UN PERRO GRANDE
—Pues eso. Es enorme, te lo digo en serio —dijo el señor Nakano mientras se quitaba el delantal negro. No había ninguna recogida prevista para ese día, pero un cliente había llamado un rato antes para pedir una tasación. Aunque no era la especialidad del señor Nakano, el cliente había insistido hasta que él aceptó ir a echar un vistazo.
—¿Enorme? —pregunté.
El señor Nakano había empezado la conversación sin preámbulos, como siempre.
—Tiene el pelo largo y el aspecto de una mujer difícil de abordar —prosiguió sin inmutarse.
—¿Está hablando de una mujer?
—No, no estoy hablando de una mujer.
—¿De qué habla entonces?
—De un perro —dijo en un tono impaciente, mientras arrojaba el delantal al interior de la trastienda.
—¿De un perro? —repetí.
—Eso es. De esos perros altos y grandotes que corretean por el jardín de un aristócrata.
Aquella expresión me hizo gracia, puesto que el verbo «corretear» no encajaba con el jardín de un aristócrata.
—Bueno, tengo que irme —se despidió el señor Nakano, poniéndose un chaleco de nailon lleno de bolsillos.
—Hasta luego —le dije.
Oí el ruido claro del motor. Si imitara la forma de hablar del señor Nakano, diría que la semana pasada habíamos «renovado» el motor de la camioneta de la tienda. Cuando la llevó a la revisión, le dijeron que la batería estaba a punto de agotarse y que, además, la correa de distribución estaba casi rota.
—Tanto Takeo como yo estábamos acostumbrados a llevar la camioneta, habríamos podido seguir con la correa rota —refunfuñó el señor Nakano como si hablara para sí mismo, mientras revisaba minuciosamente la factura del taller de reparación.
—¿Lo dice en serio? —le pregunté disimuladamente a Takeo, quien asintió gravemente.
—Está absolutamente convencido.
En cualquier caso, «renovamos» el motor de la camioneta, y el señor Nakano se recuperó por completo de su herida. Como en los análisis minuciosos que le hicieron en el hospital le encontraron un exceso de azúcar en sangre, a la hora de comer hacía gala de sus vastos conocimientos sobre calorías. Esa era la única secuela que le había quedado de la agresión. Por lo demás, seguía exactamente igual que antes, conduciendo la camioneta con una sola mano y girando a derecha y a izquierda a volantazo limpio.
Los rayos del sol de la canícula irrumpían en el interior de la tienda. Sentada en una silla, me masajeé los hombros.
La historia del perro que correteaba por el jardín del aristócrata estaba relacionada con Maruyama, el «querido» de Masayo, tal y como lo llamaba el señor Nakano.
—Ese tal Maruyama vive en un piso de alquiler del barrio —dijo el señor Nakano, visiblemente contrariado.
—¿Y qué problema hay? —pregunté.
—Bueno, si es el querido de mi hermana, debería vivir con ella, ¿no? Masayo tiene un piso lo bastante grande.
Masayo vivía en un antiguo y elegante piso que le habían dejado sus padres antes de morir.
—¿Quién se ha creído que es ese tipo para negarse a vivir con ella?
Yo siempre había sospechado que el señor Nakano estaba demasiado apegado a su hermana.
—Tiene razón —repuse diplomáticamente.
—Resulta que el propietario del piso… —empezó el señor Nakano, e hizo una pausa dramática. Opté por ignorar su significativo silencio y seguí doblando hojas de papel para fabricar bolsitas. Cuando algún cliente compraba un objeto de gran tamaño, se lo entregábamos envuelto en una bolsa de papel con el logo de un centro comercial o de una tienda de ropa, pero eso sólo ocurría en contadas ocasiones. Para los objetos pequeños, la Prendería Nakano fabricaba bolsas al estilo de las antiguas fruterías, doblando hojas de papel en cuatro partes y pegando las esquinas entre sí.
—Se te da muy bien fabricar bolsas, Hitomi —me dijo mi jefe, admirado.
—¿Usted cree? —repuse.
—Sí, tienes unos dedos muy hábiles. Lo haces mucho mejor que mi hermana.
—¿Usted cree? —respondí por segunda vez.
Al mencionar a su hermana, el señor Nakano recuperó el hilo de su discurso y empezó a hablar de nuevo sobre el «perro que corretea por el jardín de un aristócrata». La historia era la que relataré a continuación.
El propietario del piso donde vivía el señor Maruyama era un viejo mezquino. El edificio recibía el nombre de «Maison Kanemori, bloque 1». A pesar de que era una finca destartalada de cuarenta años de antigüedad, el propietario tenía la poca vergüenza de cobrar un alquiler digno de un edificio nuevo. Además, cuando había que reparar la fachada, repintar o cambiar el papel de las paredes, el viejo era de lo más cuidadoso y esmerado, para dar a entender que el interior estaba tan bien arreglado como el exterior.
Los apartamentos por dentro estaban limpios y eran bonitos, la distribución de las amplias habitaciones estaba hecha a la antigua, con mucho espacio para almacenar cosas. Todo estaba preparado para engañar al futuro inquilino y conseguir sacarle una paga y señal antes de que se diera cuenta de las condiciones reales en las que se encontraban los pisos de la Maison Kanemori, donde las voces de los vecinos se filtraban a través de las paredes, el suelo estaba inclinado y las cucarachas salían de los desagües por la noche y se paseaban a sus anchas por las habitaciones.
Por si fuera poco, la Maison Kanemori gozaba de muy buenas vistas. Incluso los inquilinos más perspicaces, que notaban la inclinación del suelo y el vago rastro de las cucarachas, cuando empezaban a retractarse se sentían embargados por la alegría al ver el jardín, que constituía el orgullo del propietario: una auténtica alfombra verde que se desplegaba ante el edificio.
La Maison Kanemori constaba de tres edificios construidos en el terreno del propietario. El jardín, pulcramente cuidado, rodeaba el edificio principal, donde vivía él, y los bloques 1, 2 y 3. Junto con los robles japoneses, abedules, magnolias, arces y plantas forestales se encontraban los árboles frutales como el caqui, el melocotonero y el mandarino, que crecían mezclados con plantas vistosas y ornamentales como olivos fragantes de flores doradas, azaleas y hortensias. El suelo estaba cubierto de un tipo de césped que daba florecitas blancas y azules al estilo inglés, y en la entrada de la propiedad había un gran arco de rosas.
—Suena como si fuera un jardín incoherente, sin ningún tipo de orden ni concierto —opiné, y el señor Nakano asintió.
—Ese Maruyama debe de ser un cabeza de chorlito si se ha enamorado de mi hermana, es normal que se haya dejado engañar por un viejo mezquino —dijo el señor Nakano, meneando la cabeza—. Si el problema sólo fuera que el alquiler es desproporcionadamente alto, no sería tan grave, pero la avaricia del propietario de la Maison Kanemori hace que tenga muchos enemigos entre sus inquilinos —explicó.
—¿Enemigos? —pregunté.
—Sí, enemigos —repitió él, en una voz deliberadamente baja.
El propietario y su mujer estaban tan orgullosos de su jardín que no toleraban que ningún inquilino alterase su aspecto lo más mínimo. Tiempo atrás, un inquilino les había destrozado el jardín y no sólo se habían enemistado con él sino también con el resto, que no habían hecho nada. A primera vista, la casa de los propietarios parecía un hogar humilde ocupado por un apocado matrimonio de ancianos ignorantes, pero una vez firmado el contrato estos cambiaban bruscamente de actitud y no dejaban pasar ni una sola afrenta.
—¿Les han declarado la guerra a sus inquilinos? —pregunté sorprendida, y el señor Nakano se echó a reír.
—Cuando alguien deja una bicicleta apoyada en un rincón del jardín, por ejemplo, al cabo de una hora aparece una pegatina en la bicicleta con la inscripción «Prohibido aparcar bicicletas aquí» o «Esta bicicleta será confiscada».
—¿Una pegatina?
—Por lo visto las fabrican expresamente.
—¡Debe de ser insoportable! —exclamé, y el señor Nakano asintió.
—Además, se ve que cuesta mucho arrancarlas.
—¿Pero por qué no dejan aparcar las bicis en el jardín?
—Porque impedirían que el césped estuviera expuesto a la luz del sol y las ruedas podrían aplastar las flores. Ese Maruyama no tiene ojo para juzgar a las personas —concluyó el señor Nakano con cierto regocijo, y justo después se levantó—. Ya es hora de cerrar —añadió, y empezó a recoger los objetos expuestos en el banco de la calle.
En realidad, yo ya conocía la Maison Kanemori. Estaba situada a cinco minutos a pie del piso de Takeo. Un día, lo acompañé hasta su casa sin saber por qué —no entré ni saludé a nadie, naturalmente— y pasamos por delante de la Maison Kanemori. Lo único que vi fue un frondoso bosque. La verdad es que el jardín tenía cierto encanto y no me extrañó que los propietarios estuvieran orgullosos de él, como me dijo el señor Nakano.
«Este lugar me da la sensación de estar muy lejos de aquí», me había dicho Takeo, escrutando el jardín. «¿Entramos?», le propuse, pero él meneó la cabeza. «Mi abuelo me enseñó a no pisar los jardines ajenos». «Ya», repuse, un poco contrariada. Tuve que quitarme de la cabeza la idea de darle un largo beso a Takeo en aquel jardín.
—¿Y qué tienen que ver los propietarios del edificio con el perro? —pregunté, pero el señor Nakano estaba ocupado bajando la persiana y no me respondió. Era todo un personaje. Cuando salí a la calle por la puerta trasera comenté—: Ya se ha puesto el sol y todavía hace calor.
La media luna se recortaba nítidamente en el cielo, y a su lado titilaba la misma estrella blanca que había visto saliendo del hospital después de haber visitado al señor Nakano.
—Hasta mañana —me despedí, asomándome al interior de la tienda, pero mi jefe no me respondió, como era de esperar. Oí su voz canturreando, que se mezclaba con el chirrido de la persiana al cerrarse.
Al final fue Masayo quien aclaró la historia del perro.
—Resulta que los hijos de los propietarios se emanciparon hace tiempo —empezó Masayo, que tenía la costumbre de iniciar las conversaciones sin preámbulos, como su hermano.
Fue unos días después de que el señor Nakano nos hablara de la Maison Kanemori. Todos los integrantes de la Prendería Nakano —el señor Nakano, Takeo, Masayo y yo— estábamos reunidos en la tienda después de una temporada.
—Es la primera vez que nos reunimos todos desde que ingresaron a Haruo, ¿verdad? —observó Masayo, mirándonos alternativamente.
—Por cierto, ¿qué fue de la mujer que apuñaló al señor Nakano? —inquirió Takeo.
—Se ve que está en la cárcel —respondió Masayo rápidamente.
—Ah —dijo Takeo.
No quisimos saber detalles más concretos, como la fecha prevista para el juicio o los cargos que se le imputarían a la acusada. No era por falta de atrevimiento, sino más bien porque no teníamos la costumbre de hacer esa clase de preguntas de cortesía.
—Cuando sus hijos se emanciparon, los propietarios se aburrían y se compraron un enorme lebrel afgano —prosiguió Masayo.
—Ah —repuse yo.
—Le tenían aún más cariño que al jardín.
—Ah —dijo Takeo.
—Un día, Maruyama se encontró con el anciano matrimonio, que había salido a pasear al perro.
—Ah —dije yo por segunda vez.
—Lo fulminaron con la mirada y le dijeron: «Apártese, por favor».
—¿Y qué hizo él?
—Se apartó —respondió Masayo, y estuvo un rato riendo.
Yo también reí, e incluso Takeo esbozó una ligera sonrisa. El señor Nakano era el único que parecía indiferente.
—No te hagas el remolón, Takeo —dijo—. Un poco de brío, ¡que hay que ir a Kabukicho!
El señor Nakano y Takeo tenían prevista una recogida en un piso del barrio de Kabukicho. Al tratarse de una única pieza, cualquiera de los dos podría haber ido solo, pero el señor Nakano sospechaba que el cliente no era trigo limpio. «¿Cómo lo sabe?», le pregunté. «Porque las palabras que utilizaba por teléfono eran excesivamente educadas», me respondió, después de una breve reflexión.
Cuando el señor Nakano y Takeo se fueron, Masayo se quedó un rato más en la tienda. Entraron cuatro clientes seguidos que compraron, entre otras cosas, un plato descantillado y un vaso con el logo de una marca de cerveza que les recomendó Masayo.
—Espero que no les pase nada con el cliente de Kabukicho —dije, aprovechando que en ese momento no había nadie en la tienda. Masayo ladeó la cabeza en actitud dubitativa.
—No te preocupes —me tranquilizó luego en voz baja.
—Los propietarios del piso del señor Maruyama son muy peculiares, ¿no? —observé al cabo de un rato, y ella ladeó la cabeza de nuevo.
—Maruyama es muy buena gente, no quiero que le creen problemas —me respondió visiblemente inquieta, y se fue al poco rato. En cuanto Masayo abandonó la tienda, los clientes dejaron de acudir. Como tenía tiempo libre, intenté acordarme de qué clase de perros eran los lebreros afganos, pero los confundía con los borzoi y los basset hound, y no conseguí visualizarlos.
Masayo me había contado que, según los rumores, el matrimonio tenía el perro en la casa, y habían encargado expresamente un futón doble para que pudiera dormir con ellos. «¿En un futón? ¿No sería una cama?», le pregunté, y ella negó con la cabeza.
Mientras estaba distraída imaginándome al enorme perro tumbado a lo largo encima del futón, de repente sonó el teléfono. Me levanté sobresaltada. Era alguien preguntando cuánto dinero le daríamos por un hervidor de arroz del año 1975. Le dije la hora aproximada en que el señor Nakano estaría de vuelta y colgué. No entró ni un solo cliente más hasta que Takeo y el señor Nakano regresaron.
—Era un casco —dijo Takeo desde el taburete amarillo, como siempre. Yo estaba sentada en una pequeña silla de madera como las de los niños de primaria. No la había comprado en la tienda del señor Nakano, sino en el mercado de la iglesia cercana al piso donde vivía antes.
Al parecer, Takeo había adquirido la costumbre de sentarse en el taburete sin respaldo cada vez que venía a mi casa, pero siempre lo hacía tímidamente. Eso me hizo pensar que quizá no le gustaba el color amarillo.
—¿Un casco? —repetí.
—El jefe tenía razón. El cliente era un señor yakuza —me explicó Takeo, con los codos apoyados encima de la mesa.
—¿Un señor yakuza? —reí, extrañada por el calificativo señor.
—No deja de ser un cliente. Además, comparado con otros, me causó muy buena impresión.
El «señor yakuza» vivía en la última planta de un elegante edificio que daba a la calle donde se encontraba la sede del distrito de Kabukicho. Estuvieron buscando sitio para aparcar la camioneta, pero aquella zona estaba llena de coches President, Mercedes y Lincoln negros y resplandecientes, y no había ni un hueco libre. No tuvieron más remedio que dejar la camioneta en un aparcamiento que quedaba un poco alejado, de modo que llegaron tarde a la cita con el mañoso.
—El jefe estaba asustado —dijo Takeo, balanceando el cuerpo hacia delante y hacia atrás como si el taburete fuera una mecedora.
—¿Cómo se comporta cuando está asustado? —quise saber, y Takeo dejó de balancearse.
—Utiliza un vocabulario exageradamente educado.
—¿En serio? ¿No es lo mismo que hizo el yakuza cuando le llamó por teléfono? —exclamé, soltando una gran carcajada. Takeo empezó a mecerse de nuevo. El taburete crujía bajo su peso.
Aunque llegaron tarde, el señor Nakano y Takeo fueron recibidos con mucha hospitalidad. La bella esposa del yakuza les sirvió una bandeja con tazas Ginoli que contenían un té muy aromático. También trajo leche condensada y terrones de azúcar en forma de rosa. Cuando los invitó a beber, Takeo y el señor Nakano bebieron el té precipitadamente.
—Bebimos tan deprisa que me quemé la lengua —dijo Takeo con brusquedad.
La mujer también trajo una tarta de color negro. Apenas llevaba azúcar, y estaba hecha básicamente de chocolate.
—¿También os la comisteis de un bocado? —pregunté, y él asintió enérgicamente—. ¿Estaba rica?
—Deliciosa.
Su mirada se extravió por un instante.
—Entonces te gustan las cosas dulces, ¿no? —dije, pero él meneó la cabeza despacio.
—No era demasiado dulce, pero tenía un sabor exquisito —aclaró.
—Deja de hacer ruido con el taburete —le dije, y él me miró sorprendido. Luego dejó caer el tronco hacia delante y se quedó quieto.
Cuando Takeo y el señor Nakano se terminaron su trozo de tarta, el yakuza dio unos golpecitos en la mesa con los nudillos. La puerta se abrió suavemente y entraron dos hombres que llevaban un casco y una armadura en una bandeja. Los dos iban vestidos con camisas blancas y pantalón negro. Uno de ellos, que parecía incluso más joven que Takeo, llevaba una corbata pulcramente anudada. El otro tenía la cabeza rapada y llevaba unas gafas redondas al estilo John Lennon. Depositaron el casco y la armadura en el suelo y se retiraron sin entretenerse ni un minuto más de lo necesario. «¿Por cuánto dinero me la comprarían?», les preguntó el yakuza, con su imponente vozarrón. «Déjeme pensar…», dijo el señor Nakano, imitando el dialecto de Kansai de su cliente.
—¿El señor Nakano puede tasar esa clase de antiguallas?
—Se ve que tanto el casco como la armadura tienen un precio de mercado establecido —dijo Takeo con la cabeza gacha, molesto porque yo le había prohibido que se balanceara en el taburete. Fingí que no me daba cuenta.
El señor Nakano valoró el conjunto en 100 000 yenes. Con su grave voz, el yakuza dijo que le parecía justo. Su bella esposa apareció enseguida con una botella de whisky. Sirvió el alcohol en unos vasos de chupito sin hielo y llenó otros vasos con agua mineral del monte Fuji. Takeo no bebió, pero el señor Nakano se tomó tres vasitos de whisky seguidos.
Quizá debido a los efectos del alcohol, el señor Nakano se envalentonó. «¿No tiene nada más que quiera vender?», preguntó imprudentemente, y Takeo se alarmó. El yakuza, hundido en una poltrona, no hablaba. «Tenemos una botella con una forma muy curiosa que cogí de nuestro negocio —dijo la mujer—. Las botellas de alcohol son preciosas, ¿verdad? Tengo una pequeña colección», añadió, mirando alternativamente a Takeo y al señor Nakano. «Era una mujer increíble —le dijo el señor Nakano a Takeo cuando subieron a la camioneta—. Seguro que tienen un local de ocio nocturno al que tú y yo no iremos jamás y donde venden un alcohol tan caro que nunca podremos permitírnoslo».
Cada vez que se detenían en un semáforo, algo traqueteaba en la parte trasera de la camioneta. Eran el casco y la armadura, que se deslizaban por la superficie de carga dentro de su sencillo envoltorio. Cuando tomaron la ronda de Koshu, Takeo se desvió de la calzada y se detuvo en el arcén. El señor Nakano llevaba un rato medio adormilado. Takeo metió cuidadosamente el casco y la armadura entre las cajas apiladas en la camioneta. Cuando regresó al asiento del conductor, el señor Nakano seguía durmiendo con la boca entreabierta, roncando ligeramente.
—La cena de hoy está especialmente rica —dijo Takeo de repente, cuando terminó de explicarme la historia del yakuza.
—¿De veras? —le respondí.
Esa noche me había esmerado especialmente en preparar una cena a base de gambas al gratén, ensalada de tomates y aguacate y una sopa juliana de zanahoria y pimiento. Como casi nunca cocinaba platos elaborados, me había llevado dos horas.
—No es nada del otro mundo —repuse, mientras pinchaba una gamba con el tenedor y me la llevaba a la boca. Tenía un sabor ligeramente insípido. Le faltaba un poquito de sal. Luego probé la sopa, que me pareció demasiado salada.
Cenamos sin hablar y vaciamos dos latas de cerveza. Aquella noche, Takeo bebió muy poco. Cuando yo todavía iba por la mitad, él ya había terminado de cenar.
—Estaba muy rico —dijo, empezando de nuevo a balancear el tronco. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, se sobresaltó y se quedó inmóvil.
—¿Recuerdas qué aspecto tienen los lebreros afganos? —le pregunté. Él reflexionó un rato con la frente arrugada. Al fin, cogió un bloc de notas que estaba en un rincón de la mesa e hizo un rápido esbozo a lápiz. Dibujó un perro que sin duda parecía un lebrero afgano, con el morro puntiagudo y el pelo largo.
—Qué bien dibujas —exclamé, admirada.
—No exageres —repuso él, y empezó a balancearse de nuevo.
—¿Por qué no dibujas un borzoi? —le pedí, y él deslizó el lápiz por la hoja del bloc sin dejar de mecerse. En un abrir y cerrar de ojos, en el papel apareció la silueta de un borzoi.
—¡Eres un artista! —lo elogié, y él se frotó la punta de la nariz con el nudillo del dedo índice.
A petición mía, también dibujó un basset hound, un hervidor de arroz de los años setenta y una de las muñecas que hacía Masayo. Luego fuimos a la cama y Takeo empezó a dibujarme tumbada. Adopté la posición de la maja de Goya y él hizo un rápido esbozo.
—Esta es la maja vestida —dije.
—¿Qué? —preguntó él, extrañado.
De repente, al cabo de un rato, Takeo se interrumpió en mitad del dibujo y soltó una exclamación.
—¿Qué pasa? —le pregunté. Él se levantó y se abalanzó sobre mí.
Se quitó los vaqueros de un manotazo, y cuando yo también me disponía a desnudarme, él me detuvo. Mis tejanos eran muy ajustados y tenía dificultades para quitármelos, pero Takeo me los arrancó como si pelara una pieza de fruta. Hicimos el amor brevemente.
—Ha estado muy bien —dije al terminar. Él me miró fijamente. Sin pronunciar palabra, se quitó la camiseta, que aún llevaba puesta. Yo decidí no quitarme la mía con la esperanza de que fuera él quien terminara de desnudarme. Pero no hizo ademán de hacerlo, y estuve dudando entre quedarme medio vestida, tal y como estaba, o desnudarme por completo. Takeo tenía la mirada perdida.
—Takeo —lo llamé.
—Hitomi —me llamó él en voz baja, absorto.
Siguieron unos días plenamente veraniegos hasta que el calor abrasador, que parecía no tener fin, se interrumpió abruptamente y llegó un tiempo más fresco, propio de principios de otoño. La Prendería Nakano estaba en pleno apogeo: la armadura y el escudo que el señor Nakano le había comprado al yakuza se vendieron por un millón de yenes, y un tentetieso que no tenía nada especial y cuyo precio de coste eran 1000 yenes se subastó a través de Internet y su precio alcanzó los 70 000 yenes.
—Si esto sigue así, tendré que contratar dos o tres dependientas más aparte de Hitomi —exageraba el señor Nakano.
—Pero seguro que no nos subirá el sueldo —comentábamos Takeo y yo a sus espaldas. Sin embargo, el sobre que nos entregó a fin de mes contenía una propina de 6500 yenes. Ni más ni menos. Era un detalle propio de nuestro jefe.
El día que cobramos, Takeo y yo salimos a tomar algo juntos por primera vez después de una buena temporada. Entramos en un restaurante tailandés situado en el edificio de la estación donde había una promoción de cervezas a 100 yenes hasta las siete de la tarde. Estuvimos bebiendo hasta pasadas las ocho. Al final, como de costumbre, Takeo pidió un cuenco de arroz que devoró mezclado con un plato de pollo frito con salsa de pescado. Cuando nos dirigíamos hacia la salida del restaurante después de haber pagado la cuenta a medias, vimos a Masayo y al señor Maruyama sentados a una mesa cerca de la entrada.
—¡Mira quién viene! —exclamó ella alegremente, y Takeo retrocedió un poco—. ¿Queréis quedaros a tomar algo con nosotros? —propuso entonces. Sin darnos tiempo a responder, se cambió de sitio, y tras sentarse rápidamente al lado de Maruyama nos indicó las dos sillas vacías enfrente de ellos.
—Es verdaderamente sospechoso —empezó Masayo sin preámbulos en cuanto nos sentamos.
—¿El qué? —preguntamos al unísono Takeo y yo.
—Últimamente no se ve al perro por ninguna parte —prosiguió ella, llevándose la jarra de cerveza a los labios. Un camarero se acercó a nuestra mesa—. Deberíamos pedir algo. ¿Os apetece una cerveza? Tráiganos una botella de cerveza japonesa normal y corriente —le pidió rápidamente Masayo.
El camarero se fue y ella se volvió hacia Maruyama como si esperase su aprobación. Él asintió discretamente, como siempre.
—¿El perro es el lebrero afgano de los propietarios de su piso, señor Maruyama? —le pregunté, y él volvió a asentir.
—Además, las pegatinas se han multiplicado por mil —añadió Masayo, con la vista fija en el rostro de su compañero.
El camarero volvió con las cervezas. Masayo depositó dos vasos delante de Takeo y de mí y nos sirvió. La espuma subió rápidamente y el vaso de Takeo empezó a rebosar, pero Masayo lo ignoró y siguió hablando.
—El otro día Maruyama estuvo un rato contemplando el olivo del jardín de los propietarios y al día siguiente aparecieron tres pegatinas en su puerta.
—¿Tres? —exclamé, mientras Takeo sorbía despacio la espuma de la cerveza.
—En todas habían escrito la misma frase: «Se ruega cuidar la vegetación del jardín» —explicó Masayo, visiblemente indignada. El señor Maruyama asintió de nuevo. Estuve a punto de echarme a reír, pero intenté contenerme al ver que los demás estaban muy serios.
—¿En qué parte de la puerta aparecieron?
—En un lado, justo debajo de los carteles del censo y de la NHK.
—Vaya —dijo Takeo, en un tono de voz que sonó como un suspiro. Masayo dirigió la mirada hacia él, y Takeo se apresuró a agachar la cabeza.
—Fue muy fastidioso porque no había forma de despegarlas —intervino el señor Maruyama, abriendo la boca por primera vez. Tenía una agradable voz cálida y envolvente.
—Como las puertas pertenecen a los propietarios, no se puede decir que cometieran ninguna infracción —continuó Masayo vigorosamente.
—Ya —dije yo. Takeo permaneció en silencio.
El señor Maruyama vació su jarra de cerveza. Masayo hizo una pequeña pausa en su relato para dar un trago. Yo también cogí mi vaso. La cerveza no estaba muy fría, de manera que cuando di un sorbo noté un fuerte sabor a alcohol.
El señor Maruyama y Masayo alargaron simultáneamente los palillos hacia el plato de pollo frito, el mismo que habíamos comido nosotros. Mientras masticaban, Takeo y yo permanecimos en silencio. Él llevaba con el pie el compás de la música tailandesa que sonaba en el restaurante. Puesto que tenía un ritmo poco definido, tuve la sensación de que el pie de Takeo marcaba el compás con un ligero retraso.
Al ver que el señor Maruyama y Masayo estaban concentrados en la comida, me levanté.
—Bueno, tenemos que irnos.
Takeo también se levantó, como si yo hubiera activado un resorte. Masayo nos lanzó una mirada interrogante, pero no dijo nada porque tenía la boca llena.
Hice una pequeña reverencia y Takeo me imitó.
—Es como si el perro hubiera muerto —dijo entonces el señor Maruyama con su voz cálida y envolvente, mientras se limpiaba los dedos con la servilleta de papel.
—¿Te gustan los perros, Hitomi? —me preguntó el señor Nakano.
—Normal —le respondí.
—Dicen que es muy duro sufrir la pérdida de un animal de compañía —dijo él, hojeando la agenda.
—Supongo que sí —repuse yo.
Nunca he tenido perros ni gatos. Cuando volvíamos del restaurante tailandés después de habernos encontrado con Masayo y el señor Maruyama, Takeo me dijo de repente:
—Es muy duro perder un perro.
—¿Tú tenías uno? —le pregunté, y él asintió gravemente.
—Empecé a trabajar en la tienda del señor Nakano porque mi perro había muerto.
—¿Ah, sí? —dije, pero él no parecía dispuesto a dar más explicaciones. Sólo añadió que el perro mestizo que tenía desde que iba a la guardería había muerto el año anterior. Luego no dijo nada más.
—Esta noche te acompaño yo —le ofrecí al notarlo un poco alicaído después de haberme hablado de su perro, así que emprendimos juntos el camino hacia su casa. Un poco antes de llegar, Takeo ya parecía más animado.
—Ahora te acompaño yo a tu casa —me dijo, dispuesto a retroceder, pero al final lo convencí para que desistiera.
Cuando Takeo desapareció tras la puerta, di media vuelta y emprendí el camino hacia la estación. Debería haber llegado en diez minutos, pero sin darme cuenta tomé la dirección equivocada y me perdí entre las calles de aquella zona residencial, que parecían todas iguales.
De repente, mientras seguía una calle bordeada de farolas, me encontré en un lugar oscuro, frente a unos edificios que parecían antiguos. No había ni un alma. Me puse en guardia, pensando que me encontraba en un cementerio. Un perro ladró a lo lejos y me sobresalté. Cuando me disponía a dar media vuelta, me di cuenta de dónde estaba.
Estaba en el terreno de los propietarios del piso de Maruyama.
Me quedé un rato de pie, inmóvil. Las palabras de Takeo resonaron en mi mente: «Es muy duro perder un perro». También evoqué vagamente la expresión imperturbable de Maruyama.
Animándome a mí misma entré rápidamente en el jardín, el orgullo de los propietarios. Los tres bloques de pisos estaban en silencio, y en el edificio principal, donde vivía el anciano matrimonio, no había ninguna luz encendida. Pasé bajo el arco de rosas y me adentré en el jardín a grandes zancadas. Las plantas enredaderas rodeaban el grueso tronco de un árbol y mostraban sus grandes flores blancas, que sólo se abrían de noche. Sólo se oía el césped al crujir bajo mis pies.
Un poco más adelante, encontré un pequeño montículo de tierra. Era lo bastante largo y ancho para albergar a una persona tumbada, y no tenía ninguna planta a pesar de que se encontraba en mitad de un exuberante jardín. Olía a tierra húmeda, como si la hubieran revuelto y compactado de nuevo.
Avancé hasta el montículo y me detuve a su lado. Al cabo de un rato los ojos se me acostumbraron a la oscuridad y vi una pequeña cruz en el extremo con una fotografía apoyada en ella que mostraba un perro con el morro largo y puntiagudo. En el extremo del montículo había una cruz con una pegatina que rezaba: «Aquí descansa Pesu».
Di un respingo, retrocedí de un salto y abandoné el jardín precipitadamente. Mientras corría, fui consciente de que estaba aplastando sin ningún tipo de cuidado el césped que crecía bajo mis pies, pero no me importó. Llegué a la estación caminando a paso rápido. Abrí el monedero para comprar el billete y saqué las monedas con dedos temblorosos. Cuando subí al tren, los fluorescentes me deslumbraron.
—Creo que me compraré un perro —dijo tranquilamente el señor Nakano.
—¿De veras? —le respondí sin demasiado entusiasmo. No le había contado a nadie, ni siquiera a Takeo, lo que había visto aquella noche en el jardín.
—El calor ha vuelto —dijo el señor Nakano, desperezándose—. Cuando hace calor, los clientes no salen de sus casas. Si nos quedamos en números rojos, ¿me devolverás los 6500 yenes que te di de propina el mes pasado? —rio, y volvió a desperezarse.
—Ni hablar —le respondí.
El señor Nakano se levantó y entró en la trastienda.
—Se ve que Maruyama se va a mudar —gritó desde el fondo del local.
—¿Ah, sí? ¿Por fin ha decidido instalarse con Masayo? —pregunté.
—No. Los propietarios han empezado una ofensiva a gran escala con sus pegatinas y está un poco asustado. Ha encontrado un piso más barato justo al lado.
Mientras pensaba en el señor Maruyama, que no parecía un hombre capaz de temer a nadie, me volví hacia el cliente que acababa de entrar y lo saludé con una ligera inclinación de cabeza. Él se acercó al rincón donde se encontraban los marcos de fotografías y empezó a examinarlos. Cogió uno por uno los cinco marcos alineados, les dio la vuelta y se los acercó a la cara.
Al cabo de un rato vino con un pequeño marco y me dijo que se lo llevaba.
—¿El dibujo viene incluido en el precio? —me preguntó.
Al fijarme con más atención, me di cuenta de que el marco llevaba un esbozo de una chica que imitaba a la maja desnuda. Era el que Takeo había dibujado el día que había venido a mi piso.
Dejé escapar una exclamación de sorpresa.
Yo creía que Takeo había dibujado a la maja vestida, pero la chica que aparecía en el dibujo del marco estaba desnuda. La confusión que sentí se reflejó en mi rostro, y abrí la boca sin darme cuenta.
—Buenas tardes —le dijo el señor Nakano al cliente mientras salía de la trastienda. La luz de aquella tarde de verano iluminaba el marco y arrancaba destellos del cristal.