XXVI
LUISA DE MACUMER A RENATA DE L’ESTORADE
Marzo 1825
Como Felipe realiza, con una generosidad de sarraceno, los planes de mi padre y de mi madre al reconocer mi fortuna sin recibirla, la duquesa me trata ahora todavía mejor que antes. Me llama pequeña astuta, pequeña comadre y dice que tengo el pico afilado.
—Pero, querida mamá —le dije la víspera de la firma del contrato—, ¡atribuís a la política, a la astucia, a la habilidad los efectos del amor más sincero, más ingenuo, más desinteresado y más íntegro que jamás haya existido! Sabed, pues, que no soy la comadre por la que me hacéis el honor de tomarme.
—Vamos, Armanda —dijo cogiéndome por el cuello y atrayéndome hacia ella para darme un beso en la frente—; tú no has querido volver al convento, no has querido quedarte soltera y, como buena y generosa Chaulieu que eres, has sentido la necesidad de restaurar la casa de tu padre… (Si supieses, Renata, lo que había de halago en estas palabras para el duque, que nos estaba escuchando.)— Durante todo un invierno te he visto juzgar a los hombres y escrutar el estado de la sociedad en la Francia actual. De ese modo has descubierto al único español capaz de hacerte la vida agradable. Querida pequeña mía, lo has tratado como Tulia trata a su hermano.
—¡Vaya escuela la del convento de mi hermana! —exclamó mi padre.
Yo le lancé una mirada que le cortó la palabra en la boca; luego me volví hacia la duquesa y le dije:
—Señora, yo amo a mi pretendiente, Felipe de Soria, con todas las potencias de mi alma. Aunque este amor haya sido muy involuntario y muy combatido cuando nació en mi pecho, os juro que no me entregué a él hasta el momento en que reconocí en el barón una alma digna de la mía, un corazón donde las delicadezas, las generosidades, la abnegación, el carácter y los sentimientos eran en un todo conformes a los míos.
—Pero, querida —me interrumpió mi madre—, si es feo como…
—Como todo lo que queráis —repuse yo vivamente—, pero amo esa fealdad.
—Escucha, Armanda —me dijo mi padre—, si tú le amas y has tenido fuerzas para dominar tu amor, no debes arriesgar tu felicidad. Ahora bien, la felicidad depende mucho de los primeros días de la boda…
—¿Y por qué no decir de las primeras noches? —exclamó mi madre—. Dejadnos, señor —añadió la duquesa mirando a mi padre.
—Vas a casarte dentro de tres días, pequeña mía —dijo mi madre a mi oído—; por lo tanto, sin sentimentalismos burgueses debo hacerte ciertas recomendaciones que todas las madres hacen a sus hijas. Te casas con un hombre a quien quieres: así, pues, no hay lugar para que te compadezca ni para que me compadezca a mí misma. Sólo te he visto desde hace un año: si ello fue suficiente para que te amara, no lo es para que me deshaga en lágrimas al echar de menos tu compañía. Tu inteligencia ha sobrepasado tu beldad; me has halagado en mi amor propio de madre y te has portado como una hija buena y amable. Del mismo modo encontrarás tú también en mí una madre excelente en todo momento. ¿Sonríes?… ¡Ay, a menudo donde la madre y la hija han vivido bien, dos mujeres se pelean! Quiero verte feliz. Escúchame, pues. El amor que sientes es un amor de niña, el amor natural de todas las mujeres que han nacido para unirse a un hombre; pero, pequeña mía, sólo hay un hombre para nosotras en el mundo y aquel que estamos llamadas a querer no es siempre el que hemos elegido como marido, creyendo que le amábamos. Aunque te parezca extraño lo que te digo, medita bien estas palabras. Si no amamos al que hemos elegido, la culpa puede ser nuestra o de él; pero a veces es de circunstancias que no dependen de nosotros y, sin embargo, nada se opone a que el hombre amado sea el que nos da nuestra familia, el hombre a quien se dirige nuestro corazón. La barrera que más tarde se levanta entre nosotros se debe, muy a menudo, a una falta de perseverancia que proviene tanto de nosotras como de nuestro marido. Hacer del marido un amante es una obra tan delicada como hacer del amante un marido y tú acabas de realizar esto a maravilla. Bien, como te repito, quiero que seas dichosa. Piensa, pues, desde este momento que en los primeros tres meses de tu matrimonio podrías llegar a ser desgraciada si por tu parte no te sometieras al matrimonio con la obediencia, la ternura y la inteligencia que has desplegado en tus amores. Ya que, mi pequeña comadre, te has dejado arrastrar a los inocentes placeres de un amor clandestino. Si el amor feliz comenzase para ti con desengaños, e incluso con dolores, ven a verme enseguida. No esperes, de momento, demasiado de tu matrimonio, que quizá te dará más pesares que alegrías. Tu felicidad exige que la cultives con tanto esmero como has cultivado tu amor. En fin, si por azar perdieras al amante encontrarías al padre de tus hijos. En ello, hija mía, estriba toda la vida social. Sacrifícalo todo al hombre cuyo nombre es el tuyo, cuyo honor y consideración no pueden recibir el menor ataque sin que cause en ti la más horrible herida. Sacrificarlo todo al marido es, no solamente un deber absoluto para las mujeres de nuestra categoría, sino el cálculo más hábil. El atributo más bello de los grandes principios de la moral consiste en ser verdaderos y provechosos, sea cual sea la luz a que se les considere. Ahora debo decirte que me pareces un poco celosa; yo también lo soy, querida…, pero no quisiera que fueses tontamente celosa. Escucha: los celos que se manifiestan se parecen a la política que pone las cartas boca arriba. Decir que se es celosa, dejar que los demás lo vean, es como mostrar el juego y entonces ya no sabemos nada del juego del contrario. En todas las cosas debemos saber sufrir en silencio. Por otra parte, voy a tener una conversación seria acerca de ti con Macumer la víspera de vuestra boda.
Cogí el brazo de mi madre y le besé la mano, dejando en ella la lágrima que había hecho asomar a mis ojos el acento con que me hablaba. He adivinado en esa elevada moral, digna de ella y de mí, la más profunda sabiduría, una ternura sin mojigatería social y, sobre todo, una verdadera estimación de mi carácter. Con tan sencillas palabras resumió las enseñanzas que su vida y su experiencia le habían vendido, quizá, muy caras. Estaba emocionada y me dijo, mirándome:
—Hijita mía, vas a dar un paso terrible. Y la mayor parte de las mujeres ignorantes son capaces de imitar al conde Westmoreland.
Nos echamos a reír. Para explicarte esta broma debo decirte que, estando el día antes a la mesa, una princesa rusa nos había contado que el conde de Westmoreland, habiendo sufrido terribles mareos al cruzar el canal de la Mancha, quiso luego trasladarse a Italia, pero se volvió atrás cuando le hablaron del paso de los Alpes: “¡Ya estoy harto de pasos como éstos!’’, dijo. Comprenderás, Renata, que tu sombría filosofía y la moral de mi madre eran como para despertar los temores que nos agitaban en Blois. Cuanto más se acercaba la boda, mayores eran las fuerzas que iba acumulando, voluntad y sentimientos para resistir al terrible paso del estado de doncella al de mujer. Todas nuestras conversaciones acudían a mi mente, volvía a leer tus cartas y descubría en ellas cierta oculta melancolía.
Estas aprensiones tuvieron la virtud de convertirme en la prometida vulgar predilecta del público. De modo que la gente me encontró encantadora y consideró muy apropiado el día de la firma del contrato. Esta mañana, en la alcaldía, adonde fuimos sin ceremonias, sólo había dos testigos. Estoy terminando esta carta mientras me preparan el vestido para la comida. Nos casaremos en la iglesia de Santa Valeria esta noche, después de una espléndida velada. Confieso que mis temores me dan un aire de víctima y un aspecto de falso pudor que me valdrán admiraciones de las cuales nada entiendo. Estoy encantada al ver a mi pobre Felipe tan virginal como yo; el mundo le tiene cohibido y parece un murciélago dentro de un escaparate.
—¡Afortunadamente, el día de hoy tiene un mañana! —me dijo al oído.
No habría querido ver a nadie, tan vergonzoso y tímido es este hombre. Al venir a firmar nuestro contrato, el embajador de Cerdeña me llevó aparte para ofrecerme un collar de perlas unidas por seis magníficos diamantes. Es el regalo de mi cuñada, la duquesa de Soria. Este collar va acompañado de un brazalete de zafiros que lleva la siguiente inscripción: Te quiero sin conocerte. Dos cartas muy simpáticas envolvían estos presentes, que no quise aceptar sin saber antes si Felipe me lo permitía.
Él me besó la mano y me dijo:
—Llevad esas joyas a causa de la divisa y de esas expresiones de afecto, que son sinceras…
Sábado por la noche.
He aquí, pues, mi pobre Renata, las últimas líneas de una doncella. Después de la misa de medianoche partiremos hacia unas tierras que Felipe, con delicada atención, ha comprado en el Nivernais, junto a la carretera de Provenza. Ya me llamo Luisa de Macumer, aunque dentro de algunas horas saldré de París en calidad de Luisa de Chaulieu. Pero, me llame como me llame, para ti no habrá más que una
Luisa.