SEGUNDA PARTE
XLVIII
LA BARONESA DE MACUMER A LA CONDESA DE L’ESTORADE
15 de octubre de 1833.
Pues sí, Renata, tienen razón, te han dicho la verdad. He vendido mi hotel, he vendido Chantepleurs y las granjas del Sena y Mame; pero eso de que estoy loca y arruinada es demasiado. De mi pobre Macumer me quedó un millón doscientos mil francos. Voy a explicarte la forma en que he administrado ese dinero. Invertí un millón en papel al tres por ciento cuando se cotizaba cincuenta francos, y de ese modo conseguí sesenta mil francos de renta en lugar de los treinta que poseía en tierras. Ir seis meses del año a provincias, cobrar los arrendamientos, escuchar las lamentaciones de los granjeros, que pagan cuando quieren, aburrirse allí como un cazador en tiempo de lluvia, tener que vender los productos de la tierra y perder dinero en la venta; vivir en París en un hotel que representaba diez mil libras de renta, situar fondos en poder de los notarios, aguardar los intereses, verse obligada a perseguir a la gente para cobrar, estudiar la legislación hipotecaria; en fin, tener negocios en el Nivernais, en el Sena y Marne y en París, ¡qué carga, qué molestias, qué pérdidas para una viuda de veintisiete años! Ahora mi fortuna gravita sobre el presupuesto. En lugar de pagarle contribuciones al Estado, cobro de él, sin gasto alguno, treinta mil francos cada seis meses, en las oficinas del Tesoro, de un lindo empleadillo que me da treinta billetes de mil francos y sonríe al verme. ¿Y si Francia hace bancarrota? —me preguntarás, sin duda. Pues, en primer lugar.
Je ne sais pas prévoir les malheurs de si loin. (Yo no sé prever las desgracias tan de lejos).
Y, además, Francia me entregaría entonces la mitad de mis rentas, por lo menos, y seguiría siendo tan rica como antes de invertir mi capital; y de aquí a la catástrofe habría percibido el doble de mis anteriores rentas. Esas catástrofes solamente llegan de siglo en siglo; por lo tanto, hay tiempo para formar un capitalito haciendo economías. Finalmente, el conde de l’Estorade, ¿no va a ser par de esta Francia semirepublicana de Julio? ¿No es acaso uno de los puntales de esa corona ofrecida por el pueblo al rey de los franceses? ¿Puedo abrigar inquietudes teniendo como amigo a un presidente de sala del Tribunal de Cuentas, a todo un gran financiero? ¿Te atreverás a decir que estoy loca? Calculo casi tan bien como tu rey-ciudadano. ¿Sabes lo que puede dar toda esta sabiduría algebráica a una mujer? ¡El amor! Porque ha llegado el momento de que te explique los misterios de mi conducta, cuyas razones escapaban a tu perspicacia, a tu curiosa ternura y a tu sutileza. Voy a casarme secretamente en una aldea cerca de París. Amo y soy amada. Amo tanto como puede amar una mujer que sabe ya lo que es el amor. Soy amada tanto como puede amar un hombre a la mujer por quien es adorado. Perdóname, Renata, por haberme ocultado de ti como de todo el mundo. Si tu Luisa ha burlado todas las miradas y todas las curiosidades, deben reconocer que mi pasión por el pobre Macumer exigía este engaño. L’Estorade y tú me habríais asesinado con vuestras dudas, aturdido con vuestros sermones. Por otra parte, las circunstancias se habrían puesto, acaso, de vuestra parte. Sólo tú sabes bien hasta qué punto soy celosa y me habrías atormentado inútilmente. Lo que vas a llamar mi locura, Renata mía, he querido hacerla yo sola, con mi cabeza y con mi corazón, como una joven que burla la vigilancia de sus padres. Mi amante tenía por toda fortuna treinta mil francos de deudas, que yo he pagado. ¡Qué tema para vuestras observaciones! Habríais querido demostrarme que Gastón es un buscavidas y tu marido habría espiado a la pobre criatura. He preferido estudiarle yo misma. Hace ya veintidós meses que me está haciendo la corte; yo tengo veintisiete años y él tiene veintitrés. Entre una mujer y un hombre esa diferencia de edad resulta enorme. ¡Otra fuente de desgracias! En fin, es poeta y vivía de su trabajo, lo cual basta para poder decir que vivía de muy poca cosa. A este poeta encantador le gustaba mucho más construir castillos en España con su fantasía que permanecer en su casa trabajando en sus poemas. Ahora bien, los escritores, los artistas, todos los que sólo existen para el pensamiento, son generalmente tachados de inconstantes por las personas positivas. Conciben tantos caprichos que resulta natural pensar que su cabeza reacciona a impulsos de su corazón. A pesar de las deudas pagadas, a pesar de la diferencia de edad, a pesar de la poesía, después de nueve meses de noble defensa y de no haberle permitido besar siquiera mi mano, dentro de algunos días no me entregaré, como hace ocho años, inexperta, ignorante y curiosa; me entrego, y soy esperada con tan grande sumisión que podría aplazar mi boda un año; pero no hay en esto el menor servilismo: es servidumbre, no sumisión. Nunca se vio un corazón más noble ni mayor inteligencia dentro del cariño, ni más alma que en el amor en este pretendiente mío. ¡Ay, ángel mío, ya sé a qué atenerme! Vas a saber su historia en dos palabras.
Mi amigo no tiene más nombres que los de Mario Gastón. Es hijo, no natural sino adulterino, de aquella hermosa lady Brandon de quien tú debes haber oído hablar y a quien, por venganza, lady Dudley hizo morir de pena; una historia horrible que esa adorable criatura ignora. Mario Gastón fue llevado por su hermano Luis Gastón al colegio de Tours, de donde salió en 1827. El hermano se embarcó pocos días después de haberle dejado en el colegio y se fue a buscar fortuna, según le había aconsejado una anciana que para él ha sido una verdadera Providencia. Este hermano, que ahora es marino, le escribe de vez en cuando alguna carta realmente paternal, fruto de un alma grande. En la última le anunció a Mario Gastón que había sido nombrado capitán de navío en no sé qué república americana y le aconsejaba que esperase. ¡Ay, desde hace tres años mi pobre poeta no ha vuelto a recibir carta alguna, y ama tanto a ese hermano que quisiera embarcar para ir en su busca! Nuestro gran escritor, Daniel d’Arthez, ha impedido esa locura y se ha interesado noblemente por Mario Gastón, al cual ha ayudado en lo que ha podido. ¡Para que juzgues de la desorientación de ese pobre muchacho sólo te diré que está convencido de que el talento es el medio más rápido para hacer fortuna! ¿No es esto tema de risa para veinticuatro horas seguidas? Desde 1828 hasta 1833 ha tratado de conseguir un nombre en las letras y, naturalmente, ha llevado la más espantosa vida de angustias, esperanzas, trabajo y privaciones que cabe imaginar. Arrastrado por una ambición excesiva, a pesar de los buenos consejos de d’Arthez no hizo más que aumentar el tamaño de la bola de nieve de sus deudas. Sin embargo, su nombre empezaba a ser ya conocido cuando le conocí en casa de la marquesa d’Espard. Allí, sin que él se diera cuenta, me sentí inmediatamente cautivada por su simpatía. ¿Cómo es posible que no haya sido amado todavía? ¿Por qué lo dejaron para mí? ¡Posee tanto talento e ingenio, tanto sentimiento y orgullo! La gente se asusta siempre de estas grandezas tan completas. ¿No fueron necesarias cien victorias para que Josefina descubriera a Napoleón en el pequeño Bonaparte que era su marido? ¡La inocente criatura cree saber cuánto le amo! ¡Pobre Gastón! No lo sospecha siquiera, pero a ti voy a decírtelo. Es preciso que lo sepas porque, querida Renata, hay algo de testamento en esta carta. Medita bien mis palabras.
En este momento tengo la certeza de ser amada todo lo que una mujer puede serlo en este mundo, y tengo fe en esta adorable vida conyugal a la que aporto un amor que antes no conocía… ¡Sí; al fin experimento el placer de la pasión intensamente sentida! Lo que todas las mujeres le piden hoy al amor me lo da a mí el matrimonio. Siento por Gastón la adoración que yo le inspiraba al pobre Felipe. No soy dueña de mí misma, tiemblo delante de esa criatura como el Abencerraje temblaba ante mí. En fin, amo más de lo que soy amada; tengo miedo de todo, siento los temores más ridículos, me aterra el ser abandonada, tiemblo al pensar que pueda ser vieja y fea cuando Gastón todavía sea joven y guapo, tengo miedo de no gustarle lo bastante. No obstante, creo poseer las facultades, la abnegación y el talento necesarios para, no sólo mantener, sino acrecentar ese amor lejos del mundo, en la soledad. Si fracasara, si el poema de este amor secreto hubiera de tener fin, qué digo fin, si Gastón me amase un día menos que el anterior y yo me diera cuenta de ello, debes saber Renata que no sería con él sino conmigo misma con quien me enfadaría. No será suya la culpa, sino mía. Me conozco y sé que soy más amante que madre. Por eso te digo de antemano que moriría aunque tuviese hijos. Te suplico, pues, Renata, que si tuviera esa desgracia le sirvieras de madre a mis hijos; te los habría legado. Tu fanatismo por el deber, tus preciosas cualidades, tu amor por los hijos, tu ternura para conmigo, todo lo que sé acerca de ti me hará la muerte menos amarga, y no me atrevo a decir que me la haría incluso agradable. Esta animadversión contra mí misma añade algo de terrible a la solemnidad de esta boda; no quiero testigos que me conozcan; por consiguiente, mi enlace se celebrará en secreto. Así podré temblar cómodamente, no veré ninguna inquietud en tus queridos ojos y sólo yo sabré que al firmar la nueva acta matrimonial puedo haber firmado mi sentencia de muerte.
No volveré sobre este pacto que acabo de firmar entre mí misma y el yo en que voy a convertirme; te lo he confiado para que conocieses el alcance de tus deberes. Me caso en régimen de separación de bienes, y aunque sabe que soy bastante rica para que pudiésemos vivir con desahogo. Gastón ignora la cuantía de mi fortuna. En veinticuatro horas la distribuiré del modo que mejor me parezca. Como no quiero humillarle, he mandado poner doce mil francos de renta a su nombre; los encontrará en su secreter la víspera de nuestra boda; y si no los aceptase suspendería la boda. Ha sido necesaria la amenaza de no casarme con él para obtener el derecho a pagarle sus deudas. Estoy un poco cansada después de haberte escrito todas estas confesiones; pasado mañana te hablaré más acerca de ello, pues mañana pienso pasar el día en el campo.
20 de octubre.
He aquí las medidas que he adoptado para ocultar mi felicidad, pues deseo evitar cualquier ocasión de sentir celos. Me parezco a aquella hermosa princesa italiana que corría como una leona a devorar su amor en una ciudad de Suiza, después de haberse lanzado también como una leona sobre su presa. Y te hablo de mis disposiciones para pedirte otro favor: que no vengas nunca a vernos sin que yo misma te lo pida y que respetes la soledad en que quiero vivir.
He mandado comprar, hace dos años, junto a los estanques de Ville-d’Avray, en la carretera de Versalles, una veintena de arpendes de prados, un pedazo de bosque y un hermoso huerto de árboles frutales. Al fondo de los prados hice cavar el suelo de manera que obtuviese un estanque de tres arpendes de superficie, en medio del cual aparece una isla graciosamente recortada. En las dos hermosas colinas, cubiertas de bosque, que rodean este pequeño valle manan unas fuentes encantadoras, cuyas aguas corren luego hacia el parque, sabiamente distribuidas por mi arquitecto. Este pequeño parque, admirablemente diseñado por ese arquitecto, se encuentra rodeado, siguiendo la naturaleza del terreno, por setos, muros y fosos de modo que no se pierda ningún punto de vista. A un lado, flanqueado por los bosques de la Ronce, en un lugar muy pintoresco, delante de una pradera que se extiende en declive hacia el estanque, me han construido un chalet cuyo exterior se parece extraordinariamente al que los viajeros admiran en la carretera de Sion a Brigg y que tanto me sedujo a mi regreso de Italia. En el interior su elegancia desafía a la de los chalets más ilustres. A cien pasos de esta vivienda rústica, una casa encantadora comunica con el chalet por medio de un subterráneo y encierra la cocina, las dependencias de servicio y las cuadras. De todas estas construcciones de ladrillo la vista no advierte más que una fachada de graciosa sencillez, rodeada de macizos de verdura. La casa de los jardineros guarda la entrada de los huertos y vergeles.
La puerta de esta propiedad, oculta en el muro que la rodea por la parte del bosque, es casi imposible de encontrar. Las plantaciones, ya bastante grandes, disimularán completamente las casas dentro de dos o tres años. Los paseantes sólo podrán adivinar nuestra morada cuando vean el humo de la chimenea desde lo alto de las colinas, o en invierno, cuando las hojas de los árboles hayan caído.
Mi chalet se halla construido en medio de un paisaje que se parece al que llaman Jardín del Rey, en Versalles; pero desde él se divisa mi estanque y mi isla. Desde cualquier perspectiva las colinas muestran el follaje de sus hermosos árboles bien cuidados. Mis jardineros tienen orden de no cultivar a mi alrededor más que millares de flores perfumadas, de suerte que este pedazo de tierra sea como una olorosa esmeralda. El chalet, sobre cuyo tejado se extienden los brazos de una parra, está literalmente cubierto de plantas trepadoras: lúpulo, clemátides, jazmines, azaleas, polemoniáceas. ¡Quien acierte a distinguir nuestras ventanas podrá jactarse de poseer una buena vista!
Este chalet, querida mía, es una mansión bella y confortable, con su calorífero y todas las demás comodidades que ha sabido introducir la arquitectura moderna, capaz de construir palacios en una superficie de cien pies cuadrados. Contiene un apartamento para Gastón y otro para mí. La planta baja está ocupada por una antecámara, un saloncito y un comedor. Encima del piso que habitaremos nosotros se encuentran tres cámaras destinadas a nursery. Tengo cinco hermosos caballos, un pequeño cupé negro y un milord de dos caballos; como viviremos a cuarenta minutos de París, cuando queramos ir a escuchar una ópera nueva podremos partir después de comer y regresar por la noche a nuestro nido. La carretera es hermosa y pasa bajo la sombra de nuestro seto. Mis servidores, cocinero, cochero, palafrenero, jardineros y doncella son personas honradas, que he estado buscando durante estos seis últimos meses y permanecerán a las órdenes de mi viejo criado Felipe. Aunque estoy segura de su adhesión y de su discreción, he procurado despertar su interés; tienen sueldos poco considerables, pero que aumentarán todos los años con lo que les demos el día de Año Nuevo. Todos saben que la más leve falta, una sospecha acerca de su discreción, puede hacerles perder inmensas ventajas. Nunca los enamorados abusan de sus servidores y son de carácter indulgente: de modo que puedo confiar en nuestra gente.
Todo lo que había de precioso, bello y elegante en mi casa de la calle de Bac se encuentra en el chalet. El Rembrandt está en la escalera; el Hobbema en su gabinete, frente al Rubens; el Ticiano que mi cuñada María me envió desde Madrid, adorna la salita; los hermosos muebles que había comprado Felipe están en el salón, decorado por el arquitecto de un modo delicioso. Todo es en el chalet de una sencillez admirable, de esa sencillez que cuesta cien mil francos. Constituida encima de unas piedras de molino, asentadas sobre hormigón; nuestra planta baja, apenas visible bajo las flores y los arbustos, goza de un adorable frescor sin la menor humedad. Finalmente, una bandada de blancos cisnes navega sobre la superficie del estanque.
Renata, en este valle reina un silencio que agradaría a los muertos. Nos despierta el canto de los pájaros o el rumor de la brisa entre los chopos. Desciende de la colina el agua de un pequeño manantial, descubierto por el arquitecto al abrir la zanja para los cimientos del muro, por el lado del bosque, que corre, entre la arena plateada, hacia el estanque, entre dos márgenes plantadas de berros. ¿No acabará Gastón por odiar esta dicha tan completa? Todo es tan hermoso que tengo miedo; los gusanos se esconden en los buenos frutos y los insectos atacan las flores más magníficas. ¿No es acaso lo mejor del bosque lo que siempre corroe esa horrible larva de color marrón, cuya voracidad recuerda la de la muerte? Del mismo modo un poder invisible y celoso ataca las felicidades completas. Además, tú me lo escribiste así hace tiempo y has resultado una buena profetisa.
Cuando anteayer fui a ver si mis últimas fantasías habían sido bien comprendidas, sentí que las lágrimas acudían a mis ojos y escribí en la factura del arquitecto, con gran sorpresa por su parte: “Páguese”.
—Vuestro administrador no pagará, señora —me dijo—; se trata de cien mil francos.
Yo exclamé:
—Pagaré sin discutir, como una auténtica Chaulieu del siglo XVII. Pero, caballero —añadí luego—, pongo una condición: que no le habléis absolutamente a nadie de estas construcciones ni del parque. Que nadie pueda saber el nombre del propietario. Prometedme por vuestro honor que cumpliréis esta condición de mi pago.
¿Comprendes ahora la razón de mis súbitos desplazamientos, de tantas secretas idas y venidas? ¿Has visto dónde se encuentran todas esas bellas cosas que tú creías vendidas? ¿Comprendes la elevada razón del cambio de mi fortuna? Querida, amar es un gran negocio y quien quiere amar bien no debe tener otros negocios. El dinero no constituirá ya una preocupación para mí; quiero que me sea fácil la vida y he hecho de ama de casa una sola vez para siempre, a fin de no tener que volver a hacerlo más que diez minutos al día con mi viejo mayordomo Felipe. He observado bien la vida y sus peligrosos cambios; un día, la muerte me brindó crueles enseñanzas y quiero aprovecharlas. Mi única ocupación será la de agradarle a él, la de amarle y prestar variedad a lo que tan monótono parece a los seres vulgares.
Gastón nada sabe todavía. A petición mía se ha domiciliado, como yo, en Ville-d’Avray; partimos mañana para el chalet. Nuestra vida será allí poco dispendiosa; pero si te dijese la suma en que calculo mi toilette exclamarías, con razón: “¡Está loca!”. Quiero arreglarme para él todos los días, como las mujeres que tienen la costumbre de arreglarse para el mundo. Mi toilette en el campo costará veinticinco mil francos al año, y la del día no será la más cara. ¡Él que vista de blusa, si quiere! Pero que no piense que voy a convertir esta vida en un duelo y agotarme en esfuerzos para mantener nuestro amor: no quiero tener que reprocharme nada, eso es todo. Aún me quedan trece años para ser hermosa y quiero ser amada hasta el último día del año decimotercero todavía más de cuanto lo sea al día siguiente de nuestra misteriosa boda. Esta vez seré siempre humilde, siempre agradecida, sin palabras mordaces. Me convertiré en esclava puesto que la primera vez me perdí al querer mandar. ¡Oh, Renata, si, como yo, ha comprendido Gastón la infinitud del amor, estoy segura de vivir siempre feliz! La naturaleza es muy hermosa alrededor del chalet, los bosques encantadores. A cada paso, los más bellos paisajes suscitan en la mente ideas encantadoras. Estos bosques están llenos de amor. ¡Con tal de que no haya hecho otra cosa que prepararme una magnífica hoguera! Pasado mañana seré la señora de Gastón. ¡Dios mío, me pregunto si es cristiano amar tanto a un hombre!
—En fin, es legal —me ha dicho nuestro administrador, que es uno de mis testigos y que al ver el objeto de la liquidación de mi fortuna, exclamó:
—¡Con esto pierdo una cliente!
En cuanto a ti, mi bella cervatilla, a quien ya no me atrevo a llamar “amada”, podrás decir: “Con esto pierdo una hermana”.
Ángel mío, desde ahora dirige tus cartas a Señora Gastón, apartado de Correos, Versalles. Irán allí a recoger nuestras cartas todos los días. No quiero que en la comarca nos conozca nadie. Mandaremos a buscar nuestras provisiones a París. De este modo espero poder vivir misteriosamente. Desde hace un año he estado preparando este refugio, nadie ha visto a nadie en él y su adquisición se efectuó durante los movimientos que siguieron a la revolución de julio. El único ser a quien se ha visto en la comarca ha sido a mi arquitecto: sólo lo conocen a él y ya no volverá más. Adiós. Al escribir estas palabras siento en el corazón tanta pena como alegría, pues tanto es lo que fe echo a ti de menos como lo que amo a Gastón.