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El mundo, un reflejo de los estados mentales

Tu mundo será lo que tú seas. Todo lo que existe en el universo se decide en tu propia experiencia interior. Lo que existe en el exterior tiene poca importancia, ya que todo es un reflejo de tu propio estado de conciencia.

Lo que en realidad importa es lo que existe en tu interior, ya que todo el exterior se verá reflejado y coloreado conforme a tu interior.

Todo lo que sabes se encuentra en tu propia experiencia; todos los conocimientos que vayas adquiriendo deberán atravesar la puerta de la experiencia para convertirse en parte de ti.

Tus pensamientos, deseos y aspiraciones forman tu propio mundo. En tu interior se hallan toda la alegría, la dicha y la belleza, así como toda la fealdad, la tristeza y el dolor que existen en el universo.

Por medio de tus pensamientos creas o destruyes tu vida, tu mundo y tu universo. De la misma manera, tu vida exterior y tus circunstancias podrán tomar la forma de lo que construyas en tu interior con el poder del pensamiento.

Todo lo que abrigues en lo más íntimo de tu corazón tarde o temprano tomará forma por sí mismo en tu vida exterior, de acuerdo con la inevitable ley de la atracción.

El alma que es impura, sórdida y egoísta atrae con gran precisión la desdicha y la catástrofe. El alma que es pura, desinteresada y noble atrae con igual precisión la felicidad y la prosperidad.

Todas las almas atraen hacia sí aquello que se merecen, y nada que no les pertenezca puede llegarles. Entender este hecho es reconocer la universalidad de la Ley Divina.

La calidad y el poder de la vida interior de cualquier ser humano dan origen a los acontecimientos, tanto positivos como negativos. Cada una de las almas es, en sí misma, una combinación compleja de experiencias y pensamientos acumulados; el cuerpo sólo es el simple vehículo en el que se manifiestan.

Por lo tanto, eres lo que piensas. Y el mundo que te rodea, tanto el mundo animado como el inanimado, se verá tal como lo vistan tus pensamientos.

«Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado; todo está fundado en nuestros pensamientos y está hecho de nuestros pensamientos». Así lo expresó Buda. Y, por consiguiente, si un hombre es feliz, esto se debe a que tiene pensamientos felices, y si es desdichado es porque insiste en tener pensamientos que lo desaniman y lo deprimen.

La causa del miedo o la valentía, la ignorancia o la inteligencia, la intranquilidad o la serenidad de cualquier persona radica en sus propias circunstancias y nunca fuera de ellas. Ahora me parece estar oyendo un coro de voces que exclama: «¿En realidad quiere decir que las circunstancias externas no afectan a nuestra mente?». No intento decir eso; lo que quiero decir, y sé que es una verdad infalible, es que las circunstancias únicamente te pueden afectar en la medida en que tú permitas que lo hagan.

Si sientes que las circunstancias manejan tu vida, esto se debe a que no tienes un correcto entendimiento de la naturaleza, del uso y del poder del pensamiento.

Crees (y de la palabra «credibilidad» dependen todas tus tristezas y alegrías) que las situaciones externas tienen poder para construir o destruir tu vida. Si piensas de esta manera, estás dando a entender que te rindes ante ellas. También estás reconociendo que las situaciones externas representan el papel de tu amo incondicional y tú el de su esclavo. Al someterte a ellas, les otorgas un poder que no tienen y, en realidad, no estás sucumbiendo ante las meras circunstancias externas, sino ante la tristeza o la alegría, ante el temor o la esperanza, ante la fuerza o la debilidad que tu esfera de pensamiento ha lanzado a tu alrededor.

Conocí a dos hombres que, a temprana edad, perdieron todos sus ahorros de años de esfuerzo. Uno de ellos se encontraba profundamente preocupado, y cedió el paso a la angustia, la desesperación y el desaliento.

El otro joven, cuando leía el periódico de la mañana, se encontró con la noticia de que el banco en el que había depositado su dinero estaba en quiebra. A pesar de que lo había perdido todo, y no había posibilidad de recuperar los ahorros, dijo con serenidad: «He perdido todo mi dinero; ni las penas, ni las preocupaciones, ni las lamentaciones me lo devolverán. Sin embargo, podré recuperarlo si trabajo con empeño».

Empezó a trabajar con mucho entusiasmo y recuperó su situación económica en poco tiempo. El otro seguía quejándose de la pérdida de su dinero y, al no dejar de preocuparse por su «mala suerte», siguió siendo presa e instrumento de las circunstancias adversas, o más bien de sus propios pensamientos de debilidad y de esclavitud.

La pérdida del dinero fue una maldición para este joven, quien revistió el suceso con pensamientos negativos y tristes. Sin embargo, para el otro fue una bendición, porque le llevó a tener pensamientos de fuerza, de esperanza y de energía renovada.

Si las circunstancias tuvieran el poder de beneficiar o de perjudicar, nos beneficiarían o nos perjudicarían a todos por igual; pero el hecho de que una misma circunstancia sea positiva para unas personas y negativa para otras demuestra que lo bueno o lo malo no está en la circunstancia, sino en la persona que la está viviendo.

Cuando comiences a entender esta idea, también empezarás a tener el control de tus pensamientos, a sistematizar, a disciplinar tu mente y a reconstruir el templo interior de tu alma. Así podrás eliminar todo lo inútil y superfluo, y poner en tu ser sólo pensamientos de alegría y serenidad, de fuerza y de vida, de compasión y de amor, de belleza y de inmortalidad. Cuando lleves a cabo este proceso, te convertirás en un ser alegre y sereno, fuerte y saludable, compasivo y amoroso. Llegará a tu vida la belleza de la inmortalidad.

De igual modo que revestimos los eventos con la tela de nuestros propios pensamientos, también revestimos todas las cosas que vemos en el mundo que nos rodea. Y, de la misma manera, entendemos que donde algunos ven la armonía y la belleza, otros ven una repugnante fealdad.

En cierta ocasión, un entusiasmado naturalista se encontraba recorriendo unos senderos campestres para realizar una investigación. Durante uno de sus paseos, el hombre descubrió un estanque de agua salobre cerca de un corral.

Mientras llenaba una pequeña botella de agua con el propósito de examinarla bajo el microscopio, se entretuvo hablando con el humilde hijo de un campesino que no dejaba de observarlo. Le habló de las innumerables y misteriosas maravillas del estanque y después le dijo: «Sí, amigo mío, este estanque contiene centenares o millones de universos. Si tuviéramos la capacidad o los instrumentos necesarios, podríamos alcanzarlos». Y el ignorante joven le contestó con un tono enfático: «Sé que el agua está llena de renacuajos, pero es fácil atraparlos».

Mientras el naturalista, a través de sus conocimientos, veía el misterio que se encontraba detrás de la belleza, la armonía y la gloria, la mente ignorante del joven sólo alcanzaba a ver un sucio charco de barro.

La flor silvestre que el caminante despreocupado pisotea irreflexivamente, se convierte en un mensajero angelical de lo invisible para la mirada espiritual del poeta.

Para muchos, el océano no es más que una gran extensión de agua en la que los barcos navegan y, algunas veces, naufragan. Pero para el alma del músico, es un elemento viviente del que recibe, a través de sus sentidos, divinas armonías en todos sus matices.

Donde la mente ordinaria percibe el caos y la confusión, la mente del filósofo distingue la secuencia más perfecta de causa y efecto. Y donde el materialista no ve más que una muerte definitiva, el místico manifiesta que existe una vida eterna y palpitante en el más allá.

De la misma forma que, con nuestros pensamientos, revestimos las circunstancias y las cosas que nos rodean, también revestimos el alma de los demás.

El desconfiado cree que todos los demás también son desconfiados. El mentiroso está seguro de no ser tan tonto como para creer que pueda existir una persona que siempre diga la verdad. El envidioso ve la envidia en cada ser. El avaro piensa que todos quieren robarle su dinero. El individuo que sólo piensa en acumular riquezas, duerme con un revólver bajo la almohada, convencido de que el mundo está lleno de sujetos ávidos de despojarlo de sus bienes. Y el promiscuo que se abandona a los placeres, considera al santo un hipócrita.

Por otro lado, aquellos que viven con pensamientos amorosos despiertan el amor y la comprensión de los demás. El que es confiado y honesto no sospecha de los otros. El que es bueno y generoso se alegra de la buena suerte que alguien pueda tener, pues no conoce el significado de la envidia. Y aquel que ha comprendido la Divinidad que existe en su interior, la reconoce en todos los seres, incluso en las bestias.

Hombres y mujeres han comprobado que, a través de la ley de causa y efecto, sus pensamientos atraen aquello que buscan y, de esta forma, entran en contacto con personas parecidas a ellos.

El conocido proverbio inglés «Los pájaros del mismo plumaje se juntan en bandada» tiene una importancia más profunda de la que, por lo general, se le atribuye, porque en el mundo del pensamiento, como en el mundo de la materia, cada uno se aferra a su propia especie.

¿Deseas bondad? Sé amable. ¿Pides verdad? Sé sincero. Lo que das de ti mismo, lo encuentras; tu mundo es tu propio reflejo.

Si eres de los que rezan y esperan un mundo feliz más allá de la tumba, hay un mensaje que te puede llenar de alegría: puedes alcanzar un mundo feliz aquí y ahora. Este mundo feliz llena el universo entero y se encuentra en tu interior. Lo único que tienes que hacer es descubrirlo, reconocerlo y hacerlo tuyo.

Alguien que conocía las leyes interiores del Ser afirmó: «Cuando los hombres os digan “helo aquí” o “helo allí”, no los sigáis, pues el Reino de Dios está en vuestro interior».

Lo que tienes que hacer es creerlo, debes creerlo con la mente sin una sola sombra de duda y luego meditarlo hasta llegar a comprenderlo.

Empezarás a purificarte y a construir tu mundo interior y, en cuanto lo hagas, pasarás de revelación en revelación, de realización en realización, y descubrirás la ineficacia absoluta de las cosas exteriores, cuando las compares con el poder mágico de un alma gobernada por sí misma.

Si deseas rectificar el mundo que te rodea, y desterrar todos sus males y aflicciones; si deseas que florezcan sus lugares salvajes, y que broten las rosas en sus áridos desiertos, entonces, rectifícate a ti mismo. Si deseas transformar el mundo que te rodea, y sacarlo de su largo cautiverio en el pecado; si deseas restaurar todos los corazones rotos, y acabar con el mal para dejar entrar el consuelo, entonces, transfórmate a ti mismo. Si deseas curar al mundo de su larga enfermedad, para terminar con sus penas y sus dolores; si deseas llevar la alegría que todo lo cura, y dar al afligido el descanso otra vez, entonces, cúrate a ti mismo. Si deseas despertar al mundo que te rodea de su sueño de muerte y sus oscuros conflictos; si deseas traerlo al amor y a la paz, a la luz y al resplandor de la vida inmortal, entonces, despiértate a ti mismo.