VII

LAS FIESTAS de la Exposición siguieron celebrándose a un ritmo alocado. Sucedió a ellas un período de calma; y, después, nuevamente el bullicio: el Carnaval de 1889, que fue memorable; transcurrido este, la Cuaresma, lenta y fatigada. La primavera abrió su surco en el tallo de los árboles urbanos, extendió bulliciosos parasoles a lado y lado de las avenidas.

Mariona Rebull estaba delicada. Los Rebull anticipaban el veraneo. Durante los últimos días de estancia en la ciudad cayó enferma. Joaquín Rius se interesó todos los días por su estado de salud y le enviaba sin falta un ramo de flores.

Durante la etapa de veraneo, Mariona, convaleciente, empezó a contestar las cartas de Joaquín. En la casa solariega de Santa María del Vallés la vida transcurría plácidamente. Mercedes hacía compañía a su hermana y salían a pasear a la sombra de los álamos de la mina o a la de los altísimos plátanos del jardín, que introducían en la morada una claridad verde, como de cristal, y un rumor de follaje perfumado.

Los largos caminos, donde las rodadas habían ahuecado profundamente la tierra, olían a heno, y se sentía en ellos el zumbido de los abejorros, y un rumor de insectos pugnando en las comisuras de los terrones. A lo lejos, las leves colinas recogían el paisaje de la demarcación, colinas en que, como depositadas por una mano prudente, se hallaban colgadas las pequeñas casas de los colonos. En el llano, la humareda de los hogares era disparada hacia un cielo cristalino, de azul vivísimo, con el cual contrastaba el oscuro rojizo de la tierra y el amarillo de oro de los pajares, tostado por el sol.

En la parte posterior del grupo de las casas, el bosque introducía su lengua vegetal hasta la misma entrada secundaria y, con ella, el perfume profundo de las encinas, de los robles, del pino y del laurel. Y al otro lado del llano, adecuándose a la leve escalada del bosque, la colina se elevaba paulatinamente, sin esfuerzo. Cuando, con el pecho henchido, se conquistaba su cumbre, los ojos descubrían en la otra vertiente, descendiendo en tropel, el viñedo, y salvada la carretera, definitivamente profundo, el torrente, a lo largo del cual, cómplice de sus mismas sinuosidades, una larga hilera de opulentos álamos desmelenaba su follaje copioso y rumoroso a ras de la mirada, como para ser alcanzado con la mano, a la que inundaría de un escalofrío gigantesco. Encima de todo ello, lentas y diseñadas en el azul, dormitaban mágicas nubecillas. De vez en vez, una urraca, unos vencejos parecían, al paso de las muchachas, brotar de la tierra, surgir de unos matojos o del mismo seno de la alfalfa, ondulada hasta la lejanía, disparados hacia la intensa claridad de lo alto.

Mariona se fue reponiendo al conjuro de ese espectáculo, de la paz de aquel rincón del mundo, tan eterna y suave. Las cartas de Joaquín, en las que le explicaba todo cuanto a ella pudiera interesarle, sin hacer apenas alusión a su amor, por no contrariarla, contribuyeron también a su esperanza. Al cabo de unas semanas ya no podía prescindir del pulcro papel que le llegaba de la ciudad y en el que había tantos motivos de consuelo. A finales de agosto, y a requerimientos de Joaquín, Mariona escribió autorizándole para hacerle una visita.

Joaquín fue a Santa María el domingo siguiente por la mañana. Al bajar del tren, vio que se le acercaba el portero, Bernardo, el cual, a causa de su mucha edad, había sido enviado a veranear también con las muchachas.

—Tengo el encargo de acompañarle. Por aquí, señorito —y le condujo a la tartana de los Rebull, que aguardaba en la plaza contigua a la estación.

Jaime, el tartanero, hijo de los colonos, se quitó la gorra y abrió la portezuela. Dio la vuelta a la tartana y se sentó en el sillín con las piernas colgando. Joaquín había subido y se sentó. Bernardo lo hizo frente a él, pero del todo arrimado a la portezuela, guardando las distancias.

—Al señorito le va a gustar mucho todo esto. Es muy sano y bonito.

—¿Cómo se encuentra la señorita?

—Ya está del todo bien, a Dios gracias; mejor que antes de caer enferma. El señorito mismo podrá comprobarlo en cuanto lleguemos.

—¿Cuánto hay de aquí a la finca?

—Una hora —interrumpió Jaime desde el trasportín sin volverse, mientras, el caballo empezaba a andar.

—¿Una hora? —inquirió Joaquín con extrañeza.

—El muchacho quiere decir una hora a pie —aclaró Bernardo—. En tartana no más de un cuarto de hora. ¿Sabe el señorito? —prosiguió—. Tienen la costumbre de contar por horas de a pie y uno se confunde fácilmente.

Joaquín estaba pendiente del trote largo del caballo, de sus ancas poderosas, evidentes desde el interior de la tartana. Miró el reloj: eran las ocho y cuarto. Notó la coceadura del caballo al pasar del empedrado a la tierra fofa. Enfilaban, saliendo de la pequeña ciudad, el campo abierto.

Se abría con una magnificencia esplendorosa. Bernardo, deslumbrado por los colores, lo admiraba en toda su plenitud con ojos avaros de viejo, perdidos toda su vida en luz de claraboya y patio interior. Joaquín estaba impaciente, pero todo —Bernardo, el caballo, la tartana, la campiña— era tal como lo había imaginado. Por ahora no había sorpresas. ¿Y después?

—¿Cómo se llama el caballo?

—No es caballo, es yegua —puntualizó, sin volverse, Jaime. Después se puso a silbar una tonadilla a ritmo del trote ligero de la yegua.

—Se llama Revérter —volvió a terciar Bernardo.

—No es nombre de yegua.

—No, pero a todos los caballos de la tartana, aunque antes se llamaran de otra manera, y sean macho o hembra, se les llama Revérter. Es una tradición. Esta no hace más que un mes que la compraron, cuando murió el otro Revérter, que hacía este camino durmiendo, con los ojos cerrados. Parecía que oliera las piedras.

La yegua era joven y sanguínea, y Jaime la dominaba con una sola mano en la rienda, terca e indiferente. Bordeaban los campos de legumbres, el regadío. Al fondo se distanciaba la ciudad a donde Joaquín acababa de llegar. El viejo y fiel Bernardo no miraba a Joaquín; fijaba su vista en el sector de toldo que absolutamente le correspondía en línea recta; consideraba, con pundonor de criado viejo, que en presencia de un señorito no se podía permitir el lujo de gozar de otros espacios más que los episódicamente puestos a su alcance; Joaquín, en cambio, contemplaba distraídamente cuanto, con lentitud fluvial, discurría por ambas márgenes del vehículo.

El aspecto de la tierra era bueno y, no podía negarlo, bello. Pero sin duda la finca de los Rebull correspondería a otro tipo de panorama. El que contemplaba parecía un panorama suburbial; la hortaliza junto al ladrillo, la higuera en el tramo de una vertiente escalonada, de secano, con remolacha que asomaba la cresta y parecía volverla a esconder. Sin duda, al alcanzar la cumbre, el paisaje será más claro y largo, menos amontonado. Ahora lo verían.

—¿Ve el señorito? —se permitió observar Bernardo tras haber llegado mentalmente a la conclusión de que lo que iba a decir no sería ninguna sandez, antes bien un informe útil y quizá agradecido por el huésped—. Estamos en la cumbre de lo que se llama el «Coll de la Manya». Justamente al descender entramos en terreno de «Las Torres», la propiedad de los señores. Cuando estemos abajo —y señalaba con el dedo— tendremos que tomar el camino de la derecha y entrar por el de los avellanos. De allí a la finca no hay más de dos minutos.

Joaquín asentía, siguiendo atentamente las indicaciones de Bernardo.

¿Dónde le esperaría Mariona? ¿En el patio? ¿Junto a los avellanos, quizá? No; era imposible esperar de parte de Mariona tal muestra de impaciencia. Pero tampoco era lógico que quedara aguardándole en el patio, como si el que llegara no fuera precisamente él. ¿Qué media entre los avellanos y el patio?, preguntábase. Porque en las cartas de Mariona, en la noción que por ellas tenía de su vida en los parajes de Santa María, había podido colegir los detalles de la topografía que ahora se ofrecían a su vista, con lo que no llegaba desprevenido, ya lo estaba comprobando. ¿Qué hay entre el patio y los campos de avellanos?

Jaime tuvo que echarle mano a la manivela del freno para el descenso. Reprimía al animal brutalmente, obligándole a mostrar las encías, con el cuello torcido. Llegaron a la embocadura de los avellanos. La colina fue ganada con lentitud a causa de las rodadas y de la estrechez del camino. Desde la cúspide se oteaba el grupo de casas.

En el centro de un pequeño conjunto de casas pardas, grises, la blancura de «Las Torres»; su aspecto preeminente no era con exactitud el que Joaquín presumiera. Había imaginado que las casas serían más de «payés». Era una construcción grande y señorial en el centro del campo; pero no un castillo ni tampoco una masía de esas ideadas en un piso de la ciudad. Casa cuadrada, grande, de tres pisos, simple, maciza, elemental, edificada como lujo, pero como un lujo de gente que sabe prescindir de adornos. Joaquín había temido que, dado el carácter soñador de los Rebull, la casa sería una mansión «soñada». Nada de eso.

La tartana fue dando tumbos por la leve y recta pendiente. No podía negar que sentía una ligera conmoción. Estaba solo frente a su destino. ¿Qué sucedería?

Por un momento, en una curva, desapareció todavía la mole del apiñado grupo de casas tras el follaje de unos últimos avellanos. Al apurar el recodo comprobó inesperadamente qué era lo que mediaba entre los avellanos y el patio y cuya existencia había olvidado: las eras. ¡Claro, allí lo aguardaría Mariona!

La tartana, avanzando, embocaba ya el pasadizo que, entre la doble hilera de casas de colonos, introducía al corazón del barrio, el patio de grandes puertas de un rojizo cárdeno, en las que se encaramaban los musgos.

Pero Bernardo sorprendió de pronto a Jaime, perentoriamente.

—Para, para, Jaime. La señorita.

Corriendo detrás de la tartana llegaba Mariona, y más lejos, Mercedes, con pausa.

Joaquín se apeó en el acto; no podía negar que con un atolondramiento no habitual en él.

Mariona llegaba cansada, respirando hondo:

—Os estamos llamando desde la curva. ¿No nos habéis oído?

—No —dijo Joaquín, contemplándola.

—¿Cómo me encuentras? —inquirió.

—Te encuentro magnífica —y añadió—: Como siempre.

Joaquín saludó a Mercedes.

—¿Te gusta esto? —le preguntó Mercedes.

—Todavía no lo he visto del todo, pero me parece maravilloso.

Se notaba a Mariona un poco azorada. Pasado el primer instante, ni ella ni Joaquín sabían qué decir, cómo romper el silencio. Mercedes les ayudó:

—Tenemos que ir donde papá. Ha dicho que le avisáramos en cuanto llegaras.

Se dirigieron al patio, que asomaba por el porche abierto. Bernardo les precedía siguiendo a la tartana, que Jaime hizo avanzar de nuevo. Mariona, Mercedes y Joaquín seguían unos pasos más atrás. Mariona y Joaquín no abrían boca; ambos pugnaban por romper el silencio, pero no lo conseguían. Tampoco se miraban; era complicadísimo hablarse, mirarse, incluso andar uno al lado de otro. Mercedes, en cambio, al hablarles, les miraba sin reparos, con naturalidad absoluta. ¡Cómo la envidiaban! ¡Si Mercedes pudiera prestarles un poco de la naturalidad, de la soltura que podía permitirse!

Penetraron en el patio. Era un ancho patio encuadrado en el ángulo recto de las dos fachadas coincidentes: la de la casa solariega, de gusto moderno, y la antigua, grave masía, gris, apesadumbrada por la doble techumbre de tejas como un acento circunflejo. El gran reloj de sol y la portalada de la masía habían sido arañados por los años. El sol batía ya de lleno en el patio, con fulgor mañanero. Por el patio deambulaba un can, y una clueca con sus polluelos amarillos e inquietos esquivaba, rodeada de píos, los sesgos violentos de la yegua al empujar reculando la tartana hacia la cochera, obligada por la brutalidad de Jaime.

Hicieron su entrada en la casa de los Rebull.

Mercedes se fue apresurada a avisar a su padre. Quedaron, por primera vez, Mariona y Joaquín frente a frente. Tardaron unos instantes en hablar. Al fin lo hicieron los dos a la vez; pronunciaron una vaguedad cualquiera, que ninguno de los dos entendió. Pero no hubieran conseguido reír. Joaquín se vio, pues, en el trance de repetir su lugar común, lo que ahorró a Mariona la repetición del suyo.

—Es muy grande, está muy bien.

Mariona había sonreído.

Don Desiderio bajaba por las escaleras; se percibía también el eco de las pisadas de Mercedes. No era necesario hablar hasta que el padre de Mariona hubiera llegado.

No tardó en aparecer.

Se dirigió a ellos.

—¿Cómo está usted, Joaquín? —le ofreció su mano. Joaquín correspondió, no sin premiosidad.

—Me he permitido venir a visitarles, pasar un día con sus hijas… Hubo un breve silencio.

—El tiempo es magnífico.

—Le agradezco el que se haya acordado de nosotros y su compañía. A Mariona le ha probado esto divinamente. ¿No la encuentra usted mejorada?

Don Desiderio, por lo visto, ignoraba que Joaquín no había visto a Mariona desde la tarde de la puesta de largo.

—Sí; muy bien, la encuentro muy bien. También Mercedes tiene muy buen aspecto.

—Mercedes no me preocupa —prosiguió el señor Rebull acariciando la mejilla de su hija mayor—. Es Mariona la que nos ha dado un buen susto. Ya lo sabe usted.

Otra breve pausa.

—Por fortuna —prosiguió don Desiderio—, hemos descubierto que lo que le faltaba era un poco de aire, correr, tenderse debajo de un árbol. A su edad, esa jovencita estaba demasiado encerrada.

Miró cariñosamente a Mariona.

—Lo hacía por llevarnos la contraria. ¿Verdad?

Joaquín la observó ruborizarse.

—Bien, Joaquín —insistió don Desiderio—; no tengo que decirle que está usted en su casa y que comprendo que está usted suficientemente atendido por mis dos hijas. A las diez iremos a misa al pueblo, si usted quiere acompañamos.

—¡No faltaba más!

—Las muchachas le enseñarán parte de lo que hay que ver, y es mejor que lo hagan a esta hora que por la tarde, en que el sol es demasiado fuerte. Después de la misa tendremos tiempo de jugar una partida de «croquet», antes de comer, si es usted aficionado; y si no, le aficionaremos en seguida —añadió sonriendo—. Y entonces, tendremos ocasión de charlar de nuevo.

Los dejó a sus anchas.

—Empezaremos por el jardín —declaró Mercedes.

Cruzaron el interior y por la pequeña puerta trasera salieron a una rotonda con baranda de piedra, sombreada por una enorme encina henchida de rumor de pájaros. Descendieron a la explanada; tres hileras de plátanos separaban otros tantos bulevares.

—En el primero jugamos al «croquet», ¿no ves los agujeros para las argollas? —señaló Mercedes.

Enfilaron de nuevo por el camino y, desde la rotonda, se dirigieron a la parte posterior del jardín, en la que el bosque penetraba. Cuatro vericuetos partían de un umbroso palacete natural en el que habían sido colocados dos bancos de piedra; un pozo, asimismo de piedra, se abrigaba a la sombra de la fronda; olíase el perfume de unos laureles, junto a los bancos.

—Aquí merendamos todas las tardes —dijo Mercedes, al sentarse un instante—. Esta es la «Bajada rápida» —añadió, levantándose de pronto y mostrando el más próximo de los vericuetos.

—¿Qué significa?

—Que es una bajada rápida —contestó Mercedes—. ¿No lo ves? Ante el segundo camino, Mercedes ilustró:

—El camino de las «Arañas».

—¿Siempre le llamáis así? —preguntó.

—Siempre. Mira.

En efecto, indicada por el dedo de Mercedes, una enorme telaraña se balanceaba en la brisa; en el centro, reina de la urdimbre plateada, una araña amarilla y negra tecleaba con enormes patas, peludas y articuladas.

Siguieron adelante, hasta el tercer sendero.

—El camino de la «Serpiente».

—¿Por qué le llamáis así? —inquirió.

—Una vez Mariona, cuando era muy pequeña, vino corriendo a casa llorando; dice que aquí vio a una serpiente.

—Era verdad —afirmó Mariona con obstinación. Joaquín la miró y notó que recobraba el ceño antiguo, con el que afirmaba algo con todas las fuerzas de su ánimo. Mariona desvió su mirada con celeridad.

—Y este, este, no tiene nombre —indicó Mercedes al llegar al último—. Tendremos que ponérselo. ¿Cómo le podríamos llamar?

Mariona y Joaquín no respondían.

—Bah… Ya pasarán cosas… —concluyó, en vista de su escaso éxito.

Salieron al campo libre por la portezuela de madera de la parte posterior del jardín. El camino bordeaba por igual bosque y regadíos. La mañana era luminosa, los horizontes se patentizaban con una transparencia mágica. A la sombra de la espesura, contemplaron a su placer la extensión del valle; las lomas del horizonte, breves pero muy empinadas, servían de rellano a los pueblos lejanos, inmóviles en la mañana azul, como insectos dormidos en una rama de hinojo.

—¿No ves «Las Casetas»? —señaló Mercedes—. Detrás de la loma está la iglesia.

—¿Siempre vais a misa allí?

—Algún día vamos a la parroquia. ¿No has visto la iglesia al llegar? Está cerca de la estación.

—No me he fijado.

—Pero es muy pesado. Solo cuando papá tiene que ver al vicario o para ir a confesar, porque el cura de aquí dice papá que solo entiende los pecados de los colonos.

Regresaron a su casa. Era ya hora de esperar a su padre e ir a misa. Mediaba buen trecho.

—¿Te gusta? —preguntó Mercedes.

Pero Joaquín no respondía. Miraba a Mariona. Mercedes no insistió.

Para llevarles a la iglesia Jaime aderezó la tartana. El tartanero no se manifestó más sociable que la primera vez. Subieron al carricoche don Desiderio y sus dos hijas, Joaquín y Bernardo.

A medida que avanzaban, don Desiderio indicaba al invitado lo más relevante del trayecto con deferencia y pasión de terrateniente. El carruaje atravesó la rambla y se empinó por la cuesta, desde el margen derecho de la rambla a «Las Casetas». En «Las Casetas» se apearon y siguieron a pie.

Desde la cumbre, don Desiderio mostró a Joaquín la extensión del valle, presidido por la casa solariega; y volviendo la vista del otro lado, la iglesia, hundida en un torrente; como un viejo molino, abrigada del sol.

Revérter emprendió un trote ligero. Los payeses, vestidos con trajes de fiesta, aguardaban en la entrada de la iglesia. Las muchachas y Joaquín penetraron sin demora en el interior. Don Desiderio aguardó unos minutos en la entrada charlando con los payeses; estos le saludaban con respeto quitándose la gorra.

Sonó la campana seguida del bullicio de cuantos esperaban en el exterior; don Desiderio se arrodilló junto a sus hijas. El banco ocupaba la primera fila y estaba algo distanciado de los demás; llevaba inscrito el nombre: Rebull.

La iglesia era fresca y umbrosa como una cava.

Apareció el sacerdote, un sacerdote anciano, que caminaba con extrema dificultad. Dos monaguillos precedían al sacerdote.

Bernardo se había situado en una silla a unos pasos del banco de los señores.

Las payesas musitaban oraciones; la mayoría estaba de rodillas; los pañuelos, en sus cabezas, ocultaban los peinados negros y tirantes. Los payeses, de pie, junto a la pila de agua bendita, permanecían con las gorras en las manos.

Los monaguillos —cabeza al rape y costras en las rodillas— se movían bastante más de lo necesario. El sacerdote, nervioso, les increpaba en voz baja.

Joaquín reflexionaba. Era el primero y quizá el único momento que tendría libre para hacerlo; para mesurar, trazar planes, apurar pronósticos. ¿Sorpresas? No; hasta el momento no las había habido.

Le distrajo la plática iniciada por el sacerdote antes del ofertorio. Según le dijo Mercedes, el párroco se llamaba don Pascual y tenía a su cargo la parroquia desde hacía cuarenta años. Había bautizado a todos.

Se volvió, adelantándose hasta el presbiterio; de cara a los feligreses, hizo la señal de la cruz, que fue automáticamente diseñada por todos los circunstantes.

Empezó con una palabra en latín; pero antes de terminar el versículo, nombró con voz aguda a uno de los asistentes:

—Tú, Tet.

Uno de los del montón, junto a la pila, se señalaba a sí mismo, inquiriendo:

—Sí, tú… Echa a tu perro de aquí.

El hombre no entendía.

Un segundo payés, algo alejado, se dirigió al lugar donde el can dormía, y con el revés de la gorra, cogida por la visera, le propinó un formidable golpe. El perro salió zumbando dando alaridos.

—Os he dicho que no quiero perros aquí.

—Es que voy a cazar con Palluí.

—No quiero perros. La iglesia no es un porxo[1].

El payés acariciaba su gorra para disimular, mirando al suelo. Empezó el sermón, sin más.

Sí; Joaquín estaba satisfecho. Nada le había sorprendido. Esperaría a hablar con Mariona a fondo, aunque tendría que esperar a hacerlo a solas, por la tarde, después de comer. Por fortuna, tanto Mercedes como don Desiderio debían suponer que el momento de quedar a solas con Mariona era el principal motivo de su visita a «Las Torres».

A la salida de misa, después de saludar a los payeses, que miraban circunspectos a Joaquín, los Rebull descendieron de nuevo. A las doce y media estaban de regreso.

Tras unos minutos para arreglarse, bajaron al jardín, a los bulevares de los plátanos. Por encargo de don Desiderio, Bernardo había llevado al jardín la caja del «croquet»; don Desiderio y el viejo sirviente se enfrascaron en disponer las argollas de grueso alambre, por las que tenían que pasar los bolos, y las dos estacas de cada extremo del campo, a las que había que llegar para ganar. Iniciado por Bernardo y por Mercedes, Joaquín colaboró en los preparativos.

Eligieron todos su maza; los de la casa la detentaban con un sentido de posesión creado por el hábito. Bernardo, el viejo servidor, que jugaba siempre que no había invitados, debido a la presencia de Joaquín se retiraba, hoy, sin pronunciar palabra.

—Bernardo, ¿no juega? —preguntó don Desiderio.

—No, señorito. Son ustedes muchos.

—Cuantos más, mejor. Anda, toma tu maza.

Sin pronunciar palabra, el viejo se dirigió al estuche y eligió una, la más vieja; pues la que él usaba habitualmente era lógico que correspondiera al invitado.

Joaquín no conocía el juego. Consistía en hacer pasar las bolas, dándoles un golpe con el martillo de madera, por el centro de los innumerables aros de alambre, colocados simétricamente; y hacer, aro tras aro, el recorrido de todo el camino, hasta llegar a dar con la bola en la meta, un estacón de madera colocado en el extremo del bulevar. El que primero llegaba a esa meta tenía el privilegio de «matar» las bolas de sus contrincantes. Con un martillazo propinado sobre la bola propia, sujeta por el pie, y que repercutía, por reflejo, en la del vencido, esta era alejada de su itinerario, sin contemplaciones. Normalmente, el único autor de esta feroz represalia era don Desiderio, quien no obstante, en el momento de alcanzar la prerrogativa, si la bola vencida era de alguna de sus hijas, hacía fallar su golpe sin disimulo, con lo que no quedaba alterada la situación de la partida. Con Bernardo, en cambio, era inexorable; el pobre Bernardo tenía que volver a empezar a cada paso, en el extremo del campo, alejado de todos. También le tocó esa suerte a Joaquín, que fue enviado a los dominios de Bernardo en una ocasión, de la que don Desiderio no quiso sacar ventaja, permitiéndole ganar con rapidez los puestos perdidos.

La lucha fue apasionante; suscitó los comentarios de rigor; las incidencias fueron numerosas. En el curso del partido, Mariona se había mostrado más locuaz y vivaracha. Diríase que por unos instantes se había olvidado de la presencia de Joaquín.

Poco antes de las dos subieron a la rotonda; en una mesita baja habían sido preparados unos entremeses ligeros, copitas y unas botellas de vino rancio. Tomaron el aperitivo sentados en las mecedoras de boga de la rotonda bajo la grave copa de la encina, que se encrespaba, invadida por la brisa.

A las dos y cuarto entraron en el comedor, la ancha pieza central de la casa.

Durante la comida se puede decir que solo hicieron uso de la palabra don Desiderio y Joaquín. Hablaban de la situación, de la Exposición pasada, de la visita de la reina, cuyas impresiones Mercedes solicitó a Joaquín. Don Desiderio habló de la sociedad de sus tiempos de juventud, de las bromas que, probablemente, a través de los años de matrimonio y de viudez, debían parecerle cosa remotísima, de otro mundo. La sobremesa, con el café, prolongó la conversación, que había sido grata, interesante. Mercedes y Mariona habían escuchado con mucha atención.

Al levantarse, don Desiderio pidió permiso para retirarse a su despacho, pues tenía que escribir unas cartas. Decididamente, no había sorpresas para Joaquín.

Mercedes, Mariona y Joaquín salieron a pasear por el sector de bosque doméstico. A medida que los minutos transcurrían, las ausencias de Mercedes, corriendo detrás de una mariposa o adelantándose a ver el estado de un rosal, se tornaron más evidentes, hasta que fue del todo natural prescindir de ella. Joaquín sentía caminar a su lado a Mariona, sentía su respiración, el perfume de sus cabellos. Sin mirarla, la recordaba, lejana y difusa, en su palco del Liceo, ocho meses atrás.

Insensiblemente se dirigieron al palacete natural del pozo, con los bancos de piedra, encrucijada de los dos primeros vericuetos.

—¿Estás cansada?

—No.

—¿Te encuentras bien, repuesta del todo?

Sin contestar, Mariona se dirigió al banco de piedra arrimado al tronco de un laurel. Se sentaron.

—Me han hecho mucha compañía tus cartas —dijo ella. Había desbrozado el camino.

—Las escribía para eso, para que te hicieran compañía. Pasé los días más intranquilos de mi vida.

Hubo un largo silencio surcado por el vuelo de una golondrina que se dirigía a su nido, colgado en la repisa del balcón de la casa, allí lejano.

—Quiero rogarte, Mariona, que me aceptes como el mejor amigo que puedas tener.

—Lo eres ya —afirmó Mariona.

Joaquín sorbió ávidamente la claridad de los ojos de la muchacha. Por fin se veían cara a cara.

—¿Sabes? —continuó Mariona con lentitud—. Me tienes que perdonar el mal que te hice.

Y añadió:

—Era una niña y no sabía lo que hacía.

—Y ahora eres una niña también al decir esto —profirió Joaquín con ternura, efusivamente—. Bien sabes que no puedes hacerme daño.

—Sí, puedo hacértelo.

Luego volvió a mirar los ojos de Joaquín:

—Y te quiero decir que no te haré más daño. Estoy contenta de que hayas venido.

—Deseo tu felicidad. Toda tu felicidad.

La mirada de Joaquín se perdía en la lejanía, en la copa de los plátanos que a través de los parterres se le ofrecía en la lontananza; y notaba en su rostro posarse la mirada de Mariana, la mirada femenina que se elevaba hacia él. Sin embargo, seguía absorto. Pensó un momento en Ernesto Villar; pero aplacó en seguida la imagen forastera, enterrándola en la pura sensación del instante. La respiración de Mariona era algo en que se diluía todo lo demás, los rumores de la fronda, el vaho de luz que flotaba sobre la campiña. Estaba seguro de que el aliento femenino era trasunto de la conmoción de un alma; y él, no obstante, no acertaba a sentir la conmoción complementaria; sin embargo, aquel era el instante más dulce de su vida.

Se volvió lentamente. En efecto, Mariona elevaba sus ojos hacia él, unos ojos de muchacha asombrada que se entregan. Joaquín adelantó su mano sobre la piedra del banco y alcanzó la de Mariona, su mano de fina piel. Esta se entregó entera en la suya, ancha mano de largos dedos huesudos, hábiles en la mecánica de los telares. La piel de Mariona tenía una tibieza recóndita tras la inmediata sensación de frialdad; la tibieza del discurrir de la sangre, la de las venas en reposo; y las pequeñas uñas rosadas; la yema de los dedos, habituada a la porcelana más suave, generaciones ha…

—Mariona —le dijo—, te pido… ¿Quieres ser mi esposa?

Descubrió por completo la claridad de aquellos ojos y mientras se perdía en ella sentía, sin embargo, dentro de sí la sensación de zozobra, una sensación angustiosa, de espera mortal. Había llegado al punto decisivo.

Mariona, retirando su mano y recogiendo la del hombre, recogiéndola dolorosamente, dijo:

—Quiero ser tu esposa, y te amo.

Joaquín sintió dilatarse su pecho y que le faltaba más aire aún, una bocanada más del aire de la tarde, perfumado de laurel. Sentía un escalofrío y no hubiera podido pronunciar palabra. Al fin:

—Te acostumbrarás a mí. Te prometo hacerte feliz.

—Oh, no —exclamaba Mariona, cerca, muy junto a él—. Tú, tú tienes que acostumbrarte a mí, por el mal que te he hecho, porque has sido bueno. Te quiero, te quiero, Joaquín. Perdóname lo que te hice.

Acertó a desasir su brazo y a rodear el talle de la muchacha.

—Eres bella y buena —afirmó—, y te quiero como eres. No tengo que acostumbrarme a ti. Yo, en cambio —añadía, con lentitud—, no sé si lograré darte la sensación de que te merezco; no podrás quererme sino por lo que yo te quiera a medida que veas cómo te adoro.

—No sé cómo te querré ni por qué. Solo sé que te quiero y quiero ser tu mujer. No he conocido a otro hombre como tú. Me das la sensación de necesitarte, de que me amparas y de que me respetas. De que te amo.

La tarde se diluía a lo lejos. Joaquín sintió llegar a su memoria la voz que surgió de los labios de Ernesto en una ocasión: «… Siento que a cada paso me cuesta más enamorarme; que voy dejando en cada mujer trozos de vida mía; pero que ya no son amor…».

La cintura de Mariona era palpitante y frágil. Sus hombros rozaban los de Joaquín, apoyándose, depositándose en ellos. Joaquín atenazó el cuerpo femenino y besó a Mariona en los labios, en las mejillas. Y la muchacha se tornaba frágil en sus brazos, era una perdición. Al fin, volvió a sentirse dueño de sí. Y le invadió una enorme maravilla, le sepultó una ola de alegría infinita. Allí, en aquel instante, su vida se había calmado. Y hablaban, hablaban los dos. Luego, ya solo reían y se besaban. Todo había cambiado. Las hojas de los árboles alcanzaban fulgores nuevos, teñidas de un verde de oro, de una mágica sencillez. Las voces de los campesinos sonaban límpidas, infantiles, al otro lado del muro. Sus propias voces no eran voces adultas aún, se habían simplificado, habían perdido lastre. Y los dos caminaban con ligereza camino adelante, hacia la casa, cogidos de la mano. Las golondrinas revoloteaban dibujando sesgos inútiles junto al balcón. La ancha encina era todo reposo, después de la fatiga del día, dormida con una suerte de empeño vegetal. Y de lejos, del otro pueblo, atravesando la tarde diáfana, llegaba un zumbido de campanas, de día de fiesta.

Entraron en la casa como si no pudieran perder un instante, apresurados; la alegría les subía a la garganta, impidiéndoles respirar. Mariona se introdujo en la cocina con Joaquín cogido de la mano, y las sirvientas, sorprendidas, se pusieron todas de pie. Pero todo aquello parecía lo más natural del mundo. No hacía más que preguntar:

—¿Dónde está papá? ¿Dónde está papá?

Pero no daba tiempo a contestar a las buenas mujeres, y ya se habían vuelto a marchar. Y luego penetraban en el despacho de su padre, pero estaba vacío.

—¿Dónde está papá?

Por fin lo descubrieron fuera del barrio, salvados los porches de entrada, paseando con su bastón, al lado de Juan, el colono. Fueron corriendo hasta allí.

—Papá, papá —gritaba.

Papá se extraña de sus voces. Y de verlos cogidos de la mano. ¿Por qué? ¿No era, acaso, lo más natural del mundo? Pero no se daba ninguna prisa y estuvo todavía charla que te charla con el colono.

—Papá —volvía a gritar Mariona—, tengo que decirte una cosa. Ven, por favor.

Y su padre se fue acercando lentamente.

Antes de llegar su voz, se adelantaba:

—Vamos, vamos a ver qué es lo que tienes que decirme.

—Papá, papá, Joaquín y yo nos vamos a casar.

Don Desiderio no sabía qué hacer. Aquello había sido lo menos protocolario que podía imaginar.

Estaban junto al porche de entrada, el de abajo, que daba al campo.

—Bien. ¿Cuándo? —preguntó don Desiderio, absolutamente perplejo.

—Eso es —dijo Mariona, dirigiéndose inopinadamente a Joaquín—. ¿Cuándo?

—Cuando tú quieras —y como quien suelta al azar una fecha, añadió—: En enero.

—En enero —repitió Mariona dirigiéndose a su padre. —Muy precipitado me parece —dijo don Desiderio—. En fin —añadió—, vosotros veréis.

—Pero ¿qué te parece? —preguntó Mariona.

—Lo que pudiera parecerme —dijo don Desiderio— ya tendría que haberme parecido antes. Mirándote a los ojos, no puedo menos que estar contento.

Don Desiderio estrechó con efusión la mano que le tendía Joaquín.

Después, los dos muchachos se dirigieron a la casa.

—Tenemos que decírselo en seguida a Mercedes —afirmó Mariona.

Pero así que penetraron en la casa, Mercedes salía.

—No tenéis por qué decirme nada. Os felicito —dijo.

Salieron al campo los tres. La tarde empezaba a cargarse de una bruma dorada y caliente. La finca se extendía hasta la carretera, con los anchos bancales de maíz; hasta «Las Casetas», con la alfalfa y el trigo; hasta la carretera de Biluya, por el nordeste, con las viñas y el torrente de los álamos. Hasta más allá del bosque, por el sur. Joaquín y Mariona pisaban los campos náufragos de los presentimientos, de la vida que se abría. Y Joaquín seguía pensando: «¿Será también más tarde tal como ahora lo imagino?».