Lunes, 20
He tardado años en darme cuenta de que la culpa fue mía, no tuya; de que tú vives libre, como los pájaros, y yo, en cambio, estoy atado por mil hilos invisibles, que me impiden hacer aquellos movimientos que más deseo. He tardado años en darme cuenta de que hay una inercia interna en nosotros, un lastre cobarde que nos empuja al bien mediocre, sin altura, a la vida vulgar. Tú no pareces notarlo, pero has de saber que los demás estamos cansados, atemorizados por miles de años de riesgos y de azares y que de nada valen las pocas oportunidades que pasan a nuestro lado para embarcarse de verdad en algo que valga la pena: las desaprovecharemos siempre. Y lo más triste de todo es que podemos seguir viviendo, hablando, soñando, lamentando la suerte, como si la suerte existiera.
—En el «Begoña» queda temporalmente una plaza de Primero libre. Carlos Aguirre toma sus vacaciones de los últimos tres años. Desde luego, lo que no podrá ser, por ahora, es lo de capitán. Comprenderá, Lezama, que...
Le cortó.
—Lo que sea —se le notaba nervioso. Era un hombrecillo de perfil de pájaro, pelo blanco y barriguita comprometedora. Se había cortado al afeitarse y la herida, junto a la comisura del labio, aún rezumaba—. Lo que sea. ¿Dónde está ahora?
—En Ríotinto. Tiene un viaje a Inglaterra y, luego otro a Boston. El barco está muy bien; acaba de limpiar fondos y le hemos cambiado las calderas de carbón a fuel.
No parecía interesarle demasiado. Impaciencia y apatía alternaban a ráfagas en sus ojillos saltones. El otro le observaba entre escéptico y curioso.
—Pero, ¿cómo se le ocurre volver a la mar, don Francisco? A mí, no me llevan allí ni a rastras. Ya ha sufrido uno bastante en los barcos.
Tenía, en verdad, un aire satisfecho, tras la enorme mesa, desierta de papeles. Un despacho funcional y ambiguo, en el que contrastaba aquel barco, repintado como una actriz en decadencia, jactancioso como un chulo de barrio, sobre un océano de juguete.
—¿Cuál fue el último que mandó? El «Santurce», ¿no? Ése está peor. Habrá que dedicarlo pronto al cabotaje. No se encuentran fletes para él. Anda mal el mercado y no hay forma de colocar un barco con más de veinticinco años. Además, la competencia liberiana y panameña nos está matando. Han comprado en saldo los «Liberty» americanos de la guerra y se lo llevan todo. Y, encima, los oficiales no hacen más que protestar. Los tiempos han cambiado, don Francisco, ya lo verá. No sé cómo usted tiene humor. ¿Qué dice su familia?
—Pero, ¿de verdad te vuelves a los barcos, o es una de esas estúpidas bromas tuyas? —estaba en la cama, sin arreglar, pese a la luz difusa, de rayos de sol pulverizados por la niebla, que entraba por los ventanales que él abría—. No, Francisco, déjalas cerradas; he pasado una noche horrible, sin pegar ojo. Las pastillas que me recetó don Alfonso ya no me ayudan nada; tendré que decirle que me recete otras más fuertes. Y, luego, tú, llegando a las tantas y levantándote con los lecheros, ¿cómo va una a poder descansar? —se había puesto el antebrazo ante los ojos, como para defenderse de un golpe, mientras él, como si no la oyera, seguía su labor cada vez con mayor furia—. No tienes consideración; nunca la has tenido, nunca sabrás tratar a una mujer como yo. ¿Quieres cerrar de una vez esas ventanas? —ahora se había metido bajo las sábanas y la voz salía de allí dentro más cascada, pero no menos despectiva. Él miraba fuera, con el cuerpo alargado sobre el pretil, como si quisiera ver más allá de la niebla, poblada de toda clase de rumores: bocinazos, campanadas, gritos, aullidos lejanos de sirenas. Bilbao se había disuelto en aquella luz lechosa y húmeda, que olía a madera podrida y humo.
—¿Qué decías antes de los barcos? —había sacado sólo la cabeza, mientras los dedos se agarraban desesperadamente al borde de la sábana.
Se volvió para contestarle.
—Lo que has oído: que me voy.
Lo único que hacía bien aquella mujer era sonreír despectivamente.
—En el fondo, es lo tuyo —el ataque, en cambio, le daba aspecto de animal sediento—. Oye, ¿y con la fábrica, qué harás?
—¿Qué fábrica? ¿No te has enterado de que nunca ha habido fábrica?
Pero en escándalos, ella llevaba una amplia ventaja.
—Escenas a mí, no, Francisco. Si eres un inútil no cargues a otros las culpas. Nosotros te hemos ayudado bastante. Otra cosa, ¿y yo?, ¿cómo voy a vivir?
Iba ya camino de la puerta.
—Como te dé la gana. De mí no veréis otro céntimo. Y díselo al sinvergüenza de tu padre.
—Al final tenías que sacar tu cuna. Pero no te creas que vas a salir tan barato.
Debería pegarla, sí, una buena tunda; romperla algún hueso, mandarla al hospital, pero ya era tarde, ya era tarde para todo, menos para abrir la puerta y salir con un portazo.
—Entonces, el «Begoña». ¿Quién lo manda?
—Don Remigio; ¿le conoce?
—Navegamos juntos de pilotos en el «Urquiola». ¿Sigue presentándose doña Ramona en cada puerto? —Era la primera vez que sonreía.
—Sí, y cuando no, se nos presenta aquí. Si la hiciéramos caso, habría que cambiar de arriba abajo la compañía. Por cierto, ¿qué hacemos con el sueldo? ¿Se lo dejamos, como el de los demás, a su mujer?
Se llevó la mano a la herida, junto a la boca, que volvió a soltar sangre.
—Me lo entregan a mí.
Lo amenazador era el tono, no las palabras, y el otro contestó con un movimiento de cabeza, sin dejar de observarle.
Como mujer, no vale mucho, la verdad, pero es una Arrigorriaga. Una Arrigorriaga con ideas; lo de la fábrica de hilo de cobre no está nada mal; la industria eléctrica, sin ir más lejos, lo necesita cada vez más. Ellos tienen amigos en Madrid, y yo en los barcos. ¿Por cuánto nos vendían el lingote en Antofagasta? No llegaba a las diez mil. Nada. En unos cuantos años, ricos. Podremos abrir el palacio, aunque el pobre está hecho una lástima. ¿Amor? ¿Qué importa el amor? Cuando se han pasado los cuarenta, hay cosas más importantes. La posición, el prestigio, ¿me dejarán usar su apellido?; desde luego, si hay niños habrá que ver la forma de que lleven el suyo. Pero, no; no habrá niños. Mercedes no está para esos trotes. ¿Y yo? ¡Qué preguntita! Ahora, que en los pliegos de cartas podré usar su escudo. Buenos se van a poner en el barco cuando les escriba. Los infelices. Pero me casaré de capitán. No quiero desmerecer; menuda es esa gente. Tengo que andarme con ojo. Menos mal que el padre parece dispuesto a echarme una mano. Será la última vez que me vista de marino. ¡Demonio, que uno ya ha sudado bastante!
—Me ha dicho Mercedes que te vas, ¡pero, hombre!
Tenía la maleta sobre la cama y el cuarto inundado de prendas. El que entraba se había quedado junto a la puerta, contemplando el panorama con sonrisa entre amistosa y burlona.
—¿Quién te ha metido esa idea en la cabeza? Ahora precisamente que empezábamos a ir bien —alto, delgado, con bigotito cano y facciones angulosas, aunque distinguidas, no parecía haber cambiado lo más mínimo desde el primer día, diez años atrás. Incluso el traje parecía el mismo, azul marino, cruzado—. Entonces, tú eres el que me robas a mi hija —un guiño de ojo y una palmada en la espalda—. No sabes lo que te llevas —¡qué iba a saber!—. Me huelo que nos vamos a entender. Yo me encargaré de las relaciones públicas; eso es cada vez más importante. Tendré que montar una oficina en Madrid; sin Madrid no se hace nada. Con cincuenta mil pesetas me arreglaré. —Fue lo único que se montó en serio, porque los «Derivados del Cobre, Sociedad en Cta.» no habían pasado nunca de ser un nombre en el Registro Industrial y otro en la guía de teléfonos. Un nombre, como el de los pliegos de papel bajo el escudo, como las iniciales en la camisa, bajo las armas. ¡Estúpido!
—¿O ha sido todo una regañina con Mercedes? Hazme caso, no te lo tomes a pecho. El matrimonio es una prueba de resistencia. En fin, quería que tú me lo confirmases, ¿no te vas, verdad?
Le miró con curiosidad, como si fuese la primera vez que le tuviera delante: un viejo; sólo un viejo divertido y tramposo; pero era extraño: a él no era capaz de odiarle, como si todo el odio se concentrase en la otra.
—Sí —lo dijo muy lento—, me voy. Pero no se preocupe; a mí no puede sacarme más dinero —cuatrocientas mil pesetas. Todos los ahorros y lo que se sacó del caserío—. ¿Para qué lo quieres, si allí no vamos a vivir nunca? Porque no pretenderás que yo —era terrible cuando subrayaba el yo— me vaya a vivir adonde ni siquiera hay luz eléctrica, ¿verdad?—. Y cuando la conocí estaban a punto de cortársela por no pagar las facturas. Como cuando le insinuó que echara una mano en la oficina: —Yo, sabes, no estoy acostumbrada a eso. ¿No te llega con que trabaje mi padre? Parece que quieres explotar a toda la familia. Por cierto, se me acabó el dinero que me diste la semana pasada. Sí, ya sé que era para todo el mes; pero no sabes cómo se han puesto las cosas. Una simple camarera te pide un ojo de la cara. Si la pobre mamá levantara la cabeza. Pero, no; mejor que no la levante y que Dios me perdone—. Las miradas se encontraron. —Una tunda no sería bastante; debería haberla matado.
—¡Pero, hombre!, haberlo dicho —abría los brazos con gesto de cariñoso reproche—. Que se te ha acabado el dinero. Pero eso no es ninguna tragedia. Se pide un crédito y en paz. ¿Para qué están los Bancos, si no? Bilbao está lleno de Bancos. A mí —otra vez el guiño de ojo—, a mí ya me conocen; pero tú eres nuevo en esta plaza. Todo consiste en que te pongas el mejor traje y lleves una gran cartera. O el uniforme; tal vez sería mejor que te pusieras el uniforme. ¿Por cuál quieres que empecemos? Ah, y que no se te olvide decir a Irene y Simón que vayan al trabajo los días siguientes. Cómprales unas batas nuevas; para eso sí tendrás, ¿no? Lo importante es causar buena impresión cuando se presenten a echar un vistazo.
Simón. Hacía seis meses que trabajaba en la Naval. Y le debían el sueldo de todo un año. Su hija, no. Irene seguía acudiendo puntual, tozudamente, a la oficina, cada mañana, hasta ayer. —Irene, mañana no vengas. Cerramos esto, ¿sabes? Lo ha alquilado el distribuidor de enfrente. Necesitaba más espacio. —Bien—. Ni un gesto de rebeldía, ni de impaciencia, ni de temor. Daban ganas de cogerla por los hombros y sacudirla; bien, no; mal, mal, mal, todo mal. Pero Irene no era así. Irene. Hija de Simón. De tal palo. —Yo me voy con usted, don Francisco. —Pero, hombre, ¿no será mejor esperar hasta que tengamos montada la fábrica? Nada, nada, donde vaya usted voy yo. Necesitará alguien para ir preparando las pequeñas cosas, ¿no? Pues eso. Del sueldo no se preocupe—. Le conmovió aquella lealtad del viejo fogonero. Había navegado con él veinte años. —Ya sabe, para lo que necesite—. Fue quien hizo todo: la instalación eléctrica, los letreros para las puertas, la limpieza del viejo almacén donde se montarían las máquinas. —Necesitará una secretaria, ¿verdad? Le he dicho a mi hija que venga mañana. No se crea. La he mandado a una academia de mecanografía. Tiene ya el diploma. Y la máquina. ¿Qué se cree? Nueva. Nada de segunda mano.
—Entonces, el «Begoña». Sale, déjeme ver —abrió el cajón ante él, pero no llegó a sacar el pliego. Parecía molestarle tener algo sobre la mesa—. Sale el viernes. Tendrá que darse prisa si quiere cogerlo en Huelva.
—No se preocupe. Sólo tengo que hacer una despedida. Y gracias.
—De nada —el otro se había puesto también de pie—. Espero sólo que no se arrepienta.
¿Arrepentirme? ¿Yo? Si sirviera de algo arrepentirse, si con arrepentirse se arreglaran las cosas, volviese el tiempo atrás, se borrara lo hecho, hubiese otra oportunidad, se pudiera, si no cambiarlo todo, al menos actuar de otra manera, herir también, golpear, aunque todo se hundiese igualmente, aunque todo ocurriera lo mismo, tanto da; el caso es no quedarse parado, no encajar pasivamente los golpes, devolverlos, como fuera, a patadas, a mordiscos; ¿qué hora es?; las once; estará sola; Simón no sale hasta las dos; ahora hace el primer turno, aunque, ¿qué más da si hoy me encuentra?; puedo decir que he ido a despedirme; no, es capaz de venirse conmigo al «Begoña»; me despediré de ella sola; soy un miserable, un miserable peor que el viejo; al menos él no engaña a nadie; ¿por qué no me voy con ella y al diablo con todos? Ella se vendría; ¿qué puede ver en mí? El amor es la cosa más absurda; ¿amor?, no; amo que ella me ame, me eche de menos, me necesite, ¿me necesita? ¿No la necesito yo más a ella? Pero ¿qué tonterías estoy pensando?; cogeré el tren de Baracaldo y en media hora estaré allí; tengo tiempo, me sobra todo el tiempo hasta mañana.
Qué baja está la ría, debemos tener grandes mareas; septiembre, claro, ¿seré capaz de hacer un cálculo de mareas? Ni idea; se me ha olvidado todo, y mira que era simple; de aquí a Huelva le echaré un vistazo, pura rutina; pero tendré que andarme con ojo con los oficiales jóvenes, y con el agregado que me toque en la guardia; claro que no serán peor que los dos mastines que tengo en casa.
—Pero, ¿otra vez? Si la semana pasada le di diez mil pesetas. —Ya sabes cómo es Madrid; ha habido unos gastillos extraordinarios. —¿Con la compañía o con las niñas del Abra?—. Y de nuevo el guiño de ojo. —A ti no te puedo mentir, Francisco. ¿Qué quieres?—. No habían salido ni una noche juntos, pero no le trataba como al marido de su hija, sino como al compañero diario de juerga. Y acababa por sacarle siempre los cuartos. —¿Qué hay del permiso de importación? —Está al caer; otro toque al Director General y te lo traigo. Estoy trabajando a la secretaria. Precisamente esas pesetas...
Menos mal que los suministros bajo cuerda no fallaron. Aunque estaba por fabricar el primer metro de hilo de cobre. Era más simple comprarles los lingotes a los conocidos de los barcos y revendérselos directamente a las firmas. Al final, no hacían otra cosa. —Si nos trincan, vamos los tres a la cárcel. No estaría mal, casi valdría la pena. Pero ni hablar; esos dos se las arreglarían para cargarme el muerto.
—Fue aquí —lo dijo con un murmullo, y el cura que tenía enfrente dejó por un momento de leer el libro de oraciones para mirarle desaprobador, pero él seguía absorto en la ventanilla, hasta que una curva se llevó el trozo desierto de muelle—. Sería conveniente probar con un buzo la ría, ahí, no puede ser muy profunda; claro que se habrán enterrado en el cieno y será difícil encontrarlos. Tal vez con un detector de metales, valdría la pena, dos lingotes de los grandes, lo menos sesenta mil pesetas, mala suerte, claro que pudo salir peor, ¿quería el carabinero más viejo quedarse con todo, o era verdad que el joven no tragaba? En cualquier caso, se libraron de una buena, porque salió del puente hecho una furia. —¿Qué pasa aquí?, ¿qué es eso? —Nada, hombre, nada, una tontería—. Los dos lingotes, oscuros, dormidos sobre cubierta, no ofrecían, en verdad, la menor sospecha; si no llegan a estar todos alrededor, como adoradores nocturnos, ni siquiera se hubiese fijado en ellos. Quiso levantar uno, pero no pudo; el fusil, en bandolera, le golpeó la cabeza. Estaba rabioso. —¿Qué es esto? ¿Oro?—. Rieron. —Eso quisiéramos. —Vete a dormir, ya te llamaré—. El mayor le cogía del brazo, pero se desprendió de un tirón. —No me pongas las manos encima. Para esto tenías tantas ganas de quedarte solo en la guardia. Ya me extrañaba a mí tanta ceremonia. Vamos a ver, ¿qué coño es esto?—. No hubo más remedio: —Cobre. Aquí, don Francisco Lezama, de las Industrias Derivadas del Cobre, habrás oído hablar de ellas—. Pero no contestó a la sonrisa. —La licencia de importación. —No es necesario. —Eso lo dirá el teniente. —¿No hay forma de arreglarlo por las buenas? —¿Qué está tratando de insinuar? ¿Sobornarme?—. El agregado fue el único que tuvo cabeza en aquellos momentos. ¡Menuda fuerza la del mozo! Debía haber sido levantador de piedras. Los alzó como si fueran ladrillos, y ¡plaf!, ¡plaf!, por la borda; todos como hipnotizados y el chico limpiándose las manos con el pañuelo, tan fresco. —Muerto el burro, se acabó la rabia; aquí no ha pasado nada—. Nada; cómo se reían después, en la cámara; nada, como si el cobre no fuera de ellos. —¿Os fijasteis cómo se quedó el consumero? Le tocas con el dedo y se cae. —Anda que al viejo se le caían las lágrimas—. Nada, como si no hubiesen perdido la inversión, como si para ellos todo fuese un juego. Pero él había recibido por adelantado las 30.000 pesetas y sólo le quedaban 13.000. ¿Qué excusa les pondría mañana a los de la Eléctrica? —¿Cuándo volveréis? —Dentro de dos meses. Pero no te preocupes, fue culpa nuestra; hablamos demasiado alto y el cabrón ese debe tener oído de liebre. No hay que hacerle caso; tómate una copa; ¿lo necesitabas urgentemente?—. Fue entonces, al verles tan despreocupados, tan ajenos a todo lo que pasaba más allá de la borda, cuando le ocurrió, como un rayo: —Volveré a los barcos. Volveré a los barcos y les dejaré que se pudran.
Saltó el último, cuando el tren se ponía ya perezosamente en marcha hacia Sestao. Él también se echó a andar sin prisas, como un viejo jubilado que no sabe qué hacer con el tiempo y se recrea en cada paso, tratando de descubrir por todas partes nuevas realidades. —La echaré de menos; será lo único que eche de menos; la vida es otra, sin ella; tú eres otro, ¿no lo ves en sus ojos, cuando te mira?; eres ese otro que hubieras querido ser, que nunca serás, que sólo ella conoce; pero, entonces, ¿por qué no te la llevas y mandas todo al infierno, a la mujer, al viejo? Simón no te lo tomará a mal, y aunque lo tome, os marcháis donde nadie os conozca, donde nadie pueda encontraros; a Paraguay, de piloto de río; a Suez, donde buscan prácticos; sería lo más fácil, lo más simple; pero no, qué locura; voy a despedirme y se acabó; le diré cualquier cosa; en el fondo, también la tengo miedo, a ella, que sería incapaz de hacerme el menor daño, que sería capaz de morir por mí; tengo miedo de que me diga que sí, que se viene; como si lo que me gustase fuese lo otro, como si lo mío fuera Mercedes, el viejo, la bronca diaria; se acostumbra uno a la bronca como a la droga; pero, ¿a qué darle más vueltas?, ¿para qué más líos?, ¿no tengo ya bastante?; mejor que no me despida; ¿qué iba a decirle?, ¿que me voy mañana? Ya se lo dirá su padre.
—Esto, chaval, es como tener un hijo, pero cada mes. —Sobre la mesa del puente bajo tenían extendido el enorme pliego, con un número en cada cuadrícula. Fuerte, la lluvia estaba llamando desconsolada a los cristales—. ¿No te había dicho que la nómina tiene mandanga?
El agregado asentía desde lo alto de una banqueta.
—¿Y siempre es así?
—Las hay peores. Cuando te tocan viajes cortos por medio, por ejemplo, o cuando hay cambios en la tripulación. Estoy deseando dejar de ser Segundo sólo para quitarme de encima esta gaita. ¿Un cigarro? —Marcial le tendía una cajetilla en las últimas. Se habían fumado un cartón desde que el día anterior se pusieron a la faena.
El telegrafista fue el primero en asomar la cabeza en busca de buenas nuevas.
—¿Qué?, ¿ya han acabado?
—Sí; ¿quiere saber lo que le toca? Un momento. Siete mil; se está usted haciendo rico, ¿eh?, y encima, pasándolo bien.
Los marineros se quitaban la gorra antes de entrar, para quedarse de pie junto a la puerta, como esperando una sentencia. Los oficiales, en cambio, bromeaban o echaban pestes. —¡Para esta miseria!—. El Primero bajó un momento de la guardia.
—Le tocan tres mil, don Francisco.
—¿Cómo tres mil?
—Sí —Marcial revolvió entre los papeles—. Aquí tengo el aviso de la compañía. Le pasan el sueldo a su mujer. A usted le quedan los sobordos.
Luego, durante la cena, aprovechando que seguía de guardia, el Segundo lo contaba con recochineo:
—Teníais que haberle visto. Se quedó lívido. Por un momento, ¿verdad, Enriquito?, parecía que se me iba a tirar encima. Pero luego dio media vuelta y se marchó sin decir mus.
José Antonio movía la cabeza desaprobador.
—Menudo elemento nos ha salido ése. Querer matar de hambre a la paisana.