Temo que Antonia sí. Me miró de una manera…
—Es una mujer muy sagaz —dijo Guadalupe—. Anoche me observaba con tanta fijeza que tuve miedo de…
—¿De qué?
—De que hubiera descubierto mi secreto.
—¿Tu secreto? —César se echó a reír—. ¿Es que acaso tú tienes secretos?
—Todos los tenemos.
—Debes de tenerlos muy encerrados cuando no he sabido descubrirlos —comentó César.
Guadalupe no contestó. En el vestíbulo del rancho se oyó la voz del pequeño César, y volviéndose hacia allí la mujer dijo:
—Su hijo acaba de llegar. Debe de venir completamente destrozado. Voy a mirar de lavarlo un poco.
César siguió con la vista a Guadalupe. Cuando dejó de verla rascóse la cabeza comentando en voz alta:
—Cada día la entiendo menos.
Luego, su expresión se suavizó. Su pensamiento volvía a Salinas y a su esposa, a muchos años antes, cuando El Coyote riñó su primera batalla. Entonces Guadalupe ya estaba a su lado; pero era una chiquilla que apenas levantaba cuatro palmos del suelo. Y sin embargo, ya entonces, siempre que le miraba, parecía estarlo adorando.