8

—¿Quién ha hecho este expediente? ¡Errores así no se pueden perdonar!

El enfado de Manuel es evidente, hay apellidos que se repiten una y otra vez: Dupont entre los franceses, Smith entre los ingleses… Lo mismo pasa con los nombres, John o Philippe aparecen en muchas de las carpetas. Los archivos tienen al menos una veintena de soldados llamados David Williams; hay que contrastar las fechas de nacimiento, los pueblos de origen y cualquier detalle para no confundirlos. Las equivocaciones son graves, significan que tal vez una familia reciba la falsa noticia de la muerte de su hijo o una carta destinada a otras personas. Se lo ha advertido a todos cientos de veces, y a pesar de ello, Manuel ha encontrado dos expedientes errados.

—Creo que he sido yo. Lo siento…

Blanca asume de inmediato su culpa. Leyó esas cartas, consultó los listados, preparó las respuestas. Por fortuna, Manuel ha detectado sus errores.

—No tengo excusa. Dámelos y vuelvo a hacerlos.

—Ya los hago yo. No te preocupes.

—No, trae. Revisaré las carpetas que he hecho esta mañana. No quiero que haya más fallos por mi culpa, he estado muy distraída, preocupada con otras cosas y sin hacer bien mi trabajo.

—Déjamelos todos, no quiero que haya más errores.

Entonces sucede lo inesperado. De pronto Blanca rompe a llorar. Nunca, ni en los días más duros de trabajo, las emociones la habían vencido de esta manera. Sus ojos están anegados de lágrimas que empiezan a rodar por las mejillas sin que ella logre evitarlo. Con voz temblorosa, lee a Manuel la carta que tiene sobre la mesa:

Majestad:

Poco pueden usted y su oficina hacer ya por mí y por mi nieto Milutin, muerto en un campo de concentración de prisioneros austríaco hace unos meses. Leo en los periódicos de mi país su iniciativa y tengo que aplaudirla, aunque llegue tarde para mí, aunque sus objetivos sean demasiado cortos.

Mi nieto, un joven montenegrino de veinte años, era un hombre lleno de ideales y confianza en el futuro, buen estudiante, leal, patriota, inteligente, alegre… Todo lo que pueda decirle de él es bueno. Le pilló una guerra cruel en plena juventud, acudió a la llamada de la patria y combatió con valor contra las tropas austríacas. Fue hecho preso y mantuvo su ánimo, su dignidad y su aplomo. Nos llegó una carta suya en la que, en lugar de quejas, hablaba de proyectos, de la amistad que había encontrado en un lugar tan poco propicio, de su admiración por los médicos que atendían a sus compañeros hasta la extenuación. Nos confesaba que cuando acabara la guerra se convertiría en uno de ellos, estudiaría medicina para estar al lado de los que sufrieran, consolándolos…

No ha podido ser, su muerte nos fue comunicada por otro prisionero fugado. La causa no fue un acto de guerra, sino la maldad de uno de los centinelas que disparó sobre él bajo los efectos del alcohol. Apostó con otro compañero que sería capaz de acertarle a un prisionero en la cabeza a cien metros con su arma. Desgraciadamente, ganó la apuesta y mi nieto fue el desafortunado prisionero. El centinela no fue castigado, sólo reconvenido; ése es el valor que se le da a la vida de un hombre joven.

No puede hacer nada por mí, pero puede hacerlo para que no vuelva a suceder. Le ruego que haga todo lo que esté en su mano para detener esta catástrofe.

—Perdona, Blanca. He sido muy brusco y desagradable. Yo mismo me he equivocado un montón de veces.

Sus excusas, lejos de lograr que su compañera se calme, agravan la situación; su llanto es cada vez más intenso. El resto de los trabajadores les miran extrañados, incómodos, indecisos sobre si deben intervenir o no.

—Venga, Blanca. Salgamos a dar un paseo.

Atraviesa la plaza del brazo de Manuel. Buscan un banco en el que sentarse, algún lugar apartado sin demasiada gente alrededor. Para cuando están sentados, Blanca ya se ha recuperado y se siente avergonzada por la demostración de debilidad que ha protagonizado.

—Lo siento. He sido una estúpida.

—¿Qué te pasa, Blanca?

—No sé, es todo, tengo la sensación de hacerlo todo mal… Un mal día.

Blanca está abrumada por las preocupaciones: el trabajo es cada vez más intenso a causa de las nuevas funciones que ha decretado el rey, como la asignación de médicos militares españoles voluntarios a diversos hospitales en el frente. El próximo viaje a París y Berlín se acerca y le supone un gasto de tiempo extra considerable después de sucesivos retrasos; mientras en lo personal, no ha conseguido volver a ver a Elisa desde lo que sucedió en Las Injurias, ya que ella no ha querido contestar a sus llamadas o sus mensajes.

—Creo que tenías razón, y que no debimos sacar a Alicia de su entorno… O quizá ahora estaría peor, no sé.

Alicia no es la misma niña que vivía en su antiguo barrio. La noche de fin de año, cuando su madre la llevó a Las Injurias, la pasó llorando, sin hacer caso a los que hasta hacía unas semanas habían sido sus compañeros de juegos, negándose a comer y beber todo lo que le ofrecían.

—Y ha regresado enferma otra vez: neumonía. Mi madre ni duerme, se pasa las noches velándola.

—¿Eso no debería hacerlo la suya?

—No paran de discutir las dos sobre lo mejor para la niña. Alicia, como es normal, lo aprovecha para hacer lo que quiere. Mi madre no entiende que Alicia no es su nieta y su madre no entiende que la mía sólo desea lo mejor para la pequeña. El día menos pensado la coge y se marcha de mi casa.

—Estaría en su derecho.

—Lo sé, pero espero que ese día no llegue, que todo se arregle. Pienso que si no la hubiéramos recogido del barrio estaría muerta, que era necesario; pero no estoy segura de que hayamos hecho bien al cambiar su vida de ese modo.

—Haces lo que crees mejor, así que haces bien.

—Ojalá sea así. Gracias, Manuel ya estoy mucho mejor. Podemos volver.

—No. No volvemos, vamos a dar un paseo. La oficina podrá estar un par de horas sin nosotros. ¿No te apetece un café?

Coches de motor que todavía conviven con otros tirados por caballos, cada vez más raros en la ciudad, tranvías eléctricos; gente paseando, unos atareados y con prisa, otros disfrutando del paseo… Las calles de Madrid están siempre llenas de gente, de todas las edades, de ricos y de pobres, de madrileños y de forasteros. Manuel y Blanca se mezclan entre ellos, podría confundírseles con un matrimonio joven que visita la ciudad.

—¿Has visto a la Murciana?

—Claro, no he dejado de dar clases a los niños del barrio, la veo todos los sábados. Si lo que preguntas es si he hablado con ella de lo que pasó: no. Cada uno hace lo que cree que debe hacer. Sólo puedo reprocharle que no me lo dijera.

—¿No estás en contra de matar así a un bebé?

—No estoy seguro de si eso que hace la Murciana es matar a un bebé; todavía no ha nacido, no soy yo quien tiene que juzgar a nadie. Preferiría que ninguna mujer se viera obligada a hacerlo, por supuesto. Pero no juzgaré ni a tu amiga Elisa ni a la Murciana. La vida te pone muchas veces ante decisiones que no te gusta tomar. He visto niños morir de hambre y he pensado que eso no pasaría si su madre sólo hubiera tenido un hijo al que cuidar bien y no catorce a los que dejar morir.

El tema está agotado; a Blanca, en realidad, no le apetece hablar de la Murciana y Elisa. Lo que quiere es sentirse cómoda con Manuel, como el día que le conoció, como la noche de fin de año que pasaron juntos en Sol, como la tarde que asistió a su obra de teatro y le besó antes de despedirse…

—¿Qué tal el teatro? ¿Bien?

—Sí, incluso quieren llevar la obra a algunos ateneos libertarios catalanes.

—Eso es un éxito, ¿no?

—No busco el éxito en esta aventura; es un intento de difundir nuestras ideas a través del teatro. Los anarquistas tenemos que hacer algo más que poner bombas o dar disparos.

Blanca se interesa por los anarquistas, y pregunta a Manuel por los libros que pueden ayudarla a entenderlos, por sus maestros y su educación ideológica, por su pasado.

—Prefiero no hablarte de mi pasado. Así no tendré que mentirte.

—¿Te estás haciendo el hombre misterioso?

—A lo mejor soy más misterioso de lo que crees.

El paseo les lleva hasta la Puerta del Sol, donde están empezando las obras para hacer un tren subterráneo que recorrerá Madrid, una obra colosal.

—No me imagino cómo puede ser. Le van a llamar «tren metropolitano» o algo así. Están haciendo un túnel desde Sol hasta Cuatro Caminos. Mientras la ciudad no se hunda y nos trague la tierra a todos…

—Yo lo he conocido en París y Londres; es increíble lo que puede hacer el progreso.

—Algún día las máquinas lo harán todo por nosotros y los obreros podrán formarse en lugar de trabajar de sol a sol. Me preguntabas qué era el anarquismo: eso. Que todo se reparta, que el hombre no tenga que pasar la vida trabajando para beneficio de unos cuantos, que cada día seamos mejores, que no haya ni gobiernos ni ejércitos, sólo el bien común.

—Dudo que eso llegue a pasar. El día que las máquinas hagan el trabajo de los hombres, muchos no tendrán forma de llevar comida a casa y será más grave que unos pocos posean las máquinas a que unos pocos posean la tierra. Pero brindo porque seáis tú y los tuyos quienes tengáis razón.

Blanca no confía en el ser humano tanto como Manuel. Esta guerra, que llega en el momento de mayor progreso y bienestar de la historia de Europa, prueba que el germen de la destrucción está vivo, por mucho que los anarquistas quieran tener fe en la bondad innata del hombre.

—¿Entramos aquí a tomar café?

El centro de Madrid está lleno de cafés, para todos los gustos; conservadores o liberales, germanófilos o aliadófilos, literarios o musicales, cada persona escoge su café con el mismo celo que sus ideas. Se sientan en el Café de Fornos, en la esquina de Alcalá con Virgen de los Peligros. El Fornos es decente y está bien visto durante el día; por la noche, a la salida de la última función del vecino Teatro Apolo, en los reservados del entresuelo no se vería a una señorita de buena familia: juego, escándalos, mujeres de mala vida…

—¿Cuándo os vais de viaje Giner y tú?

—En un par de semanas.

—Te voy a echar de menos.

—Ha entrado mucha gente nueva en la oficina. Para entonces habrán aprendido a hacer el trabajo y no notarás que no estoy.

—No lo digo por el trabajo, lo digo por ti mujer, me gusta verte todos los días.

* * *

—¡Más deprisa! Que nadie pare…

Jean-Marie no sabe cómo se llama el sitio donde está recluido; tampoco el destino de las piedras que cargan desde la cantera hasta una zona a la que acceden los camiones que las transportarán, quizá a la construcción de edificios, quizá a reforzar las magníficas trincheras alemanas. Los alemanes son constructores concienzudos: dentro de cien años, más allá del año 2000, sus búnkeres seguirán atravesando toda Europa como cicatrices que recuerden la destrucción. Eso si la guerra ha acabado y ha dejado a alguien vivo en el continente.

En el campo de concentración de prisioneros se ha reencontrado con otro de los soldados de la compañía, Casseau, el estudiante de Derecho, el último que esperaba que sobreviviera al ataque alemán y a las penalidades que han sufrido desde la captura, de tan delicado que parecía. Confirma que los demás han muerto: Vilette, Anaclet, todos. Se han unido a la larga lista de compañeros de Jean-Marie que no alcanzarán a ver el fin de la guerra.

La comida es escasa y mala y el abrigo es ligero, aunque ahora el frío es menos intenso, porque se presagia la llegada de la primavera. Eso es lo único que no depende de los incompetentes generales alemanes y franceses; la naturaleza seguirá su curso, regresará el calor, las flores volverán a nacer y la nieve a derretirse. Jean-Marie quiere creer que el tiempo también le devolverá la libertad, que verá a su hijo y tendrá a Carmen otra vez entre sus brazos.

—Mira, ahí.

Casseau ha sido el primero en descubrirlo, hay una zona en la que el alambre de espino que bordea el camino por el que siguen, cargando con las piedras, está roto. Ha dejado un espacio suficiente para que pueda pasar un hombre y, al parecer, nadie se ha percatado hasta ahora. Siguen andando; en cada nuevo paso por ese camino lo miran, disimulan para que nadie más lo haga. Del otro lado hay un espacio abierto y, a unos cuatrocientos o quinientos metros, un bosque frondoso y muy grande en el que quizá fuera posible esconderse. ¿Es el camino de la libertad o de una muerte segura? ¿Qué opciones tienen de fugarse y de atravesar un país que no conocen, con un idioma que no hablan?

—Aquí vamos a morir de hambre, o nos va a matar uno de los carceleros un día que se levante de mal humor. Mejor morir intentándolo.

Casseau, tan tímido, tan asustadizo antes de ser hecho prisionero, es todo determinación.

—No vengas si no quieres, lo intentaré solo. Nuestra obligación es fugarnos, volver a Francia y continuar la lucha por nuestra patria.

Jean-Marie duda durante los dos días siguientes, cada vez que pasa por delante del lugar en el que el alambre está desprendido, cuando come, cuando se acuesta para dormir; no sabe qué hacer, sólo tiene clara una cosa: quiere vivir.

—Me voy mañana. Tengo miedo de que descubran la brecha y perder esta oportunidad de huir.

Casseau tiene la decisión tomada, ahora es el turno de Jean-Marie. ¿Le acompaña? ¿Se queda? En realidad sólo ha de decidir cómo tendrá más posibilidades de sobrevivir; la patria le da igual. Se arrepiente de no haber hecho caso a Antonio, el hermano de Carmen, y no haberse ocultado en las Alpujarras hasta que la guerra acabara. Ni Francia, ni Inglaterra, ni Alemania, ni los generales, la República, los reyes o los káisers merecen tanto sacrificio.

Los prisioneros cargan las piedras en unos capazos como los que usan en España los carboneros, una especie de mochila provista de una capucha que se pone en la cabeza y que les ayuda a equilibrar la carga sobre la espalda. El plan de fuga es simple: dejar caer la carga al suelo, reptar para atravesar el alambre de espino sin daños y correr, correr sin parar, en una carrera que tiene como meta seguir con vida.

—Quizá haya otros prisioneros que nos sigan.

—Mejor; cuantos más nos fuguemos, más posibilidades habrá de que alguno lo consiga. Tú no te preocupes de lo que pase atrás: corre hasta el bosque. Allí nos reuniremos y nos esconderemos.

—¿Y después?

—Estamos en guerra, nadie sabe lo que va a pasar después. Lo mismo cae una bomba y nos mata, o cae y mata a los alemanes. Después es después.

Alrededor de las nueve de la mañana, cuando ellos llevan un par de horas de trabajo, una carreta llega a la zona con unos recipientes con café caliente y unos bocadillos que reparten entre los carceleros. Es el momento de menos vigilancia. La mayor parte de los soldados alemanes dejan sus armas apoyadas en la carreta mientras se sirven y consumen lo que les traen, después fuman un cigarrillo entre bromas: eso les dará unos segundos más de margen antes de que empiecen a disparar.

Casseau precede a Jean-Marie en la fila. Al despertarse por la mañana, éste le ha dicho que sí, que lo intentará, que le acompañará. Atravesarán Alemania y volverán a luchar contra los boches.

—¡Ahora!

Casseau arroja su carga al suelo y rueda bajo el alambre de espino. Jean-Marie quiere seguirle, pero no lo hace, se queda quieto, petrificado… Dos compañeros más, los dos que van tras él, imitan al estudiante de Derecho. Se levantan tras sobrepasar el alambre y corren. A Jean-Marie le parece que la arboleda está más lejos que antes, que es imposible cubrir esa distancia. Incapaz de moverse, sólo se le ocurre rezar, a él que nunca ha sido religioso. En silencio, sólo moviendo los labios, «Notre Père qui êtes aux cieux».

Los soldados estaban más atentos de lo que parecía. Casseau y sus dos casuales compañeros de fuga son abatidos antes de recorrer la mitad del camino que les separaba del inicio de la libertad. Los soldados alemanes felicitan a los tiradores.

Jean-Marie ha vuelto a salvar la vida. Una nueva compañía exterminada de la que él es el único superviviente. En lugar de alegría, siente vergüenza. Él es el veterano, quien debería haber cuidado de la vida de sus compañeros, y en lugar de eso se ha quedado quieto, como un cobarde, viendo morir a un hombre que tenía mucho más valor que él.

* * *

—No tenemos ninguna noticia del paradero de Jean-Marie Huguet. Lo último que sabemos de él es que fue herido en Ypres y atendido en un hospital militar; después se le dio el alta y volvió al frente, a la zona de Verdún. Desde entonces está desaparecido.

—¿Cómo desaparecido?

—Su cuerpo no ha sido encontrado, no ha vuelto a su unidad y los alemanes no han dado noticia de su captura; claro que a veces tardan semanas en informar de los hombres apresados o muertos. No tenemos indicios para pensar que haya desertado, era un buen soldado y se le había propuesto para un ascenso.

—¿Entonces?

—Hay que esperar a que una de esas tres posibilidades se confirme: muerto, preso o fugado.

Álvaro Giner, el director de la Oficina Pro-Cautivos, ha hecho la gestión en persona y ha acompañado a Carmen Carmona a la embajada de Francia en Madrid. De no ser por la compañía de Álvaro, jamás podría haber franqueado esa puerta.

—¿Podría hacerle llegar una carta en caso de que apareciera?

—Depende de en qué circunstancias lo hiciera. En deferencia a don Álvaro Giner y a la ayuda que está suponiendo para muchos soldados franceses, intentaríamos hacérsela llegar. Siempre y cuando no sea un desertor; en ese caso pasaría de inmediato por un consejo de guerra.

Ni siquiera le han sacado de la duda, no le han dicho si está vivo o muerto, sólo desaparecido. Por lo menos, Álvaro Giner ha arrancado la promesa de que le avisarán cuando conozcan su paradero. También se ha interesado por la situación en que quedaría el hijo de Carmen en caso de fallecimiento de su padre.

—No podremos estipular ninguna ayuda para su hijo si no tenemos la declaración de paternidad de Jean-Marie Huguet.

—No saben dónde está mi marido, ¿cómo va a hacer esa declaración?

—Son las normas. La guerra es una tragedia para todos.

¿Qué sabrá ese funcionario francés tan arrogante lo que es una tragedia? ¿Qué sabrá él, en un despacho en Madrid, con su elegante traje, lo que pasan los soldados debajo de las bombas? Lo abofetearía si no fuera porque eso tal vez la alejara más de localizar a su marido. Aunque sea un imbécil, necesita su ayuda.

—Carmen, ¿de veras el hijo es de Jean-Marie? No quiero incomodarte con esto, pero debo confesarte que ya te había visto antes… en una película del marqués del Albero.

Carmen se siente avergonzada; no pensaba que nadie, aparte del marqués y la media docena de técnicos que asistieron a la filmación, pudiera verla.

—Necesitaba el dinero para venir a Madrid a buscar a mi marido.

Mientras bajan la escalera de la embajada, Carmen cree que el favor que acaba de hacerle Giner no es desinteresado, y que quiere que se lo pague acostándose con él.

—No tienes que justificarte, la vida no siempre es como nos gustaría. Son tiempos difíciles. El marqués me dijo que te buscaba.

—¿Qué desea de mí?

—No lo sé. No le he dicho que podía dar con tu paradero. ¿Quieres que lo haga?

—No, no quiero volver a hacer eso. Sólo trabajar para dar de comer a mi hijo. ¿Y usted qué pretende de mí?

—Yo no quiero nada, Carmen. Encontrar a tu marido y, si es posible, traerlo a España para que conozca a su hijo.

Parece que se ha equivocado, quizá no tenga intención de aprovecharse de ella y es, como le dijo Blanca, un buen hombre que intenta ayudar a los demás. Ha conocido gente capaz de lo peor, como robarle todo a una mujer que llega a Madrid con un hijo en brazos, pero también de lo mejor, echar una mano a quien lo necesita sin esperar nada a cambio. Tal vez sea por la guerra, o tal vez sea que la vida, simplemente, sea así y ella, protegida por su familia y por Jean-Marie, no lo supiera.

Fuera ha estado esperándoles Blanca, deseosa de saber el resultado de la gestión; de acompañar a Carmen de vuelta a Las Injurias, de hablar con ella, indagar cómo puede ayudarla, no sólo a encontrar a su marido sino a recuperar su vida.

—¿Vas a seguir en Madrid o vuelves a Sevilla?

—No lo sé… ¿Sabes lo que me espera en Sevilla? Mi hermano no me va a perdonar así como así haberme fugado. Aquí por lo menos soy libre.

Libre, a pesar de que el precio sea alto: sólo puede ver a su hijo por las noches y tiene que trabajar lavando ropa en un río por el que el agua baja helada, sólo dispone de la ropa que le regalan, ya sea en Las Injurias o el vestido que Blanca le ha dado hoy para visitar la embajada de Francia.

Ahora que conoce la crudeza del mundo de verdad, Blanca agradece cada día que pasa su procedencia, su comodidad, la apertura de mente de su padre, que está tan convencido como ella de que la mujer debe gozar de la misma libertad y disfrutar de las mismas oportunidades que un hombre.

—Papá, sé que no nos podemos traer a otra mujer con su hijo a casa, pero ¿podríamos ayudarla de alguna manera? Estoy segura de que sería una buena trabajadora.

—¿Qué sabe hacer?

—No sé, lava ropa y ha posado para un pintor en Sevilla.

—Blanca, te juro que no sé dónde puedo colocar a una mujer que lava ropa. ¿Por qué me vienes con estas cosas?

—Papá, necesita ayuda, por favor…

—Déjame pensar, pero que sea la última vez que me vienes con algo así.

Los dos saben que no será la última vez, que habrá muchas más y que don Jaime se esmerará en encontrar una solución, porque se siente orgulloso de que su hija le pida ayuda para los demás y no caprichos para ella misma, como hacen las hijas de casi todos sus amigos.

—Si te gustara la jardinería serías una hija estupenda.

—¿No lo soy?

—No, en absoluto. Eres un desastre de hija. Ni a propósito habría conseguido una hija tan rematadamente mala.

En Las Injurias, Blanca se encuentra con la Murciana sin Manuel delante. Es la primera vez que la ve desde el aborto de Elisa; también la primera que las dos pueden hablar a solas.

—¿Está mejor Alicia?

—Sí, la ve el médico todos los días, se curará.

—Los niños del barrio soportan el frío y la humedad… Son más fuertes. En una casa como la tuya se debilitan y las enfermedades se los llevan.

—Qué tontería. Cuando me ocupé de trasladar a Alicia al hospital estaba mucho peor que ahora. Vivir en mi casa no la ha debilitado, es posible que hoy estuviese muerta de haber seguido aquí. Si su madre te pregunta deberías recordarle eso.

La Murciana no le dará la razón aunque sepa que la tiene. Reconoce que salir de Las Injurias sería bueno para el resto de los niños e incluso para los adultos. Las Injurias debería ser destruido y desaparecer hasta de la memoria de los madrileños; que dentro de unos cuantos años nadie recuerde que existió un lugar así a las orillas del río.

—¿Has sabido algo de tu amiga Elisa?

—Qué está bien; por lo menos de salud.

—Yo quería ayudarla, pero esperó mucho antes de venir. Y nos mintió sobre el tiempo. Cuanto más tarde se hace, más peligroso resulta. Me mintió y estaba embarazada de más tiempo de lo que decía. Sé que te parece mal, pero hay muchas mujeres que necesitan que se haga lo que yo hago.

Blanca no está dispuesta a discutir eso, ya son demasiadas certezas las que ha tenido que abandonar en el último año. A veces cree que no volverá a estar segura de nada. Tal vez sea, como dice la Murciana, una necesidad para muchas mujeres; lo que sí sabe es que no es el caso de Elisa.

—Lo haces sólo por dinero.

—Sí, sólo quería dinero, para comprar fruta a los niños del barrio, para que durante algunos días coman lo que en tu casa sobra. No presumas conmigo: yo podría vivir fuera de aquí; si vivo en Las Injurias, si ayudo a abortar a mujeres a cambio de dinero es porque no quiero dejar a toda esta gente sin nadie a quien acudir. Te parezca a ti bien o no. Tu amiga cometió un error y necesitaba que alguien se manchara las manos para sacarla del problema. Fui yo, pero hay muchas otras en Madrid que hacen lo mismo; en todos los barrios hay alguna abortera y siempre se halla el modo de encontrarnos. Tu amiga vino a mí, pero podría haber acabado donde la Micaela, en Ventas, o donde Eulalia la cordobesa, en Cuatro Caminos… No nos mires por encima del hombro porque no somos peores que tú, sólo hemos nacido en otro sitio.

No piensa debatir con la Murciana sobre moral o sobre las decisiones que toma cada uno en su vida. Ella es tan culpable como Elisa: una pidió que le hicieran el aborto, la otra lo hizo. Manuel decía que no quería juzgarlas, pero ella se siente incapaz de no hacerlo; a pesar de esa nueva variable que antes no contemplaba: cada vida es diferente y no siempre se pueden aplicar los mismos criterios.

* * *

—Andén 8, le esperan allí.

Irán en tren hasta Calais y se subirán en un barco que les trasladará a Dover, en la costa inglesa. A partir de ese punto, el viaje es secreto. Visitarán la fábrica de aviones sin saber dónde se encuentra y se someterán a la censura de los aliados en todas las informaciones sobre ella que envíen a sus periódicos. El viaje es supuestamente informativo, pero no deja de ser un acto de propaganda, un aviso a los alemanes de lo que les espera en la guerra: aviones, bombas, armas cada vez más sofisticadas, todo el poder de la ciencia y de la industria puesto al servicio de la destrucción. Están en guerra: el punto más peligroso será la travesía en barco, van a vivir la angustia que supone no saber si serán atacados por un submarino alemán, como tantas veces ha sucedido.

Gonzalo ha mirado la lista de corresponsales que le acompañarán; son quince, sólo dos más hablan castellano. A uno de ellos no lo conoce, es un fotógrafo mexicano llamado Roberto Velázquez. Todavía no ha llegado cuando él se reúne con los demás periodistas en el andén. Tampoco cuando se sube al tren.

Está colocando su maleta en el portaequipaje cuando escucha una voz conocida preguntando en francés.

—¿Es éste el compartimento seis?

El corazón le da un vuelco; se gira. Los dos, Frank y él, se miran a los ojos. Hay más gente alrededor de ellos. Gonzalo le tiende la mano y habla castellano.

—Gonzalo Fuentes, El Noticiero de Madrid.

—Roberto Velázquez, El Universal. México.

Frank se presenta al resto de los periodistas, sin hacer ningún gesto de reconocer a Gonzalo, inexpresivo, frío… Los dos se acomodan en sus respectivos asientos, ambos en el mismo lado del compartimento, Gonzalo junto a la ventanilla y Frank junto al pasillo. Entre ambos está el corresponsal de ABC. No se pueden mirar directamente a los ojos. Frente a ellos hay sentados dos periodistas franceses y uno belga; se habla en francés, de la marcha de la guerra, de las últimas noticias, del viaje…

Gonzalo, nervioso, no sabe cómo comportarse. Intenta leer el informe sobre la visita que van a hacer que les ha entregado un comandante francés que les acompaña. No consigue centrarse en él. Llega a un apartado sobre seguridad en el que les avisa de que cualquier violación de las normas de confidencialidad será considerada traición y se sancionará como tal. A eso es a lo que se enfrenta Frank, a ser juzgado por traición; sólo hay una pena posible: el fusilamiento.

Poco después de que el tren arranque, Gonzalo se levanta con la excusa de ir al vagón cafetería. No se equivoca en sus previsiones: Frank le sigue a los pocos segundos.

—¿Qué haces aquí? Fuiste quien mató al capitán galés, ¿verdad?

—Era él o yo. Estamos en guerra, cumplo con mi obligación y estoy al servicio de mi país.

Los dos se quedan en silencio. Por la ventanilla ven pasar los campos casi abandonados; aunque la guerra no haya llegado a esa zona, casi todos los hombres en edad de trabajarlos han sido movilizados.

—¿Piensas delatarme?

Gonzalo mira a Frank a los ojos; no son los mismos que él conoció, ahora son más penetrantes y han perdido la alegría de cuando vivía en Madrid. Después vuelve a girar la cabeza hacia el paisaje que se ve desde el tren. ¿Qué haría Frank si se viera en peligro? ¿Le mataría igual que hizo con el galés? ¿Es también ésa su obligación?

El corresponsal de ABC sale al pasillo en el que se encuentran.

—¿No está abierto el vagón cafetería?

—No sé, vamos a ver…

Los tres echan a andar por el pasillo. Gonzalo no ha contestado la pregunta, no sabe aún si delatará a Frank.

* * *

—Erais amigos, compartíais litera, ¿cómo puedo creer que no sabías que se iba a fugar?

Jean-Marie ha sido interrogado por los carceleros. Ha jurado que no sabía nada, que Casseau intentó fugarse solo, sin decírselo.

—Iba andando en la fila cuando le vi tirarse al suelo. Fue una sorpresa, no reaccioné. Yo no quería fugarme, tuve miedo.

De momento no ha sido torturado, sólo le han hecho preguntas, en tono desagradable pero sin golpearle.

—¿Quién abrió el alambre de espino?

—No lo sé. Quizá fue él, pero ¿cuándo iba a hacerlo? Supongo que él lo descubrió. Yo no sabía qué iba a hacer.

—Tu deber era saberlo y delatarle. La próxima vez estarás más atento, te lo garantizo.

Le llevan a una celda de castigo incomunicada, así servirá de ejemplo para los demás. Está cerrada, sin ventanas; la única luz es la que se cuela por las rendijas de la puerta, insuficiente para ver apenas nada, incluso en mitad del día. No hay ni muebles, ni cama, ni siquiera una manta. Pero lo peor es que no le han dicho cuánto tiempo pasará allí.

Hay un cuenco con agua turbia, no sabe cuándo le darán más, así que decide racionarla, sólo un pequeño trago cuando no aguante más la sed. Por lo menos hasta que vea cuánto tardan en traerle más agua.

Vuelve una y otra vez al momento de la fuga. Piensa en el instante en que Casseau lo intentó; los músculos no le respondieron aunque la cabeza le decía que debía hacer lo mismo. ¿Fue el miedo, el instinto de supervivencia? Tal vez es que la guerra se haya acabado para él y deba limitarse a esperar a que finalice, la gane quien la gane.

Las primeras horas de encierro pasan más o menos bien; Jean-Marie duerme unas horas, hubo momentos en las trincheras en que hacerlo era todavía más difícil: en la celda de aislamiento no están lanzando bombas, como allí. Cuando se despierta está cayendo la tarde. Por las rendijas entra muy poca luz, durante la noche la oscuridad será absoluta. No le han llevado agua, tampoco nada para comer. Ha hecho bien en racionar el poco líquido del que dispone, pero ni así le dura toda la noche: de madrugada bebe el último sorbo. Vuelve a dormirse y se despierta cuando las rendijas dejan entrar ya la luz. Tiene la boca seca, pasa la lengua por las paredes del recipiente que contenía el agua. Nada, ni una gota. Deberá esperar a que alguien se acuerde de él.

Pasa el tiempo y nadie abre su puerta; pega los ojos a las rendijas, pero no ve movimiento fuera. Se levanta y sufre un mareo que le hace tambalearse. Antes de caer al suelo prefiere sentarse otra vez. Esperar, pensar en otra cosa…

Por fin oye ruido en la puerta y ésta se abre. La luz le ciega, tiene que taparse los ojos. Un soldado llena de agua su cuenco, la capacidad no llega a la de un vaso normal, y deja un pedazo de pan en el suelo antes de cerrar. Su tentación es beberla toda de golpe, pero sabe que no habrá más agua en mucho tiempo, que debe limitarse a beber un trago y a pasar el agua por la boca, de un lado a otro, antes de tragarla.

Pese a su previsión, aún no ha anochecido cuando el agua se ha acabado. No quiere pensar en la noche que le espera hasta que la puerta se vuelva a abrir.

Una vez más le acompaña esa sensación. Hay algo que le dice que él no va a morir en esta guerra. Primero es un relámpago, después el ruido de las gotas cayendo. Una tormenta espectacular: el agua se cuela por el tejado, entra por las rendijas de la puerta y baja por las paredes. Bebe todo lo que puede; unos minutos más tarde está empapado, podría hasta bañarse… Hoy no morirá de sed.

* * *

—¿A tu casa?

—Claro, ¿por qué no vas a venir a mi casa? No mordemos… Además, mi padre tiene ganas de conocerte, le he hablado de ti muchas veces.

Manuel no contaba con ser invitado a casa de Blanca a ver a Alicia, ahora que la niña está mejor de la neumonía. Le agrada la idea de ser invitado por Blanca, pero le disgusta tener una comida en un palacete el sábado, el día que dedica a Las Injurias. Por si esto fuera poco, la noche del viernes tiene una reunión importante, que será una repetición, casi palabra por palabra, de otra charla anterior.

Manuel se ha reunido con algunos antiguos compañeros en la parte de atrás de la taberna de la calle de Canarias, la misma a la que acudió con Blanca la tarde del teatro. Intenta hacerles ver que el rey no debe morir, por lo menos no ahora.

—Sabéis cuál es mi opinión sobre la lucha armada, pero es que además me parece un mal momento.

—¿Te niegas entonces a colaborar?

—Nunca he participado en una acción violenta, aunque alguna vez me haya visto envuelto en alguna a mi pesar. Pero en esta ocasión no trato de convenceros de eso, sino que considero que es una mala decisión en los tiempos que corren. Gracias al rey nuestros soldados no están luchando en otra guerra, ¿os acordáis del Barranco del Lobo?

Manuel asume que su negativa a colaborar tendrá consecuencias. A él le han ayudado cuando lo ha necesitado, vive bajo una identidad falsa que sus colegas, ¿o debe decir ya antiguos colegas?, le han facilitado, le protegieron llevándole a Las Injurias cuando murió aquel agente de policía… Pero también ha aprendido con ellos que hay que ser coherente y fiel a lo que uno considera justo y, en este momento, lo justo es que Alfonso XIII continúe con su labor a favor de los prisioneros de guerra, tal vez lo único bueno de su reinado. Sólo espera poder seguir caminando tranquilo, a cualquier hora, sin tener que mirar atrás si se acercan sombras.

Mientras Manuel se aproxima al palacete de los Alerces piensa en que quiere a Blanca, más y de una manera distinta de la que sería recomendable. La considera su amiga y una buena persona, pero no puede evitar pensar que no es justo que haya familias viviendo en un lugar así mientras otras sobreviven a duras penas en chamizos junto al río. Don Jaime le recibe con amabilidad y simpatía, le muestra su maravilloso jardín, mucho mejor y más cuidado que cualquier jardín público madrileño.

—¿No te gustan las flores?

—¿Las flores? Mi abuelo era campesino y cultivaba la tierra, pero creo que no se preocupaba demasiado por las flores, sino por los tomates. Yo nací en Madrid, no he plantado nada en mi vida.

—¿En Madrid? Me dijo Blanca que eras de Valladolid.

—Me he criado en Valladolid, pero nací en Madrid.

Es la primera vez que se olvida de su nueva identidad. Ha salido bien del error pero debe tener más cuidado. Se ha despistado y ha bajado la guardia. Es culpa del lujo, de la belleza de ese jardín, de esa vida muelle en la que él no sabe moverse y a la que no pertenece ni nunca pertenecerá. En momentos así, se da cuenta del absurdo que supone pensar en compartir con Blanca algo que no sean unas horas de trabajo cada día. Acabará la guerra, se cerrará la Oficina Pro-Cautivos, y cada uno volverá a su sitio. Blanca se casará con un aristócrata y él con una doncella que sirva en una casa burguesa; aunque también podrían detenerle y pudrirse en una cárcel en Marruecos. Eso si las represalias por no ayudar a sus compañeros no son suficientes para quitarle de en medio.

Retoma el motivo que le ha traído a esta casa, ver a la pequeña Alicia, que sigue enferma. Su habitación es impresionante; nadie podría culpar a la niña de preferir esto a su antigua vida: amplia, luminosa, bien pintada y amueblada, llena de libros para niños y juguetes, con un armario repleto de ropa… Manuel entiende que Alicia se horrorizara cuando su madre la llevó a Las Injurias la noche de fin de año, quizá pensara que no la dejarían volver a este paraíso del que disfruta.

—¿Qué tal estás?

—Bien, me gusta mucho vivir aquí.

—¿No echas de menos a tus amigos? Te encantaba jugar con ellos.

—Ojalá viniesen, como tú.

Los Alerces se portan bien con ellas, pero su madre, Ramona, teme que eso algún día se acabe. ¿Qué pasará entonces? ¿La echarán a ella y su hija se quedará allí? Manuel entiende sus temores, la mujer tiene miedo de estar vendiendo a su hija sin darse cuenta.

—¿Quieres más carne?

Doña Ana, la madre de Blanca, se esmera en atenderle en la mesa, tal vez su hija le haya dado instrucciones concretas: Manuel es un compañero de trabajo en el Palacio Real y hay que tratarlo bien, aunque no sea uno de los suyos, aunque tenga que esperar a ver qué cubierto usan los demás antes de seleccionar el suyo de entre los muchos que hay junto a su plato. Pese a su amabilidad, Manuel no está a gusto. La riqueza de los Alerces le abofetea en la cara. En esa mesa hay comida suficiente para saciar a todos los que están sentados a ella durante una semana entera. Cada bocado de esa exquisita carne a la que han llamado rosbif aumenta su indignación, como todo lo que le rodea, y muy especialmente cuando ve entrar a Ramona, la madre de Alicia, a retirar la mesa y servir los postres. Él debería estar con ella, sirviendo la mesa, no es como los señores.

Después de comer y de tomar cafés servidos por Ramona con sus padres, Blanca y él se quedan solos, en una salita contigua al comedor.

—¿Quieres beber algo? ¿Un brandy?

—No. Muchas gracias por todo; son muy amables tus padres, han disimulado en todo momento lo mucho que les desagradaba tener a alguien como yo a la mesa.

—Igual que ellos han sido amables contigo, tú deberías serlo con ellos y no presuponer lo que piensan.

Blanca no va a defenderse, ella no tiene la culpa de haber nacido donde lo ha hecho y de que otros no hayan tenido sus posibilidades. Va a ayudar a que se estrechen las diferencias dentro de lo que esté en su mano, pero no va a pedir perdón. Si Manuel quiere que esas diferencias marquen su relación, no será ella quien le haga ver su error.

—Tienes razón, perdona. Creo que no ha sido una buena idea venir. En la oficina es distinto, te veo como a una igual.

—¿En qué soy distinta?

—En que eres rica.

—¿Trabajo menos que los demás? ¿Me he escudado alguna vez en mi posición social para no hacer algo? Creo que no. Así que no soy distinta, soy una más.

Nada logra deshacer la incomodidad y los reproches que se han instalado entre ambos. Tiene que dejar de hacerse ilusiones vanas a pesar de la buena voluntad que demuestra Blanca. El peso social es mucho más fuerte y, además, en unos pocos días se irá de viaje con Álvaro Giner. Es obvio que su posición está mucho más cercana a su jefe que a su compañero.

* * *

—Pasa, que nadie te vea.

No era necesario que se lo dijeran el uno al otro. Gonzalo esperaba a Frank en la habitación del hotel en el que han sido alojados en Dover. Allí está. Los dos se saludan con frialdad, apenas un apretón de manos.

—He leído tus crónicas en el periódico, por fin lo conseguiste. Eres un buen periodista.

—Me ayudó el marqués de los Alerces, ¿lo recuerdas?

—Claro, me acuerdo mucho de los días de Madrid. Cuando llegué allí, nunca pensé que pudiera echarlo de menos. Te estuve esperando el último día donde siempre, no apareciste.

—Lo sé, lo siento. Sabes lo que pasó, ¿no?

—No.

—Me agredieron cuando iba de camino. Pasé semanas en el hospital. Fueron unos militares que propinaban palizas a homosexuales, los denuncié en el periódico; fue un lío, mi padre me echó de casa. Creo que por eso me dieron la corresponsalía en París, para quitarme de en medio, para que los militares no se vengasen y acabasen el trabajo que empezaron aquel día.

—Lo siento; en el fondo sabía que había un motivo para que no vinieras.

—Claro, te quería.

—¿Ya no?

—Sí, aún te quiero. Pero ahora todo ha cambiado. Cuando recibí tu carta en París quise buscarte, correr a por ti; después me enteré de lo que sucedió con el capitán galés y supe que habías sido tú.

—No estoy orgulloso, tuve que hacerlo. Mi país está en guerra con Francia y cumplo órdenes. ¿Vas a delatarme?

—No. No si te vas esta noche, si desapareces sin visitar la fábrica.

—¿Por qué?

—Mataste a ese capitán en una habitación de hotel y sé que puedes matarme a mí aquí, en otra. No sé quién va a ganar esta guerra, pero tú ahora estás en el bando contrario al mío, el de los que son capaces de aprovecharse de la confianza de su amante, de matar a la persona que les ha abierto la puerta. Si no me matas esta noche y mañana estás aquí, te delataré.

—Descuida, no te voy a hacer nada, no podría. Tampoco creo que tú seas capaz de entregarme sabiendo lo que me harían.

—No pruebes.

Antes de separarse, los dos se dan un abrazo, su primer contacto físico.

—Deséame suerte, tal vez nos veamos cuando acabe esta guerra.

—Si algún día acaba, te estaré esperando. Aquí, en Madrid, en París o donde sea.

Los periodistas han sido convocados a las ocho de la mañana para desayunar en el comedor del hotel. Gonzalo se levanta nervioso. No ha sido capaz de dormir. Frank tiene razón, no es capaz de entregarle a los franceses. Si está y completa el viaje con ellos no hará nada. Él es sólo un periodista, cuenta lo que pasa, pero el resultado de la guerra no es asunto suyo. La narrará igual si ganan los franceses que si lo hacen los alemanes.

Se sirve el té que los ingleses han dispuesto para el desayuno, también huevos revueltos y salchichas. No los come, el apetito le ha abandonado, sólo les da vueltas en el plato, sin dejar de mirar a la puerta, temeroso de ver entrar a su amante alemán.

Una hora después tendrían que salir hacia la fábrica de aviones que van a visitar, pero les piden que vuelvan a sus habitaciones e informan de que les llamarán en unos minutos. El corresponsal de ABC coincide en el pasillo con Gonzalo.

—Parece que el mexicano, Roberto Velázquez, ha desaparecido durante la noche. Se ha fugado. Sospechan que puede ser un espía alemán.

Gonzalo desea con todas sus fuerzas que haya logrado escapar, que encuentre la forma de regresar a Francia y, de allí, a Berlín. Que algún día los dos se vean al acabar la guerra y vuelvan a quererse como no hicieron anoche. Quién sabe si se equivocó o hizo lo que debía.

—Ya puede salir…

Un pescador inglés, a cambio de una cantidad exorbitante de dinero, ha aceptado cruzar el Canal de la Mancha con Frank oculto entre sus artes de pesca. Es de noche, una noche oscura y sin luna, cuando el alemán puede abandonar el escondite en el que lleva seis horas; las ha vivido con miedo a haber sido traicionado por el pescador y a ver aparecer a militares de una de las dos orillas del Canal. No ha sido así, el hombre no le ha vendido, pero están en guerra, la excusa que usa en los últimos tiempos para justificar sus desmanes, y no puede arriesgarse más tiempo. Aprovecha un momento que el pescador le da la espalda para agarrarle la cabeza por detrás y romperle el cuello, tal como le han enseñado a hacer durante su instrucción en Berlín.

—Lo siento, hiciste mal traicionando a tu país.

Tira el cuerpo al agua después de desnudarlo. Recupera su dinero, se viste con la ropa del pescador, mete toda la comida que hay en el barco en una pequeña mochila y guarda un cuchillo que encuentra en la cubierta. Abandona el barco y media hora después se ha ocultado en unos acantilados de difícil acceso donde no teme ser localizado. Esperará a que amanezca y verá dónde está, cómo puede salir de allí.

Decide ir hacia el oeste por caminos secundarios y tratar de llegar a París. Tal vez logre recuperar la identidad de Marcel Malmaison y volver a su confortable apartamento de la rue d’Oran. Será un camino largo y peligroso que empezará en cuanto salga la luz.

* * *

—Puedes salir.

Una semana ha durado el castigo de Jean-Marie; ha sido una semana de hambre, de sed, de oscuridad y de incertidumbre. La luz le ciega, está débil y a duras penas puede moverse y mantenerse en pie. No va a resistir el trabajo de la cantera, cargar con las piedras, caminar al mismo ritmo que sus compañeros sin perder la fila: los guardianes le golpearán a cada paso. Los dos últimos días en la celda ha tenido, por primera vez, ganas de que todo terminara, de dormirse y no despertarse más; pero también a eso ha sobrevivido, está fuera.

—Mejor bebe a pequeños sorbos.

Pero él bebe con ansia, como si le fueran a quitar la jarra de agua fresca que le han dado. También hay junto a él una fuente de fruta. No recuerda hace cuánto tiempo no comía uvas, manzanas… Por momentos piensa que es falso, que lo está soñando, que va a desaparecer todo y la sed, el hambre y la oscuridad van a volver.

—¿Eres Jean-Marie Huguet?

—Sí.

—¿El pintor?

—Sí.

—Come, bebe y descansa todo lo que necesites. Te van a preparar un baño caliente y ropa limpia. Mañana salimos hacia Berlín.

No sabe qué pasa, a qué se debe el cambio en el trato, pero piensa disfrutarlo el tiempo que dure.

—Pase, no sé si me recuerda. Soy el general Köhler.

Habla un francés muy correcto pese al acento alemán. A Jean-Marie le resulta familiar la cara del militar alemán que ocupa el despacho; le parece recordar que, hace años, en París, antes de viajar a Sevilla, le compró un cuadro. No sabe cuál era su nombre, ni siquiera supo entonces que trataba con un militar, sólo que le había vendido un cuadro a un coleccionista alemán. Con aquel dinero se pagó el viaje a Sevilla.

—¡Almuerzo en Bois de Vincennes!, fue el cuadro que me compró. Una copia de un impresionista.

—Efectivamente, muy talentosa pero una copia… Lo tengo en mi casa berlinesa. Le he tenido perdida a usted la pista unos años. Siéntese, por favor, ¿quiere beber algo? Y cuénteme, qué ha sido de su vida.

Jean-Marie le relata su estancia en Sevilla, su reclutamiento, su participación en la guerra, su captura y su cautiverio.

—Es una pena que los franceses no sepan ahorrar los sinsabores de la guerra a la gente con su talento. Di por casualidad con su apellido en una lista de prisioneros. Pensé que tal vez fuera el pintor y he acertado. Siento el trato al que ha sido sometido, ya sabe lo que es la guerra, una barbaridad. Pero para usted, amigo Jean-Marie, se ha acabado. Seguirá preso, claro está, pero en otras condiciones, mucho más ventajosas para usted y para nosotros, para todos.

El general Köhler le ofrece a Jean-Marie trabajar en un taller de falsificaciones. Usar su talento al servicio de Alemania, falsificar salvoconductos, documentos, todo lo que le pidan. Hasta billetes de banco si fuera el caso. A cambio, vivirá de una manera más o menos confortable, sin castigos innecesarios y sin temor.

—¿Acepta?

—¿Cuáles son las consecuencias si no lo hago?

—No sé, no me gustan las amenazas, no me planteo siquiera que pueda decirme que no… Si le hace falta que le amenace pese a todo, de manera teórica, sólo para ayudarle a decidirse, le diré que quizá sus manos no pudieran coger nunca más un pincel o un lápiz. Y eso sería una lástima, ¿no cree?

—Acepto, claro.

* * *

—Son doscientas pesetas, cuarenta duros, ¿sabes cuántas cosas le puedes comprar a tu hijo con cuarenta duros?

Por supuesto que lo sabe. Con ese dinero, Carmen podría comprarle a Juan la leche y la ropa que le faltan; podría hasta sacarle de la humedad de Las Injurias y evitar que creciera enfermo, como muchos otros niños del barrio.

La oferta se la hace Rosa, «la Larga», como la llaman todos en el barrio por su estatura. Y lo que Carmen tiene que dar es lo que siempre le piden, su belleza y su cuerpo. Desde niña ha sido así; no es la primera vez que una celestina se acerca a ella para decirle que algún hombre bien situado está interesado en verla a solas y dispuesto a pagar un buen dinero para conseguirlo. Hasta ahora, quitando la oferta del marqués del Albero, siempre ha dicho que no. Claro que nunca le había hecho tanta falta.

—Te agradezco la oferta, Rosa, pero no la voy a aceptar.

—Si cambias de opinión, que cambiarás, sabes dónde encontrarme. Sólo que para entonces quizá cobres menos.

Esa mezcla de aviso y amenaza es común en mujeres como la Larga. Ya lo ha visto otras veces. Si ella dice que no, la intermediaria se queda sin su parte: le ha hecho perder un negocio y eso rara vez lo perdonan.

Carmen ahora tiene su propia chabola, pegada a la de Aurelia, «la Murciana». Aunque le ha ayudado mucho desde que llegó, tiene miedo de esa mujer. Se ha convertido en su ayudante cuando la visitan jóvenes asustadas que van a quitarse los problemas en los que los hombres las han metido. No hace nada malo de lo que pueda arrepentirse, se limita a llevar agua, encender el fuego, poner a hervir las hierbas que le mandan… A veces, cuando ve a la chica muy nerviosa, intenta tranquilizarla, charlar con ella, que se olvide de lo que está a punto de hacer. Algunas son mujeres que han llevado una vida dura, prostitutas, mendigas; otras son trabajadoras que tienen demasiados hijos para dar de comer a uno más. Las que más pena le dan son las jóvenes que han sido engañadas por sus novios, como aquella que estuvo a punto de morir, Elisa, la que hizo que conociera a Blanca.

La visita a la embajada de Francia le resultó frustrante, ninguna información, ni siquiera la certeza de saber si Jean-Marie está vivo o muerto. Confía en las personas que trabajan en esa oficina que hay en palacio para ayudar a los prisioneros de guerra, tal vez ellos puedan encontrar a su marido. Intentará que no se olviden de ella, les visitará, pasará a verles; si es necesario seducirá al jefe para que sigan buscando a Jean-Marie, sabe cómo hacerlo.

* * *

—Enrique Granados viajaba en el Sussex. Ha muerto, acaba de llegar el cable.

El compositor Enrique Granados, que ha triunfado recientemente en Nueva York con una nueva ópera, Goyescas. Es una de las primeras víctimas españolas de la guerra; por lo menos la primera figura relevante que muere en un ataque de un submarino alemán a una nave que hace el recorrido del Canal de la Mancha. Poco a poco llegarán noticias sobre su muerte: logró subir a una de las lanchas de salvamento, pero, al ver a su esposa en el agua, saltó para intentar rescatarla y encontró la muerte junto con ella.

La noticia llega a los pocos días del naufragio del Príncipe de Asturias, el mayor vapor trasatlántico en servicio en España, que cubría el trayecto entre Barcelona y Buenos Aires, a escasa distancia de la costa frente a Rio de Janeiro. Más de cuatrocientos cincuenta muertos de los seiscientos que viajaban en él, la mayor tragedia de la Marina española, ocurrida el 5 de marzo de 1916. Son días de luto para el país.

—¿Cuándo viajáis a París?

—El próximo lunes, majestad. Ha habido que retrasarlo por muchas razones, pero por fin nos vamos.

—Espero que el Señor os proteja. El domingo haremos una comida de despedida aquí en palacio, invitaré a Adela Espinosa, si te parece bien.

Desde la fiesta de Navidad en que los presentaron, Álvaro Giner ha visto más veces a Adela Espinosa. Sigue con ella los cauces tradicionales del cortejo, con sus visitas, invitaciones, regalos, estrenos de teatro y conciertos en su compañía.

Ha hablado poco con ella a solas. Reconoce que la chica es guapa y simpática, sabe que le conviene, que sus familias se quedarían muy satisfechas si siguiera adelante su relación. Incluso él se da cuenta de que ha llegado a una edad en que debería sentar cabeza, casarse, tener hijos y abandonar la vida de salidas nocturnas, de disfrutar con mantenidas y de esperar a las artistas al final de sus funciones.

Desde luego Adela es la persona ideal para planteárselo y conseguirlo. Sin embargo la joven, aun siendo perfecta, no le hace sentir lo que Beatriz Vargas, y menos aún lo mismo que Blanca Alerces. ¿Habrá pasado tiempo suficiente desde la boda fallida? Uno de los motivos que le hacen ver el viaje con esperanza y sin hastío es su compañía. Le apetece mucho compartir ese tiempo con Blanca, saber más de ella.

Le han dicho que Beatriz Vargas ha vuelto a Madrid y su recuerdo le ha alterado la existencia tranquila que llevaba. Ha tenido varias amantes a lo largo de su vida, pero ésa era la que más le gustaba, aunque fuera tan caprichosa y se preocupara tan poco por su bienestar. Hace más de un año que no la ve y la sigue recordando; le va a costar no ir a reencontrarse con ella al teatro en el que actuará.

Adela Espinosa acude a su cena de despedida invitada por don Alfonso XIII. La cena es todo lo informal que podría ser teniendo en cuenta que ha sido organizada por el rey, en el Palacio Real, con la reina sentada a la mesa, con el presidente del Gobierno y un par de ministros, y con una orquesta interpretando música para amenizar la velada. En estos momentos, Álvaro siente compasión por la vida que lleva su amigo el monarca, tan impostada.

Se encuentra, casi sin querer, a solas con Adela en una terraza. Y allí, sin saber muy bien por qué, se anima a besarla. Ella se deja, responde a los besos. Si alguien les descubriera sería un escándalo. Qué extraño es el hombre. Lleva todo el día pensando en lo mucho que le gusta Blanca y en cuánto desea volver a estar con Beatriz. Sin embargo, termina la noche besándose con la bellísima Adela.

—¿Estarás mucho tiempo fuera de España?

—No sé con certeza. Un par de meses, quizá tres.

—Cuento ya los días para que vuelvas.

Es una chica dulce. Sin duda es la que le conviene; debe olvidarse de las demás, sobre todo de Blanca, y centrarse en Adela.

* * *

—He estado un tiempo retirada, me alegro de que le gustara mi actuación.

El Teatro Apolo, en la calle de Alcalá, es el único de Madrid que ofrece cuatro representaciones cada día. Sus zarzuelas tienen distintos tipos de público: las criadas a primera hora, las familias por la tarde, los matrimonios por la noche y los más bohemios, los golfos y las prostitutas a la una de la mañana. Al acabar esa representación, la cuarta del Apolo, se montan las tertulias más procaces en el entresuelo del Café de Fornos, las fiestas flamencas en el Villa Rosa, otras más atrevidas en algunos domicilios particulares…

Es en esa sesión en la que los señoritos de buena posición esperan a las artistas a la salida del teatro o les mandan a sus camerinos ramos de flores, como el que Beatriz Vargas acaba de recibir.

—Carlos de la Era, duque del Camino, para servirla, ¿me permitiría invitarla a una copa de champán?

La vida de Beatriz Vargas ha dado muchos tumbos desde que Álvaro Giner la echó de su casa. El hombre que estaba con ella, Julián, el único al que ha amado, la despreció en cuanto se acabaron los ingresos de dinero de su amante. No consiguió ningún papel en teatro serio como ella pretendía; estuvo en Barcelona y en San Sebastián, intentando medrar en la rica sociedad burguesa que se ha formado al amparo de la guerra… Por eso, hace dos meses decidió volver a Madrid y suplicar un papel a sus antiguas amistades. Sustituye en la sesión golfa a otra vicetiple que se niega a actuar a esa hora y en ese ambiente. A ella le da igual, sabe que no tendrá carrera musical, lo único que busca es un amante que le ponga piso, le pague los caprichos y no sea demasiado fogoso. Tenía que haber sido más lista con Giner, nunca volverá a tener uno tan atento. Ha preguntado a sus conocidos dónde puede encontrarse otra vez con él, pero le cuentan que está muy volcado en un trabajo en palacio y que no es habitual verle.

A Carlos y a ella les dan la mejor mesa del Cabaret Ideal, en el Paseo de Rosales, el que está más de moda en Madrid. Los camareros saludan a su acompañante por su nombre, desde algunas mesas le hacen un gesto de reconocimiento. Eso es lo que busca Beatriz en un hombre, que tenga dinero y que lo sepa gastar.

—¿Y a qué se ha debido que hayas estado tanto tiempo apartada de los escenarios?

—Estuve a punto de casarme, pero al final decidí que ningún hombre vale la pena, que lo que me gusta son los aplausos del público.

—No me extraña, te los mereces.

No se acuerda de él, pero Carlos de la Era y ella se conocieron en los tiempos que ella vivía en un piso de Álvaro Giner. Fueron presentados al salir del estreno de La Malquerida, de Jacinto Benavente, protagonizada por María Guerrero en el Teatro de la Princesa, en diciembre de hace dos o tres años. Entonces Beatriz estaba en lo más alto y no se fijaba en los hombres que le presentaban, ahora los necesita.

—Espero que no hayas decidido abandonar por completo al mundo masculino.

—¿Quién puede resistirse a un hombre galante?

—Entonces supongo que puedo invitarte a pasar un día conmigo en mi finca de El Escorial.

—No sé si debo.

—¿Montas a caballo?

—Me encantaría que me enseñaras…

De la Era está contento y excitado, no pensó que fuera a ser tan fácil. ¿Qué dirá Giner cuando la vea del brazo con él, cuando ella le cuente sus intimidades que él se encargará de hacer circular? Seguro que Giner se arrepentirá de haber aconsejado a su amigo el rey que lo eliminase de las listas de invitados a las fiestas de palacio. Además, Carlos de la Era está convencido de que Giner es el amante de Blanca. Ella se comportaba como si fuera una joven virtuosa, pero los últimos días de noviazgo se relajó y él pudo atisbar de qué pasta estaba hecha, como su amiga Elisa. Las dos son peores que cualquiera de las francesas que prestan sus servicios en la calle de la Madera; peores que esa Beatriz Vargas, de la que gozará en su casa de El Escorial muy pronto.

* * *

—El otro día le dijiste a mi padre que habías nacido en Madrid. Yo tenía entendido que…

Manuel temía que aquel error le trajera problemas. Ignoraba la manera, pero estaba seguro de que se los traería.

—Me fui muy joven a Valladolid.

—Tu documentación dice que naciste en Valladolid. La vi cuando hubo que hacer tu contrato de trabajo.

—Y yo te dije que prefería no hablar contigo de mi pasado para no tener que mentirte.

Es suficiente para que Blanca no siga haciendo preguntas. No necesita más que la palabra del que ya es su mejor amigo y, si de ella depende, lo será siempre.

—Está bien, Manuel. Confío en ti.

Es el último día de Blanca en la oficina antes de partir hacia París, gracias a eso su interrogatorio no es muy intenso; ella tiene la habilidad de averiguar todo lo que quiere. De no ser por su falta de insistencia, Manuel no habría tardado en confesarle que su apellido no es Lope sino Campos y que podrían detenerle por la muerte de un agente de policía al que no mató él.

Apenas quedan unos pocos detalles por cerrar. Manuel se quedará a cargo de la oficina, encargado de informar al rey. Cada mañana, a las nueve en punto, tendrá que presentarse en su despacho para departir con don Alfonso acerca de la marcha de la Oficina Pro-Cautivos, los logros, cualquier incidencia… Álvaro quiere que todo salga bien, que su apreciado Manuel gane enteros delante del rey.

—Está muy encima de los asuntos de la oficina, verás cómo te pregunta por temas de los que ni siquiera sabías que estuviera al tanto. No seas tímido con él al informarle, apreciará ver que tú también estás preocupado por la marcha de cada caso.

Blanca y Álvaro no paran de darle consejos, no quieren que se amilane delante del rey.

—No dudes en acudir a él siempre que lo necesites.

—Si tienes algún problema con el Ministerio de la Guerra habla con él, te allanará el camino.

Es irónico, hace unos días estuvo en una reunión en la que todos los presentes estaban de acuerdo en que el rey personificaba todos los males de España, mientras que hoy le dicen que el rey es la solución a todos los aprietos que le surjan.

—Acuérdate, por favor, de cómo tienes que tratarle, no vaya a haber un problema por una bobada de esas.

—Blanca, de verdad, ¿crees que soy tonto?

—No, tonto no, pero ya nos conocemos. Por favor. Estaremos fuera poco tiempo, se te pasará volando, ya verás.

Mientras Blanca le abruma con un consejo tras otro, Manuel sólo piensa en lo duros que serán estos dos meses sin ella. El trabajo será el mismo: responder de manera positiva en algunos casos y lamentar la muerte o la desaparición de los soldados buscados en otros, pero no podrá compartirlo con Blanca. Le faltará esa alegría contagiosa que ha ido inundando hasta el último rincón del desván.

Antes de acabar la tarde, don Alfonso, una cara habitual para los trabajadores de la oficina, pasa a despedirse. Para sorpresa de Manuel, busca un aparte con él.

—Manuel, creo que para facilitar el trabajo de Álvaro y Blanca nos conviene hacer una primera petición de liberación de presos. Algo que llame la atención de los gobiernos, algo que se comente.

—¿Una petición masiva?

—No, con eso no lograríamos nada. Creo que será mejor lo contrario, algo con posibilidades de salir bien, que tenga eco en los periódicos y con lo que todo el mundo esté contento. Había pensado en prisioneros famosos, ¿los hay?

—No creo, pero podemos buscar, majestad.

—Hazme el favor, Manuel. A ver si encuentras algo… Podría ser importante para Álvaro y Blanca.

Manuel acude a la estación a despedir a su jefe y a Blanca. Coincide allí con los padres de su compañera, que vuelven a comportarse de forma exquisita con él, con un hermano de Giner que se encarga de los equipajes, con Bernardo Candeleira, el secretario de su majestad, que está allí en representación de éste… Viajarán hasta Irún y allí cambiarán de tren para llegar a París, siempre en primera clase. Se hospedarán en el Crillon, uno de los mejores hoteles de la capital francesa. Su viaje no tiene nada que ver con el de sus compañeros anarquistas que se han escondido en París desde hace tantos años, ni con el de los trabajadores españoles que han abandonado su tierra para buscar una vida mejor para sus familias.

—Ahora es mi turno para los consejos. Blanca: cuídate, no te arriesgues.

—Dicen que en París la guerra no se nota.

—Da igual, que no te pase nada. Y vuelve lo antes posible.

Hubiera querido besarla, sin importarle las consecuencias. ¿Qué diría su amable padre? ¿Y Álvaro Giner? ¿Se lo contaría Candeleira, allí presente, al rey? Y qué le importan todos ellos. Lo fundamental es lo que pensaría Blanca. Se besaron una vez, pero aquello no estrechó su relación, más bien al contrario. Ve el tren alejarse y siente celos de Álvaro. Manuel querría ser el acompañante de Blanca, pero le falla el abolengo que al director de la oficina le sobra.

* * *

—General, perdóneme que le moleste. No sé si se ha fijado, yo no veo bien a su hija…

Delfina, la criada gallega de casa de los Fuentes, ha vivido de todo en esa familia. Entró a trabajar muy joven; vivió la muerte de la señora de la casa a los pocos meses de llegar, cuando sus hijos eran sólo unos adolescentes; observó, como cualquiera habría hecho, el comportamiento de Gonzalo, un chico inteligente y sensible, del que no había dudas de que fuera invertido, la palabra con que designaban a los chicos distintos. Cuando Gonzalo se marchó de casa nadie le explicó lo que había pasado y, aunque ella no lee los periódicos, en el mercado le contaron lo que había publicado Gonzalo acusando a su padre de las agresiones que al parecer se habían producido, así que entendió la enemistad entre padre e hijo; tampoco le pasó inadvertido el cambio en Elisa después de la boda frustrada de su amiga; ni siquiera lo que sucedió después, los días de zozobra de su señorita y sus noches sin dormir hasta que llegó tan desmejorada de pasar unos días en casa de Blanca. Está segura de que no estuvo en el palacete de los Alerces y cree saber lo que pasó, no es la primera chica de su edad que se ve sorprendida por un embarazo.

Se lo ha pensado antes de hablar con el general. Si la señora estuviera viva no habría dudado en contárselo y ponerle sobre aviso; claro que no habría hecho falta, ella misma se habría dado cuenta. Con el general es distinto, un hombre insensible, antipático, duro.

Se ha decidido a hablarle de Elisa porque teme por ella. No porque la aprecie, esa chica nunca la ha tratado bien; es como su padre, no como Gonzalo, siempre tan amable. Tiene miedo de que suceda lo mismo que presenció en la anterior casa en la que servía: la señora se lanzó por la ventana a los pocos días de dar a luz a un hijo deforme que no sobrevivió. Su mirada, pocas horas antes de hacerlo, era la misma que tiene ahora la señorita Elisa. Es preciso que avise al general, ha de saberlo e impedir que pase nada.

—¿Qué le ocurre a Elisa? ¿Está enferma?

—No lo sé.

—Pues pregúntaselo. Y si está enferma llamas al médico. Tengo que salir, llegaré tarde, cenaré fuera.

Elisa es soberbia y altanera, pero hay que reconocer que no ha tenido suerte con su familia: su madre muerta, su hermano en el extranjero, su padre sin un mínimo de humanidad… Hasta Delfina, nacida en una choza miserable de una aldea gallega más miserable todavía, ha tenido más calor humano que ella.

—Señorita Elisa, ¿quiere que le traiga un poco de consomé? No puede irse a la cama sin cenar nada.

—No, no tengo hambre.

—Si le apetece le preparo una tortilla, a usted le gusta cómo las hago.

—¿No me has oído? ¡He dicho que no!

Esa chica va a acabar mal. Delfina tiene que tranquilizarse. Al menos viven en un primero, y si se tira por la ventana como hizo su antigua patrona, sólo se partirá una pierna, poco más.

* * *

—Si se mueve, disparo.

Sólo le faltan sesenta kilómetros para llegar a París y Frank no está dispuesto a que ese viejo gendarme se lo impida. Ha sido un error absurdo, un exceso de confianza ahora que la meta se halla tan cerca, seguir andando en lugar de esconderse para pasar el día.

Tiene que impedir que el hombre que le apunta con la pistola consiga un teléfono y avise de que ha encontrado al espía alemán que se hizo pasar por periodista mexicano, ése al que todo el mundo busca. Están a un kilómetro y medio del pueblo que rodeó hace un rato, tiene que deshacerse de él antes de que lleguen. Será su tercer asesinato en pocos días. Así son las guerras: matar o morir.

Frank ha pasado los días oculto y ha caminado de madrugada y al anochecer, cuando los caminos estaban vacíos y la luz lo permitía. Ha robado huevos y ha comido lo que ha ido encontrando: frutas, alguna verdura… También ha robado ropa para no parecer un pordiosero y llamar demasiado la atención si se cruzaba con alguien. No sabe qué hace el gendarme a esa hora, las seis de la mañana, por ese camino y por qué su aspecto le ha inquietado hasta el extremo de pedirle su documentación. Nadie lleva papeles cuando camina por el campo en medio de Francia… Tiene un kilómetro y medio, unos veinte minutos al paso del policía francés, para salir de ésta. Un error, sólo uno y le partirá el cuello, como hizo con el pescador que le ayudó a cruzar el Canal de la Mancha.

Su momento llega en una cuesta un poco pronunciada. El gendarme, viejo, cansado, con unos kilos de más por la buena vida y las buenas comidas, resopla y baja la pistola. Frank no desaprovecha la oportunidad. Arrastra su cadáver hasta fuera de la vista de los que puedan pasar por la carretera, coge su arma y se aleja de allí a toda prisa; debe llegar a París cuanto antes, y a ser posible, sin continuar con el rastro de muertes que va dejando a lo largo de Francia.

Gonzalo está de vuelta en París. Tras la desaparición de Frank les interrogaron y se suspendió el viaje a la fábrica de aviones. Alguien dijo que le había visto hablando con el periodista mexicano, con Roberto Velázquez, y su interrogatorio fue el más largo de todos.

—No sé nada. Hablamos de la guerra, de las condiciones económicas de los periodistas mexicanos y españoles y de las diversiones de París. Nada más.

Le han censurado la crónica que escribió sobre el viaje y la visita frustrada a la fábrica; tampoco ha leído en otros periódicos nada y supone que lo mismo pasaría si hubiera alguna nueva noticia de la fuga de Frank. Las autoridades están preocupadas con la infiltración de espías alemanes en todas partes. En las revistas inglesas han empezado a aparecer relatos de ficción que muestran a los que descubren a los espías como grandes héroes, patriotas, una forma de concienciación de la sociedad que en España no se hace y que habría que copiar en un futuro. Desde que vive fuera, ha visto con sus propios ojos gran parte de las cosas que Frank le decía en Madrid, que España ha perdido el tren del progreso y tardará mucho en subirse a él, si es que algún día le es posible. Aunque hasta entonces su defensa de la monarquía no dejaba de ser una postura sentimental, nunca ha sido republicano. Sin embargo, ahora empieza a creer que mientras los Borbones sigan en el poder, el país no se subirá nunca a ese tren. Es necesario cambiar el sistema, por más difícil y traumático que resulte.

Ha pedido autorización, que aún no le han dado, para viajar a primera línea de los campos de batalla. Aprovecha el tiempo libre que tiene mientras le contestan para averiguar algo acerca del anterior inquilino de su apartamento, el antiguo corresponsal de El Noticiero de Madrid.

Raúl Coronado nació en Cuba, hijo de un militar español y una nativa mulata. Volvió a España tras la independencia, cuando ya era periodista en La Gaceta de La Habana, el periódico oficial del gobierno español en la isla. Pasó poco tiempo en Madrid, en 1903 fue nombrado corresponsal de El Noticiero de Madrid en París. De la época de su llegada es la primera de las fotos que encontró Gonzalo en el apartamento. Es un hombre bien vestido, con el pelo rizado peinado hacia atrás. La ascendencia africana de su madre se atisbaba en su pelo, en claro contraste con la piel blanca, muy blanca.

Raúl dejó muchos papeles en cajas. Gonzalo los va curioseando; están escritos a mano, con una letra endiablada, en una mezcla de español y francés, tardará tiempo en descifrar lo que dice en ellos.

El desorden es mayúsculo. Algunos parecen cuentos, historias de ficción. Quizá se anime a recomponerlos, como quien hace un puzle; otros parecen simples anotaciones, frases sueltas, pensamientos; también hay páginas que quizá sean el inicio de una novela que quedó sin concluir. Por desgracia, no hay un diario que le desentrañe los secretos de Raúl Coronado. Ha escrito a su amigo Benito, al periódico, para preguntarle por él, si se ha reincorporado a la vuelta, pero le ha contestado que no, que se quedó en Barcelona y se desvinculó del diario. Preguntará a los otros corresponsales con los que tiene más confianza después del viaje, tal vez le puedan decir algo que le ayude a conocer a su predecesor.

* * *

—El presidente en persona… Tenemos que conseguir que respalde la propuesta.

Álvaro Giner y Blanca Alerces van a entrevistarse con Raymond Poincaré, el presidente francés, en su residencia del Palacio del Elíseo, el maravilloso palacio que fuera domicilio de madame de Pompadour y que desde mediados del siglo XIX acoge a los presidentes de la República. Después deberán reunirse con el primer ministro, Aristide Briand, del Partido Republicano Socialista.

—Briand está en contra de esta guerra y a favor de crear una asociación de países para evitar las próximas; seguro que contaremos con su ayuda.

Las horas pasadas en el tren, casi veinticuatro desde la salida de Madrid hasta la llegada a París, han servido a Álvaro y a Blanca para repasar todos los contactos que deben hacer a su llegada, comentar los detalles de la oficina y leer todos los informes que el secretario de su majestad, Bernardo Candeleira, les ha proporcionado sobre las distintas negociaciones que deben afrontar. Pero no todo ha sido trabajo, también han aprovechado para charlar de temas intrascendentes y conocerse mejor.

—Hemos hablado de mi boda, no de la tuya. ¿Nunca has pensado en casarte?

—Muy a menudo, pero ninguna mujer quiere casarse conmigo. ¿Crees que soy tan feo…?

Es una broma que repite a menudo. Álvaro es uno de los hombres más guapos que Blanca ha conocido nunca, más que Carlos de la Era: eso fue lo que pensó la primera vez que lo vio a la entrada del despacho de don Alfonso XIII. Además, es de sonrisa fácil y, cuando se ríe, lo hace con franqueza y eso resulta todavía más atractivo.

A Álvaro le gusta más el teatro que la música, más los deportes que la caza, más las novelas que la filosofía, no le gusta nada la poesía y quiere, algún día, tener hijos.

—No muchos hijos, un niño y una niña. En mi casa éramos siete hermanos y era una locura.

—Yo soy hija única y me hubiera encantado tener una hermana por lo menos. Quiero tener seis, o más, ocho hijas, todas niñas.

—Qué pesadilla…

Y vuelve la risa. A Blanca no le extraña que el rey le tenga tanto afecto, es un hombre con el que da gusto compartir amistad.

El Palacio del Elíseo, muy cerca de los Campos Elíseos, no posee la grandeza del Palacio de Versalles pero no tiene nada que envidiar al Palacio Real de Madrid, en el que ellos trabajan. Se han vestido con sus mejores galas —Blanca lleva un maravilloso vestido de terciopelo gris oscuro con reflejos plateados comprado en una lujosa tienda de la capital francesa la tarde anterior, ni la guerra ha evitado que la moda francesa siga creando los modelos más elegantes— y bromean en el hotel, antes de salir; parece que asisten a una boda.

Llaman la atención las tiras de papel pegadas a los vidrios de las ventanas del palacio para evitar que la vibración los rompa en caso de bombardeo alemán, pero las obras de arte, las estatuas, los cuadros y los tapices que lo cubren todo demuestran que ha sido la residencia de un emperador. Raymond Poincaré, el presidente, les recibe en su despacho, situado en el llamado Salón Doré, una magnífica estancia que en tiempos de madame de Pompadour fue el salón principal del palacio.

—He pedido al primer ministro y al ministro de la Guerra que colaboren al máximo con la misión que les ha encargado don Alfonso XIII.

—Le quedamos agradecidos.

—Nosotros somos los que agradecemos la ayuda de su majestad, exprésenle nuestro afecto y gratitud.

—Así lo haremos.

Nada más, el presidente se levanta, señal de que deben salir. No esperaban que fuera una reunión larga, pero tampoco que fuera así, no ha llegado a un minuto el tiempo que han estado reunidos con Poincaré.

No dicen nada hasta estar subidos en el coche que les devuelve al hotel. Allí se ríen a carcajadas recordándolo.

—Pues como todas nuestras reuniones sean así…

Aunque la guerra no se nota mucho en París, alguno de los grandes restaurantes, como La Tour d’Argent o Le Grand Véfour, están cerrados.

—Lástima, a mi padre le gustaba La Tour d’Argent. Cuando era una niña y él estaba de embajador aquí en París, me llevaba a comer el canard à la presse, los dos solos. El día que descubrí cómo se hacía me negué a volver. ¿Sabes que estrangulan al pato para que no pierda la sangre y después lo prensan?

—No, no lo sabía, pero está muy rico. Lo siento por el pato, pero volveré cuando acabe la guerra y lo pediré. Un hombre curioso tu padre.

—Muchos dirían chiflado.

—Puede, pero de los que hacen que la vida sea mejor. Ésos son los buenos.

A falta de los restaurantes que conocen, los dos cenan en el hotel en el que se hospedan, el Crillon, junto a la Plaza de la Concordia. María Antonieta frecuentaba ese hotel para tomar clases de piano, y ella y Luis XVI fueron guillotinados en esa misma plaza. Beben Perrier-Jouët, el champán favorito de Álvaro, y la cena es magnífica. La música discreta de un pianista les acompaña.

—No estoy acostumbrada a beber, no debería hacerlo.

—¿Temes hacer algo que no debas?

—Más bien decir algo que no deba. Muchas tonterías y que me mandes de vuelta a Madrid.

—Quédate tranquila, me haces demasiada falta aquí.

Es muy sencillo sentirse a gusto con Álvaro. Con Carlos de la Era nunca estuvo tan cómoda, sólo le sucede algo parecido con Manuel, de quien se acuerda constantemente. ¿Estará enamorada? ¿De Álvaro? ¿De Manuel? ¿De los dos? Es imposible, eso sólo pasa en las coplas que cantan las criadas.

* * *

—Es la primera vez que nos llega una carta de Portugal, majestad. La única que habla portugués en la oficina es Blanca, pero nos hemos apañado para traducirla.

Todos los días a las nueve de la mañana, tal como le indicó Álvaro Giner, Manuel Lope se reúne con don Alfonso XIII en su despacho. Nadie le cachea, nadie le pide ningún documento; sus antiguos compañeros tienen razón, podría atentar contra él. Sólo hay un problema: no quiere hacerlo.

—Una cosa más, majestad. Hemos encontrado dos famosos, como usted nos pidió. Bueno, uno famoso y el otro sólo un poco popular.

—¿Quiénes son?

—Vaslav Nijinsky y Maurice Chevalier.

—Nijinsky sé quién es, le he visto bailar; el otro no tengo ni idea.

—Maurice Chevalier es un cantante francés, joven pero conocido en su país. Su verdadero nombre es Maurice Saint-Léon.

—¿Me has traído sus expedientes?

—Sí, señor. El problema de Nijinsky es que no es un prisionero de verdad. Ya lo verá usted en la carpeta.

—Déjamelos, los leo y te digo algo.

Nijinsky es un bailarín ruso, el más famoso y admirado del mundo. Pese a que durante muchos años ha sido amante del empresario de su compañía, Serguéi Diaghilev, en su última gira por Sudamérica, el año antes del comienzo de la guerra, se casó en Buenos Aires con la condesa húngara Romola de Pulszky, una rica admiradora que viajaba con él en el barco. El inicio de la guerra le ha sorprendido visitando a su familia política en Budapest y, como ciudadano ruso, ha sido detenido por las autoridades. No ha combatido, no está ingresado en ninguna cárcel o campo de prisioneros, sólo sufre arresto domiciliario en casa de la familia de su esposa; pero todas las personas con acceso a él hablan del desequilibrio que se le está manifestando en el encierro, muy habitual en su familia, en la que ha habido constantes casos de enfermedades mentales. Serguéi Diaghilev, su antiguo amante, es quien se ha puesto en contacto con la Oficina Pro-Cautivos para liberarle. Quizá sus fines no sean todo lo altruistas que debieran, lo necesita para estrenar un espectáculo en el Metropolitan Opera House de Nueva York, pero para la oficina se presenta como una ocasión inmejorable para conseguir publicidad a través de su liberación.

Maurice Chevalier no es tan famoso, es un cantante habitual de los cafés concierto parisinos que ha tenido algunas pequeñas intervenciones en el cine mudo antes de la guerra. Combatió pocas semanas, antes de ser herido y apresado por los alemanes. Lleva desde entonces, casi dos años, interno en un campo de prisioneros. Es uno de los que aparece en las listas y en la oficina han logrado que reciba y envíe cartas para su familia.

Al rey le hubiese gustado encontrar casos más llamativos, pero se acercan a lo que buscan: una manera de anunciar a los gobiernos de que la Oficina Pro-Cautivos quiere algo más que ser un servicio de correos entre los prisioneros y sus familias.

El día siguiente, a las nueve, Manuel tiene una respuesta del rey.

—He leído los expedientes y podemos intentarlo. Vamos a pedir la liberación de los dos, a ver si lo conseguimos por lo menos con uno. No te voy a engañar, para lo que queremos es mucho mejor el ruso.

—Opino lo mismo, majestad.

—Si lo logramos, vamos a pedirle que actúe en España; serás mi invitado a verle en el palco.

Sólo de pensar lo que dirían sus compañeros anarquistas si vieran a Manuel acompañar en el palco del Teatro Real a don Alfonso XIII se tiene que reír, espera que no llegue el día.

* * *

—Este sello es muy complicado, tengo que seguir trabajándolo, necesito más tiempo.

Jean-Marie es el único prisionero francés que trabaja en el gabinete que se ocupa de las falsificaciones. Abundan los prisioneros rusos, pero también hay italianos y belgas que han sido destinados a este servicio que funciona con eficacia germánica.

Se hacen documentos de identidad de todos los países en guerra con Alemania, salvoconductos, billetes, cartas bancarias, falsas órdenes, acciones, títulos de propiedad…, todo lo que sirva para que los espías alemanes se muevan con seguridad por detrás de las líneas enemigas o para que los militares consigan una pequeña ventaja en la guerra.

Siempre existe la tentación de hacerlo mal, de dejar pequeñas imperfecciones con la esperanza de que un gendarme francés o un carabinero italiano las detecte y pueda detener al portador de las falsificaciones. Los alemanes lo saben y llevan un control detallado de los documentos falsos y los originales de los que han sido copiados. Cometer un error deliberado está penado con la muerte, como se encargan de recordar casi a diario y como han demostrado en más de una ocasión fusilando al autor.

Los artistas, así les llaman, viven bien para ser prisioneros de guerra: buena comida, tabaco, camas con sábanas limpias, respeto relativo por parte de los guardianes… Su lugar de trabajo es confortable y luminoso, tienen todos los materiales que necesitan y la posibilidad de dedicar un rato todos los días a sus propias creaciones, aunque sepan que éstas pasarán a las colecciones privadas de los militares alemanes que les privan de su libertad.

Jean-Marie ha tenido un encargo especial: acude todas las tardes a casa del general Köhler y pinta un retrato de su joven segunda esposa.

Los primeros días, las manos no le respondían bien, después de perder la costumbre de usarlas para su trabajo tras tanto tiempo dedicadas a disparar y a cargar piedras. Por fortuna, han ido recuperándose y ahora vuelven a ser las de siempre. Muchos pensarán que es un traidor, pero Jean-Marie tiene claro que esta vida es mejor y menos peligrosa que estar en una trinchera. Puede que las circunstancias cambien cualquier día, pero él sueña con sobrevivir y conocer a su hijo, y es posible que de este modo lo logre.

Juan ya corretea, con escaso equilibrio, por las callejas del barrio de Las Injurias, con su madre tras él para impedir que se caiga, o por lo menos que se caiga demasiadas veces. Carmen se encuentra a menudo con Rosa «la Larga» y la mujer siempre le recuerda su oferta: cuarenta duros y se le acaban los problemas; sólo tiene que hacer algo que ha hecho gratis muchas veces.

—Es una verdadera pena que desperdicies esta oportunidad. ¿Sabes cuántas de las que lavan contigo en el río suspiran por tenerla?

En Las Injurias, Carmen no puede saber que hace meses recibieron una carta de Jean-Marie en su casa de Sevilla enviada por Madeleine, la enfermera que cuidó de él en París. Tampoco se ha enterado de que su hermano Antonio la ha perdonado y está deseando volver a verla para decírselo y entregarle la carta de su marido. Ha hablado con muchos gitanos que viajan por toda España para que le den noticia de ella, alguna pista, pero no ha conseguido nada por el momento.

* * *

—¡Pero qué bien te está sentando París! Estás más alto y más guapo…

Gonzalo se ríe con los piropos de Blanca. Esta visita inesperada es una de las pocas buenas noticias de los últimos meses. ¿Quién les iba a decir cuando eran unos niños que cenarían una noche en un bistró parisién, el Benoît de la rue Saint-Martin, siendo él corresponsal de un periódico y ella enviada especial del rey Alfonso XIII? Blanca repite el vestido de la recepción del presidente francés.

—Me lo compré para la ocasión y no llegué a arrugarlo. Como tenga otra oportunidad en este mismo viaje, volveré a usarlo; espero que a mi director no le moleste.

Se han puesto al día de los asuntos poco importantes, del trabajo de periodismo y el enigma del anterior corresponsal de El Noticiero de Madrid; de las entrevistas y negociaciones de Blanca y Álvaro Giner con Raymond Poincaré y con Aristide Briand, del cambio de ministro de la Guerra francés, que ha dejado de ser Joseph Gallieni para ser Pierre Roques cuando ya tenían una cita concertada con el primero… Blanca le habla con entusiasmo del trabajo de la oficina, del interés de don Alfonso XIII, de los casos que han resuelto… Le cuenta historias como la de Sylvie, la niña que escribió la primera de las cartas, o la de Armand Cornille, el primer prisionero que encontraron, y también los casos pendientes de resolver como el de Carmen, la gitana sevillana, y Jean-Marie, el pintor francés.

—Si era de París, tal vez se pueda encontrar a su familia aquí. Quizá ellos sí hayan tenido alguna noticia suya.

—Puede ser, pero no disponemos de tiempo. Además, Huguet no es un apellido tan raro. Habrá cientos de familias en París que se apelliden así.

Ambos eluden en estos primeros minutos hablar de lo que les preocupa de verdad: de Elisa y de Frank, de Álvaro y de Manuel, de Carlos de la Era…

—De mi hermana no sé nada. Al principio de estar aquí le escribí un par de veces, pero no me contestó. He dejado de hacerlo.

—No sé si debo contarte esto, pero creo que Elisa necesita ayuda.

Le explica lo del aborto, la petición de socorro para sacarla de Las Injurias, su inicial frialdad y la falta de respuesta posterior de Elisa… Blanca le pone al día de lo sucedido desde que él está fuera de Madrid.

—No sabía nada.

—Siento ser la que te trae estas noticias.

La sombra de lo sucedido a su hermana marca el resto de la charla, pero Gonzalo también le relata a Blanca su reencuentro con Frank, la carta de él que recibió en la portería de su casa, su fuga del hotel inglés…

—Creo que le entiendo, está luchando por su patria. Cada día agradezco más al rey su empeño de que España fuese neutral. Pero no pienses que eso me convierte en monárquico; me parece que nuestro país necesita muchos cambios, no puede seguir en manos de los curas, los terratenientes y los militares cobardes. Hay que echar al rey. Desde que vivo en París me he dado cuenta de que con él no avanzaremos.

—Esperemos a que acabe la guerra, no vayamos a empezar otra nosotros.

Los dos se separan en la puerta del hotel Crillon. Todavía no es medianoche y, por primera vez en muchos meses, a Gonzalo no le apetece volver a su apartamento sino aprovechar alguna de las direcciones que tiene en las que un hombre puede encontrar esparcimiento en París.

Acaba la noche, como Frank ha hecho tantas veces, en la habitación de hotel de un joven teniente australiano que partirá al frente al día siguiente.

—Necesito ayuda para volver a Alemania.

—Te estábamos esperando, esta noche sales. Vuelve por aquí a las diez, te estaré aguardando.

Frank consiguió llegar a París. Su primera parada fue la Gare d’Austerlitz, para comprobar que su taquilla había sido localizada y reventada por las autoridades. Se ha quedado sin identidades alternativas y no puede volver al apartamento de la rue d’Oran. Marcel Malmaison ha muerto sin escribir su novela sobre Napoleón.

Tras varias tentativas, ha logrado contactar con uno de los suyos. Quedan pocas horas antes de estar de nuevo a salvo en su país.

Se ha mirado al espejo y prácticamente no se ha reconocido: mal vestido, con la barba cerrada y el pelo más largo de lo que lo había llevado nunca, muy delgado y moreno… Está mucho más cerca de los mendigos que viven junto al Sena que del joven y refinado diplomático alemán que salió de Madrid. Teme que su cambio sea irreversible y duda de que alguna vez vuelva a ser el mismo.

* * *

—Me gustaría que vinieras a vivir conmigo, pero ya sabes que vivo con mis padres, que mi madre es una mujer muy mayor. De momento tendrás que quedarte en este piso.

Beatriz Vargas está acostumbrada a algo mucho mejor que lo que le proporciona Carlos de la Era. No tiene ningún interés en vivir con él, mucho menos como su esposa. Sabe lo que es, lo que buscan los hombres en ella, y que él nunca se casaría con una mujer así. Es una mantenida y su única intención al aceptar ser su amante en exclusiva es conseguir la mayor cantidad de dinero, joyas y vestidos posible. Su visita a El Escorial con Carlos de la Era no le gustó: su forma desagradable de hacer el amor, obligándola a mirar a la pared, intentando hacerle daño. Ella ha estado con muchos hombres, más de los que le gustaría recordar, y ha visto de todo. Pero aun así, Carlos de la Era es de los peores. Lástima que necesite vivir de su generosidad.

El apartamento que le pagaba Giner, grande, lujoso, en la calle Fuencarral, era mucho mejor que este de la calle de la Magdalena, pegado a la Plaza del Progreso. Teme haberse equivocado con su nuevo amante, ¿será que no tiene tanto dinero como dicen? A ver si tanto escudo y tanto ducado y no va a poder pagarle sus caprichos.

—Es un apartamento muy feo y el sitio no me gusta. Yo aquí no voy a ser feliz y no voy a poder hacerte feliz a ti.

Lo intenta, no sería la primera vez que simulando un disgusto consigue algo de un hombre. Los hombres son tan simples… Más cuanto más dinero tienen.

—Beatriz, aguanta sólo una temporada, hasta que encuentre algo mejor. A mí, para ser feliz, me basta con estar contigo; no me importa si el apartamento es más o menos lujoso.

Claro que Carlos tiene dinero, la guerra es un negocio y su familia está ganando más que nunca, pero no piensa gastárselo en ella ni en ninguna de sus amantes. Siente un profundo desprecio por todas ellas y, además, Beatriz no le interesa en absoluto, sólo está con ella para provocar a Álvaro Giner. Aún no ha pensado cómo, pero la oportunidad aparecerá teniéndola cerca. El amigo del rey estaba muy encaprichado con ella y seguro que intenta volver con Beatriz en algún momento.

Sigue pensando en cómo vengarse de Blanca. Álvaro es una oportunidad, pero no debe descuidar las otras: sobre Jaime, el padre, ha investigado los mejores modos de perjudicarle, podría hacerle perder dinero en algunas inversiones, pero es un hombre tan extravagante que no le daría importancia. A veces cree que destrozarle el jardín sería más efectivo. Sin embargo Alicia, esa pequeña desharrapada a la que han recogido, es mucho más vulnerable, y desde luego sufrirían todos: Blanca, don Jaime, doña Ana… No hay duda, Alicia es el objetivo perfecto.

* * *

—¿Al Moulin Rouge? ¿Seguro que quieres ir allí?

Blanca ha oído hablar tanto del famoso cabaré que quiere cenar allí y ver el espectáculo. Total, es su última noche en París. Se ha atrevido a decírselo a Álvaro después de muchas dudas; menos mal que él recibe la propuesta con risas.

—¿Es demasiado escandaloso?

—No, es muy divertido. Si tú quieres, estaré encantado de llevarte.

Después de varios días agotadores, el saldo de sus reuniones es positivo, tienen que celebrar que han conseguido el compromiso del gobierno francés de colaborar en el intercambio de presos. Al día siguiente parten por la mañana hacia Berlín a través de Suiza; si logran que los alemanes también acepten la mediación sin reservas será un éxito. Su despedida de París ha de ser especial.

Blanca está muy nerviosa, aunque no quiere que Álvaro lo note. Acaban de llegar al boulevard de Clichy, en las puertas de Montmartre, y está fascinada al tiempo que asombrada por el impresionante molino de color rojo y el ambiente de música, diversión, y, según dicen, de perversión y sensualidad. Nada le apetece más esta noche.

Champán, hombres vestidos con elegantes esmóquines y fracs, mujeres con lujosos y escandalosos vestidos, plumas, hombros desnudos, miradas sugerentes… En el escenario hay bailarinas que se desprenden de la ropa y hombres que no ocultan sus tendencias femeninas.

—¿Hay algún sitio así en Madrid?

—Tan lujoso, no. En Barcelona alguno se asemeja, pero en Madrid no hay mucha tradición.

Blanca mira el espectáculo sonriente, se imagina como una de las artistas que bailan y se contonean casi desnudas mientras sienten la admiración y el deseo de todos esos hombres y mujeres, pero sobre todo de Álvaro Giner.

—¿Y si pedimos más champán?

—Claro, ¡que no falte el champán!

Esta noche, cuando llegue al hotel, será una de esas que tantos remordimientos le causaban a Blanca hace unos años, cuando todavía recordaba lo que le decían en el colegio de monjas. Llegará a la habitación y se desnudará delante del espejo, imitará ante él alguna de las posturas que ve en el escenario, inventará otras más escandalosas, se revolcará en la cama, y tocará su cuerpo hasta disfrutar.

Unas semanas antes de su frustrada boda, dejó que Carlos de la Era asistiera a ese momento, permitió que él la besara y tocara su pecho, ella también le acarició y le hizo gozar a él; sólo dejó lo último, lo que nunca ha hecho con un hombre, para la noche de bodas que nunca se celebró.

Cuando esté en la cama se imaginará haciéndolo, pero no será con Carlos de la Era, por descontado. Pensará en Álvaro, y también en Manuel. Unos ratos con uno y otros con el otro, también con los dos a la vez. Colocará la almohada entre sus piernas y la apretará, después se deshará de ella y la sustituirá por su mano. Ha aprendido a tocarse para gozar, sabe dónde, con qué intensidad, sabe hacerlo mejor que lo que sospecha que nunca hará un hombre con ella. Al final, sentirá tanto placer que le será indiferente quién la acompañe en sus fantasías; después dormirá sin cubrir su cuerpo hasta que llegue el amanecer.

En el escenario, un grupo de bailarinas baila un descarado cancán; en el público, los asistentes aplauden, los camareros abren sin parar botellas de champán, un grupo de empresarios catalanes se divierte con unas mujeres que está claro que no son sus esposas, otro grupo de militares ingleses pide a gritos que les lleven más bebidas…

—Si en algún momento te sientes incómoda, nos vamos.

—Qué va, me lo estoy pasando en grande. ¿Te importa que sigamos un rato más?

Ha sido una noche excitante para Blanca, como ninguna otra antes. Es de madrugada, cuando el taxi les deja en la Plaza de la Concordia. Es, seguramente, la noche que más tarde se ha recogido Blanca en toda su vida.

—Parece que va a amanecer… Lástima, me habría gustado que esta noche no acabara nunca.

—Pues mañana tenemos que salir del hotel a las once si no queremos perder el tren.

Ambos cruzan sus miradas y Blanca tiene la certeza de que si le dijera algo, dormiría con ella. También de que conocería los placeres reservados a la noche de bodas que no tuvo.

—Blanca… Vamos a acostarnos, tenemos un día muy duro por delante.

—Buenas noches, Álvaro, hasta mañana.

Álvaro vuelve a su habitación contrariado. ¿Por qué besó a Adela antes de partir? ¿Y por qué le ha escrito una carta nada más llegar a París? Una carta galante, casi de amor… A estas alturas, Adela ya se lo habrá contado a su madre, y ésta a la reina Victoria Eugenia, quien a su vez se lo habrá dicho al rey, su marido.