Miércoles, 22

Cuando estemos de nuevo juntos, recuérdame que te hable de las nubes. Ya sé que a ti nada de lo que ocurre de día te interesa, como nada de lo que ocurre en la ciudad. Pero te prometo no ser muy pesado y sabrás cosas que te llenarán de asombro, cosas que nunca hubieras podido imaginar.

Los hombres vivimos indiferentes a las nubes y estoy seguro de que si, en una reunión de verano, al aire libre, alguien dijese: «Miren esa nube, va llena de alegría, acaba de nacer y está jugando con el viento». Si dijese esto o algo parecido, todo el mundo le miraría con extrañeza e incomprensión, debido a que nadie entiende lo más mínimo de ellas.

Te será fácil comprender que hay nubes juguetonas e inquietas, mientras otras, las de más edad, prefieren la calma y los días grises. También adivinarás, a poco de pensarlo, que hay nubes curiosas y bajas, que se interesan por la vida de los hombres y hasta les prestan sus lágrimas cuando son incapaces de llorar. Otras más reservadas, por el contrario, prefieren codearse tan sólo con la cima de las montañas.

Lo que ya te será más difícil adivinar es la aspiración secreta de todas las nubes. Su ilusión nunca cumplida es teñirse de color verde oscuro, como la maleza. Lo han intentado todo, acercarse al sol poniente, llenarse de rayos, subir hasta las estrellas. Pero sólo han conseguido colores tan vulgares como rojo, negro y azul.

Algo muy distinto de una arbolera durante la noche.