I
HABLO de muchos años atrás.
Mi ciudad alcanzaba su cima sin perder un ápice de su encanto recoleto. Cada barrio tenía su parroquia. Al doblar una esquina cualquiera el viandante percibía murmullo de rezos; las monjas de los conventos susurraban en el oratorio; y el tañido leve de las campanas conventuales, tan peculiar, se dilataba en la madrugada hasta morir en el lecho de nuestros abuelos. El latido masculino y grave de las campanas parroquiales venía con el amanecer. Finalmente, se enseñoreaba del aire la voz de la campana mayor de la catedral, abadesa de la ciudad; su eco dilatábase sobre la urbe y penetraba leguas de mar adentro, a sepultarse en las aguas del horizonte.
Al sonar de las primeras se despertaba una porción de gentes. Tras haberse lavado en la palangana de trípode recogían de la mesa del comedor su paquete —panecillo y tortilla— y penetraban en la madrugada, brumosa aún. Largo era el camino para muchos, pero lo ganaban sin apresuramientos. Nadie llegaba un minuto tarde. En las cercanías de la fábrica sucumbía la luz de los últimos faroles de gas, sumida en la lechosa claridad del día. Se sentía frío, intenso pero confortador; al salir a la calle la postrera neblina del sueño había sido diseminada por el filo del cierzo mañanero; desvelados por el escalofrío los hombres se sentían encuadrar de lleno en el engranaje social y determinados resueltamente a cumplir su obligación, sin remilgos.
La primera hora de trabajo transcurría aún bajo un sistema mixto de luz artificial e injertos de luz diurna que penetraba por las vidrieras. Después, con la plena luz diurna, el trabajo adquiría un ritmo metódico. La rotundidad de las cosas se había hecho irremediable ya, desahuciados la esperanza y el misterio que la noche trae consigo.
En esta prehistoria del maquinismo las máquinas tenían estructura de insectos, con venas, músculos y pulmones; algo así como las máquinas de coser de nuestras madres, dotadas de una fisonomía tan dulce y doméstica, con sus refajos y pendientes, que parecían amigas íntimas. Lo cierto es que el hombre no se consideraba aún al servicio de la máquina, sino que consideraba la máquina al suyo. Tal vez por esto en el rostro de los trabajadores eran patentes los rasgos indefinibles por los que se identifica un alma independiente.
Los artefactos no estaban distribuidos y colocados de la manera rigurosamente simétrica que se estila hoy, y que nos hace pensar que ha sido otra máquina la que los colocó en el interior de una nave, asimismo ideada por otra máquina de edificar. Gozaban de una distribución más libre, en un edificio adecuado a ellos posteriormente; cada uno parecía conservar su peculiaridad.
Los jefes de industria empezaban a ser considerados en la ciudad como una suerte de nueva aristocracia. El hecho de que el jefe no solo conociera a cada uno de sus subordinados, sino que estuviera al corriente de las preocupaciones que le aquejaran en cada instante, privadas o familiares, justificaba y daba proporción a la estima que adquiría en las esferas todas de la vida ciudadana. Entusiasmada la prensa por el presagio de riqueza derivado del auge industrial, mimaba a los fabricantes y no desperdiciaba ocasión para parangonar su actividad con otras de tradicional abolengo ciudadano. Al decir de la prensa, el progreso y sus repercusiones convertirían al Universo en un paraíso. El romanticismo abandonaba los cisnes y los lagos, moría absorto en la trepidación de un motor.
Los hombres de mi ciudad no ganaron tanto honor de manera cómoda. Sus manos eran ásperas por la grasa; abrían las puertas del taller a las cinco y media en punto para que a las seis los trabajadores —no se hablaba todavía de obreros— no tuvieran que esperar, y para que entraran al trabajo bajo la impresión de que el patrón estaba ya a bordo.
Los burgueses de mi país habitaban en el piso de bodas rodeados de hijos, que dormían de tres en tres en las amplias alcobas.
Los hijos debían también madrugar; concluidas las etapas de la teneduría y de la correspondencia comercial, eran colocados como meritorios en las oficinas del padre; si en ellas no rendían como otro mortal cualquiera, eran puestos de patitas en la calle, con objeto de que aprendieran a vivir. La mitad de los indianos de mi país deben su fortuna a la obstinación paterna que los equiparó sin consideraciones a otro cualquiera de los seres que pueblan el mundo de la teneduría y de la correspondencia comercial.
Los trabajadores lucían, como los patronos, cuidadas barbas, que olían a tabaco y honradez. Las casas de los trabajadores eran como las de los burgueses, pero más pequeñas. Como ellos, sentaban a sus hijos en torno a la gran mesa, a la hora de comer. Lo que más identificaba los hogares de los operarios con las casas de los patronos era la vocación de trabajo de que estaban colmadas; de modo que, al llegar, en vez de distraerse con otras conversaciones, los trabajadores hablaban con sus hijos de hilaturas y aprestos, de rendimiento semanal y de jornales. Esta era su manera de vivir.
El dinero entraba a montones. Pero si un solo día hubieran dejado de madrugar se habría desquiciado la rueda de la fortuna; de tal manera el estilo del trabajo conservaba una conexión con los métodos tradicionales y era, en cierto modo, prolongación de los modos gremiales y de la artesanía. No había posibilidad de enriquecimiento a costa de los demás o, por sagacidad, con una oportuna operación de Bolsa; el dinero amasado servía pues, para vivir sobriamente y para trabajar de nuevo y más; en modo alguno para ser gozado sin reparo.
El secreto del crecimiento orgánico posterior de esta riqueza es que cada uno de los burgueses dio al mundo muchísimos hijos. Los hombres de mi ciudad se casaban mayores, en el umbral de la madurez. Pero sabían recuperar aprisa lo desaprovechado. Las esposas eran jóvenes, en general mucho más jóvenes que los maridos. Apenas salidas del colegio, con sus buenos rudimentos de francés y su urbanidad bien aprendida —una urbanidad de polisón y abanico— se encontraban de la noche a la mañana unidas físicamente y espiritualmente al marido; a un marido alto, severo, de audaz bigote y grave condescendencia, que ejercía sobre ellas una especie de tutela paternal y usaba con pulcritud de su talonario de cheques; además, las hacía madres copiosamente, un hijo tras otro.
El marido leía la prensa y ponía punto final a las conversaciones; cuando los hijos eran mayores, todos, del marido al último, la llamaban a ella «mamá».
Los gastos de la casa eran múltiples. El servicio era prolijo, y una especie de prolongación familiar. No era raro que las sirvientas encanecieran y murieran en la casa, tuteando a los hijos varones hasta que estos habían cumplido los quince años; y después, solo a las mujeres. Las sirvientas de confianza eran las que acostumbraban a llorar en los bautizos y en las bodas y a velar a los enfermos o, mejor, a que los enfermos las velaran a ellas —derribadas, cabeceando, en el sillón del ángulo.
Después de cenar, era rezado el rosario; y luego, inmediatamente, la gente se iba a acostar. El padre no lo hacía hasta después de haber encendido y apagado todas las luces, como en inventario rápido y certero de las figuras de porcelana, de las cerraduras, de los pestillos de las ventanas, de los cortinajes todos de la casa. Después de correr el pestillo de la puerta principal hacía sobre él la señal de la cruz.
Hablo de muchos años atrás.
Claro que mi ciudad no ha producido grandes genios y sus monumentos se erigen un poco para contentar a todos; pero no se puede evitar que entre tanto navegante, poeta o filósofo de otros lugares asome su cabeza entre tilos de parque algún ejemplar de aquellos modestos madrugadores, con su chistera de las fiestas perpetuada en bronce, su levita y su chaleco lleno de dijes. Bajo la levita, y en el seno del pecho de verdad, palpitaba seguramente un corazón; corazón en el que se mezclaban al «Debe» y «Haber» de los Diarios, números de recibos y facturas, cierto amor al país y a la esposa, y una ardiente esperanza de cristiana sepultura, junto al mar.
Los magnates de la industria primeriza —magnates de guardapolvo y un traje al año— formaban, pues, un núcleo delimitado en la vida de mi ciudad. En su contorno transcurrían la vida tradicional, gentes de abolengo que habían heredado de sus padres no solo el apellido, sino también el nombre comercial y el secreto de la profesión respectiva.
Las fábricas estaban instaladas en la periferia, en solares a los cuales el resto de la gente no se aproximaba más que los días de fiesta o de excursión con merendona. Solares en los que hoy se asienta el corazón de la urbe. Pero el resto, la tradición más fina, permanecía en las callejas de rango secular, mantenida en ellas con una suerte de fruición, avara del espacio. Cada calle recibía su nombre del gremio que la había hecho accesible siglos atrás, y en el que perseveraba a través de los años y de las procelas. Por esta razón son tan bellos los nombres de los barrios antiguos de mi ciudad, porque aromatizan las losas con la fragancia del trabajo secular; y su nomenclatura, lejos de sugerir el lado adverso del trabajo, el dinero, la ambición y el rencor, delata su lado amable; el sudor de la frente impuesto por Dios, la continuidad y el afianzamiento de la vida, la sangre transcurrida allí, de una a otra vena, de padres a hijos y a nietos, siglos atrás.
Es lógico que los habitantes del casco tradicional sintieran prevención ante los progresos del maquinismo. Considerábanlo una ofensa personal inferida al hombre, de cuyas manos salen las cosas, como él de Dios. No estaban lejos, además, de presumir lo que en el terreno moral y social amenazaba significar la nueva moda. Finalmente, se echaba en cara a los recién llegados la novedad del apellido y no era raro oír de alguien a quien se quisiera molestar: «No es más que un fabricante».
Mi ciudad no tuvo apenas aristocracia, porque la aristocracia abandonó sus tierras, en las que radicaba, para seguir a la corte y hacer la corte. Las luchas políticas del siglo XVIII, por añadidura, habíanle amputado sus mejores brazos. Las fuerzas vivas de mi ciudad eran, pues, por aquellos años los antiguos gremios, en todo su esplendor y, entre ellos, los de las artes más nobles.
La calle de la Platería es, hoy aún, una calle breve. Hoy, con todo, los joyeros y plateros han trasladado sus talleres al centro actual y si no han perdido todavía su clientela, a la que sirven sin interrupción desde hace trescientos años, han perdido la paz y el silencio de su augusta sede antigua, por cuyo canal la voz de las campanas de Santa María del Mar discurría sin un tropiezo, limando las aristas de la tortuosa calle, tan conocida, como una corriente de aire de bronce dispuesta a diluirse en la desembocadura.
Los establecimientos de los plateros, codo con codo, parecían hacer tertulia. En el frontis de cada cual, con arabesco caprichoso, se leía el apellido del maestro joyero a que correspondiera. Cada una de las tiendas, de reducida dimensión, era un arsenal de pedrería, oro y platino. El gremio era naturalmente el más rico del país, y los clientes más numerosos de los joyeros eran sus propios parientes, siempre muchos y de lo mejor. Era imposible entrar en competencia sin una base de relación familiar dilatada entre lo más escogido de la ciudad. El joyero Rebull era, desde tiempos inmemoriales, el de la Casa Episcopal y de ahí que la familia Rebull contara siempre con algún miembro preponderante en la política municipal y nacional.
El grupo asistía con temor al auge alarmante de la industria, que amenazaba no solamente a la preponderancia social de los joyeros, sino a los principios en que esta se basaba; las piezas de tela arrancadas estrepitosamente a una máquina, el dinero que hiede a apresto, cosechado aprisa y sin pausa por manos sin el placer del tacto, eran presagio de revolución. A menudo, en una familia, los hermanos menores, más arriesgados, se habían lanzado con entusiasmo a la nueva actividad. Pero a los senatoriales joyeros, cuya conversación era trasunto de amplios puntos de mira en lo concerniente a la situación general y a Europa, les inquietaba que gentes sin estudios empezaran a intervenir en la dirección de una urbe cultivada, remansada y fina, ensanchada sin prisas, fundamentada con solidez, en siglos de bienestar sosegado.
El verdor recóndito de una esmeralda, la chispa de su entraña; las aristas de los brillantes, el descaro sorprendente de su irisación, de un morado, rojizo y fino; menester lento, ponderado, el de los joyeros…
Plateros y joyeros permanecían en su reducto, sumidos en el silencio de la calle, o en tertulia, a la caída de la tarde, en torno a los mostradores de terciopelo; pero su familia veíase mezclada a veces en el torbellino; un día era la noticia de que «fulano», un hombre «bien», había transferido su palco del Liceo a un nuevo rico; otro, que el hijo de un fabricante pretendía a la menor de las hijas de don Desiderio Rebull; el tercero, que uno de los joyeros de más fama aceptaba el encargo de montar la corona —verdadero relumbrón de pedrería— que el recién creado gremio de fabricantes — ¡horror!— se disponía a ofrendar a la Virgen de la Merced en el día de su fiesta.
Por la tarde, sobreviene sobre mi ciudad una tonalidad azul y dorada; los interiores de las casas parecen entonces recibir el reflejo de una temblorosa luz submarina, en la que floten los ademanes; se conversa sin levantar mucho la voz para no despertar prematuramente la noche.
En la tertulia de don Desiderio Rebull había costumbre de comentar las noticias del día, el artículo de fondo del Brusi, las novedades del África o de Madrid, la ópera de anoche en el Liceo…
—Debo confesar que no conozco a nadie —afirmaba don Desiderio—. Vuelvo la vista por los palcos; todo es gente nueva que no sabe cómo poner las manos; ellas, sobre todo, van al tocador para ponerse las sortijas sobre los guantes antes de que termine la función.
—Exagera, don Desiderio —interrumpió Ernesto Villar, abogado de gran porvenir, diputado el más joven a Cortes por los conservadores—. Siempre ha sido así. Tú que eres joyero también y no tienes prejuicios —añadió, dirigiéndose a otro contertulio, el joyero Ribas, hombre de unos cuarenta años, bajo y algo grueso con primoroso bigote—, ¿te fijaste en el broche de la mujer de Rius? ¡Vaya un dineral!
—Me fijé; no tanto como parece: unos quince mil duros.
—Ya es buena cifra.
—Sobre todo para estar hecha dándole a una manivela.
El autor de la observación era el decano de los joyeros, don Jacinto Miralles. Hombre ya anciano, de recortada barba blanca, lacio bigote, ojos muy vivos tras el espesor de las cejas fruncidas. Era un intransigente.
—Yo ya no voy al Liceo —prosiguió— ni a ninguna parte. No leo tampoco el diario; no me interesa ni la política de Madrid, ni apenas lo que va a ser de todos nosotros. Pero los progresos, el maquinismo y el cambio de las costumbres nos van a llevar muy lejos. Solo os digo que en cualquier caso sería intolerante. No quiero mezclas.
—Haga usted este sermón a don Desiderio —prosiguió tranquilamente Ernesto Villar—. Parece ser que su hija menor no le dice que no, por ahora, al mayor de los Rius.
—Dejaos de bromas. Todavía no la he puesto de largo.
—¿Qué Rius son estos? —preguntó don Jacinto.
—No tengo la menor idea —contestó don Desiderio— como no sean el broche y el escote de la señora, anoche. Pero si quieren, se lo puedo preguntar a Mariona —prosiguió, sonriendo—. O el mismo Villar se lo puede contar, puesto que parece tan seguro y tan bien informado.
Los Rius eran ya entonces una de las primeras fortunas de la ciudad. Recién llegado de América, adonde había ido con lo puesto, el padre estableció unos telares en la parte posterior de un almacén de coloniales que había instalado pocos meses antes. Prosperó velozmente. En dos lustros se sabía de tres solares adquiridos por él en la parte alta de la dudad, en uno de los cuales se estaba edificando a todo tren una gran casa de pisos. La fantasía de los barceloneses, sin distinción, daba vueltas en torno a dicha familia; se decía, por ejemplo —sin ninguna justificación—, que don Joaquín Rius había adquirido una cuadra de seis caballos y que en las grandes solemnidades los hacía enganchar a todos en la «victoria» para ir a dar una vuelta por las Ramblas. El artefacto tenía la virtud de embarullar la circulación; y se decía que para dar la vuelta a la Plaza de San Jaime el lacayo tenía que bajar y coger por la brida al primer tronco, que no se decidía a asumir por sí solo la responsabilidad de la maniobra.
La señora Rius tomaba muy en serio la reciente opulencia —afirmación aventurada, dado que la pobre doña Paula no hacía más que añorar sus tiempos de menestrala— y que no cesaba de mostrar en todo momento evidencias de la misma. La calumnia era, sin embargo, dulce y llevadera; aparte de sus joyas —se decía—, que lleva hasta para barrer (pues las caritativas lenguas afirmaban que la señora Rius no desdeñaba los menesteres más modestos, en recuerdo de sus años mozos), sentía el prurito de ofrecer a sus amistades opulentos chocolates a la manera de París y el empeño de abrirse, como fuera, un hueco en la mejor sociedad. Empeño, a nuestro entender, difícil, en tiempos en que la gente no se vendía aún por un chocolate.
Pero la propalación de tales fantasías no distraía al padre de su obligación. Acompañado de su primogénito se dirigía a las seis en punto a la fábrica, que ahora ocupaba ya enteramente el almacén más algunas derivaciones adheridas. Sin que mediara entre padre e hijo una sola palabra, casi ni los buenos días, caminaban suburbio adelante con paso regular, y el eco de sus pisadas resonaba con rotundidad en el empedrado solitario, húmedo de la bruma, como si se tratara de un solo caminar. Simultaneidad pareja a la de las reflexiones de ambos, pues se hallaban enfrascados.de tal modo en el trabajo del día que el silencio quedaba empañado de un cariño acrecentado por todas las complicidades de la sangre y de la empresa común. El hábito de diez años de madrugar juntos y a una hora invariable eliminaba en el curso del camino todo propósito consciente. Las contingencias de la ruta eran salvadas con regularidad matemática de un día a otro, de un año a otro; cada día cruzaban las aceras no solo en el mismo lugar, sino también sobre invariable adoquín, y a la misma décima de segundo.
El camino de la fortuna había sido arduo para don Joaquín Rius. Hijo de los dueños de una herboristería de la calle de la Paja, todas las mañanas salía con sus hermanos a recoger espliego, hierbaluisa, tomillo, en las laderas de las lomas vecinas. Estas hierbas, las de mayor consumo y menor rendimiento, son las que no crecían en la huerta artificial, hecha de rebrotes y de trasplantes, ni en los tiestos, de los que la rebotica de los padres de Rius estaba colmada; por el contrario, era preciso agarrarlas en el propio terreno, agacharse y acarrearlas, vivas aún, a la ciudad que reposaba en la planicie, comenzando lentamente a desvelarse. Los recuerdos de los primeros trabajos de Joaquín Rius van unidos al del propósito, todavía vago y presentido, de llegar hasta donde los demás; aquellos «demás», dueños de las berlinas que se detenían de tarde en tarde ante la puerta de la botica, y de las cuales bajaba apresurada un ama de llaves en busca del manojo prescrito para la pequeña, que se había resfriado, o para el reuma del abuelo; los «demás», dueños de los flamantes carruajes cuyo paso era saludado por el vecindario con reverencia respetuosa y solemne; los que en la procesión llevaban el hacha con una naturalidad condescendiente y delicada cual si llevaran un cetro. Sí; sobre todas las ambiciones, la de la preponderancia que da el dinero y no ciertamente por el dinero mismo; sabía que no se trata de un montón de metal muerto, sino de la vida misma, de la conciencia del trabajo; él es el espejo del alma, más aún que el rostro, que muda y envejece.
Por las noches, al salir de la tienda, iba con Paula, la hija de la planchadora, tan íntima de su madre, a pasear por las Ramblas y ambos llegaban caminando hasta el puerto, donde los bajeles aguardaban y se mascaba un olor acuciante de madera y de sal. Joaquín Rius permanecía absorto ante las panzas de los buques, la silueta altísima de un velero, el gallardete retorciéndose al viento en que culminaba el palo mayor. Paula tenía que sacarle de su ensimismamiento.
—No me haces caso…
—Pienso que no nos podremos casar nunca. No se puede hacer nada sin dinero.
—Con poco nos bastará.
—No quiero que nos baste.
—¿Y qué harías si tuvieras dinero? El dinero pone tristes a los hombres.
—No es verdad.
—Pero el dinero tiene que servir para algo.
—Para tenerlo.
Miraba los barcos y decía:
—¡Si hubiera nacido en un barco de estos en alta mar y hubiera vivido siempre en un barco así, quizá no hubiera sentido las ganas de ser rico y de tener dinero, porque no lo hubiera necesitado! Pero no es verdad; si hubiera nacido en un barco de estos, también hubiera querido trabajar para hacerme rico y bajar un día y no volver más al barco. De cualquier modo me habría dado cuenta de que los demás eran mejores que yo porque tenían más dinero; y hubiera querido ser como ellos.
Paula le miraba con conmiseración. Se quedaba un rato observándole, para concluir:
—No curarás nunca.
Y no curó. Murieron sus padres cuando tenía unos veinte años. En el tránsito del luto al medio luto se casó con Paula. Era una muchacha guapetona y propensa a la felicidad. Se pasaba el día planchando en el establecimiento de su madre, que tenía fama de puntual y esmerado y en el cual había siempre risas con el corro de planchadoras, primas hermanas y alguna jornalera, cantando y contándose chanzas. Era el centro de las habladurías del barrio, justo en el corazón de la ciudad y tan cercano a la herboristería, que el buen humor de las planchadoras era atribuido a esa proximidad que, al decir de ciertas clientes, les llenaba el tórax de emanaciones salutíferas. Pero la misma herboristería cuidaba de desmentir con su aspecto destartalado, por el que se adivinaba la falta de afición del dueño, la veracidad de aquel aserto. Las hierbas aromáticas tenían algo de la flora que emerge, contra viento y marea, en las rendijas de las losas del camposanto.
Por las noches, cuando Paula penetraba en su cuarto, recién acabado el trabajo en la cocina y puestos en sus estantes los platos y cubiertos, encontraba en la cama, una cama alta y trascendental, hecha de hierro con voluntad de orquídea o de crisantemo, a un marido acostado que miraba al techo, fumaba lentamente y no le dirigía una sola palabra a pesar de la locuacidad que la mujer derramaba, explicándole las minucias de la jornada. Joaquín Rius permanecía así dos o tres horas hasta que Paula, ya dormida, se desvelaba de pronto sin saber si era hora de levantarse o no, en la incertidumbre del sueño, justamente cuando el marido apagaba la mariposa azul del gas.
Tuvieron un hijo y luego otro, lo que demuestra que a veces el marido era bien capaz de volver en sí, y Paula cobró una rotundidad hermosa, como de fruto silvestre. Después de los partos volvía lozana a su trabajo; una vecina le bajaba el crío al establecimiento, donde Paula le daba de mamar abundantemente hasta que el pequeño, ya harto, volviera la cabeza del otro lado. Entonces ella lo devolvía a la vecina, se abrochaba, cogía la plancha y se la acercaba a la mejilla para comprobar la justeza de su temperatura; la plancha estaba en su punto, y la mejilla también. Se sentía el ceceo de la ropa blanca, salpicada de gotas de agua, al contacto de la superficie caliente del hierro, y un tufillo de sábana pulida, de lino impávido, mezclado al olor de ladera que emanaba de la herboristería, donde el marido fumaba en la oscuridad.
La noticia corrió como un reguero de pólvora, y causó sensación; pero Paula fue como todos los días al establecimiento, y aunque no rió ni habló —nadie pudo hacerlo— planchó como siempre. Joaquín Rius le había dejado únicamente un papel: «Me voy; no aguanto esta vida. Lo hago por ti y por nuestros hijos. Espérame. Volveré rico».
Por la noche, cuando se encontró sola en el cuarto frente a la cama monumental, tan ancha y desierta para ella sola y escuchando la respiración mínima de los dos pequeños, se echó a llorar. Al principio fue un llanto como un suspiro; pero cuando se dio cuenta de cómo las lágrimas aligeran del peso mortal de una jornada, pensando en su soledad, en tener que dormirse con la luz apagada, el llanto fue saliendo de más adentro; temía despertar a los niños, pero no lo pudo remediar. No recordaba haber llorado nunca.
Se acomodó a la nueva existencia, y ni por un instante pasó por su imaginación que el marido la hubiera engañado o fuera a engañarla. Pero ¿qué iba a hacer, solo, por esos mundos de Dios? ¿Y adónde habría ido, sin ropa y con cuatro cuartos? Se conformaba diciéndose: «¡Si es para bien…! A los hombres no se les puede llevar la contraria».
«Joaquín tiene demasiado amor propio —pensaba—. No toleraba verme trabajar de esa manera; no quería creer de ningún modo que yo trabajo por gusto».
Parecía la menos apenada de todas.
Mandó a los niños a la escuela y sentía un placer especial en salir los jueves por la tarde con ellos a comprarles un «plumier» o una libreta, o las flores de papel para la procesión del Corpus.
Recibía noticias del marido una vez al año, por Navidad. A los diez meses recibió su primera noticia. Eran unas líneas escritas desde Valparaíso y que corrieron de mano en mano; las dio a leer incluso al pequeño, que tendría a la sazón año y medio. Rius le informaba de que había adquirido pasaje en un barco y que al llegar a América pasó días difíciles; pero que obtuvo por fin una plaza en ciertas plantaciones de cacao para observar el trabajo de los jornaleros, echar unas cuentas y vigilar el embarque de las mercancías. Tenía esperanzas de entrar en las oficinas de la plantación, donde, a no dudar, se le abrirían perspectivas mejores.
La segunda misiva, recibida al año siguiente, decía que no solo, en efecto, había entrado en las oficinas, sino que había barrido en ellas a determinados vejestorios y algún truhán. Ya tenía algunos ahorros. Si a Paula le hacía falta dinero no tenía más que escribir; por mediación de algún marinero de confianza de los barcos que hacían el alijo de las mercancías le sería enviado lo que pidiera.
La tercera carta llegó ya con el propio envío de dinero. Eran cinco billetes raros, grandes como estampas para colgar. «Las cosas van mejor, a Dios gracias. Dale algo al chico que te ha traído esto». Paula no sabía cuánto darle, pero se decidió por darle dos pesetas y un vaso de anís. Al propio tiempo se ofreció para lavarle y plancharle la ropa, sugestión que el marinero pareció no entender. Se decidió por llenarle de nuevo el vaso de anís, lo que excitó, por un momento, la locuacidad del emisario. Le dio buenas noticias de Joaquín, y a Paula le llamó la atención que al referirse a él le llamara «el señor Rius».
—El señor Rius es muy bueno —pareció entender.
Llegaron cinco cartas más, y cuando Paula esperaba la sexta, hizo su aparición el propio Rius, de improviso. Paula no hacía más que repetir a los niños, con lágrimas que no la dejaban ver ni hablar:
—Es papá, es papá…
El estaba desconocido.
Durante la ausencia había engordado; vestía terno azul oscuro, listado de anchas franjas blancas, muy ceñido, sombrero hongo gris, muy alto y rumboso con pequeñas alas ribeteadas, un chaleco crem…
—Es la última moda en Valparaíso. Claro, debido a mi cargo… —se justificaba.
Ella le contemplaba orgullosa; después le abrazó; y lloraba.
—¿Cómo te encuentras?
—No sé… Más, más…
¡Cuánto apetito la primera comida en familia! los niños observaban al intruso, que cuando reía hacía que trepidaran los cristales y que al besarlos —lo hizo muchas veces— les picaba con la barba. De vez en cuando se pellizcaban por debajo de la mesa.
Después de la comida él llevó su índice a los labios, anunciando una gran sorpresa; se dirigió a su cuarto; al comedor llegaba el ruido de los llavines; don Joaquín regresó de puntillas; dos botellas colgaban de sus manos.
¡Qué fogonazo de espuma el que se derramaba sobre los manteles y que acertaba por fin a dominarse; chorro precipitado en los vasos macizos, que cambiaban hasta el color al sentir la cosquilla del líquido fosforescente! ¡Qué cosquilleo raro produce en la nariz y en los oídos beber el champán despacito; sobre todo la segunda vez, cuando ya no se tiene miedo! Lo raro es que a Paula, tan habladora, en lugar de hacerla hablar la hacía callar; y después, de sopetón, al pretender hablar, le salía una vocecita rara como si fuera de otra. Ciertas palabras salían aprisa y redondas, y otras salían en punta, y otras no salían, sino que salía la de al lado. ¡Qué risa!
—Es el champán más caro del mundo —dijo el padre.
Los niños miraban muy serios las botellas, con gran respeto. Por la tarde la casa se llenó de visitas.
Al principio lamentó que no le dejaran en paz. ¡Con la ilusión con que había esperado el día de la llegada, para estar solo en su casa! Pero a medida que las horas fueron avanzando; a medida que uno tras otro le estrechaban la mano, le preguntaban por su vida, por las cosas de allá —si las mujeres eran negras o blancas, y si había negras que llevaban gafas, y si hay caníbales… («¡No, mujer, no —pontificó el panadero—, lo que hay son pieles rojas!»); y si se pasa miedo en alta mar, y si él hablaba el paraguayo, y un sinfín de cosas más—, Joaquín Rius se fue entonando; y el silencio que rodeaba sus palabras, y la hilera de ojos y de bocas abiertas y el poder decir, de vez en cuando, de paso, al enseñar el dije: «Sí; es marfil, esmalte y oro; marfil de la India»; o con relación al reloj: «En América son baratos; no me costó más que noventa pesos»; todo ello le inundaba de una dulce, profunda, encantadora satisfacción. Era la satisfacción de asir de nuevo la realidad de sus años mozos, y de asirla de una manera extraordinaria, como en un sueño. A última hora, cuando ya empezaba a sentir el peso de los párpados y la botonadura de las altas botas pellizcarle debajo de los botines —al tener que contestar por undécima vez que no, que no se había mareado en la travesía; pero que sí, que hubo una señora que se mareó—; se retiró a la alcoba y se tendió sobre la cama, mientras Paula iba contestando por su cuenta, añadiendo deliciosas fantasías, a las cuestiones que las visitas planteaban. Joaquín Rius, mirando al lecho, como antaño, se decía sonriendo: «Ya está; ya eres rico».
¿Ya está? Una voz repetía, por dentro: Todavía no. ¿Qué es ser rico? —pensaba—. ¿Esto? No hay que parar, la vida es lucha. Pensaba en la mujer y en los hijos y se quedó dormido.
Paula entró y le quitó los botines; desabrochó uno tras otro los botones de las dos botas; le puso los pies juntos, cubiertos por el cubrecama. Después, se encaminó a la cocina a preparar un poco de cena; un poco de nada, para los niños, porque ella no se sentía con ánimos de tragar ni un bocado más.
Esta cuestión —¿qué es ser rico?— le preocupó durante unos días. Por fin, llegó a una conclusión: ser rico es vivir de renta; es decir, no tener que trabajar para vivir. Inmediatamente comprobó que este hecho no le producía la menor alegría. Desde que murieron sus padres hasta que marchó a América no había trabajado para vivir, pero ¿podía afirmar que había sido rico entonces? Se había limitado a pasar las horas fumando detrás (¡el mostrador de la herboristería!); hubiera terminado loco. La fortuna, pues, no es en sí misma envidiable. Lo envidiable, lo apasionante, son las ganas de ser rico. Pero, por el hecho de serlo ya, acababa de clausurar justamente esta etapa. ¿Qué hacer?
La reorganización de la vida familiar le ocupó algunos meses. Además, la fortuna amasada en América era realmente considerable con relación a su vida de herbolario y le permitía ser considerado como hombre de fortuna, siempre y cuando no excediera el tren de vida llevado hasta entonces; pero no bastaba con relación a otra de tono superior.
Permanecieron en el piso de la calle de la Paja, si bien Paula dejó de trabajar en el establecimiento.
En resumidas cuentas —pensaba Joaquín Rius—, ser rico es saber gastar el dinero. Y el mejor sistema de gastarlo es emplearlo en lo que no pierda valor. Si podía dar a sus hijos una educación como la de los hijos de los «demás», ¿para qué quería los muebles, los carruajes y los palacios de aquellos? Hizo, pues, gestiones para que en el curso siguiente sus hijos pudieran ingresar como alumnos en los jesuitas.
Y nada más. Nada más, salvo la tristeza, que no había vuelto a sentir desde que madurara la fuga. ¿Será verdad lo que Paula le decía a veces, que el dinero hace poner tristes a los hombres? No. ¿Cómo iba a ser verdad? Lo que sucedía es que tenía que buscar una ocupación apasionante. ¿Y si fundara una sucursal o solicitara la representación de la casa en la que había trabajado, donde tenía invertidos sus ahorros? No es mala idea. Durante unos días estuvo barruntando. Lo consultó con Paula.
—Déjate de cosas. No vayas a perder lo que tienes. Pero la idea seguía dándole vueltas en el magín.
—Me siento joven, más joven que nunca; no puedo con la sopa boba.
Previa una correspondencia con la casa de América, instaló un almacén de coloniales, cacao, café y azúcar, en las afueras del Borne. Había que verlo los martes y los jueves, día del mercado. Al cabo de pocos meses los dueños de los restaurantes más acreditados no acudían a otro proveedor. Los hoteles, consultados precios y calidades, buscaban el café de Joaquín Rius. Su calidad de revendedor y socio de la casa exportadora, en una sola pieza, le situaba en superioridad de condiciones frente a la competencia. Al cabo de un año el personal del almacén se componía de cinco dependientes y tres mozos. A las siete de la mañana, en general, y los días de mercado a las cuatro y media o a las cinco, ya estaban él, con un mozo y el contable —verdadero hallazgo, llamado Llobet—, de guardia en el almacén, tasando, seleccionando y llenando pequeños saquitos con las muestras. Por las tardes iba al puerto, a enterarse del arribo de los barcos con el cargamento, o a controlar la descarga de este, acto que le emocionaba; se emocionaba con el recuerdo de los años pasados, con el olor de café crudo y de alquitrán y el verde plomizo de las aguas del puerto, reflejando un cielo terso. Satisfecho, se mezclaba entre los descargadores, les daba órdenes, golpes en la espalda, cigarrillos. Estos le llamaban Quim d’Amèrica. En el puerto era universalmente querido y le obsequiaban a menudo con un vaso de vino en una cualquiera de las tabernas del muelle, en las que siempre había marineros con camisetas de franjas horizontales, azules o rojas, grandes tatuajes de mujeres desnudas en los brazos y hasta en el cogote, gentes de grandes bigotes desaliñados, que manipulaban grasientos naipes. Pero él rehusaba el vaso de vino; a lo sumo pedía un vaso de agua con anís.
Llobet era tan diligente, iba tanto de un lado para otro, considerando haber entrado en una casa de porvenir, que en una ocasión en que el señor Rius tuvo que quedar unos días en cama no se notó en absoluto su ausencia; no faltó detalle. Al llegar de nuevo al almacén, puestos el guardapolvo y la gorra, que usaba para no resfriarse con las corrientes, don Joaquín preguntó a Llobet si había alguna novedad.
—Nada, don Joaquín. Las siete toneladas de caracolillo llegaron con cinco días de retraso y la casa Pagés y Roca se negaba a aceptarlo, alegando que estaba húmedo. Tuvimos que recurrir al peritaje y todo fue a pedir de boca. La casa Balet ha aplazado treinta días el pago…
—No importa, es casa seria.
—Finalmente, le quisiera decir…
—¿Qué pasa, Llobet?
—Me caso el mes que viene y quisiera que me diera usted unos días de permiso, si no es que…
—¿El mes que viene? Hombre de Dios, ¿cómo no me lo había dicho?
—Es que…
—Tiene usted concedidos los días de permiso y puede usted contar con un aumento de sueldo de cincuenta pesetas.
El empleado le estrechó la mano con una efusión multiplicada por cincuenta.
—Muchas gracias, señor Rius. Dios se lo pague.
—Si las cosas siguen bien, tendrá usted una situación excelente en esta casa. Y muchas felicidades.
Cuando regresó a su casa, el señor Rius se había percatado de que el trabajo del almacén al cabo de un tiempo marcharía solo. Esta idea le desazonaba.
—¿Y si probara lo que explicaba Clapés, de Londres? —se iba repitiendo—. Un telar no es nada del otro mundo y cabría en el almacén.
¿Y si probara?
Probó. Marchó a Londres y quedó infundido del espíritu del negocio. Pasó allí seis meses. Escribía a Paula cada semana. Al regresar traía embalada en unas cajas con muchos nombres raros una serie de ruedas y de tornillos y palancas, que fueron desembalados solemnemente en el almacén. Llevaba también un prospecto con intrincadas indicaciones.
—¿Y tú tienes que hacer este rompecabezas?
—No, mujer, no; hay que esperar a que venga el técnico. Paula preguntó:
—¿Qué es eso?
Pero cuando vio que se trataba de un hombre, y lo aprisa que daba forma al artefacto y la manera cómo los bracitos de metal, las pequeñas pinzas se ponían en movimiento y que el conjunto iba a dar con puntería allí donde era preciso que recogiera un hilo; cuando vio que el ovillo giraba aprisa; que de allí salía una pieza de tela larga, larguísima; y que no era mentira; entonces Paula suspiró y tuvo que sentarse, acalorada, sobre unos sacos de cacao tumbados en un rincón como cerdos dormidos.