LA PERA DE BOXEO

En el primer momento, no supe dónde estaba.

Un débil rayo de luz se filtraba a través de la cortina. El «pi, pi, pi» del despertador que había junto a mi almohada se fue acelerando hasta convertirse en un pitido continuo. Al final, tuve que alargar la mano para apagarlo.

Aún medio adormilada, recordé que ya no vivía en mi antiguo barrio, en el piso cercano a la Prendería Nakano, sino en un apartamento aún más pequeño pero muy céntrico que se encontraba a cinco minutos andando de la estación de los ferrocarriles, en la segunda planta de un bonito edificio de fachada blanca.

Ya hacía dos años que me había mudado.

Salí de la cama despacio, puse los pies en el suelo y entré parpadeando en el cuarto de baño. Me lavé la cara y me cepillé los dientes. El tubo de la crema facial que me había puesto la noche anterior estaba abierto. Eché un vistazo a mi alrededor y me di cuenta de que el tapón triangular estaba en un rincón del lavabo. Lo cogí y lo enrosqué en la boca del tubo.

Saqué una lata de zumo de tomate de la nevera. La abrí con un chasquido y la vacié a morro. Como había olvidado agitarla, al principio sólo salió un líquido aguado que de repente se espesó.

Una gota de agua cayó de mi flequillo. Cuando terminé de tomarme el zumo, enjuagué la lata, la dejé boca abajo en el escurreplatos y contemplé mi imagen reflejada en el pequeño espejo junto a la cama. Tenía los lóbulos de las orejas enrojecidos. Me los acaricié con los dedos. Estaban fríos.

Abrí la ventana y una ráfaga de viento irrumpió en el piso. Era un aire frío y húmedo de pleno invierno. Cerré precipitadamente y me puse una camisa de manga larga, unas medias, una falda gruesa y un jersey. Saqué del estante superior del armario el abrigo beige que me había comprado dos semanas antes en el mercadillo y lo dejé encima de la cama.

Me volví de nuevo hacia el espejo, cogí un poco de base de maquillaje con el dedo y me la extendí en los pómulos, la punta de la nariz y la frente. Me había acostumbrado a subir al tren abarrotado para ir al trabajo, a mantener las distancias con las compañeras que tenían contrato fijo y a crear hojas de cálculo, pero no conseguía acostumbrarme a maquillarme cada mañana.

Cuando trabajaba en la tienda del señor Nakano, apenas era consciente de que existía algo llamado «base de maquillaje». Me limitaba a ponerme loción facial y, si me apetecía, un poco de brillo en los labios. Eso era todo.

Hacía unos tres años que la Prendería Nakano había cerrado.

Pronto haría medio año que trabajaba en una empresa de productos dietéticos de Shiba. Me habían renovado el contrato dos veces, pero no creía que lo hicieran de nuevo. Era una lástima, porque me sentía a gusto en la empresa.

Mientras me empolvaba las mejillas, hice ligeras rotaciones de hombros. Me dolía la espalda porque pasaba muchas horas sentada delante de un ordenador. Sin dejar de mover los hombros, decidí que el sábado iría al nuevo centro de masajes que habían abierto delante de la estación.

Hace unos días, después de mucho tiempo, salí a tomar algo con Masayo.

—¡No me puedo creer que seas oficinista, Hitomi! —exclamó mientras se servía una copa de sake caliente.

—No estoy en plantilla, estoy contratada a través de una empresa de trabajo temporal.

—¿Y qué diferencia hay?

Mientras se lo explicaba, ella me escuchaba asintiendo con la cabeza. Sin embargo, tuve la sensación de que pronto olvidaría lo que le estaba contando.

Por lo visto, últimamente Masayo estaba muy ocupada. Su exposición de muñecas había ganado un premio bastante prestigioso en el mundo del arte.

—Sólo me han dado 50 000 yenes en metálico, pero lo importante es la reputación —me explicó, con las cejas medio elevadas.

A raíz del premio, le habían ofrecido dar un curso en el centro cultural de su barrio y tres cursillos en centros comunitarios de varias ciudades.

—Por eso estoy tan ocupada. ¡No doy abasto! —se lamentó, fumando un Seven Stars. Parecía verdaderamente angustiada.

—Siempre es bueno tener unos ingresos extra —dije, y ella se echó a reír.

—Hablas como una vieja.

—Es que lo soy…

—No exageres, ¡que acabas de cumplir los treinta!

Interrumpimos la conversación para brindar.

—¡Por la tercera edad de Hitomi! ¡Salud! —dijo Masayo, y apuró su copa de sake.

—¡No diga eso! —protesté, y vacié de un trago mi copa, donde sólo quedaba una tercera parte de shochu con agua caliente. El líquido ardiente, mezclado con pulpa de ciruelas encurtidas, se deslizó por mi garganta.

Recuerdo perfectamente el tono de voz de Masayo cuando me llamó para decirme: «He visto que te has mudado». Fue cuando acababa de dejar mi antiguo apartamento.

—Recibí tu postal —añadió.

Había enviado postales a una decena de amigos y conocidos para informarles de mi cambio de residencia, y una de ellas iba dirigida a Masayo. Después de mucho reflexionar, había decidido no avisar a Takeo ni al señor Nakano.

—Me he gastado los pocos ahorros que tenía —le dije, y oí cómo suspiraba al otro lado de la línea. Me había dado cuenta desde el principio de que su voz sonaba muy apagada.

—Me alegro de que te hayas mudado.

—No sé si ha sido buena idea.

—Yo creo que sí.

Fue una conversación trivial, pero no pude evitar darme cuenta de que le pasaba algo. Estuvimos un rato más cotilleando y hablando del tiempo hasta que empecé a despedirme para colgar el teléfono. Entonces me dijo:

—El velatorio es esta noche, y el funeral se celebra mañana.

—¿De quién? —pregunté.

—De Maruyama.

—¿Maruyama? —repetí como un loro.

—Le ha fallado el corazón. Llevaba tres días sin saber nada de él, así que fui a su piso. Con este frío, su cuerpo estaba bastante bien. No me apetece demasiado ir porque lo ha organizado Keiko, su ex mujer. Pero es un compromiso al que no puedo faltar. Haruo me acompañará al funeral, pero no puede ir al velatorio de esta noche porque ha quedado con uno de sus clientes. ¿Te importaría ir conmigo, Hitomi? —me pidió, en un tono extremadamente dulce que me recordó al que utilizaba cada vez que intentaba convencer a un cliente de que se llevara algún artículo de dudosa calidad.

—Por supuesto —le respondí enseguida, y ella volvió a suspirar.

—Los propietarios del piso donde vivía han montado un escándalo. El pobre Maruyama nunca ha tenido suerte con sus arrendatarios —dijo, recuperando su tono habitual—. Maruyama ha muerto de verdad… —añadió a continuación, y su voz se convirtió de nuevo en un extraño murmullo apagado—. En fin, enhorabuena por la mudanza —concluyó abruptamente, antes de colgar el teléfono.

Sus palabras, pronunciadas con aquella extraña voz apagada, se repitieron varias veces en mi cabeza como un disco rallado: «Maruyama ha muerto de verdad…».

Cuando llegué a los torniquetes de la estación donde habíamos quedado, ya me estaba esperando. Llevaba un abrigo marrón y unos botines del mismo color, y se había cubierto la cabeza con la bufanda teñida a mano que llevaba el día en que su hermano había cerrado la tienda.

—¿Irá al velatorio vestida así? —le pregunté sin pensar, y ella asintió sin decir nada. La bufanda ondeó ligeramente, acompañando el movimiento de su cabeza.

—Si me vistiera de duelo, parecería que hubiera previsto su muerte. Por eso en los velatorios hay que llevar ropa de diario —dijo, examinando mi atuendo de pies a cabeza. Yo llevaba unas medias negras y un abrigo oscuro.

—Entonces, ¿no hacía falta que me pusiera ropa formal? —le pregunté tímidamente.

—No hacía falta —me confirmó ella sin dudar.

El velatorio tuvo lugar en la pequeña funeraria que se encontraba a un cuarto de hora andando desde la estación. Había tres velatorios al mismo tiempo, de las familias Midorigawa, Maruyama y Akimoto, de modo que había gente entrando y saliendo constantemente del edificio.

—Menos mal que no está vacío —comentó Masayo, poniéndose rápidamente en la cola.

Al lado del altar había un matrimonio de mediana edad, dos chicas jóvenes y una señora de pelo canoso que debía de ser Keiko, la ex mujer del difunto. Estaban todos sentados con rostros impasibles. Las dos chicas llevaban el uniforme del colegio privado del barrio.

Masayo enseguida se volvió de espaldas al altar sin dirigirle la mirada a Keiko. Mi turno llegó justo después de ella. Mientras encendía una barrita de incienso, levanté la vista y vi una fotografía de un sonriente Maruyama decorando el altar. Debía de ser antigua, porque parecía bastante joven. No tenía ni una arruga en las comisuras de la boca ni en la frente, y su rostro de perfil se veía esbelto.

—¿Vamos a tomar algo? —le propuse a Masayo cuando salimos de la funeraria, pero ella siguió andando a paso rápido sin responderme.

—Mejor que no —dijo cuando ya llevábamos cinco minutos caminando en silencio. Al principio no supe a qué se refería, pero pronto comprendí que era su respuesta.

—Se hace raro pensar que está muerto —comenté, y ella volvió a asentir sin decir nada.

Llegamos a la estación sin hablar. Compramos los billetes, y cuando me adelanté para cruzar el torniquete, oí la voz de Masayo a mis espaldas.

—Lo que más quería en el mundo —dijo. No habló susurrando, ni tampoco levantando la voz, fue como si retomara una conversación previa.

—¿Cómo? —pregunté, volviendo la cabeza.

—Lo que más quería en el mundo —repitió ella, cabizbaja.

Me volví y le miré la cara, pero no añadió nada más. Como era hora punta, fuimos arrolladas por una avalancha de gente que acababa de salir del trabajo y volvía a sus hogares.

—Nunca se lo dije —continuó Masayo, con un hilo de voz, cuando la avalancha se interrumpió. Luego me dio la espalda de repente y echó a andar.

Bajo las farolas de la calle, la bufanda de tintes vegetales que le cubría la cabeza se veía de un color aún más extraño. Masayo se alejó con la espalda recta, caminando a paso firme hacia delante.

—He aprobado el examen de segundo —anuncié.

—Hitomi… —respondió mi madre con un hilo de voz al otro lado de la línea, y no añadió nada más.

—Ya sé que no es gran cosa —proseguí, pero ella no dijo nada, y me dio la sensación de que estaba llorando.

«Siempre lo mismo», pensé, reprimiendo un suspiro.

—¿Tan preocupada estabas por mí? —le pregunté, intentando bromear un poco.

—Me alegro mucho, Hitomi —dijo en lugar de responderme, con una voz que parecía la personificación de la ternura maternal, sincera y auténtica.

El año anterior, cuando la llamé de repente después de mucho tiempo para decirle que quería estudiar en la escuela de contabilidad y que necesitaba dinero, mi madre parecía intranquila. Aun así, enseguida me hizo una transferencia a mi cuenta corriente. Me entristeció un poco comprobar que había añadido 150 000 yenes a la suma que yo le había indicado. No me molestaba que estuviera preocupada por mí, más bien me sentía como si me hubiera hecho volver a la realidad recordándome lo dura que era la vida. Debería haberme sentido agradecida, pero tenía la sensación de que mi agradecimiento sería inútil. Desde que la Prendería Nakano había cerrado, todo lo que hacía me parecía vano.

«Quiero presentarme al examen de primero», le había explicado a mi madre, haciendo un esfuerzo para animarla un poco. «Eres maravillosa, Hitomi. Estaba convencida de que seguirías estudiando».

Aunque ella no me lo dijo, pude imaginarme claramente las caras de mi padre y de mi hermano mayor diciendo: «Hitomi no sirve para estudiar en una escuela de contabilidad, se cansará y lo dejará».

De repente, tuve muchas ganas de ver a Masayo. Cuando mi madre colgó el teléfono, la llamé inmediatamente.

—¿Quiere que vayamos a tomar algo? —le propuse sin preámbulos, a pesar de que no habíamos vuelto a hablar desde el velatorio del señor Maruyama, y de eso hacía ya dos años.

—De acuerdo —repuso ella sin sorprenderse.

Así fue como salimos las dos juntas.

Masayo estaba un poco borracha.

—¿Cómo está el señor Nakano? —le pregunté. No me había atrevido a preguntárselo hasta entonces porque me daba miedo su respuesta.

—Está muy bien —repuso ella enseguida.

—¿Sigue vendiendo a través de Internet?

—Ya no depende del señor Tokizo, ahora tiene su propia página. —Luego gritó—: ¡Dos de sake! No hace falta que lo calientes, tráelo frío. ¡Y date prisa! —dijo, encadenando una rápida sucesión de instrucciones. El camarero le respondió con un gruñido que no dejaba claro si lo había entendido.

—Se parece un poco a Take, ¿verdad? —dijo Masayo, abanicándose con el menú.

—¡Cuántos recuerdos me trae ese apodo! —comenté, y ella me miró fijamente.

—¿Tú y Take estabais…? Ya me entiendes.

—¿Que si estábamos qué? ¿A qué se refiere?

—¿A qué me refiero? Ya sabes —dijo Masayo, intentando imitar la forma de hablar de Takeo sin demasiado éxito—. Bueno, como te estaba diciendo, Haruo ha ganado mucho dinero con las subastas y le han concedido un préstamo para pequeñas y medianas empresas.

Masayo cogió la botella de sake frío, que nos habían traído antes de lo esperado, y llenó las copas de cerveza. La espuma acumulada en el fondo de las copas quedó flotando en la superficie viscosa del sake.

—¿No le parece demasiado precipitado? —le pregunté.

—Hitomi, ¡cómo se nota que has aprobado el segundo nivel de contabilidad! —se burló ella, agitando la mano para darme a entender que le parecía muy gracioso.

Gracias al préstamo y a los beneficios, el señor Nakano por fin había podido alquilar un local en Nishiogi para abrir una tienda de antigüedades occidentales.

—¡Esto es increíble! —exclamé. Masayo me miró con una amarga sonrisa.

—Bueno…, con Haruo, nunca se sabe.

Brindamos otra vez. Luego pedimos dos tapas más y otra copa para cada una, y la noche fue avanzando.

Cuando nos avisaron de que era la hora de cerrar, salimos del local. Yo también había bebido demasiado.

—¿Has vuelto a ver a Take? —me preguntó Masayo en un tono de voz bastante elevado.

—¡No hace falta que grite, ya la oigo! —le respondí a gritos.

—¿No os habéis visto más, entonces? —insistió ella, con una expresión entre divertida y enfadada. Alrededor del cuello llevaba la bufanda de siempre.

—No, no hemos vuelto a vernos —repuse secamente.

—Ya —dijo ella, un poco decepcionada—. Me pregunto cómo estará. Espero que todo le vaya bien y que no haya muerto tirado en mitad de la calle —añadió, frunciendo las cejas.

—No sea agorera —dije rápidamente, y ella se echó a reír a carcajadas.

—¿Lo ves, Hitomi? Hablas como una vieja.

—Porque soy vieja, ya se lo he dicho.

—Las viejas de verdad nunca reconocen que lo son.

—Por cierto, Masayo, la veo un poco más rellenita.

—Tienes razón. Cuando tengo mucho trabajo, siempre engordo.

—Seguro que sólo come tartas de Poesie.

—Por cierto, ¿sabías que los dueños de Poesie se han jubilado y le han traspasado el negocio a su hijo? Ya no es lo que era, ahora sólo venden tartas pretenciosas con nombres larguísimos.

Mientras escuchaba a Masayo hablándome sobre el traspaso de la pastelería, las rodillas me flaquearon de repente. Intenté evocar el rostro de Takeo, pero no lo conseguí. Lo único que me venía a la memoria, con una nitidez lacerante, era el dedo amputado de su mano derecha.

Me fui corriendo con la excusa de que estaba a punto de perder el último tren. «¡Adiós!», me dijo Masayo, con voz pastosa. Pronto me quedé sin aliento, pero seguí corriendo.

Lo que más quiero en el mundo. Sin dejar de correr, pensaba que nunca le había dicho esas palabras a nadie ni había tenido la intención de hacerlo. Aunque todavía faltaba un rato para que pasara el último tren, seguí corriendo hasta la estación sin detenerme.

Al mes siguiente, se me terminó el contrato. Mis compañeras de trabajo me regalaron un ramo de flores. Era la primera vez que me regalaban flores, así que me emocioné.

—¿Dónde vas a trabajar ahora? —me preguntó Sasaki, una chica un poco más joven que yo.

—Creo que en una empresa relacionada con la informática.

—¿Crees? ¡Tú siempre a tu ritmo, Suganuma! —rio Sasaki.

«A mi ritmo», repetí para mis adentros mientras caminaba por la calle con el ramo en la mano. Había pasado ocho meses trabajando con aquellas chicas. Había conocido a gente pérfida, gente amable, gente escrupulosa y gente peculiar. Y yo era la que iba «a mi ritmo».

Todo el mundo deja entrever facetas de su carácter, pero nadie se abre por completo.

No pude evitar pensar en la Prendería Nakano.

El ramo no cabía en el florero. Tuve que llenar de agua un tarro vacío de mayonesa para meter las flores que habían sobrado. La semana siguiente empezaría a trabajar en otra empresa. «Mañana iré al centro de masajes», pensé. Mientras tanto, abrí el cajón para sacar el sobre que contenía la información sobre mi nuevo puesto de trabajo, y una hoja cayó al suelo.

Era el dibujo de la maja vestida que Takeo había hecho tiempo atrás.

«¡Aquí estaba!», susurré, recogiendo la hoja. Yo llevaba unos vaqueros y una camiseta de manga corta. Estaba tumbada con una expresión muy seria. Era un buen dibujo. Me di cuenta de que Takeo tenía mucho más talento de lo que creía antes.

¿Y si hubiera muerto tirado en mitad de la calle?

Al imaginarme a Takeo muerto como un perro callejero, pensé que era lo que se merecía. Pero esa sensación pronto se esfumó y me dio rabia haberme sentido así. Pensé que la vida era un auténtico fastidio. No quería volver a enamorarme. «Debería tratarme el dolor de espalda. A ver si este mes puedo ahorrar un poco». Los pensamientos surgían en mi mente como pequeñas burbujas.

Las flores del jarrón parecían artificiales. En cambio, las que había metido en el tarro vacío de mayonesa tenían un aspecto más natural.

Volví a guardar el dibujo bajo el sobre. ¿En una empresa de informática habría más ordenadores que en otras empresas? Los ordenadores eran cuadrados. Los microondas también. La estufa de petróleo que utilizamos durante el último invierno en la Prendería Nakano también era cuadrada. Mientras una retahíla de pensamientos inconexos burbujeaba en mi cerebro, me quité las medias y las enrollé.

En vez de decirme: «Esta será su mesa, señorita Suganuma», me dijeron: «Este será su ordenador, señorita Suganuma». Me pareció una forma de hablar muy adecuada en una empresa de informática.

Aunque hablaran de forma distinta y la empresa fuera mucho más pequeña que la compañía de productos dietéticos en la que había estado trabajando hasta entonces, mi trabajo no varió demasiado. Hacía fotocopias y encargos, preparaba documentos y archivaba facturas. Al tercer día ya me había adaptado por completo, y me sentía como si aún estuviera trabajando en el puesto anterior. Supongo que el motivo de mi rápida adaptación fue que las chicas de la nueva oficina no salían a comer en grupo. Aquello era agotador.

En la nueva empresa, los trabajadores, tanto hombres como mujeres, comían en sus mesas, delante del ordenador. De vez en cuando se oía alguna exclamación. Curiosamente los hombres tenían una voz más aguda y las mujeres más grave.

Entraba y salía del trabajo puntualmente. Había mucha gente que entraba a trabajar por la tarde, cuando yo ya me había ido. Cuando llegaba por la mañana, a veces me encontraba algunos de los trabajadores pelando un huevo cocido del supermercado después de haber trabajado toda la noche.

Cuando ya llevaba unos diez días en la nueva empresa, me encontré casualmente con Takeo en el pasillo.

—¡Hitomi! —exclamó en un tono natural, como si nos viéramos todos los días. A mí se me cortó la respiración—. ¿Qué te pasa?

—¿Que qué me pasa? ¡Eso quisiera preguntarte yo! —acerté a responder al fin.

Me quedé petrificada en mitad del pasillo. Takeo llevaba en las manos unos archivadores muy bonitos de color naranja, amarillo, lila claro y verde.

—Llevas maquillaje —dijo Takeo, en el mismo tono atontado que utilizaba antes.

—¿Cómo?

Al oír su voz, reaccioné automáticamente como solía hacerlo en los tiempos de la Prendería Nakano.

Estuvimos un rato plantados en mitad del pasillo.

Más adelante, recibí una invitación para asistir a la inauguración de la renovada Prendería Nakano.

—Típico del señor Nakano. ¡Parece mentira! —dijo Takeo cuando le enseñé la invitación que había llegado a mi casa. La inauguración estaba prevista para el primero de abril.

La tienda ya no se llamaría Prendería Nakano, sino Nakano a secas.

—Suena a nombre de bar de tapas —opinó Masayo.

Cuando nos encontramos casualmente en el pasillo, Takeo me dio enseguida su tarjeta de visita y yo leí con voz monótona el cargo que ocupaba.

—Diseñador de páginas web.

—¡No lo leas en voz alta! —dijo él, inquieto, y estuvo a punto de tirar los archivadores al suelo.

—¿De verdad eres Takeo? —le pregunté.

—Claro que soy yo —me respondió, atónito.

—No, tú no eres Takeo.

—¿Por qué dices eso?

—Porque el Takeo de verdad no hablaba en ese tono tan educado.

—Es que estoy en el trabajo.

Nada más responderme, dos de los archivadores resbalaron de sus manos. Los dos nos agachamos a la vez para recogerlos y noté su aliento en mi hombro.

—Esto parece una telecomedia cutre —se quejó mientras recogía los archivadores.

Tenía la espalda mucho más ancha que antes. «Este no es Takeo», pensé. Él se fue enseguida. Por lo visto, su ordenador —que no su mesa— se encontraba en el despacho del otro lado del pasillo.

Después de nuestro inesperado encuentro, pasé una semana sin tener noticias suyas. Al fin y al cabo, no era más que un viejo conocido.

Yo salía del trabajo a la misma hora. Durante las clases en la escuela de contabilidad recordaba la cara de Takeo el día que nos encontramos. No tenía nada que ver con la cara que me había acostumbrado a ver día tras día en la tienda del señor Nakano.

Cuando le pregunté dónde había aprendido a diseñar páginas web, él me respondió que había estudiado en una escuela especializada.

A lo mejor no era él.

Cuantos más días pasaban, más convencida estaba de que no lo era. Había oído decir que las células del cuerpo humano se renovaban por completo cada tres años. Tenía el mismo nombre y su aspecto físico parecía el de él, pero quizá se había transformado en una persona completamente distinta.

Al cabo de unos diez días, cuando Takeo apareció delante de mi ordenador justo antes de que saliera del trabajo, lo confundí con un desconocido.

—Buenas tardes —le dije al desconocido.

—Hola. Esto…, perdona por lo del otro día —respondió él. En ese preciso instante, el desconocido volvió a convertirse en Takeo.

—Ya hace mucho —dije, y levanté la vista para observarlo de reojo.

Sus facciones se habían endurecido y la barba se le había oscurecido un poco. Levantó brevemente las comisuras de la boca en una tímida sonrisa.

—Llevas maquillaje, ¿verdad? —susurró.

—Sí, llevo maquillaje —le respondí, con una sonrisa idéntica a la suya.

El primero de abril era sábado.

Takeo y yo habíamos salido a cenar juntos dos veces. «Tengo una entrega muy pronto y debería volver al trabajo —me dijo, mientras yo lo escuchaba sin salir de mi asombro—. Me encantaría tomar una copa contigo, pero preferiría hacerlo otro día con más calma».

—¿Una entrega? ¿Eso te dijo Take? —exclamó Masayo cuando se lo conté, soltando una estruendosa carcajada.

Aunque la tienda Nakano era aún más pequeña que la Prendería Nakano, parecía más espaciosa.

—Por fin he comprendido la belleza de los espacios vacíos —dijo el señor Nakano.

Las paredes estaban llenas de estantes donde los artículos se exponían alineados uno al lado del otro, pero con amplios espacios vacíos en medio. Los objetos abarcaban un periodo comprendido entre los siglos XIX y XX, y procedían de países como Holanda, Bélgica e Inglaterra. Había utensilios de cocina, artículos de cristal y algunos muebles.

—Parece una de esas tiendas que salen en las revistas —comenté.

—Es mucho mejor que las tiendas de las revistas —dijo el señor Nakano, corrigiendo la inclinación de su gorro de lana negro.

—¿Cuánto te va a durar esta tienda? —le preguntó Masayo.

—No lo sé. ¿Medio año, quizá? —especuló el señor Nakano, sonriendo. Ambos seguían siendo dos auténticos personajes.

El día de la inauguración vino mucha gente. Entraron algunos clientes de paso, pero también vinieron viejos conocidos de la Prendería Nakano. Por la mañana apareció don Grulla, que echó un vistazo alrededor de la tienda.

—A mí esta clase de tiendas me ponen nervioso, pero no está del todo mal —dijo, echándose a reír con sus carcajadas que parecían ataques de tos.

Se tomó dos tazas de té que le sirvió Masayo y se fue con paso vacilante.

Tadokoro vino a primera hora de la tarde. Recorrió la tienda con la mirada, como si la estuviera lamiendo, y luego degustó lentamente el té de Masayo.

—¡Esto sí que es un negocio con clase! —comentó.

—Los objetos de cristal están de oferta —dijo Masayo, frunciendo los labios para simular una elegancia forzada. Tadokoro meneó la cabeza.

—Este no es lugar para pobres —dijo en su habitual tono reposado.

Tadokoro se quedó unas dos horas en la tienda, observando el constante ir y venir de la gente sin dejar de sonreír.

—¿Volverás a trabajar aquí, Hitomi? —me preguntó mientras yo le servía ostentosamente la quinta taza de té, que apenas tenía color.

—No —le respondí fríamente, y él se levantó riendo.

—No le tengas tanta manía a un viejo que ya tiene un pie en el cementerio —dijo cuando ya se iba.

El señor Awashima apareció por la tarde.

—Está muy bien —dijo simplemente, tras echar un breve vistazo. Debía de estar muy ocupado, porque se fue sin haber probado el té.

La tía Michi y el antiguo dueño de la pastelería Poesie llegaron juntos. Le dieron al señor Nakano un paquete atado con unos cordones rojos y blancos —los colores de la suerte— en el que se leía la palabra «Enhorabuena», inspeccionaron tímidamente el local y se fueron enseguida.

Al atardecer, cuando el flujo de gente se interrumpió, vino un hombre que me sonaba mucho pero que no recordaba dónde había visto.

—¿Quién es? —preguntó Masayo en un susurro.

—¿Quién es? —susurró también el señor Nakano.

—Hitomi, tú que eres joven y tienes buena memoria, ¿te acuerdas de él? —me preguntaron discretamente.

Tenía su nombre en la punta de la lengua, pero no conseguía recordarlo.

—Veo que es una tienda de antigüedades occidentales —observó el hombre con una sonrisa.

—¿Se dedica usted al mismo negocio? —inquirió el señor Nakano, aparentando indiferencia.

—No, en absoluto.

La conversación languideció, y el silencio se apoderó del local mientras el hombre probaba el té que Masayo le había servido. Cuando terminó de beber, se levantó y dio una segunda vuelta alrededor de la tienda.

—Me gusta mucho —comentó antes de irse.

No fue hasta una hora más tarde cuando por fin caí en la cuenta de que aquel hombre era Hagiwara, el joven que nos había traído un cuenco coreano de porcelana de verdeceledón para que se lo guardáramos en la tienda.

—Es el hombre al que su ex novia le había echado una maldición —dije.

Mientras recordábamos el episodio, hablando entre gritos y exclamaciones, la puerta se abrió lentamente.

El señor Nakano levantó la cabeza y dio un respingo. Unos segundos más tarde Masayo y yo también levantamos la cabeza a la vez. Era Sakiko.

—Hola —dijo dulcemente.

—Hola —la saludó el señor Nakano, un poco cohibido pero con la voz firme.

Sakiko estuvo un rato callada, mirando al señor Nakano. Masayo tiró de mi manga y me llevó al pequeño cuartito del fondo donde se encontraban los fogones y el fregadero.

—La dueña de Asukado sigue tan guapa como siempre —comentó Masayo mientras hervía un poco de agua.

—¿No le parece incluso más femenina que antes? —observé, y ella asintió vigorosamente.

—¿Tú también te has dado cuenta?

Observé al señor Nakano y a Sakiko a través de una grieta y vi que hablaban de forma cordial y amistosa, como dos adultos, a pesar de la relación que habían mantenido en tiempos de la Prendería Nakano.

Sakiko se fue media hora más tarde. El señor Nakano la acompañó a la calle.

—Ha sido un detalle que haya venido —le dije al señor Nakano en cuanto se hubo ido. Él exhaló un suspiro.

—Es una mujer fabulosa —susurró con admiración—. Fue una lástima lo que pasó.

—¿Por qué no os reconciliáis? —le sugirió Masayo.

—No creo que quiera —gruñó su hermano.

El leve rastro del perfume de sándalo de Sakiko quedó flotando en el ambiente.

A las siete, cuando salí a la calle dispuesta a cerrar la tienda, vi una silueta que se acercaba caminando. Aunque ya era casi de noche, enseguida reconocí a Takeo. Él también debió de reconocerme, porque apretó el paso. Cuando agité la mano para saludarlo, se echó a correr.

—¿Ya habéis cerrado? —me preguntó.

—Estamos a punto —le dije, y él observó el interior de la tienda a través del escaparate.

Aunque había venido corriendo, ni siquiera jadeaba.

—Estás en forma —observé, y él se echó a reír—. Además, te veo más musculoso que antes.

—¿En serio? —dijo, riendo de nuevo—. Es que voy al gimnasio desde que empecé a trabajar.

—¿Al gimnasio? —repetí, sorprendida. Por mucho que lo intentara, no conseguía hacer encajar las palabras Takeo y gimnasio. Sin embargo, si se había convertido en diseñador de páginas web sin que yo lo supiera, no era tan extraño imaginar que se había apuntado a un gimnasio.

—Me gusta la pera de boxeo —dijo.

—¿La pera de boxeo? —repetí de nuevo.

—Sí, ese aparato que utilizan los boxeadores para entrenar. Cuando le das con los puños, ¡pam, pum!, rebota en todas direcciones, pero enseguida vuelve al punto de origen.

—Ya —asentí.

«Pam, pum». Mientras escuchaba la explicación de Takeo, observaba distraídamente la nuez de su cuello, que se perfilaba en la penumbra.

—¡Pero si es Take! —exclamó Masayo, abriendo la puerta. El señor Nakano salió tras ella.

—¡Te has hecho todo un hombre! —lo elogió el señor Nakano.

—Tienes el aspecto de un héroe que vuelve a su patria lleno de honores —añadió Masayo. Takeo se rascó la cabeza.

Entramos en la tienda los cuatro juntos. El señor Nakano bajó la persiana mientras Takeo inspeccionaba el local con la expresión atontada de siempre.

Como sólo había dos sillas, traje una plegable y una silla antigua que estaba en venta. El señor Nakano descorchó una botella de vino y lo sirvió en tazones.

—Llevaba mucho tiempo sin beber alcohol —dijo Takeo.

—¿Por culpa de las fechas de entrega? —le preguntó Masayo en tono burlón.

—Es que acabo de entrar en la empresa y soy el último mono —se justificó él, rascándose la cabeza de nuevo.

Nos acabamos la botella entre los cuatro, a palo seco.

—Nunca había bebido vino en la Prendería Nakano —comentó Takeo, con las mejillas sonrojadas.

El señor Nakano descorchó la segunda botella.

—Pues esto es vino, ¡y del bueno! —fanfarroneó.

Masayo revolvió en su bolso, sacó una bolsa de galletitas saladas hechas añicos y vertió el contenido en un plato de cartón.

La segunda botella desapareció enseguida.

El señor Nakano fue el primero en rendirse. Cayó desplomado encima de la mesa y empezó a roncar. Al cabo de un rato, Masayo también se quedó dormida. Takeo bostezaba de vez en cuando.

—¿Entregaste el proyecto a tiempo? —le pregunté, y él movió la cabeza de arriba abajo—. Cuántos recuerdos me trae la Prendería Nakano —comenté. Takeo volvió a asentir—. ¿Te ha ido todo bien desde entonces? —quise saber, y él asintió de nuevo—. Estamos los cuatro juntos, como antes —añadí. En vez de mover la cabeza, Takeo abrió la boca, pero no dijo nada.

Estuvimos un rato sin hablar.

—Lo siento —dijo entonces en voz baja.

—¿Por?

—Me porté muy mal contigo. Lo siento —repitió, cabizbajo.

—No. Fui yo quien se portó como una cría.

—Yo también.

Ambos estuvimos cabizbajos durante un rato.

Quizá debido a los efectos del alcohol, tenía las emociones a flor de piel. Rompí a llorar en silencio, con la cabeza gacha. Una vez hube empezado, las lágrimas fluyeron sin parar.

—Perdóname —insistió él.

—Estaba muy triste —le respondí. Él me rodeó los hombros con el brazo y me estrechó suavemente.

El señor Nakano permaneció inmóvil. Miré a Masayo y la sorprendí espiándonos con los párpados entreabiertos. Cuando nuestras miradas se cruzaron, cerró los ojos precipitadamente y fingió que seguía durmiendo.

—Masayo —la llamé. Entonces ella abrió los ojos y me sacó la lengua. Takeo se apartó de mí lentamente.

—No te detengas, abrázala —le dijo Masayo, farfullando por culpa del alcohol y empujando a Takeo con el dedo índice—. Abrázala —repitió.

El señor Nakano también se despertó súbitamente y se unió a las súplicas de su hermana. Vacié de un trago mi tazón, en el que todavía quedaba un poco de vino. Nos quedamos mirando y nos echamos a reír los cuatro a la vez. El vino me subió de nuevo a la cabeza y me sentí ligera como una pluma. Miré a Takeo, que me devolvió la mirada.

—La Prendería Nakano ya no existe —dije, y los demás asintieron.

—Pero la Prendería Nakano es inmortal —murmuró el señor Nakano, incorporándose. Como si fuera una señal, empezamos a hablar los cuatro a la vez y no había forma de saber quién había dicho qué. Pronto ni siquiera supimos de qué estábamos hablando, y entonces miré a Takeo otra vez. Él me estaba mirando sin decir nada.

«Por primera vez me he enamorado de Takeo de verdad», pensé en un rincón de mi cerebro.

La botella de vino recién descorchada chocó con el borde de mi taza, que tintineó nítidamente.