Lunes, 13
Me había propuesto no hablar de la mar en estas páginas. Ya trato bastante de ella en el otro, en el técnico y oficial Diario de Navegación. Pero hoy no sé qué decirte, o mejor, no sé cómo decírtelo, y voy a hacerlo. Ya estamos en el Atlántico. Quedó atrás el Estrecho, con sus bandadas de delfines, aristocracia de los peces, de nadar pausado y elegante. Y más allá, mucho más allá, quedó el Mediterráneo, aprendiz de mar, siempre tan azul, tan compuesto, como niño bien educado en día de fiesta. Todo aquello tiene un aire suave, de vieja farsa italiana, de cromo sentimental, para uso de solteronas románticas.
Pero el Atlántico no admite divagaciones. Poco a poco se va tomando el pulso a la vida y los labios enmudecen y las ideas escapan ante su augusta majestad el Océano. No hay una nube en todo el horizonte, pero a la meridiana tuvimos que subir con los chubasqueros. Sopla viento rasante que deja blancas de espuma las crestas de las olas y levanta pequeñas trombas de agua, que nos someten a inesperadas duchas. La visibilidad es perfecta. Nada en el círculo del horizonte.
Tan sólo el verde esmeralda del Atlántico, vigoroso, inquieto, tenaz, casi humano. Limpio, puro, inhumano.
Llovía. Eran ya dos, tres, muchas singladuras, habían perdido la cuenta —en la mar se pierde en seguida la cuenta— desde que el cielo empezó a derramar agua monótona, regularmente, sin pausa y también sin violencia.
—¿Es que esto no va a acabar nunca?
El vozarrón de Marcial, al descorrer las cortinillas de su portillo, retumbó por todo el pasillo de pilotos. Hubiera podido darse cuenta sin moverse de la cama, con escuchar atento. Oiría el golpear suave y múltiple de las gotas sobre cubierta, escotillas y lumbreras. Ya era demasiado. La mar, aunque sea por estas latitudes, no acostumbra a tales cosas. Además, el barco, según camina, encuentra respiros y calmas y ventolinas y huracanes... cualquier cosa, pero no siempre esta lluvia uniforme que acaba por desquiciar los nervios.
—Buenos días, Marcial.
La voz del Primero se filtró sinuosa por el mamparo.
—¿Buenos? ¡Maravillosos, querrás decir!
Alzaba la voz, como si quisiera tomárselo a broma, pero le salía todo menos festiva.
—Vamos, Marcial, que sea esto lo peor que tengamos que pasar en nuestra vida.
—Cabrón.
Lo dijo entre dientes, pero el otro seguro que le oyó.
—¿Te has fijado que parece gozar desengañándonos?, ¡cómo si a mí me desengaña ya nadie de esta perra vida! —No le des importancia; ese tío lo que es un mala sangre. —Pero mira que tocarnos a nosotros; ¿cuándo vuelve Carlos del permiso? —Dos meses todavía. —¿Dónde ha ido?, ¿a Londres, como siempre? —Sí. —Pues si quería mojarse, no necesitaba haber ido tan lejos. —Carlos, desde lo de Edimburgo, se ha vuelto la mar de raro. Lo de quedarse siempre a bordo es una ganga para nosotros, pero no me gusta nada. Aquella fulana... —Yo creo que fue después de lo de Ceuta. A la escocesa la olvidó en seguida, acuérdate de después, cada día una juerga. Lo de Ceuta, en cambio, tuvo mandanga. Claro que también fue mala suerte, el viejo aquel venirse a meter bajo las ruedas. Y menos mal que se arregló todo, porque si no... —No sé qué te diga; lo que me escama es que no haya vuelto a hablar de la individua aquella, ¿cómo se llamaba? ¿Lydia? —Carlos ya no habla de nada. —Y don Francisco de todo. —De todo lo malo. —Que para él es bueno. —Pero, ¿cómo puede haber gente así? A éste, lo crucifican y se ríe. —Pues que se ande de coñas conmigo. —Hombre, no será tanto. El tío es un pesado, pero tampoco... —El tío es un mansurrón que si te la pudiera hacer, te la hacía. Lo que le pasa es que le faltan huevos para ello. Ya me está cargando con tanto recordatorio.
La voz volvía a oírse, tras larga pausa, desde el camarote vecino.
—No te preocupes, Marcial. Esto no es nada. Me acuerdo que una vez...
La vieja monserga. Que si antes no había agua en los camarotes, ni luz eléctrica en la cámara, que las guardias eran de seis horas...
—Supongo que hoy no iréis al puente alto a tomar baños de sol.
Lo decía con recochineo. Le molestaba aquel desparpajo de los pilotos y agregados, subiendo a la magistral las tardes despejadas en traje de baño. Pero no se atrevía a reñirles. —Vais a coger una insolación —era todo lo más que les decía.
—¡Maldita lluvia!
Enrique entraba por el pasillo chorreando agua.
—¡Marcelo!
Preparaba los platos para la comida en la antecámara. A un lado los soperos, al otro, los lisos. Les pasaba el paño, pese a estar ya muy limpios.
—Marcelo, ¿estás soñando?
Azorado, abandonó su actitud beatífica. Casi se le cae el plato que tenía entre las manos.
—Diga, don Enrique. Le estaba prepa...
—Ponme este capote en el enrejado de máquinas y mira si está ya seco el chubasquero.
—Voy, voy.
Mordisqueaba una galleta cuando entró en el camarote del Segundo, que se había vuelto a la cama.
—Menudo panorama, amigo.
—¿Qué dice el parte meteorológico?
—No lo sé ni me importa. Ya perdí la esperanza de ver una cosa llamada sol.
—¿Qué es eso?
Cruzó, sin brío, una pequeña pausa.
—Chico, no tengo humor para nada.
—Tú que has navegado muchísimo más que yo, ¿has visto caer tanta agua seguida?
—Te contestaría que no, pero ya sabes cómo es esta condenada vida. Basta que mañana haga un buen día para que nos olvidemos de todo esto. Pregúntale al Primero. Ése sí que lleva la cuenta de todas las desgracias que ha padecido.
—¿A don Francisco? No me atrevo. Es capaz de contarme lo del Diluvio Universal.
Puso un dedo en los labios, para señalar luego el mamparo. El otro hizo un gesto de asentimiento antes de cambiar de voz.
—Debe ser la influencia de las rías gallegas que tenemos enfrente.
—Pues a ver si las dejamos pronto atrás.
Se abrió la puerta del pasillo. Marcelo, a cuerpo, traía el chubasquero del agregado sobre el antebrazo.
—Tenga, ya le está bien seco.
—Bueno, hombre, gracias. ¿Pero cómo no te lo has puesto para cruzar la cubierta?
—Ya ve.
—¡Ya veo, no! Menuda mojadura te has pegado.
Marcelo, sin contestar, se dirigía hacia el comedor. Enrique movía la cabeza mientras continuaba hablando con el Segundo.
—Menudo camarero de repuesto nos hemos buscado. Ayer, en vez de hacerme la cama casi me hace la petaca. ¿Cuándo vuelve Sabino? En este barco todo el mundo parece estar de permiso.
Marcelo ya no oyó la respuesta del Segundo. —No te preocupes, ése vuelve dentro de una semana—. Estaba de nuevo ante el montón de platos. Los soperos aquí, los lisos allá. ¿En qué pensaba al llamarle?... Ah, sí. Cuando el riachuelo que pasa junto a Santa Marta de Ortigueira fue creciendo y creciendo hasta cubrir la piedra grande del molino —el molinero se fue a vivir con un pariente, a Bueu— y el agua desbordaba todos los caneiros y se había tragado todos los senderos. La tierra parecía distinta. Alguna corredoira empinada estaba convertida en aprendiz de afluente. Había mil regueros por todas partes. Como era otoño, los árboles perdían en desbandada sus hojas, que flotaban en el agua como barcos viejos, hasta quedar varadas en los grandes barrizales. Estaban aún todos. No habían muerto ni Domingo, ni Antolín, y Cecilia venía a jugar todas las tardes.
—Marcelo, Marcelo y sólo Marcelo es nuestro hombre. Recién casado, con la mujer esperando ya un hijo, no va a abandonarnos, digo yo.
—Lo importante es lo que diga él.
El consejo de guerra tenía lugar en la cámara. La mesa estaba todavía llena de platos sucios, copas vacías y restos de comida. Estaban todos, desde el capitán a los agregados, pasando por el telegrafista. Marcial sacó su última carta.
—Además, si no le cogemos a él, ¿a quién entonces? Es el único que tiene alguna experiencia de camarero. Acordaos de que sustituyó una vez a Sabino.
—¡Pero vaya experiencia! A mí me echó dos veces la sopa encima.
—Acuérdate de que hacía una mar puñetera. ¿Usted qué dice, don Luciano?
Todas las miradas se volvieron hacia el capitán, que movió la cabeza desinteresadamente. —¡Venirle a él con el problema del camarero! Pues están buenas las cosas para eso—. La estancia en Boston había sido desastrosa. Ocho, nada menos que ocho marineros habían desertado, sin dejar el menor rastro. —Que lo hagan dos, tres, hasta cuatro, bueno, eso pasa en todos los viajes a los Estados Unidos. ¡Pero ocho! ¡Menuda pandilla de maleantes!—. El Primer oficial gritaba hacia popa, para que le oyese el resto de la tripulación. Jorge, un maquinista, asomó la cabeza por el portillo de su camarote. —Coño, no te pongas a insultar a los que quedan, que todavía se nos pueden escapar. Bastante aviados estamos ya—. Un verdadero desastre. Seguía moviendo la cabeza. —¿Que desapareció el camarero?, ¡al diablo con el camarero! ¿Y los dos timoneles, cómo los reemplazo? Los agregados tendrán que ponerse a la rueda, pero no hay más que verlos; éstos van a hacer más eses que un borracho. Mucho uniforme, mucha gorra, pero a la hora de la verdad, cuando hay que aguantar mecha, se derriten como manteca. —Ya veréis lo que son dos horas agarrados a la caña —les advirtió el Tercero, que en sus prácticas había tenido que aguantar bastante de la medicina—. Acaba uno hipnotizado por el compás. ¿Y el horario? Cuatro horas de dormir y otras dos arriba, día y noche. Nada, igual que en el tiovivo.
—Y estos imbéciles preocupándose por el camarero. Si se ponen mal las cosas, cada uno va por su comida a la cocina y en paz. Porque el mayordomo, con su pata galana y sus setenta años, ya no está para estos trotes.
—Estábamos ciegos —Marcial se daba la razón a sí mismo, mientras dejaba caer un chorro espeso de leche condensada en la taza de café—. Naturalmente que Sabino tenía que largarse. Soltero, con veinticuatro años, hablando un poco de inglés, sabiendo servir una mesa, ¿iba a desaprovechar la ocasión de quedarse en América?
En el extremo sudeste de la larga mesa, todavía no acertaban a explicárselo.
—Pero, ¿qué hacen en los Estados Unidos sin pasaporte, sin permiso de residencia, sin carta de trabajo?
—Enriquito, no me seas inocente, ¿qué van a hacer? Pues trabajar. En ese país —apuntaba con el pulgar hacia la espalda—, lo difícil es entrar. Luego, ya dentro, no hay el menor control. He conocido marineros españoles que llevan quince años sin ser localizados. Lo normal, sin embargo, es que los pesquen a los cuatro o cinco. En ese tiempo han podido ahorrar unos dólares que les esperan en casa al ser repatriados. Eso, si antes no han encontrado una divorciada con quien casarse y se convierten en ciudadanos de los Estados Unidos, que es algo así como ser obispo.
Enrique, moreno, bajo, bien parecido, insistía con inocencia encantadora.
—Trabajar, pero ¿dónde, cómo?
[Quédate, quédate, ¿me entiendes? Mi padre te arreglará los papeles. Tú te quedas, te quedas conmigo, ¿entiendes lo que te digo? —hablaba un italiano salpicado de palabras inglesas, que quería ser español. Él estaba consagrado a introducir la mano por debajo de la faja restallante, que se le pegaba a la cadera como una segunda piel—. Te quedas. Mi padre te dará trabajo, te arreglará todo. ¿Me entiendes? Tú te quedas conmigo. —¡Maldita faja! Parece una armadura—. ¿Qué haces? No, Enrico, que me rompes la faja. Espera. Tú te quedas, ¿verdad? Ven. —Y me besaba con una boca enorme, jugosa, que parecía iba a devorarme.]
—¿Dónde, cómo trabajan? Para alguien con ganas de arrimar el hombro y no discutir la paga, aquí hay siempre un hueco. Por lo general, los que desertan tienen conocidos que les ayudan en los primeros pasos.
—Lo que usted no dice, don Marcial —era el telegrafista—, es que se les roba, se les explota, se les dan los trabajos peores y peor pagados.
[—¿Quedarse él? ¿Pero qué se creía aquel petardo? ¿Que había estudiado Náutica para quedarse de dependiente en una salchichería de Boston? —Tú te quedas, ¿verdad? No tienes que tener ningún miedo. Mi padre te arreglará los papeles. Déjame, que me la vas a romper. Yo me la quitaré. Pero amore no, ¿eh? Ven, bésame, así. —¡Lo que pesa esta mujer! Y estas endiabladas escaleras clavándoseme en los riñones. Mejor al suelo, sí, al suelo. —¿Qué haces? No. Ya he dicho que no. Amore, no. Todavía no. No hagas ruido. Que vas a despertar a mis padres. —¡Lo que faltaba! Haberla aguantado toda la tarde para que me salga ahora la familia. —¿Tú no quieres ser americano? ¿Verdad que sí? En cuanto nos casemos puedes pedir la nacionalidad. —Vaya, está gorda, pero al menos dura. —No, te he dicho que eso no. Ven, así, tranquilo, pero amore no. Amore, luego. —Pues yo no me voy sin mojar esta noche. Tú, tranquilo, y en cuanto se descuide, ¡adentro! —Ven, Enrico, ¿Enrico, verdad? A mi familia le gustarás. —¡Vaya cachas tiene la tía! Menos mal que el portal está a oscuras, porque debe abultar el doble que yo. ¿Y por qué se habrá teñido de rubio? ¡Vaya pelambrera! Pero la barriguita está blanda. —Tú sólo tienes que esconderte hasta que salga el barco. Te quedarás en casa. ¿Sabes? Todo el barrio es italiano. Decimos que eres un primo que llegó hace poco. No extrañará a nadie. ¡Enrico! Enrico, ¿qué haces? No, por favor, Enrico, no. ¿Pero te quedas?, ¿verdad que te quedas?]
—Pues algo debe haber aquí cuando siguen desertando, ¿no? —Marcial lanzó una mirada irónica al agregado—. Y no va por ti, Enriquín. Lo tuyo es distinto. Menuda suerte has tenido en encontrar ese agujero donde poder meterte. Eso sólo ocurre una vez cada mil. Pero ten cuidado porque los italianos son la leche. Como se enteren de que no te vas a casar con su hija, te cosen a navajazos.
—No te preocupes, no pienso volver a verla. Una vez y servido.
—Hombre, tanto como eso... Bueno —se volvió a los otros—, ¿de acuerdo en que Marcelo?
Nadie puso objeción. Un aire de abatimiento les abofeteaba en todas direcciones. Se le llamó. Al verse en la cámara, centro de la atención general, comenzó a juguetear con la gorra. Era pequeño, delgado, de nariz aguda y ojos grises, inquietos y parados a ráfagas.
—Marcelo, ¿cuándo espera tu mujer el primer hijo?
—En febrero, si Dios quiere, don Marcial.
—¿Tienes más familia en el pueblo?
Miró desconfiado a todas partes. El capitán le hizo una seña para animarle a hablar.
—Sí, señor; le tengo a mi madre, a mis hermanas, a los padres de mi señora, a mis...
—Bueno, bueno, está bien. Otra cosa, ¿tú has servido ya otra vez, no?
—¿En el servicio militar, quiere decir?
—No, hombre, como camarero, aquí, cuando Sabino estuvo de permiso.
Bajó aún más la cabeza.
—Sí. Sí, señor.
—¿Te gustaría volver a hacerlo?
Antes de contestar, les pasó revista.
—Puede.
—Puede, ¿sí o no?
El gesto que hizo fue aún más ambiguo.
—Mira, eso es muy fácil. Ya sabes. Sólo tienes que poner los platos y servir la comida que te da el cocinero. Por la mañana, arreglar nuestros camarotes y servir a las cuatro el desayuno a la primera guardia. Pero para eso quedarás libre de todos los trabajos de cubierta. ¿Te conviene?
—Yo, lo que ustedes manden.
Marcial resopló. Mucho de su entusiasmo anterior había desaparecido. Fue cuando don Luciano, que había seguido el interrogatorio como simple espectador, intervino.
—Está bien, Marcelo. El mayordomo te dirá lo que tienes que hacer. Y esta noche, en la cena, mira bien cómo él lo hace. Que te dé también las chaquetillas blancas de Sabino. Te quedarán un poco grandes, así que arréglalas esta tarde.
—Sí, señor.