Lunes, 4

Si hubiese existido antes de que hubiera hombre sobre la Tierra y fuese un pájaro, o un pez, o un ciervo, te hubiera amado, uno a uno, en todos los momentos de mi existencia y, juntos, hubiésemos recorrido los aires, los mares y los bosques, en busca de nidos de amor donde besarnos.

Si hubiese sido una planta, un esbelto pino o un humilde helecho, te hubiera amado silenciosa, calladamente, y mis ramas se unirían a las tuyas, como las manos de los novios en los jardines y, bajo tierra, mis raíces buscarían ansiosamente las tuyas, para apresarte y no soltarte jamás.

Si tan sólo hubiese sido grávida piedra de las montañas, pequeña piedra de los senderos, me pasaría los siglos contemplándote y dando gracias a Dios por haberte creado y puesto en mi camino.

Pero soy un hombre y no sé, nunca he sabido, qué hacer.

 

Ya se divisaban las suaves colinas. Y las pequeñas casas de las cumbres. La ciudad, todavía no, pero la ciudad ¡qué importaba! Era bastante la graciosa ondulación de los valles, con mil sorpresas para los ojos hastiados de horizontes marinos.

Habían salido de la cámara, alguno todavía con la servilleta en la mano, pero sin apresuramientos, con esa serenidad alegre que infunde el haber dejado atrás un mal trago. Los más se apoyaban en la barandilla, alguno, como Juan, lo hacía en la espalda de sus compañeros, mientras todos los ojos se perdían en la punta SE de la isla, entre un silencio lleno de esperanza indefinible. Era hermosa, allá, a lo lejos, perdida en medio del océano, hermosas sus verdes laderas, y sus árboles, y sus casitas pintorescas.

—Tan hermosa como una muchacha de dieciséis años —Marcial mostraba unos dientes blancos e irregulares al reír. Pero nadie le hacía caso. Ni se acordaba de la comida sin acabar. La voz del Viejo evocó con sencillez.

—Y llegamos.

Sí, había sido algo difícil que estuviesen allí, en un mediodía gris, aspirando casi la fragancia de la tierra regada por las lluvias de marzo, luego de veintitantas singladuras monótonas y tristes. Venían desde el otro lado de Sudamérica, por Magallanes —¡el cruce del canal cuesta tanto!— y aunque no hubo temporales grandes, largas rachas de viento y mar de proa hicieron reducir la marcha del viejo cascarón a la mitad —el «Begoña» ya no está para estos trotes— durante semanas.

Una mañana, a la altura de Punta Taitao, el carpintero apreció agua en la sentina del dos. No era una brecha importante, pero sí lo suficiente para traer cierta intranquilidad a la atmósfera de a bordo. Luego, durante una tormenta en el golfo de Santa Catalina, dos planchas de cubierta se abrieron. Pudo repararse a medias, en un esfuerzo ímprobo de todos. —¡Más arena, más cemento! ¿Cómo va eso esta mañana?, ¿aguanta?—. Y por eso ahora todos sonreían ante la isla, que ya era inmensa y casi no dejaba ver el cielo gris, henchido de nubes blancas.

La ciudad surgió de repente, entrañada en un quiebro de las laderas, que olvidaban sus verdores para hundirse, ya moradas, en la mar. Las casas pequeñas, anárquicamente distribuidas, constituían el principal encanto para los ojos cansados de la monotonía de olas y más olas sin sosiego. Por eso es muy difícil explicar lo que el corazón siente ante las pequeñas casas, en las que ya se distinguen las ventanas, con sus visillos y sus flores. La gente todavía no, la gente es una sombra fugaz, una mancha que empaña una fachada, que acciona invisible una sirena.

El primer maquinista, mientras aspiraba profundamente de la pipa, como si quisiera tomar fuerzas del frágil humo, decía:

—Me quedan exactamente cinco toneladas de petróleo. Ahora ya os lo puedo decir.

Pero nadie tenía ganas de contestar y hasta Juan, el agregado, se olvidaba de poner la bandera amarilla de Sanidad y la blanquiazulada para pedir práctico.

—Puestos a ser sinceros, que levante la mano quien pensaba que llegaríamos.

—No hables tan alto que todavía no hemos llegado al destino. De aquí a Tampico nos puede zurrar de lo lindo. Tú no sabes lo que es el Caribe.

—Ni me importa.

—No seáis cenizos; esto ocurre sólo una vez en cada viaje. Además, ¿quién iba a imaginarse un tiempo de proa tan testarudo?

—Y gracias que sólo ha sido testarudo.

—Como quieras. Yo, satisfecho con haber llegado aquí. Imagino que en tres o cuatro horas éstos nos despacharán.

—Las suficientes para poder dar un paseo. Por mis piernas parece que corren hormigas desde que hemos visto tierra.

—Por las mías ocurre algo parecido. Bueno, vamos a preparar el atraque.

La anterior pasividad desapareció al dirigirse cada uno a su puesto. Juan corrió escaleras arriba y escaleras abajo para izar a grandes impulsos las banderas en las drizas del palo de proa.

El Primer oficial se encaminaba silencioso al castillo, mientras el Segundo disponía las estachas y cabos en la popa.

No tardó en llegar la lancha del práctico. A las primeras preguntas contestó rápido, sonriente: —¿Cartas? No sé, tendrán que preguntar al consignatario... ¿Salir? Sí, podrán hacerlo sin inconveniente mientras dure el tomar consumo... hace tiempo que no veíamos a ningún barco español por aquí... bienvenidos.

Marcial guiñó un ojo a José Antonio al oír lo de la salida. Ya estaba todo resuelto. Para petrolear, con que se quedase un oficial abordo llegaba, y Aguirre, como siempre, no tendría inconveniente en quedarse. ¡Qué maravilloso volver a pisar tierra!, ¡maldito cable!, a poco más tropieza con él al dirigirse de nuevo a su puesto de maniobra. Sentarse en un café o, mejor, meterse en una pastelería, no, antes de nada, hacer un alto en una tienda de frutas y comer hasta no poder más naranjas llenas de jugo, uvas tentadoras, casi lujuriantes, melocotones de pelusa rubia; sí, el primer destino será una frutería. Después... después lo mejor será callejear sin rumbo por la ciudad y ver muchas caras desconocidas, que sonríen a los marinos que vienen de sabe Dios dónde, y casi perderse, ya en las afueras, para que una muchacha amable, algo nerviosa, nos indique el camino de vuelta al puerto, que habrá que hacer en taxi, pues se ha hecho tarde y el Viejo es capaz de salir sin esperarnos.

Ya están los amarradores con sus botes al costado. ¡Rápido!, dar un largo a aquella bita extrema. Se nota un tirón cuando la inercia del buque es detenida por la tensa estacha. ¡Más cabos!, el cable hace de espring. El muelle a dos metros. ¡Una defensa! La proa ya está firme. ¡Vamos! ¡Pronto, ese través!, ¿no ven que hemos de saltar a tierra?

El capitán agita la mano en el puente. Listo a proa. Listo a popa. Hay un correr atropellado de oficiales hacia sus camarotes.

—José Antonio, estoy tan bien predispuesto que hasta te perdono si te pones la corbata tropical.

Segundo y Tercero casi tienen un abordaje en pleno pasillo.

—Es estupendo tener un Primer oficial que no sale nunca. Eso solo compensa todos los achaques del «Begoña».

—Tenemos que traerle un regalo. La mejor piña que vea en la isla será para él.

José Antonio meditaba ante su guardarropa.

—Voy a salir de traje gris, ¿lloverá?

Las puertas habían quedado medio abiertas.

—Seguro.

En la cámara, capitán y consignatario despachaban el papeleo entre bromas, mientras los de policía y aduanas se dejaban servir el primer coñac. El telegrafista fue el primero en aparecer arreglado en busca del pase.

—Se nota que no tuvo usted que hacer la maniobra.

—¡Estoy arreglado desde ayer!

—Bueno, que se divierta. Y no lo olvide, sólo tres horas.

Alguien entró en la cámara, procedente del pasillo de pilotos.

—¿Usted? —el capitán no salía de su asombro.

Las puertas de los camarotes a su espalda se habían abierto por completo y los oficiales jóvenes, con la corbata en la mano, se miraban sin comprender todavía. El Primero, tras recoger su pase, dio una explicación que casi era una disculpa.

—Éste es el primer puerto que toqué en mis prácticas, hace ya más de treinta años.

Estaban de nuevo todos en la borda, silenciosos, viéndole marchar muelle adelante, con paso aún desacostumbrado a la fijeza del suelo, casi mirando las nubes grises.