Capítulo 22


La Cruz Bajo La Antártida - II

—Creo que aquí se separan nuestros caminos.

—Sí. Aquí.

Eilert Lang respiró profundamente, intentando mitigar el extraño desasosiego que invadía el centro de su pecho. Miró de soslayo a Elke. Siguió con la mirada, una vez más, su impecable perfil. Un viento desapacible, que llegaba a rachas, alborotaba sus cabellos. La concertista parecía abstraída, cansada. Se habían detenido frente a los jardines de un moderno edificio de siete plantas, entre los números 13 y 15 de la avenida Franklin D. Roosevelt de París.

—Hay algo que quisiera decirle —balbuceó Eilert.

—No. No diga nada más, basta de palabras, se lo ruego —aconsejó Elke—. No vuelva a pedirme perdón por lo que ha pasado. Despidámonos como lo harían dos pasajeros que han compartido unas cuantas horas de forzada compañía en un avión.

—Me temo que no ha sido un vuelo agradable. Demasiadas turbulencias.

—Lo mejor de los aviones, Eilert, es no tener que cogerlos —susurró ella—. Personalmente preferiría no haber hecho este viaje jamás. Su historia me ha afectado. No puedo negarlo. Es un regalo indeseable. Una carga insoportable. Lamento que deba llevarla a sus espaldas. Lo digo sinceramente, sin atisbo alguno de cinismo.

—Lo sé. Procure olvidarlo todo.

—Eso haré. No podría vivir teniendo presente algo así. Necesito descansar. Esta noche llegarán mis compañeros. Reencontrarme con ellos será un buen antídoto.

—Me encantaría verla sobre un escenario, aunque me temo que no será posible —lamentó el biólogo—. No le he preguntado por el repertorio.

—Gabriel Fauré, Ravel y Debussy.

—¿El Preludio a la siesta de un fauno?

—Sí, también, entre otras.

Lang apagó el motor del coche. Entregó las llaves a Elke.

—Sólo una cosa más, antes de separarnos.

—¿Qué?

—No se fíe de nadie. Recele de todos. Cuente lo que quiera de mí a la policía, pero no caiga en la tentación de dar a entender que sabe lo que sabe —recomendó con expresión sombría—. Su único seguro es el silencio. No lo olvide. Usted es la víctima circunstancial de un enajenado que la tomó como rehén en su huida, ésa es la única versión que debe salir de sus labios. No se mueva de ahí ni un ápice. ¿Entendido?

—Seguiré su recomendación.

Bajaron del coche. Elke aseguró el bolso sobre el hombro y agarró con fuerza el estuche del Stradivarius. Se observaron en silencio.

—Adiós, Elke. Que tenga mucha suerte. Ojalá nos hubiéramos conocido de otro modo.

—Cuídese, señor Lang.

—Rainer, no lo olvide: Heinz Rainer.

—Sí, cierto, Rainer.

La concertista cruzó entre los parterres del jardín, sin detenerse ni mirar atrás. Intercambió unas breves frases con el guardia armado que custodiaba la puerta. Al punto, su silueta se difuminó hasta desaparecer en el interior de la embajada de Alemania en París.

Lang comprobó la hora. La manecilla sobrepasaba el mediodía. Detuvo un taxi, indicó la dirección y se abstrajo en el animado discurrir del paisaje urbano. La ciudad parecía desplegar sus mejores galas ante la proximidad de las fiestas navideñas. El informativo de la radio se centraba en la llegada de Benedicto XVI a Estambul y en las extraordinarias medidas de seguridad adoptadas por el Gobierno turco ante la visita del Sumo Pontífice a la antigua Constantinopla.

—Et voilà, monsieur: rue de Castiglione, Hôtel Lotti —anunció el taxista—. Ça coûte sept euros dix, s'il vous plaît.

El hall del hotel Lotti era un bullicioso tráfago de turistas que confirmaban sus reservas en la recepción o disponían equipajes una vez finalizada su estancia.

—Bonjour, mademoiselle, me he citado aquí con un cliente, un señor llamado Simon Darden. Tal vez haya preguntado por mí. Soy Heinz Rainer —anunció a una de las recepcionistas.

Ella le miró por encima del puente de las gafas sin dejar de pulsar las teclas de un ordenador.

—¿Tiene usted reserva con nosotros, señor Rainer?

—¿Eh? No…, no.

—A ver, un segundo, por favor —solicitó afable. Revisó un puñado de notas dispuestas en un casillero. Le miró a la cara poco después con una en la mano—. ¿Ha dicho Darden? ¡Sí! El señor Darden ha llegado hace media hora. Le encontrará en la cafetería Lotti Lunch, al fondo del vestíbulo, a la izquierda.

Lang distinguió al periodista de inmediato. Se había situado bien visible, en una mesa aislada, junto a un alto ventanal de luz tamizada. Ojeaba Le Fígaro al tiempo que daba buena cuenta de un pedazo de tarta de chocolate.

—Eso tiene un aspecto excelente —aseguró Eilert.

Simon Darden alzó la vista. Le costó dar con la mirada de Rainer. Sonrió.

—La verdad es que está delicioso, debería probarlo —recomendó—. Supongo que usted es el señor Heinz Rainer.

—Sí, en efecto.

—Es curioso, le imaginaba distinto —afirmó el inglés poniéndose en pie.

Lang le detuvo. Se estrecharon la mano.

—¡Ah!, ¿sí? ¿Cómo me imaginaba? —preguntó el biólogo tomando asiento.

—Pues, no lo sé, tal vez como a uno de los personajes de El tercer hombre.

—¿Me parezco a Orson Welles?

—Bueno, en su caso daría mejor en el papel de Joseph Cotten.

Eilert se echó a reír. Lo hizo abiertamente. Después, cruzó las manos sobre la mesa y se quedó mirando al periodista entre afable y curioso.

—Creo que nos entenderemos muy bien. Supongo que es una coincidencia el que haya mencionado esa película. Es una de mis favoritas. O mejor dicho: lo era. Hace muchos años que no voy al cine —confesó.

Se produjo un breve silencio.

—Por favor, siga comiendo, se lo ruego. Yo también pediré algo. Estoy muerto de hambre —sugirió al intuir el desconcierto de Darden—. Reconozco haber jugado con una ligera ventaja: tiempo atrás vi una foto suya en la edición on-line de The Guardian.

—¡Claro, mi columna de política internacional!

—Sí. La eligió bien —bromeó Lang—. Juraría, de todos modos, que ese retrato tiene unos cuantos años; no recuerdo esas canas.

Darden asintió con expresión de cazador cazado.

—Los periodistas somos gente vanidosa —admitió.

—Dígame: ¿es el afán de notoriedad el que le ha traído hasta aquí?

—¿Qué quiere decir?

—Bueno, tal vez sueña con ganar algún premio de periodismo de investigación destapando este asunto. No me malinterprete. No quiero ofenderle. Me refiero a que lo que le contaré no tiene nada que ver con las películas de espías. En el cine los protagonistas sobreviven. Es cierto que no siempre acaban en buenas condiciones, pero suelen llegar a los créditos finales. Y normalmente se quedan con la chica.

—Muy buena imagen.

—La realidad siempre supera a la ficción. A mí me tocó interpretar un papel estelar en… —Eilert dudó durante un segundo, desenfocó la mirada en el mantel— en lo que en un principio parecía ser un documental feliz, ameno y divulgativo, que por capricho del guión terminó siendo una película de terror. De haberlo sabido, le aseguro que no habría firmado contrato con la productora.

—Lo supongo.

—Por eso le dije que pensara bien lo que iba a hacer.

—Escuche, Eilert, yo

—Perdón, ¿ha dicho Eilert?

—Su verdadero nombre es Eilert Lang. Lo sé. Y juego con ventaja —afirmó Simon mostrando las palmas de sus manos—. Escalera de color, señor Lang. Encontré una foto de la Millenium Research en el Washington Post. Se le veía entusiasmado.

—Muy bien. Una simple pareja de rojos —reveló admirado el biólogo admitiendo la jerga del póquer como tapete de encuentro—. Y ya que estamos en Francia, touché. Sí, soy Eilert Lang.

—Se lo agradezco. Evitemos preámbulos innecesarios —recomendó el periodista a media voz—. Tengo claro que esto no va a ser un bucólico paseo por el campo. Me han amenazado. Y lo he tomado en serio. Muy en serio. Tengo mujer y un hijo. Si les ocurriera algo no me lo perdonaría jamás.

—Lo comprendo.

—¿Qué ocurrió en la Antártida, Eilert?

—Concédame un minuto y se lo explicaré. ¿Qué me recomienda? —preguntó echando un rápido vistazo a la carta.

—El tournedo con salsa de setas y mostaza.

—Me parece bien.

Tras ordenar la comida, Eilert Lang hilvanó la misma historia que dos días atrás había relatado a Elke Schultz. El periodista apenas le interrumpió. Se limitó a pedir permiso para grabar la conversación sin que su interlocutor pusiera reparo alguno.

—Encontrar esos cadáveres bajo el hielo fue un shock, se lo aseguro —afirmó con un hilo de voz. Parecía estar reviviendo en toda su intensidad aquel lejano día.

—¿Eran soldados alemanes?

—Sí. Algunos muy jóvenes. Angela y yo quebramos la capa de hielo con los picos. Desenterramos parcialmente a cuatro de ellos. Era evidente que habían sido abatidos durante la operación Highjump. En aquel momento ni ella ni yo sabíamos nada acerca de ese enorme despliegue militar estadounidense. Todo nos parecía irreal. No lográbamos entender qué hacían allí todos esos cuerpos. Lo descubrimos poco después. Otros cadáveres, en cambio, pertenecían a hombres de avanzada edad, casi ancianos. Ese lugar es un cementerio, señor Darden. El cementerio de Nueva Suabia.

—¿Comunicaron el hallazgo a sus compañeros de expedición?

—Aunque aquello superaba nuestra capacidad de comprensión, tuvimos claro que debíamos guardar silencio. Regresamos a Wichita temblando. Afortunadamente nadie advirtió nuestro estado alterado. Decidimos volver al lugar tres días más tarde. Queríamos tomar fotografías y recoger pruebas. Yo le propuse a la doctora Brandley compartir nuestro hallazgo con los demás, pero ella se negó en redondo. El miedo la paralizaba.

*****

—¿Estás loco, Eilert? ¡No puede ser que hables en serio!

—La locura es intentar mantener esto en secreto —insistí nervioso.

—Lo siento pero no me fío de nadie. Aquí se oculta un secreto terrible. Si Rodby y los suyos intuyen que hemos metido las narices en sus asuntos podemos pagarlo muy caro —advirtió alterada—. Ahora ya sabemos por qué nos mantienen lejos de la Tierra de la Reina Maud: es territorio prohibido, vedado. Lo que debemos hacer es dejar pasar unos días y seguir con lo nuestro, sin despertar sospechas. Regresaremos al glaciar y recogeremos pruebas. Luego decidiremos qué hacemos.

—Tal vez sea lo más prudente —convine al no tener más opciones a la vista.

—Lo es. Nuestra seguridad depende de que no desconfíen de nosotros. De momento todos ellos parecen tranquilos.

—¿Te has fijado en que nunca le quitan ojo a esa habitación que hay en el módulo central, junto a la emisora de radio?

—Sí.

—Tal vez allí guardan documentos, algún tipo de información que explique lo que está pasando aquí.

—No lo sé y no quiero saberlo. Júrame que no harás nada que nos comprometa.

—Tienes mi palabra.

*****

—¿Cumplió esa promesa?

—No. Todo ocurrió por mi culpa.

Eilert Lang suspiró con desasosiego. Sus ojos quedaron cubiertos por una pátina acuosa, azorada. Darden intuyó que el biólogo, en un arrebato imprudente, había propiciado la catástrofe que se desencadenaría en los siguientes días.

—¿Por qué no me lo cuenta? —aconsejó el periodista rozando levemente el hombro de Lang—. Creo que le hará bien desprenderse de ese peso.

—Tal y como le he dicho, tres días más tarde regresamos a la zona. Tomamos fotografías de los cadáveres. Yo recogí algunos objetos. Me llevé varias condecoraciones. Entre ellas, una Cruz de Hierro, la máxima distinción del Ejército alemán. También una pistola. Una Luger. Estaba en buen estado y tenía el cargador lleno. La limpié. Aunque no la llegué a utilizar, la perdí durante mi huida.

—¿Qué sucedió?

—Ese día realizamos un nuevo descubrimiento —rememoró Lang—. Disponíamos de tiempo y decidimos reconocer la zona. Recorrimos de nuevo la cordillera, a ambos lados del glaciar. Angela acabó por encontrar una compuerta en la roca, una especie de poterna parecida a la de los submarinos. Intentamos abrirla en vano. Estaba trabada desde el otro lado. Sólo pude constatar algo que me llamó poderosamente la atención. Era de una aleación rarísima, un metal desconocido, del color del grafito. El pico apenas lograba erosionarlo. Y a pesar del frío, estaba tibio.

—Realmente extraño.

—En aquel momento, sí. Dos años después encontré una información que me hizo entender su naturaleza. A comienzos del verano de 1940, Hitler ordenó a los mejores científicos nazis el desarrollo de un nuevo tipo de metal, capaz de resistir y aislar recintos sometidos a temperaturas próximas a los sesenta grados bajo cero.

—Dios mío —balbuceó Darden.

—Sí. La construcción de la Base 211 en Nueva Suabia había sido aprobada —aseguró Eilert—. Una empresa descomunal, pero no nos adelantemos.

—¿Qué ocurrió en Wichita, cómo se desencadenó todo?

—Maldito lugar —masculló. El periodista advirtió que un ligero temblor se apoderaba de sus manos al extraer un cigarrillo del paquete y llevárselo a los labios—. No me lo perdonaré jamás. Jamás. Esa noche, de regreso en la estación, expliqué todo lo que habíamos descubierto a Stan Barets, el francés.

—¿Les traicionó?

—No. Era un buen hombre, pero aquejado de una verborrea peor que la mía. Al principio no creyó nada de lo que le conté, aunque se rindió a la evidencia cuando le mostré las fotos y los objetos que habíamos recogido. Pese a todo, creo que se lo tomó como un juego. Él fue quien me propuso echar un vistazo a esa habitación cerrada. Por las noches sólo dos soldados americanos permanecían de guardia en el módulo, en una estancia próxima. Barets se presentó allí con una botella de vodka, alegando insomnio, y les animó a echar una partida de cartas. Era un consumado jugador de póquer. Mientras él les entretenía, yo logré colarme en el archivo de la base.

—Estoy en ascuas…

—Hallé mucha información referida a las actividades alemanas en el Atlántico Sur en los meses siguientes al final de la contienda. Eran copias de documentos clasificados con el sello de alto secreto. Llevaban el membrete del Departamento de Defensa de Estados Unidos.

—¿De qué actividades habla? —indagó Darden escéptico—. A todos los efectos, Alemania capituló incondicionalmente en 1945.

—Sí. Eso cree el mundo entero —zanjó Lang en tono áspero—. ¿Ha oído hablar en alguna ocasión de la flota perdida?

—¿Flota perdida?

—No me refiero a portaaviones —ironizó—. Alemania sólo llegó a construir uno. Me refiero a los submarinos. La nueva serie bautizada como XXI U-Boot. Casi un centenar de ellos desapareció como por arte de magia. Sin dejar rastro. Se volatilizaron. Poseo la relación y los nombres de sus capitanes. Esos submarinos, señor Darden, evacuaron a miles de alemanes entre mayo de 1944 y febrero de 1945. Miles. Tenían puertos seguros en los que aprovisionarse, en España y en Argentina. Franco no quiso intervenir en la contienda, pero su simpatía por el régimen nazi era manifiesta. Eso está en los libros de Historia. En cuanto a Perón, sabrá que admiraba al Führer. Su país jugó un papel decisivo en todo lo que le estoy contando. Los U-Boot alemanes se dedicaron sistemáticamente a transportar materiales, obras de arte, armas, tecnología y prototipos, provisiones no perecederas. Todo era enviado por vía férrea hasta España y trasladado a barcos y sumergibles.

—Pero no lo comprendo —titubeó el periodista desconcertado—. Estamos hablando sólo de una base, ¿no? ¡Una base militar en la Antártida!

—Cuando los alemanes comenzaron la construcción de Nueva Suabia tenían en mente una base. Eran verdaderos expertos en ingeniería subterránea. Poseían las tuneladoras más poderosas de la época. Las trasladaron hasta Argentina en barcos de carga y, desde allí, hasta la Tierra de la Reina Maud, territorio que habían reclamado formalmente a comienzos de la Segunda Guerra Mundial. Neu Schwabenland fue concebida como un enclave estratégico que les sirviera para dominar el sur del Atlántico, pero no tardaron en cambiar de opinión. ¿Me sigue?

—Creo que no demasiado.

—Alemania sólo cometió un error de bulto durante la conflagración, Simon. Hitler, en su obcecación, enardecido por los triunfos de la guerra relámpago, rompió el pacto de no agresión con Stalin e invadió Rusia. Ese fue el principio de su fin.

—Eso es una visión simplista. Stalin tampoco hubiera respetado ese pacto, sé lo que digo.

—Seguramente no, pero el Führer precipitó el desastre al abrir ese frente. Todos los que le rodeaban intuyeron que más pronto o más tarde serían derrotados. Es entonces cuando se decidió que la Base 211 se convirtiera en una ciudad.

—¿Una ciudad? ¿Qué entiende usted por ciudad?

—Una ciudad descomunal, inmensa. Más allá de cualquier límite concebible. Una ciudad capaz de crecer y albergar a miles de personas. Una nueva Thule bajo los hielos.

—Suena a guión de ciencia ficción.

—Lo supongo, pero es así. Para Hitler y la cúpula nazi, la totalidad de la Segunda Guerra Mundial, con todo su horror y destrucción, era tan sólo un capítulo más, un peldaño en su misión sagrada. La posibilidad de ser derrotados sólo era contemplada como un contratiempo en sus planes supremacistas.

—Supongo que se refiere a su ideario, a la mística —apuntó Darden suspicaz.

—Sí. Sólo se puede entender el nazismo si se analiza desde la óptica de la religión. Pretendían crear un nuevo credo universal. El Führer dejó constancia de su propósito sobre el papel. Recuerde sus palabras: «Me siento en el deber de obrar del mismo modo en que lo hizo el Creador Todopoderoso».

—Las conozco.

—Eso facilita las cosas, aunque nos estamos desviando. Y queda mucho por contar. Le decía que en el archivo de Wichita, aquella noche, hallé información acerca de los submarinos alemanes —afirmó Lang retomando el hilo principal de la historia—. En los meses siguientes al término de la contienda, varios de ellos fueron avistados en el Atlántico Sur. Algunos navegaban en superficie, desorientados, con problemas en sus sistemas eléctricos, cargados de provisiones. Tres de ellos, los U-Boot 530, 977 y 465, se rindieron en el Mar de Plata durante el verano de 1945. Dos de los capitanes, Schaeffer y Wermoutt, fueron conducidos a Estados Unidos, primero, y a Inglaterra, después. Les sometieron a interminables interrogatorios. Nadie podía entender que, meses después de la rendición de Alemania, empezaran a emerger submarinos en el hemisferio sur. Los servicios de inteligencia aliados comprendieron por fin dónde había construido el Reich ese Shangri-La anunciado por Dönitz. Los servicios de espionaje americanos lograron averiguar, en Buenos Aires, el emplazamiento de la Base 211. De inmediato comenzaron los preparativos de lo que sería la operación Highjump. En el año 1947, con el almirante Byrd al frente, los americanos desembarcaron en la Antártida. Fue una operación a gran escala. Miles de marines apoyados por una flota poderosa.

Eilert Lang se quedó ausente durante unos instantes. Darden hubiera jurado poder vislumbrar esa vasta fuerza de ocupación avanzando hacia la Tierra de la Reina Maud a través de hielos y ventiscas; parecía surgir de las pupilas del biólogo como un ejército de espectros.

—Los nazis les esperaban, señor Darden. Les tendieron una trampa mortal. Fue una carnicería. Se encontraron atrapados bajo un terrible fuego cruzado, hostigados desde el aire…

—¿Desde el aire?

—¿Ha oído usted hablar de los foo fighters?

—¿Foo fighters?

—Existen incontables informes de los pilotos ingleses referidos a los foo fighters. La aviación británica vengó, en la recta final de la guerra, el horror y la destrucción que las bombas volantes alemanas, las V-1 y V-2, habían sembrado en sus ciudades. Pulverizaron la capital del Reich. Palmo a palmo. En sus partes de vuelo consignaron haberse cruzado en el aire con naves, aviones, que despedían una potente luz anaranjada. Todos coinciden, sin fisuras, en que su forma era esférica, ovalada, similar a una pompa de jabón, y en el hecho de que volaban a velocidades inauditas. Las bautizaron como foo fighters. Yo hallé, señor Darden, dos naves que coinciden con esa descripción en las entrañas de la Antártida.

Un escalofrío sacudió al periodista de pies a cabeza. Recordó que sir Edward Harvington, al referirse a la operación Highjump, había mencionado las extrañas declaraciones realizadas por Richard Byrd a los medios de comunicación tras la precipitada retirada de las tropas estadounidenses destacadas en el Polo Sur. Esas palabras, extrañas, turbadoras, le supusieron ser considerado poco menos que un orate por parte de la opinión pública, y que recibiera una seria advertencia del Departamento de Defensa de Estados Unidos. Byrd no volvió a mencionar el asunto jamás.

—«Es imperativo que Estados Unidos de América tome medidas defensivas contra regiones hostiles… —parafraseó el periodista en tono sombrío—. No quisiera que nadie se sintiera innecesariamente atemorizado, pero es una realidad amarga que debemos tener presente: de producirse una nueva guerra, nuestro país podría ser atacado por naves capaces de volar de un polo al otro a velocidades inconcebibles…»

—¡Ajajá, muy bien, le felicito! Ahí lo tiene: Byrd se refería a los foo fighters nazis. En la Antártida, esas asombrosas naves les hicieron huir como a conejos. Los acribillaron… —sentenció Lang—. En los archivos de Wichita hallé varias fotos de esos aparatos, capaces de vencer la gravedad por electromagnetismo. Los americanos ya habían encontrado prototipos al terminar la guerra. En Polonia. Toda esa tecnología desencadenó la operación Paperclip: los yanquis se llevaron a los mejores científicos nazis a América. ¡A los pocos que quedaban, claro!

—Me he informado acerca de eso —aseguró Darden—. Siga con el relato de los hechos. ¿Qué hizo con todos esos documentos que encontró en Wichita?

—Esos documentos, y unos cuantos más que después cayeron en mi poder en Nueva Suabia, están a buen recaudo —aseguró Eilert con un brillo malévolo en los ojos—. A la mañana siguiente les mostré a Angela y a Stan todo lo que había sustraído del archivo. Entre los tres conseguimos ensamblar algunas partes del enorme puzle. Dos días más tarde, la doctora Brandley y yo regresamos a Neu Schwabenland. Teníamos claro que bajo esas montañas, bajo ese glaciar, se ocultaba una base alemana. Nos decíamos que de un modo u otro terminaríamos por hallar la forma de entrar en ella.

—Y la encontraron, ¿no?

—No. Descubrimos dos accesos más, pero nos resultó imposible introducirnos en ese búnker. Es divertido, pensábamos que lo que se hallaba bajo nuestros pies debía ser una especie de búnker. Nada más lejos de la realidad. Estaba herméticamente sellado. A media tarde regresamos a Wichita. Habíamos tomado una decisión: intentar comunicar por radio todo lo que habíamos descubierto. Eso, en aquellos momentos, se nos antojaba el mejor de los salvoconductos, la garantía de que nada malo podría pasarnos si la información salía de Wichita y se hacía pública a través de la prensa. Pero al llegar a las proximidades de la base, a tan sólo unos centenares de metros, Angela sugirió que nos detuviéramos. Entendí que algo andaba mal.

*****

—Algo raro está pasando —afirmó con absoluto convencimiento.

Bajó de la moto y caminó unos metros hasta coronar un suave repecho de hielo. Vi como escudriñaba a lo lejos. Después volvió y tomó unos prismáticos. Recuerdo que cuando me miró, su rostro era el vivo reflejo del pánico. Me tendió los binoculares y apuntó hacia Wichita. Pude ver claramente a Rodby y a sus hombres empujar sin miramientos a Stan, a Hatsuka y al resto.

—¡Dios mío! ¿Qué ocurre? —balbuceé atónito.

—Lo que ocurre, Eilert, es que alguien ha hablado demasiado.

—Pero no es posible… ¡Dios mío! ¿Qué están haciendo?

Amparados por la momentánea seguridad que suponía la distancia, asistimos al más terrible de los desenlaces posibles. Los militares, tras conducir a nuestros compañeros a una zona despejada, les obligaron a ponerse de rodillas y procedieron a eliminarlos de un tiro en la nuca. Los asesinaron sin titubeos. Uno a uno. Cuando el fragor seco de los disparos cesó, los empaparon en gasolina y los quemaron. Recuerdo que Angela lloraba y se agitaba en una convulsión frenética. Yo, no lo puedo ocultar, temblaba muerto de miedo. Creí perder el sentido. Vomité.

Entendimos que Stan había sido incapaz de preservar nuestro secreto. Tal vez le había comunicado a Hatsuka lo que sabíamos. Y éste, a su vez, lo había transmitido al resto. Cualquiera de ellos, ignorando la gravedad del asunto, terminó por preguntar abiertamente a alguno de los militares.

*****

—¡Qué horror, qué horror! —murmuró Simon conmocionado.

—En aquel momento, señor Darden, supe que Angela y yo íbamos a morir. Le aseguro que no existe nada comparable a la certeza de la muerte. Se convierte en una presencia devastadora —musitó Lang turbado, mortalmente serio.

—¿Qué hicieron?

—Lo único que podíamos hacer. Huir. Pero no hay lugares a los que huir en la Antártida. Es un océano de soledad. Un interminable espejismo blanco. Yo tenía un mapa. Sabíamos que más allá de la Tierra de la Reina Maud existía una base noruega. Calculé que debía de estar a unos doscientos cincuenta kilómetros y que la gasolina de reserva no nos permitiría llegar hasta allí. Decidimos que el único lugar que podía ofrecernos una posibilidad, siquiera remota, era Nueva Suabia. La Base 211. El Shangri-La de los nazis. Si lográbamos hallar la forma de entrar, claro. Para nuestra desgracia, el coronel Howard Rodby también lo entendió así.

—Comprendo.

—Si lo que le he contado hasta este punto le parece increíble, el desenlace desbordará su capacidad de comprensión —advirtió el biólogo. Depositó los cubiertos en paralelo sobre el plato, limpió sus labios y, tras doblar cuidadosamente la servilleta, se cercioró de la hora—. Permítame que me detenga en este punto y aplace el resto del relato. Ahora deberíamos efectuar una visita, antes de que oscurezca.

—¿Una visita?

—Si le he citado aquí, en París, es debido a que necesito…, necesitamos, el testimonio de un actor. Creo que se lo expliqué. Por lo que sé sólo quedan tres hombres en el mundo capaces de contar lo que jamás se ha contado. Sus palabras valen infinitamente más que todas las pruebas que yo he reunido a lo largo de los últimos seis años. Y Última Thule los está eliminando. Uno a uno. Ojalá no lleguemos tarde.