Miércoles, 15

La velada que tan agradable nos prometíamos ha terminado en violenta discusión. ¡Y luego que le vengan a uno con esas grandes juergas que nos corremos los marinos en cada puerto!

Pasó lo de siempre. Añora uno pisar tierra, lo ansía con toda el alma y, luego, se siente allí como un extraño, y no pasa nada, y a la medianoche, empieza a recordar las planchas calientes del barco y el runruneo de las máquinas y el pequeño universo de a bordo. Es un momento malo, que incita a la bronca absurda; tanto más violenta cuanto más se percata uno de su absurdidad; de la absurdidad de haber añorado tierra.

 

Había dejado el equipaje: un baúl, dos maletas, un bolso de mano, en la estación, y se lanzó sin más a la calle, polvorienta, desierta, por la que se enseñoreaba un sol sin misericordia. No parecía sentirlo; caminaba a tropezones, como si tuviese dos copas de más, buscando a quién sonreír, pero nadie aparecía. Un sopor de siesta envolvía las calles, y el silbido del tren a sus espaldas se disolvió al instante en el aire al rojo, como una brasa. Ya en las afueras, se enjugó el sudor que le empapaba la cara, se quitó la chaqueta y aflojó la corbata, entre gallinas que habían interrumpido su picotear en la cuneta para observarle curiosas. Las dio un susto volteando la chaqueta, y ellas, tras un vuelo comatoso y un cacareo ofendido, le olvidaron. Se echó a andar. —Ya sabéis que mi pueblo queda tras una loma que en las fotos parece de juguete, pero que cuando uno se pone a medir a patas resulta interminable. Había soñado muchas veces con este regreso, no había hecho otra cosa que pensar en él desde que dejé el «Begoña», pero me encontré, ya en las primeras revueltas del camino, como atontado. Vosotros no podéis imaginar lo que es aquello, desde aquí es imposible; hay un silencio, cómo coño os diría, un silencio hueco, vacío, no como aquí, que siempre se oye algo, hasta cuando las máquinas están apagadas, como ahora, que el diésel funciona, o alguien ajusta un bote o pica plancha o las mismas estachas crujen, porque la marea está subiendo. Pero allí no, allí te encuentras de pronto como si te hubieras quedado sordo, y te dan ganas de gritar para oír algo, aunque luego te asustas de tus propias voces y te callas—. Se había quedado inmóvil en medio del camino, la chaqueta a la espalda, colgada del índice como de un gancho, la camisa con grandes manchas bajo los sobacos, que amenazaban inundarla. Respiró hondo antes de echarse otra vez a andar. —Ahora que estoy de nuevo entre vosotros, aquellas dos horas bajo el sol me parecen un sueño, una pesadilla, me parece que yo nunca me he movido de aquí, del «Corinto», y que vuestro «Begoña», con sus largos viajes y todos sus líos, ¿habéis vuelto a traer pasajeros de Chile? ¿No? Menos mal, aunque se pasa bien, ¿eh, Carlos? [Se le quedó mirando desde su pecho, donde había descansado la cabeza, mirándole, sin decir nada, sin sonreír siquiera; lo más extraño era eso: podía pasarse minutos, horas, sin hacer nada, quieta, mirándole, hasta que él comenzaba a jugar con sus pezones, que eran grandes, violetas, como esas flores que se pintan las bailarinas de strip-tease en la punta de sus pechos inflados, pero tampoco eso la hacía moverse, ni alterarse, ni sonreír, ni hablar siquiera; ella no era de ésas. —¿Qué va a decir mi marido si se entera? ¡Cuidado, pueden vernos! ¿Tú crees que sospechan algo?—. Nada, se vino al camarote la primera vez que se lo propuso, la noche del paso del ecuador, como de broma, en la guardia. —Salgo a las doce, ¿por qué no te vienes después a mi camarote? —Bueno—. Se trajo al perro, sí, pero el chucho, que había gruñido en el pasillo, se fue derecho a la alfombra y se quedó dormido, la cabeza entre las patas, al instante. Ella se dejó desnudar como si nada, como si siguieran hablando en el puente, con el timonel detrás, oyendo el rumor de la sobremesa que llegaba desde abajo, por los portillos abiertos de la cámara, mirándole sólo, como ahora, sin miedo, sin extrañeza, qué mujer más rara]. —Es algo que me contasteis cuando nos encontramos, por casualidad, como ahora, en Barcelona, y que mi ida al pueblo —¿os acordáis de la cara que puso don Alberto cuando se lo dije?— es una pesadilla. La ilusión se me fue bien pronto, la verdad es que nunca llegué a sentirla; la vuelta era muy distinta a como me la había imaginado. Todo continuaba exactamente igual, pero no era capaz de despertar los recuerdos que me habían hecho volver, como si yo fuera otra persona, distinta al crío que había jugado por aquellos campos. ¿Os pasa lo mismo a vosotros cuando vais al pueblo? ¿No? Claro; Bermeo y Plencia, y hasta Bilbao no son del todo tierra, son medio mar ya, y no se extraña, pero ¡tendríais que conocer mi pueblo!—. El sol estaba aún alto cuando divisó las primeras casas, muy blancas, a lo lejos, en torno al oscuro campanario. Un aire caldeado a ras del suelo hacía combar las imágenes, y las casitas, según avanzaba, tomaban formas caprichosas. De cuando en cuando, una ráfaga de aire las dejaba clavadas en el paisaje, mientras él continuaba su marcha como un autómata. Un perro fue el primer ser viviente que le salió al paso. —Se quedó inmóvil, el cabrón, mirándome como si no acertara a reconocerme y, ya a mi espalda, tuve un buen rato la impresión de una mirada fija en mí—. ¡A ver si me suelta un mordisco!, estaría bueno... [El que tenía miedo era él, miedo de que se enterara el Viejo, miedo del profesor, miedo del perro, dormido en la alfombra. Le veía de reojo mientras acariciaba sus muslos, curvos, morenos, lisos, desiertos, el desnivel de la ingle, las manos de ella revolviendo en su nuca, la suave loma del vientre, las uñas se clavan en su cuello, y el empujón brutal que la convierte en ovillo gimebundo, mientras trata de atraerlo más hacia sí, de absorberle por completo, de romper la última barrera de la piel, hasta que se desata en convulsiones, y él continúa su trabajo más tranquilo, más rítmico, al compás de las máquinas, del oleaje, de la hélice, del jadear del barco. —Mira que si se despierta cualquier noche y empieza a ladrar, ¿por qué no lo deja en su camarote? Cualquier día lo ve don Alberto al cruzar. ¿Por qué me he metido en este lío? Un polvo está bien, pero ¿cómo voy a salir de esto? Porque...—, y el coletazo inesperado, avasallador, sin que todos los nervios a una sean capaces de aguantarlo, de medirlo, de gozarlo.] Esta impresión de incertidumbre, de malestar, me acompañó por todo el pueblo—. En la plazuela jugaban unos niños con una pelota de trapo, alguien salió con unas grandes tijeras de podador de la huerta del cura y estaban arreglando el tejado de la escuela bajo las instrucciones puntillosas del maestro. —Notaba la impresión de sorpresa y desconfianza que en todos producía, notaba muchas cosas más en las que no me había fijado hasta entonces. Mi traje, mis zapatos, creo que hasta mi forma de andar era distinta o yo me lo figuraba y no me atrevía a devolverles la mirada—. Encendió un cigarro antes de enfilar la última calle, ya donde las huertas a ambos lados del riachuelo, seco, invaden el pueblo. Volvía el silencio y la calma. —Todo fue rápido y sencillo, como si hubiese sido el día anterior cuando hice por última vez aquel recorrido. Mi casa era la única que había cambiado. Me pareció más pequeña, más modesta de como la tenía en la memoria. Ni una puerta, ni una ventana abierta, sólo la tronera del desván, por la que me gustaba asomarme para contemplar el mar de trigo, verde en primavera, amarillo en verano—. Se quedó junto a la cerca semiderruida, jugueteando con dos piedras que le dejaron las manos manchadas de cal. —No, no me atreví a entrar. Estuve allí hasta que comenzó a anochecer y no me acuerdo de lo que pensé. Estaba tan cansado que luego me he dicho si no dormiría de pie, con los ojos abiertos, como en las guardias después de una estadía de juerga, pero ¿qué leche importa?, simplemente, no pensaba en nada, a veces también pasa eso—. El pueblo se fue llenando de rumores como si la penumbra, que inútilmente trataban de disipar unas bombillas canijas en las esquinas, le hubiera despertado. Se oía el golpear cantarín de un martillo en la fragua y el rumor sonoro de sartenes, entre gritos de mujer y llantos de niños. —Marché entonces a la taberna de Edelmiro. Ya antes de entrar, me asaltó aquel olor fresco y agrio que me envolvía siempre cuando mi madre me mandaba por dos cuartillos de vino y una gaseosa. No sé por qué, iba con un cabreo inexplicable, bueno, tan inexplicable no, idealizamos demasiado nuestra infancia para que cuando nos damos de manos con ella no nos desilusione—. Había tanta gente y la iluminación era tan mala que nadie se dio cuenta de su entrada y eligió un sitio en el extremo del largo mostrador de madera blanca, blanda, casi carne de mujer que huele a lejía. —Desde allí podía verles a todos: Julián, con quien había robado la huerta del cura; Mateo, que se sentaba a mi lado en la escuela; Ramiro, con quien no podía hablar porque nuestras familias estaban reñidas; Eladio, el jefe de la pandilla, todos más gordos, más bajos, más membrudos, algunos con pelo gris, calvos otros, todos iguales y distintos, menos don Javier, que seguía exactamente igual, en el mismo sitio, sentado como un sapo, con las piernas un poco abiertas para que cupiese entre ellas la barriga, con un café y una copa de anís mediada sobre la mesa—. Estaba tan absorto contemplándoles que no se dio cuenta del silencio que se había hecho en su torno. [Notaba la tensión como una cosa sólida, áspera, en la cámara, en el puente, en todo el barco. —¿O es mi propio nerviosismo?—. No soportaba ya las bromas al entregarle la guardia. —Ten cuidado, que las indias son de agárrate. Cualquier día te da un filtro mágico y la espichas—. Ese Aldeano es un imbécil; lo que él quiere es tirársela, como todos. Bueno, a lo mejor me hacían un favor. Lo malo es que empieza a gustarme, siempre tengo que armarme líos con las mujeres; lo peor es el tiempo, no avanzamos, con esta mar de proa no hay forma, vamos a tener que petrolear en las Azores, aunque no me molestaría, siquiera por unas horas estarse este bicho quieto, ver otras caras; estoy cansado, no puedo seguir así, la noche es para dormir, sobre todo cuando las guardias son tan jodidas, pero a ver quién se lo dice, si además no pide nada, se queda sentada en el borde de la cama, pero no puedo dormir sintiéndola ahí, despierta, mirándome; para eso mejor revolcarse un poco, aunque a ella lo que le gusta más es quedarse como una estatua, arropándome; ¿por qué las mujeres tratan siempre de hacer una novela?, ¿es que no pueden comprender que un polvo es sólo un polvo?, y lo malo es que yo soy un blando, lo malo es que a mí también me gusta, lo malo es que no sé cómo voy a quitármela de encima.] Todas las miradas convergían en él y hasta había cesado el violento golpear de las fichas de dominó sobre el mármol. Cerró los ojos mientras bebía. —La cerveza, larga, tibia, me tranquilizó. Yo jugaba con ventaja, esperaba encontrarlos; ellos a mí, no, y se rompían los cascos tratando de adivinar quién coño podía ser. Pero don Javier era distinto. —Tú eres el hijo de Tomasa, ¿no?, el que se fue a los barcos. —Me sentí aliviado y desilusionado al mismo tiempo—. La tensión se rompió de golpe y todos le rodeaban y le daban palmadas en la espalda y ponían vasos ante él. —Uno me tendía la mano, otro se hacía paso a codazos hasta mí y alguien, desde detrás, me decía: «Tú sí que has acertado; ¿sabes que la mitad de los mozos del pueblo se han ido a Alemania? Hasta Joaquín, el hijo del médico; claro que ése con la bala que salió. Le hizo un bombo a la Chiva». Bebía sin pausa cuanto le ponían por delante, sonriendo a todos, sin contestar a ninguno. [—Don Alberto, ¿me da usted permiso para ir a Bilbao? Tengo que arreglar algunas cosas en la comandancia. Por la Reserva Naval, ¿sabe?, se me ha pasado el plazo del cursillo. —¿No lo puedes arreglar en la de Gijón? —No tengo aquí los papeles y, además, no conozco a nadie. Ya sabe usted que estas cosas como mejor se arreglan es con amistades. —Bueno, pero dos días; si no estás aquí el jueves, me marcho con otro Tercero. —No se preocupe, estaré de vuelta el jueves por la mañana. Voy a salir en cuanto pongan la pasarela para coger el primer autobús—. El idiota del Viejo cree que voy a largarme con ella. Si supiera. —Bueno, bueno, allá tú; pero ya lo sabes, el jueves. —De acuerdo, don Alberto, gracias—. Me iré sin maleta, total para dos días, con el jaleo del atraque nadie se dará cuenta de nada.] —Comprendí que sería incapaz de explicarles lo que me había hecho volver, que venía para quedarme. —¿Qué eres ya? ¿Segundo oficial? ¿Cuándo te ascienden a capitán? Aunque tú no eres de esos de guerra, ¿verdad?—. No, no lo entenderían nunca y, además, ¿qué me unía ya a ellos, a un pueblo del que todo el mundo quería largarse? La conversación, al principio tan impetuosa, perdió pronto fuerza y fue resbalando por palabras sueltas y frases perdidas, hasta quedar varada en un silencio embarazoso, que las sonrisas no conseguían disolver. —¿Te acuerdas de Adrián? Sí, hombre, el del tío Rogelio. Se colgó de una viga del pajar—. Menos mal que el vino no se acababa. —¡Edel, sirve otra ronda; ésta a mi cuenta!—. Los casados comenzaron a desfilar hacia las diez. —Bueno, te veremos todavía, ¿eh?—. Don Javier parecía haber perdido todo interés por él y las partidas se habían reanudado entre juramentos rotundos. —¿Tiene dónde pasar la noche? ¿Le preparamos una cama?—. Edelmiro era el único que le trataba de usted. Llamó a su mujer, que salió con un crío berreón en brazos de la cocina, en la parte trasera. —¿Qué, y cuánto vas a estar por aquí? Como ves, esto no ha cambiado. Menuda sorpresa nos has dado. [Una casualidad, una maldita casualidad, porque, ¿no se había ido al puente, con todos los demás pasajeros, a ver el atraque, a ver Gijón acercarse envuelto en brumas? —Ven, niña, Europa, la Madre Patria, bueno, la Madrastra, como dicen algunos de nuestros indigenistas. —¿Por qué, entonces, estaba abajo, en el pasillo desierto, atestado de maletas?, ¿se había olido algo? Imposible, ¿cómo podía habérselo olido?, y él que llegaba de popa a todo correr. —Julián, encárguese de esos cabos, yo tengo que salir volando—. Pero no se extrañó al ver que él se extrañaba, se confundía, balbuceaba, no acertaba con las palabras, al revés, sonrió al verle tan confuso. —Adiós, y le tendía la mano, segura, lejana. —Adiós, y la miraba como todas las noches. —Adiós, y le sonreía. —Adiós, posiblemente no nos volvamos a ver. —Adiós, no tendremos tiempo de despedirnos. —Adiós, él, siempre le había llamado él, quiere que salgamos cuanto antes. —Adiós, qué bien que tú también hayas bajado.] —Me marché al día siguiente, estaban en las eras y todo el pueblo me dijo adiós desde ellas. Fue en aquel momento, al ver a las muchachas agitando la mano, cuando sentí lástima de todos, de ellos, dando vueltas en sus trillos, y de mí, dando tumbos otra vez. Dos o tres mozos me acompañaron a la estación; había bebido mucho y todavía bebimos más en la cantina, pero nunca estuve tan sereno. Mientras les despedía desde la ventanilla del tren, me prometí no volver. Lo demás es muy simple; en Barcelona se acordaban de mí y me prometieron la primera plaza libre que hubiera en el «Corinto», el tranvía que decía don Alberto, con su polvete obligado en La Carola y su viaje quincenal a Génova. Creo que en los dos meses esperando embarque no subí de la Plaza de Cataluña. Bueno, eso no se le ocurre a nadie. Me urgía navegar como en los tiempos de agregado y todo ha vuelto a la vieja rutina. —Pero vosotros querréis ir a dar una vuelta por Escudillers antes de salir, ¡menudo viaje tenéis por delante!, a Antofagasta nada menos, que os aproveche, me quedo con el «Corinto». ¡Y vaya casualidad el encontraros! A ver cuándo nos vemos otra vez. Conmigo es bien fácil. Ya sabéis, si alguna vez se os hinchan las narices...—. Lo más curioso es que el pueblo vuelve a ser el de antes en mi memoria y si me preguntasen por él lo describiría grande, alto, aromado, lleno de gorriones y de grillos, con las puertas y ventanas de mi casa siempre abiertas. —Pero vámonos, ya veréis lo bien que han dejado el Cosmos.