EL PISAPAPELES
Durante la estación lluviosa, el señor Nakano tenía menos trabajo porque no podía abrir el puesto en el mercado callejero donde solía vender los fines de semana. Además, la gente hacía menos mudanzas, de modo que las recogidas también escaseaban.
—¿Por qué siempre encontramos gangas entre el material que recogemos cuando hay una mudanza? —le preguntó Takeo, con una lata de café en la mano.
El señor Nakano reflexionó mientras apagaba el cigarrillo aplastándolo contra la tapa de su lata vacía. Como había usado la lata a modo de cenicero, las cenizas acumuladas alrededor de la tapa llegaban hasta los bordes y parecían a punto de derramarse. Aunque tuviera un cenicero al alcance de la mano, el señor Nakano prefería utilizar cualquier otra cosa.
—¿Por qué el señor Nakano nunca utiliza el cenicero? —le pregunté un día a Takeo disimuladamente.
—Porque si lo utilizara no podría venderlo —me respondió él.
—¡Pero si ni siquiera es antiguo! Es un cenicero de propaganda de los que regalan en cualquier parte —repuse sorprendida.
—Es un empresario bastante avaro —dijo Takeo, sin inmutarse.
—¿Avaro? Para ser tan joven utilizas palabras un poco anticuadas, ¿no? —observé.
—Es que lo dicen mucho en la serie Mito Komon.
—¿Sigues Mito Komon?
—Sí. Yumi es mi favorita.
Me imaginé a Takeo contemplando embelesado a Yumi Kaoru y dejé escapar una risita. De vez en cuando, en la tienda del señor Nakano aparecía algún póster en el que esa actriz anunciaba una marca de repelente para mosquitos. Durante una temporada, fue uno de los artículos más vendidos: en cuanto entraba en la tienda, en menos de una semana venía alguien y se lo llevaba. Cuando todos los fans consiguieron el póster, el ritmo de ventas bajó un poco.
—Pues eso. Cuando una familia se muda a un lugar mejor, quiere cambiar lo que tiene en casa por cosas mejores —le respondió el señor Nakano a Takeo—. Por eso salen bastantes cosas buenas y baratas.
—Buenas y baratas —repitió Takeo, y el señor Nakano asintió sin inmutarse.
—¿Y qué pasa cuando una familia se muda a un sitio peor? —insistió Takeo.
—¿Quién se muda a un sitio peor? —rio el señor Nakano. A mí también me hizo gracia la expresión, pero Takeo permanecía muy serio.
—Una familia que tiene que huir en mitad de la noche sin pagar el alquiler, por ejemplo, o un matrimonio que se separa.
—Pues eso. En caso de apuro, la gente no tiene tiempo de pedir que alguien venga a recoger los trastos que ya no quiere —repuso el señor Nakano, mientras se levantaba y se sacudía la ceniza del delantal negro.
—Claro —respondió Takeo brevemente, y también se levantó.
A última hora de la tarde empezó a llover con más intensidad. Tuvimos que entrar el banco de madera que solía estar en la calle, de modo que el poco espacio que había dentro de la tienda se redujo todavía más. El señor Nakano desempolvaba con un plumero todos los artículos en venta. «Que sean trastos viejos no significa que deban estar siempre llenos de polvo —decía a menudo—. Precisamente los objetos viejos tienen que estar limpios, pero no demasiado. Es difícil, ¿verdad? Cuesta encontrar el término medio», añadía con una misteriosa sonrisa, plumero en mano.
Takeo salió para ir a tirar las latas de café al contenedor de reciclaje que había al lado de la máquina expendedora de bebidas. Fue corriendo para no tener que abrir el paraguas. Cuando volvió, estaba empapado. El señor Nakano le arrojó una toalla con el dibujo de una rana. Era uno de los objetos que habían encontrado entre el material de la última recogida. Takeo se frotó enérgicamente el pelo y colgó la toalla en la esquina del mostrador. El color verde de la rana se oscureció con la humedad. La ropa de Takeo olía a lluvia.
Llevábamos días sin ver a Masayo.
Me di cuenta al oír que el señor Nakano pronunciaba su nombre mientras hablaba por teléfono en la trastienda:
—¿Masayo? Es verdad. Qué raro. Pero…, es increíble —dijo.
—¿Le habrá pasado algo a Masayo? —le pregunté a Takeo, que estaba sentado sin saber qué hacer en el banco que habíamos entrado para que no se mojara.
—Ni idea —repuso él, tomándose otra lata de café.
Unos días antes, le pregunté si le gustaba ese café y él me miró sorprendido. «¿Que si me gusta?», repitió, extrañado. «Lo digo porque siempre tomas el mismo», aclaré. «Nunca me lo había preguntado —repuso Takeo—. Te fijas en cosas muy raras, Hitomi». Desde que habíamos mantenido esa conversación, Takeo seguía tomando café de la misma marca. Yo lo había probado una vez, pero lo había encontrado demasiado dulce para mi gusto. Sabía a café con leche azucarado. Takeo estaba arrellanado en el banco, con las piernas abiertas.
—Vamos, ¡a trabajar! —dijo el señor Nakano mientras regresaba de la trastienda. Takeo se levantó despacio y salió de la tienda haciendo tintinear las llaves de la camioneta y sin abrir el paraguas, fiel a su costumbre. El señor Nakano exhaló un sonoro suspiro mientras lo seguía con la mirada.
—¿Ocurre algo? —quise saber. El señor Nakano estaba deseando que le hiciera esa pregunta. Cuando suspiraba o hablaba para sí mismo era porque necesitaba hablar con alguien. Si yo no le hubiera preguntado nada, me lo habría contado de todas formas, pero antes de empezar me habría dado la lata con uno de sus pequeños sermones.
Desde que había observado que Takeo siempre se anticipaba a los sermones de nuestro jefe preguntándole si había ocurrido algo, yo intentaba seguir su ejemplo y hacía lo mismo. En cuanto oía la pregunta, el señor Nakano empezaba a hablar como una manguera que escupía agua a borbotones. Si no te interesabas por sus problemas, en cambio, la boca de la manguera se atascaba y sólo escupía extraños sermones.
—Sí, verás —empezó el señor Nakano con fluidez—, resulta que Masayo…
—¿Le ha pasado algo a su hermana?
—La ha seducido un hombre.
—¡Vaya!
—Y parece que él ya se ha instalado en su casa.
—¿Están viviendo juntos?
—Así es como lo llamáis los jóvenes. Yo diría más bien que juegan a ser Sachiko e Ichiro.
—¿Quiénes son Sachiko e Ichiro?
—¡Por el amor de Dios! ¡Los jóvenes me sacáis de quicio!
Por lo visto, la persona que había llamado era su tía, Michi Hashimoto, la hermana del difunto padre del señor Nakano. La tía Michi se había casado con el joven dueño de una tienda de artículos deportivos del barrio. Lo de «joven» era antes, naturalmente. Por entonces ya estaba jubilado y le había traspasado el negocio a su hijo, que tenía la edad del señor Nakano.
Unos días antes, la tía Michi había comprado un par de tartas en la cafetería Poesie y había ido a visitar a Masayo a su casa. Las tartas de Poesie no eran nada del otro mundo, pero la tía Michi tenía la costumbre de comprar en las tiendas del barrio. «En la tradición está el éxito», le decía siempre al señor Nakano que, delante de ella, asentía obedientemente, pero luego me decía riendo: «En este distrito comercial, las tradiciones ya se han ido al garete».
El caso es que la tía Michi compró dos tartas de queso en Poesie y fue a visitar a Masayo. Llamó al timbre, pero no obtuvo respuesta. Cuando ya empezaba a pensar que Masayo no estaba en casa, hizo girar el pomo de la puerta, que al no estar cerrada con llave se abrió en cuanto la anciana la empujó hacia dentro. La tía Michi escrutó el interior, temiendo que hubiera entrado un ladrón. Entonces oyó un ruido sordo. Al principio pensó que eran imaginaciones suyas, pero era un ruido de verdad. No parecía la voz de una persona, ni tampoco sonaba como si fuera música. Era un ruido sordo y pesado, como si un animal se arrastrara por el piso.
La tía Michi se puso en guardia, convencida de que eran ladrones. Sacó de su bolso la campanilla que siempre llevaba consigo para ahuyentar a los pervertidos y se dispuso a armar un buen escándalo.
—A su edad todavía lleva una campanilla para los pervertidos —susurró el señor Nakano, interrumpiendo su explicación.
—El barrio es cada vez más peligroso —repuse yo, y él meneó la cabeza.
—Lo que no entiendo es qué necesidad tenía de meterse en la boca del lobo. Si estaba convencida de que había ladrones, debería haber salido corriendo —razonó, exhalando un profundo suspiro. Lo que en realidad quería decir era que ojalá la tía Michi se hubiera ido del piso. Así no habría descubierto que Masayo estaba con un hombre.
Michi permaneció unos instantes en el recibidor, hasta que empezó a oír algo que parecían gritos.
—¿Gritos?
—Pues eso, como si Masayo y ese hombre estuvieran…, ya sabes —dijo exasperado el señor Nakano, agitando frenéticamente el plumero.
—¡No me diga que estaban haciendo el amor!
—Una jovencita como tú no debería ser tan explícita, Hitomi.
El señor Nakano volvió a suspirar con cara de inocente, como si no fuera él quien me había dado pie a que hiciera preguntas explícitas.
La tía Michi entró sin avisar, abrió la puerta corredera de papel y vio a Masayo frente a un hombre desconocido. Entre los dos había un gato.
—No estaban haciendo el amor, por lo menos en ese momento. Los gritos eran los maullidos del gato.
—Entonces no fue tan grave, ¿no?
—No. ¡Menos mal que sólo era el gato! Si la pobre tía Michi llega a sorprenderlos con las manos en la masa, habrían tenido un problema mucho más gordo —dijo el señor Nakano, como si Masayo hubiera cometido un crimen.
—Pero su hermana es soltera, se supone que puede invitar a su casa a quien quiera —argumenté.
—Hay una cosa que se llama decencia —dijo el señor Nakano, y sus rasgos se endurecieron.
—Ya.
—Tenemos muchos conocidos en el barrio, y su conducta podría traernos problemas.
—Entonces, ¿Masayo tiene algún tipo de… relación con ese hombre?
—No se sabe.
La continuación de la historia era bastante confusa. La tía Michi le preguntó a Masayo de dónde había salido ese hombre y qué tipo de relación mantenía con él, pero ella se mantuvo imperturbable, guardando un silencio obstinado que no rompió en todo el rato. Michi también intentó interrogar a su compañero, del que sólo obtuvo respuestas evasivas.
Al final les arrojó la caja que contenía las tartas de queso y se fue. «¡Con la ilusión que me hacía compartirlas con ella!», le había dicho por teléfono al señor Nakano, enfurecida. Como consecuencia, y por el hecho de ser el único hermano de Masayo, el señor Nakano recibió una dura reprimenda de la tía Michi, que lo conminó a vigilar más de cerca a su hermana mayor.
—Eso es porque sólo compró dos miserables tartas de queso. Si hubiera comprado diez o veinte…
—¡Qué exagerado!
—Pues eso. No puedo vigilar de cerca a una mujer que ya tiene más de cincuenta años. —El señor Nakano frunció el ceño—. ¿Qué voy a hacer, Hitomi?
Tuve la tentación de responderle que ese asunto no era de mi incumbencia, pero no podía hablarle así a mi jefe, ni siquiera en broma. Me gustaba mi trabajo, y el señor Nakano tampoco me desagradaba. El sueldo por hora no era gran cosa, pero la suma total era proporcional a las tareas que me encomendaban.
—Masayo te aprecia mucho.
—¿Cómo? —pregunté. Nunca había oído decir que Masayo tuviera una predilección especial por mí, y ella tampoco me lo había demostrado.
—¿Por qué no te pasas por su casa un día de estos?
—¿Yo? —exclamé, elevando mi tono de voz.
—Para ver qué clase de hombre es el que vive con ella —dijo el señor Nakano, con una voz deliberadamente neutra.
—¿Por qué yo?
—Porque sólo puedo pedírtelo a ti.
—Pero…
—Mi mujer no se lleva demasiado bien con ella. Sólo tienes que hacerle una visita. Te pagaré las horas extras —me pidió, juntando las manos a modo de súplica.
—¿Qué quiere decir con eso? —le pregunté, y él me guiñó el ojo.
—No se lo digas a Takeo ni a mi hermana —dijo, mientras abría la caja registradora y me entregaba un billete de 5000 yenes—. Yo no puedo hacer nada. Sólo te pido que vayas —insistió, y me apresuré a guardar el billete en mi monedero.
Aquella noche entré en el minimercado que había de camino a mi casa. Además del arroz con pollo que siempre me llevaba para cenar, cogí dos latas de cerveza. También metí en la cesta dos pequeños rollos de chikuwa de pescado con queso y un aperitivo de sepia frita deshidratada con sabor a mayonesa. Tras una breve vacilación, también cogí dos latas de shochu con tónica, unos pastelitos de crema y zumo de verduras envasado. Antes de pagar, cogí una revista semanal y me dirigí a la caja. El total ascendió a 3000 yenes y pico.
Mientras caminaba por la oscura calle, me vino a la mente la expresión «dinero fácil». Las latas repiqueteaban dentro de la bolsa. Me senté en un banco del parque que había a medio camino y me tomé una de las cervezas. Además, abrí la bolsa que contenía los rollitos de chikuwa y me comí tres. La lluvia que había estado cayendo hasta primera hora de la tarde había dejado el banco mojado. Por un instante pensé que, si Takeo estuviera ahí conmigo, compartiríamos una cerveza, pero enseguida rectifiqué y me di cuenta de que prefería estar sola. Aunque todavía me quedaba media cerveza, me levanté porque tenía los vaqueros húmedos y vacié la lata mientras caminaba, bebiendo a pequeños sorbos. Había decidido visitar a Masayo a la mañana siguiente. La estrecha luna en cuarto creciente brillaba en lo más alto del cielo, rodeada de una fina bruma.
Las cejas de Masayo parecían dos lunas en cuarto creciente.
Aunque llevara muy poco maquillaje y apenas se pintara los labios, Masayo siempre estaba resplandeciente. Sus facciones estaban enmarcadas en un rostro perfectamente ovalado. De joven debía de ser una auténtica belleza. La cara del señor Nakano tenía una forma muy parecida a la de su hermana, pero sus rasgos eran más angulosos y tenía la piel bronceada como un terrón de azúcar moreno.
Lo único que Masayo parecía arreglarse eran las cejas, que describían una suave curva que recordaba los cuadros de principios del siglo XX. Un día me dijo que se depilaba las cejas con pinzas, arrancándose los pelos uno por uno. «Tengo un poco de vista cansada y a veces me falla el pulso —me confesó un día entre risas—, pero llevo tantos años depilándome las cejas que apenas me crecen los pelos». Al oír sus palabras, reseguí con el dedo mis tupidas cejas. Como casi nunca me las depilaba, los pelos crecían libremente.
Llamé al timbre y Masayo me abrió enseguida.
En el recibidor, encima del armario zapatero, tenía dos muñecas de la exposición que se había celebrado medio año antes, un niño y una niña altos y larguiruchos. Me puse las zapatillas que ella me ofreció y la seguí. Después de mucho dudar, había decidido comprar cuatro tartaletas en Poesie, y se las di en cuanto me invitó a entrar. Ella se echó a reír, tapándose la boca discretamente con la palma de la mano.
—Mi hermano Haruo te ha pedido que vengas, ¿verdad?
—Sí —reconocí.
—¿Cuánto dinero te ha dado? —me preguntó.
—N… no, no he venido por el dinero —titubeé precipitadamente, y ella arqueó sus cejas en forma de luna creciente.
—Él no quiere venir porque sólo empeoraría las cosas —dijo.
Entonces le hablé sin querer de las «horas extras» que me había pagado el señor Nakano. En realidad no fue del todo involuntario. Una malvada parte en mi interior quería ver cómo reaccionaría Masayo en cuanto le desvelara la cifra.
—Ya. Así que 5000 yenes. ¡Será tacaño! —dijo, pinchando con un tenedor la tartaleta de limón de Poesie.
—Lo siento —me disculpé cabizbaja, mientras pinchaba la tarta de cereza.
—Te gusta el hojaldre, ¿verdad, Hitomi?
—¿Cómo?
—Tartaletas de cereza, de limón, una pasta de hojaldre y una tarta de manzana —dijo Masayo, enumerando como un pájaro cantarín los cuatro pastelitos distintos que había comprado en Poesie. Luego se levantó, abrió el pequeño armario que había bajo el teléfono y sacó su monedero—. Esto es para que le mientas a mi hermano —dijo, mientras envolvía un billete de 10 000 yenes en un pañuelo de papel y lo dejaba al lado de mi plato, que contenía un trozo de tarta de cereza.
—No puedo aceptarlo —rechacé apartando el pañuelo, pero ella volvió a cogerlo y me lo metió en el bolsillo. El pañuelo se dobló y dejó al descubierto la esquina superior del billete.
—Tranquila. Si Haruo quiere arreglarlo así, así lo arreglaremos. Cómete la tarta de manzana, si quieres —me ofreció Masayo mientras me daba unas palmaditas en el bolsillo. El pañuelo de papel se movió—. Es increíble que una cincuentona como yo no pueda hacer lo que le dé la gana —refunfuñó Masayo, opinando exactamente lo mismo que su hermano, mientras se llevaba a la boca el pastelito de limón. Al mismo tiempo, yo devoraba el de cereza.
En cuanto terminó, se abalanzó sobre la tarta de hojaldre. Mientras comía, empezó a hablarme de su novio, que se llamaba Maruyama. Igual que su hermano, Masayo parecía una manguera que escupía agua a borbotones en cuanto alguien abría el grifo.
—Maruyama es un hombre al que yo rechacé tiempo atrás —me explicó Masayo, visiblemente contenta—. Luego se casó con Keiko, la hija de un comerciante de arroz de la ciudad vecina, y formó una familia, pero se ha divorciado hace poco. Keiko se fue de casa y le dejó una carta de divorcio que él aceptó enseguida. Por lo visto ella se asustó bastante porque no esperaba que su marido aceptara el divorcio tan pronto.
La manguera de Masayo escupía agua sin parar. Me enseñó una fotografía en la que aparecían los dos juntos con un templo de fondo. El señor Maruyama era un hombre de mediana estatura con los ojos caídos.
—Es el templo de Hakone —me explicó animadamente—. Los objetos de madera son muy típicos de la región.
Masayo entró en la habitación del fondo y salió con una cajita de madera hecha a mano.
—Qué bonita —dije, y ella sonrió. Los extremos de sus cejas bajaron un poco.
—Me gustan los objetos artesanales. Es preciosa, ¿verdad?
Yo asentí vagamente. Al parecer, el gusto por el arte tradicional era una característica de la familia Nakano.
—Este es para Maruyama —dije, empujando hacia ella el pastelito de manzana que no me había comido.
—De acuerdo —repuso Masayo, y lo guardó delicadamente en la caja. A continuación, acarició la cajita de madera de Hakone.
—¿Qué debería contarle al señor Nakano? —le pregunté a Takeo.
—Lo que te parezca más adecuado —me aconsejó él mientras bebía a sorbos un cóctel de limón.
Había decidido invitarlo a tomar algo con los 10 000 yenes que me había dado Masayo. A pesar del alcohol, Takeo estaba tan taciturno como de costumbre. Yo le iba haciendo preguntas inconexas: ¿Te gusta ir al cine? ¿Cuál es tu videojuego favorito? Es divertido trabajar en la tienda del señor Nakano, ¿no te parece? ¿A que está rico el hígado crudo que tienen aquí? Takeo se limitaba a darme respuestas breves y concisas: No mucho. Lo normal. Bastante. Sin embargo, de vez en cuando levantaba la vista y me miraba a los ojos. Entonces me daba cuenta de que se encontraba a gusto conmigo.
—Masayo estaba muy contenta.
—Estaría ilusionada con su nuevo novio —dijo Takeo sin inmutarse.
—¿Cómo te va con tu novia? —le pregunté, movida por un impulso.
—Ni bien, ni mal —repuso él—. Llevo cuatro meses soltero —añadió, sorbiendo el cóctel.
—Pues yo ya llevo dos años, dos meses y dieciocho días —confesé.
—¿Llevas la cuenta exacta? —rio él. Cuando reía, Takeo parecía mucho más frío que cuando estaba serio.
«Pesa mucho —me había dicho Masayo—. Maruyama pesa mucho más de lo que parece», susurró, acariciando la cajita de madera. «¿Se refiere a su peso corporal?», le pregunté. «Bueno, quizá podríamos llamarlo así», repuso ella, enarcando sus cejas en forma de luna creciente y sofocando una risita.
Mientras observaba la fría expresión de Takeo, no pude evitar acordarme de la risita de Masayo. Era un ruido gutural que no sabría cómo definir, misterioso y secreto. Eso es, era una risa misteriosa.
—¿Piensas quedarte mucho tiempo en la tienda, Takeo?
—Ni idea.
—El señor Nakano es todo un personaje.
—Sí, lo es.
Takeo parecía concentrado en un punto muy lejano. Con el dedo amputado de la mano derecha se acarició el meñique de la izquierda.
—¿Puedo tocarlo? —le pedí cuando ya llevaba un rato observando sus movimientos, y él me dejó tocar el muñón. Mientras tanto, cogió el vaso con la otra mano y lo vació inclinando la cabeza hacia atrás y mostrándome todo el cuello.
—Es como un pisapapeles —dije, mientras apartaba la mano de su dedo.
—¿Un pisapapeles?
«Maruyama es como un pisapapeles —me había dicho Masayo—. ¿No te parece, Hitomi? Cuando un hombre está encima de ti, ¿no te sientes como un papel atrapado bajo el peso de un pisapapeles?». «¿Un pisapapeles es eso que hay en los estuches de caligrafía?», le pregunté. Ella frunció el ceño. «Los jóvenes me sacáis de quicio… Nunca has usado un pisapapeles, ¿verdad? No sólo sirve para sujetar el papel de caligrafía, sino cualquier tipo de hoja», dijo Masayo, y empezó a pinchar con el tenedor las migas de hojaldre que quedaban en el plato. «En la tienda del señor Nakano hay uno». «Sí, son muy prácticos. Yo los uso para sujetar los recibos. Si no, se van acumulando y al final acaban desperdigándose por todas partes. Por eso tengo que sujetarlos», me explicó. Entonces creí recordar que yo también había usado alguna vez un pisapapeles.
—¿Tú pesas mucho, Takeo?
El alcohol me subía rápidamente a la cabeza.
—¿Quieres probarlo?
—No, ahora no.
—Puedes probarlo cuando quieras.
Takeo también tenía la mirada enturbiada por culpa del alcohol. No parecía muy pesado. El señor Nakano también tenía el aspecto de ser un hombre ligero. Aquella noche, me gasté casi 6000 yenes. Takeo y yo acabamos borrachos como cubas y nos besamos dos veces durante el camino de vuelta. La primera vez fue en la entrada del parque, y nuestros labios sólo se rozaron suavemente. El segundo beso fue junto a los arbustos. Cuando introduje la lengua en su boca, él hizo ademán de retroceder.
—Uy, perdón —murmuré.
—Tranquila —repuso él mientras me metía la lengua en la boca, de modo que su respuesta sonó como dranguila.
—¿Cómo que «dranguila»? —dije yo, riendo. Él también se echó a reír, y ya no volvimos a besarnos. Cuando me despedí de él agitando la mano y diciéndole adiós, Takeo también me dijo adiós en vez de despedirse con su habitual «chao». Su adiós sonó terriblemente inseguro.
—Masayo estaba sola. No había ningún hombre con ella, por lo menos cuando fui a verla —le hice saber al señor Nakano.
—Bueno, menos mal —repuso él, aliviado. Mientras tanto, Takeo arrastraba el banco para sacarlo a la calle.
Después de muchos días de lluvia, el cielo había amanecido despejado. El señor Nakano empezó a colocar ordenadamente encima del banco la lámpara, la máquina de escribir y los dos pisapapeles, como siempre.
—Un pisapapeles —susurré, y Takeo me dirigió un breve vistazo.
—Sí, un pisapapeles —añadió en voz baja.
—¿Qué os pasa con el pisapapeles? ¿Es una especie de contraseña? —intervino el señor Nakano, interrumpiéndonos.
—Qué va —desmintió Takeo.
—En absoluto —corroboré yo.
Nuestro jefe fue a recoger la camioneta meneando la cabeza. Ese día había tres recogidas previstas. El señor Nakano llamó a Takeo, que lo siguió enseguida.
Quizá debido al buen tiempo, el tráfico de gente fue constante. Normalmente la mayoría de los clientes daban una vuelta alrededor de la tienda y se iban sin comprar nada, pero ese día hubo varias personas que se acercaron a la caja con algún artículo. Eran cosas de poco valor, como platos pequeños y camisetas de segunda mano, pero el timbre de la caja registradora no paraba de sonar. El flujo de clientes no disminuyó por la tarde. Cuando dieron las siete, la hora de cierre habitual, empezaron a llegar los que acababan de salir del trabajo y volvían a sus casas. A las ocho, cuando el señor Nakano y Takeo terminaron la última recogida y regresaron a la tienda, todavía quedaban dos clientes, y decidimos bajar la persiana hasta la mitad.
—Ya estamos aquí —dijo el señor Nakano al entrar. Takeo entró detrás de él sin decir nada.
Al oír el chirrido de la persiana, uno de los clientes se fue y el otro se acercó a la caja para pagar. Se llevó un cenicero y un pisapapeles. El cenicero era el que el señor Nakano nunca quería usar.
—¿Cuánto vale esto, señor Nakano? —le pregunté mientras miraba alternativamente el cenicero y a mi jefe, que se acercó a la caja.
—Este pisapapeles es una ganga, se nota que tiene buen ojo —le dijo al cliente el señor Nakano, que no escatimaba elogios.
—¿Usted cree? —dijo el cliente, poco convencido.
—El cenicero vale 500 yenes. No, se lo dejaremos por cuatrocientos cincuenta —decidió.
El rostro de Takeo permaneció completamente inexpresivo mientras apilaba cerca de la entrada de la tienda varias cajas de cartón repletas de los diversos objetos que habían recogido durante el día.
Cuando el último cliente se fue, el señor Nakano acabó de bajar la persiana.
—Tengo el estómago vacío —dijo a continuación.
—Yo estoy hambriento —dijo Takeo.
—Yo también tengo un poco de hambre —añadí yo.
El señor Nakano descolgó el teléfono y pidió tres raciones de cerdo rebozado con arroz.
—¿De qué iba eso del pisapapeles? —nos preguntó mientras comíamos. Ni Takeo ni yo nos dimos por aludidos. Los dos hombres olían a sudor. De repente, cuando terminó de comer, Takeo se echó a reír.
—¿Qué pasa? ¿De qué te ríes? —le preguntó el señor Nakano.
—Ha vendido el cenicero… —dijo Takeo, sin dejar de reír. El señor Nakano se levantó, ligeramente ofendido, y empezó a lavar su cuenco en el fregadero.
En el estante, junto a las cajas de cartón que Takeo había dejado apiladas, el pisapapeles en forma de tortuga se había quedado solo, porque el último cliente del día se había llevado el conejo. En el interior de la tienda oscura sólo se oía el chapoteo del agua mientras el señor Nakano fregaba su cuenco. Takeo no paraba de reír.