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Cómo escapar de las circunstancias indeseables
Una vez hayamos visto y comprendido que el mal es una sombra proyectada por nuestros propios obstáculos que impide el paso a la Bondad Eterna y que el mundo es un espejo donde nos vemos reflejados, nos elevaremos con pasos firmes y cómodos hacia el nivel de percepción donde se observa y se comprende la Visión de la Ley.
Con esta comprensión nos llega el conocimiento de que todas las cosas están incluidas en una incesante reacción de causa y efecto, y que nada puede estar exento de la ley.
La ley impera desde el pensamiento, la palabra o el acto más trivial del hombre hasta las agrupaciones de los cuerpos celestes. Ni siquiera por un momento puede existir una situación arbitraria, ya que dicha condición sería una negación y una aniquilación de la ley. De tal manera que todos los acontecimientos de la vida están enlazados en una secuencia ordenada y armoniosa, y tanto el secreto como la causa de cualquier acontecimiento se encuentran dentro de uno mismo. La ley de «el hombre cosechará aquello que siembra» está inscrita con letras luminosas sobre la puerta de la Eternidad, y nadie puede negarla, nadie puede engañarla, nadie puede escapar a ella.
Aquel que ponga la mano en el fuego con toda seguridad se quemará, y ni las maldiciones ni las oraciones podrán servir hasta el momento en que la saque.
Y esta misma ley gobierna el reino de la mente. El odio, la cólera, los celos, la envidia, la lujuria y la codicia son los fuegos que queman, y cualquiera que los toque sufrirá los tormentos de su combustión.
A todas estas condiciones de la mente se las ha llamado con gran acierto «maldad», ya que cuando el alma intenta corromper por ignorancia esta ley, nos vemos abocados al caos y a la confusión interior. Y tarde o temprano, estas condiciones se reflejan en las circunstancias externas en forma de enfermedades, fracasos y desgracias, junto con la pena, el dolor y la desesperación.
El amor, la comprensión, la buena voluntad y la pureza representan un aire fresco de paz en el alma de aquellos que las poseen. Y al estar en armonía con esta Ley Eterna, todos estos buenos sentimientos toman forma de salud y de paz, y sólo pueden conducir al éxito y a la buena fortuna.
Una profunda comprensión de esta Gran Ley que rige el universo, nos hará llegar a ese estado de la mente conocido como obediencia.
Si aceptamos la idea de que la justicia, la armonía y el amor son lo más importante en el universo, también podremos entender que todas las condiciones adversas y dolorosas son el resultado de nuestra propia desobediencia a esta Ley.
Estos conocimientos nos conducen a la fuerza y al poder, y sólo con ellos podremos construir una vida positiva encaminada al éxito y a la felicidad duradera.
Cuando adoptes una actitud paciente ante cualquier circunstancia y aceptes todas las condiciones como factores necesarios para tu formación, estarás por encima de cualquier circunstancia adversa y podrás vencerla con la seguridad de que no regresará. Porque gracias al poder que acatar dicha ley otorga, desaparecerán por completo todas las circunstancias adversas que se te presentan.
Todo aquel que respete y esté en armonía con la ley, sin duda alguna se identificará con ella; cualquier cosa que conquiste la conquistará para siempre y cualquier cosa que construya jamás podrá ser destruida.
La causa de todo poder, así como la de toda debilidad, se encuentra en nuestro interior; y, de esa forma, en él se encuentra el secreto de toda nuestra felicidad, así como el de toda nuestra desgracia.
No existe más progreso que el de nuestro interior, y tampoco existe peldaño seguro hacia la prosperidad o hacia la paz más que el avance ordenado en el conocimiento.
Si eres de las personas que se lamentan porque se sienten encadenadas a las circunstancias, porque se les han negado nuevas oportunidades para ampliar más sus perspectivas y sus condiciones de vida, tal vez, sin darte cuenta, desde tu interior estás maldiciendo al destino que te mantiene atado de pies y manos.
Es para ti para quien escribo. Es a ti a quien me dirijo. Escúchame y deja que mis palabras lleguen hasta tu corazón, porque lo que voy a decirte es la verdad:
Puedes lograr que mejoren las condiciones de tu vida externa, si te decides a mejorar tu vida interior con una actitud firme.
Sé que este camino puede parecer estéril en su comienzo (y eso es lo que siempre sucede con la Verdad; sólo el error y el engaño pueden parecernos atractivos y fascinantes al principio). Pero si te decides a emprender este camino, si logras disciplinar tu mente con perseverancia, si consigues erradicar tus debilidades y permites que la fuerza de tu alma y de tus poderes espirituales evolucionen plenamente, te quedarás asombrado de los cambios mágicos en tu vida exterior que esta actitud puede provocar.
Si continúas por este camino, te verás rodeado de excelentes oportunidades. De tu interior, surgirán el poder y el juicio para que puedas utilizarlos de una manera correcta. Te llegarán de pronto amigos genuinos, atraerás almas comprensivas como un imán atrae una aguja y encontrarás toda la ayuda que requieras.
Es posible que, en este momento, te sientas como un ser que va arrastrando las pesadas cadenas de la pobreza, que se encuentra desamparado y solo. Tal vez tengas un gran deseo de que tu carga sea aligerada porque ya no soportas el peso que continúa agobiándote, y te parece que estás envuelto en una oscuridad cada vez mayor.
Puede ser que, en este momento, te lamentes de tu suerte y maldigas el día en que naciste. O que atribuyas la culpa de tu mala suerte a tus padres, a tu jefe o a las situaciones injustas que, de una manera inmerecida, te han dejado en la pobreza y con dificultades; es probable que te preguntes por qué algunas personas viven rodeadas de lujos y sin problemas.
Detén tus quejas y tus preocupaciones. Nada de lo que estás culpando es la causa de tu pobreza. La causa se encuentra en tu interior, y donde existe la causa, existe la solución.
El mero hecho de que siempre hayas estado lamentándote es una muestra de que mereces esa suerte; es una muestra fehaciente de que careces de fe, la cual es la base de todo esfuerzo y progreso.
En un universo de ley, no hay espacio para aquellos que siempre se están quejando y cuyas preocupaciones representan un suicidio del alma. El estado de ánimo en el que te encuentras, refuerza las cadenas que te atan y determina la oscuridad que te rodea. Desde tu interior, cambia lo que esperas de tu vida, y tu vida exterior cambiará.
Fortalece tu fe y tus conocimientos; considérate digno de un buen entorno y de mejores oportunidades y, ante todo, asegúrate de esforzarte todo lo que puedas.
No te engañes a ti mismo pensando que puedes conseguir mejores oportunidades si dejas pasar las más pequeñas, ya que, si lo haces, el provecho que obtendrías sería momentáneo y tendrías que volver otra vez al aprendizaje de la lección que te llevaría a las mismas pequeñas oportunidades que despreciaste.
Como un niño que tiene que ir a la escuela para dominar una lección antes de pasar a la siguiente, así deberás aprender a utilizar lo que ya posees, antes de que puedas conseguir aquello que tanto deseas.
La parábola de los talentos es una bella historia que nos enseña esta verdad. Nos ofrece una clara demostración de que si descuidamos, degradamos o empleamos mal aquello que poseemos, por muy pequeño o insignificante que sea, aun eso tan pequeño nos será arrebatado porque, con nuestra conducta, estamos demostrando que no nos lo merecemos.
Es posible que ahora te encuentres en una pequeña vivienda, poco salubre y con escasos servicios, rodeado de influencias malsanas.
Por poner un ejemplo: si tu gran deseo es mudarte a una residencia más grande y más confortable, lo primero que debes hacer es disponerte a lograr que tu pequeña vivienda, en la medida de lo posible, tenga el aspecto de un paraíso. Mantenla limpia como un espejo y ponla tan bella como tus medios económicos te lo permitan. Aunque tu comida sea sencilla, cocínala con gusto y arregla tu mesa de la manera más agradable que puedas.
Si no puedes permitirte el lujo de poner una alfombra, cubre el suelo de tus habitaciones con risas y bienvenidas. Con un martillo de paciencia, fíjalas con los clavos de las palabras amables. Esta alfombra no desteñirá con el sol y nunca se desgastará por el uso.
Si adornas de esta manera tu entorno, elevarás tu estado de ánimo hasta que llegue el momento adecuado en el que puedas mudarte a una casa más grande, situada en un ambiente más saludable. Una casa que ha estado esperando todo este tiempo, en el que te preparabas para recibirla, a que tú la habites.
Es factible que desees disponer de más tiempo para pensar en tus asuntos y que consideres que tus horas de trabajo son muy pesadas porque te absorben demasiado. Si te encuentras con este problema, procura aprovechar al máximo el poco tiempo libre que tienes.
Es inútil desear más tiempo, si malgastas con estos pensamientos el poco que posees. Lo único que lograrás con esa actitud es volverte más perezoso e indiferente.
Además, la pobreza y la falta de tiempo para el ocio no son tan malas como imaginas. Si dificultan tu progreso, es porque las has revestido de tus propias debilidades, y el mal que ves en ellas en realidad se encuentra en tu interior. Haz un esfuerzo por entender, de manera definitiva, que crearás tu propio destino en la medida en que formes y domines tu mente. Y que a través del poder transformador de la autodisciplina, comprenderás cada vez más que estos supuestos males pueden convertirse en bendiciones.
De ese modo, utilizarás la pobreza para cultivar la paciencia, la esperanza y el valor; y emplearás tu falta de tiempo para desarrollar más rapidez de acción y poder de decisión. Estas transformaciones te servirán para aprovechar y disfrutar todos los momentos gratos que se presenten en tu vida.
De la misma forma que en la tierra más estéril crecen las flores más bonitas, en el triste y sombrío piso de la pobreza brotan y florecen las flores más selectas de la humanidad.
Donde hay dificultades que enfrentar y situaciones difíciles que vencer, la virtud florece y manifiesta su gloria.
Puede ser que, en este momento de tu vida, tengas que soportar un empleo bajo el mando de una persona injusta que te trata con mucha dureza. Considera que la hostilidad de los demás también es necesaria para tu propio entrenamiento. Responde al trato insensible de tu jefe con amabilidad y perdón.
Practica de manera constante la paciencia y el autocontrol. Trata de sacar algo bueno de las desventajas y utilízalas para obtener una mayor fuerza mental y espiritual. Con este ejemplo silencioso, tu jefe se sentirá avergonzado de su conducta y, al mismo tiempo, alcanzará un nivel de realización espiritual que lo capacitará para crear un entorno nuevo y agradable cuando se le presente la oportunidad.
No te quejes de ser un esclavo; por el contrario, enaltécete y adopta una conducta noble por encima de la esclavitud. Antes de lamentarte de ser el esclavo de alguien, asegúrate de no ser el esclavo de ti mismo.
Mira en tu interior, observa con cuidado y no tengas piedad de ti. Sin duda, encontrarás pensamientos y deseos esclavizantes. Es posible que también encuentres hábitos de esclavitud en tu conducta y en tu vida cotidiana.
Abandona la esclavitud; deja de ser tu propio esclavo y nadie podrá convertirse en tu amo. Conforme vayas venciendo esa actitud, vencerás todas las condiciones adversas, y cualquier dificultad que se te presente caerá en tu lugar.
No te dejes oprimir por el rico. Haz una reflexión: «¿No serías tú también un opresor si estuvieras en su lugar?».
Recuerda que existe una Ley Eterna absolutamente justa, según la cual aquel que hoy es un opresor, será oprimido mañana; y que no existe manera de escapar a esta ley.
Tal vez en tu pasado (o en alguna existencia anterior) fuiste rico y opresor, y ahora sólo estás pagando la deuda que tienes con la Ley Suprema. Por lo tanto, pon en práctica tu fortaleza y tu fe.
Siempre ten presente en tu mente que existe la Justicia Eterna y la Eterna Bondad. Procura dar menos importancia a todo lo que pueda ser personal y transitorio, para poder alcanzar lo impersonal y permanente.
Elimina de tu mente esa falsa idea de que otras personas te perjudican y te reprimen, y trata de comprender, a través de un análisis más profundo de tu vida interior y de las leyes que la gobiernan, que lo único que puede perjudicarte se encuentra dentro de ti mismo. No hay ninguna práctica que sea más degradante, ofensiva y destructora del alma que la autocompasión.
Deja de tener compasión por ti mismo. Mientras esta plaga se alimente de tu corazón, nunca podrás evolucionar para llegar a tener una vida más plena.
Pon fin a la reprobación de la conducta de los demás, y empieza por reprobar tu propia conducta. Condena tus actos, deseos y pensamientos que sean deshonestos o dañinos, que no puedan compararse con la inmaculada pureza o no puedan soportar la luz de la bondad que está libre del mal.
Si así lo haces, podrás edificar tu hogar en la roca de lo Eterno, y todo lo que requieras para tu felicidad te llegará a su debido tiempo.
La pobreza o cualquier situación indeseable es un reflejo de las condiciones egoístas y negativas que hay en tu interior. Así que para poder superar la pobreza, necesitas erradicar todo lo que sea egoísta y negativo de tu ser.
El camino de la verdadera riqueza es el del enriquecimiento del alma a través de la adquisición de la virtud. Fuera de la verdadera virtud del alma, no existe la prosperidad ni el poder, sino únicamente sus pequeñas apariencias. Soy consciente de que existen personas que ganan dinero y que no han adquirido ningún tipo de virtud, y que tampoco tienen deseos de hacerlo. Pero el dinero que han conseguido no representa la verdadera riqueza y sus posesiones son transitorias y febriles.
Éste es el testimonio de David: «Sentía una terrible envidia cuando veía la prosperidad del malvado. […] Nos miraban por encima del hombro; tenían mucho más de lo que cualquier persona pudiera desear. […] En realidad había intentado en vano purificar mi corazón y lavar mis manos en la inocencia. […] Darme cuenta de esto fue muy doloroso para mí, hasta que fui al santuario de Dios y, entonces, comprendí su finalidad».
La prosperidad del malvado fue una gran prueba para David en el momento en que llegó al santuario de Dios y, a partir de ese momento, comprendió su finalidad.
Tú también puedes llegar a ese santuario. Se encuentra en tu interior. Se halla en ese estado de conciencia al que accederás en cuanto hayas superado todo lo sórdido, personal y efímero, y cuando lleves a cabo los principios universales y eternos.
Éste es el estado de conciencia de Dios; éste es el santuario más elevado. En el mismo instante en que, a través de una larga lucha y con la autodisciplina, logres atravesar la puerta de este Templo Sagrado, empezarás a percibir claramente la finalidad y el fruto de todo el pensamiento y esfuerzo humano, tanto bueno como malo.
Entonces, tu fe se fortalecerá más y entenderás por qué aquel que ha acumulado la riqueza externa de una manera deshonesta regresará otra vez a la pobreza y a la degradación.
El hombre rico que carece de virtud en realidad es pobre. Y con toda seguridad, aun con toda su riqueza, su vida se dirigirá hacia la pobreza y la desgracia, de la misma manera que las aguas del río se dirigen hacia el océano. Y, aunque muera rico, deberá regresar de nuevo para recoger el fruto amargo de su inmoralidad.
Y no importa la cantidad de veces que este hombre se enriquezca, siempre deberá regresar a la pobreza hasta que, a través de una larga experiencia y sufrimiento, logre superar su pobreza interior.
Sin embargo, aquel que es pobre en el exterior, pero rico en virtud, en realidad es una persona rica y, a pesar de su pobreza, emprenderá con paso firme su camino a la prosperidad, y una gran dicha y alegría estarán esperando su llegada. Si realmente deseas alcanzar una verdadera y permanente prosperidad, lo primero que debes hacer es convertirte en una persona virtuosa.
Por lo tanto, no sería aconsejable dirigir nuestra atención a la prosperidad como único objetivo y meta en nuestra vida. Si continuamos con esta clase de pensamientos, el resultado final será una derrota definitiva.
Mejor dirige tu atención hacia tu propio perfeccionamiento: que el objetivo de tu vida sea actuar de forma útil y desinteresada, y alcanzar con tus manos llenas de fe la suprema e inalterable Bondad.
Si tu verdadero motivo para desear la riqueza es poder hacer el bien y ayudar a los demás, y no tu propio beneficio, tu deseo de alcanzar la riqueza se cumplirá porque actuarás de una forma íntegra y desinteresada. Incluso con toda tu riqueza, preferirás que te consideren un simple auxiliar y no un superior.
Sin embargo, tienes que analizar bien cuál es tu motivo, porque, en la mayoría de los casos, desear dinero para poder ayudar a los demás, suele estar motivado, en el fondo, por el deseo de notoriedad o de ser considerado un filántropo o benefactor.
Si no haces nada bueno con lo poco que posees, cuanto más dinero tengas, más egoísta te volverás. Y todo el bien que pretendas hacer con tu fortuna, si es que intentas hacer alguno, será, en el mejor de los casos, para obtener tu propia adulación.
Pero si, verdaderamente, tu principal deseo es hacer el bien, no tienes que esperar a tener dinero para poder llevar a cabo tus planes. Puedes hacerlo ahora, puedes empezar en este preciso momento, en la situación económica en la que te encuentras. Si en verdad eres tan desinteresado como crees, puedes demostrarlo ahora, sacrificándote por los demás.
Sin importar lo pobre que seas, siempre habrá lugar para el sacrificio. ¿Acaso la viuda pobre del pasaje de San Lucas no ofrendó todo lo que tenía? Y Jesús dijo: «En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos».
El corazón que en verdad desea hacer el bien no espera a que le llegue el dinero para hacerlo; por el contrario, se dirige al altar del sacrificio y, al dejar ahí los indignos elementos de su ego, respira el aliento de sus bendiciones, ya que podrá ofrecer un trato igual a vecinos y extraños, amigos y enemigos.
Así como el efecto se relaciona con la causa, la prosperidad y el poder están relacionados con la bondad interior. Y, del mismo modo, la pobreza y la debilidad también se relacionan con la maldad.
El dinero no representa la verdadera riqueza; tampoco la posición social, ni el poder. Pensar que sólo representa eso, es como pisar arenas movedizas.
La verdadera riqueza la consigues en situaciones en las que actúas con virtud y, cuando utilizas esa virtud, estás empleando el verdadero poder. Rectifica tu corazón y rectificarás tu vida. La lujuria, el odio, la cólera, la vanidad, el orgullo, la codicia, la autoindulgencia, el egoísmo y la obstinación, son sinónimos de pobreza y debilidad. Mientras que el amor, la pureza, la bondad, la paciencia, la compasión, la generosidad, el desinterés y la abnegación, son sinónimos de riqueza y poder.
En el momento en que venzas todos estos elementos de pobreza y debilidad, un irresistible poder de victoria surgirá en tu interior. Quien logre alcanzar la virtud más elevada tendrá el mundo entero a sus pies.
Pero el rico, al igual que el pobre, sufre situaciones indeseables y suele ser, con frecuencia, más desdichado que el pobre. Y es así como podemos darnos cuenta de que la felicidad no depende ni de la ayuda externa ni de los bienes materiales, sino de la vida interior.
Quizás en este momento eres el dueño de una empresa y tienes graves problemas con tu personal. Además, cuando tienes la suerte de conseguir empleados buenos y fieles, al poco tiempo te abandonan. Por consiguiente, comienzas a perder, o ya has perdido por completo, la fe en la naturaleza humana.
Tratas de encontrar una solución a tus problemas, ofreciendo mejores salarios a tus trabajadores y permitiéndoles ciertas libertades pero, aún así, los problemas continúan. Déjame darte un consejo.
La causa de todos tus problemas no está en tus empleados, sino en ti. Si miras en tu interior, con un humilde y sincero deseo de descubrir y corregir tu error, tarde o temprano encontrarás el origen de todo tu infortunio.
Puede ser que la raíz de todo lo que te sucede esté relacionada con algún deseo egoísta de tu parte, con la desconfianza o con un trato hiriente que pueda dañar a todas las personas que te rodean. Al mismo tiempo, este proceder también te puede afectar a ti, incluso aunque no lo manifiestes con tu actitud o con palabras.
Recapacita y trata a tus empleados con bondad; considera el gran servicio que tu personal te ofrece. Tal vez, si tú estuvieras en su lugar, no te gustaría desempeñar el trabajo que ellos hacen.
Suele ser extraña y hermosa la humildad del alma por la cual un empleado se olvida por completo de sí mismo, en beneficio de su superior. Pero mucho más extraña y hermosa es la nobleza del alma de aquel que se olvida de su propia felicidad y busca el bienestar de aquellas personas que están a su cargo y que dependen de él para su sustento. La felicidad de un hombre así se verá multiplicada y no tendrá que quejarse de sus empleados.
Un conocido director de empresa, con numeroso personal a su cargo, y que nunca tuvo que despedir ni a un solo empleado, dijo: «Con mis empleados siempre he tenido relaciones que me han hecho muy feliz. Si alguien me pregunta cómo lo hago, sólo puedo decir que, desde un principio, mi único objetivo ha sido hacer por ellos lo que me gustaría que hicieran por mí». Éste es el secreto para lograr circunstancias deseables y para superar todo lo que sea indeseable.
¿Te quejas de que estás solo, de que nadie te quiere y de «no tener ni un solo amigo en el mundo»? Pues bien, voy a rezar para que, por tu propia felicidad, no culpes a nadie de ello, sino a ti mismo.
Muéstrate afectuoso con los demás y pronto te verás rodeado de muchos amigos. Mantén una actitud íntegra y amable, y serás amado por todos.
Aunque te encuentres en condiciones desfavorables, podrás superarlas si desarrollas y utilizas, desde tu interior, el poder transformador de la autopurificación y la autoconquista.
Tanto si te ves agobiado por la pobreza (y recuerda que me refiero a la pobreza que es fuente de miseria, y no a la pobreza voluntaria que es la gloria de las almas emancipadas), como si la riqueza te destruye o las muchas desgracias, penas y disgustos te están llevando a un pozo oscuro, podrás superar esas situaciones si vences los elementos egoístas que las alimentan.
No importa que debido a esta Ley infalible existan pensamientos o actos del pasado que haya que resolver y reparar porque, de acuerdo con esta misma Ley, en cada momento de nuestra vida ponemos en movimiento nuevos pensamientos y actos, y tenemos el poder de hacer que éstos sean buenos o malos.
Esta idea no significa que si un hombre (cosechando lo que ha sembrado) pierde todo su dinero o su posición, pierda también su fortaleza o su rectitud, ya que precisamente en esa fortaleza y rectitud encontrará su riqueza, su poder y su felicidad. Aquel que se aferra a su ego termina por convertirse en su peor enemigo y siempre estará rodeado de enemigos.
El que renuncia a su ego termina por convertirse en su propio salvador y siempre se verá rodeado de amigos, como si estuviera protegido por un cinturón de seguridad. Ante el divino resplandor de un corazón puro, desaparece toda oscuridad y las nubes se desvanecen. Quien ha vencido al ego, también conquista el universo.
Ahora bien, sal de tu pobreza. Escapa de tu dolor, de tus problemas, de tus lamentaciones, de tus quejas, de tus angustias, de tu soledad y resurge de ti mismo.
Desecha la vieja ropa andrajosa de tu egoísmo y viste el nuevo atuendo del Amor Universal. Cuando lo hagas, percibirás el paraíso en tu interior, y este paraíso se verá reflejado en tu vida exterior.
Quien va a paso firme por el camino de la autoconquista, quien recorre, apoyado en el báculo de la fe, el sendero del autosacrificio, con toda seguridad llegará a la prosperidad más elevada y cosechará una abundante y permanente felicidad.
A todos aquellos que buscan el bien supremo, todo les servirá para sus ideales más sabios. Nada pueden considerar como maldad, sólo la sabiduría les da las alas para combatir todas esas formas que rumian el mal.
El oscuro dolor oculta una gran estrella que espera brillar con su luz radiante. El infierno está esperando en el cielo y, al terminar la oscuridad de la noche, la gloria dorada se distingue a lo lejos.
Las derrotas son los peldaños que subimos con el deseo de alcanzar objetivos más nobles. La pérdida siempre lleva consigo una ganancia y la dicha nos ayuda a subir los seguros peldaños que nos llevarán a las colinas del tiempo.
El dolor nos lleva por sendas de grandes bendiciones, hacia ideas, palabras y acciones divinas. Y a través de sus nubes oscuras y sus rayos brillantes, nos llenamos de fortaleza al recorrer la larga travesía que va formando el engranaje de la vida.
El infortunio sólo hace que el camino se nuble, pero al final se llegará al paraíso donde su sol iluminará los grandes triunfos que, después de haberlos reclamado tanto tiempo, estarán a la espera de nuestra victoria.
Nuestras dudas y temores son el paño mortuorio que nubla el valle de nuestras esperanzas. Nuestro espíritu se enfrenta a las sombras que van recogiendo la amarga cosecha de incesantes lágrimas y lamentos.
El dolor, las miserias y las amarguras, las heridas que nos dejan las cadenas rotas, todos éstos son pasos que nos ayudan para poder encontrar el camino de nuestra fe inquebrantable.
El amor compasivo y vigilante corre a encontrarse impaciente con el viajero de la Tierra del Destino. Toda la gloria y todo el bien esperan la llegada de su paso obediente.