Capítulo Nueve

 

 

Paul aparcó junto a la acera a una manzana de Casa Nate, salió y cerró la puerta de un portazo.

–Bonito coche –dijo una voz a sus espaldas.

Paul se dio la vuelta con tranquilidad. Sentados en unos escalones de cemento, había un grupo de adolescentes de todos los colores. Paul sintió nostalgia. ¿Cuántas veces se había sentado él con sus amigos en noches de verano como aquella, ideando formas de meterse en nuevos líos?

–Gracias –se volvió a mirar su preciada posesión, su Lexus ES300 dorado, y de pronto lo vio a través de los ojos de los chavales. Recargado. Pretencioso.

Cerró el coche con su mando a distancia y echó a andar hacia la hamburguesería, diciéndose a sí mismo que no le importara lo que pudiera pensar un puñado de adolescentes. Porque ninguno de ellos sabía que él se había criado como ellos. Probablemente asumirían que llevaba conduciendo un coche como aquel desde que se había sacado el permiso de conducir. Algunos tal vez lo envidiaran; otros quizás lo despreciaran; otros las dos cosas.

Llegó a Casa Nate y empujó la puerta con ímpetu. El conocido olor a grasa frita le invadió las fosas nasales a los pocos segundos. Intentó ignorar el ruido, el olor y la sensación de mal gusto del sitio. De no haber estado tan hambriento ni tan de mal humor, se hubiera llevado a Tracy al Bistrot Lake Park a comer algo decente.

¿Dónde estaba?

Oyó la risa de Tracy y se volvió en el momento en que ella se inclinaba hacia delante, muerta de risa, mientras metía la mano en un paquete de patatas fritas. Al verla sintió algo en el pecho, una sensación de ligereza. Tracy iluminaba el local, como si fuera una reina, o una estrella del cine. ¿Por qué se empeñaba en decir que pertenecía a lugares como ese? Su estilo y su dulce vulnerabilidad no encajaban en absoluto en un lugar como aquel.

–Vaya, mira quién está aquí –se oyó decir a Dave en tono de suficiencia.

Tracy se volvió y se quedó con una patata a medio camino hacia la boca. Entones lo miró de arriba abajo, intentando asimilar que no iba vestido de Armani o algo por el estilo. Paul fue hacia la mesa y se sentó junto a ella en el asiento amarillento, incapaz de dejar de sonreír.

–Hola, Tracy –dijo en voz tan baja e íntima como pudo, y se alegró al ver que ella se sonrojaba y se balanceaba ligeramente hacia él.

No había caído bajo el hechizo de Dave. Paul podría haberse quedado en casa, sin duda, pero lo cierto era que no pensaba que hubiera podido resistirse.

–Pero qué coincidencia encontrarnos aquí, ¿verdad? Y además estábamos hablando de ti.

–¿Ah, sí?

Colocó el brazo sobre el respaldo del asiento de Tracy e hizo una mueca al palpar algo frío y pegajoso.

–¿Puedes creerlo? –Dave sacudió la cabeza–. Una mujer sale conmigo y solo quiere hablar de ti. Debo de estar volviéndome loco.

Tracy se retorció las manos, que descansaban sobre su regazo. Entonces se atrevió a mirar a Paul, cada vez más sonrojada, y él vio que tenía los ojos brillantes y que lo miraba con provocación. Sin pensarlo, Paul se acercó un poco más a ella; Tracy se volvió y él le dio un beso. Se retiró con la intención de sonreír, pero una sensación solemne y callada se apoderó de él, y lo único que pudo hacer fue mirar aquellos ojazos color marrón como un tonto enamorado, sintiéndose turbado y sobrecogido.

Santo cielo.

–Buenoooo, me doy cuenta de cuándo sobro. Tracy, ha sido un placer –Dave salió del asiento, se tocó un sombrero imaginario y le guiñó un ojo–. No seas demasiado dura con este hombre. Nos vemos.

Dave salió del local tremendamente satisfecho, y Paul se echó a reír mientras sacudía la cabeza.

–¿Qué te hace tanta gracia?

–Dave –le retiró el pelo de la frente–. Te trajo aquí para darme celos.

–¿Eso fue lo que te dijo? –Tracy lo miró horrorizada.

–A veces Dave hace cosas extrañas–se encogió de hombros–. ¿Por eso has venido tú? ¿Para darme celos?

Paul esperó su respuesta, sin estar seguro de lo que quería oír. No le gustaban las mujeres que manipulaban, pero al mismo tiempo tampoco le hacía gracia la idea de que ella aceptara con tanta facilidad una invitación de otro hombre.

–No –Tracy sacudió la cabeza–. Vine porque me dijo que quería hablarme de ti.

–Entiendo –dijo, disimulando tanto el alivio como el repentino recelo en su voz–. ¿Y no podías haberme preguntado a mí lo que quisieras saber?

Ella se mordió el labio.

–Es cierto, lo siento. Pero a veces los amigos nos conocen mejor que nosotros mismos. Supongo que tenía curiosidad por conocer el punto de vista de Dave.

–Vaya, eso me da un poco de miedo –comentó–. ¿Algo interesante que destacar?

–Bastante –dijo con la cabeza gacha.

Paul se sintió inmediatamente mal. ¿Le habría dicho Dave lo de Dan?

–¿Por cierto, ha funcionado entonces? –lo miró tímidamente de reojo, y Paul tuvo ganas de besarla de nuevo.

–¿El qué?

–¿Estabas celoso?

Él le volvió la cara hacia él y la besó de nuevo, esa vez con posesividad y ardor; Paul el troglodita, marcando su territorio. Cuando se retiró, ella frunció el ceño y arrugó la boca.

–Eso fue lo que él dijo que pasaría.

–¿Que te besaría?

–No, que te pondrías celoso.

–¿Y no lo creíste?

Tracy negó con la cabeza.

–Oh, Tracy –la besó otra vez, cada vez más consciente de que lo que quería era terminar de una vez de cenar–. Si no estuviera a punto de marearme de hambre, te llevaría directamente a casa y te lo demostraría.

Ella lo miró y Paul vio la emoción reflejada en sus ojos oscuros. Paul se levantó.

–No me mires así hasta que vuelva a sentarme. Voy a pedir algo.

Paul fue hacia el mostrador y se puso a la cola.

¿Cuántas veces de pequeño había sentido emoción al entrar en sitios como ese para darse un banquete? Dios, hacía tanto tiempo. Él y su madre solos. Recordó la expresión en el rostro de su madre mientras contaba el cambio exacto para pagar la consumición.

Le echó una mirada al menú, escrito en letras de plástico rojo pegadas en un panel luminoso. ¿Cómo podía la gente comer así a menudo y funcionar bien?

Pidió y pagó a la cajera. Entonces esperó a que le sirvieran, deseando todo el tiempo poder llevarse de allí la comida y volver con Tracy a su limpio y elegante apartamento.

–Número veintisiete.

Entregó su ticket y volvió con su bandeja a la mesa; entonces se sentó frente a ella, sintiéndose como un niño en el comedor de un extraño colegio. Una sensación familiar, pero nueva al mismo tiempo.

Ella sonrió con anticipación.

–Ahora a comer.

Sacó la hamburguesa de su grasiento envoltorio, sintiendo el calor a través del esponjoso bollo de pan, que contenía una rueda fina de ternera de sabía Dios qué parte del animal.

Al primer mordisco lo recordó todo con claridad.

Salado, jugoso, dulce. Pero más que un sabor satisfactorio, fue la sensación de volver en el tiempo, el recuerdo de una ocasión especial con su madre.

Las patatas fritas, crujientes y saladas; el batido de chocolate espeso y dulce. ¿A quién le importaba si tomaba el postre antes de terminar de cenar? Estaba enganchado ya, hambriento, consumiendo los recuerdos de su infancia, sin importarle lo que pasara después.

Se abrió la puerta y entraron tres jóvenes, que saludaron a dos tipos que estaban en una mesa. El hombre calvo y gordo que estaba detrás del mostrador también los saludó en voz alta.

Paul dejó de masticar. En la calle donde él vivía de pequeño, en Roxbury, todo el mundo se conocía. Los restaurantes como aquel eran lugares de reunión, donde las personas se apoyaban las unas a las otras, donde uno se sentía parte de la comunidad.

En el edificio de apartamentos de Shorewood, donde él vivía, no conocía a nadie excepto a Dave.

–¿Está bueno?

Miró a Tracy, asintió y tragó. Quería decir algo gracioso y entretenido que la hiciera reír, tal y como había hecho Dave, pero en ese preciso momento no fue capaz.

Tracy lo miró con una suavidad, con una ternura que él no había visto nunca en sus ojos; extendió la mano sobre la mesa y le dio un apretón en el brazo.

–Me alegro de que te guste.

Paul dejó un momento la comida en el plato, sintiéndose de pronto falso y avergonzado. Ella merecía mucho más de lo que él le había dado.

–¿Sabías que era yo el hombre que conociste el mes pasado en la playa? ¿Que yo era Dan?

Ella bajó los ojos, pero no le retiró la mano del brazo.

–Sí.

Dios, qué cretino había sido.

–¿Desde cuándo lo sabes?

–Desde que entraste en Siglo XXI.

Él se quedó planchado. Qué bastardo, qué creído, pensar que podía enseñarle valores morales, y encima mintiéndole. Había asumido que poniéndose un traje de seda estaría totalmente irreconocible. Ahogó una risotada de cinismo. Parecía que era él quien necesitaba una buena lección.

Pero lo cierto era que no había contado con que Tracy resultara ser la clase de persona que era. Y desde luego no había contado con que acabaría sintiendo lo que sentía por ella.

–¿Entonces por qué sigues sentada conmigo?

Ella lo miró fijamente. Vaciló un poco antes de hablar.

–Porque… parece que no puedo alejarme de ti.

Su cuerpo reaccionó inmediatamente. Se inclinó hacia delante y le tomó las manos.

–Tracy.

–Sí –susurró ella, mirándolo con emoción y nerviosismo.

–¿Querrás venir a casa conmigo? –susurró con tanta suavidad que casi estaba articulando para que le leyera los labios–. ¿Ahora mismo?

Ella asintió.

Se pusieron de pie, tiraron la comida sobrante y salieron al aire cálido de la noche. La agarró de los hombros, le dio la vuelta y, contra la pared del edificio, la besó una y otra vez, hasta que tuvo que parar porque no quería ponerse tan pasional en público.

–¿Te trajo Dave en coche?

Ella asintió. Tenía los ojos luminosos, la piel suave, la boca blanda y pálida en contraste con el cabello oscuro.

Le dio la mano y la condujo calle abajo, contento de que no tuviera que seguirlo en su coche. No quería que se apartara de él ni un segundo. Al menos hasta que hubieran estado juntos en su cama, hasta que él viera que se le ponían los ojos brillantes de placer.

–¡Ahí viene! –exclamó un coro de adolescentes.

Paul gimió para sus adentros. Los chicos que lo habían saludado cuando había aparcado el coche estaban en ese momento sentados en su coche, sobre el tejado. Aquello era lo que menos necesitaba en ese momento.

–¿Estáis cuidándome el coche?

Puso los brazos en jarras, sin sonreír, pero tuvo cuidado de decirlo en tono ligero. Tal vez la hamburguesa le hubiera hecho recordar cosas buenas, pero no podía borrar los recuerdos desagradables. Cada día había sido una lucha por el dominio, por sobrevivir.

Los adolescentes se echaron a reír e intercambiaron miradas de gallito.

–¿Quiere que nos bajemos del coche? –le preguntó un chaval muy apuesto con el pelo rubio.

–Eso es –Paul asintió y se mantuvo firme.

El chico miró a sus amigos, estudió a Paul, intentando decidir hasta donde podía llegar.

–De acuerdo, supongo que podríamos hacerlo –el chico se bajó del coche.

Los demás lo siguieron de mala gana, abriéndose paso entre Paul y Tracy. El que iba a la cabeza estuvo a punto de tirar a Tracy al pasar junto a ella.

Paul lo agarró del brazo y tiró de él.

–¿Tu madre no ha enseñado a decir lo siento?

–Mi madre está muerta –soltó el chaval.

Paul se sintió mal por dentro.

–Lo siento.

El chico entrecerró sus ojos azules y frunció el labio con desdén.

–Sí, claro, chico Lexus.

Él se había criado en un barrio como aquel. Había sido igual que aquel chaval a su edad. Sabía que podría salir de allí si quisiera. Paul quiso decirle esas cosas, pero se calló a tiempo.

Soltó al chico y dejó que este lo empujara con brusquedad para salvar la cara delante de sus amigos. ¿A quién estaba engañando Paul? ¿Acaso creía que podía cambiar las vidas de unos chicos de la noche a la mañana?

Los chicos se alejaron saltando, gritando obscenidades, dando golpes a las puertas y patadas a los cubos de basura. Paul los observó con el corazón encogido al recordar la falta de rumbo en aquella etapa de su vida.

–¿Paul? –se volvió y vio a Tracy detrás de él, con los ojos muy abiertos, llena de ansiedad–. ¿Estás bien?

Él asintió.

–Siento lo que acaba de pasar.

–No pasa nada. Lo has llevado muy bien.

Una extraña pesadez se apoderó de él. La velada se había echado a perder, el momento de emoción había quedado apagado. Tracy no era un producto de la cultura urbana; el encuentro la había molestado. Y los recuerdos que Paul había revivido esa noche harían difícil que pudiera seguir adelante con facilidad en la vida que llevaba, en el mundo de comodidades de las que se había rodeado.

–Vamos. Te llevaré a casa.

Ella lo miró con extrañeza.

–¿A mi casa, o a la tuya?

–A tu casa –no fue capaz de evitar el tono brusco, aunque intuyera que tal vez a ella le doliera–. ¿No es eso lo que quieres?

Ella le deslizó las bonitas y delicadas manos por los brazos y lo agarró de los codos, como una madre que sabe que su hijo necesita algo, como un amante explorando algo nuevo.

–No –susurró–. No es lo que quiero.

 

 

Tracy se quedó algo rezagada mientras Paul abría la puerta de su apartamento. Se sentía totalmente inútil. No sabía lo que había pasado con los chavales, ni los demonios que se habían desatado en su interior tras el episodio, pero ella no tenía poder alguno para curar sus heridas. Por un momento, cuando se había enfrentado al grupo de chicos, Tracy había sentido que Paul había tomado contacto con su verdadero yo. Que había sacado de su escondite al hombre que acechaba bajo aquellos trajes de diseño; era una transición que se había iniciado cuando había probado el primer bocado de una de las hamburguesas de Casa Nate. Entonces había entrado en un mundo de recuerdos en el que Tracy no se había atrevido a inmiscuirse.

Según Dave, Tracy no se había equivocado en una cosa: la historia que Paul había ofrecido en la fiesta de la playa había sido la de su propia vida. Su madre lo había educado sola en una parte deprimida de la ciudad de Boston. Su objetivo había sido escapar, y lo había hecho.

Pero había una gran diferencia entre huir hacia algo mejor y negar el pasado. ¿Cómo podía uno ser una persona completa si renegaba de sus orígenes y pretendía borrar de un plumazo las dos primeras décadas de la vida? Esa noche había empezado a dejar que todo eso volviera a él, empezando por permitir que su cuerpo tomara contacto con la tela vaquera de unos pantalones. Pero seguía luchando para llegar a formar lo que Dave llamaba la imagen completa que solía ser Paul Sanders.

Y ella no sabía cómo ayudarlo. Excepto que sabía que haría más acompañándolo que dejando que él la llevara a casa. Además, de haber hecho eso último no habría pegado ojo en toda la noche, preocupada por él.

Lo siguió al interior de su perfecto apartamento y observó que miraba a su alrededor con hastío. Entonces se preguntó si lo vería con los mismos ojos que ella.

–¿Quieres un descafeinado? ¿Un té? –le dijo con seriedad.

–No, gracias.

–Tracy –se acercó un poco a ella–. No sé siquiera si puedo…

–No pasa nada –Tracy se acercó más a él y le puso las manos sobre el pecho, diciéndole con la mirada que era sincera–. Está bien. Podemos hablar.

Él asintió y le dio la mano.

–Ven.

La llevó hasta el sofá donde habían bebido vino y se habían excitado hablando de tomates. Allí se sentó y después la sentó a ella sobre sus rodillas. Ella se inclinó hacia delante y apoyó la cabeza en su hombro, cerró los ojos y saboreó la cálida sensación de su abrazo. A aquello se podría acostumbrar sin problemas. Solo Dios sabía si tendría la oportunidad alguna vez.

–¿Quieres hablar de ello?

–No lo sé –le acarició el pelo–. No lo sé, Tracy.

–Inténtalo.

Le sonrió, y se alegró aún más al ver que él también sonreía.

–Esos chicos –se pasó la mano por la cara–. Me hicieron recordar cosas que no esperaba.

–Eso me pareció.

–Supongo que Dave te puso al corriente, ¿no?

Ella asintió y moduló la voz con cuidado para que no pareciera un reproche.

–Podrías habérmelo contado tú.

–Te lo conté. Esa noche en la playa.

–Tienes razón –había estado tan ansiosa por condenarlo entonces, que no hubiera importado que hubiera dicho o no la verdad–. Después cambiaste tu historia.

–Me imaginé que era lo que querías creer sobre mí –recostó la cabeza sobre el respaldo–. En ese momento tenía la arrogante idea de que podría enseñarte a valorarme a pesar del boato.

–Creo que fue lo que hiciste.

Él se volvió hacia ella y sonrió con tristeza, y Tracy se derritió por dentro.

–¿Sí?

–Sí –susurró Tracy, intentando que él no notara la oleada de ternura que sentía en esos momentos.

Él levantó la cabeza y la miró, entonces le pasó los dedos por los labios. Tracy lo miró fijamente a los ojos, mientras él continuaba rozándole los labios, y de pronto Tracy sintió como si estuviera desapareciendo. Lenta e inevitablemente, el ambiente a su alrededor cambió. El brillo y el propósito volvió a sus ojos, y la tensión volvió a fluir entre ellos.

–Tracy –se inclinó hacia delante y la besó en los labios con suavidad, sin presionar, sin apasionamiento, simplemente transmitiéndole el calor de su boca.

Esa vez Tracy le dejó que se tomara su tiempo, que marcara el paso, intentando controlar la emoción que amenazaba con salir a la superficie como un volcán en erupción. Él necesitaba su fuerza, no su vulnerabilidad.

–Tracy –le puso una mano en la nuca para empezar a besarla con más ardor; entonces la estrechó contra su cuerpo con suavidad, de modo que Tracy se sintió totalmente protegida entre sus brazos.

Ella se entregó al beso, deseosa de que él la tuviera si eso era lo que quería. No le importaba si al final de la noche él era dueño de su corazón. Paul la necesitaba.

–Entre nosotros hay magia.

Ella se echó a reír.

–¿Tú crees?

–Sí –la empujó de sus rodillas y se inclinó para levantarla en brazos–. Y creo que podría ser aún mejor.

La llevó al dormitorio, la tumbó sobre la cama y se quedó de pie junto a ella. Sin vergüenza alguna, Paul se quitó la camisa y el pantalón, sonriendo todo el tiempo.

Tracy esbozó una sonrisa trémula; estaba anonadada. Paul tenía un cuerpo magnífico, como una fantasía hecha realidad. Turbador en su tamaño y su poder. Sintió que estaba loca por él, y que lo deseaba ardientemente.

Pero también estaba muerta de miedo.

Paul se bajó los calzoncillos y se quedó mirándola, como un dios griego mirando a los mortales desde los cielos, luciendo con orgullo su protuberante erección.

Ella se estremeció violentamente.

–¿Tienes frío?

Tracy sacudió la cabeza. En ese momento se le ocurrió también que aquel hombre habría estado con todas las mujeres que hubiera querido. ¿Qué iba a hacer con ella, que tenía el pecho pequeño, que no tenía mucha experiencia y que encima tenía dificultades en alcanzar el clímax?

Él se tumbó junto a ella en la cama y le tomó la mano.

–¿Qué te pasa?

–Yo… no lo he hecho demasiado –miró fijamente al techo, intentando no echarse a llorar.

–¿El qué? ¿El sexo?

–Sexo sin… sentimientos.

Él le volvió la cara para que lo mirara.

–¿No tienes sentimientos hacia mí?

–Yo… tú dijiste que sería como una tormenta eléctrica –levantó los brazos e hizo un gesto como si estallara algo sobre su cabeza–. Que pasaría enseguida.

–Lo dije, ¿verdad?–se puso de espaldas, colocó las manos detrás de la cabeza, aspiró hondo y soltó el aire despacio–. Creo que me estaba engañando cuando dijo eso.

Tracy se quedó boquiabierta. Aquello podría significar algo.

Paul la miró con recelo.

–¿Y tú?

–¿Quieres decir que si… tengo sentimientos hacia ti? –se encogió de hombros, intentando parecer más fuerte–. Bueno, algo sí.

Él hizo una mueca y se volvió de nuevo hacia ella. Entonces empezó a acariciarle el costado.

–¿Sentimientos agradables?

–Muy agradables –dijo en tono ronco.

Sin dejar de sonreír, Paul le desabrochó la camisa lentamente, y después le desabrochó el enganche delantero del sujetador con una sola mano. Retiró la tela y le acarició el estómago.

–Dime lo que quieres.

Tracy se puso tensa al oír su tono de voz y se resistió a las ganas de cruzar los brazos sobre el pecho. ¿Acaso quería que hiciera algún anuncio? Cuando había hecho el amor con su novio en la facultad había sido un asunto silencioso, sincero. ¿Y de pronto Paul pretendía que empezara a pedir como si tuviera un menú delante?

–Yo… no…

–Shhh, de acuerdo.

Paul empezó a acariciarla suavemente, arriba y abajo, hasta que sus dedos le rozaron los pechos, y después por debajo de la cinturilla del pantalón. Ella dejó de temblar y arqueó la espalda, pidiéndole que sus caricias fueran más íntimas. Entonces empezó a acariciarle los pechos, palpándoselos, pellizcándole los pezones con suavidad y firmeza al mismo tiempo, hasta que ella empezó a gemir.

–Dime lo que quieres, Tracy.

–Ya lo sabes.

–Dilo.

–No.

–Dilo, Tracy. Por favor.

Ella tragó saliva.

–Tócame…

–¿Dónde?

–Entre las… Tócame.

Él le desabrochó el botón de los pantalones y le bajó la cremallera; deslizó la mano dentro y le rozó el sexo, haciendo que se estremeciera.

–¿Aquí?

–Más abajo…

–¿Aquí? –dijo mientras le cubría el sexo con la palma suave y caliente.

–Sí… –contestó con los ojos cerrados, sin aliento, loca por él–. Sí.

–¿Y ahora qué? –le susurró con los labios pegados a la sien.

Le deslizó los labios por la mejilla, hasta la comisura de sus labios, y entonces Tracy volvió la cabeza y empezó a besarlo con avidez. Adelantó las caderas con brusquedad, pegando contra aquella mano que no se movía.

–Muévete –dijo en tono ronco y desesperado, sin saber apenas lo que decía, solo que si no se movía dentro de ella iba a volverse loca–. Dentro de mí.

Él gimió al tiempo que le deslizaba primero un dedo y luego dos, penetrándola con suavidad para después extender la miel que brotaba como una fuente por la parte externa de su sexo.

Al poco rato sacó los dedos y encontró el centro de su placer, que frotó primero con suavidad y después con insistencia.

–No –exclamó Tracy, sabiendo que si continuaba así terminaría enseguida; se apartó–. Así no.

–Sí –él continuó acariciándola hasta que Tracy cedió, gritó y explotó, retorciéndose contra sus dedos al tiempo que un mar de sensaciones se apoderaba de ella.

Ella se quedó extenuada, sudorosa, jadeando aún.

–Pensé que estaba haciendo esto por ti.

–Créeme, eso es lo que has hecho –le susurró las palabras junto a la boca mientras la estrechaba con fuerza entre sus brazos.

Se bajó los pantalones y le quitó las braguitas, antes de tumbarla boca arriba.

–Eso ha sido lo más sexy que he visto en mi vida.

Le besó los pechos, el estómago, y continuó hasta que su lengua húmeda y caliente le acarició el lugar donde antes habían estado sus dedos. Tracy sacudió la cabeza, incluso mientras levantaba las caderas para encontrarse con él.

–Creo que te toca a ti.

Él sonrió.

–Me tocará, pero primero quiero excitarte de nuevo.

Ella se relajó sobre la cama y dejó que él la saboreara. Increíblemente, su deseo se encendió de nuevo, primero lentamente, y después con ardor e insistencia. Se incorporó un poco y le agarró de los brazos.

–Ahora te toca a ti.

Él se incorporó y abrió el cajón de la mesilla para sacar un preservativo; se lo puso y se arrodilló delante de ella.

–Tracy –ella lo miró a los ojos, que la miraban con ternura y seriedad–. Eres una mujer fabulosa.

Ella estaba sin aliento.

–Tú también.

Él se echó a reír y entonces inclinó las caderas hacia delante, y con los codos apoyados sobre el colchón dirigió su cuerpo hacia el de ella. Entonces, cuando encontró el centro de su placer, deslizó su sexo con suavidad, penetrándola lentamente, como si estuviera saboreando cada centímetro de su unión.

Paul empezó a moverse rítmicamente, de manera lenta y relajada al principio, con la mejilla pegada a la de Tracy, subiendo y bajando el cuerpo. Poco a poco su respiración se aceleró, se volvió irregular, y empezó a empujar con más fuerza, cada vez más deprisa.

–Tracy –empezó a besarla en el cuello, en la mejilla, en la boca.

La ternura y la dulzura dieron paso a la pasión desesperada, a la turbadora necesidad de conducirlo hasta el límite, de que se fundieran en un solo ser. Cuando Tracy sintió que el segundo clímax estaba cerca, las sensaciones la hicieron gemir de nuevo, hasta que notó que él se paraba unos segundos para seguidamente liberarse dentro de ella.

Eso fue todo. El mundo. El cosmos. Universos paralelos. Todo lo que había estado buscando. Concentrado en unos instantes.

Le deslizó lentamente las manos por la musculosa extensión de su espalda, feliz, deleitándose en la sensación de su cuerpo saciado sobre el de ella, de su desnudez tan próxima.

De acuerdo. Había ocurrido. Sabía que era posible y que así había sido. Tracy no tenía ninguna duda de cómo se sentía. Toda su agonía, todo aquel tiempo buscando un lugar donde sentirse a gusto había desembocado en un momento fabuloso.

Su sitio estaba junto a Paul Sanders.