XXIV

LUISA DE CHAULIEU A RENATA DE L’ESTORADE

Octubre 1825.

Querida amiga: tú, que en el espacio de dos meses te casaste con un pobre ser enfermizo de quien te has constituido en madre, nada sabes de las terribles peripecias de ese drama que se representa en el fondo de los corazones y que se llama amor, en el que todo se vuelve trágico en un instante, en el que la muerte puede esconderse en una mirada o en una respuesta dada a la ligera. He reservado como última prueba para Felipe una prueba decisiva, pero terrible. He querido saber si yo era amada a pesar de todo, según la grande y sublime frase de los monárquicos y, ¿por qué no?, también de los católicos. Se ha paseado conmigo toda una noche bajo los tilos, en el fondo de nuestro jardín, y no ha tenido en el alma la sombra de una duda. Al día siguiente era más amada y para él seguía siendo tan casta, tan grande, tan pura como la víspera; no había sacado de la situación el más mínimo partido. ¡Oh, es muy español, muy abencerraje! Ha escalado mi pared para venir a besarme la mano que yo le tendía desde mi balcón, en la oscuridad; ha estado a punto de descalabrarse; pero ¿cuántos no harían otro tanto? Eso no es nada, los cristianos sufren increíbles martirios para ir al cielo. Anteayer, por la tarde, llevé aparte al futuro embajador del rey en la corte de España, mi muy honorable padre, y le dije sonriendo:

—Señor, para un reducido número de amigos casáis a vuestra querida Armanda con el sobrino de un embajador que, deseoso de tal alianza, ha estado mucho tiempo mendigando la mano de vuestra hija y en el contrato de matrimonio cede a los cónyuges su inmensa fortuna y sus títulos para después de su muerte, les entrega desde ahora cien mil libras de renta y reconoce a la futura esposa una dote de cien mil francos. Vuestra hija llora, pero al fin cede bajo la irresistible influencia de vuestra majestuosa autoridad. Algunas malas lenguas dicen que vuestra hija oculta bajo sus lágrimas una alma interesada y ambiciosa. Esta noche vamos a la Ópera, al palco de los gentileshombres, y el señor barón de Macumer irá también.

—¿Acaso no va otras veces? —respondió mi padre sonriendo y tratándome como a una embajadora.

—¡Confundís a Clarisa Harlowe con Fígaro! —le he dicho con una mirada llena de desdén y de burla—. Cuando veáis que me he quitado el guante de la mano derecha, desmentiréis ese rumor impertinente y os mostraréis ofendido.

—Veo que puedo estar tranquilo respecto a vuestro porvenir: no tienes la cabeza de una joven doncella, como tampoco tenía Juana de Arco un corazón de mujer. Tú serás feliz, porque no amarás a nadie y te dejarás amar.

Esta vez solté una carcajada.

—¿Qué te ocurre, pequeña? —me preguntó.

—Estoy temblando por los intereses de mi país…

Y viendo que él no comprendía, añadí:

—¡En Madrid!

—No podríais imaginaros —dijo mi padre, dirigiéndose a la duquesa— hasta qué punto se está burlando esta monja de su padre desde hace un año.

—Armanda se burla de todo —repuso mi madre mirándome.

—¿Qué queréis decir? —le pregunté.

—Ni siquiera teméis la humedad de la noche, que podría ocasionaros reumatismos —dijo lanzándome una nueva mirada.

—¡Hace tanto calor por la madrugada!

La duquesa, bajó los ojos.

—Ya es hora de que la casemos —dijo mi padre—, y ello será, según espero, antes de mi partida.

—Así será, si vos lo queréis así —contesté sencillamente.

Dos horas después, mi madre y yo, la duquesa de Maufrigneuse y la señora d’Espard estábamos como cuatro rosas en el palco. Yo me había colocado de lado, presentando sólo uno de mis hombros al público, a fin de poderlo ver todo sin ser vista en el espacioso palco, que está situado al fondo de la sala, entre las columnas. Llegó Macumer y, puesto de pie, cogió los gemelos para poder contemplarme cómodamente. Durante el primer entreacto se presentó el que yo llamo “rey de los rufianes”, un joven de belleza afeminada, el conde Enrique de Marsay, que entró en el palco con un epigrama en los ojos, una sonrisa en los labios y un aire alegre en todo el rostro. Hizo los primeros cumplidos a mi madre, a la señora d’Espard, a la duquesa de Maufrigneuse, al conde d’Esgrignon y al señor de Canalis; luego me dijo a mí:

—Ignoro si seré el primero en felicitaros por un acontecimiento que va a convertiros en objeto de envidia.

—¡Una boda! —contesté yo—. ¿Habrá de ser una joven recién salida del convento quien os demuestre que las bodas de las que se habla no se realizan jamás?

El señor de Marsay se inclinó al oído de Macumer, y he comprendido perfectamente, por el solo movimiento de los labios, que le decía:

—Barón, vos amáis quizás a esa pequeña coqueta, que se ha servido de vos; pero como se trata de una boda y no de una pasión, es preciso saber lo que ocurre.

Macumer ha lanzado al oficioso indiscreto una de esas miradas que valen por todo un poema y le replicó algo así como “¡Yo no amo a ninguna pequeña coqueta!” con un aire que me entusiasmó tanto que me quité el guante al ver a mi padre. Felipe no tenía el menor temor ni la menor sospecha. Ha hecho simplemente lo que yo esperaba de su carácter: sólo tiene fe en mí; el mundo y sus mentiras no le afectan para nada. El abencerraje no pestañeó siquiera, el color de su sangre azul no tiñó su rostro aceitunado. Los dos jóvenes condes se alejaron y entonces le dije, riendo, a Macumer:

—El señor de Marsay os ha hecho algún epigrama acerca de mí.

—Mucho más que un epigrama —contestó—; un epitalamio.

—Me habláis en griego —le dije sonriendo y recompensándole con una de esas miradas que hacen perder el aplomo.

—¡Corren rumores infames! —exclamó mi padre dirigiéndose a la señora de Maufrigneuse—. Tan pronto como una joven es presentada en sociedad, la gente quiere casarla enseguida e inventa toda suerte de absurdas consejas. Jamás casaré a Armanda contra su voluntad. Voy a darme una vuelta por el foyer, para que nadie crea que permito ese rumor para alentar al embajador en su idea. La hija de César debe estar aún más libre de sospechas que su mujer, la cual debe estarlo en absoluto.

La duquesa de Maufrigneuse y la señora d’Espard miraron primero a mi madre y luego al barón con aire astuto y burlón, lleno de interrogaciones contenidas. Aquellas lagartonas habían vislumbrado sin duda alguna cosa. De todas las cosas secretas, el amor es la más pública y creo que las mujeres lo exhalan. Para poder disimularlo bien, una mujer tiene que ser un monstruo. Nuestros ojos son todavía más elocuentes que nuestra lengua. Después de haber gozado al hallar a Felipe tan grande como lo deseaba, he querido todavía más. Le hice una seña convenida para indicarle que viniera a mi ventana por el peligroso camino que tú ya conoces. Unas horas después lo encontré erguido como una estatua, arrimado al muro, con la mano apoyada en el ángulo del alféizar de mi ventana, estudiando los reflejos de la luz de mi apartamento.

—Querido Felipe —le dije—, habéis estado muy bien esta noche: os habéis comportado del mismo modo que me habría comportado yo si alguien me hubiera dicho que ibais a casaros.

—He pensado que me habríais informado de ello antes que a ninguna otra persona —me contestó.

—¿Y qué derecho tenéis a ese privilegio?

—El de un abnegado servidor.

—¿Lo sois realmente?

—Sí —dijo—, y jamás dejaré de serlo.

—Bien, si esa boda fuera necesaria, si yo me resignase…

La suave claridad de la luna pareció aumentar de intensidad por efecto de las dos miradas que lanzó, primero sobre mí, luego sobre la especie de abismo formado por el muro. Parecía como si preguntase si no podíamos morir los dos aplastados contra el suelo; luego, tras de haber brillado como un relámpago sobre su rostro y brotado de sus ojos, ese sentimiento fue reprimido por una fuerza superior a la de la pasión.

—El árabe sólo tiene una palabra —dijo con voz estrangulada—. Soy vuestro servidor y os pertenezco: toda mi vida viviré para vos.

La mano con que se asía del alféizar pareció aflojarse. He puesto la mía sobre ella, diciéndole:

—Felipe, amigo mío, desde este instante soy vuestra mujer por mi sola voluntad. Venid mañana a pedir mi mano a mi padre. Él quiere conservar mi fortuna; pero vos os comprometeréis a reconocérmela en el contrato sin haberla recibido y sin duda seréis aceptado. Ya no soy Armanda de Chaulieu; descended enseguida, pues Luisa de Macumer no quiere cometer la menor imprudencia.

Palideció, sus piernas se doblaron y saltó desde una altura de diez pies sin hacerse daño; luego, tras haberme producido la más tremenda emoción, me saludó con la mano y desapareció. “¡Soy, pues, amada —me he dicho—, como jamás lo fue mujer alguna!”. Y me dormí con una satisfacción infantil; mi suerte había sido echada para siempre. Hacia las dos, mi padre me mandó llamar a su gabinete, donde encontré a la duquesa y a Macumer. Se cambiaron palabras del tono más amistoso. Contesté simplemente que si el barón de Henárez se había puesto de acuerdo con mi padre, yo no tenía razón alguna para oponerme a sus deseos. Luego, mi madre rogó al barón que se quedase a comer y después fuimos los cuatro a pasear al bosque de Bolonia. He mirado con sonrisa burlona al señor de Marsay cuando éste pasó junto a nosotros a caballo, pues ha visto que Macumer y mi padre iban en la parte delantera de la calesa.

Mi adorable Felipe ha mandado rehacer así sus tarjetas:

HENÁREZ

DE LA CASA DUCAL DE SORIA, BARÓN DE MACUMER.

Todas las mañanas me trae personalmente un ramillete de espléndida magnificencia, en cuyo centro encuentro siempre una carta con un soneto español en alabanza mía, escrito por él durante la noche.

Para que el paquete no abulte demasiado, te envío como muestra el primero y el último de dichos sonetos, que he traducido para ti literalmente y colocado verso a verso:

PRIMER SONETO

Más de una vez, cubierto por una leve veste de seda — con la espada en alto, y sin que mi corazón latiera demasiado aprisa, — he aguardado el asalto del toro furioso — y su cuerno más agudo que el creciente de Febe.

He subido, tarareando una seguidilla andaluza, — la pendiente de un reducto bajo una lluvia de hierro; — he arrojado mi vida sobre el tapete verde del azar — sin preocuparme de si la perdería.

Habría cogido con la mano las balas al salir de la boca del cañón, — pero creo que ahora soy más tímido que una liebre acechada — o que un niño que ve uh espectro al asomarse a la ventana.

Pues cuando tú me miras con tus dulces ojos, — un sudor helado cubre mi frente, las rodillas me flaquean, — tiemblo, retrocedo, pierdo todo mi valor.

SEGUNDO SONETO

Esta noche quería dormirme para soñar contigo; — pero el celoso sueño huía de mis párpados; — me acerqué al balcón y miré al cielo; — cuando pienso en ti, mis ojos se vuelven siempre hacia lo alto.

Fenómeno extraño, que sólo el amor puede explicar, — el firmamento había perdido su color de zafiro; — las estrellas, diamantes apagados en su montura de oro, — sólo arrojaban miradas muertas, rayos fríos.

La luna, perdidos sus adornos de plata y de lirio, — rodaba tristemente por el sombrío horizonte, — y era que tú le habías robado al cielo todo su esplendor.

La blancura de la luna luce sobre tu frente encantadora, — todo el azul del cielo se ha concentrado en tus pupilas — y tus pestañas están formadas por los rayos de las estrellas.

¿Existe un modo más hermoso de demostrarle a una joven que alguien se ocupa solamente de ella? ¿Qué me dices de este amor que se expresa a través de las flores de la inteligencia y de las flores de la tierra? Desde hace unos diez días sé lo que es esa galantería española, antaño tan famosa.

Veamos, querida, lo que ocurre en la Crampade, por donde me paseo tan a menudo para comprobar los progresos de nuestra agricultura. ¿No tienes nada que decirme acerca de nuestras moreras, de nuestras plantaciones del invierno pasado? ¿Sale todo a la medida de tus deseos? ¿Se han abierto las flores en tu corazón de esposa lo mismo que en nuestros macizos? ¿Te llevas bien con Luis? ¿El suave murmullo de tu hilillo de ternura conyugal vale más que los turbulentos torrentes de mi amor? ¿Es que mi lindo doctor con faldas se ha enfadado conmigo? No podría creerlo y enviaría como correo a Felipe para que se postrara de hinojos ante ti y me trajese tu cabeza o te diese mi perdón. Estoy muy contenta, querida mía, y quisiera saber cómo van las cosas en Provenza. Acabamos de aumentar el número de nuestra familia con un español moreno como un cigarro de la Habana y aún aguardo tus cumplidos.

¡Realmente, mi bella Renata, estoy inquieta, tengo miedo de que estés devorando algún dolor a solas para no entristecerme ni aguar mi alegría, mala persona! Escríbeme pronto algunas páginas para describirme tu vida hasta los detalles más nimios, y dime si aún resistes, si tu libre albedrío está aún en pie, de rodillas o sentado, lo cual sería muy grave. ¿Crees acaso que los sucesos de tu matrimonio no me preocupan? Todo cuanto me has escrito me hace, a veces, soñar. A menudo, cuando en la Ópera parezco contemplar a las bailarinas, me digo a mí misma: “Son las nueve y media, quizás ahora va a acostarse. ¿Qué hace? ¿Es feliz? ¿Está a solas con su libre albedrío? ¿O tal vez su libre albedrío se fue adonde se van todos los libres albedríos cuando uno no se ocupa de ellos?…”.

Mil besos.