Martes, 21

Estoy seguro de que cuando eras una adolescente, una gentil y delicada promesa de la mujer que hoy eres, te gustaría recorrer las silenciosas, las solitarias avenidas de los jardines desiertos.

A mí no me gustan los jardines en verano. Tienen mucho color, sí, pero tienen también demasiada gente. En la mar, cuando nos entra eso que bien pudiera llamarse nostalgia de jardines, preferimos imaginárnoslos en invierno o, todo lo más, en otoño.

No comprendo cómo la gente de las ciudades se aburre en las tardes de lluvia, encerrada en sus casas. Deben desconocer la dulce sensación que produce el estar bajo un silencioso abeto, mientras las gotas fingen misteriosos murmullos al caer entre las hojas. Tú, que habrás recorrido en la dorada adolescencia, una y otra vez, parques solitarios, sabrás también que de la tierra mojada sube un aroma tan intenso que puede embriagar el alma.

Toda la música no es, en el fondo, más que un esfuerzo para convertir nuestro corazón en un jardín donde la lluvia cae, un jardín donde robles descarnados alternan con abetos, cuyo tronco sangra por corazones asaeteados.

Un jardín que sueño con volver a recorrer contigo, mientras la lluvia moja nuestras frentes.

 

Vino a caer precisamente sobre sus narices, pegadas por el beso, y la sorpresa les hizo reír y abrazarse aún más.

—Voy a presentar una reclamación al ayuntamiento de Edimburgo —dijo él, muy serio.

—No te darán ni un penique, ¿no sabes que somos escoceses? Y, además, ya te he dicho que esto no es Edimburgo, esto es Leith. —Tenía una voz profunda, casi ronca, que encajaba bien en la semioscuridad. Las gotas iban cayendo ya de un modo regular—. Ven, aquí no llueve.

Se lo llevó más al interior, donde las sombras eran espesas, compactas, y, mientras la desnudaba, siguió besándola. Le hubiese gustado verla, pero conocía hasta tal punto los muslos firmes, el vientre liso, los senos redondos, la espalda suave, que podía írsela imaginando como si tuviese un ojo en la yema de cada dedo. —¿Planes? Hombre, pasar por el «Pub» del astillero, que si le gustáis a Lydia...—. No lo creyó. Había oído demasiadas veces la historia de la chica que se acuesta con el que le gusta. Pero de todas formas fue. ¿Qué otra cosa podía hacerse a no sé cuántos kilómetros de Edimburgo y de Glasgow? Qué fastidio estos antepuertos. Fue con Marcial. —¿Tú crees que hay plan? —Por probar nada se pierde—. Le sorprendió su primera mirada. De catadora, de cazadora, desconfiada y expectante. Al servirle el whisky, sonrió por primera vez, sin mirarle, como si se estuviera diciendo: «Sabía que ibas a pedir un whisky y no cerveza. Tú no eres de ésos». Lo curioso es que él tuvo desde el primer momento la impresión de que se entendía con ella sin palabras, y cuando le hizo una seña imperceptible e imperiosa, salió, sin prisas ni vacilaciones, al patio trasero, que también servía de aparcamiento, aunque no había ningún coche, donde ya le esperaba. Sin preguntarle siquiera el nombre, la besó.

—También empieza a llover aquí.

No se había dado cuenta, aunque él estaba encima y recibía la lluvia en la espalda. Ella tuvo una de esas salidas que le sorprendían y asustaban.

—Eres el paraguas más pesado que he tenido en mi vida.

Quiso retirarse inmediatamente, pero le retuvo.

—Y el más agradable.

¿Llegaría alguna vez a comprenderla? ¡Y mira que se entendían bien! No supo el tiempo exacto que habían estado en el patio. Hubo besos amorosos, interminables, entremezclados con otros breves y frenéticos. De vez en cuando, se separaba para ver con perspectiva la cara —firme, maciza, de pómulos altos y mandíbula enérgica— enmarcada por cabellos rubios, lacios, que caían sobre los hombros. Pero ella volvía pronto a la carga. Sentía sus manos avariciosas recorrerle la espalda, los hombros, los brazos, ceñírsele a la cintura, refugiársele bajo la camisa. Cesó todo con la misma brusquedad que había empezado. —Vamos—. Quiso volver por la puerta principal, pero le llevó de la mano por la trasera, que daba a una cocina sin encender, a oscuras y, luego, a una habitación que debía servir de bodega, llena de barriles y cajas de botellas, con un par de mesas, desocupadas y polvorientas. —¿Cómo te llamas?—. Se lo dijo. —Español, ¿no? —¿Cómo lo sabes?—. Se había quedado de pie, ante él. —Hay muy pocas cosas en el puerto de Leith que yo no sepa. ¿Vais a quedaros por mucho tiempo? —Sólo tres días, pero empezamos una carrera con Dakar que durará bastante. Estaremos aquí cada mes. —Entonces, ¿sois vosotros los que sustituís a los del «Rosario»? —Sí, ¿los conoces?—. No le contestó. —Te traeré el vaso aquí—. A través del rectángulo sin puerta que daba a la sala pudo ver a Marcial, que le hacía gestos de pasmo e interrogación. Con las manos le dijo que se estuviera quieto. Entró el padre en busca de una caja de cerveza y sintió vergüenza, pero el viejo hizo como si no le viera, como si fuese una silla más.

Empezaba a sentir frío. Fue una tontería no haberse puesto la gabardina. El abrigo termina siempre por empaparse.

—¿Volvemos?

—Como quieras.

Había sido ella quien le trajo allí, al segundo día. El parque estaba a dos manzanas del puerto y se oía el resollar de las locomotoras y el aullido de las sirenas. Pero sus árboles eran tantos que, al menos de noche, parecía uno a mil millas de todo lugar habitado. Algunas veces, durante las guardias, había intentado imaginar aquel parque de día, pero nunca lo consiguió. Por eso no sabía con exactitud si aquello era un templete de música —aunque casi había rechazado la idea; en Escocia no puede haber conciertos al aire libre, ¿o sí?— o un cenador. Puede que aquel parque hubiese sido privado alguna vez. El primer día le extrañó la completa soledad, ni siquiera parejas de novios; pero luego, dándole vueltas, se dio cuenta de que los barrios habitados empezaban mucho más lejos.

Cuando la vio ante sí, compuesta, arreglada, como si nada hubiera pasado, esperando que él terminase, le entraron ganas de poseerla, y segundos después estaban de nuevo forcejeando en aquella especie de banco de piedra.

—Tú amigo se va—. Había algo de orden en la frase. —¿Qué hora es?—. Miró el reloj. —Las diez. Bien, yo también me voy—. Le acompañó hasta la puerta de detrás, donde besó y se dejó besar con furia y abandono. —Hasta mañana—. Lo dijo como si hubieran hablado de ello, como si no ofreciese lugar a dudas. Desde entonces, fue como un rito, como una costumbre establecida, nunca violada. Llegaba a las siete, se marchaba a las diez. La única diferencia era que, el día antes de zarpar, ella no decía «Hasta mañana» y los besos se prolongaban. Pero todo sin que él tuviese necesidad de decirlo, de explicarlo.

Sintió un escalofrío y buscó el calor de entre sus muslos, que le recibieron ansiosos. Hasta mucho después no se dio cuenta de que ella prefería estar encima e incluso cabalgar como una amazona, el tronco erguido, las manos agarradas, como bridas, a sus hombros, la cabeza hacia atrás con los ojos, posiblemente cerrados, en el cielo. Pero no había conseguido llevarla a una habitación. Estaba dispuesto incluso a jugarse un escándalo en el barco y llevarla al camarote, pero tampoco consintió. En las largas travesías hasta Dakar, cuando el calor apenas deja respirar y se busca la brisa en el castillo de proa, el recuerdo del quiosco o cenador, lo que fuese, le resultaba fresco y enervante al mismo tiempo, y lo primero que hacía al llegar a puerto era buscar una mujer que se le pareciera para pasar la noche con ella, pero ninguna se le parecía y, al final, harto de desilusiones, empezó a escribirla postales, de las que ella nunca le habló.

—Ahora sí que tenemos que irnos.

—¿Estás segura?

—Sí. —Y le mostró el reloj—. Las diez.

Eran unas travesías extrañas, casi mágicas, con Lydia, fría, en un extremo; Dakar, ardiente, en el otro, y toda la oficialidad envuelta en el negocio. Cargaban las cajas de whisky en Escocia; el tabaco, en Canarias, y todo marchaba tan bien que podían mandar sacarlo de día, con los cabestrantes, como si fuera carga. El negocio era tan redondo que daba para untar a todo el puerto.

—Así es como a mí me gusta, en grande. —Diego, el Segundo maquinista, se había venido a cubierta para contemplar el solemne trabajo de las grúas—. No esa miseria de andar escondiendo una botella en las calderas.

Le sobraba, por primera vez en su vida, el dinero, y quiso llevársela un día a cenar al mejor restaurante de Edimburgo, donde quisiera. Pero le rechazó con cierto encono.

—No; ¿es que no estás bien aquí?

—Sí, pero, mujer, un día... ¿o es que no puedes dejar solo a tu padre?

La veía extrañamente insegura.

—Entonces, ¿qué es?

Se había sentado en sus rodillas, estaban en el pequeño cuarto, y ella tenía la mirada fija en un lugar impreciso de la pared.

—¿Sabes que fui por última vez a Edimburgo hace cinco años? —Lo decía como si fuese otro mundo—. No me gustó. Me sentí una persona como las demás. —Ahora le miraba triunfante—. ¿No te has dado cuenta de que éste es mi sitio, de que soy la reina de Leith, la reina del puerto?

 

Me olvido de algo, estoy segura, siempre me olvido de algo, como si fuera una costumbre, como si lo hiciese a propósito, y bien sabe Dios que no lo es, que una hace lo que puede, con la mejor voluntad, durante semanas, empaquetando. Pero luego resulta que se ha caído en cualquier rincón, que se ha quedado sobre la mesa de la cocina o sobre el aparador o sobre la cama. Y cada vez es peor. Tendría que hacer una lista. Pero después lo que pierdo es la lista. ¿Qué es, esta vez? Los calcetines de lana están, y el jersey, y las botas, se las arregló bien Tomaso. —Yanta, que le ponga yanta; es lo único que no deja pasar la humedad—. Menudas yantas le ha puesto; va a parecer un camión. Pero seguro que no le entra la humedad. ¿Hará tanta humedad a bordo? Porque en puerto se está allí tan calentito. Tendría que hacer un viaje con él, siquiera por probar. —Sí, mujer, un viaje corto, dentro de España; el Viejo no diría nada, si todas las mujeres de los otros oficiales lo hacen. —No puedo, Ramón; ¿qué hago con Moncho? —¿Qué haces? Pues lo dejas con los abuelos, o con mi hermana, ya es bastante mayorcito. ¿O acaso no lo dejas solo cuando vienes a verme? —No es lo mismo; sólo son unos días. —¿Y cuánto te crees que dura un viaje por España?, ¿un mes, tontona? Además, aunque durase. —No puedo, Ramón, ahora no puedo; más adelante. —Me estás mimando demasiado a ese chico, ¿o es que te da miedo navegar?—. Se reía. Debí ponerme encarnada. ¿Pero acaso es pecado que le tenga una miedo a la mar?, ¿y a los barcos? La verdad es que hasta amarrados me dan miedo. Con lo bien que se está en tierra. Con lo seguro que es el suelo, sin moverse, sin temblar, porque el barco siempre tiembla, aunque esté amarrado, aunque tenga apagadas las máquinas. Que no me digan que es lo mismo que pisar como Dios manda. Yo, en cuanto pongo el pie allí, lo noto; es como montar en un caballo, pero no, porque el caballo es un animal inteligente y, si se le habla, entiende, ¿pero cómo se le va a hablar a un barco? Un barco es como la mar, ¿quién la domina? No valen palabras con ellos. Estoy cansada de ver barcas de pesca con el aparejo roto. —Contentos podemos estar por haber vuelto—. ¿Contentos? Pues vaya gracia. Menos mal que a Moncho no le ha dado por ahí, porque si le da, no sé lo que iba a ser de mí. —Vigílame a ese muchacho—. ¿Vigilarle? Como si fuera tan fácil. —Aprobó las asignaturas que le quedaron en junio, ¿no? Me parece que le voy a tener que meter interno. —¿Quitármelo? —No, mujer, pero está llegando a una edad difícil, y como yo le veo sólo de pascuas a ramos...—. Si supiera que yo tampoco le veo mucho. Pero, ¿qué voy a hacer?, ¿dejar que le meta en un internado? Cualquier cosa antes que eso; ¿que falta a comer?, ¿que no viene a dormir alguna noche?, no es un crimen, la edad, pero ¿dónde se meterá? Seguro que jugando a esas endiabladas cartas. Su padre no debió comprarle la moto. Y yo debí hablar con él seriamente la primera vez que faltó dinero. Ahora ya es tarde para todo; debiera hacer ese viaje en el barco, sería como unas vacaciones, como una nueva luna de miel. Qué tonterías estoy pensando. Pero Gloria y Floro lo hacen siempre que pueden. Vaya pareja. Y vaya ideas. —Para mí, la mujer tiene que serlo todo para el marido: esposa, querida, amiga, madre, todo—. Esta manía mía de ponerme encarnada. Se rieron de mí. Y Ramón sin echarme una mano. La vergüenza que pasé. La verdad es que no hay derecho a decir entre personas decentes que la mujer tiene que ser la querida del marido. Querida, querida, querida, querida, ¿por qué habrán puesto ese nombre tan bonito a una cosa tan fea? La verdad es que nunca había pensado en él y siempre me sonó como una palabrota. Querida. ¿Habrá tenido Ramón una querida? No lo creo. Es demasiado serio. Además, me manda todo el sueldo y esas zánganas lo primero que hacen es pedir dinero. Claro que lo de los sobordos no lo entiendo, varían siempre y puede sisarme algo, pero no mucho, estoy segura, se lo notaría, le notaría si tuviese una querida, si quisiese a otra, si se fuera con otra. Pero, ¿qué tonterías estoy pensando? Debe ser el traqueteo del tren; siempre me pasa lo mismo en el tren; hay que ver lo que me gusta el tren, lo seguro que es y lo tranquilo, la de cosas que pueden verse, y a cuántas personas se conocen; no hace falta hablar con ellas, con mirarlas basta, y anda que pasé miedo la primera vez; fue como cuando hablé por teléfono por primera vez. —Vente, ¿me oyes?; vente a Barcelona, estaremos aquí cinco días para una pequeña reparación, ¿me oyes? Como no dices nada—. Y hay que ver cómo luego me he aficionado. Todo es acostumbrarse a las cosas. —Un segunda para Gijón; un segunda para Barcelona; un segunda para Valencia; un segunda para Málaga; y, nada, montarse y dejarse llevar. Más sencillo no puede ser. Fue como con los transbordos. —No; si tengo que hacer transbordo, no voy; me puedo perder. —Pero si es muy fácil. Además, preguntando se va a Roma, tontona—. Pero el de Madrid me sigue dando miedo. Eso de cambiar de estación me da miedo. Y Madrid. Sobre todo, Madrid. Yo allí me perdería en la primera calle. —Pero, ¿te has pasado todo el tiempo en la sala de espera?, ¿no fuiste siquiera a echar un vistazo a la Cibeles?—. Me hubiera perdido, estoy segura. Sólo ver tanta gente, tantos coches, tantos autobuses, me marea. Es como la mar. Me puede. Y anda que Bilbao se está poniendo bueno. Pero en Bilbao tengo a Moncho. Hay que ver lo bien que se maneja por allí. No parece un chico de pueblo; parece que nació en la capital. —Mira, mamá, la próxima vez que vengas, ponte otro vestido. La pandilla, ¿sabes?—. ¿Cómo le diré a Ramón que no ha aprobado la reválida, que no ha aprobado siquiera el curso? Y él cree que ya puede empezar a estudiar en Deusto el año que viene. —Mamá, no quiero estudiar; los libros no son para mí. A mí se me dan mejor otras cosas. Además, estudiar es un atraso, ¿no ves al padre de Eduardo? Le sobra el dinero y ni siquiera tiene primero de Bachillerato. La representación de automóviles le sobra para vivir como un rajá. —Pero, hijo, ¿qué voy a decirle a tu padre? —Eso es cosa tuya o, ¿qué quieres?, ¿que estudie Náutica como él y me deje la piel en los barcos para ganar cuatro perras? —No, no, eso no—. Lo sabe y abusa. Sabe que hablarme sólo de los barcos me pone enferma. Pero tengo que decírselo a Ramón. Ya sé, me echará todas las culpas. —¿No te lo decía? Si me hubieses hecho caso y lo hubiéramos metido interno, a estas horas lo tendríamos enderezado. Los jesuitas saben hacer muy bien estas cosas. Pero las madres echáis los hijos a perder, sobre todo cuando son únicos—. ¡Qué fácil es decir eso! Vaya, ahora me doy cuenta. La camisa de franela se quedó sobre la mesa de la cocina, como la planché aún noche. Y le iba a hacer buen servicio. Además, así no ensuciaría las blancas, ni tendría todo el lío de lavar y planchar. ¿Cómo se las arreglarán esos hombres solos en el barco, sin mujeres? ¿Me echará Ramón mucho de menos? Mira que es soso en sus cartas. Todavía de novios, pero en cuanto nos casamos, ni un piropo. Te quiero, besos cariñosos, Ramón. Ahora, que en el resto cumple como los buenos. —En este viaje vamos a tener un buen sobordo. Llevamos trigo—. La pobre Eulalia sí que ha tenido mala suerte. Claro que ella también se lo ha buscado. Todos se lo decían: «Ese hombre es un borrachín, te gastará el sueldo en vino». Pero ella, como si oyera llover. Así le va. Menos mal que puede vivir con sus padres, porque si no, ni para comer. Los que me dan pena son los niños. Con lo buenos que han salido. Gabriel, todas las matrículas. Lo malo es que se lleva todas las becas y no deja ninguna para sus hermanos. Es un consuelo para la pobre Eulalia. Cada una tiene su cruz. Este chico se parece un poco a Moncho, así, de perfil, cuando mira por la ventanilla. Ya le encontré algo familiar desde que entró en el compartimento. Los mismos ojos, un poco hundidos; la boca, no; Moncho tiene los labios más gruesos; ni la nariz, ni las orejas, pero los ojos, sí; los ojos son iguales; podrían ser hermanos; no los levanta del libro; es un libro de texto; seguro que va a examinarse a Valencia. Lo hacen mucho ahora los chicos. ¿Por qué no podría hacerlo Moncho? —Bueno, pero si ese profesor te tiene manía, ¿por qué no cambias de instituto? —Mira, mamá, tú no entiendes. Yo lo que no quiero es estudiar, pasarme lo mejor de la vida sobre los libros para ganar luego cuatro perras. —En fin, tú sabrás—. Entonces parecía tan fácil, pero ¿cómo voy a decírselo a Ramón? Tengo que pensar cómo voy a decírselo; tengo toda la noche para ello. Se llevará un disgusto. Mejor hubiese sido decírselo por carta. Pero por carta es más difícil. Todavía hablando. Es posible que hubiese sido mejor meterle interno. Pero, ¿qué hubiera hecho yo, sola, allá arriba? Todavía con Moncho. Moncho me compensaba un poco a Ramón. ¿No es Moncho, en cierto sentido, Ramón? ¿No los confundo alguna vez? Y mira que son distintos. Aunque, ¿lo son? A Moncho me lo conozco bien, lo conozco demasiado bien. Lo conozco tan bien que no quiero conocerle y me miento a mí misma y me digo que no es así y me olvido de cómo es. Pero, ¿cómo es Ramón?, ¿sé realmente cómo es Ramón? Claro que lo sé, ¿no voy a saberlo? Ramón es serio, muy serio, demasiado serio. Pero, entonces, ¿por qué aceptó que Floro hablara tan desvergonzadamente, al fin y al cabo, es el Tercero, y que todos se rieran de mí cuando me puse encarnada? ¿Es que cuentan esas cosas siempre? A lo mejor, Ramón no es con los otros como conmigo; me gustaría verles por el ojo de la cerradura, sin que nadie se diera cuenta y ver si de verdad son siempre tan desvergonzados. ¡Qué ideas se le ocurren a una! Estoy segura de que Ramón, no; Ramón puede escucharlo, pero decir esas cosas, no. Es demasiado soso; en eso Moncho es distinto; hay que ver cómo se ha acostumbrado a Bilbao; nadie diría que se ha criado en un pueblo, y bien pequeñito; a veces me parece que hasta tiene vergüenza en decirlo. Con las chicas es natural hasta cierto modo, como con la hija de los dueños de la pensión. —No, yo nací en San Sebastián. Lo que pasa es que me crié con los abuelos, como mi padre está siempre navegando—. No sabía que le oía; lo curioso es que dijo lo de su padre con orgullo. Ahora, no me gustó que dijese que era capitán; mentiras de ésas, no; mentir a las chicas está mal; nos lo creemos todo, somos unas bobas, estamos dispuestas a creérnoslo todo; debí habérselo dicho, pero, ¿para qué?, es inútil. —Tú, mamá, no entiendes de estas cosas y, otra vez, a ver si te arreglas un poco mejor. Sí, ya sé que el vestido es nuevo, pero vas hecha una facha. Pareces diez años más vieja de lo que eres—. Eso me gusta de Moncho; se preocupa de cómo voy, no como Ramón, a quien todo da lo mismo. —¿No me notas nada? —Pues no, mujer; ¿te sientes mal? —Qué va; el vestido, ¿te gusta? Me lo eligió Moncho. —Ése de lo que debía ocuparse es de los libros—. No debí decírselo. Pero me gustó el detalle. Además, me siento muy bien en él, es mucho más cómodo. Aunque debería haberlo alargado. Al sentarme no me tapa todas las rodillas, pero no había doblez. Ahora, ahorran en todo. Aunque, como no lo voy a llevar en el pueblo. En el pueblo sólo se puede ir de negro. Como si fuéramos viudas. ¿Es que no lo somos? Viudas con los maridos vivitos y coleantes. Gracias a Dios. Vaya, ya empiezan a cenar. En cuanto uno saca sus cosas, los otros no pueden resistir. Debería hacer lo mismo, pero no tengo hambre; cada vez tengo menos hambre en el tren. Antes, no hacía más que comer, me quitaba el nerviosismo, pero ahora, casi no como, llego con todo al barco. —Pero, mujer, ¿a qué traes todo esto?, ¿es que te crees que aquí pasamos hambre? Otras cosas nos faltan, pero lo que es comida—. Y el sinvergüenza de Floro: —Sí, sí, otras cosas—. Bueno, a ése hay que dejarle, es incorregible. Y a Gloria parece que le hace gracia; si mi marido fuera así. Allá ellos. El chico parece que tampoco come. Somos los dos únicos del departamento que no comemos. Tal vez no se haya traído. Debería ofrecerle. Pero, ¿cómo? Se ha metido aún más en el libro, y no debe casi ver, porque esta luz. Parece un buen chico. Y estudioso. Posiblemente le gustaría el bacalao que le llevo a Ramón. —¿Bacalao?, ¡cómo no! Mi mujercita nunca se olvida—. Es ya una costumbre. Tengo que tener cuidado de que la tartera no se vuelque, como la última vez. Pero a él le gusta. —¿Bacalao?, venga para acá. —Pero si acabas de comer. —No importa, ¡con lo que me gusta!—. ¿Sabe él lo que me gusta a mí? Aunque, ¿sé yo lo que me gusta? Al menos, de él sí se sabe. Los hombres son tan simples, se les adivina en seguida lo que quieren, basta mirarles los ojos. Además, lo dicen; no tienen reparo en decirlo. Pero, ¿cómo vamos a decirlo nosotras, si además no lo sabemos bien? Lo que es bueno para él, es bueno para mí; lo que es bueno para Moncho, es bueno para mí; pero ¿qué es bueno para mí sola, sólo para mí? Aunque, ¿qué puedo pedir, si lo tengo todo? Un buen marido, un hijo, bueno, no muy aplicado, pero, eso sí, cariñoso, cariñoso como pocos, la casa, salud. Cada vez que pienso en Eulalia, ¿cómo podrá aguantarlo? Porque a veces hasta está contenta; menos mal que los hijos; si Moncho fuera sólo la mitad de estudioso; pero yo no podría aguantar, yo soy una cobarde, lo reconozco, le tengo miedo a todo, a quedarme sin dinero, a que muera Ramón, al dolor, al mar, fíjate, hasta al tren al principio y con lo a gusto que ahora me siento. Debe ser este traqueteo, se piensa tan bien, y las cosas que se ven por la ventanilla, es como ir al cine, pero de verdad, un cine de verdad, y pensar que le tenía tanto miedo, ¿no se lo tenía también a Ramón? —Pero, tontona, ¿de qué te asustas, si no voy a hacerte nada?—. ¿No se lo sigo teniendo un poco? La verdad. Bueno, un poco, pero sólo un poco, para eso es un hombre, para eso es mi marido. ¿Y si después resultara como el tren, que no se come a nadie, que se está tan bien, así, acunada en él?; ya apagan la luz. —Buenas noches, que descansen. —Vamos a ver si echamos una cabezada. —Pero donde está la cama que se quite todo lo demás, ¡qué invento, la cama! Ya lo dice Floro. Aunque tampoco estoy del todo de acuerdo; también se puede dormir la mar de bien si se ha tenido la suerte de coger el asiento de la ventanilla, con la cabeza apoyada en el rincón, viendo el campo negro, y las chispitas rojas que pasan volando, y las luces de los pueblos a lo lejos, y los postes de la luz, como soldados tiesos. —¿Qué quiere?, ¿bajar la persianilla? No, no me molesta—. Claro que me molesta, y ¿qué le podía molestar a él, si está en la otra esquina, si no entraba ninguna claridad? Menos mal que por el lado queda abombado y puedo seguir viéndolo todo, como cortado, una raja de cielo y de tierra, hasta es más bonito, así, con el resto a oscuras; hay que ver qué claridad pueden dar las estrellas, porque son ellas solas, no hay luna; este cielo es distinto al nuestro, más limpio, más alto, pero también me da un poco de miedo, tan vacío todo, tan llano, el llano me da miedo, no hay dónde esconderse; es la pesadilla de tantas noches, correr, correr, sin encontrar nada donde ocultarse, ni una loma, ni un árbol, ni una casa, y seguir corriendo, sin saber lo que la persigue a una, sin atreverse a volver la cabeza, qué angustia, Dios mío, el corazón me da otra vez esos latidos, pero no es una pesadilla, no estoy dormida, no es el llano, ni el cielo tan alto, es ese calambre que me sube de las rodillas y el corazón cada vez más fuerte, necesito un poco de aire, abrir la ventanilla, abrir los ojos; no, notaría que no estoy dormida, ¿lo estará él?; seguro que sí, seguro que todo ha sido una casualidad, su cuerpo resbaló y sus rodillas chocaron con las mías, no puede ser otra cosa, voy a retirarlas un poco, sin que se dé cuenta, sin que nadie se dé cuenta, aunque nadie puede darse cuenta; ahí abajo está completamente oscuro, yo misma no lo veo; apartaré las dos a un tiempo, muy lentamente, para que no se despierte; pero, ¿qué pasa?, sus rodillas se vienen con las mías, ¿o es que no las he retirado?; sí, seguro, un poco, pero las he retirado, aunque siguen ahí, todo él sigue ahí, en ese hueso redondo; lo siento, ¿estará realmente dormido?; qué extraño, es un hueso pero no parece un hueso, más blando que los otros; nunca me había fijado, pero tengo que retirarme, de un tirón, aunque se caiga; no, que se caiga, no; podrían pensar otra cosa. ¿Le habrán gustado mis rodillas?, ¿qué pudo ver en ellas?; nosotras no tenemos ese hueso redondo, ese hueso duro y blando al mismo tiempo; parece que están hechas para entrar la una en la otra; el corazón ya no me da aquellos golpes, marcha otra vez al compás del tren; qué bien se viaja en tren: los campos, los ríos, los montes, los pueblos, como si se resbalase sobre ello; qué delicia, es como el cine, como un cine de verdad; parece que tengo el corazón en las rodillas, y la cabeza, todo; ¿es esto pecado?, ¡no va a serlo!, ¿cómo puede serlo?, si no es nada, un cachitín atrás, y ya no lo es, un milímetro sólo; pero no puedo, nuestras rodillas marchan al compás; el tren, no hay como el tren; me confesaré, me confesaré y todo arreglado, pero no con don Félix; me confesaré en la catedral de Valencia, con un cura que no me conozca.

Era como un convenio tácito y él se lo agradecía. Nadie le hablaba jamás de ella, ni él la aludía en las conversaciones. Además, ¿qué iba a contar?, ¿las horas lentas en el pequeño cuarto, esperando a que ella viniera cada poco, para poner a besarse desesperadamente?, ¿las escapadas al cenador o al quiosco (aún no sabía lo que era)?, ¿qué podía decirles de Lydia, aparte de sus besos interminables, de sus galopadas frenéticas? Por eso, después de la cena, ya nadie le preguntaba, como antes, si salía a dar una vuelta y, poco a poco, notaba que iba perdiendo contacto y quedando al margen de los pequeños acontecimientos del barco y casi de la conversación general. Porque se daba cuenta de ello, era lo más raro, como si lo de Lydia fuera un compartimento estanco en su vida y no influenciara para nada el resto. —No puedo estar enamorado; el mundo sigue pareciéndome igual. —¿Amor?, ¿qué es eso?— y se sonreía. Pero ansiaba la vuelta a Edimburgo y el corto recorrido hasta el «Pub» y la brutal intensidad de las idas al parque, a despecho del agua y de la nieve. Había decidido no pensar y lo estaba consiguiendo. No hacía falta. Era como vivir en una cumbre, soleada, diáfana, desde la que se divisaba todo sin esfuerzo: los hombres y los barcos, las mujeres, las casas y los niños, allá abajo, pequeñitos, afanosos, una cumbre dilatada, real e irreal al mismo tiempo, porque no se sabía si la vida era aquélla o ésta, sólo, de vez en cuando, un dolor inmenso, una punzada angustiosa por si se acabara, pero no podía acabarse, como no se acaba el aire, como uno no deja de andar, aquello era lo más simple, lo más sencillo. —Ven, Lydia—. Luego, ya ni eso, sin palabras, sin gestos, como si fuesen la misma persona, una sola persona, fértil y efusiva, y los brazos de él se prolongaran con los brazos de ella, y su boca con su boca y su mirada con su mirada, al caer en su regazo, al perderse en ella, como en una selva, preso en ese ángulo mágico que forman las manecillas entre las siete y las diez, como si el resto del tiempo no existiese, como si la vida se concentrase en esas horas, en esos minutos, en esos instantes, y lo demás fuera relleno, rutina, descanso, hojas de acaecimientos vacías en el Diario, por eso le sorprendió el ofrecimiento de Marcial.

—Si quieres salir un rato, me quedaré en tu puesto.

Habían llegado dos días antes y le tocaba guardia.

—¿No te molesta?

—No; yo ya he estirado las piernas.

Volvía de la ciudad lleno de barro.

—¿Y los otros?

—Se han ido al cine.

Eran las nueve y veinte y, sin darle más vueltas, aceptó.

—Gracias. Ya sabes, por aquí, nada. En todo caso, vigilar el encerado del uno, que está algo roto, si se levanta viento.

—No te preocupes.

Bajo la ducha helada, sintió encabritársele el cuerpo, como si fuera la primera cita. El espejo le devolvió una faz ansiosa, risueña, barbuda, y vaciló con la brocha en la mano, para, finalmente, afeitarse. Cogió la gabardina.

—¿Qué va a tomar?

Tardó en responder, no porque no la entendiese, sino porque seguía paralizado por su mirada. Durante el trayecto había intentado imaginar su reacción. «Sorpresa.» No. «Te esperaba.» Las dos cosas. Entraría por delante, como un cliente más; quiero verla de frente, a la luz. Tengo que llevarla un día a una habitación. Quiero verla desnuda, toda, no en partes. Entraré por delante. Pero haré que ella me sirva, no el padre.

—Un scotch —dijo finalmente.

—¿Soda o agua?

—Agua.

Había sido sorpresa y, luego, inmediatamente, ira. Sí, ira, rabia. —¿Qué haces tú aquí? —con la mirada. Como el que ve fallar algo que no debe. Le vio nada más cruzar la puerta, apenas había gente. —Qué extraño me parece a estas horas el local; claro que como nunca he estado después de las diez—. Y vino a servirle sin que la hiciera ninguna seña. Ahora la veía de espaldas, llenando el vaso hasta la marca con soltura profesional. Al volverse, se había borrado de su rostro toda expresión y no pareció hacer caso de la mueca en que había parado su sonrisa.

—Cinco chelines.

Entonces se dio cuenta de que nunca había pagado su whisky en el pequeño cuarto. Le dejó para atender la otra esquina del mostrador. Con un enorme esfuerzo, venciendo la resistencia que le paralizaba, miró a través del rectángulo sin puerta. El pelo rubio le tapaba la mitad de la frente hasta el ojo izquierdo. Debía ser muy alto, porque las rodillas casi rozaban la mesa. Parecía tranquilo, satisfecho, absorto en la contemplación del vaso que asía de lejos, sin preocuparse del padre que pasaba a sus espaldas.

Acabó su whisky en silencio; se daba cuenta de todo con intensidad desconocida y, sin embargo, no podía ser verdad, era un sueño; aquel que estaba aquí no era él; él estaba allí, sentado ante la mesa, jugueteando con el vaso, ajeno a todo, indiferente a todo, esperando.

—Las diez y media, señores; tenemos que cerrar.

El tono del viejo era de disculpa. Salió con los primeros, sin prisas, sin vacilaciones, sin volver la vista, sin atreverse a mirarla, como si fuera uno más, siendo ya uno más, el timonel de un barco panameño, el soldador del astillero, el guarda del muelle, aunque él se quedaba dentro y el que salía era otro hombre, engangrenado ya por la muerte, porque la vida, su vida, ahora lo sabía, era aquello, lo que quedaba tras la puerta, que se cerraba sin remedio, dejándoles confusos, desamparados en la oscuridad, sin saber qué hacer, mirándose los unos a los otros, expulsados de la luz, otra vez solos, ciegos, impotentes, perdidos entre las cosas, otra vez cosas, el caminar sin rumbo, el cine, la elección sin ganas, la rutina del cabaret, las juergas monumentales, qué tía más buena, qué dormida en cuanto llegue a puerto, el cotilleo de a bordo, la corriente, la estadía, la comida, el viento, el sobordo, el Viejo, la niebla, los estibadores, el bochorno, cuándo tocaremos España, la guardia, el frío, pero ¿cómo pudo durar tan poco?, ¿cómo no me daba cuenta?, ¿cómo no me agarré desesperadamente a ello?, ¿cómo no lo apuré más?, ¿cómo ha podido ser?, ¿cómo pudo acabarse ya la vida, mi vida, si es ahora cuando ansío vivir más que nunca?